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Melanie no estaba interesada en casarse por dinero, pero después de saber los términos del testamento de su tío, ¡eso era exactamente lo que tenía que hacer! Su tío, a quien le preocupaba su comportamiento impulsivo y poco reflexivo, le había dejado su fortuna, con la condición de que se reformase y pudiera demostrarlo, ¡haciendo una buena boda! Melanie no tenía interés en hacerse rica, pero estaba decidida a demostrar que había cambiado. El problema era que el hombre a quien tenía que demostrárselo era el abogado de su tío, Clay Logan, un hombre terriblemente atractivo... y un buen candidato a marido.
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Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Kathleen O’Brien
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Herencia de amor, n.º 1045 - marzo 2021
Título original: The Husband Contract
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-112-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
EH! ¡Ten cuidado! –gruñó Clay Logan extendiendo la mano para agarrar el hombro de un niño disfrazado de bufón que acababa de pasar a su lado, manchándole la ropa de algodón dulce.
–Bueno, lo siento –dijo el niño a la defensiva, frunciendo el ceño al ver el pringue rosa en el puño de la camisa de Clay–. No lo he visto.
Clay se miró el pegote de azúcar, tratando de disimular la contrariedad que lo embargaba. No era fácil. Tenía que estar en los tribunales en una hora. Y su camisa estaba estropeada.
–Está bien –contestó con una sonrisa–. Tal vez puedas ayudarme. Estoy buscando a Melanie Browning. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?
–¿Nuestra señorita Browning? –el bufón agitó la cabeza–. Esta mañana era Julieta en la obra, pero ahora… –se encogió de hombros–. Lo siento…
Clay suspiró. Comenzaba a tener dolor de cabeza.
Sabía dónde debía estar Melanie Browning: en su despacho, donde tenían acordada una cita a las diez de la mañana. Lo había dejado plantado, sin llamarlo, sin molestarse en inventar una excusa. Y todo por representar a Julieta en la feria medieval de Wakefield, por lo visto.
Intentó quitar la mancha con sus dedos por última vez. Ahora, también tenía los dedos manchados.
Maldijo interiormente por haber ido a buscar a la mujer. Debía de haber estado loco. Tendría que haberle enviado la minuta a través de Tracy, su secretaria, por la cita a la que había faltado.
El bufón miró con culpa el estropicio de la camisa.
–Bueno, tal vez pueda hacer algo por usted.
Se dirigió a un par de adolescentes sentados en un banco de por allí y dijo:
–¡Eh, chicos! ¿Sabéis dónde puede estar la señorita Browning?
Uno de los muchachos de más edad contestó:
–¿Y por qué crees que vamos a decírtelo?
Clay frunció el ceño ante aquella hostilidad gratuita. ¿Quiénes eran esos chicos? Los muchachos, de unos catorce o quince años estaban entre los pocos que no llevaban disfraces medievales.
–No es a mí a quien se lo diríais, sino a él –dijo el bufón, señalando a Clay, como si la presencia de un adulto dejara zanjada la cuestión.
Los adolescentes no parecieron intimidados. Escondieron sus brazos torpemente detrás de la espalda, y Clay vio una espiral de humo subiendo por sus hombros. Estaban fumando. ¡A su edad, y en el recinto escolar!, pensó Clay.
–¿A él? ¿Y quién es él? ¿Dios? –preguntó uno de los chicos mirando a Clay con una desafiante sonrisa.
Clay lo miró también. Había conocido a muchos muchachitos como él.
–Sí, soy Dios –contestó–. Y se me está haciendo tarde para el Apocalipsis. Así que, ¿qué os parece si me dais una respuesta, y volvéis a vuestros cigarros? ¿Sabéis dónde está la señorita Browning o no?
–No –el chico dejó de ocultar el cigarrillo–. No tenemos ni idea.
–Bueno, tú tienes que saberlo, Nick. Has estado con ella después de la obra.
–Sí, bueno, pero de eso hace horas. No somos los guardianes de Melanie, para que lo sepas.
–¡No! ¡Ella es tu guardiana! –el bufón se volvió hacia Clay con una sonrisa torcida–: Ya ve… Nick es el hermano pequeño de la señorita Browning.
Clay miró al muchacho con renovado interés. Se sorprendió de que fuera Nick Browning. Lo miró detenidamente, desde el pelo largo y grasiento, echado por detrás de las orejas, hasta los enormes vaqueros que dejaban al descubierto un trozo de calzoncillos. Su mirada se detuvo en los pies del muchacho, en los que llevaba unos zapatos caros.
Tal vez Joshua Browning hubiera hecho bien en dejar bien atada su herencia. Ahora que veía a Nick, Clay estaba de acuerdo en que ninguna jovencita tierna de veinticuatro años podría ser capaz de domar a semejante monstruo adolescente.
Clay, por otra parte, era un cínico abogado de treinta y un años, endurecido por los juicios, que definitivamente no tenía ninguna debilidad por los delincuentes juveniles.
–Me cuesta creer que no sepas dónde está tu hermana, Nick. Tal vez puedas hacer memoria.
Nick pareció pensárselo un momento, pero luego se irguió inmediatamente y dijo en un tono algo más amable:
–Creo… Debe de estar en los campos de deporte. En el encuentro de ajedrez humano.
–¿Por qué no me indicas dónde es? –sugirió Clay cortésmente.
Nick se levantó del banco como dirigido por un hilo invisible y empezó a atravesar el edificio del colegio. Clay, agradecido, miró al bufón y levantó sus pulgares en señal de éxito. Luego, siguió al muchacho por entre la multitud de sonrientes devoradores de espadas, divertidos lanzadores de jabalina y diminutos reyes con sus cetros.
Nick no hablaba, así que Clay pudo concentrarse en esquivar las armas sujetas con total descuido. Fue una travesía muy particular, entre algodón dulce, torres de helado y perritos calientes cubiertos de mostaza.
–Aquí es –dijo Nick, cuando llegaron al campo de juegos. Hizo señas con la cabeza hacia la partida de ajedrez, que ya estaba empezado–. Por allí.
Clay miró detenidamente a los jugadores. Eran todos adultos, profesores, sin duda, todos con disfraces: reyes y reinas en blanco y negro, caballos y alfiles. Miró nuevamente a las reinas pero no encontró a ninguna que se pareciera al retrato de Melanie Browning que Joshua había tenido en su biblioteca. Tenía sólo dieciséis años en la foto, pero parecía mayor. De pelo castaño, ojos grandes azules, labios carnosos…
–¿Cuál es Melanie?
Nick contestó mirando el suelo:
–Aunque no lo crea, es el caballo blanco.
Clay se preguntó si tener a su hermana mayor trabajando en el colegio no lo incomodaría.
–¿No es una tontería? Ellos querían que ella fuera una reina, pero ella dijo que los caballos eran más divertidos.
En ese momento alguien gritó un movimiento, y el caballo blanco anduvo hasta el centro del tablero, obviamente representando su papel con movimientos exagerados para deleite del público. Con una mano cubierta por un guante plateado, el caballo alzó una espada en el aire, aparentemente dispuesta a hacer pedazos a una desgraciada pieza de ajedrez negra.
Hubo murmullos entre el público. El sol de mayo arrancó destellos al aluminio de la larga hoja de la espada, luego brilló en el guante plateado y se derramó por la túnica blanca y las mallas del traje. Clay no pudo evitar observar cómo se le ceñía el traje en los pechos, en las nalgas y las curvas de los muslos.
Por primera vez en aquella mañana sintió que se le levantaba un poco el ánimo. Debía reconocer que aquél era el caballo medieval más sexy que había visto en su vida.
De pronto la espada del caballo se cayó en un gesto cómico. Por detrás del yelmo salió una voz femenina tan melodiosa como disgustada.
–¡Eh! ¡Un momento! ¿Dónde está el caballo negro?
La mano libre se quitó el casco plateado, y una impresionante melena castaña cayó sobre los estrechos hombros cubiertos por la túnica.
«¡Dios santo!», pensó Clay. ¡Melanie Browning no aparentaba su edad! Parecía más joven, y tenía una mirada tan llena de curiosidad como de inocencia, como si ella fuera otra estudiante más.
Agitó la cabeza y rió contrariada.
–¡Por el amor de Dios! ¿Cómo voy a matarlo si no está aquí siquiera? –apoyó el casco en su cadera y protestó al maestro de ajedrez–: ¿No era el doctor Bates el caballo negro?
–Probablemente se haya olvidado –gritó alguien, riéndose.
–Ya sabes cómo son los profesores de filosofía –comentó otra persona–. Probablemente sigue en su casa decidiendo ser o no ser.
Los ojos azules de Melanie brillaron intensamente, aunque intentó no sonreír.
–Bueno, necesitamos un caballo negro –insistió ella, mirando al público. Descubrió a su hermano y exclamó–: ¡Nick! Tú siempre vas vestido de negro. Serías un caballo perfec…
–De ninguna manera –contestó Nick enfáticamente–. Yo estoy fuera de esto. Simplemente he traído a este hombre, que quería verte –hizo señas hacia Clay.
Melanie pareció disgustada con el tono que había empleado Nick, pero en cuanto vio el traje de Clay volvió a sonreír. ¡Y qué sonrisa!, pensó Clay.
–¡Oh, sí! ¡Perfecto! –Melanie sonrió pícaramente y señaló a Clay con su espada, con gesto de triunfo–. Usted puede ser el caballo gris oscuro. Es casi lo mismo que el negro –extendió la mano–. Buen señor, ¿sería tan amable de venir al tablero para que yo pueda clavarle la espada?
Clay no pudo evitar sonreírle, lo que le sorprendió. Todavía estaba molesto por el hecho de que ella le hubiera dado plantón, y definitivamente no tenía tiempo para aquellas tonterías.
Pero al presentir que el juego se iba a estropear la gente empezó a aplaudir. Alguien le alcanzó una espada de madera tosca pintada de negro, y después de tomarla, Clay dio un paso hacia el tablero, situándose enfrente de Melanie Browning.
Ella se había vuelto a poner el casco, ocultando aquella hermosa melena. Debía de haberle dado un toque andrógino, pero Clay no había visto algo más femenino en su vida.
–Usted debe de ser el señor Gilchrist –dijo Melanie mientras se inclinaba hacia adelante en un gesto de lucha. Sonrió dulcemente detrás del casco y tocó la espada de Clay con la suya–. Me alegro de que haya encontrado a Nick. No está muy entusiasmado con la idea de tomar lecciones de tenis, pero estoy segura de que usted sabrá convencerlo. Es un buen chico, y tiene talento para el tenis, creo yo.
Clay se enfrentó a los ataques de Melanie con cuidado de no doblar su espada de florete de aluminio con la de madera que manejaba él.
–Me temo que me confunde con otra persona –dijo él. Se dio cuenta de que ella movía la espada con suma gracia, como si hubiera recibido lecciones realmente.
¿Sería posible que ella fuera la hermana de aquel torpe chico?
–No soy el profesor de tenis.
La espada de Melanie se detuvo un momento, pero enseguida se puso a pelear con rapidez.
–¿No es el señor Gilchrist? –Melanie dio un paso atrás–. Pero usted estaba con Nick, y pensé que… –alzó el mentón, riéndose de su confusión–. Nick siempre dice que tengo la mala costumbre de sacar mis propias conclusiones. ¡Me da rabia cuando tiene razón!
Probablemente no ocurriese muchas veces, pensó Clay. Pero no lo dijo, porque el tono de voz de la mujer era condescendiente y cariñoso con el chico.
«Lecciones de tenis», pensó Clay. Por lo que él podía ver, al chico le iría mejor una taladradora que una raqueta.
–¡Oh! ¡Pero en qué estoy pensando! ¡Ya sé quién es usted!
Melanie dibujó un círculo en el aire con la punta de la espada, una maniobra inútil pero bonita, y la gente murmuró con admiración.
Evidentemente la señorita Browning era muy querida por los miembros de la Academia Wakefield, la mayoría de los cuales eran varones.
–¡Usted es el tutor de matemáticas, claro! Debí de suponerlo por su traje. Usted es el señor…
Clay negó con la cabeza.
Ella dudó un momento y luego dijo:
–¿El entrenador de béisbol?
Clay suspiró. Adivinarlo iba a llevarle un día entero.
–No –dijo él firmemente.
Ella rió.
–Bueno, ahora que sabemos quién no es, no diré nada más y dejaré que me diga quién es.
–Mi nombre es Clay Logan. Soy abogado. Me encargo de las propiedades de su tío Joshua.
Melanie dejó de sonreír súbitamente. Conocía su nombre, era evidente, porque se quedó petrificada. Debajo del casco hecho a mano, achicó los ojos y los clavó en su cara.
–Clay Logan –repitió ella en un tono monocorde y oscuro.
Lentamente extendió su espada, y con paso decidido se adelantó hasta que la punta plateada de su arma rozó la camisa de Clay en el lugar de su corazón.
–¿Usted es Clay Logan?
–Sí –él miró la espada–. ¿Es aquí donde se supone que va a matarme?
Ella no se rió. Ni se movió. Su brazo estaba firme. Él dejó que ella permaneciera en aquella posición unos treinta segundos. De reojo, veía a la gente riendo y comiendo manzanas azucaradas, pero ya no podía oírlos. Sólo era capaz de oír la respiración agitada de Melanie Browning, sólo veía cómo su latido le hacía subir y bajar los pechos. Él no tenía la menor duda de que de ser una espada de verdad lo habría atravesado con ella en aquel mismo instante.
Su hostilidad no era algo personal, por supuesto. Cuando había creído que era el profesor de tenis había sido todo sonrisas. Su antagonismo estaba dirigido al abogado de su tío. Ella había odiado a su tío, y al parecer aquel resentimiento se extendía a cualquiera que hubiera sido su aliado, pensó Clay.
¡Y ni siquiera estaba al tanto de los términos de su testamento! Si lo despreciaba sólo por ser quien era, ¿qué sentiría al saber los detalles del testamento y la pequeña y odiosa cláusula que había insertado Joshua?
De pronto, Clay deseó estar en cualquier parte menos en aquel sitio. ¿Qué había creído? ¿Que sería mejor hablar de los términos del testamento de Joshua cara a cara? ¿Realmente había pensado que ella apreciaría el toque personal de un encuentro? ¡Qué tonto había sido!
El público parecía inquieto, pero ella no se inmutó. Finalmente, de mala gana, Clay alzó su propia espada y lentamente presionó la de ella. El aluminio se dobló fácilmente bajo la hoja de su espada de madera, y se curvó en dirección al suelo.
Ella miró la espada estropeada, la tiró a la hierba y lo miró con resentimiento.
–Se suponía que yo iba a comer la pieza –dijo Melanie tensamente–. Se suponía que usted iba a morir. Ha estropeado la partida.
–Me temo que voy a estropear algo más que eso.
Melanie estaba sentada en el banco, mirando a través de las ramas de una magnolia, y pensando que la la vida era demasiado dura.
Podía ver a Clay Logan por el rabillo del ojo. Estaba comprando dos helados a una princesa con un tocado en forma de corazón. La princesa parecía estar disfrutando mucho de la transacción. Le había ofrecido más sirope varias veces.
No podía culparla. Un rato antes, cuando ella lo había confundido con el señor Gilchrist, también se había fijado en él. Había mirado un instante aquellos rasgos de su cara, aquel cabello castaño oscuro, los elegantes hombros, e inmediatamente se había preguntado si estaría bien salir con el instructor de tenis de Nick.
Era irónico, pero aquel hombre tan atractivo era Clay Logan, pensó Melanie, intentando fingir no mirar en su dirección.
Ni siquiera tenía aspecto de abogado. A pesar de su traje del siglo veinte, parecía un caballero medieval dispuesto a llevarle ofrendas y tesoros: monedas de oro, y grandes rubíes. O al menos un rubí con forma de corazón. El que había estado en manos de su familia durante cientos de años. El rubí de la familia.
Pero la ironía era que Clay Logan estaba allí para darle un golpe, nada más, de parte de su tío Joshua.
Ella ya lo sabía antes de que él le dijera que iba a arruinar algo más que la partida. Su tío la había desheredado hacía ocho años. ¿Por qué iba a cambiar en el último momento?
Su tío no debía de haberle dejado nada.
¿Cómo haría un abogado para justificar que a alguien le robasen sus derechos de herencia?
¿Y cómo se arreglaría ella sin ellos?
–Aquí tiene –dijo Clay, sentándose en el banco. La madera crujió con su peso.
Ella abrió los ojos, sorprendida, y miró la tarrina en la mano extendida de Clay como si jamás hubiera visto algo similar.
–¿No quería un helado? –repitió él pacientemente.
No, sólo había querido ganar un poco de tiempo para recomponerse. Aquella visión masculina le resultaba muy inquietante. Aquella seguridad y fuerza en un hombre no era normal en un campus de una escuela de chicos.
Además, el modo en que le había doblado la espada y la había convertido en un espagueti de plata recalentado no podía ser sino una demostración de poder. Él sabía que ella necesitaba la herencia desesperadamente, y le estaba advirtiendo que no podía luchar contra el testamento de su tío, o contra el abogado que se encargaba de él.
Unas repentinas ganas de llorar la asaltaron. No debía darle el gusto de demostrar su debilidad. Ella no era el tipo de mujer que pudiera sollozar y rogar. Se puso rígida. ¿Y qué más daba que la espada de él fuera más grande que la de ella?
–Melanie, ¿quiere esto? –pareció irritado al preguntarlo.
Melanie frunció el ceño de repente. Tomó la tarrina de cartón mirándole la manga de la camisa. No podía ser que llevase una camisa a lunares rosa, pensó ella. Se rió por dentro al imaginárselo en los juzgados con una camisa estrafalaria.
–Algodón de azúcar –dijo él, girando su muñeca para que ella pudiera verlo–. ¡Es horrible! ¡No puedo quitármelo!
–Con la lengua –dijo ella. Alzó la mirada y vio que él la miraba disgustado. Ella pestañeó inocentemente.
–¿Cómo dice?
–Que lo quite con la lengua –repitió ella dulcemente–. Usted sabe cómo, ¿no? Es fácil. Simplemente ponga los labios encima de la mancha y…
–¿Sí? –la interrumpió–. Creo recordar cómo era.
Ella arqueó las cejas, sabía que aquello no sería digno de él. Pero ella también podía proponer juegos de poder.
Para su sorpresa él se quitó la chaqueta, la puso encima de la mesa del picnic, y luego, sin dejar de mirarla, alzó la manga hacia su boca.
Lo iba a hacer. «¡Oh, Dios!», pensó ella. Antes no había reparado en la sensualidad de su boca, pero ahora no podía dejar de notarla. Tenía unos labios carnosos de bonitos contornos.
«¡Maldita sea!», pensó. Ella había querido ponerlo nervioso. Y en cambio había terminado sonrojándose. ¡Cómo no se había dado cuenta de que una palabra fuera de tono no sería suficiente para incomodar a un hombre así!
No podía dejar de mirar aquellos labios. Sintió un nudo en el estómago al verlos posarse en la mancha. Contuvo la respiración y esperó. Sus labios apenas se movían. Sólo se veía un leve movimiento en sus mandíbulas.
Melanie respiró hondo y alzó la mirada. Él seguía observándola. Sus ojos marrones tenían unas pintitas doradas.
Ella quiso decir algo pero no pudo hablar ni pensar.
Antes de que se le hubiera ocurrido algo él terminó su tarea.
–Interesante –dijo él–. No es tan dulce como uno cree, ¿no? Hay muchas cosas como ésta. Parecen muy inocentes, pero…
–Señor Logan –lo interrumpió–. ¿Por qué no va al grano directamente? No ha venido aquí para hablar de trucos para las manchas.
–No –sonrió él, y se apoyó contra la mesa.
Él sabía que su demostración de fuerza había acabado; había sido el primero que había hecho brotar sangre.
«Sangre azul», pensó Clay al mirar los dedos de Melanie.
–He venido porque usted faltó a nuestra cita esta mañana. Y me preguntaba por qué.
Ella lo miró.
–No teníamos una cita.
–Mi secretaria opina lo contrario –él apoyó el helado en la mesa–. La acordó hace una semana. Y me dijo que la confirmó ayer por la tarde.
Melanie se pasó la mano por el pelo. No podía ser que hubiera olvidado una llamada del abogado de su tío. Había estado esperando aquella llamada durante las últimas dos semanas.
–Ha debido de haber algún error. Ni siquiera he estado en casa ayer por la tarde.
–¿Y qué me dice de su hermano?
El tono de voz del abogado la puso a la defensiva.
–Bueno, sí, Nick estaba allí, pero él no habría… –se interrumpió.
Sí, podría haberlo hecho. Era terrible con los mensajes. Pero Clay Logan no tenía por qué haberlo sabido. ¿O es que con sólo verlo podía imaginar que todo era culpa del chico?, se preguntó ella.
Evidentemente Clay Logan no tenía paciencia con los chicos problemáticos como su hermano. El abogado que tenía frente a ella no debía de haber dado ningún mal paso en su vida, jamás se habría salido de la línea trazada de la cuna a la universidad.
–Bueno, sea lo que sea lo que haya pasado, lo siento –dijo ella–. ¿Quiere que volvamos a concertar una cita?
–Podríamos acordar una cita. O simplemente podría decirle cuáles son los términos del testamento en este momento.
Ella se quedó sin aliento. Al parecer no necesitaba ni papel, ni firmas de los notarios para decirle cuáles eran los deseos de su tío.
Habría dejado todo a la caridad, como le había advertido que haría en aquella horrible noche de hacía ocho años.
Tal vez Clay Logan pensara incluso que ella se merecía aquel trato. Seguramente Joshua le habría dicho cosas horribles sobre su desagradecida sobrina.
–De acuerdo –ella dejó su helado y lo miró–. Ahora es buen momento.
–Bien –Clay no habló inmediatamente, sino que su mirada se detuvo en la mesa de picnic.
Hubo un silencio largo. Ella intentó no inquietarse y se entretuvo en limpiarse las manos con una servilleta. Pero se dio cuenta de que él jugaba con sus dedos nerviosamente. Pensó que tal vez aquel hombre lamentaba, aunque sólo fuera un poco, lo que tenía que decirle.
–Al final de su vida su tío insistió en hacer un testamento un tanto extraño –dijo él, y la miró–. Espero que se tome tiempo para pensarlo antes de reaccionar. Sé que va a ser un shock.
–Lo dudo. Conocía muy bien a mi tío.
–Yo también.
–¿De verdad? –ella lo miró fríamente–. ¿Vivió con él durante ocho años, dependiendo de él hasta para la más mínima porción de comida? ¿Para cada trozo de ropa que se ponía? ¿Dependiendo de él para recibir una sonrisa, un abrazo, o cualquier demostración de afecto?
–No. Por supuesto que no.
–Entonces no creo que lo haya conocido bien. Porque de ser así, no habría nada que lo sorprendiese.
Clay suspiró.
–Mire, Melanie, lo siento…
El abogado parecía lamentarlo sinceramente. Ella estuvo a punto de derrumbarse al oír aquel tono.
–No hace falta que se muestre solidario conmigo, señor Logan. He sabido desde que tenía dieciséis años que mi tío pensaba desheredarme.
–¿Y no pensó nunca que Joshua podría cambiar de opinión?
–Nunca –mintió ella, aunque seguramente él se daría cuenta de que no era verdad–. Nunca.
–Entonces tal vez yo tenga el placer de sorprenderla después de todo –él adoptó una postura cómoda.
«¡Maldita sea!», pensó ella. Aquel hombre parecía estar en su casa y ella, en cambio, estaba absolutamente tensa.
–Bueno, puede intentar hacerlo –sonrió ella forzadamente.
–De acuerdo. Dos meses antes de que muriese, su tío estableció una cláusula en la que dejaba todo, su colección de mapas antiguos, su dinero, su capital, sus bonos, y por supuesto el rubí de los Browning, a una persona –la miró–. Es una herencia de más de doce millones de dólares.
–Se las dejó… ¿a quién?
–A usted –dijo Clay.
Ella se quedó muda un momento. No podía hablar. No podía creerlo.
–Pero hay ciertas condiciones, por supuesto…
Melanie apretó los puños. Joshua jamás había dado nada en su vida sin condiciones.
–Eso podía preverse.
