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El matrimonio era la única forma que tenía Darcy de librarse de su padrastro. Él tenía el control del negocio y de la familia de Darcy hasta que ella se casara o cumpliera los veinticinco años. Pero ella no podía esperar; necesitaba un marido lo antes posible. Su amigo Evan le había propuesto matrimonio en repetidas ocasiones, pero Darcy no lo amaba como una esposa debía amar a su marido. ¿Debía aceptar? Miles, el hermano mayor de Evan, estaba empeñado en impedírselo; incluso si ello suponía tener que casarse con Darcy. Y resultaba tan difícil resistírsele...
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Seitenzahl: 216
Veröffentlichungsjahr: 2022
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1991 Kathleen O’Brien
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Libre como el viento, n.º 1107- marzo 2022
Título original: BARGAIN WITH THE WIND
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1105-550-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
FUERA de aquí! Vete antes de que se me escape el dedo y te haga daño.
Exasperada, Darcy contempló la reacción del hombre que tenía delante. Aparte de abrir mucho los ojos y la boca, no se movió. Darcy, esperando parecer tan amenazadora como los policías de las series televisivas, extendió los brazos con dramatismo.
—¡He dicho fuera!
Cuando siguió sin moverse, Darcy tuvo que ahogar un grito de rabia. ¿Por Dios, cuánto habría bebido? La pistola pesaba lo suyo y le dolía el brazo de sujetarla. Su intención era apuntarle al corazón, pero él no hacía más que echar la cabeza hacia delante.
Finalmente, el tipo arrugó el entrecejo, como si empezara a darse cuenta de lo que tenía delante, incluso a través de los vapores etílicos que le obnubilaban la razón.
—¿Eso es una pistola?
Pero ella no le contestó. Se limitó a arquear las cejas y a mantener el dolorido brazo lo más firmemente posible.
—Bueno, vamos cariño, no hace falta exagerar —se apresuró a decir mientras daba un paso atrás, pero sus ojos no abandonaron el tembloroso cañón—. ¿Quieres que te deje en paz? No hay problema. Soy una persona razonable —señaló la pistola, como queriendo dar a entender que Darcy no lo era—. Podrías haberme pedido que me marchara.
—Te lo estoy pidiendo en este momento —Darcy alzó la pistola y entrecerró los ojos—. Márchate.
—No hay problema —repitió con sentimiento.
El camino de ladrillo debió de hacérsele muy largo, pero finalmente alcanzó la acera y se apresuró hacia el descapotable rojo que había dejado aparcado un poco más abajo.
«¡Gracias a Dios!», pensó Darcy mientras observaba cómo se alejaba de allí. Dejó caer el brazo y lo sacudió ligeramente para aliviar el dolor de los músculos. Ya que estaba a salvo de aquel hombre; sintió incluso compasión por él. El pobre diablo quizá se sintiera revuelto al llegar al coche; el alcohol y el miedo no hacían buenas migas. ¿Pobre… Tom? No, quizá ese fuera Roy; o Bob.
¿Pero qué importaba su nombre? Todos los hombres con quienes su padrastro se relacionaba en el club de campo le parecían iguales. Quizá sentados a las mesas del club mientras echaban una partida de cartas parecieran jóvenes normales y corrientes, pero cuando terminaban llamando a su puerta todos actuaban del mismo modo: como perros callejeros, oliendo a basura y comportándose como animales.
Las ruedas chirriaron cuando el descapotable arrancó a toda prisa. Se veía que Tom, Bob o quienquiera que fuese no estaba demasiado contento. En pocas horas todo Georgetown se habría enterado de que Darcy Skyler era una loca que odiaba a los hombres y los apuntaba con una pistola. Bien. A ver si así dejaban de molestarla durante una temporada.
Pero una pistola no los ahuyentaría definitivamente si George no dejaba de hacer locuras. Ninguno de aquellos hombres la hacía albergar ilusión alguna acerca del motivo que les había empujado hasta su puerta. Sabía que habían pasado horas sentados a la mesa de George, jugando al póquer, bebiéndose su whisky y escuchando las historias de su bella hijastra y de la fortuna que él controlaba por ella.
La mayoría de las veces no era más que fanfarronería. Pero a veces, en algunas ocasiones terribles, llegaba incluso a poner la llave de su casa como apuesta inicial. Y si perdía, que gracias a Dios no solía pasar, el ganador podía utilizar la llave y probar suerte con la bella heredera.
Los chicos debieron de enfurecerse cuando se dieron cuenta de que la hijastra no estaba dispuesta a participar en el juego. A veces se preguntaba qué le dirían a George cuando volviera a dejar la llave sobre la mesa. Pero, conociendo a George, sabía que eso no le importaba. La había humillado y eso era suficiente.
Se miró en el espejo del vestíbulo, dándose cuenta enseguida de la tremenda ironía de aquella situación. ¿Bella? Los jóvenes que se acercaban a ella se sorprendían al ver que la princesita de George no era más que una mujer normal de veintidós años. Tenía una abundante melena de cabello castaño y brillante, pero nada espectacular; grandes ojos marrones, de mirada cálida al sonreír, pero no los de una cautivadora.
Pero el dinero estaba ahí…
Darcy echó el cerrojo despacio, sintiéndose de repente agotada. Lo mejor sería acostarse. La señora Christopher no iba a volver; los jueves por la noche los pasaba en casa de una hija casada que vivía en Arlington. Por eso el jueves era el peor día para que ocurrieran ese tipo de episodios. Estaba segura de que George lo dejaba caer durante la conversación… La noche libre del ama de llaves… La joven hijastra sola en casa…
«Oh, George, eres un cerdo», pensó.
Pero estaba demasiado cansada como para pensar en lo mismo de siempre. Apagó la luz con un suspiro y lentamente subió las escaleras que conducían al vestíbulo del primer piso. La pistola proyectaba una larga sombra sobre la moqueta verde pálido.
Como hacía cada noche, incluso cuando estaba exhausta, se detuvo delante de la puerta de Tessa.
—¿Estás despierta? —susurró Darcy, esperando no obtener respuesta. Por debajo de la puerta no se veía luz.
Estupendo. Con tan solo quince años Tessa había sido testigo de demasiadas escenas de ese tipo. Para acabar de asegurarse, Darcy abrió la puerta.
—¿Pero qué estás haciendo, Tessa Skyler?
El bulto agazapado junto a la ventana pegó un respingo y saltó de la cama.
—¡Darcy! Solo estaba mirando…
A la luz de la luna el cabello de Tessa parecía castaño, pero cuando Darcy encendió la luz del dormitorio los colores volvieron a la vida. Tessa tenía los ojos grandes y verdes y el cabello pelirrojo y brillante. A pesar de su enfado Darcy sonrió. Tessa, casi una mujercita, era una auténtica belleza. A ver qué pasaría cuando los jugadores de póquer la descubrieran…
¡Eso jamás! Darcy se mordió el labio con rabia y dejó de sonreír. Jamás permitiría que molestaran a Tessa. Había protegido a su hermanita pequeña desde que murió su padre y continuaría haciéndolo. ¿Pero cómo? Tessa estaba cada día más guapa… y al mismo tiempo más difícil de controlar.
La ansiedad le atenazó el corazón y Darcy habló con más dureza de la pretendida.
—Tessa, vuelve a la cama. El espectáculo ha terminado.
—Solo estaba mirando, Darcy —dijo Tessa sentándose sobre la colcha con las piernas cruzadas—. Te vi bajar con la pistola de George y quería saber qué ibas a hacer con ella. ¡Vaya! ¡Has estado fenomenal!
Darcy sonrió a pesar suyo. No había estado tan bien como decía su hermana, pero había conseguido al menos engañar al romeo de turno. Alzó el arma y la contempló detenidamente.
—Si no hubiera estado tan bebido se habría dado cuenta de que no es de verdad —dijo—. He tenido suerte.
—Estaba bastante piripi, ¿verdad? —Tessa se empezó a morder una uña, pero al darse cuenta de lo que estaba haciendo metió la mano debajo de una rodilla—. Pero era tan guapo.
—¿Guapo? —Darcy arrugó el entrecejo.
—Sí. Lo he visto otras veces, en el club. Todo el mundo piensa que está cañón —dijo Tessa con ojos soñadores mientras recostaba la cabeza sobre los almohadones de lino blanco—. ¡Ojalá hubiera venido por mí! Yo desde luego no lo habría amenazado con una pistola.
—¿De verdad? —dijo Darcy, intentando no hablar de modo sentencioso; recordaba bien lo mucho que a la edad de Tessa había detestado los interrogatorios de sus padres—. ¿Qué habrías hecho tú?
Tessa puso los ojos en blanco y seguidamente los cerró, como extasiada.
—Lo habría invitado, por supuesto —se abrazó a la almohada con fuerza—. Sí… Y luego quizá habríamos bailado delante de la chimenea.
Darcy no pudo evitar sonreír. Ella también había tenido quince años, pero el recuerdo resultaba difuso. Eso fue antes del primero, el segundo y el tercer padrastro, y también de los jugadores de póquer. Antes de George.
La sonrisa desapareció.
—No creo que viniera aquí a bailar, Tessa —dijo en tono seco y seguidamente apagó la luz—. Pero será mejor que nos olvidemos de él. Quiero que te duermas; ya son más de las doce.
Cerró la puerta dejando a Tessa protestando y fue hacia su habitación. Tessa era tan encantadora, tan inocente y romántica. George y sus muchachos pronto empezarían a rondarla como buitres. Tenía que hacer algo. ¿Pero el qué? No heredaría hasta pasados tres años y si intentaba llevarse a Tessa de allí sin el permiso de George… Cerró los ojos con fuerza, intentando no pensar. Esa noche estaba demasiado cansada para decidir nada.
Cuando iba de camino hacia el dormitorio oyó voces en la planta baja; el chirriar del cristal contra la plata y una maldición entre dientes. Sintió una opresión en el pecho. Era George.
Se agarró con fuerza al pasamanos de madera pulida y, sacando fuerzas de flaqueza, se volvió hacia las escaleras iluminadas por la luz de la luna.
—Lo he echado, George —gritó en tono desafiante.
¿Por qué incluso a sus veintidós años le asustaba enfrentarse a George? Su madre llevaba muerta tres años y durante ese tiempo ella había cuidado de sí misma y de Tessa sin problemas, a pesar de que George bebía cada vez más.
Aun así, el corazón le latía alocadamente mientras sus pies avanzaban a ciegas por las escaleras.
—Le pedí a la señora Christopher que tirara todas las botellas que encontrara en casa.
Al llegar al pie de las escaleras vaciló un instante. Había esperado su estallido de rabia y el silencio que la rodeaba le resultaba desconcertante. Aunque la biblioteca seguía a oscuras, Darcy sabía que estaba allí, probablemente hurgando en el mueble bar, alimentando su rabia…
Se oyó un ruido de alguien moviéndose. Darcy se puso tensa, a la defensiva, pero en lugar del grito que había esperado oyó un sonido parecido a la risa.
De pronto vio dos siluetas oscuras a la puerta de la biblioteca, tan pegadas la una a la otra que parecía estar sujetándose. Las anchas espaldas de George, ex jugador de fútbol y fanático de la gimnasia, se destacaban claramente. ¡Resultaba ridículo tener un padrastro que ni siquiera había cumplido aún los cuarenta! «Ay mamá», dijo para sus adentros. «Mamá, qué lío».
No reconoció inmediatamente el cuerpo más menudo que estaba junto a George, pero reconoció el tipo. Su ansiedad se transformó inmediatamente en rabia y cruzó el vestíbulo dando grandes zancadas hacia el interruptor de la luz.
El torrente de luz los obligó a entrecerrar los ojos. La joven que estaba junto a George, y aparentemente más sobria que él, se repuso primero y sonrió maliciosamente.
—Vaya, pero esta no es tu madre, George. Es demasiado joven para ser tu madre —bromeó, apoyando su rubia cabeza sobre el hombro de George; las novias de George siempre eran rubias—. Pero la verdad es que parece tu madre —deslizó unas uñas pintadas de rojo por el interior de las solapas—. ¿Has sido malo, George?
El apuesto rostro de George estaba más colorado que de costumbre y a Darcy se le cayó el alma a los pies. Se obligó a sí misma a mirarlo a los ojos, que los tenía inyectados en sangre, sabiendo que su rabia, a la que daría rienda suelta cuando estuvieran solos, serían incontenible.
Pero no la demostraría delante de su novia. Los hombres como George jamás mostraban al mundo su verdadera naturaleza. En público era tan fino y sofisticado, pero qué diferente en casa. Así era como se permitía tanta vileza: nadie creería que el bueno de George era en realidad un tipo tan cruel.
Vio que tragaba saliva y entrecerró sus azules ojos con rabia.
—¿Que no es lo suficientemente mayor? —le echó el brazo a la rubia por los hombros desnudos—. No te dejes engañar por las apariencias, Abby. Quizá aparente veintidós, pero tiene el corazón de una vieja amargada.
Abby se echó a reír y esa respuesta le dio alas a George.
—Sí. Ha decidido que su trabajo consiste en perseguir el vicio por todas partes.
Darcy se mordió la lengua, negándose a morder el anzuelo. Se veía que George tenía ganas de pelea. Pues bien, ella no pensaba darle esa satisfacción. Se volvió hacia las escaleras sin mirarlo.
—Buenas noches, George. Ya hablaremos por la mañana.
—No estaré aquí por la mañana —le contestó con tranquilidad—. Dime adiós, no buenas noches, princesa. Mañana estaré en Las Bahamas, donde ni siquiera la señora Cristopher podrá tirarme las Margaritas.
¿En Las Bahamas? Al tiempo que asimilaba la noticia Darcy se quedó inmóvil.
—Pero no puedes. Tienes que estar aquí mañana, George —le dijo despacio, volviéndose a mirarlo, con el semblante pálido—. Tenemos una reunión con la junta directiva y los miembros del consejo de administración a primera hora de la mañana. ¿Es que te has olvidado?
Una mueca de malicioso placer distorsionó sus apuestas facciones.
—En absoluto, princesa. La he cancelado —bostezó exageradamente—. Los miembros del consejo pueden esperar; las Margaritas no.
La ira la cegó y dio dos pasos hacia él.
—Pero George, esta reunión es importante. Vamos a discutir el ponerme al mando del negocio. ¿Es que no recuerdas que decidimos… ?
Se calló de repente, horrorizada por la sonrisa de satisfacción que se dibujaba en los labios de George. George podría ser un libidinoso y un borracho, pero no un imbécil. Ella lo había insultado y él había orquestado la venganza perfecta: su control sobre los Almacenes Skyler. Durante los tres años siguientes, o hasta que Darcy se casara, George ejercería un control total sobre la cadena de almacenes de lujo de su padre.
Darcy tuvo que ahogar la amargura que le ensuciaba la garganta. Hacía años que George conocía sus dos puntos débiles: el negocio de su padre y su hermana pequeña. Y jamás había dudado en utilizar ese conocimiento cuando le había convenido.
—Bueno, como verás he cambiado de opinión, princesa. No creo que estés lista para asumir esa responsabilidad. He decidido ascender a Josie Wilcox para que se haga cargo de ese puesto.
¡Josie Wilcox! Darcy tuvo que cerrar la boca con fuerza para no empezar a echar pestes por la boca. ¿Josie Wilcox, que tan solo contaba con un año de experiencia como ayudante de encargado de compras y cuyos únicos talentos eran un cuerpo de ánfora y darle jabón al jefe, iba a ascender? ¿Josie iba a ser directora de compras?
La rabia se apoderó de ella con fuerza. Los Almacenes Skyler, una respetada cadena de elegantes almacenes diseminados por toda la costa Este, fueron fundados por su abuelo. Habían sido la alegría de su padre y a lo que dedicó toda su vida. Y en el presente eran su legado. Le encantaba el negocio y lo entendía como buena Skyler que era.
Pero a pesar de ello, aquel hombre la tenía encarcelada en el departamento de relaciones públicas, donde malgastaba los días enviando floridos comunicados de prensa sobre las nuevas colecciones de primavera y organizando grupos de VIP para visitar a los jefazos.
—Está recibiendo capacitación —dijo George sin dejar de sonreír, disfrutando de su poder.
Y en los tres años siguientes Darcy no podría frenarlo; tres años de decisiones equivocadas, como aquella.
—Creo que es un error darle ese puesto a Josie, George —dijo con toda la tranquilidad que le fue posible—. Será mejor que te lo pienses.
George tenía la cara colorada, aparte de la blanca cicatriz que iba desde la ceja hasta el nacimiento del pelo, y Darcy supo que estaba furioso.
—¿Que me lo piense? ¿Yo? De eso nada, princesa. No te habrás olvidado de quien manda en Almacenes Skyler, ¿verdad?
George empezó a aumentar el tono de voz y Darcy miró con inquietud hacia el primer piso, temiendo que Tessa se despertara.
—Venga, princesa. Contéstame —se acercó al pasamanos, con los ojos brillantes—. ¿Soy yo el que manda en Almacenes Skyler, o no?
Alzó la cabeza y lo miró llena de orgullo; no pensaba contestarle. Ambos conocían las condiciones del testamento de su madre y también lo mucho que Darcy había luchado por romperlas y restarle poder a aquel hombre que, solo por ser el último padrastro, tenía derecho a controlar su herencia. Tan solo el tiempo, o el matrimonio, podrían cambiar la situación presente.
Ninguno de los dos estaba dispuesto a apartar la mirada, hasta que el sonido de una voz suave los distrajo.
—¿Darcy? —Tessa había salido de su habitación—. ¿Va todo bien?
Al oír la voz de su hermana Darcy se dio la vuelta. Tessa parecía nerviosa y al ver a la novia de George intentó en vano cubrirse los muslos con la camiseta de dormir.
—No sabía que tuviéramos compañía —añadió con timidez.
—No pasa nada, Tessa —dijo Darcy algo molesta porque su hermana fuera por la casa medio desnuda—. Debes irte a dormir; vuelve a la cama.
Tessa la miró con preocupación, frunciendo el ceño, y el enfado de Darcy se disipó de inmediato. Pobre Tessa.
—Vuelve a la cama, cariño —dijo de nuevo con más suavidad.
Tessa vaciló, miró a Darcy y luego a George.
—¿Pero… no vienes a acostarte, Darcy?
Darcy sonrió.
—Claro, cielo —contestó—. Ahora mismo voy. George se estaba despidiendo de mí; por la mañana se va a Las Bahamas.
Miró a George significativamente, para que no hiciera ningún comentario fuera de tono delante de Tessa. Pero él no la miraba a ella. Para desgracia suya, estaba mirando a Tessa con la boca ligeramente entreabierta y devorándola con la mirada, desde las piernas hasta el bonito rostro. Tessa no se estaba dando cuenta, pero Darcy conocía muy bien esa mirada. Al verlo sintió un escalofrío.
Instintivamente se apresuró al rellano y se plantó delante de su hermana.
—Bien, buenas noches —dijo Tessa cortésmente, recobrando la compostura una vez que los gritos habían pasado.
Tessa era así, confiada y fácil de convencer. Además, George jamás se había mostrado con ella tal cual era en realidad. Sabía que tenía mal carácter, como decía ella, pero jamás podría imaginar la violencia que se escondía tras su sonrisa—. Espero que te diviertas, George.
—Lo haré, cielo, lo haré —su mirada abandonó el joven cuerpo de Tessa para encontrarse con la mirada encendida de Darcy.
Sabía lo disgustada que estaba y disfrutaba con ello. A George le encantaba fastidiar a los demás, pues era algo que le hacía sentirse superior.
—¿Oye, no te gustaría acompañarme, Tessa, cariño? En esta época del año Isla Paraíso es… —sonrió—. Bueno, es el paraíso.
Tessa miró a Darcy con ojos interrogantes. Darcy le echó el brazo a su hermana y le dio un apretón disimulado para comunicarle su desaprobación.
—No. Tessa tiene que quedarse aquí.
—¿Por qué? —George le guiñó un ojo a la chiquilla—. Podríamos divertirnos mucho juntos, ¿no te parece, reina? Podríamos ir a pescar… y muchas cosas más.
A Darcy se le hizo un nudo en el estómago. Entonces se trataba de eso. Ese era el día que tanto había temido durante años, el día en el que Tessa fuera lo suficientemente mayor como para interesarle a George de «ese» modo. Los recuerdos la sorprendieron con una claridad y una crueldad punzantes. La imagen de George avanzando lentamente hacia ella, con los ojos inyectados en sangre, cada vez más cerca. Un momento de pánico, una botella de cerveza tirada en el suelo y luego el recuerdo de la sangre que brotaba del corte en la sien; el recuerdo de la furia reflejada en sus ojos al tiempo que se retiraba… vencido.
George jamás había intentado molestarla otra vez, reconociendo sin duda el coraje y fuerza de Darcy. ¿Pero haría Tessa lo mismo?
Le apretó el brazo a Tessa con más fuerza y la chica protestó y se soltó algo molesta.
—¡Darcy, me haces daño!
La clara y joven voz de su hermana dispersó totalmente los terribles recuerdos de su mente, pero permaneció la resolución inquebrantable de que Tessa jamás tendría esos recuerdos. Nunca.
Sabía lo que ello significaba, lo que tendría que hacer. Tal decisión la habría horrorizado en otro momento, pero tal y como estaban las cosas vio que era lo único que podía hacer para proteger a Tessa.
—Lo siento, cariño —le dijo Darcy, esbozando una sonrisa superficial.
Tenían que volver a sus dormitorios de alguna manera, sin que George sospechara. Sin que él supiera la decisión que acababa de tomar…
—Estoy reventada. Será mejor que nos acostemos, Tess. La señora Cristopher no me ha cambiado las sábanas hoy. ¿Te importa si duermo contigo?
Tessa sonrió.
—¡Qué bien! Venga —subió las escaleras de dos en dos—. Buenas noches a todos. Que tengáis buen viaje —dijo con desenfado.
Darcy siguió a su hermana con paso inseguro, pero a sus espaldas oyó la risa de George. La risa se transformó en una risotada tan virulenta que pareció viciar el ambiente. Apretó el paso y avanzó a toda prisa por el pasillo del primer piso hasta que cerró con fuerza la puerta del dormitorio de Tessa, ahogando así el terrible sonido.
Llegaron a Florida al amanecer. Nubecillas plateadas y rosadas como pequeñas esponjas moteaban el cielo.
Pero tan solo Darcy contemplaba el espectáculo. Tessa había dormido durante el viaje en avión y, mientras Darcy conducía el coche de alquiler, Tessa seguía durmiendo tan confiada como siempre, aparentemente pensando que aquel apresurado vuelo en una noche de verano, desde Washington DC hasta Isla Sanibel, en Florida, tuviera sentido, solo porque Darcy lo había dicho.
Ni siquiera había cuestionado su repentina decisión de casarse.
—¿Evan? —fue todo lo que dijo; Evan no era precisamente su prototipo de héroe—. ¿Estás segura? Pensé que no te gustaba Evan de ese modo.
Darcy se lo había explicado con calma, intentando que su hermana entendiera lo práctico de su decisión. George estaba embarrando el negocio de su padre y ya era hora de detenerlo. El matrimonio era la única solución.
Tessa sabía lo mucho que los Almacenes Skyler significaban para Darcy, y había escuchado demasiadas veces a su hermana y George discutir sobre eso. Por ello la noticia no la sorprendió. Además ella, que había crecido sin madre, estaba acostumbrada a obedecer a su hermana mayor.
Darcy contempló el océano que se extendía como un espejo, ribeteado por la blanca espuma de las olas. ¿Habría sido una locura viajar hasta Florida sin llamar primero por teléfono? Evan le había prometido que siempre estaría listo para cuando ella lo necesitara, pero habían pasado ya seis meses desde su última carta…
Se detuvo a un lado de la carretera, junto a un merendero, y desdobló una vez más la última carta de Evan. Siempre la llevaba encima, como un talismán secreto.
En ella le decía que aún la amaba y que todavía tenía esperanzas de poder casarse con ella algún día. También decía que si alguna vez lo necesitaba debía acudir a él, que estaría esperándola.
Era la misma promesa que le había hecho el día de la graduación. Él había dicho que era un pacto. Y aunque en aquel entonces Darcy le había contestado que no era necesario, en esos momentos agradecía que Evan le hubiera hecho esa promesa.
¿Pero qué diablos iba a decirle? Ni siquiera le había contado la verdad acerca de George. Evan sabía que ella despreciaba a su padrastro y que odiaba verlo al mando de Almacenes Skyler. Pero no sabía lo de aquel día terrible en el que George había intentado… Nadie lo sabía. En aquel momento su madre aún vivía, pero ni siquiera ella la había creído. Después Darcy no tuvo valor de contárselo a nadie, ni siquiera a la policía. ¿A quién habrían creído? ¿A una niña de dieciséis años o a un respetable hombre de negocios? Y además, sin razón se sentía avergonzada, culpable, horrorizada…
Desde luego no era el momento oportuno para ponerse a pensar en eso. Tenía que encontrar a Evan. Entró en la ciudad mirando los nombres de las calles, con el fin de dar con la dirección del remite.
No le costó trabajo encontrar la calle; Gull Terrace no quedaba lejos y nada más entrar localizó una placa donde estaba escrito el nombre de la casa: Two Palms. Aminoró la marcha para poder examinar mejor la propiedad, mientras intentaba armarse de valor. La casa tenía dos pisos y estaba pintada de un amarillo parecido al color del sol al amanecer, con las contraventanas tan blancas como la arena. El Golfo de Méjico brillaba más allá del edificio, como una cuba de lentejuelas verdes. Y a cada lado del blanco y amplio porche se alzaban una palmera, alta y majestuosa.
Poco a poco empezó a sentirse más animada. La casa, sencilla y acogedora, parecía darles la bienvenida. Decidió no despertar a Tessa de momento y salió del coche. Cruzó en silencio la suave alfombra de hojas de pino y llegó hasta la puerta.
Llamó varias veces con los nudillos, pero nadie le contestó. Tras un largo silencio Darcy empezó a inquietarse. ¿Acaso Evan no estaba en casa?
—¿Qué quiere? —se oyó una voz detrás de ella.
Darcy se volvió, sorprendida.
—Oh, lo siento —tartamudeó, desorientada por la presencia de aquel extraño que parecía acabar de salir del agua—. Estoy buscando al señor Hawthorne.
El hombre entrecerró los ojos, se echó una toalla que llevaba al hombro sobre la cabeza y se retiró de la frente unos mechones de pelo mojado, que le goteaban sobre las largas y rizadas pestañas.
—Perdone… ¿Nos conocemos?
