Amantes y reinas - Benedetta Craveri - E-Book

Amantes y reinas E-Book

Benedetta Craveri

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«Este impecable ensayo de Benedetta Craveri se lee como la gran novela erótica de la monarquía francesa de los siglos XVI-XVIII vista a través de las vidas de reinas y favoritas».  Il Corriere della SeraCraveri narra con maestría la astucia y destreza con que reinas y favoritas crearon alianzas, repartieron favores y castigos, aparecieron y desaparecieron de la escena en el momento justo, para así definir el rumbo de la historia. La historia de mujeres como Gabrielle d'Estrées o Madame du Barry, Ana de Austria o María Antonieta, amantes y reinas que convirtieron su supuesta debilidad en un instrumento de dominio. Durante siglos se ha predicado que confiar a una mujer cualquier responsabilidad de gobierno sería «algo que repugnaría a la naturaleza [...], un trastocamiento del recto orden y de todo principio de justicia». Sin embargo, especialmente en la Francia del Antiguo Régimen, las mujeres se han arrogado ese poder, haciendo vanas en la práctica las leyes y las costumbres que se lo negaban. La más destacada de todas fue Catalina de Médicis, que durante treinta años logró mantener intacta la autoridad real. Pero junto a las reinas —y a menudo al mismo tiempo y en antagonismo con ellas— otras mujeres ejercieron, en los siglos anteriores a la Revolución, una enorme influencia sobre los equilibrios políticos internos y externos de la monarquía francesa: las poderosísimas amantes reales, quienes tuvieron que aprender a utilizar la astucia, a corromper, a castigar... y a salir de escena en el momento justo. Un recorrido imprescindible que reafirma, con el rigor y la destreza narrativa de Craveri, la repercusión y relevancia que ejercieron las mujeres en momentos tan convulsos como definitorios de la historia.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice

Cubierta

El poder de las mujeres

Una italiana en la corte de Francia

Diana de Poitiers. La belleza como mito

Catalina de Médicis. Las razones de la política

La reina Margot. La corona perdida

Gabrielle d’Estrées. A un paso del trono

Una nueva reina florentina

María de Médicis. La pasión del poder

Ana de Austria. «Una seducción infinita»

María Mancini. La vida como una novela

María Teresa de Austria. Una reina en la sombra

Louise de La Vallière. «Aquella pequeña violeta que se escondía entre la hierba»

Athénaïs de Montespan. Una belleza triunfante

El asunto de los venenos

Madame de Maintenon. La institutriz de Francia

María Leszczynska. La reina polaca

Las hermanas Mailly-Nesle. Amores en familia

La marquesa de Pompadour. Una burguesa en el poder

Madame du Barry. El ángel de los bajos fondos

María Antonieta. La reina mártir

Fuentes

Bibliografía

Notas

Notas

Créditos

Amantes y reinas

El poder de las mujeres

a Margherita e Isabella

El poder de las mujeres

En 1586, el célebre jurista francés Jean Bodin no vacilaba en confinar a las mujeres a los márgenes de la vida civil, sosteniendo que «era preciso mantenerlas alejadas de todas las magistraturas, los lugares de mando, los juicios, las asambleas públicas y los consejos, para que se ocupen solamente de sus faenas mujeriles y domésticas». Agarrándose a una doble herencia cultural –la grecorromana y la judeocristiana–, el gran teórico de la soberanía del Estado absoluto moderno confirmaba una convicción tan antigua como la sociedad occidental. En toda Europa, en consideración a la debilidad intelectual, moral y psíquica inherente a su naturaleza, se excluía a las mujeres del poder; sólo los hombres eran ciudadanos de pleno derecho, sólo a los hombres les estaba permitido reinar.

Costumbres y leyes no siempre habían sido tan desfavorables al sexo débil; no mucho tiempo antes, dentro del sistema feudal francés, las mujeres habían gozado de un trato menos punitivo.

Hasta el siglo XIV, en efecto, en ausencia de cabeza de familia hacían las veces de tal y tenían la facultad de heredar títulos y feudos, gobernando sus tierras ellas mismas. Valga como ejemplo el caso de Ana de Bretaña, que, casada primero con Carlos VIII y después con Luis XII, y por tanto reina de Francia por dos veces, nunca había dejado de supervisar personalmente la administración del ducado que había llevado como dote a la corona francesa.

De manera similar a las mujeres de la nobleza, también las de la burguesía y las del pueblo habían tenido en el pasado una mayor libertad de acción, empezando por el derecho a ejercer legalmente los oficios más variados, a practicar la caridad y la asistencia a los pobres en los hospitales y en las calles, a organizarse en comunidades y conventos de beguinas, dando vida a movimientos espirituales y fundando órdenes religiosas y monasterios.

Al estar ligados a la sociedad feudal, estos márgenes de autonomía femenina se redujeron con el Renacimiento. En el transcurso del siglo XIV (dentro de un profundo cambio, que tenía sus raíces en el siglo anterior, en el modo de plantear la política y las instituciones, en el cual la noción de «res publica» fue sustituyendo progresivamente al concepto medieval de linaje, como la autoridad del rey a la del señor) empezó a abrirse camino una nueva concepción de la familia. Ésta aparecía ahora como el fundamento en el que se apoyaba el edificio del Estado moderno, aún más, era una especie de república a escala reducida, gobernada por el cabeza de familia y a modo de perfecto reflejo de la otra. Su estabilidad, su equilibrio y su autonomía eran por ello de vital importancia tanto para la esfera privada como para la pública, y los legisladores no escatimaron recursos sagaces para ponerla al abrigo de las posibles amenazas –la irracionalidad, la responsabilidad, la inconstancia– derivadas de la naturaleza femenina. Similar a un Jano bifronte, la mujer del siglo XVI mostraba, efectivamente, un rostro angélico y otro diabólico, podía inducir a la elevación espiritual o a la perdición moral; en todos los casos, representaba un enigma. Entre quienes se inclinaban por una concepción demoníaca de lo femenino se encontraba, por ejemplo, Jean Bodin, que en la Demonomanie des sorciers, publicada en 1580, acusaba a las hijas de Eva de perseverar en sus propósitos subversivos y de estar confabuladas con Satanás.

En la guerra preventiva contra las insidias del sexo débil se consideraba necesario someter completamente a la mujer a la autoridad masculina y circunscribir su radio de acción a la esfera doméstica. De esta manera se sacrificaban en aras del orden familiar no sólo su libertad sino también su misma persona jurídica, ya que no tendría otra identidad que la de hija, esposa o viuda (solamente la viudez le garantizaría, por lo demás, una cierta autonomía civil).

En su interpretación literal, la «incapacidad femenina» significaba que, sin la autorización de sus parientes masculinos o del rey, las mujeres apenas poseían una personalidad jurídica autónoma. Una esposa no podía, por ejemplo, disponer libremente de sus propios bienes, asumir un compromiso ni prestar testimonio. No obstante, allí donde el equilibrio de la institución matrimonial lo hacía necesario, se permitía a la esposa, a la madre y sobre todo a la viuda redactar documentos –testamentos, donaciones, legados– que eran en todo caso sometidos al control de las leyes.

La defensa de la institución familiar no podía prescindir, sin embargo, de tutelar en cierto modo la dignidad de la esposa, puesto que el vínculo matrimonial la colocaba en el centro de la vida doméstica. Una mujer, por tanto, debía ser tratada con respeto y, en el plano material, estaba protegida por la comunidad de los bienes y por el douaire, una especie de renta o ingreso vitalicio que garantizaba su autonomía económica en caso de fallecimiento del marido. A cambio, juristas, moralistas y hombres de Iglesia coincidían en exigirle obediencia, modestia, castidad, parsimonia y discreción y no dejaban de preguntarse cuáles eran los métodos educativos más adecuados para desarrollar estas virtudes.

Pero ¿cuál era el género de educación deseable? Débil y limitada, ¿era capaz la inteligencia femenina de acceder al orden racional? Y el saber ¿no corría el riesgo de alentar defectos congénitos en la naturaleza de las hijas de Eva como la curiosidad y el orgullo? La primera en alzar una voz de protesta fue, a comienzos del siglo XV, Christine de Pisan, la cual sostenía que bastaría con mandar a la escuela a las niñas para que su inteligencia se desarrollase tanto como la de sus coetáneos. Un siglo después, Montaigne, aun dando prueba de una actitud mucho más liberal que la mayor parte de sus contemporáneos hacia el sexo débil, seguía estando íntimamente convencido de la superioridad intelectual masculina y se limitaba a observar que el estudio de la historia o de la filosofía podía ayudar a las mujeres a soportar las injusticias y las prevaricaciones de las que eran víctima por parte de los hombres.

No había, por el contrario, resignación sino amargura en el grito que lanzó en 1626 Marie de Gournay, su fille d’alliance, en el Grief des dames: «Afortunado tú, lector, si no perteneces a ese sexo al que, privado de la libertad, le están vedados todos los bienes, al igual que casi todas las virtudes. No podría ser de otro modo, puesto que le es negado el acceso a los cargos, a los empleos y a las funciones públicas, es decir, al poder, porque es en el ejercicio moderado de éste como se forman en su mayor parte las virtudes. Un sexo al cual, como única felicidad, como únicas y soberanas virtudes, se le dejan la ignorancia, la servidumbre y la facultad de hacerse pasar por estúpido, si este juego le complace».

Dentro de la gran renovación espiritual promovida por la Contrarreforma, y aunque fuera en controversia con los protestantes que animaban a los fieles, sin distinción de sexo, a leer directamente los textos sagrados, la Iglesia católica se vio obligada a afrontar los problemas de la educación de las mujeres, elaborando una pedagogía inspirada en el culto mariano, que, de tratado en tratado, perseguía un único objetivo: neutralizar el elemento oscuro y demoníaco que se halla al acecho en la naturaleza femenina y, tomando como modelo las virtudes encarnadas por la Virgen María –la pureza, la dulzura, la caridad–, preparar a las muchachas destinadas a vivir en el mundo para realizar felizmente su vocación de esposas y madres cristianas.

En la Francia del siglo XVI, sin embargo, el empeoramiento de la condición de la mujer en el plano jurídico y religioso coincidió con una primera e indiscutible afirmación de su prestigio intelectual. Siguiendo el modelo de De claribus mulieribus de Boccaccio, traducido en Francia a petición de Ana de Bretaña, esposa de Carlos VIII, nació también en Francia una tradición literaria, que habría de gozar larga fortuna, centrada en el elogio de la femme forte y de la femme savante. Se trataba de una literatura encomiástica, encaminada sobre todo a rendir homenaje a princesas y damas ilustres, de mano casi exclusivamente masculina; no obstante, su éxito fue testimonio de la existencia de un público femenino. Un público de lectoras pertenecientes a las élites aristocráticas y burguesas que exigían a la literatura, y de manera especial a la reflexión moral, a la poesía y a la novela, una imagen idealizada de la mujer en la que poder por fin reconocerse.

Pero la verdadera novedad de este «renacimiento» a lo femenino la constituyó la entrada del sexo débil en la liza literaria. En la Edad Media había habido más de una escritora famosa, pero «nada, en sus discursos, dejaba traslucir la conciencia de una “especificidad”». A la inversa, a partir de la obra póstuma de Christine de Pisan, Le Tresor de la cité des dames, aparecida en 1497, el pequeño grupo de autoras cincocentistas –mencionaremos al menos los nombres de Pernette du Guillet, Louise Labé, Catherine y Madeleine des Roches y, al final del siglo XVI, Marie le Jars de Gournay– compartía un único proyecto, cuya intención no escapaba a sus contemporáneos: plantar cara al casi total monopolio masculino de la escritura y tomar directamente la palabra para hablar de modo más o menos velado de sí mismas, de sus gustos, de sus sentimientos, de sus aspiraciones más profundas.

Desde un principio, sin embargo, las escritoras (con la salvedad de alguna clamorosa excepción) optaron por evitar los choques frontales, de los cuales inevitablemente hubieran salido perdiendo, y avanzar por caminos transversales, aprovechando cada vez las ocasiones propicias.

Por otra parte, sabían que podían invocar en su defensa unos precedentes inatacables: ¿acaso no habían sido dos grandes princesas las que dieran ejemplo y tomasen la pluma? A la cabeza del cortejo estaba Ana de Francia, hija de Luis IX, hermana mayor de Carlos VIII, duquesa de Borbón (1461-1522), la cual, después de tener las riendas del gobierno durante la minoridad de su hermano, Carlos VIII, se rodeó de una corte brillante, abierta a escritores y artistas, y en 1521 decidió dar a la imprenta sus Enseignements, escritas para su hija Susana. Venía luego la más ilustre de todas, la gran Margarita, hermana de Francisco I y esposa del rey de Navarra, «soberanamente perfecta en poesía, docta en filosofía, experta en la sagrada escritura». Primera poeta francesa que publicó, Margarita de Navarra se medía con la misma audacia intelectual y parigual talento con los temas cruciales del amor sacro y el amor profano. Dos generaciones después, otra Margarita, hija de Enrique II y Catalina de Médicis y también reina de Navarra, inaugurará el género de las memorias de autoría femenina para narrar las trágicas vicisitudes de su vida.

Desde luego, nadie discutía que era necesario dar una educación humanista y una preparación intelectual a las princesas reales y a las damas de la alta nobleza, pero esto afectaba a un número extremadamente exiguo de representantes del sexo débil, destinadas desde el nacimiento a desempeñar papeles oficiales de gran responsabilidad. No obstante, aun siendo excepcionales, estos casos constituyen siempre un palmario mentís a los lugares comunes misóginos acerca de las taras congénitas de la naturaleza femenina, y representaban un implícito aliento y una garantía moral importante a las ambiciones intelectuales de sus hermanas de menos alcurnia.

Ni siquiera un nacimiento real podía, con todo, conferir a las mujeres los mismos derechos de los hombres; la ley sálica es la confirmación más clara de ello. En virtud de una antiquísima prohibición que se remontaba a los tiempos de Pharamond, mítico rey de los francos, y a diferencia de lo que sucedía en otros países europeos, en Francia las mujeres estaban excluidas de la sucesión al trono y la misión de asegurar la continuidad dinástica estaba reservada a la descendencia masculina. Sólo el rey detentaba el poder, mientras que la reina no tenía otro estatus que el de esposa.

No siempre había sido así. La ley sálica era una institución jurídica relativamente reciente, inventada por historiadores y juristas en el transcurso de los siglos XIV y XV para garantizar antes que nada la independencia y la unidad territorial del país. En la Francia medieval, efectivamente, la corona era transmitida en consideración al derecho de primogenitura sin impedimento por razón de sexo hasta 1316. En aquella fecha, tras la muerte del mayor de los hijos de Felipe el Hermoso, Luis X, el hermano del soberano, Felipe de Poitiers, después Felipe V, logró hacerse reconocer como rey, aprovechándose de la menor edad de su sobrina Juana, a la que correspondía por derecho la corona. Seis años después fueron las hijas de Felipe V las que sufrieron el mismo abuso y vieron sus derechos usurpados por el hermano de su padre. Y cuando, a su vez, Carlos IV el Hermoso murió dejando solamente hijas, éstas fueron automáticamente excluidas de la sucesión sobre la simple base del ejemplo de los dos reinados precedentes. Pero, puesto que Carlos IV no tenía hermanos, ¿a quien debía ir la corona? Si se hubiese tenido en cuenta el lazo de parentesco más estrecho con el rey difunto, habría correspondido a Eduardo III de Inglaterra, sobrino de Felipe el Hermoso por parte de madre. Pero adoptar esta solución significaba pasar bajo la jurisdicción de un soberano extranjero, y los barones franceses prefirieron orientar su elección a Felipe de Valois –Felipe VI–, primo en línea masculina de la familia capetingia. Introducida subrepticiamente para secundar las ambiciones de Felipe V y de Carlos IV, la prohibición impuesta a las mujeres de subir al trono se extendió de esta manera a su descendencia masculina. (Por otra parte, ya durante la Guerra de los Cien Años se había empezado a tomar conciencia de que, como consecuencia de una política matrimonial que destinaba cada vez con mayor frecuencia a las princesas de sangre real a soberanos de otros países, la sucesión por línea femenina podía exponer la corona al peligro de acabar en manos de un príncipe extranjero.)

A partir de entonces y durante todo el Renacimiento, varias generaciones de eruditos y de juristas prodigaron su ingenio y su saber con el fin de hacer irreversible esta disposición. El mito de los orígenes, el peso de una tradición jurídica autóctona que había que contraponer orgullosamente a la romana, la teorización del carácter sacro de la monarquía francesa, el cual comportaba el papel sacerdotal de sus reyes, imposible de extender a las mujeres, la autoridad masculina como principio unificador de la nueva concepción del Estado en todas sus expresiones eran los argumentos presentados en apoyo de la exclusión de las mujeres del ejercicio del poder. Si bien se trataba de motivaciones a las cuales era difícil oponerse en una época en la que Francia se estaba esforzando por afirmar su propia identidad cultural y por imponer su prestigio a escala europea, lo que confirió a la ley sálica un carácter de indiscutible necesidad fue el repertorio de tópicos misóginos, el primero de todos el de la «imbecilidad de juicio» del sexo débil.

Sin embargo, a la vista de los hechos, ¿no constituyó el siglo XVI un clamoroso desmentido de los interdictos que pesaban sobre el sexo débil? Jamás como en la Europa del Quinientos hubo un número tan relevante de mujeres –hijas, hermanas, esposas, madres, amantes– que tuvieran acceso a altas responsabilidades, influyeran en la política o gobernaran en primera persona. A pesar de los anatemas de los predicadores, María Tudor primero y su hermana Isabel después subieron con pleno derecho al trono de Inglaterra, al igual que María Estuardo ciñó la corona escocesa. Tía del emperador Carlos V y un tiempo prometida a Carlos VIII de Valois, Margarita de Valois, a su vez, reinaría en los Países Bajos con habilidad y prudencia, por no hablar de Renata de Francia, que tuvo en Ferrara un papel religioso y cultural de gran resonancia. Y si en Francia la ley sálica excluía a las mujeres de la sucesión dinástica, más de una de las diez reinas que se sucederían al lado de los soberanos de la casa de Valois tendría, junto con madres y hermanas, una gran influencia en los acontecimientos del país.

Luisa de Saboya, madre de Francisco I, gobernó en nombre de su hijo en los años del dramático cautiverio de éste en España y llevó a cabo para él delicadísimas negociaciones diplomáticas, dando prueba de un verdadero genio político, mientras que la hermana del monarca, Margarita, desposada con el rey de Navarra, no ocultó sus simpatías por la religión reformada, hizo de su corte un gran centro de cultura humanística y dio lustre a la literatura francesa con una célebre colección de novelas a la manera de Boccaccio, el Heptamerón.

La hija de Margarita, Juana de Albret, reina de Navarra, consagró su inteligencia, poco común, a los intereses de la causa protestante y a los de su joven hijo, Enrique de Borbón, que habría de reinar un día sobre Francia. Tampoco se puede olvidar que será una reina, Catalina de Médicis, la que a la muerte de su marido, Enrique II –acaecida en 1559–, y durante casi treinta años, en lo más encendido de las guerras de religión, recurrió a todos los expedientes posibles, incluidos los más extremos, para tutelar los intereses de la corona y defender la integridad del reino.

En la Francia del siglo XVI, soberanas y princesas no son, sin embargo, las únicas que dominan la escena. En ausencia de ellas, junto a ellas o, como es frecuente, en abierto antagonismo con ellas, se presentan las reinas de los corazones, las poderosísimas favoritas reales: la duquesa de Étampes y Diana de Poitiers, amantes respectivamente de Francisco I y de Enrique II; Gabrielle de Estrées y Henriette de Entragues, destinatarias preferidas de la fogosidad amorosa del excesivamente galante Enrique IV. Y tampoco en la alta nobleza faltaron figuras femeninas que se imponen como puntos de referencia de clanes enteros: por ejemplo, las tres sucesivas duquesas de Guisa, una vez se quedaron viudas, ejercieron una influencia decisiva en las estrategias políticas de la que era en la época la familia más poderosa de Francia.

Todo esto, sin embargo, no debe inducirnos a pensar que este ilustre cortejo de damas en el poder sea signo de una evolución, aunque subterránea, en la mentalidad y en las costumbres, o que revele una mejora jurídica en la condición de las mujeres. Si en la sociedad del siglo XVI hay mujeres que cuentan es porque, aferrándose a sus ambiciones, en su inteligencia y en su belleza, lograron, a pesar de los prejuicios masculinos, aprovecharse de unas circunstancias favorables y hacerse valer. Pero nunca asumieron el poder en nombre propio; su autoridad es siempre provisional y está sometida a oposiciones, y su afirmación presupone siempre un vacío o una debilidad masculinos: la lejanía o la muerte de los maridos, la minoría de edad de los hijos, la pasión de los sentidos. Aun siendo espectaculares, sus experiencias constituyen una suma de casos individuales, no se consolidan nunca en una historia única. Dado que la Historia –como ninguna de ellas duda– sigue siendo patrimonio oficial de los hombres, para introducirse en sus engranajes sin ser trituradas por ellos es preciso disfrazarse, usar la astucia, crearse aliados poderosos, distribuir favores, seducir, corromper, castigar... y saber hacer mutis en el momento justo.

Me propongo aquí contar la historia de este poder sui géneris, que sabe transformar la debilidad en fuerza y hacer de la condición de inferioridad una carta ganadora: una historia que es testimonio del valor, la inteligencia y la inventiva que de manera constante caracterizaron a las mujeres francesas del Antiguo Régimen.

Una italiana en la corte de Francia

En 1533, con sólo catorce años de edad, Catalina de Médicis llegó a Francia para convertirse en la esposa del segundogénito de Francisco I, Enrique, duque de Orléans.

Por notable que fuese la dote de la joven florentina, no dejaba de ser una mésalliance: la muchacha no era más que la heredera de una familia de banqueros. Pero aquel matrimonio tenía sólidas motivaciones políticas. Para Clemente VII, tío de la novia, al reforzar el acuerdo entre los Médicis y la corona francesa, permitiría al papado no depender enteramente de la buena voluntad de Carlos V, quien, sólo seis años antes, habría consentido a los ejércitos imperiales saquear Roma y asolar a hierro y fuego la ciudad santa. A Francisco I, por su parte, emparentar con el Papa y con la dinastía medicea le servía para consolidar sus proyectos hegemónicos sobre Italia y para contrarrestar la influencia de la casa de Habsburgo.

El pontífice condujo personalmente a su sobrina a Francia, mostrando así en cuánto aprecio tenía aquel matrimonio; Catalina hizo su entrada en Marsella el 12 de octubre de 1533 detrás del cortejo papal, acompañada de una coreografía extraordinaria y totalmente inédita para los franceses. Precedido sólo por un caballo blanco que transportaba el Santísimo Sacramento, Clemente VII avanzaba en la silla gestatoria, seguido de cardenales vestidos de rojo a lomos de mulas blancas; luego iba Catalina, rodeada de una muchedumbre de damas y gentilhombres a caballo. Dieciséis días después se celebró la boda con magna pompa y por la noche, al término de un grandioso banquete, los jóvenes esposos fueron conducidos a la cámara nupcial por la reina Leonor y sus damas. Enrique y Catalina tenían la misma edad; no sabían nada el uno del otro, pero sabían lo que se esperaba de ellos y tuvieron que dar públicamente prueba de ello. Atisbando sus abrazos a través de las cortinas entornadas del lecho, Francisco I pudo constatar que ambos esposos «se habían comportado gallardamente» y a la mañana siguiente, muy temprano, acudió Clemente VII a visitarlos y a inspeccionar el lecho. No hace falta decir que el sentido del pudor era en aquella época muy diferente del nuestro y la idea de intimidad no había hecho aún su aparición en el sentir común. Pero si tanto el rey como el pontífice estaban tan ansiosos de certificar el éxito positivo de la primera noche de los esposos, todavía adolescentes, se debía al hecho de que la consumación del matrimonio era necesaria para que quedasen definitivamente sellados los recíprocos compromisos, a los cuales habían llegado tras largas negociaciones. Ello daba a Clemente VII la garantía de que, fuera cual fuese la evolución de la situación pública, Catalina se había convertido, a todos los efectos, en la esposa de Enrique y por lo tanto ya no corría peligro de ser enviada de nuevo a Italia, y Francisco veía legitimadas sus ambiciones transalpinas y podía proclamar en voz alta los derechos que su segundo hijo había adquirido, en calidad de marido de Catalina, sobre el ducado de Urbino. Menos de un año después, sin embargo, la repentina muerte de Clemente VII hizo vanas las promesas de las cuales se había hecho garante y a Francisco I no le quedó más remedio que constatar que el matrimonio con la «duquesita» había sido un pésimo negocio.

La vida que aguardaba a Catalina en la corte de Francia se anunciaba, pues, cualquier cosa menos fácil, pero la joven florentina ya se había templado en una infancia llena de dramas. Huérfana de padre y madre desde su nacimiento, única heredera legítima de un gran patrimonio, tenida como rehén y amenazada de muerte durante la revuelta popular de Florencia, que se había prolongado hasta agosto de 1530, la muchacha había crecido en el seno de un clan familiar dividido por intrigas, intereses y ambiciones contrapuestas, en espera de servir de peón matrimonial en el complejo tablero de ajedrez de la política italiana.

En su nuevo país, Catalina, ante todo, tuvo que renunciar a la única certeza que la había acompañado hasta entonces, la de formar parte de una dinastía que no tenía parangones: ella era «solamente» una Médicis y cuando, tres años después de la boda, la muerte inesperada del delfín hizo de Enrique el heredero al trono de Francia, la disparidad de rango entre los dos cónyuges pareció aún más escandalosa.

Inteligente, voluntariosa y habituada a contar sólo con sus propios recursos, Catalina se las ingenió para remontar la pendiente y ganarse la benevolencia de su nueva familia, adaptándose rápidamente a las costumbres de la corte, aprendiendo un francés impecable, mostrándose alegre, complaciente, afectuosa, modesta y obediente. Pronto consiguió establecer un óptimo entendimiento con las demás mujeres de la familia: con la piadosa, amable y poco amada reina Leonor; con Margarita de Navarra, hermana del rey; con su cuñada Margarita de Francia, que se casaría con el duque de Saboya. Del mismo modo, empresa aún más ardua y trabajosa, supo obtener el favor de su suegro.

A la llegada de Catalina a Francia, Francisco I, que tenía a la sazón apenas cuarenta años, a pesar de los dramáticos reveses de fortuna que había sufrido pasaba por ser el monarca más soberbio de Europa, y su reino duraría aún trece años. Conquistado por el afecto que le mostraba su nuera, el soberano accedió a sus ruegos, permitiéndole entrar a formar parte del pequeño círculo de favoritos, la «petite bande», que lo seguía a todas partes. Para poder estar a su lado hasta en las batidas de caza –el deporte real por excelencia–, Catalina incluso ideó un nuevo modo de montar a caballo, con el pie izquierdo en el estribo y la pierna derecha apoyada encima del arzón, inaugurando el estilo «a la amazona». Por otro lado, Francisco I, admirador entusiasta del arte italiano y constructor infatigable de espléndidos palacios reales, no podía dejar de apreciar la cultura y el sentido artístico de su nuera, que había formado su gusto en Florencia y en la corte pontificia, en contacto directo con las grandes colecciones mediceas y con las obras maestras custodiadas en el Vaticano.

Cierto es que la «duquesita» no lograba darle un hijo a su marido: «La serenísima delfina se puede decir muy bien constituida, pero en cuanto a que se pueda llamar, por las cualidades del cuerpo, mujer para tener hijos, no sólo no los tiene aún, sino que dudo que vaya a tenerlos, si bien no deja de tomar todas las medicinas que pueden serle de provecho para la generación, de lo cual tiene cierto peligro de enfermarse más», escribía en aquellos años Matteo Dandolo, embajador de la Serenísima. «Es amada y acariciada por el Delfín su marido al mayor signo; la ama todavía su majestad, y es igualmente amada de toda la corte y de todos los pueblos, que creo no se encontraría persona que no se dejase sacar sangre con tal que tuviera un hijo.» No todas las afirmaciones del diplomático, sin embargo, deben ser tomadas al pie de la letra: la esterilidad no era el único pesar de Catalina, que sufría en silencio por no haber logrado hacerse amar de un esposo al que ella, por el contrario, amaba apasionadamente. El adolescente tímido y desconfiado al cual había sido dada por esposa no dejaba de guardarle consideración, pero desde hacía tiempo había consagrado su corazón a una mujer inasequible cuyo culto públicamente celebraba. Pero para esto hemos de retroceder a la época en la que Catalina aún no había dejado Italia.

Diana de Poitiers

La belleza como mito

El 7 de julio de 1530, una semana después del regreso a Francia de sus dos hijos mayores (que habían permanecido en Madrid como rehenes durante cuatro años para que él pudiera volver en libertad), Francisco I, viudo de Claudia de Francia, ratificó una frágil paz con España casándose en segundas nupcias con Leonor de Austria, hermana del emperador Carlos V. El torneo que coronó los festejos en honor de la nueva reina vio por primera vez descender a la liza a los dos jóvenes príncipes. Según la costumbre, tenían la facultad de designar a la dama a la que querían rendir homenaje. El delfín, queriendo hacer algo grato a su padre, eligió batirse por la duquesa de Étampes, amante oficial del rey, mientras que el duque de Orléans inclinó la lanza a los pies de Diana de Poitiers, esposa de Louis de Brézé, Gran Senescal de Normandía, la cual unía a una belleza sin parangón una virtud sin tacha. El segundo hijo del soberano apenas tenía once años y Diana treinta, pero bajo el velo del ritual caballeresco se ocultaba una auténtica declaración de amor: en efecto, llevaría toda su vida los colores de la dama del torneo.

El sentimiento de adoración que Enrique experimentaba por la gran senescala se remontaba en realidad al día en el que aquél, con sólo siete años de edad, había sido hecho prisionero en España junto con su hermano. Mientras que la atención general de la corte se centraba en el delfín, a Diana le había impresionado la angustia que se veía en el rostro del pequeño Enrique y lo había estrechado entre sus brazos, rozándole la frente con un beso. Beso fatal, cuyo recuerdo acompañaría al niño en los cuatro dolorosos años de cautiverio, cristalizando para siempre sus fantasías eróticas.

A diferencia de su introvertido y romántico caballero, Diana se amaba sobre todo a sí misma; era ambiciosa, ávida y clarividente y tenía la frialdad, la altivez y la inclinación a la castidad de la diosa cuyo nombre llevaba. Su belleza, ha escrito Marguerite Yourcenar, «era tan absoluta, tan inalterable, que ocultaba la personalidad misma de su poseedora». Nacida en un ilustre abolengo, casada jovencísima con un hombre que le llevaba cuarenta años, el cual desempeñaba la importantísima tarea de representar al rey en Normandía, había sido una esposa y madre ejemplar, contenta de tener un papel de primer plano en la corte y de pertenecer a una de las familias más nobles e influyentes del país. Pero no se puede excluir que el recuerdo del fin que tuvo su suegra, asesinada por su celoso marido, hubiera contribuido a su rigurosa reserva.

En 1531, a los treinta y un años, aún relativamente joven para los criterios de la época y con una belleza intacta, Diana se quedó viuda y, totalmente decidida a no volver a casarse, empezó a construir con gran sabiduría su personaje. Tomando como modelo a Artemisa, la célebre esposa de Mausolo, rey de Halicarnaso, la cual figuraba en todos los catálogos de mujeres ilustres, adoptó los colores del luto –el blanco y el negro–, añadió a su escudo la antorcha invertida, símbolo de las viudas, y celebró la memoria de su marido dedicándole en la capilla del castillo de Anet un espléndido mausoleo. Envuelta en su dignidad y al abrigo de las insinuaciones, la gran senescala encontró en su nueva condición una libertad de acción habitualmente negada a las mujeres.

Probablemente a petición del propio Francisco I, que contaba con sus enseñanzas para civilizar a su hijo e iniciarlo en los usos mundanos, Diana condescendió a dejarse adorar públicamente por Enrique, según los esquemas del platonismo cortés entonces en boga, adquiriendo sobre él un ascendiente absoluto. A pesar de la sólida posición que desde siempre disfrutaba en la corte, la gran senescala no sobrevaloraba las ventajas que podía producirle el apoyo incondicional de un príncipe de sangre real. Luego fue la primera en favorecer la unión del joven príncipe con la descendiente de los Médicis, en parte porque ésta aportaba nuevo lustre a su familia, dado que el abuelo materno de Catalina –Jean de La Tour d’Auvergneera hermano de la abuela paterna de Diana. Pero cuando en 1536 (tres años después de celebrarse el matrimonio), la muerte inesperada del delfín convirtió a Enrique en el heredero al trono, la viuda inaccesible bajó del pedestal y se entregó a su admirador, si bien continuó ocultando su relación carnal tras la apariencia del amor cortés.

A la decisión de tomar a los treinta y seis años un amante de diecisiete no le faltaban las incógnitas: significaba poner en peligro su esplendorosa reputación, exponerse al ridículo, a la sátira y a la calumnia y encontrarse más tarde o más temprano con un abandono humillante. Pero ¿acaso tenía otra elección? Seguir negándose a un hombre joven y de temperamento fogoso ¿no equivalía a abandonar la partida? Y lo que estaba en juego ¿no era demasiado valioso como para no probar suerte?

Su primer encuentro amoroso tuvo lugar en el castillo de Écouen, con la complicidad del condestable Anne de Montmorency, amigo de ambos. Llenos de ansiedad y de gracia, de sensualidad y de pudor, los versos escritos por Diana en aquella ocasión nos transmiten, no obstante el convencionalismo del lenguaje y de las imágenes, la sorpresa de una mujer enamorada, arrastrada a pesar de sí misma por la pasión:

Voici vraiment qu’Amour un beau matin

S’en vint m’offrir fleurette très gentille...

Car, voyez-vous, fleurette si gentille

Était garçon frais, dipos et jeunet.

Ains, tremblottante et détournant les yeux,

«Nenni» disais-je. «Ah! Ne soyez déçue!»

Reprit l’Amour et soudain à ma vue

Va présentant un laurier merveilleux.

«Mieux vaut» lui dis-je «être sage que reine».

Ains me sentis et frémir et trembler,

Diane faillit et comprenez sans peine

Duquel matin je prétends reparler...1

Verdadera o falsa, ésta es la imagen que Diana seguiría manteniendo viva en el corazón de su amante, volviendo a despertar día tras día la emoción de una conquista que había creído imposible. En los versos atribuidos a Enrique, el recuerdo de aquella memorable mañana aparece, por el contrario, como «una auténtica iniciación, un rito de paso de la condición de adolescente a la viril, y al mismo tiempo a modo de una investidura como caballero por la diosa Diana»:

Hélas, mon Dieu, combien je regrette

Le temps que j’ai perdu en ma jeunesse:

Combien de fois je me suis souhaité

Avoir Diane pour ma seule maîtresse,

Mais je craignais qu’elle, qui est déesse,

Ne se voulût abaisser jusque-là

De faire cas de moi, qui, sans cela,

N’avais plaisir, joie ne contentement

Jusques à l’heure que se délibéra

Que j’obéisse à son commandement2.

Si Enrique juraba a Diana eterna obediencia, Diana, por su parte, entablaba una espectacular batalla contra el tiempo para mantener intacto su ascendiente. Baños helados, ejercicio físico al aire libre, dieta espartana y arrinconamiento de afeites y coloretes nocivos para la piel eran las estrategias de absoluta vanguardia a las que recurrió la gran senescala para conservar, aun con el paso de los años, su escultural belleza. Brantôme, que la conoció con casi setenta años, recordaba «su belleza, su gracia, su majestad» y, convencido de que iba a seguir así aunque tuviera cien años, lamentaba «que la tierra haya de tragarse tan bellos cuerpos». El atractivo no era, sin embargo, su única arma, ya que iba acompañado en ella de un exquisito arte de seducción y de un sabio erotismo. Lo sabía bien Catalina, que, como creía en la magia y quería descubrir de qué género de sortilegio se había servido para enredar a su marido, se las había arreglado para espiar, por una grieta de la pared, uno de sus encuentros galantes. Vio así, según cuenta Brantôme, «a una mujer bellísima, blanca, delicada y fresquísima, medio en camisa medio desnuda, que hacía a su amante mil caricias, melindres y cosillas gratas», y vio «del mismo modo a él devolverle las caricias y todo lo demás, de modo que bajaban los dos del lecho y se tendían y se abrazaban sobre la blanda alfombra extendida a los pies de la cama». Ante una visión tan diferente de sus experiencias conyugales, Catalina estalló en sollozos y se resignó a la evidencia: el sortilegio del que había sido testigo no tenía remedio y el ascendiente de Diana tenía todos los visos de ser duradero.

La gran senescala tuvo buen cuidado de mantener envuelta en el misterio la naturaleza de sus relaciones con Enrique, confiriéndoles un carácter mitológico y sacro y transformando a la viuda ejemplar en diosa del Olimpo. Artistas y literatos la ensalzarían disfrazada de Diana cazadora y ella misma se haría retratar en Anet en su espléndida desnudez, tendida de costado y tiernamente abrazada a un majestuoso ciervo real. Fue un gesto de gran importancia que trascendía las estrategias personales de la amante del rey y que, inaugurando un nuevo género, estaba llamado a influir en las orientaciones de la cultura de la época. Nunca se había visto que un personaje histórico se apropiase de una deidad antigua hasta la completa metamorfosis: «La aventura de una favorita tenaz, ávida y ambiciosa tomó la forma de una fábula mitológica que permitió, por primera vez en Francia, el florecimiento de un arte alegórico». Enrique II, que subió al trono en 1547, oficializó el mito de Diana, entrelazando sus propias iniciales con las de la mujer amada en todos los blasones reales y encargando a escultores y pintores que la retratasen como la diosa cazadora, cuyo nombre llevaba.

Lo que impulsó a la gran senescala a identificarse con una divinidad pagana (cosa que, al igual que ella, hicieron muchas mujeres que tomaron parte en el ejercicio del poder) fueron tanto las exigencias de autolegitimación de las representantes del sexo débil como la progresiva afirmación de una cultura femenina que trataba de reivindicar una tradición de mujeres ejemplares inspirada en la mitología. Sin embargo, esta representación simbólica del poder femenino fue alentada antes que nada por los propios monarcas y entendida también como un correctivo a la ley sálica, que había limitado indiscutiblemente, con una serie de nuevos vínculos, su libertad de acción. En perenne conflicto con los representantes de la alta nobleza, los reyes franceses del Renacimiento preferirán delegar el poder, cuando sea necesario, no ya a sus suplentes legítimos, es decir, a los príncipes de la sangre y a los altos cargos del reino, sino a personas más de su confianza y más dependientes de ellos, como sus madres, sus esposas, sus hermanas, sus amantes... y se mostrarán por tanto propensos a potenciar su prestigio.

La autoridad de la que gozó la gran senescala tras la subida al trono de Enrique no era, sin embargo, el fruto de una investidura provisional, aunque permanente e ilimitada, ya que emanaba directamente del soberano y se manifestaba a través de un preciso sistema de signos centrado en los diversos valores simbólicos de la figura de Diana. «En la tradición mitográfica que se remite a la teoría neoplatónica de las emanaciones, la luminosidad de la luna simboliza el modo en que la luz divina se refleja en el mundo», y el soberano y su favorita la convirtieron en una de las imágenes clave de su puesta en escena alegórica. Esta opción se integra de modo coherente en el proceso de divinización mitológica de la figura del rey iniciado con Francisco I: la esencia del poder no se podía ya aprehender de manera directa sino solamente a través de la luz reflejada por los signos y los códigos sustitutivos de los cuales se rodeaba. Así, al comparar a Diana de Poitiers con la luna que refleja y reverbera la luz del sol ausente, Ronsard indicaba claramente la esencial función de mediación e intercesión asumida por la amante real.

En el lenguaje más prosaico de la política, esto significaba que la gran senescala desempeñaba, de hecho, una función muy similar a la de un consejero del rey y un primer ministro. En 1547, un agente del duque de Ferrara refería a su príncipe que Enrique pasaba al menos la tercera parte de la jornada en compañía de su favorita, consultándole todas sus decisiones importantes. Envuelta en la leyenda que con tanta sabiduría había sabido construir, elevada al rango de duquesa de Valentinois –¡el mismo título que Luis XII había concedido a César Borgia!– ejercía así un poder sin igual sobre el soberano, sobre la familia real, sobre la corte y sobre la política francesa. Durante largo tiempo ordenó a su amante que cumpliera con sus deberes conyugales, y cuando, después de nueve años de esterilidad, Catalina dio a luz diez hijos (de los cuales sólo sobrevivieron seis), se ocupó personalmente de su educación. Lucía las joyas de la corona, presidía todas las ceremonias oficiales, tenía voz y voto sobre todos los cargos; se hizo promotora de una política abiertamente filocatólica y hostil a los protestantes. Y la inagotable energía que reveló en el ejercicio del poder no le impidió acumular una inmensa fortuna personal y administrarla con maniática avaricia.

Hasta la muerte de Francisco I, durante al menos una década, la voluntad de dominio de Diana había chocado con otra no menos violenta, la de Ana de Heilly, señora de Pisseleu y duquesa de Étampes, última pasión del soberano y primera amante en funciones de un rey de Francia.

La espléndida corte de Valois era una creación reciente, que se había constituido a finales del siglo anterior como una escuela de cortesía y de civilización, bajo la égida de una gran soberana, Ana de Bretaña, que había reinado sin oposición. Ninguno de sus dos maridos, Carlos VIII y Luis XII, hubiera osado jamás hacer alarde de sus relaciones extraconyugales, pero Francisco I, que siempre había sido bastante respetuoso con su primera esposa, Claudia de Francia, no tenía los mismos miramientos con la segunda, la poco atractiva Leonor de Austria, inocente testigo de su humillante cautiverio español. Así, aprovechándose de su juventud, su belleza y la atracción sexual que ejercía sobre el soberano y empujada por una loca ambición, la duquesa de Étampes, contraviniendo todas las normas del respeto y de la moral, salió al descubierto y consiguió oficializar su papel como concubina: se mostraba en todas partes al lado de su regio amante, exigía y distribuía favores, influía en las decisiones políticas.

Sin embargo, la irresistible Ana hubiera debido saber que tanta audacia no estaba exenta de riesgos y que su inmenso poder dependía exclusivamente de la benevolencia de su amante. Y, si bien estaba segura de haber subyugado para siempre los sentidos de Francisco, ¿cómo no preocuparse por lo que le podría suceder a la muerte del soberano? ¿Olvidaba que para otorgarle el título de duquesa –y de este modo elevarla al rango más alto después del de los príncipes de la sangre– el rey había tenido que darle un marido, que, por mucho que se le hubiera obligado a renunciar a los derechos conyugales, no dejaba de ser un marido? ¿Y acaso no recordaba lo que se susurraba que le había ocurrido a la que le había precedido, mucho más discreta y desinteresadamente en el corazón del soberano cuando, abandonada por su regio amante, se había encontrado de nuevo, en conformidad con la ley, a merced de su esposo? Tras reclamar a su esposa en Bretaña, de donde era gobernador, el conde de Châteaubriant había decidido vengar su honor conyugal encerrando a la adúltera en una estancia sin luz, tapizada de negro como un ataúd. Luego, tras meses y meses de esta tortura, había irrumpido en la prisión de la desdichada a la cabeza de un grupo de hombres armados que, en su presencia, le habían abierto las venas de brazos y piernas, haciéndola morir desangrada.

En comparación con el conde de Châteaubriant, el duque de Étampes dio prueba de magnanimidad: a la muerte de Francisco I se limitó a relegar por espacio de dieciocho años a su esposa al castillo familiar, sin desdeñar por lo demás hacer uso de las riquezas acumuladas por ella durante el tiempo de su favor.

Viuda y libre para disponer de sí misma, Diana no tenía estas preocupaciones; sin embargo, en defensa de su reputación, adoptó una estrategia contraria a la de la duquesa de Étampes y, desde el principio de su relación con Enrique, persiguió sus ambiciones al amparo del lenguaje de los símbolos. Gélida y casta a semejanza de la diosa cuya encarnación sostenía ser, la gran senescala logró conjugar la mitología antigua con la tradición cortés, presentándose como musa inspiradora, perfecta amiga y consejera espiritual del delfín, y no ya como una vulgar concubina.

La diferencia de carácter y la incomprensión que siempre habían caracterizado las relaciones entre Francisco I y su hijo contribuyeron a conferir un valor político al antagonismo de las dos amantes reales. En el centro de los dos grupos de poder rivales, apoyada cada una en su propia y extensa red clientelar, Ana y Diana se hacían la guerra por persona interpuesta, empujando al rey y al delfín a llevar adelante estrategias y alianzas distintas, en una Francia obligada a hacer frente tanto a las divisiones internas entre católicos y protestantes como a las amenazas de la política hegemónica española y de la de Enrique VIII de Inglaterra, no menos agresiva. Aun siendo subterráneo, este conflicto era en extremo perjudicial para los intereses del país: si, por un lado, Francisco I podía contar con su indiscutible autoridad como soberano, Enrique, por otro, gozaba del apoyo de los numerosos descontentos, que no podían faltar, y de todos aquellos que se ponían de su parte para asegurarse su gratitud futura. No tendría que esperar mucho: el 31 de marzo de 1547 Francisco falleció, sin haber cumplido los cincuenta y tres años, en el castillo de Rambouillet. Según la tradición, tras reconciliarse con su hijo en su lecho de muerte, el gran rey expresó su pesar por haber amado excesivamente la guerra y haber hecho demasiado caso a su favorita, invitando a su hijo a que no siguiera su ejemplo.

Cortés e inescrutable, Catalina hizo su primer aprendizaje político observando con la máxima atención el choque entre las amantes de su suegro y su marido y tratando por todos los medios de permanecer al margen. Gozaba de la estima y el afecto de Francisco I, tenía el privilegio de formar parte de su entorno más cercano, mantenía relaciones cordiales con la duquesa de Étampes y no tenía ninguna intención de enajenarse la benevolencia del soberano, benevolencia más que nunca necesaria cuando, con el paso del tiempo, la falta de hijos la exponía a un peligro de repudio que era cada día mayor. Sin embargo, no siempre le fue posible mantenerse neutral. Para la delfina, antes que nada estaba su marido, al que amaba profundamente, y con tal de no perderlo estaba dispuesta a complacerlo en todo, empezando por someterse sin reservas a la gran senescala. La aquiescencia de Catalina a la voluntad de Diana era, en verdad, casi total; rebasaba los límites de la obediencia conyugal de una manera que sorprendió incluso a los contemporáneos. Ella misma daría, muchos años después, explicaciones de esto en una carta dirigida en 1584 al superintendente Pomponne de Billièvre, a quien se había encargado llamar al orden a su hija Margarita: «Yo ponía buena cara a Madame de Valentinois. Era la voluntad del rey, aunque no le ocultaba que consentía en ello mal de mi grado: porque nunca ninguna mujer que haya amado a su marido ha amado a su puta». Sin embargo, cuando la delfina se prestaba a hacer de espía y a referir a Diana las conversaciones que mantenían en el círculo real, o a mostrarse descortés con la duquesa de Étampes, no era sólo por estar obligada a la obediencia, sino porque, paradójicamente, sus intereses coincidían con los de la amante de su esposo. Catalina no ignoraba que Diana temía tanto como ella la eventualidad de un repudio y que haría cualquier cosa para que aquello no sucediese. Diana, en efecto, tenía miedo de que alguna joven y bella princesa capaz de tocar el corazón de Enrique no aguantara pacientemente su yugo, como aceptaba hacer la pequeña Cenicienta florentina. Así pues, el nacimiento del primer hijo de Catalina en 1544, tras casi diez años de matrimonio, representó también para la gran senescala el fin de una larga pesadilla.

Si Diana luchaba contra el tiempo, Catalina había hecho de él su mejor aliado. Diecinueve años más joven que la amante de su marido, la descendiente de los Médicis no era bella ni seductora, pero poseía una extraordinaria tenacidad y una aguda inteligencia, a lo cual unía un gran realismo y un consumado arte del disimulo; si el haber aprendido a no dejar traslucir sus terribles celos de su marido y a vivir a la sombra de la gran senescala en una situación de mortificante sujeción le había valido el reconocimiento de Enrique, las numerosas maternidades vinieron a mejorar su posición y, dado que no había sortilegio en el mundo que pudiera hacer inmortal a Diana, todo autorizaba a Catalina a esperar un futuro mejor.

El destino había decidido otra cosa. El 10 de julio de 1559, Enrique murió víctima de su pasión por los rituales caballerescos, ya pasados de moda. Había resuelto festejar con un torneo las bodas de su hija Isabel con Felipe II (matrimonio que había de sellar el nuevo tratado de paz francoespañol estipulado en Cateau-Cambrésis). Enrique era un valiente caballero y, después de haber descendido al campo varias veces, como siempre con los colores de Diana, insistió en batirse por última vez con el capitán de su guardia, el escocés Montgomery. Catalina, que había tenido un sueño premonitorio, le suplicó inútilmente que desistiera: siete años antes, el obispo y astrólogo italiano Luca Gaurico había aconsejado a Enrique que evitase en torno a la cuarentena todo tipo de combate singular, y en 1555 el célebre Nostradamus, profeta, astrólogo y consejero del rey, había publicado en Lyon las Centurias, obra en la que figuraba una cuarteta que podía referirse también al soberano:

Le lyon jeune le vieux surmontera,

En champ bellique par singulier duelles

Dans caige d’or les yeux luy crevera:

Deux classes une, puis mourir, mort cruelle3.

Aquel día, la profecía que durante años la había llenado de angustia se realizó: una esquirla de la lanza de Montgomery fue a clavarse, a través de la «jaula de oro» de la armadura, en el ojo del «viejo león», que murió, al cabo de diez días y entre atroces sufrimientos, en los brazos de su esposa. A Diana no se le permitió volver a verlo.

Muerto Enrique, Catalina se limitó a pedir a su antigua rival la restitución de las joyas de la corona y a quitarle el castillo de Chenonceaux, el más bello de los regalos que había recibido del soberano, dándole no obstante a cambio el de Chaumont: la venganza representaba un inútil dispendio de energías para la descendiente de los Médicis, más aún dado que la duquesa de Valentinois tenía vínculos familiares y amistades demasiado importantes como para exponerse a grandes represalias. Por su parte, Diana no se dejó intimidar y declaró con su acostumbrada altivez que no temía a sus enemigos y que, «habiéndoles visto otras veces temblar y humillarse ante ella, ahora no quería hacer lo mismo con ellos; antes bien les hacía frente con gran altanería y soberbia para que no osaran causarle daño». Una vez más, la estrategia de Diana resultó vencedora. Contrariamente a lo que se suele afirmar, la muerte de Enrique II no acarreó la desgracia de su favorita y su exilio en el castillo de Anet. Es cierto que la duquesa de Valentinois no volvió a poner los pies en la corte, pero sus libros de cuentas demuestran que siguió pasando temporadas en París con frecuencia y manteniendo estrechas relaciones con las principales familias del reino –los Borbones, los Montmorency, los Guisay recibiendo a sus miembros como invitados en sus tierras. Llegada a la cima de la nobleza francesa mucho antes de convertirse en la favorita del soberano, Diana conservaría hasta el final de su vida el puesto que le correspondía por derecho en la sociedad aristocrática, mientras que su leyenda le sobrevivió, inscribiéndose de forma permanente en la historia de Francia, sólo gracias al culto que le había dedicado Enrique.

Catalina de Médicis

Las razones de la política

Catalina no perdió mucho tiempo llorando a su marido ni respetó la tradición que imponía a las reinas francesas, en los cuarenta días siguientes a la muerte del rey, mantenerse encerradas en una estancia con colgaduras negras, en el mismo lugar del fallecimiento. Después de veintisiete años de obediente sumisión, comprendió que había llegado el momento de salir de la sombra y tomar rápidamente en su mano las riendas del poder.

En realidad, la confusión de las primeras horas estuvo a punto de resultar fatal: mientras en el palacio de Tournelles –que se hallaba cerca del lugar donde se había desarrollado el torneo– Catalina se abandonaba a la desesperación y el duque de Montmorency, gran condestable de Francia y amigo íntimo de Enrique, velaba el cuerpo del rey muerto, el duque de Guisa y su hermano el cardenal de Lorena acudían con el joven rey al Louvre y, en un auténtico golpe de Estado, asumían la dirección del gobierno.

A pesar de tener quince años –uno más de la edad mínima necesaria para que un rey ejerciera la soberanía–, Francisco II carecía absolutamente de preparación para la tarea que lo aguardaba. Por primera providencia, los Guisa, sin consultar a Catalina, depusieron de los puestos de mando a las personas de confianza del difunto monarca –empezando precisamente por Montmorency– y las sustituyeron por hombres suyos. «Los Guisa se comportan como reyes», observó en aquellos días el embajador francés. Francisco II era cera blanda en sus manos.

Con una salud delicada, una timidez patológica y una personalidad todavía insegura, el nuevo soberano parecía aterrorizado por la enorme responsabilidad que había caído de repente sobre sus hombros; estaba dividido entre el afecto reverencial por su madre y el amor apasionado por su bella y joven esposa, María Estuardo, con la que se había casado quince meses antes. Se trataba de ver cuál de las dos reinas saldría airosa en el juego de las influencias.

Hija del rey de Escocia Jacobo V y de María de Guisa, María Estuardo, que había crecido en la corte de Francia, estaba muy unida a la familia de su madre, a la cual otorgó su fe y su apoyo incondicional. La joven reina representaba, pues, un extraordinario as en la manga para las ambiciones de los Guisa, a los cuales permitía tener una relación privilegiada con el joven rey y gozar de su confianza, sustrayéndolo a la autoridad de la reina madre.

Catalina siempre había desconfiado de los Guisa y nunca había querido a su nuera. En el plano político, los primeros le parecían demasiado poderosos para no constituir una amenaza para la corona de Francia y demasiado intolerantes para dar su aquiescencia a la política de reconciliación con los protestantes que ella auspiciaba. Rama segunda de la casa de Lorena, teniendo asegurado, al inicio del siglo, el favor del rey de Francia, emparentados con la familia real, propietarios de feudos inmensos y centro de una extensísima red de alianzas, los Guisa controlaban de hecho más de la mitad del territorio nacional y formaban una especie de Estado dentro del Estado. Eran, además, católicos intransigentes y tenían la mira puesta en una alianza con España, enemiga histórica del país, para erradicar la herejía protestante del suelo francés. En el plano personal, Catalina tenía un motivo más de resentimiento hacia ellos: los Guisa habían mantenido siempre estrechas relaciones con Diana de Poitiers y en 1547 la segundogénita de Diana se había casado con Francisco de Lorena, duque de Aumale; ahora, muerto Enrique II, ellos creían una vez más que podían prescindir de ella aprovechando el lazo de parentesco con la nueva reina para reforzar su posición.

En cuanto a su nuera, ¿cómo hubiera podido Catalina dejar de tener celos de ella? A diferencia de Catalina, María era de estirpe real y llevaba como dote la corona de Escocia; a diferencia de ella, era alta, esbelta y de una belleza luminosa, y su tez era de una blancura deslumbradora; a diferencia de ella, en la corte de Francia, a la cual había llegado de niña, había tenido la acogida que se reserva a una soberana. Por añadidura, era inteligente, vivaz, culta y extraordinariamente seductora. En el discurso a ella dedicado, Brantôme menciona la amplitud de su saber, su conocimiento de las lenguas antiguas y modernas y su gusto por la poesía y la describe, con apenas catorce años de edad, declamando en público «en la sala del Louvre, ante el rey Enrique, la reina y la corte toda, un discurso en latín compuesto por ella, sosteniendo y argumentando, contra la común opinión, que es muy adecuado para las mujeres cultivar las letras y las artes liberales». Ciertamente, Catalina reconocía que María había llevado un rayo de felicidad a la vida del desgraciado delfín, el cual, tal vez a causa de los mejunjes ingeridos por su madre para combatir la esterilidad o quizá por culpa de una tuberculosis hereditaria, era raquítico, respiraba con dificultad y tenía el cuerpo cubierto de llagas y abscesos; además, los continuos padecimientos físicos habían contribuido a volverlo esquivo e introvertido. Es comprensible, pues, que buscase apoyo y consuelo en su amor por su encantadora esposa, pero el que ella se aprovechase de su ascendiente para alejarlo de su madre era algo, a ojos de ésta, imperdonable. Para Catalina, sus hijos lo eran todo: los había deseado durante años y constituían su legitimación como esposa y como reina. No podía permitir que su nuera se interpusiera entre ella y su primogénito. El mariscal de Tavannes es muy explícito cuando habla de los sentimientos que, bajo la máscara de la cortesía más perfecta, albergaba la reina madre hacia su nuera: «Ella odiaba a la reina su hija, que le impedía participar en los asuntos y orientaba la amistad del rey su hijo hacia los señores de Guisa, los cuales permitían a Catalina tomar parte en el gobierno sólo en los sectores en los que sabían que no podría perjudicarles». La reina madre era la única capaz de mediar con los protestantes, quienes, capitaneados por el almirante de Coligny, pedían clamorosamente la libertad de culto.

Pero el 5 de diciembre de 1560 la muerte de Francisco II puso fin bruscamente, tras sólo diecisiete meses de reinado, al exagerado poder de los Guisa. A mediados de noviembre, al regreso de una cacería, el joven rey fue aquejado de una fiebre violenta, su rostro se cubrió de manchas lívidas, su aliento se volvió más insoportable que de costumbre y un absceso que había aparecido detrás de la oreja derecha se extendió rápidamente a toda la cabeza.

Si queremos dar crédito a las voces de los contemporáneos –desde Simon Goulart hasta Étienne Pasquier– fue probablemente en aquella circunstancia cuando, con la ayuda de Nostradamus, Catalina consultó un espejo mágico: en su superficie se mostró la imagen de una gran sala, donde la reina vio aparecer una después de otra, primero imprecisas y luego claramente identificables, las figuras de sus hijos. Primero vino Francisco y dio una sola vuelta, luego Carlos y dio catorce; finalmente llegó Enrique, a quien tocó en suerte dar quince. Faltó a la convocatoria el duque de Alençon, el último de los hermanos, en cuyo lugar se dejó ver la imagen de Enrique de Navarra, que tuvo derecho a veintidós vueltas. Cada vuelta correspondía a un año de reinado. Aterrada por aquella profecía, que anunciaba el fin de la dinastía de los Valois, Catalina pidió informes acerca de su propia muerte, pero el espejo se tornó nuevamente opaco y el adivino se limitó a sugerirle que se mantuviese alejada de Saint-Germain.