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Michael Morgan siempre conseguía lo que deseaba, y deseaba el Whiskey Sour. Aquel bar sería perfecto para su próximo negocio… si estuviera en venta. Iba a ser duro convencer a la dueña del local para que vendiera, pero ignorar su profunda atracción hacia ella podía llegar a ser casi imposible. Jess Bennett sabía que la oferta de Michael podía resolver todos sus problemas económicos, pero el Whiskey Sour era el último vínculo con su adorado abuelo. Al negarse a vender, esperaba que Michael desapareciera, pero él la invitó a entrar en su vida. Siempre le había costado confiar en los hombres, pero descubrió que le costaba más aún confiar en sí misma cuando estaba cerca de él.
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Seitenzahl: 222
Veröffentlichungsjahr: 2011
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid
© 2011 Lee McKenzie McAnally.
Todos los derechos reservados.
UNA GRAN OPORTUNIDAD, N.º 2422 - septiembre 2011
Título original: The Wedding Bargain
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicado en español en 2011
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios.
Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9000-734-1
Editor responsable: Luis Pugni
Epub: Publidisa
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epilogo
Promoción
«LOS vestidos sin tirantes deberían estar prohibidos». Jess Bennett tiró del suyo hacia arriba y deseó poder mezclarse con el decorado. Aunque aquella cantidad de satén turquesa brillante no podía mezclarse con nada, salvo quizá con más satén brillante. Miró a su alrededor en busca de las otras tres mujeres que llevaban el mismo vestido, pero en colores diferentes. Nicola, de amarillo, y su marido, Jonathan, estaban en la pista de baile. Maria, despampanante de rojo, estaba sentada con su marido, que mecía con orgullo a su hija entre sus brazos. Paige estaba… ¿dónde estaba Paige?
Mientras Jess buscaba a la cuarta dama de honor, su visión fue interceptada por un hombre apoyado contra una columna al otro lado de la sala. Era alto, y sus rasgos oscuros insinuaban que podría tener herencia mediterránea. No lo había visto hasta ese momento entre los invitados a la boda, e imaginó que probablemente sería un empleado. Sus miradas se cruzaron durante un segundo antes de que ella mirase hacia otro lado, pero al no encontrar a su amiga Paige, algo le hizo volver a mirarlo.
Él seguía observándola.
Jess miró hacia abajo y se subió todavía más el vestido. Rory, la novia, que además era una de sus mejores amigas, había uniformado a sus damas de honor con vestidos de inspiración retro diseñados para realzar las curvas y el escote de una mujer. O para enfatizar la ausencia de los mismos, como era el caso de Jess.
Él estaba sonriendo cuando volvió a mirarlo. Tenía la sensación de que llevaba un rato observándola, pero parecía más entretenido con su batalla con el vestido que interesado en ella.
No era de extrañar que le pareciera divertido. Él llevaba un traje elegante que probablemente no fuese tan caro como parecía, dado lo poco que ganaría trabajando allí. Por el contrario, ella iba metida en un vestido que estaba decidido a respetar la ley de la gravedad, a pesar de la tortuosa estructura de plástico que recorría las costuras y una cantidad obscena de cinta adhesiva de doble cara que había perdido su adhesivo en algún momento entre las fotos y los cócteles de bienvenida.
Paige, allá donde estuviera, tenía el cuerpo perfecto para ese tipo de vestido: voluptuoso y lleno de curvas. Maria, lo mismo. Nicola estaba ligeramente mejor dotada que Jess y ningún tipo de ropa le molestaba.
Jess no sabía si ir a por una copa o buscar a Paige. Tal vez las dos cosas. Le dio al vestido un último tirón y bordeó la pista de baile en dirección a la barra. En el camino saludó a la novia y a su marido, Mitch, que estaban hablando con otras dos parejas. Probablemente los hombres fuesen bomberos, como Mitch. El vestido vintage de Rory era tan… ella. Tenía un corpiño ajustado y una falda de tul fruncido, y en vez de un velo había optado por un elegante sombrero blanco con redecilla. Jess había pensado que los guantes blancos por encima del codo serían demasiado, pero Rory había dicho que quedarían perfectos y tenía razón.
–¿Qué va a tomar? –preguntó el barman.
Durante un instante estuvo tentada de pedir un whisky, sin hielo.
–Una copa de vino tinto –dijo, pues tanto el vestido como las circunstancias pedían algo un poco más elegante.
–Tengo un Cabernet y un Merlot. Ambos excelentes vinos de California.
Jess apoyó los antebrazos sobre la barra y se inclinó sobre ellos.
–Creo que el Cabernet.
–Desde luego –el barman le miró el escote y Jess se enderezó rápidamente.
Mientras le servía el vino, ella observó las botellas de whisky escocés alineadas sobre una repisa de cristal. Debería haber hecho caso a su instinto. Allí tenían mejores marcas que las que ella podía permitirse en el Whiskey Sour.
–El Merlot habría sido una elección mejor –dijo una voz profunda y masculina por encima de su hombro.
A Jess no le hizo falta darse la vuelta para saber que era él, el hombre que se había divertido viendo su batalla con el vestido. Cuando se dio la vuelta, el corazón se le aceleró. Se había equivocado con su herencia mediterránea. Sus ojos eran azules y no tenía ni pizca de acento.
–¿Eres un experto? –preguntó.
Él se encogió de hombros.
–Sé un poco. ¿Quieres bailar?
–Oh, gracias, pero… los pies me están matando –lo cual era cierto–. Y no soy muy buena bailarina –también era verdad.
–Yo sí –contestó él–. Simplemente, sígueme.
–Pero mi copa…
–Seguirá aquí luego –su sonrisa era segura sin llegar a resultar engreída, y Jess tuvo la impresión de que no estaba acostumbrado a aceptar un «no» como respuesta. Antes de que tuviera oportunidad de reforzar su negativa con un firme «gracias, pero no, gracias», él ya le había agarrado la mano y la guiaba hacia la pista de baile.
–¿Siempre eres tan avasallador? –preguntó ella mientras le enseñaba un paso sencillo.
–Lo único que he hecho ha sido preguntarte si querías bailar.
–Y yo he dicho que no.
Él volvió a sonreír; era una sonrisa perfecta que en esa ocasión albergaba una pizca de arrogancia.
–Y aun así, aquí estás. Su roce era suave, y mantuvo su mano levantada mientras se movían por la pista con la gracilidad que le permitían sus tacones y su habilidad. Jess colocó la otra mano sobre su hombro y juró que podía sentir cómo el vestido se le resbalaba por el torso. Miró hacia abajo y se sintió aliviada al comprobar que sus partes importantes seguían cubiertas.
Él bajó la cabeza hasta que casi le tocó la oreja con los labios.
–Estás demasiado preocupada –dijo–. El vestido no se va a ir a ninguna parte.
En eso tenía razón. El vestido no iba a ir a ninguna parte con él.
–Veo que tu habilidad con las mujeres se extiende más allá de la pista de baile.
Él se rió, aparentemente inmune a su sarcasmo.
–Y tú bailas mucho mejor de lo que dices.
Jess resistió el impulso de poner los ojos en blanco.
–Lo siento –dijo él–. ¿Ha sonado como una insinuación? Pretendía ser un cumplido.
Jess no estaba acostumbrada a recibir cumplidos, ni insinuaciones, por otra parte, así que era difícil reconocer la diferencia. ¿Y cómo sabía él en qué estaba pensando?
–Deberíamos empezar de nuevo –dijo el desconocido–. Mi nombre es Michael. La madre de la novia es socia de la mía.
Eso la sorprendió. La madre de Rory era artista, así que tal vez tuviera una galería de arte o algo por el estilo.
–Pensaba que trabajabas aquí, en el hotel.
–¿Qué te ha dado esa idea?
–No estabas aquí antes.
–¿Estás segura?
«Sí, me habría fijado». Pero eso no tenía por qué saberlo.
–Soy Jess –dijo ella–. Soy una de las damas de honor de Rory.
Como si no se hubiera dado cuenta ya de eso.
En un movimiento brusco la acercó más a él, pero sólo para evitar chocar con los padres de la novia. Sam Borland y Copper Pennington estaban divorciados, dos veces, pero según Rory, habían vuelto a hablarse. A juzgar por la manera en que se miraban, ajenos a todo y a todos a su alrededor, tenían en mente algo más que hablarse. Estaba encantada por Rory, claro, pero también algo envidiosa. Jess sólo sabía algo de su madre cuando estaba destrozada y había cortado con algún novio.
La última plegaria de ayuda de Roxanne Bennett había sido seis semanas atrás, y Jess le había enviado doscientos dólares porque aquello era más fácil que soportar un sinfín de llamadas desesperadas. Además, para cuando Roxanne se gastase ese dinero, ya habría encontrado a otro novio perdedor y estaría gorroneándole a él.
Nicola y Jonathan pasaron junto a ellos en ese momento. Nic la miró con aprobación al ver quién era su compañero de baile.
Por suerte, Michael no pareció darse cuenta.
–¿Vives en San Francisco? –preguntó.
–Sí –contestó ella–. ¿Y tú?
–Estoy un poco al norte de la ciudad, pero paso mucho tiempo aquí por negocios.
–Entiendo
–Jess no estaba acostumbrada a tener conversaciones insustanciales cuando no se lo exigía el trabajo.
Él no tenía problema con eso en absoluto.
–¿A qué te dedicas?
–Poseo un pequeño bar en el barrio de South of Market. Eso pareció interesarle más de lo que había imaginado.
–El SoMa es un barrio con futuro. ¿Cómo se llama el local?
–Whiskey Sour.
–Interesante.
Pero era evidente que no se lo parecía, y sabía que nunca había oído hablar de ello. El problema era que nadie había oído hablar del bar.
–Venía con el nombre –y una pequeña clientela. Con énfasis en lo de pequeña. Una realidad que estaba decidida a cambiar tan pronto como consiguiese el dinero necesario o convenciera al banco para que le prestara algo para poder renovar el local.
–¿Cuánto tiempo llevas en el negocio?
–El bar ha estado ahí desde que mi abuelo lo abrió en los años cincuenta. Yo me hice cargo cuando murió hace dos años.
–Tendré que pasarme algún día a tomar una copa.
–Oh, claro. Sería genial –le iría bien un cliente, pero no podía imaginarse a aquel hombre, con aquel traje, sentado en su bar. Nadie salvo los inspectores de sanidad y los cobradores de deudas aparecía en el Whiskey Sour llevando un traje.
Vio a Paige y a su cita entrar en el salón de baile. Era difícil no ver el vestido morado de Paige. Andy y ella iban de la mano. Jess sonrió. Paige insistía en que eran sólo amigos, pero estaban tan cerca de enrollarse que ya no era ni divertido.
La banda dejó de tocar y anunció que iban a tomarse un breve descanso.
Michael le soltó la mano, pero mantuvo la otra en su espalda.
–Gracias –dijo ella, y para su sorpresa hablaba en serio. Bailar con él había sido… una experiencia.
–El placer ha sido mío. Ahora vamos a por tu copa.
–Ah, cierto –quería decirle que lo tenía bajo control, pero esa mano persistente la conducía hacia la barra.
Antes de que llegaran allí, Rory los interceptó y entrelazó el brazo con el suyo.
–Veo que ya has conocido a Michael. Necesito robarte a mi dama de honor durante unos minutos –le dijo–. Es hora de tirar el ramo.
–Espero que me la devuelvas –contestó él–. Le he prometido una copa de vino.
–Diez minutos como mucho. Luego será toda tuya.
Oh, por favor. Como si alguna vez fuese a ser toda suya. O de nadie. Pero dejó que Rory la apartara y se recordó a sí misma que aquélla era la última vez que tenía que ser dama de honor. A no ser que Paige volviera a casarse, y a juzgar por cómo se comportaban Andy y ella, esa posibilidad crecía cada minuto.
«Asúmelo, Jess. Si tus amigas no permanecen casadas, tu carrera como dama de honor podría durar para siempre». Adoraba a esas mujeres. Eran la única familia real que tenía, pero estaría encantada cuando todas estuvieran felizmente casadas y ella pudiera conformarse con ser madrina o la tía solterona de sus hijos. Esos papeles no necesitaban un sujetador que le levantara los pechos ni unos zapatos con tacones de vértigo.
–¿Adónde vamos? –le preguntó a Rory.
–Al tocador. Hasta ahora no he tenido ocasión de hablar con vosotras.
Nicola, Paige y Maria estaban esperándolas. Maria estaba sentada en una silla, parcialmente cubierta por una suave manta rosa de bebé y dándole el pecho a su hija. Por fin un uso práctico para un vestido sin tirantes.
Paige estaba de pie frente al espejo y Nicola estaba intentando arreglarle el pelo.
–¿Qué diablos estabas haciendo para provocar este desastre en tu peinado? –preguntó. Paige no respondió–. Ya está –dijo Nicola–. Es lo mejor que puedo hacer sin horquillas y sin laca.
–Andy y ella desaparecieron durante un rato –dijo Jess–. Creo que por fin han decidido pedir una habitación.
Paige se dio la vuelta con las manos en las caderas.
–¡No es verdad! Queríamos tomar el aire, así que hemos ido a dar un paseo. Hace una preciosa noche otoñal, pero hace un poco de viento.
Nicola se rió.
–Debemos de estar en mitad de un huracán. Una pena que Andy no haya traído su caravana. Podríais haberos refugiado allí de la tormenta.
Ni siquiera el maquillaje profesionalmente aplicado de Paige pudo disimular el rubor que apareció en sus mejillas.
Maria se recolocó el vestido y bajó la manta para dejar ver al bebé, que se había dormido.
–Sed buenas con ella, chicas. Está enamorada. Lo que pasa es que aún no lo sabe.
Paige se puso más roja aún.
–Me encantaría oír todos los detalles –dijo Rory–. Y me refiero a todos, pero no quiero hacer esperar al resto. Sólo quería daros las gracias por hacer que mi día sea tan especial. Todo ha salido perfecto y os estoy muy agradecida. Sobre todo a ti, Jess. Has sido la mejor dama de honor que una novia puede desear.
Jess le dio un abrazo.
–Ha sido divertido –y hablaba en serio. La manera sencilla y poco ortodoxa en que Rory había llevado los planes para la boda había hecho que el proceso fuese mucho más divertido de lo que había esperado en un principio–. ¿Conseguiste terminar de hacer las maletas para la luna de miel?
–Nos marchamos a primera hora de la mañana –contestó Rory con un brillo en la mirada.
–Sigo sin creerme que os vayáis a Disneyland –dijo Nicola–. Y que te lleves a tu hijastra.
La novia se rió.
–Será perfecto. Mitch dijo que podríamos dejar a Miranda con su madre e irnos solos, pero no me parecía bien. No sólo estoy casada, también tengo una hija de ocho años. Tener una luna de miel en familia es lo que mejor me parece, y Miranda está encantada.
Jess no podía imaginarse conocer jamás a un hombre en el que pudiera confiar de esa manera, y mucho menos bajar la guardia el tiempo suficiente para casarse con él, ¿pero además lanzarse a una familia ya formada? Ni hablar. Ni siquiera con una niña tan adorable como la hijastra de Rory. Aunque no existía la posibilidad de que aquello fuese a sucederle a ella. No había tenido una cita en dos años, desde que se hizo cargo del bar tras la muerte de su abuelo. Había estado demasiado ocupada trabajando.
–Creo que es maravilloso –dijo Maria–. Vas a ser una madre genial.
Paige asintió.
–Ya eres una madre genial, y eres muy afortunada por tener una hija tan maravillosa.
Jess le dio un golpe cariñoso en el hombro.
–Si sigues escabulléndote con Andy y dejando que te revuelva el pelo así, puede que tú también acabes siendo madre.
Todas se rieron, incluso Paige.
Rory agitó entonces su ramo de gerberas de colores.
–De acuerdo. Es hora de saber quién será la siguiente –dijo mientras las sacaba al pasillo. Luego tocó a Jess en el hombro.
–¿Podemos hablar unos segundos?
–Claro. ¿Qué sucede?
–Asegurémonos de que Paige atrapa mi ramo –le pidió.
–Es sólo una tradición basada en una superstición absurda. Atraparlo no te garantiza una boda –aunque, pensándolo bien, Rory había atrapado el ramo de Nic el otoño pasado.
–Es simbólico, y parece que es el turno de Paige, ¿no crees?
Lo único que Jess sabía con certeza era que no era su turno.
–¿Y cómo voy a asegurarme de que lo atrape?
–No hay tantas mujeres solteras aquí, y las únicas dos a las que tienes que vigilar son las primas de Mitch. Esas mocosas han apostado para ver cuál de las dos se lo lleva.
–Veré lo que puedo hacer –aunque, aparte de placarlas, no tenía ni idea de cómo evitar que fueran contrincantes.
Se reunió con el grupo de mujeres solteras en la pista de baile y estudió la situación. Dado que parecían sonar campanas de boda en el futuro de Paige, tenía sentido dejar que ella se quedara con el ramo. Las primas adolescentes del novio tenían una idea diferente. Ya habían ocupado sus puestos en la parte delantera del pequeño grupo de mujeres solteras y se miraban con odio la una a la otra.
«Aficionadas», pensó Jess. Sería como quitarle un caramelo a un par de bebés.
Por un segundo se permitió desviar su atención para buscar con la mirada al hombre llamado Michael. Estaba observándola, y le sorprendió sentir cómo su lado competitivo se activaba. Una parte de ella estuvo tentada de quitarse los zapatos, arremangarse, si tuviera mangas, y lanzarse a por el ramo cuando volara por encima del hombro de Rory. No era que quisiera casarse, pero atrapar el ramo le demostraría a Michael…
¿Qué? No tenía ni idea. Además, había estado de acuerdo en que Paige debía quedárselo. Así que en vez hacer una ofensiva, se colocó directamente detrás de las gemelas.
Rory observó al grupo antes de darse la vuelta.
La banda tocó una melodía dramática, pero el redoble de tambores quedó ahogado por los gritos.
Por si acaso tenía que salir corriendo, Jess se quitó los zapatos bajo el vestido.
Con la precisión de un lanzacohetes, Rory lanzó el ramo por encima de su hombro.
Jess bloqueó a las gemelas y las mantuvo bien alejadas.
El ramo se dirigió a… maldición. La puntería de Rory no era muy buena. El ramo se dirigía justo hacia Jess.
Soltó a una gemela, alcanzó las estúpidas flores y las lanzó en dirección a Paige.
Una Paige sorprendida agarró con torpeza el ramo, pero no lo dejó caer. Y Jess mantuvo agarrada a la gemela para que no pudiera alcanzar las flores.
La novia se dio la vuelta, observó la situación y levantó los pulgares en señal de aprobación.
Paige, con el ramo agarrado con ambas manos, se rió y miró a Andy.
–Lo siento, chicas –les dijo Jess a las adolescentes iracundas.
No hablaba en serio. No debían de tener más de diecisiete años, lo que significaba que eran demasiado jóvenes para pensar en casarse.
Nic se desternillaba de la risa.
–Bien salvado, Jess. Y buena recepción –le dijo a Paige.
Jess se levantó el vestido y metió un pie en uno de los zapatos. Sus dedos se quejaron vigorosamente. Metió el otro pie y, cuando se alejaba de la pista de baile, divisó a Michael cerca de la barra. Seguía mirándola, y aún parecía divertirse. Se preguntó si le divertiría la vida en general o si se estaría riendo de ella. Michael agarró dos copas de vino y se dirigió hacia ella.
«Supongo que estoy a punto de descubrirlo», pensó.
Él le entregó una de las copas.
Ella aceptó, sabiendo sin necesidad de preguntar que en esa ocasión sería un Merlot.
–Había apostado por ti para atrapar el ramo.
–No era mi turno. Jess se contuvo antes de decir que no tenía sentido, dado que no había ningún hombre en su vida. No hacía falta que él supiera que había decidido hacía mucho tiempo, a los catorce, que haría falta un hombre muy especial para compensar el mal ejemplo causado por la lista interminable de novios de su madre.
–Esas mocosas parece que han hecho que te olvides del vestido.
–¿Qué quieres decir?
–Antes te preocupaba que pudiera enseñar demasiado.
Tenía razón. Durante esos segundos en los que su misión era conseguir que Paige se quedara con el ramo, se había olvidado por completo del vestido.
–Así que no tenías nada de lo que preocuparte –recorrió el vestido con la mirada–. Doy por hecho que no sales con nadie.
¿Cómo diablos lo había adivinado?
–Eso es sacar muchas conclusiones. El hecho de que no haya traído a nadie a la boda no significa que no salga con nadie.
–No me gusta dar las cosas por hecho. Yo prefiero los hechos, así que le he preguntado a la madre de la novia si estabas implicada con alguien.
Había algo sorprendentemente sugerente en su deducción.
–¿Implicada?
–Ya sabes lo que quiero decir.
–Muy bien. Me parece que lo justo es que yo tenga algunos datos sobre ti. –¿Qué querrías saber? –¿Tú estás «implicado» con alguien?
–En este momento, no. Interesante. Estuvo tentada de preguntarle si actuaba por despecho, pero eso sonaría como si tuviera en mente algo más que una conversación. Así que decidió abordar otro tema completamente distinto.
–¿Hace cuánto que conoces a la madre de Rory?
–Varios años. Nos conocimos en una de sus exposiciones de arte.
Interesante también. Normalmente se le daba bien averiguar a qué se dedicaba la gente, y no habría imaginado que Michael fuese artista, o aficionado al arte.
–¿Estás en el negocio del arte? –preguntó.
Él vaciló antes de contestar, lo que a Jess le hizo sospechar que ocultaba algo.
–En el negocio, sí –dijo finalmente–. No en el arte. Resulta que el marido de tu amiga Nicola también es compañero mío.
Jonathan era abogado.
–¿Trabajas con él? –preguntó.
–No. No soy abogado. Sólo un cliente.
–¿Uno de sus casos criminales?
Él se carcajeó.
–Muy buena. Intento mantenerme alejado de los problemas, o al menos que no me pillen. Además, Jonathan es abogado empresarial.
¿Eso convertía a Michael en una empresa o en alguien que trabajaba para una? Ella poseía su propio negocio, pero la única vez que había hablado con un abogado era cuando se había hecho cargo de las propiedades de su abuelo.
–No has probado el vino.
Él tampoco. Dio un trago.
–Está bueno.
Michael pareció desconcertado, como si hubiera esperado que dijera algo más.
–Muy bueno –añadió ella, y dio otro trago.
Él levantó su copa y le dio vueltas suavemente.
–¿El Whiskey Sour tiene una carta de vinos?
–No es una carta exactamente, pero sí que tengo un par de tipos de vino.
–¿Cuáles?
–Tinto y blanco.
Él volvió a reírse. Su risa era aún más sexy que su sonrisa.
–¿En serio?
–Quiero transformar el bar en un local de cócteles, pero de momento casi todos mis clientes son bebedores de cerveza. Dos de mis amigas, Nicola y Paige, que también es dama de honor, beben vino, así que suelo tener algunas botellas a mano.
–Catar un vino debería ser como un primer beso. Tienes que tomarte tu tiempo y prestarle toda tu atención.
Ladeó la copa ligeramente.
–¿Te has fijado en el color de éste?
Aparte de que era rojo, no. Se concentró en la copa durante unos instantes y se preguntó si alguna vez descubriría cómo sería un primer beso con él. Lo miró y se dio cuenta de que estaba esperando su respuesta. Consiguió negar con la cabeza.
–Si hubiera una luz mejor, verías que no es rojo. Es de un profundo tono granate. Lo único que ella veía eran un par de ojos azules oscuros.
–¿Qué significa eso?
–Que no es joven.
–No te ofendas, ¿pero no te parece que la cata de vinos es un poco pretenciosa? Quiero decir que son todos casi iguales.
Su única respuesta fue una expresión de asombro, pero se recuperó rápidamente.
–Cuéntame algo sobre ti.
–¿Qué quieres saber?
–Algo que no espere oír.
–Antes era profesora de instituto y tengo cinturón marrón en kárate.
–¿De verdad? Supongo que es una manera de mantener a raya a los alumnos.
Ella sonrió. No estaba hecha para ser profesora, pero por suerte nunca había tenido que recurrir a las artes marciales para dominar a una clase. Aunque había sido útil con dos de los novios de su madre. Con uno en particular.
«No pienses en eso», se dijo. Normalmente no pensaba en el pasado, pero ¿por qué no dejaba de aparecer en su cabeza aquella noche? Tal vez fuera por estar rodeada de la familia de Rory, o quizá fuera la atención de un guapo desconocido que evitaba responder preguntas sobre sí mismo, pero al que no le costaba en absoluto recabar información sobre ella.
Michael agitó la copa, pero no dejaba de mirarla a ella intensamente.
–Antes de probar el vino, tienes que olerlo –le ofreció la copa–. Inspira suavemente y piensa verdaderamente en el aroma.
Para ella había pocas cosas más pretenciosas que la cata de vinos, pero le siguió el juego y lo olió.
–Huele como a cerezas.
Entonces lo olió él.
–Tienes razón. Cerezas maduras, y un toque de especias.
–Tu turno –dijo ella–. Cuéntame algo inesperado sobre ti.
Él vaciló, como si estuviera intentando pensar en algo que pudiera resultarle interesante.
–Estoy restaurando un Morgan de 1954.
Las manos de Michael no se parecían a las manos de mecánicos que veía normalmente agarrando jarras de cerveza en el Whiskey Sour.
–¿Estás restaurándolo tú mismo o lo hace alguien por ti?
–Un poco de ambas cosas. ¿Tú sabes algo de coches?
Ella agarró su copa con ambas manos.
–Un poco. Mi abuelo tenía un viejo MGB. Yo solía ayudarlo de vez en cuando cuando trabajaba en él, y muchos de sus amigos son… eran mecánicos. Algunos de ellos siguen siendo clientes habituales del bar.
–Deberías agarrar la copa por el pie –dijo él–. De ese modo no transmites el calor de tus manos al contenido de la copa.
–Ah –colocó las manos correctamente.
–Yo reconstruí el motor. Con mi hermano, de hecho. Hemos estado trabajando juntos en él. Es un agradable cambio de rumbo con respecto a… lo que solía hacer.
De acuerdo. Tal vez el hermano fuese mecánico.
–Ahora deberías probar el vino de nuevo –dijo él, pero estiró el brazo y le agarró la mano antes de que pudiera llevarse la copa a los labios–. Deja que se deslice por tu lengua y por los contornos de tu boca antes de tragarlo –su voz había adquirido un tono profundo, y Jess juró que podía sentirlo reverberar por su brazo–. Pruébalo.
Dio un trago y él también. Observó su boca y no tragó hasta que él no lo hizo.
–¿Qué te parece? –preguntó Michael.
Pero ella estaba sin palabras, y eso casi nunca le ocurría.
–Pimienta, un toque de roble –añadió Michael–. Con cuerpo.
–Sí. Me has quitado las palabras de la boca.
–¿Aún puedes saborearlo? –preguntó él con una sonrisa.
Jess pensó en ello durante un par de segundos y asintió.
–Ésa es una de las mejores características de este vino en particular. Tiene un final largo y cálido.
Jess debía preguntarle por su coche, o por su hermano, o por el tipo de negocio al que se dedicaba. En vez de eso, dio otro trago y se imaginó que era un beso. Pensó entonces en todo lo que incluía un final largo y cálido.
