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Taylor Pryce podría haber sido descrito como un soltero empedernido. Le encantaban las mujeres y le gustaba ser libre... Hasta que apareció en su vida un niño llamado Justin, un sobrino que jamás había sabido que tenía. El problema era que a Justin lo cuidaba otra persona. Brooke Davenport lo había adoptado dos años atrás, creyendo que era un huérfano solitario. El niño había crecido y se había convertido en un pequeño adorable, con el pelo oscuro y los ojos verdes... ¡exactamente iguales a los de su tío! Taylor quería recuperar a su sobrino, y todo lo que tenía que hacer era persuadir a Brooke de que era el padre perfecto para él y el marido ideal para ella.
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Seitenzahl: 161
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1997 Kathleen O’Brien
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Su única opción, n.º 1229 - enero 2015
Título original: The Daddy Deal
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2001
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-5782-7
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
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Taylor Pryce maldijo entre dientes al ver a aquel pequeño en el columpio. ¿Es que en los parques públicos no había nadie que vigilara? Si ese niño no reducía la velocidad, iba a acabar con la cabeza rota.
Se agarró a la reja de la puerta del parque y contuvo las ganas de gritar al niño, de unos cinco años. Si no dejaba de darse impulso, probablemente no cumpliría los seis.
Pero Taylor se controló. No era su problema. La madre del pequeño estaba sentada a solo unos metros, hablando con otras madres. No parecía muy preocupada por la fuerza centrífuga, ni por los resultados de unas graves contusiones en la cabeza de su hijo. Taylor se dio la vuelta, incapaz de seguir mirando la escena. Tenía que recordar que no era su problema
Se ajustó el nudo de la corbata. Iba a ser un día de calor. Miró el reloj y alzó la vista. El parque estaba lleno en aquella soleada mañana de Junio. Había niños con madres por todas partes, padres con sus hijos, pelotas y cuerdas de saltar. ¿Es que nadie trabajaba? ¿O estaba Florida llena de turistas? ¿Y dónde diablos se había metido McAllister?
Los niños del parque subieron aún más el volumen de sus gritos y sus risas. Tuvo que controlar, una vez más, el impulso de volverse y mirar al pequeño del columpio.
Aquello era ridículo. ¿Desde cuándo él, Taylor Pryce, de treinta años y soltero profesional, había desarrollado un instinto paternal?
Él sabía perfectamente cuándo. Había sido hacía un año, después de leer una carta de amor que iba dirigida a su querido hermano, en la que se hablaba de un bebé que estaba en camino.
Desde aquel momento y mientras los abogados buscaban al pequeño por todo el país, la mente de Taylor se había ido preparando para asumir el papel de padre.
«Padre». Cerró los ojos. Esa palabra sonaba muy extraña. Hasta que aquella carta había aparecido, no había tenido ni la más remota idea de que era tío. Pero lo escrito allí no daba lugar a dudas. Jimmy, que había muerto hacía dos años en un país Europeo destrozado por la guerra, había dejado atrás a un niño, un pequeño de unos dos años, y que debería llevar el apellido Pryce, pero no lo llevaba. Un niño que había sido… Taylor apretó los dientes. Solo había una palabra para describir lo sucedido: había sido robado.
Se aflojó la corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa. Debía de haber por lo menos treinta grados. ¿Dónde diablos se había metido Charlie?
Taylor sacó las llaves del coche del bolsillo, dispuesto a marcharse, cuando apareció Charlie McAllister, sudoroso y vestido con un chándal.
—Ya era hora —dijo Taylor—. ¿No se suponía que habíamos quedado a las ocho?
Charlie echó la cabeza hacia atrás y trató de tomar aire.
—Sí. Pero es que ya no corro tan deprisa como antes —se quitó el sudor del cuello y de los brazos—. Y tú que no corres para nada, ¿cómo haces para mantenerte así?
Taylor puso un pie en el banco y rotó el cuerpo, para quitarse la tensión de los hombros, mientras esperaba a que Charlie pudiera hablar.
La paciencia se le acabó pronto.
—¿Y bien?
Charlie se puso la pequeña toalla blanca con la que se estaba secando en el cuello y miró a Taylor.
—Nada —dijo.
—¿Nada? —Taylor no solía perder el tiempo repitiendo lo obvio, pero en esta ocasión no podía creer lo que oía.
Charlie se encogió de hombros.
—Nada que te sea de utilidad. Al parecer, Brooke Davenport adoptó a Justin de buena fe.
—¿De buena fe? —Taylor lo apuntó con el dedo—. ¿Con mi firma falsificada en esos papeles?
—Solo tenemos tu palabra para demostrar eso, Taylor. Y no me culpes a mí. Tú sabes perfectamente que estoy hablando como abogado y que, legalmente, es tu palabra contra la de ella. Es una estupenda falsificación que ni siquiera los expertos pueden diferenciar de una firma original.
—Pero es una falsificación —dijo Taylor con rabia.
—Pues vamos a tener que probar eso si queremos que un juez le quite a Justin la única familia que ha tenido desde su nacimiento —Charlie miró a Taylor directamente a los ojos—. Apartarlo de alguien que es, claramente, una buena madre.
—¿Qué has averiguado?
—No ha tenido problemas con la justicia, con la excepción de un par de multas de aparcamiento, no toma drogas, nada de alcohol, nada de noches locas.
—¿Novios?
Charlie negó con la cabeza.
—No. Se pasa todo el día con el niño, cuida su jardín y, por la noche, trabaja como enfermera, generalmente en casas particulares.
—¿Quién se queda con Justin?
—Una enfermera mayor, amiga de ella.
—¿Y qué me dices de esa mujer? —Taylor sabía que no tenía nada a lo que agarrarse, pero necesitaba encontrar algún punto débil en la armadura de Brooke Davenport—. ¿Alguna posibilidad de que esa mujer no sea adecuada?
Charlie sonrió.
—No, lo siento. Es una enfermera retirada que vive en casa de Brooke, a cambio de hacer de niñera de vez en cuando.
Taylor resopló frustrado.
—Dios santo, Charlie.
—Lo sé. Con toda la maldad que hay en este mundo, y hemos tenido que dar con un par de santas.
Taylor frunció el ceño.
—¿No tiene ningún novio? ¿Es que es horrorosa?
—¡Pues no! —se rio Charlie, como si se tratara de una broma—. Muy al contrario.
—Entonces, ¿por qué no hay hombres en su vida? Eso en sí mismo es algo extraño.
—No —dijo Charlie, claramente irritado—. Naturalmente, ha habido hombres. Estuvo comprometida hace un par de años con un tipo que no estaba de acuerdo con la adopción, así que la relación se estropeó.
—A pesar de todo…
—Y, por supuesto, hubo una problemática relación en su adolescencia… —Charlie se detuvo de golpe—. En cualquier caso, no hay nada. Es totalmente normal, aunque temporalmente en celibato. No es una santa, pero está cerca.
Taylor no estaba dispuesto a dejar escapar nada.
—¿Qué es eso de una «problemática relación en su adolescencia»?
Charlie frunció el ceño.
—Historia pasada. Es irrelevante —respondió, mientras fingía estar atándose la deportiva.
Taylor miró la rosada calva de Charlie con impaciencia.
—¿De qué lado estás? —su tono de voz se hizo duro. Aquello empezaba a desesperarlo.
Charlie apartó su atención de la zapatilla.
—Estoy de tu parte —le respondió, mirándolo con la misma intensidad y firmeza.
—Entonces, ¿por qué me estás ocultando información?
—No te estoy ocultando nada. Ese es un tema pasado, que ocurrió hace diez años. Cuanto Brooke Davenport tenía dieciséis años se quedó embarazada. El chico tenía solo dieciocho. Resultó ser un embarazo ectópico y la pobre muchacha casi se muere. Perdió el bebé, por supuesto, y los médicos lo hicieron tan mal que, probablemente, no podrá tener hijos propios.
Taylor pudo notar cierta pena en el tono de voz de Charlie, así como impaciencia, por haberlo obligado a sacar el tema. Pero, a pesar de que él mismo no pudo evitar cierta tristeza ante semejante historia, no podía perder de vista su objetivo.
—Siento mucho que no pueda tener niños, pero eso no le da derecho a robarle el niño a nadie.
Charlie lo miró con dureza.
—Ya está bien, Taylor…
Taylor ignoró por completo la peligrosa advertencia de su amigo.
—Podríamos usar esa información —dijo—. Quizás haya desarrollado algún tipo de obsesión. Quizá ser estéril le ha provocado una fijación con conseguir un bebé a costa de lo que sea. Si pudiéramos probar algo así.
—¡Cielo santo, Taylor! ¿Te estás oyendo a ti mismo?
—¿Qué? Solo trato de ser práctico…
Antes de que pudiera terminar su frase, un murmullo irrumpió en el parque.
Alguien se había hecho daño. Se dio la vuelta rápidamente y pudo ver al pequeño del columpio llorando de dolor. Taylor observó a la madre que lo tomaba en sus brazos. ¡Maldición! Él sabía que aquello iba a suceder. Debería haber advertido a la madre. Pero no tenía derecho a implicarse en algo que no era de su incumbencia.
Trató de controlar su sensación de impotencia, pero no podía dejar de pensar que en alguna parte de aquella ciudad el hijo de su hermano podía estar necesitándolo y Taylor tampoco tenía derecho a implicarse. El niño no era suyo.
Maldijo entre dientes y se volvió hacia Charlie.
—Voy a conseguirlo —dijo—. No me importa lo que tú pienses. Ese niño es mi sobrino, es sangre de mi sangre y se lo voy a quitar a esa mujer cueste lo que cueste.
Charlie lo sorprendió con una mirada de comprensión.
—De acuerdo, vamos a ver qué se puede hacer.
—Yo ya sé lo que se puede hacer —respondió Taylor—. Dame la dirección de esa mujer.
Charlie lo miró asustado.
—¿Para qué? Pensé que no querías que ella supiera que estábamos investigándola.
—Sigo sin querer —Taylor sacó un bolígrafo y un cuaderno—. Dame su dirección.
El abogado agarró el bolígrafo y el cuaderno.
—¿Qué vas a hacer? —escribió y se lo devolvió.
Taylor miró la hoja: 909 Parker Lane. Recordaría aquella dirección hasta el día de su muerte.
Volvió la cabeza y miró al pequeño que aún lloraba desconsolado en brazos de su madre.
—Te he hecho una pregunta —repitió Charlie—. ¿Qué vas a hacer?
—Haré lo que haga falta… Lo que haga falta.
Brooke se preguntó si sería el cansancio lo que le hacía percibir el teatro Eberson de un modo tan extraño.
Normalmente, a Brooke le encantaba aquel viejo y exótico cine que llevaba allí desde los años veinte. Las paredes del auditorio estaban cubiertas por falsas fachadas que le daban el aire de un patio mediterráneo, mientras el cielo estaba pintado de color violeta y tenía pequeñas lucecitas a modo de estrellas.
Pero aquella noche, mientras seguía a Clarke Westover a través de la sala, Brooke se sintió incómoda. Estaba repleta de ricos que, con aquel evento, querían recaudar dinero para restaurar el teatro.
En cualquier caso, el local estaba abarrotado y era agobiante. Ojalá Clarke hubiera accedido a verla en su oficina. De ese modo, todo habría acabado ya, mientras que así no había hecho sino empezar.
El presentador subió al escenario y anunció que la subasta estaba a punto de comenzar. Los invitados se dirigieron a sus sitios.
Brooke no era capaz de seguir a Clarke, que iba demasiado deprisa para ella. Sin aviso alguno, la habitación se oscureció de repente y Brooke pensó que se iba a desmayar.
—Clarke…
Se agarró a su mano para no perder el equilibrio, un momento de debilidad del que se arrepintió en el instante en que vio su sonrisa sorprendida que decía «eso era, exactamente, lo que quería de ti».
Después de mantener las distancias durante dos años, había cometido un error imperdonable, tal y como él había predicho que lo haría.
Pero su gesto no había tenido, en absoluto, la intención que él suponía.
Aquella mañana, cuando lo había llamado, se había preocupado por aclararle que solo quería tratar con él un asunto de negocios. Sin embargo, su insistencia en que asistiera con él a la subasta había sido la prueba de que se lo había tomado como algo personal.
¡En qué lío se había metido!
Trató de retirar la mano, pero él la tenía firmemente sujeta.
Cuando ya empezaba a sentir claustrofobia, Clarke encontró una mesa y la soltó.
Se sentó aliviada, aunque la silla de metal era desagradable.
Clarke pasó la mano por el respaldo y ella fingió no darse cuenta. Tenía que tratarlo con mucho tacto. Si hería su orgullo, tendría serios problemas. Pero, ¿qué tan alto sería el precio que tendría que pagar? ¿Se negaría a hablar con el señor Alston o iría aún más allá? Sabía que Alston, el millonario constructor cuyos negocios llevaba Clarke, tiempo atrás, había estado dispuesto a pagar mucho por el pequeño bungalow en el que vivía ella. ¿Podría Clarke aconsejarle para que se lo comprara?
—Setecientos a la una, setecientos a las dos, setecientos a la tres —el martillo golpeó la mesa—. Vendido al señor Westover, número veintitrés, por setecientos dólares.
Ella alzó la vista, atónita. No se había dado cuenta de que Clarke hubiera estado pujando. Ni siquiera se había enterado de que la subasta hubiera empezado. ¡Setecientos dólares! ¿Qué había comprado? Lo miró y vio en su rostro un gesto triunfal.
—Ese bastardo pesó que me lo iba a quitar —murmuró Clarke.
—¿Quién? —preguntó ella confusa—. ¿Qué era lo que te iba a quitar?
—El número tres cero cuatro —Clarke dirigió los ojos disimuladamente hacia la mesa de al lado. Había un hombre que conversaba distraídamente con una despampanante morena—. ¿Lo ves? Ese es Taylor Allen. Ese hombre es un necio. La botella de champán es buena, pero no vale tanto, al menos no más de seiscientos.
Brooke no sabía cuál de los dos hombres estaba demostrando ser más estúpido: Taylor «como se llame», por haber perdido la oportunidad de pagar más de la cuenta, o Clarke por haberlo hecho.
Taylor levantó la vista y vio a Clarke observándolo. Levantó su copa suavemente y sonrió. Clarke hizo el mismo gesto.
Brooke se preguntó si solo ella había visto el modo burlón de Taylor.
—¡Ujier! —dijo Clarke de repente—. ¡Quiero la botella ahora! —el hombre asintió y desapareció—. Un poco de champán para una noche importante.
—Clarke —Brooke sintió la urgente necesidad de aclarar la situación—. Clarke, espero que entiendas que lo único que quería pedirte…
—Shhh… —el presentador había empezado a vender el autógrafo de una celebridad. Clarke estaba, una vez más, concentrado en lo que sucedía en el escenario, aunque Brooke se dio cuenta de que controlaba, al mismo tiempo, si el tal Taylor quería o no el objeto.
Brooke le habría podido decir que no tenía de qué preocuparse, pues una morena estaba hablando con él y lo tenía muy entretenido. Brooke los observó un momento y no pudo evitar envidiar un poco a la mujer.
Era muy hermosa y, a juzgar por su vestido, no tenía problemas de dinero, tampoco tenía un niño enfermo. No. La morena no tenía en la cabeza más preocupación que la de si iba a conseguir o no un beso de Taylor. Pero, ni eso parecía cuestionable. El hombre le sonreía con coquetería. ¡Y qué sonrisa!
Durante unos segundos, algo intensamente femenino se movió dentro de Brooke, algo que no había sentido desde hacía muchísimo.
La sensación desapareció tan pronto como surgió. Brooke se sintió necia y dio un trago al champán de setecientos dólares que Clarke le había servido.
Bebió otra vez. ¡Qué deprimente! Una prueba de que estaba totalmente agotada era que, a pesar de aquella sonrisa y de lo que le había hecho sentir, lo que ansiaba era irse a casa y dormir.
¿Estaba acabada a sus veintiséis años? ¿Acaso los dos últimos años de continuas preocupaciones por las dolorosas operaciones que había tenido que sufrir su pequeño la habían dejado imposibilitada para disfrutar de la sonrisa de un hombre?
Por fin, cuando ya iban por la mitad de la segunda copa, acabó la subasta. Para entonces, ella apenas si sentía la lengua y temía no poder explicar lo que quería.
Cuando empezó a hablar, tuvo la sensación de que era otra persona la que hablaba.
—Los médicos me han dicho que necesitan hacerle un nuevo injerto de piel a Justin. Piensan que en las condiciones que está la dermis vieja, puede llegar a impedirle que utilice el brazo izquierdo —dijo con tanta firmeza que se sorprendió a sí misma—. Así que necesito más dinero y lo necesito ya.
La expresión de Clarke se endureció.
—¿Y la herencia de tu abuela? Dijiste que ibas a emplear eso en el niño.
—Ya se me ha gastado. Supongo que subestimé lo que costarían tantas operaciones.
Clarke irrumpió con una risa amarga.
—Ya te lo dije, ¿no? Tenía claro que no sabías en lo que te estabas metiendo.
—No, no lo sabía —admitió ella. No había querido escucharlo. Pero para ella un asunto de amor no tenía precio. Había rescatado a Justin, un huérfano en un peligroso país extranjero, con dos tíos dispuestos a venderlo al mejor postor y sin ningún interés en responsabilizarse de un pequeño asustado. ¿Qué importaba, ante algo así, cuánto fueran a costar los médicos?—. En cualquier caso, mi casa es lo único que me queda.
Clarke alzó las cejas.
—Es muy pequeña. ¿Lo que vale te sería suficiente para pagar la operación?
—No —respondió ella—. Por eso quería hablar contigo. Richard Alston me ofreció hace tiempo pagar hasta tres veces su precio.
Clarke asintió.
—Sí, pero le dijiste que no, y es un hombre al que no le gusta que lo rechacen. No está acostumbrado a que nadie lo haga.
Ella respiró profundamente y trató de sonar dulce.
—Lo sé. Por eso te quería pedir a ti que intercedieras por mí, para que me diera lo suficiente para poder cubrir los gastos —ella se dio cuenta de que el rostro de Clarke se había transformado. Estaba furioso. A pesar de todo, ella continuó—. Quizá pudieras beneficiarte de esto tú también, haciéndole pensar que eres el que lo ha hecho posible.
—¡Espera un momento! —la interrumpió él—. ¿Me estás diciendo que la cita de hoy es, de verdad, una cita de negocios?
Su rostro se había congestionado y estaba hablando más alto de lo que debía. Las personas de las mesas de alrededor los miraban de reojo.
Brooke se sintió repentinamente aliviada de no haberse casado con aquel hombre. Debía de haber estado loca solo por considerarlo.
—Ya te dije que era solo una cita de negocios. Quería verte en tu oficina.
—Yo no tenía tiempo de verte en mi oficina —dijo Clarke cada vez más furioso. Soy un hombre muy ocupado.
—Lo sé —dijo ella—. Y me alegro mucho de que me hayas dado la oportunidad de compartir contigo esta encantadora velada…
Trataba de ser complaciente, sabiendo que todo aquello lo hacía por Justin.
A pesar de todo, Clarke seguía furioso. Se bebió el champán de un sorbo y comenzó a dar pequeños golpecitos con los dedos en la mesa, mientras miraba a los asistentes y evitaba mirarla a ella.
—Bueno, ¿qué me dices? —Brooke empezaba a cansarse de su indignante petulancia. Sabía que la pregunta era suicida, pero el champán le daba una resolución de la que habría carecido en otro momento—. ¿Piensas que el señor Alston estaría interesado? Realmente necesito vender la casa.
Clarke giró la silla.
—¡Jennifer! —gritó realmente sorprendido—. Mira. Es Jennifer Hanlon.
Se levantó, excusándose con un leve movimiento de mano con intencionada descortesía y se abrió paso a través de la multitud, hacia la adorable rubia que estaba al otro lado de la sala.
