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Mark Connelly siempre había sido la oveja negra de la familia y Glenna supo que estaba jugando con fuego el mismo día que él entró en su vida. El joven rebelde se había transformado en un millonario hombre de negocios, pero algunas cosas no habían cambiado: las mujeres seguían cayendo rendidas a sus pies. Todas menos Glenna; ella solo había vuelto buscando venganza. Mark tenía un secreto en su pasado que Glenna estaba decidida a sacar a la luz. Pero su búsqueda de la verdad parecía destinada a empezar y terminar en el dormitorio de Mark.
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1997 Kathleen O’Brien
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amarga seduccion, n.º 1346 - febrero 2022
Título original: Trial by Seduction
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1105-575-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
FALTABA APENAS una hora para que amaneciera y a Mark Connelly no le apetecía nada acudir a una de las interminables reuniones de trabajo que organizaba su primo Edgerton. Pero, si no aparecía, Edgerton sufriría una apoplegía y él tendría que pasarse el resto de su vida dirigiendo el hotel Moonbird solo. La idea de tener que estar todo el día tras una mesa de despacho le daba escalofríos.
Entró en el hotel y se detuvo delante de la puerta del despacho, con la chaqueta de cuero negro colgando del hombro.
La noche anterior su novia, su ex-novia más bien, lo había acusado de ser una persona fría y desconfiada. Y no lo decía de broma; lo había abandonado derrotada y furiosa. Podía tener una colección de sofisticados trucos de dormitorio, le había dicho con amargura, pero no tenía ni idea de lo que era la intimidad entre dos personas.
Y tenía razón, por supuesto. No había sido la primera mujer que había tomado su aparente frialdad emocional como un reto y había terminado maldiciéndolo entre lágrimas. Pero, como le había dicho desde la primera cita, él no podía cambiar.
No quería, había dicho ella. No quería cambiar.
Daba igual. La prudencia era una vieja amiga de Mark y siempre le había servido bien. Ya no podía dejarla de lado; ni siquiera allí, en el hotel que había sido su hogar durante veinte años. Ni siquiera en aquel momento, cuando su vida había dejado de ser una guerra.
Además, aquella mañana podría tener que librar otra batalla. Sus primos y socios estaban de espaldas, pero podía adivinar lo que había detrás de la rígida, irritada postura de los hombros de Edgerton y el casi inapreciable temblor en las manos de Philip, que habría empezado a beber cuando ni siquiera había amanecido.
Estaban mirando la oscura playa a través de la ventana y, al principio, no le oyeron entrar, pero, cuando dio un golpecito en el cristal del enorme acuario de peces tropicales, Edgerton volvió la cabeza y lo miró con desaprobación. Después, se metió una pastilla en la boca; las tomaba a puñados.
Pobre Edge. Debía de ser horrible tener el corazón de un hombre de sesenta años, cuando sólo se tenían treinta y cinco.
—Llegas tarde —dijo Edgerton con irritación, mientras masticaba la pastilla.
Mark dejó su chaqueta sobre una silla y se acercó al mini-bar.
—Lo siento, jefe —contestó, inclinándose para sacar una botella de agua de la nevera—. No sabía que tenía que fichar.
Edgerton emitió un sonido de desdén. Los dos sabían que no era el jefe.
—Y ni siquiera te has puesto un traje, maldita sea. Sabes que quería que te pusieras un traje. Pareces… pareces un actor de cine.
—Vaya, parece que tampoco me ha llegado tu informe sobre las normas de etiqueta —contestó Mark, tomando un trago de agua.
Philip se dio la vuelta y le dio unos golpecitos en el brazo a Edgerton, para tranquilizarlo. Aunque era más joven y su expresión más dulce, estaba claro que eran hermanos. Los dos eran guapos, rubios y con ojos azules.
En cambio, Mark tenía el pelo tan oscuro que ni siquiera el sol de Florida había podido aclararlo. «Es el primo de los Connelly», había oído que decían en voz baja muchas veces, cuando los tres se divertían por la playa años atrás. «Ya sabes. El pariente pobre».
—Olvídate del traje, Edge —dijo Philip, con la sonrisa que era su marca de fábrica—. Mark no tiene ninguno, ya lo sabes. ¿Y qué más da? Dejará a todas las clientas del hotel hipnotizadas.
—Eso es lo que se teme Edgerton —sonrió Mark.
— Y, hablando de mujeres, Edgerton y yo estábamos intentando averiguar cuánto tardarías en quitarle el bikini a la que está en la playa —dijo, señalando la ventana.
—Yo no… —empezó a decir Edgerton.
—Bueno, pues yo sí —interrumpió Philip, apartándose para dejar sitio a Mark—. Ven a ver. Ya sé que normalmente no te interesan las rubias pechugonas, pero ésta es diferente. Es una mezcla de bibliotecaria y maciza.
—¡Por favor! —exclamó Edgerton, apartándose de la ventana—. Nos quedan tres horas, tres horas antes de que este hotel se llene de periodistas, críticos, políticos y clientes ¿Podríais dejar de pensar en mujeres durante un rato y ayudarme?
— ¿Quién? —preguntó Mark, ignorando a Edgerton y volviéndose con una sonrisa hacia la ventana, aunque no esperaba ver nada que llamase su atención. Las mujeres que le gustaban a Philip solían tener un coeficiente intelectual tan pequeño como sus bikinis, pero hacía falta algo más para que Mark se sintiera interesado.
—Vaya, se ha apartado de la luz —suspiró Philip.
Mark apretó la mandíbula al sentir el olor a alcohol que despedía, pero intentó no mostrar su desagrado. Los planes de Edgerton para la fiesta de reapertura del hotel eran un intrincado laberinto de etiquetas sociales y Philip seguramente se habría sentido incapaz de estar a la altura, pero Mark no dejaba de preguntarse si no podría encontrar otra forma de darse valor que fuera menos auto-destructiva.
—Espera, ahí está otra vez. Se va a meter en el agua —dijo Philip, tomando a Mark del brazo—. Mira, se está quitando los zapatos.
—Tranquilo. Es sólo un pie, Philip.
Pero cuando vio a la mujer, tuvo que dejar a un lado su cinismo. Aquélla no era otra de las rubias pechugonas que le gustaban a su primo. Aquélla era diferente. Era… preciosa.
Era mucho más que eso. Si sólo fuera preciosa no sentiría aquel nudo en el estómago. No, no era sólo su belleza, ni siquiera la forma en que el viento hacía que la camisa se le pegara al pecho, marcando aquellas curvas tan femeninas. Las mujeres guapas eran algo tan normal en Cayo Moonbird como la arena; las miraba, pero hacía tiempo que no se fijaba en ellas.
Entonces, ¿qué le estaba ocurriendo? ¿Qué era lo que lo mantenía pegado a la ventana como si fuera un ansioso adolescente?
Tenía las manos detrás de la espalda, sujetando unas sandalias blancas, y esa postura marcaba la redondez de sus hombros. Estaba al borde del agua, mirando las olas que acariciaban los dedos de sus pies y, de repente, miró hacia el hotel como si estuviera esperando a alguien.
—¿Tenía razón o no? —preguntó Philip, con expresión satisfecha—. ¿Es o no es una belleza?
Mark asintió, pensativo. Era tan pequeña, tan extraordinariamente delicada que, frente a ella, el mar parecía algo grosero y salvaje.
—¡Guau, vaya ejemplar! —exclamó Philip, fingiendo un cómico escalofrío cuando el viento levantó su falda blanca, descubriendo un muslo blanco y bien formado.
Por un segundo, Mark estuvo a punto de golpear a su primo y apartarlo de la ventana para que no pudiera mirarla. Le hubiera gustado gritarle que se callara, que dejara ese tono de grosera lujuria, pero se contuvo. Philip no podría entenderlo. Él sólo veía en ella sus bien formados pechos y el largo cabello rubio.
Pero Mark veía mucho más y sentía algo completamente diferente. Aunque también se sentía excitado. Deseaba, casi necesitaba tocarla. Y ella también necesitaba que la tocaran. Mark podía sentirlo casi como si ella lo estuviera gritando.
Podría parecer una niña, sola y perdida, pero sus pasos lentos y seguros hacia el agua la mostraban más como alguien a quien habían confiado una misión. Alguien que va a enfrentarse sin armas al diablo.
—¡Maldita sea, dejad de mirar por la ventana y vamos a trabajar! —exclamó Edgerton, rompiendo con su voz la sensación de irrealidad.
Mark cerró los ojos un segundo, intentando aclarar su visión. ¿Qué le estaba pasando? Lo último que le hacía falta era complicarse la vida con una mujer. Debía de ser el cansancio, pensaba. Y aquella neblina en la playa.
—Hay que ponerse a trabajar —decía Edgerton, irritado—. No podemos perder el tiempo.
Mark se calló su respuesta. Lo mejor que podía hacer era cooperar. La reapertura del Hotel Moonbird también iba a servir como campaña para la candidatura de Edgerton al Congreso, así que el pobre hombre estaba doblemente preocupado y no descansaría hasta que Mark y Philip hicieran lo que tenían que hacer, junto con el pequeño ejército de personas que ya habían contratado.
Mark se alejó de la ventana, intentando ignorar aquella extraña sensación premonitoria. No eran más que tonterías, pensaba. Esas cosas no existían.
Pero, mientras se dirigía hacia su primo, no pudo evitar mirar de nuevo por encima del hombro hacia la ventana, para convencerse a sí mismo de que estaba viendo visiones.
No era más que otra mujer. Preciosa, desde luego, pero, desde que tenía dieciocho años, había conocido docenas de mujeres preciosas que habían soñado poseerlo en exclusiva y él había enterrado esos sueños sin ningún remordimiento, como los piratas enterraban sus tesoros bajo la arena.
Había vivido lo suficiente como para no tener absurdas fantasías sobre una completa extraña. Sólo miraría una vez más…
Pero aquella última mirada fue decisiva. La mujer había inclinado la cabeza y, como si alguien hubiera cortado unas cuerdas que la mantenían erguida, había caído de rodillas sobre la arena, con la cara entre las manos.
Las olas llegaban a sus rodillas, empapando su falda y volviendo atrás de nuevo, pero ella no parecía notarlo. Era la viva imagen del dolor.
Mark ahogó un gemido y, sin decir una palabra, pasó al lado de Edgerton que seguía extendiendo la mano llena de papeles.
—Espera un momento —dijo Edgerton, sin dar crédito—. ¿No irás a buscar a esa chica? ¡Pero Mark, si ni siquiera sabes quién es! Es posible que sea una cliente.
Mark se detuvo un segundo al lado de la puerta. ¡Qué hipócrita era aquel hombre! Lo único que a Edgerton le gustaba más que una rubia, era una rubia con dinero.
—Quizá no te lo creas, Edgerton —dijo Mark con toda la calma de que fue capaz—. Pero me importa un bledo.
Glenna McBride debería haber llegado al hotel Moonbird por la tarde, con Purcell Jennings, el fotógrafo para quien trabajaba como ayudante. Entonces, ¿qué hacía allí, paseando por una playa solitaria antes del amanecer?, se preguntaba a sí misma.
Aquel era un gesto exageradamente melodramático para una mujer que, como ella, se preciaba de saber controlar sus sentimientos.
Al menos, debería haber llevado su cámara, pensaba. Aquel era un buen paisaje para la clase de fotografías en blanco y negro que ella acostumbraba a hacer.
Eran las seis menos cuarto de la mañana y el amanecer aún no era más que una promesa brillante en el cielo. Las aguas del golfo de Méjico tenían un color gris metalizado y la playa era una banda de plata, jaspeada de oscuro por las algas y las caracolas marinas. Juguetes que los dioses del mar dejaban flotando caprichosamente, como los juguetes de los niños a la hora de dormir.
Pero no había vuelto para hacer fotografías de ese mar. Lo odiaba y no tenía ningún deseo de capturar su ondulante malevolencia.
A aquella hora parecía más que nunca una fiera agazapada; sólo podía oírse la rítmica respiración de la marea. La superficie estaba en calma, pero en su interior escondía extrañas criaturas y corrientes más poderosas de lo que ningún ser humano puede imaginar o controlar.
Ella lo sabía. Desgraciadamente, lo sabía bien.
Glenna estaba temblando, pero no sentía frío. Aunque lo intentaba, no podía evitar pensar que el mar estaba esperándola. Era como si de tanto odiarlo, se hubiera convertido en su enemigo.
—Tonterías —dijo en voz alta, avergonzada por aquellos melodramáticos pensamientos.
Si seguía caminando, pensó, se metería en el agua. ¿La reconocería el mar? ¿La asociaría con Cindy? ¿O se la habría tragado con tanto ansia que no habría tenido tiempo de reconocerla?
Estaba haciendo honor a la promesa que se hizo a sí misma, pero ¿qué esperaba conseguir allí, a aquella hora, diez años después de la muerte de Cindy?
¿Había pensado que el mar le hablaría y le diría sus secretos?
¿Estaba intentando librarse de sus pesadillas, reviviéndolas? ¿Esperaba ver a Cindy flotando, con las algas enredándose en su pelo rubio, sus ojos azules abiertos con horror, como flotaba en sus sueños?
Cindy…
Se tocó la cara y, cuando se dio cuenta de que había lágrimas rodando por sus mejillas, se miró los dedos, confusa. Nunca había llorado por Cindy. Ni una sola vez desde aquel día siendo una niña, cuando había recibido la noticia de que su preciosa y adorada hermana mayor había muerto.
Pero quizá era para aquello para lo que había ido allí sin saberlo; para llorar, para desahogarse por fin.
Rindiéndose, con una extraña sensación de alivio, Glenna cayó de rodillas sobre la arena, enterrando su cara entre las manos. Cindy…
Era como si diez años de lágrimas hubieran sido conservados de forma mágica, esperando aquel día.
Lloraba por su hermana, tan divertida, tan testaruda, tan decidida a enamorar a uno de los salvajes y atractivos Connelly.
También lloraba por sí misma; por la soledad y el sentimiento de culpa que había mantenido ocultos durante tanto tiempo. Si aquella noche hubiera gritado: «¡Estoy despierta! ¡No te vayas, Cindy!»…
Enterró su cara aún más entre las manos, intentando apartar aquella imagen de su mente. El cabello rubio de su hermana a la luz de la luna, la mano de un hombre ayudándola a salir por la ventana…
Llevaba un tatuaje en la muñeca; muy pequeño pero inolvidable. Glenna lo reconoció inmediatamente: era el pájaro luna, la leyenda de Cayo Moonbird, con sus anchas alas ondulando en el espacio.
El pájaro luna. Sólo tres personas llevaban ese tatuaje: Edgerton, Philip y Mark Connelly.
Durante años, aquel pájaro había volado por sus sueños cada noche. Extraño y blanco como un fantasma, silencioso y amenazador, moviendo sus alas arriba y abajo lentamente. Cindy… Si las dos hubieran sido un poco mayores, un poco menos ingenuas.
Poco a poco, las lágrimas dejaron de rodar y apoyó la frente en las rodillas, sin importarle que su pelo se estuviera manchando de arena.
Perdida en el dolor, no oyó los pasos que se acercaban y se sobresaltó al sentir una mano en su espalda. Con un gemido, levantó la cabeza, intentando ver en aquella semi-oscuridad.
Un hombre se arrodilló a su lado, sonriendo de forma protectora, como lo habría hecho para cuidar a un pájaro herido. Su vago aroma masculino se mezclaba con el olor del mar.
—Dicen que el mar está hecho de lágrimas —murmuró el hombre—. Y que todos los seres humanos tienen que derramar una para llenarlo —Glenna parpadeó, sorprendida, casi hipnotizada por aquella voz acariciadora. Era una voz grave, sensual, pero sonaba como si estuviera continuando una conversación que hubiera empezado tiempo atrás—. Pero ningún corazón debería contribuir con tantas lágrimas —terminó el hombre, apartando con los dedos un mechón de pelo de su cara.
Ella no dijo nada. No podía. Sus ojos eran de un verde imposible, enmarcados por las pestañas más oscuras que había visto nunca. Y tenía las manos fuertes, bronceadas, masculinas. El tipo de manos con el que sueñan las mujeres.
Su mirada se deslizó hasta la muñeca del hombre. Glenna sabía lo que iba a ver. Lo había sabido desde que oyó la primera sílaba de su hipnótica voz.
En su muñeca, como la marca de Caín, estaba aquel tatuaje.
LE HUBIERA gustado gritar, maldecir al destino que lo había llevado allí. ¡No podía ser Mark Connelly! No, no podía tener tan mala suerte. Sabía que, en algún momento, tendría que encontrarse con él, por supuesto, pero había esperado que fuera en la oficina, con Purcell Jennings a su lado. Pero no allí, no cuando tenía todos los sentimientos a flor de piel.
Glenna se levantó rápidamente y se limpió la falda, dándose cuenta de que la húmeda tela se pegaba a sus piernas.
—Tienes razón. He llorado demasiado, pero ya estoy bien —dijo, con voz entrecortada. Él seguía con una rodilla en el suelo y levantó la cabeza para mirarla. Había olvidado lo guapo que era. El sol, que había conseguido hacerse hueco entre la niebla, iluminaba el verde mar de sus ojos y se hundía en el brillo negro azulado de su pelo. En realidad, era el hombre más atractivo que había visto nunca—. Lo digo de verdad. Estoy bien —repitió, apartando la mirada—. Tienes razón. Me he portado como una tonta.
