Alsino - Pedro Prado - E-Book

Alsino E-Book

Pedro Prado

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Beschreibung

"Publicada por primera vez en 1920, Alsino es la obra mayor de Pedro Prado, figura clave de la generación literaria de 1920 y del grupo Los Diez. En esta novela, Prado despliega una prosa lírica y visionaria para contar la historia de un niño campesino que, tras una caída, desarrolla una joroba que se transforma en alas. Alsino vuela. Pero su diferencia —su anhelo de elevarse por sobre el mundo— lo convierte en objeto de marginación, castigo y explotación. Con una escritura que conjuga poesía, simbolismo y crítica social, Alsino propone una profunda reflexión sobre la infancia, la imaginación, la diferencia y la represión. Esta nueva edición, enriquecida con textos de Diamela Eltit y Patricio Lizama, devuelve al presente una obra imprescindible de la literatura chilena, injustamente olvidada por generaciones. Hoy, más de un siglo después de su publicación, Alsino nos interpela con la misma fuerza: ¿qué hace una sociedad con quienes sueñan con volar?"

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Seitenzahl: 288

Veröffentlichungsjahr: 2025

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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

lea.uc.cl

FUNDACIÓN ARBOLEE

www.arbolee.cl

ALSINO

Pedro Prado

Derechos reservados

Junio 2025

ISBN 978-956-14-3444-8

ISBN digital 978-956-14-3445-5

Edición al cuidado de María Teresa Cárdenas Maturana

Imagen de portada: Detalle interior de la edición de 1920, ilustrado por Pedro Prado

Diseño y diagramación: Carolina Valenzuela

CIP – Pontificia Universidad Católica de Chile

Nombres: Prado, Pedro, autor.

Título: Alsino / Pedro Prado.

Descripción: Santiago, Chile: Ediciones UC | Colección Arbolee-UC.

Materias: Novelas chilenas | Literatura chilena.

Clasificación: DDC Ch863 --dc23

Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma997665212403396

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

Índice

Colección Arbolee-UC. La realización de un nuevo vuelo

Volar. Poética y castigo por Diamela Eltit

Primera parte

I En la noche

II Alsino y Poli

III La caída

IV Jorobado

V La fuga

Segunda parte

VI Los tordos

VII Las alas

VIII Confesiones de un hombre libre

IX Revelación

X Un refugio en la noche

XI Vagando

XII El vuelo

Tercera parte

XIII El canto

XIV Aventuras

XV El alba

XVI Una mañana de primavera

XVII El mar

XVIII En el verano silencioso

XIX Nocturno

XX La tempestad

XXI Soledad

Cuarta parte

XXII El pánico

XXIII Prisionero

XXIV Vega de Reinoso

XXV En el huerto

XXVI Mientras el agua corre

XXVII La ayuda parroquial

XXVIII Un año triste

XXIX El canto del amor

XXX Entrevistas

XXXI La fiesta desconocida

XXXII Una tertulia

XXXIII Otoño

XXXIV Errante

Quinta parte

XXXV La hija del leonero

XXXVI Ciego

XXXVII Los peregrinos

XXXVIII Abandonado

XXXIX La humilde ayuda

XL Nuevas voces

XLI El fuego

Alsino: poesía y narración, artista y vidente por Patricio Lizama

COLECCIÓN ARBOLEE-UC

La realización de un nuevo vuelo

Nos alegra y enorgullece sumar a la Colección Arbolee-UC la obra fundamental de Pedro Prado (1886-1952), quien fue considerado por el crítico Hernán Díaz Arrieta, Alone, uno de “los cuatro grandes de la literatura chilena” y recibió el Premio Nacional en 1949. Publicada por primera vez hace ya más de un siglo, en 1920, Alsino es una obra que conmueve y sorprende por su belleza, simbolismo, imaginación y delicada prosa, la que se alza en un magnífico vuelo poético. Alsino se convierte así en el tercer título de esta colección, que inauguramos en 2024 con La generación de las hojas, de Marta Blanco, y continuamos con Morir en Berlín, de Carlos Cerda, gracias al convenio de colaboración suscrito por la Pontificia Universidad Católica de Chile y Fundación Arbolee.

La publicación de libros es una de las líneas de acción que nos hemos propuesto desarrollar en conjunto para materializar nuestro compromiso con el rescate, la difusión y la puesta en valor del patrimonio literario chileno. De esta manera, reconocemos el aporte clave de sus autores y autoras en la construcción de la memoria cultural de país.

En esta oportunidad, hemos ido a la primera mitad del siglo XX para traer al presente una obra que, si bien tuvo ediciones posteriores a su publicación original, no se encontraba actualmente disponible en librerías. Tenemos la certeza de que el valor de este libro ya centenario y la relevancia de su autor en la formación de una raigambre literaria y artística chilena ameritan esta nueva edición, enriquecida con los textos de dos voces autorizadas de nuestras letras.

Agradecemos, en primer lugar, la colaboración de la escritora Diamela Eltit, Premio Nacional de Literatura 2018 y parte del directorio de Fundación Arbolee, quien en su interesante prólogo desentraña lo que esta obra es capaz de decirnos en la actualidad. “En este contexto, la reedición de la novela Alsino, de Pedro Prado, obliga a leer, releer, pensar el tiempo, sus modulaciones y desplazamientos después de un siglo de su publicación en 1920”, escribe en él.

También le manifestamos nuestra amplia gratitud al decano de la Facultad de Letras de la Universidad Católica, Patricio Lizama, especialista en la obra de Pedro Prado y autor del texto final, en el que contextualiza la creación de Alsino en la obra total de Pedro Prado y al propio Prado, junto a sus camaradas del grupo Los Diez, en el momento que viven el arte y la literatura. “La disolución final de Alsino, analogía del artista en la modernidad periférica, nos habla de su inevitable extravío en el Chile y en la cultura de comienzos del siglo XX porque no encuentra un arraigo: está ‘fuera de lugar’, en un ‘entre’ condenado a viajar, volar y diseminarse”, escribe Lizama.

Reconocemos, además, el enorme apoyo y aporte a esta edición del editor, curador y gestor cultural Pedro Maino, quien nos facilitó el texto de la novela y las viñetas que lo ilustran, tal como en la edición original de 1920.

Sabemos que los lectores y lectoras sabrán apreciar este nuevo y necesario rescate de nuestro patrimonio literario.

María Teresa Cárdenas Maturana

Presidenta Fundación Arbolee

Ignacio Sánchez Díaz

Miembro del Directorio Fundación Arbolee

VolarPoética y castigo

La tradición literaria ha experimentado un fuerte retroceso en los saberes ciudadanos una vez que literatura fue retirada como sujeto primordial en los estudios de Enseñanza Media. Esta decisión ministerial afectó y afecta su conocimiento histórico, y muy especialmente disminuye el ingreso y la expansión del universo simbólico en el imaginario de las y los jóvenes del país, pues durante la adolescencia se teje lo que será la comunidad lectora.

Una manera de entender las estructuras en las que se organiza Chile es remontarse a las ficciones de la era poscolonial, a los momentos iniciáticos de la República y sus complejidades, para así examinar las estructuras contenidas en su formación. Desde esa perspectiva, con las irrupciones de la novelista Rosario Orrego y su obra Alberto el jugador (1860), y Alberto Blest Gana y su novela Martín Rivas (1863), se ensanchó un mapa conceptual que aportó sentidos y mostró problemáticas en las que se fue generando la escritura narrativa contemporánea chilena. Una narrativa relacional marcada por sentidos que se trenzan unos con otros y otros, ficciones que circulan entre el pasado, el presente y el futuro demarcando tiempos, signos, imágenes, espacios territoriales.

Así es, pues una de las formas de conocimiento en torno a la existencia, la persistencia y las modificaciones de los dilemas que atraviesan los distintos mundos es mediante los textos literarios que fueron escritos en épocas pasadas y hasta remotas. Una parte primordial de las tragedias griegas se detuvo en los dramas familiares que continúan siendo centrales en cada una de las vidas que habitan todos los tiempos. O la obra del dramaturgo inglés William Shakespeare en los siglos XVI y XVII, y su profunda inmersión en la ambición por el poder, las múltiples intrigas de palacio y las traiciones que se repiten y se repiten con una mayor visibilidad ahora mismo que experimentamos la creciente y aguda fase de la virtualidad tecnológica. Más aún, la influyente teoría psicoanalítica de Sigmund Freud, fundada en el inconsciente y en el lenguaje, se articula en gran medida en la compleja incorporación teórica de la tragedia Edipo Rey de Sófocles, escrita en los años 400 a. C., y de Narciso, figura primordial en la mitografía griega.

En este contexto, la reedición de la novela Alsino, de Pedro Prado, obliga a leer, releer, pensar el tiempo, sus modulaciones y desplazamientos después de un siglo de su publicación en 1920. Ingresar en el texto impulsa una lectura que permite internarse en uno de los libros más importantes de la tradición literaria chilena. Es así, pues la obra trazó un tejido inesperado que hizo del niño pobre, habitante del campesinado, el portador de una diferencia extraordinaria que el aparato social que lo rodeaba no pudo aceptar. Su diferencia impulsó a su entorno a ejercer de manera incesante el castigo hasta precipitar su destrucción.

El niño campesino, abandonado por sus padres alcohólicos, fue criado junto a su hermano por la abuela, una conocida médica yerbatera del lugar que le permitió adquirir una intensa relación con las formas vivientes del espacio que habitaba. Pudo acceder a una notable apertura de los sentidos, consiguió “dialogar” con su entorno natural, experimentar el lenguaje de la naturaleza, impregnarse de la singularidad animal para comprender su permanente actividad. Esa cercanía con las distintas especies generó el deseo irreductible de volar, sí, de volar y de transformarse en un pájaro humano.

Ya sabemos que el vuelo ronda y masifica los viajes de la vida actual. La fantasía del vuelo como mecanismo de apertura y de conocimiento habita en el horizonte del deseo, del temor y de la audacia. El vuelo se ha masificado, pero hay que recordar que Leonardo Da Vinci, en la época renacentista, entre los siglos XV y XVI se volcó a las observaciones detalladas de las aves, se parapetó en la certeza de que se podía volar al igual que los pájaros. Así, el vuelo fue un primordial objeto de estudio, a tal punto que dibujó máquinas, una de ellas tan premonitoria que es conocida como “ornitóptero”, basada en el vuelo de los murciélagos.

Alsino, invadido por el deseo de volar, después de la estrepitosa caída de un árbol que le lesionó la espalda, experimentó el crecimiento de una joroba que se fue transformando en alas. El niño campesino voló. Recorrió los diversos paisajes desde las alturas, una experiencia que no solo lo elevaba por los aires sino también lo elevaba en el interior de sí mismo. Vivió de manera aislada, procurando su alimentación básica a partir de pequeños hurtos a las casas, hasta que se produjo su captura. Fue condenado a llevar una vida prisionera en la casa del hacendado del lugar. Allí, le cortaron las alas para que no escapara.

En esa acción es el corte lo que resulta crucial, pues no apela únicamente a la expresión metafórica del uso común que apunta a la represión, sino que en ese acto se condensa la respuesta social ante la diferencia. Pone de manifiesto el grado de rechazo frente a lo distinto y a lo diverso. El niño alado es la metáfora de todas las diferencias. El libro da cuenta de la manera en que la diferencia puede desencadenar actos discriminatorios frente a todo aquello que rompa las normativas hegemónicas. Un castigo que produce en Alsino una forma cruel de castración ante su manifiesta singularidad.

Desde la figura infantil de Alsino, el niño que vuela, se puede establecer una relación con la extraordinaria novela El arrancacorazones, del escritor francés Boris Vian, publicada en 1953. En el relato, Clementine, madre de trillizos, desarrolla una creciente obsesión por la seguridad de sus hijos que va limitando el deambular de los niños, al punto de encerrarlos en jaulas para evitar cualquier accidente que pudiera afectarlos. Solo que ella no sabe que los niños vuelan y, frente a sus paranoicos miedos maternos, pone a cada uno de los trillizos en una jaula y así anula el gran poder de sus hijos pájaros.

Alsino, con sus alas cortadas, es recluido en la hacienda del lugar. La figura del hacendado muestra el poder del dueño de fundo. Ese poder que le permite intervenir a su favor en procesos electorales y en el transcurso vital de sus inquilinos. Pero, más allá de su privilegiado lugar social, atraviesa problemas económicos. Para superar sus deudas piensa en comerciar mediante la exhibición pública con lo que considera la monstruosidad de Alsino. Esa misma idea está contenida en la novela Patas de perro, de Carlos Droguett, publicada en 1965, en la que el padre de Bobi, el niño perro, tiene el plan de usarlo como objeto para ganar dinero mostrándolo en las calles. Pero el hacendado, al igual que el padre de Bobi, desecha esa idea. Y para superar la crisis, se concentra en su inversión en un mineral de cobre en el que basa su esperanza de corregir su debilidad económica.

La búsqueda de otros negocios rentables muestra cómo se desplazan los capitales desde la producción agrícola a la producción industrial. El dilema del hacendado recoge, en la ficción, la inversión en el mineral de cobre como un bien que puede constituir una gran negociación con dos “yanquis”, como nombra la novela a los estadounidenses que él espera para llevar adelante la negociación. El hacendado se prepara para esa visita pues considera que su inversión cuprífera le rendirá incontables ganancias que el campo y sus súbitas catástrofes ya no le proporcionan.

Con la llegada de los estadounidenses, el ánimo del hacendado se desmorona, pues no se interesan en la mina de cobre; en cambio, le proponen comprar por adelantado el esqueleto de Alsino por cien dólares. Después de una intensa negociación el hacendado les vende el esqueleto por quinientos dólares y, en esa transacción de la que participa el propio Alsino y por la que no recibe ingresos, se sella una forma de extractivismo humano.

Alsino, en su cautiverio, va adquiriendo prestigio como curandero mediante el uso de yerbas medicinales, tal como lo había hecho su abuela cuando él era niño; el éxito en su labor le da prestigio y confianza entre los inquilinos, que lo solicitan ante cada enfermedad. Las jóvenes, especialmente la hija del hacendado, despiertan emociones en él, pero nada es suficiente frente a la necesidad de volar que lo impulsa a salir de nuevo buscando la libertad.

De manera irremediable, el vuelo de Alsino lo empuja a su fin y a la disolución en las alturas en una muerte otra, dramática y poética a la vez. Hoy mismo la novela puede ser leída como una obra que relega la primacía antropocéntrica para abrir un espacio a una realidad ecológica cruzada por múltiples diálogos finos y sensibles donde la y las diferencias podrían coexistir.

Es muy importante recordar que Pedro Prado participó activamente en cada uno de los sucesos culturales de su tiempo, entre ellos del grupo Los Diez. El escritor fue reconocido por su solidaridad y su amplia cultura, y es posible conjeturar que el título de su novela Alsino podría ser pensado también como Al-Sino o ir al destino, como lo indica la palabra.

Y, desde otra perspectiva, en los tiempos de una cierta injusta desmemoria literaria chilena, hay que celebrar que la ciudad de Santiago recuerde, guarde, archive. Una calle importante de Quinta Normal lleva el nombre Alsino en honor a la novela y a su autor.

Sí, la calle Alsino.

Diamela Eltit G.

ALSINO

Adriana: te consagro ALSINO; antes no tuve nada digno de ti. Lo dedico, también, a nuestro hijo Pedro y a sus siete hermanos menores; y perdona si aun lo ofrezco a esta vieja casa de adobes, a los árboles silenciosos que la circundan y a la torre que se eleva sobre las bodegas abandonadas.

Chacra Santa Laura, septiembre 29 de 1920.

RIMERA PARTE

I

EN LA NOCHE

a noche cubre los campos como un agua oscura y sutil. Después de haber penetrado hasta en las últimas concavidades de las dunas, eleva silenciosamente su nivel mil veces por encima de las más altas montañas.

Una niebla delgada, que el viento empuja contra el mar, vela los contornos de las cosas y hace que ellas se compenetren.

La luna, que cae hacia el poniente, brilla pálida tras la niebla. En torno de la luna se ven dos nacarados y enormes círculos concéntricos. Alguien ha tañido esa campana de plata: son dos ondas sonoras que se propagan por los dominios de la noche silenciosa. Alguien ha arrojado la luna, como una moneda de oro, contra las mansas aguas del infinito; su caída ha hecho nacer esos círculos crecientes y gigantescos.

El mar, convertido en una sombra sonora, canta; su voz se mezcla a la niebla que brota de su seno, a la niebla débil que se opone, sin fuerzas, al viento frío y cortante que baja de las nevadas cordilleras.

Por angosto desaguadero un lago pugna por vaciar su tributo en el mar; pero las olas, desde la muerte del invierno, han vencido y ahora elevan y mantienen una constante valla de arena. Las aguas del lago, buscando cumplir con su destino, se filtran calladamente; pero van con tanto despacio, que se espesan y pudren, y las innumerables fosforescencias que vagan en la noche como fuegos fatuos por encima de los pantanos, juegan y danzan sobre ellas como niños alegres y caprichosos. Más allá del desaguadero el lago es puro y transparente. Cerca de los trémulos pajonales, y en un sitio que nadie conoce, los flamencos, sentados a horcajadas en sus altos nidos de barro, empollan y duermen. Los huillines, que en el día pasaron en sus escondidos lechos de hierba, ahora aprovechan la pálida vislumbre de la luna y pescan confiados y pacientes.

Y del mismo modo que las iglesias guardan las melodías de las oraciones y de los cánticos que en ellas se elevaron, la enorme cuenca que forman las colinas que rodean el lago, está llena de una dulzura que solo se atribuye a la placidez del agua que duerme, cuando ella está formada por los últimos ecos de los melancólicos cantos de los pidenes y de todas las aves que, desde incontables atardeceres, aquí se reúnen para elevar sus oraciones cuando aún brillan las últimas horas rosadas y luminosas.

Como nadie las ve, las dunas avanzan con más prisa que la que tienen cuando el sol brilla.

Hay una mísera aldea de pescadores y labriegos que las dunas estrechan contra el desaguadero, donde las miasmas se incorporan a las densas nieblas del pantano.

Las chozas, construidas con ramas traídas de la montaña, todavía no pierden sus hojas y su fragancia cuando, antes del año, ceden al peso de la arena que se ha ido acumulando contra los débiles tabiques. Entonces es preciso volver a la montaña por otras ramas y construir una nueva y pasajera morada.

Una vez, una vaca que vagaba extraviada en la noche por los arenales, llegó a este caserío. Hambrienta y ciega por la oscuridad, bajando por el declive de la duna, dio con la frágil y engañosa techumbre de una choza medio sepultada. Cuando comía con ansia las hojas secas, dentro los habitantes de la choza se santiguaban al no descifrar los ruidos extraños de la techumbre. Y cuando, al avanzar otro paso, cayó con estrépito en medio de la habitación, arrastrando consigo las ramas rotas, sus bramidos de angustia y su gran cabeza armada de enormes astas, que sacudía en su desesperación, hicieron creer a los aterrados moradores en la visita del Señor de los Infiernos.

Esta noche, en cada choza también se oye ruido. Es el chisporroteo fino y constante que hacen los granos de arena al chocar contra las hojas secas y coriáceas.

Ni por un segundo el trémolo cesa; ya es casi imperceptible, como débil llovizna que se cierne y cae; ya sube de tono más y más hasta semejar ruido de la grasa hirviendo; ya se atenúa y cesa; no se le oye, pero es preciso perder la esperanza de que alguna vez concluya, porque siempre hay un grano de arena que resbala.

Hacia el oriente, en la última choza, duermen una anciana y dos niños.

Uno de los niños despierta y abre, abre desmesuradamente los ojos en la oscuridad. El paso de su propia sangre le finge rojas alucinaciones, apagados fulgores que él cree se desprenden de las tinieblas circundantes. El miedo le turba, cierra los párpados con fuerza y esconde su cabeza entre las mantas.

El otro niño, tal vez embriagado con el perfume violento de las ramas de boldo que forman la choza, tiene un ensueño a la vez sencillo y maravilloso. Sueña que volar es una hazaña que no requiere esfuerzo alguno; sueña que volar es un hecho fácil para todo aquel que deje su peso en tierra. Se asombra de no haber tenido antes tal ocurrencia, una y otra vez, solo con la fuerza de su propia voluntad, se desprende suavemente del suelo; poco a poco se eleva, y va y viene, con rapidez, por el aire. Pasa por encima de la choza y de la aldea, pasa por sobre los montes de arena y cruza el lago a gran altura, sonriendo de los arroyos que, a la luz de la luna, vierten en él sus aguas. Desde allí se divisan tan pequeños y brillantes, que solo parecen rastros dejados por los caracoles entre las hierbas.

II

ALSINO Y POLI

l día que comienza aún tiene el frío de la sombra de la noche. Dos muchachos campesinos hablan, en esa madrugada, cosas incomprensibles. Las palabras que dicen salen envueltas en un blanco vapor. Están detrás de unos matorrales que huelen muy suaves con la frescura del alba.

—Anoche, otra vez, Poli, volé.

—Volaste soñando.

—Pero volé. Volé sobre la casa y el lago. Y era tan fácil, que yo me decía: mañana, cuando despierte, no me olvidaré de todo lo que debo hacer para volar.

—¿Y lo recuerdas?

—Sí. Pero parece que las cosas deben haber cambiado.

—No te entiendo.

—Mira, anoche quería volar y volaba. No hacía nada, no movía los brazos, no saltaba. Solo quería volar y volaba; y ahora, tú ves, digo: ¡quiero volar! Y no me muevo.

—¡Alsino! ¡Poli!

Se oye la voz de la abuela.

Alsino hace un gesto de inteligencia a su hermano para que no responda. Se ocultan más aún tras los matorrales.

La abuela aparece trayendo del cabestro a un caballejo mulato, de crines descuidadas, flaco y peludo.

La vieja cubre su pequeña cabeza con un gran sombrero de paja adornado de trapo y abalorios que brillan con los primeros rayos del sol. Dos trenzas escuálidas y cenicientas caen sobre sus espaldas.

—¡Alsino! ¡Poli!

A pasos lentos, seguida del caballo, que se resiste caprichoso, va de un lado a otro, buscándolos.

Los muchachos cuchichean y no responden; parece que entre ellos hay cierto compromiso.

Alsino dice a su hermano:

—Ayer le traje chilcas para que saque cerote y venda a los zapateros, y chamico para que fume todo el año. Ahora no voy.

Poli, en cuclillas, sonríe burlesco y se restriega las manos entumecidas.

La abuela se aleja refunfuñando. En voz alta profiere amenazas, que ella comprende deben ser escuchadas. En su mal humor sacude, con una varilla, repetidos golpes en la cabeza de su viejo caballo, que se echa atrás y amusga las orejas con rabia.

Los muchachos prestan atención al ruido que levantan los cascos que se alejan. Y cuando perciben, en el claro silencio de la mañana, sonar de remos en el agua, salen de su escondrijo y ven a la abuela en el bote plano, atravesando el desaguadero. Atado con el cordel al bote, el caballo, del que solo se divisa la cabeza, revuelve, al nadar, las aguas tersas y perezosas.

—Te digo que sí —continúa Alsino—, como yo acompaño a la abuela, lo he visto tantas veces. Los pájaros grandes, cuando comienzan el vuelo desde la tierra, corren y mueven mucho las alas, pero, cuando lo emprenden desde un árbol alto, apenas si dan dos o tres golpes.

Un buitre, a gran altura, describiendo un enorme círculo, avanza con rapidez, abiertas las grandes alas inmóviles. Su vuelo sereno, fácil y amplio, llena de curiosidad a los niños como si fuera la única vez que lo hubiesen contemplado.

—Algún animal muerto —insinúa Poli.

Alsino no habla, no podría hablar. Le sigue con los ojos, anhelante, fascinado. Cuando la sombra que arroja el buitre, no lejos de ellos, corre por sobre la ondulada y suave superficie de las dunas, salta gritando:

—¡Ya sé!, ¡ya sé!

Y se pone como a danzar, y parece que va a llorar y a reír. Brillan sus ojos con resuelta alegría. Poli se siente sojuzgado; y, aunque pide mayores explicaciones, sin éxito, obediente, temeroso, sigue a su hermano, cuando este lo toma de un brazo y lo arrastra consigo. Caminan corto trecho, descienden el último faldeo arenoso, atraviesan la callejuela que forman los escasos ranchos de la aldea, alcanzan la orilla del lago y se detienen, por fin, al pie de un roble.

Es un gran árbol solitario. Los últimos huracanes han tronchado una de sus ramas que cae, todavía, sobre el camino. Su forma es extraña, adusta y severa. Día y noche el viento muerde su escaso follaje. La humedad ha hecho crecer, en las rugosidades de su corteza, grandes excrecencias amarillentas y duras.

—¡Mira! —explica Alsino y sacude a su hermano, mientras le echa, sobre el rostro esquivo, el aliento quemante de su certeza de poseído.

—¡Mira...! ¡Volar...! ¡Oh! ¡Espera...! ¡Para volar…!

Y sus palabras se precipitan, sus explicaciones vuelven sobre sí, se confunden, se embrollan y se hacen dolorosas hasta que el frenesí creciente le ata la lengua y lo ahoga en un tembloroso silencio. Cuando logra desembarazarse, por solo un segundo, de su terrible mudez, grita oscuramente.

—¡Ven! ¡Sube! ¡Ven!

Poli trémulo, avasallado, sonríe con un terror naciente, que no logra impedir el que obedezca ciego.

Trepan por la rama rota hasta llegar a su arranque en el tronco. Apoyándose en los hongos duros, en las ramas débiles, en no importa cuál saliente, suben con dificultad, pero sin vacilaciones. Y a medida que suben comienzan a reír. Poli principia a convencerse. Alsino, lleno de ardor, va el primero. Cuando vuelve e inclina la cabeza, mirando hacia abajo, Poli exagera sus ánimos y le exige subir cada vez más alto. Divisan, muy arriba, una rama que avanza lateralmente, alejándose del macizo de la copa. A ella se propone llegar.

Ascienden y ascienden. En sus cabelleras negras y espesas se pegan telarañas cubiertas de polvo y se clavan ramillas y hojas secas. Con las manos y los pies magullados, y con nuevos jirones en sus viejas ropas, llegan al sitio previsto. Avanzan caminando sobre el gancho que se extiende horizontalmente, apoyándose en la ramazón vecina. Cuando les sorprende un espacio libre, lo salvan con resolución y rapidez. La rama oscila. Sobrecogidos, toman aliento. Los corazones golpean los pechos juveniles como si quisiesen volar. La sangre circula atropellada y hace un ruido que se confunde con el del viento de la altura que agita los últimos escuetos varillajes. Ese hálito frío seca rápidamente el sudor de sus rostros.

Muchas veces ellos han trepado a cerros más altos que ese roble, muchas veces han buscado en otros árboles nidos ocultos; pero nunca se han visto suspendidos, a tal altura, sobre algo tan frágil. Nada más que aire en torno. Las mismas oscilaciones de la rama tienen algo de un vuelo que se inicia. ¡Y qué delgado y débil es el aire! Hasta las leves hojas que se desprenden lo atraviesan. Los ojos no lo ven, no lo pueden ver. Las miradas que lo buscan, sin advertirlo, lo traspasan y solo se detienen cuando tropiezan en alguna cosa que está detrás de él.

Poli sufre de una incomodidad creciente. Un vértigo lo embriaga y se inclina. Asustado, se sienta a horcajadas en la rama y cierra los ojos para no caer. Así se cree más seguro; pero le turba el extraño peso de sus piernas que cuelgan sobre el abismo.

—¡No mires abajo! —le grita Alsino—. ¡Mira lejos y no caerás!

Entonces observan el círculo del horizonte.

Se ve, allá distante, otro lago y, entre ambos, una pradera verde por la que ondula un camino.

—¿No es la abuela?

—Oye, Poli, allá va la abuela.

—¡Abuela! ¡Abuela! —gritan con alegre desprecio.

En la orilla opuesta, y al extremo del desaguadero, hay otro villorrio. Es el puerto de Llico; bien lo conocen los niños. Detrás de él, por entre las últimas ramas de la copa, divisan lomas rojas y desnudas con algunos eucaliptus negros; al frente, las interminables dunas cenicientas; y, más allá de las bodegas abandonadas, el mar azul y solitario. Se distinguen las blancas espumas de las rompientes y las gaviotas que vuelan sin rumbo.

Alsino mira a lo alto del cielo, ahora empañado por nubecillas largas y débiles que esfuman el sol. Busca con los ojos el buitre; pero este ha desaparecido. Poli, libre del vértigo, ha quedado como marchito, trémulo y vacilante.

Y cuando su hermano lo anima, indicándole cómo debe abrir los brazos y tomar las alas de la chaqueta, dice:

—Por qué no volamos hacia el otro lado; abajo hay arena.

—¡No, allá no! —replica Alsino—. No hay bastante altura; no tomaríamos aire. ¿Qué? ¿Tienes miedo?

—No, pero…

—Te digo que yo sé cómo se vuela. Me acuerdo, ahora, claramente de todo lo que hice anoche.

—¿Pero no decías…?

—Yo no he dicho nada, nada, ¿entiendes? Espera. Ya verás cómo se vuela.

Tomando con las manos los faldones de su chaqueta y abriendo los brazos, forma algo así como dos alas improvisadas. Y pálido, sonriente y confiado, sin quitar la vista del lejano horizonte, de un salto y moviendo los brazos, se lanzó al vacío.

Pero si una de sus manos se agitó intrépida y libre, ansiosa de vuelo, la otra, trémula y crispada, en el último instante, se aferró, con fuerzas, de una rama vecina.

Pendiendo del brazo a medio descoyuntar, tal un triste guiñapo, convulso como un ahorcado, Alsino lanzó espantosos gritos roncos e incomprensibles. A duras penas consiguió enlazar con sus piernas, en una de sus contorsiones, la rama firme.

Poli, paralizado por el terror, miraba mudo, atónito.

Como sonámbulos, los muchachos comenzaron el descenso, desgarrándose las carnes contra la áspera corteza. Bajaban rápido, sin reparar en cosa alguna, huyendo enloquecidos. Al llegar a tierra, como Alsino pareciera desorientado y echase a andar hacia la laguna, Poli lo tomó cuidadosamente de un brazo, escogiéndole la parte más suave del sendero.

Una angustia terrible y creciente comenzó a dominar a los dos hermanos. Sollozos incontenibles, al sacudirlos, desviábanlos del camino, y lágrimas abundantes tejieron un velo que les impidió ver. Detenidos o dando tropezones, como ebrios, avanzaban penosamente.

III

LA CAÍDA

esde los maizales y viñedos que rodean la huerta del Mataquito, por ambas feraces riberas del río, hasta Licantén; desde la miserable caleta de Iloca, a todo lo largo de la costa escarpada, batida por un mar siempre solitario, hasta las salinas y lagunas de Boyeruca y Bucalemu; por las risueñas aldeas de Alcántara y Paredones, y otras más, de tierra adentro; en los caseríos que se extienden a orillas del estero de Las Garzas y de tantas otras aguas puras y tranquilas; desde el Alto del Perdiguero a la Puntilla de Hidalgos, y más allá de la sombría quebrada de los Galaces; desbordándose por todos los caminos que cruzan la cuesta La Lajuela, y las peligrosas Sierras de Colhué, corre la fama de la vieja médica de Los Conchas.

En su abandono de todo el verano, mientras los padres de los muchachos trabajan en las salinas de Bucalemu, solo en Alsino tiene la abuela ayuda. Es él el que la acompaña a buscar hierbas medicinales que venden, después, en los pueblos vecinos, o guardan en casa para recetar a los numerosos enfermos que acuden atraídos por el renombre creciente de la vieja curandera. Y ojalá la anciana no contase sino con la compañía del menor de sus nietos; porque cuando llegan su hijo y su nuera, han de pasar borrachos un día y coléricos el otro, y entonces vienen las palabras ruines, los trabajos y malos tratos, y el largo padecer en silencio.

Llámanla vieja bruja, y, porque la creen poderosa en sortilegios, esperan algo de ella; y, como la temen en maleficios, fraguan, borrachos, su muerte. Cuando están así, perdidos, la abuela tiembla y se aleja acompañada de Alsino.

La abuela una vez, mientras por los caminos llevaba a su nieto a la grupa del caballo, exclamó:

—¡Como hijo de borrachos, eres triste, Alsino, y como eres triste, te quedas pensando! No todos los hijos de borrachos son así; tu hermano es callado. Poli es torpe y flojo. ¿No se pasa los días tendido en la arena, durmiendo? Tu hermano duerme las borracheras de tus padres. Cuando a ti te engendraron, ellos estaban en el comienzo de esa mala vida y quizá todavía tuvieran fuerzas de vergüenza. Recuerdo que entre sí se culpaban y la ira de ellos era por desesperación. Querían ser otros de lo que iban siendo. Tú heredaste su tristeza y los deseos de salir y de cambiar. ¿No andas tú, Alsino, queriendo ser como los pájaros? Pobre niño; ¡bebiste en la mala leche de tu madre las visiones de sus borracheras!

Tarde vuelve la abuela del pueblo vecino, a donde fue a vender pacientes encajes y remedios milagrosos. Vuelve fatigada por su vejez y por la vejez de su caballo. Todo es mal humor en su bestia, y caprichos repentinos, y tropezones peligrosos; y todo en ella despierta una furia ciega, y un maldecir, y un menudear varillazos por la cabeza y por todo el curtido cuerpo del caballejo. Entra ya la madurez del verano. Alsino y Poli pásanlo errantes en busca de moras y de nidos de pájaros. Hacia el lado del mar se levanta una niebla espesa; el sol se ve rojo y sin brillo. Antes de tiempo ya la noche y el frío avanzan, rodando, por las dunas interminables y por las desoladas colinas. Más claridad parece venir de la laguna que del cielo. El frío fulgor de las aguas guía la marcha de la viajera. La yerma soledad, que acrecienta la llegada del viento de la noche, va poniendo paz entre la abuela y su caballo; y aun cuando ella no profiere ninguna palabra amable de desagravio, ambos, ante el desamparo que los circunda, se sienten solidarios. Así lo da a entender el aspecto del caballo, caminando resignado con la cabeza baja y el pelaje erizado por el viento, y el de la vieja, silenciosa, arropada en su pañolón, trémulas las flores descoloridas de su sombrero y las trenzas flacas y cenicientas.

Callados y friolentos, siguen por la orilla del desaguadero, cuando el caballo endereza las orejas y se detiene, intranquilo, resoplando. Vuelve la ira a reemplazar la fatiga de la abuela, y furiosos varillazos y maldiciones caen sobre la cabezota del terco animal.

Creyendo oír un quejido, la abuela interrumpe su castigo. Bajo el roble solitario que crece a la entrada del pueblo, un pequeño bulto se agita y gime.

No pudiendo conseguir que su caballo avance, la vieja se desmonta. Tirando fatigosamente de las bridas se acerca al roble.

Un paso más, y da un grito y suelta las riendas del caballo que escapa hacia el pueblo con su trote arrastrado y cansón. Implorando a grandes voces auxilio, la anciana tan pronto se hinca llamando a Alsino, allí tendido, como se pone de pie, pidiendo ayuda a todos los santos.

El pueblo está cerca; pero las voces de la abuela son débiles, y el viento que viene del mar, deformándolas, las hace bailar y lleva, en ronda, hacia la laguna.