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Mientras luchaban por proteger el club de juego de los rumores, se convirtieron en el blanco de todos ellos. Eliot Fitzharding, duque de Guilford, siempre había acudido a Penny House a disfrutar de los juegos de azar, pero últimamente se había dado cuenta de que se le aceleraba el corazón no cuando daba la vuelta a una carta, sino cuando se encontraba con Amariah Penny, la encantadora propietaria del club. Amariah, una inteligente y bella pelirroja, también disfrutaba enormemente de la compañía de Guilford… quizá demasiado. ¡Ojalá no fuera tan atractivo! De pronto alguien empezó a acusar a Penny House de dar refugio a un tramposo y amenazó con vengarse si no lo expulsaban. Y Guilford no dudó en acudir en su ayuda...
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Seitenzahl: 327
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2006 Miranda Jarrett
© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amenaza misteriosa , HI 384 - agosto 2024
Título original:The Duke's Gamble
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788410741805
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Penny House
St. James Square, Londres 1805
La experiencia había llevado a Eliot Fitzharding, Su Excelencia el duque de Guilford, a la conclusión de que una de las pocas cosas que podían convertir a una mujer sensata en una completa estúpida era una boda, y cuanto más cercana fuera la relación que unía a esa mujer con la novia, mayor era la intensidad de su estupidez.
Eso no significaba que Su Excelencia no disfrutara observando dicha estupidez tanto como los demás caballeros lo hacían viendo una buena pelea en el cuadrilátero. Como soltero empedernido que era, Guilford tenía la suerte de poder observar el espectáculo que rodeaba a cualquier boda desde la posición de espectador: sin ningún tipo de implicación emocional ni económica y sin más propósito que el de divertirse.
Ése era el motivo por el que se encontraba sentado en el salón de Penny House aquella tarde, disfrutando de un magnífico coñac y de la tranquilidad que había sucedido a la tormenta que había sido la boda que se había celebrado allí ese mismo día. No le importaba lo más mínimo estar solo en el salón. El resto de las noches, Penny House era como cualquier otro salón de juegos de Londres donde las bravuconadas masculinas se templaban con la desesperación de aquéllos que habían perdido jugando. Guilford nunca había visto Penny House tan tranquila como estaba en aquel momento, y lo cierto era que le gustaba. El resto de los invitados se habían marchado hacía ya tiempo y los sirvientes parecían haberse ido a descansar también. Las flores de invernadero habían empezado a mustiarse en los jarrones, en la chimenea ya no quedaban más que algunas ascuas y mucha ceniza, incluso muchas de velas de los candelabros se habían consumido del todo, dejando en penumbra la enorme y elegante habitación.
Tales circunstancias habrían bastado para que cualquier caballero se despidiera y se marchara a casa como habían hecho todos los demás. Pero Guilford nunca había sido como los demás caballeros, para constante desgracia de su difunta madre. Así que, en lugar de marcharse, Guilford estiró las piernas y se puso aún más cómodo en el sillón. ¿Por qué habría de marcharse sabiendo que aún estaba por llegar lo mejor de la noche?
Una sirvienta entró en la habitación bostezando y empezó a apagar las pocas velas que todavía lucían, no vio a Guilford hasta que hubo apagado al menos tres.
—¡Excelencia! —gritó de pronto con voz aguda—. Excelencia, qué susto me ha dado.
—Perdona, preciosa —respondió él con una sonrisa que, incluso en las sombras, hizo sonrojar a la muchacha.
Por supuesto, ella lo había reconocido; no sólo era un lord, además era socio fundador del club, cosa que había hecho por curiosidad más que por ninguna otra cosa, y ahora formaba parte de la junta de miembros. También se había ganado un trato de favor con las cuantiosas apuestas que de vez en cuando hacía durante las partidas de naipes con la mayor alegría, seguramente sólo por resultar simpático.
—Soy… soy yo la que debería pedir disculpas, Excelencia —dijo la muchacha tartamudeando—. ¡De verdad, Excelencia!
—En absoluto —Guilford levantó su copa a modo de disculpa—. No pretendía asustarla.
De pronto la muchacha se acordó de hacer lo que debería haber hecho nada más verlo.
—¿Quiere que le traiga algo, Excelencia? Ya están terminando de limpiar la cocina, pero si quiere algo, estoy segura de que la señora Todd…
—No así la señorita Bethany —replicó él con su dramático suspiro.
Bethany Penny era una de las tres hermanas propietarias de Penny House, la encargada de supervisar la cocina, la que podría competir con los cocineros franceses del mismísimo rey por su delicado uso de las especias y su talento con la repostería. Por supuesto, la cocina formaba parte de las competencias naturales de una mujer, pero era algo que la hermana mayor de Bethany parecía incapaz de comprender.
—¿Cómo voy a vivir sin el ganso asado y las ostras de la señorita Bethany?
La sirvienta lo miró sin comprender.
—La señorita Bethany volverá pronto con nosotros. Sólo estará fuera un tiempo, durante su viaje de bodas con el comandante.
—Ah, el comandante —dijo Guilford con pesar y después tomó un trago de coñac para endulzar la melancolía.
Por muchas promesas que hubiera hecho, Bethany Penny no tardaría en convertirse en una esposa como todas las demás, obsesionada con su flamante esposo y con que su vientre se abultara lo antes posible para poder darle un pequeño malcriado. Y entonces ya no quedaría nada, ¡nada! de la vieja Bethany.
—Apenas lo conozco —continuo diciendo Guilford—, pero estoy seguro de que no aprecia la gran cocinera que se ha llevado.
—Disculpe mi atrevimiento, Excelencia —dijo la muchacha—, pero el comandante lord Callaway es un caballero excelente y ama con locura a la señorita Bethany. Hoy no había más que mirarlo a los ojos para darse cuenta de cuánto la ama.
—Ese amor nunca podrá superar la dulzura de su sopa de tortuga —opinó con tristeza. Apreciaba la lealtad de la sirvienta hacia su señora, aunque estuviera empañada de empalagoso sentimentalismo—. En cualquier caso, gracias, querida, no necesito nada. Puedes irte a terminar tus tareas.
—Como guste, Excelencia —hizo una ligera e insegura reverencia y continuó apagando las velas.
Cuando hubo terminado, salió de la habitación y cerró la puerta con mucho cuidado, dejándolo sin más luz que el fuego mortecino. En algún lugar de la casa, se oyeron las campanadas de un reloj que retumbaron en la escalera. Guilford sonrió. Quizá se hubieran apagado las luces, pero desde luego el escenario estaba preparado.
Y justo en ese momento, salió a escena la gran dama de Penny House.
En el umbral de las puertas del salón apareció la silueta de una mujer iluminada por la luz de la habitación contigua.
Sólo por la forma de aquella silueta, Guilford habría sabido que era ella. La altura, la suave melena recogida en lo alto de la cabeza y coronada con una pluma blanca, el porte elegante: sólo podía ser Amariah Penny, nada más.
—Excelencia —dijo con voz suave pero firme y sin abandonar su papel de gran dama de Penny House, ni siquiera a aquellas horas y después de un día como el que ahora llegaba a su fin—. ¿Puedo preguntarle si ocurre algo? ¿Hay algún problema?
—Claro que puede preguntarlo, señorita Penny —respondió él, sonriendo a pesar de que sospechaba que ella no podía verlo—. Y yo le contestaré. No ocurre nada, ni hay ningún problema, sobre todo ahora que está usted aquí para cuidarme.
Como de costumbre, Amariah hizo caso omiso al cumplido.
—¿Puedo entonces preguntarle a Su Excelencia por qué se esconde en la oscuridad y asusta al servicio?
—No estoy escondido —respondió él—. Es sólo que llevo tanto tiempo aquí sentado que me ha tragado la oscuridad.
La señorita Penny se aclaró la garganta, quizá para no mostrar su incredulidad.
—Entonces quizá sea por eso por lo que no se ha dado cuenta de que todo el mundo se ha marchado ya, Excelencia. ¿Quiere que haga venir su coche?
La sonrisa de Guilford aumentó mientras movía suavemente su copa de coñac. La señorita Penny seguía llevando el vestido de gasa que se había puesto para la boda. Seguramente no imaginaba que la luz que la iluminaba por detrás permitía que Guilford tuviera una magnífica perspectiva de sus piernas, que se transparentaban a través de la fina tela.
—Se ha ido todo el mundo excepto usted, señorita Penny —dijo él—. Y yo. ¿Cómo podría cometer la grosería de marcharme y dejarla sola en tales circunstancia?
—Todos los miembros del servicio están muy cansados, Excelencia —explicó ella—. Y a mí me gustaría cerrar la casa ya.
—Entonces ciérrela y mande a dormir al servicio —Guilford estiró el brazo para acercar otro sillón al suyo—. Usted también debe de estar cansada. Venga y siéntese, hágame compañía.
La señorita Penny reveló el cansancio que sentía con un suspiro, pero era demasiado testaruda como para admitirlo.
—Sabe que no puedo hacer eso, Excelencia. Esto es un club privado para caballeros, no un lugar en el que tener citas.
—Pero yo hoy no estoy aquí como miembro del club, sino como invitado de la boda de su hermana —argumentó Guilford.
Ella bajó la cabeza con evidente perplejidad y no contestó. No podía culparla, a pesar de que era ella la que veía el problema. Lo cierto era que sus hermanas vivían en el piso superior de la casa, pues habían unido su vivienda con su lugar de trabajo igual que lo hacían los carniceros que vivían encima de sus tiendas. La diferencia era que la tienda de las Penny era una magnífica casa de la calle St. James y sus clientes eran un selecto grupo de caballeros que se gastaban cuantiosas sumas de dinero divirtiéndose allí.
La siempre ambiciosa Amariah Penny había complicado las cosas un poco más al invitar a dichos miembros a la boda de su hermana, juntándolos así con los viejos amigos de la familia. Guilford estaba seguro de que lo había hecho únicamente para estrechar lazos con aquéllos que contribuían a hacer de Penny House el club selecto que era. Así era como parecía trabajar aquella mente tan poco propia de una dama, siempre buscando la manera de mejorar el negocio y aumentar sus beneficios. Pero ahora tendría que afrontar las consecuencias.
—Puede admitir que está cansada, ya sabe —dijo él dando unas palmaditas en el asiento del sillón que le estaba ofreciendo—. Como lo haría cualquier otra mujer.
Ella levantó la cabeza y en su rostro ya no había ni rastro de cansancio.
—Pero yo no soy como cualquier otra mujer, Excelencia. Haré que traigan su coche…
—¿Sabe que hay una apuesta en White's que asegura que usted será la única hermana que no se casará? —preguntó él con fingido desinterés—. No porque carezca de belleza o elegancia, cosa que evidentemente no ocurre, sino porque está demasiado comprometida con este club y ningún hombre querría ser el segundo en su lista de intereses.
—Le recuerdo, Excelencia, cuando mi hermana ha lanzado el ramo hoy, he sido yo la que ha elegido no agarrarlo.
—Me he dado cuenta. Todo el mundo lo ha hecho —añadió irónicamente—. De hecho, se ha quedado lo más lejos posible del resto de las señoritas que competían por el premio y ha mantenido las manos unidas en la espalda como si alguien se las hubiera esposado.
—¿Y qué hay de malo en eso, Excelencia? —preguntó con fastidioso fervor misionario—. Prácticamente todos los beneficios que obtenemos del club mis hermanas y yo van directamente a obras de caridad. Ése era el deseo de mi difunto padre y yo tengo intención de cumplirlo siempre. Cada vez que ustedes los caballeros juegan una partida en nuestro club, están ayudando a proporcionar comida, ropa y hogar a los pobres, cosa que jamás harían personalmente.
—No —respondió Guilford secamente, pues no sentía el menor interés por los pobres ni por sus condiciones de vida—. Yo jamás lo haría.
—Ahí lo tiene —dijo ella, como si eso fuese explicación suficiente, pero no era así. Bien era cierto que era hija de un clérigo, pero, en opinión de Guilford, tenía un alma tan mercenaria como la de cualquiera—. ¿Por qué habría de casarme para hacer feliz a un hombre cuando estando aquí puedo ayudar a muchos otros?
—Porque usted es una mujer —respondió Guilford con una explicación que consideraba sencillamente perfecta—. Por mucho que lo desee, señorita Penny, no puede hacerlo todo sola y, sobre todo, no puede salvar el mundo. Ni siquiera puede salvar a los más pobres de Londres. Por supuesto que la caridad es un pasatiempo digno de admiración para una dama, pero lo primero sin duda ha de ser el hogar, el marido y los hijos. Lo lleva en la sangre y ni siquiera usted puede negar su naturaleza, señorita Penny.
—¿Eso también es parte de esa subasta, Excelencia? —preguntó con desconfianza—. ¿Creen que soy… antinatural?
—No exactamente —ahora que se había acostumbrado a la oscuridad, podía verla perfectamente, aunque seguía sin saber si estaba enfadada o si, por el contrario, la conversación le hacía gracia. Aunque eso no cambiaba en nada las cosas—. Creo que la palabra que se utilizó fue «virago».
La señorita Penny abrió la boca y los ojos de par en par y Guilford comprobó con satisfacción que por fin la había hecho entender.
—¿Se atrevieron a llamarme virago? —repitió con incredulidad—. ¿Creen que soy varonil?
Entró en la habitación y fue directa a él. Guilford podía sentir su ira como una fuerza que se imponía en la oscuridad, sus ojos azules abiertos de par en par y con aquella mirada intensa, los labios apretados con furiosa determinación. Hacía casi un año que la conocía, desde que había aparecido en Londres para abrir Penny House sin que nadie supiera decir de dónde, y aquélla era la primera vez que veía perder la compostura a la siempre correcta y competente señorita Penny. Era aún mejor de lo que había imaginado.
—¡Virago, Excelencia! —exclamó de nuevo, como si no se cansara de repetir aquella odiosa palabra—. ¿Qué… qué estúpido se ha atrevido a llamarme así?
—¿Cómo demonios iba yo a saberlo? —aunque la había invitado a sentarse, no parecía tener intención de hacerlo, por lo que Guilford pensó que era mejor ponerse en pie él también—. Yo no lo sé todo —aseguró mirándola ahora desde arriba.
—Ah, sí, claro que lo sabe —dijo ella rápidamente—. Si no todo, desde luego sí que sabrá eso.
Claro que sabía el nombre del estúpido que le había dado tal apodo en el libro de apuestas de White: lo sabía porque el nombre de ese estúpido era precisamente el suyo.
—Admito que soy enormemente sabio e ingenioso, pero no tengo el don de la omnipresencia.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho y levantó bien la cabeza, así consiguió dar la impresión de seguir mirándolo por encima del hombro a pesar de la diferencia de altura que había entre ellos. A Guilford le gustaba que no tuviera ese aspecto conejil que tenían la mayoría de las mujeres pelirrojas.
—Excelencia, a usted nadie lo ha llamado nunca virago.
—Ni lo hará nunca —replicó él—. Teniendo en cuenta de que una virago tiene que ser por definición una mujer.
—Una mujer solterona —matizó ella con indignación—. Debería tirarme al río y librar al mundo de un ser tan lastimoso.
Guilford se rió suavemente.
—Vamos, no es tan vieja como para optar por un remedio tan drástico y cruel.
—¿No? —dio un paso hacia él, algo que jamás habría hecho en otras circunstancias—. Tengo veintiséis años, Excelencia.
—Felicidades —Guilford ya sabía que hacía tiempo que había entrado en esa edad en que las mujeres se volvían aún más interesantes. Hacía ya mucho que la inocencia no le resultaba atractiva, y ése era uno de los motivos por los que se sentía fascinado por Amariah Penny—. Pero me temo que yo gano, señorita Penny. Tengo veintinueve.
—¿Y qué más da? —preguntó con actitud burlona, al tiempo que se pasaba la mano por el cabello—. Nadie dice que usted haya fracasado por elegir una vida sin matrimonio ni hijos.
—En realidad me lo dicen a menudo —aseguró él, recordando lo nerviosos que se ponían algunos miembros de su familia porque su título aún no tuviera heredero—. Se supone que la vida de casado y los hijos son muy buenos también para los caballeros.
—Pero por motivos diferentes —seguía mirándolo con recelo—. No alcanzo a comprender por qué me está confiando todo esto, Excelencia.
—Para demostrarte que tenemos más cosas en común de lo que imaginas —¿tendría la menor idea de lo increíblemente seductora que le resultaba esa idea en aquel momento? Quizá había sido injusto con ella; quizá estuviera más dispuesta de lo que todo el mundo creía—. Así es, querida.
—Lo dudo mucho, Excelencia —dijo esbozando una sonrisa de triunfo, un triunfo que no merecía—. Usted nació con un título y una enorme fortuna, mientras que yo vine al mundo como hija del ministro de un pequeño pueblo. Eso deja poco margen para que haya algo en común entre nosotros.
—Más que suficiente —aprovechó el momento y la íntima penumbra para acercarse a ella un poco más—. Mucho más que suficiente.
Pero en lugar de echarse a reír como él había esperado, la señorita Penny volvió a cruzar los brazos sobre el pecho, levantando una barrera entre ellos.
—Tengo la sensación de que no está siendo totalmente sincero conmigo, Excelencia.
No se equivocaba. Claro que no estaba siendo sincero con ella. La apuesta de White's sobre el posible matrimonio de la deliciosamente intocable señorita Penny no había sido más que el principio. Guilford había hecho otra apuesta más privada con uno de sus amigos y el desafío era mayor, mucho mayor: habían apostado que ningún hombre podría seducirla.
Y Guilford no sólo tenía intención de ganar la apuesta, también se había propuesto conseguir que la bella virago le diera la bienvenida en su cama.
—Yo creo que usted tampoco ha sido completamente sincera conmigo, señorita Penny —dijo bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro que solía hacer estremecer a las damas—. Lo cual significa que tenemos algo más en común, ¿no le parece?
Ella frunció el ceño.
—Excelencia, no creo que…
—Sss —susurró él mientras con la maestría que daba la práctica le tomaba una mano entre las suyas—. Piense en las similitudes, no en las diferencias.
—Lo que estoy pensando, Excelencia, es que no sé cuánto tiempo voy a aguantar estas tonterías antes de llamar a los guardias de la casa —replicó retirando la mano como si acabara de quemarse—. Me parece que no los conoce; son altos, fuertes y les preocupa mucho mi bienestar. Estoy segura de que para ellos será un honor acompañarlo hasta la puerta.
Pero Guilford no se dejó intimidar, estaba demasiado concentrado en mostrarle la más encantadora sonrisa.
—Nada de eso es necesario entre amigos, señorita Penny.
Ella respondió con otra sonrisa, pero la suya era pura profesionalidad.
—En eso se equivoca, Excelencia. Yo soy la propietaria de esta casa, mientras que usted es uno de los miembros de honor del club. La cordialidad no es amistad y así será siempre entre nosotros.
Guilford hizo un dramático gesto de dolor llevándose la mano al corazón.
—¿Cómo puedo aceptar tal crueldad?
—Como miembro del comité del club, debería recordar las reglas de comportamiento que usted mismo ayudó a redactar y aprobó, unas reglas cuyo incumplimiento supone la expulsión inmediata del club. ¡Y no sabe cuánto odiaría perderlo de esa forma, Excelencia!
Guilford se retiró la mano del pecho y se alisó la chaqueta, como si ésa hubiera sido su intención en todo momento.
—Ay, señorita Penny, usted no me haría eso, ¿verdad?
—Si me conociera tan bien como afirma conocerme, sabría que eso es exactamente lo que haré si usted se empeña en comprometerme a mí o a cualquiera de los que trabajan para mí, o incluso al club —Amariah sonrió con tranquilidad antes de añadir—. Y ahora, Excelencia, si me disculpa, me encargaré de que traigan su coche.
Guilford la vio alejarse y siguió el movimiento de la pluma que adornaba su cabeza con cada paso. Quizá hubiera ganado, pero aquello no era más que la primera escaramuza. Volvería. No importaba lo que sintiese hacia él en aquel momento, Guilford seguía teniendo la intención de ganar esa condenada apuesta.
—Disculpe, señorita Penny, ¿está segura de que estará bien aquí sola toda la noche? —Pratt, el encargado de Penny House, parecía reacio a marcharse. Bajo su anticuada peluca, su rostro delgado mostraba su preocupación al mirar a Amariah—. Si lo desea, puedo pedirle a una de las doncellas que se quede con usted.
A pesar de lo cansada que estaba, Amariah sonrió.
—Gracias, Pratt, pero estaré bien sola.
—Pero, señorita Penny, si…
—Ya te he dicho que estaré bien, Pratt —insistió ella—. Te necesito más como encargado del club que como protector.
—Muy bien, señorita —dijo Pratt con resignación y, al inclinar la cabeza, de su peluca salió una pequeña nube de polvo blanco—. Buenas noches.
—Buenas noches, Pratt —respondió ella suavemente. Por muy protector que se pusiera, Amariah tenía mucho cariño a aquel hombre, sin el cual no habría podido conseguir que Penny House tuviera el éxito que tenía—. Y gracias otra vez por todo lo que has hecho hoy durante la boda de la señorita Bethany… bueno, más bien con la de lady Callaway. Dios, creo que me va a costar acostumbrarme a llamarla así.
Se echó a reír con cierto arrepentimiento. Sin duda iba a resultarle difícil cambiarle el nombre a su hermana, pues aún no se había acostumbrado a llamar señora Blackley a su hermana más pequeña en lugar de Cassia, y eso que ya llevaba meses casada con Richard. Para Amariah siempre serían sus dos hermanitas pequeñas Bethany y Cassia, que recurrían a ella como lo habían hecho siempre desde la muerte de su madre hacía casi veinte años.
—Se acostumbrará, señorita —aseguró Pratt amablemente—. Buenas noches.
Cerró la puerta suavemente y, por primera vez en aquel larguísimo día, Amariah se encontró sola. Por fin se permitió sentir el cansancio y, con un enorme bostezo, se dejó caer en la silla frente al escritorio. Se echó por los hombros una mantilla que tenía en el respaldo, se quitó los zapatos y todas las horquillas que le sujetaban la pluma y el moño con el que se había recogido el pelo, que ahora le caía libremente sobre la espalda. Se sirvió una taza de té bien caliente de la tetera que le había llevado Pratt y se dispuso a atender la pila de cartas sin abrir y de facturas a las que debía contestar. Aunque el club no había abierto en los dos últimos días con motivo de la boda, el trabajo que implicaba dirigirlo no parecía detenerse jamás.
Dividió rápidamente las cartas en categorías según su importancia. Aunque la correspondencia de la parroquia no tenía nada que ver con la de Penny House, ayudar a su padre en aquellos menesteres le había dado una preparación de la que carecían muchas mujeres de su condición social. Su habilidad para llevar la contabilidad era una de las cosas, junto al talento de Bethany en la cocina, que había hecho famoso el club, también había ayudado la buena vista de Cassia para encontrar auténticas maravillas en las tiendas de cosas de segunda mano. Gracias a ella habían convertido la pocilga que habían heredado en la casa de juego más elegante de Londres. Lo mejor de todo ello era la cantidad de dinero que reunían todos los días para obras benéficas, Justo lo que había querido hacer su padre. Al frente de Penny House Amariah se sentía como ese pillo de Robin Hood, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres.
Amariah sonrió mientras sumergía la pluma en el tintero, estaba recordando cómo tres hermanas de un pequeño pueblo habían demostrado que los que dudaban de ellas se equivocaban. Pero ahora el matrimonio había reducido el número de señoritas Penny a una sola, por lo que el trabajo interminable que ocasionaba el club quedaba en sus manos. Así que la esperaban muchas noches como aquélla en las que tendría que trabajar hasta tarde para luego comenzar muy temprano de nuevo al día siguiente. Con ese pensamiento en la cabeza, rompió el lacre del siguiente sobre.
Pero cuanto más intentaba concentrarse en el papel que tenía delante, más difícil le resultaba controlar sus pensamientos, que parecían empeñados en seguir otro camino.
Un camino que la llevó directamente a la encantadora sonrisa de Su Excelencia el duque de Guilford.
Dejó la pluma en la mesa y gruñó. El duque no era el primer caballero del club que había tratado de acercarse de ese modo a ella o a sus hermanas, y probablemente tampoco sería el último; cosa lógica, teniendo en cuenta que el club lo integraban caballeros de buena cuna acostumbrados a conseguir todo lo que deseasen.
Guilford, sin embargo, la había pillado por sorpresa. Por supuesto que era un hombre de mundo con el ingenio suficiente para aquel juego insinuante, pero hasta aquella noche siempre había tenido mucho cuidado en no utilizar con ella sus dotes de seducción. Le había gastado bromas o le había dicho algún piropo, pero nada más. El respeto que había mostrado hacia ella y hacia el papel que desempeñaba en Penny House había hecho que Guilford fuera uno de sus preferidos. Amariah había creído que comprendía que para la buena marcha del club, era fundamental que ella mantuviera su honor. En una ocasión incluso, había acudido en defensa de Cassia cuando un cliente la había acosado con insinuaciones.
Ahora todo había cambiado. Por supuesto que Amariah intentaría concederle el beneficio de la duda y fingir que el coñac había sido el único culpable de su comportamiento, pero sabía perfectamente el aspecto que tenía un hombre borracho y no era así como había visto a Guilford. Se había comportado del modo que lo había hecho simplemente porque había querido, porque había creído que conseguiría su propósito. Por eso Amariah no podría volver a sentirse cómoda con él.
Se levantó de la silla con un incómodo sentimiento de frustración y se acercó a la ventana con los pies descalzos. Retiró la cortina de damasco para mirar, por encima del pequeño patio trasero, los tejados de pizarra y las chimeneas de Londres. Aunque las estrellas seguían brillando en algunos puntos, el cielo había comenzado a aclarar con la luz del amanecer. Por toda la ciudad habría gente comenzando su jornada laboral: panaderos, ordeñadores, pescaderos, mozos de establo, fregonas… y sin embargo, con la mirada clavada en aquellos tejados, Amariah tenía la sensación de ser la única despierta en toda la ciudad.
«Señorita Penny, no puede hacerlo todo sola».
¿Por qué la habría esperado en la oscuridad y había convertido su salón en una guarida de seducción? ¿Cómo había descubierto el modo perfecto de alterar su compostura con esa tontería de llamarla virago? Le había sonreído, mostrándole ese hoyito que se le formaba en la mejilla y dejando que el cabello le cayera lánguidamente sobre la frente, su voz profunda era ideal para compartir secretos y volver loca a cualquier mujer.
¿Era por eso por lo que prácticamente se había echado a temblar cuando le había tomado la mano, había estado a punto de olvidar todo aquello por lo que había trabajado tanto y había sentido el impulso de cambiarlo todo por lo que el duque de Guilford pudiera ofrecerle a la tenue luz de un fuego mortecino?
Apoyó las manos en el frío cristal y agachó la cabeza. Estaba tan cansada, que le dolían hasta los huesos. Sin duda era eso lo que hacía que pensara aquellas cosas, que tuviera deseos imposibles por un caballero al que jamás podría tener; era el cansancio, nada más.
«Por mucho que lo desee, no puede hacerlo todo sola…»
—Ésa es la que quiero —dijo Guilford dando un golpecito en el mostrador de la joyería—. Es perfecta.
—Excelencia, usted sabe muy bien lo que hace feliz a una dama —aseguró el señor Robitaille pasando la mano suavemente por encima de la pulsera de rubíes.
Siendo uno de los joyeros más populares y caros de Londres, el viejo Robitaille también sabía algo de lo que hacía felices a las mujeres. La pulsera era una bonita alhaja: rubíes engarzados en forma de flores rojas cuyo centro eran unas pequeñas perlas. Justo lo que Guilford necesitaba para ganarse un lugar en el corazón de la bella Amariah Penny. Según su experiencia, las joyas nunca fallaban.
—Cualquier cosa de esta tienda haría feliz a una mujer, Robitaille —afirmó Guilford alegremente—. Pero, como usted sabe tan bien como yo, ¿a qué mujer no le gustan los rubíes?
Robitaille se echó a reír.
—Exactamente, Excelencia. ¿Quiere que se la enviemos a la señorita Danton, como de costumbre?
—Me temo que no —Guilford frunció el ceño, tratando de parecer serio mientras suspiraba profundamente—. Es una historia terrible, Robitaille. Charlotte Danton me ha dejado por otro.
—¡No me diga, Excelencia! —exclamó el joyero, escandalizado con la noticia—. ¡No puedo creerlo!
—Pues es cierto —aseguró Guilford con otro suspiro.
La verdad era que él se había cansado de Charlotte en el preciso instante en que ella se había aburrido de él, pero como ella había sido la primera en abandonar el barco, Guilford creía haber quedado libre de cualquier obligación, ya fuera del corazón o del bolsillo. No era de extrañar entonces que hubiera aceptado aquella apuesta sobre Amariah Penny en busca de un nuevo entretenimiento.
—Siento mucho su pérdida, Excelencia —Robitaille agachó la cabeza con el respeto y el pesar de un plañidero contratado para un funeral. De pronto, miró la pulsera que aún tenía en la mano—. ¿Me permite preguntarle adónde debo enviar la pulsera entonces?
—A Penny House, en St. James —Guilford sonrió, contento de haber acabado con las condolencias—. A la señorita Amariah Penny.
—¿A la señorita Penny, Excelencia? —Robitaille había quedado sencillamente boquiabierto por la sorpresa—. ¡Ay, Excelencia, usted me maravilla!
Su sorpresa era tan evidente, que Guilford no pudo por menos que echarse a reír.
—¿Acaso cree que no me merece, Robitaille, o que no la merezco yo a ella?
—Ninguna de las dos cosas, Excelencia —se apresuró a decir el joyero—. Ni mucho menos.
—Es la hija de un viejo párroco, tiene el pelo pelirrojo y es lo bastante inteligente como para mantenerse a sí misma sin problemas —dijo Guilford mientras recordaba con una sonrisa lo enfadada que se había mostrado hacia él la noche anterior—. Todo ello supone un buen cambio respecto a mis habituales acompañantes.
El joyero dejó la pulsera de nuevo sobre el expositor de seda.
—No aceptará la pulsera, Excelencia —presagió con firmeza—. Ni la señorita Penny, ni tampoco sus hermanas. No aceptarán ningún regalo procedente de esta tienda, pues afirman que su condición no les permite hacerlo.
—Eso es una tontería, Robitaille —se mofó Guilford—. He visto cómo se arregla todas las noches para trabajar en el club, deslumbrante como una reina. No creo que los diamantes y los zafiros que luce fueran regalos de su papá.
Robitaille resopló, desdeñoso.
—No es sino bisutería, Excelencia. Yo mismo la he visto de lejos. Son baratijas de buena calidad, de París, pero baratijas al fin y al cabo.
Guilford frunció el ceño, no quería aceptarlo. Baratijas o joyas, para él tenían el mismo aspecto, sin embargo creía firmemente en el valor de la calidad y en que había que pagar por ello.
—¿Y por qué iba a usar baratijas teniendo dinero para joyas de verdad?
—Por caridad, Excelencia —respondió Robitaille con trágica resignación—. No quiere nada para ella misma, igual que sus hermanas. Ni siquiera recuerdo cuántos regalos he enviado a las damas de Penny House, pero sé que todos ellos fueron rechazados.
—Pero ninguno de ellos iba de mi parte —señaló Guilford, sin dejar que su confianza se viera alterada—. La señorita Penny y yo nos llevamos de maravilla. Ya verá como esta pulsera no es rechazada.
El joyero no parecía dejarse convencer.
—Como usted diga, Excelencia —respondió con actitud servil—. Gracias por su compra, Excelencia. Haré que se la envíen ahora mismo.
—Muy bien —y al tiempo que se daba media vuelta, Guilford se dio cuenta de que había realizado otra apuesta, esa vez con Robitaille: había apostado a que aquella pulsera sería el primer regalo que la bella Amariah Penny aceptaría y luciría en su pálida muñeca.
Fue el ruido de los platos sobre la bandeja del desayuno lo que despertó a Amariah, un ruido al que siguió el sonido de la voz susurrante de su doncella Deborah.
—Buenos días, señorita Penny —dijo Deborah al tiempo que depositaba la bandeja sobre la mesa que había a los pies de la cama—. ¿Señorita? ¿Está usted despierta, señorita Penny?
Amariah se dio media vuelta y se apartó el pelo de la cara para ver el reloj que había en la mesilla de noche. Tenía la sensación de acabar de acostarse y estaba tan cansada como si no hubiera pegado ojo. Seguramente Deborah la había despertado demasiado pronto, no podía ser ya la hora de levantarse.
—¿Qué hora es? —preguntó con la voz áspera por el sueño.
—Las doce y media, señorita —respondió la doncella excusándose—. Sé que debe de estar muy cansada después de la boda de ayer, pero el señor Pratt dijo que usted lo mataría si la dejaba dormir más.
—Pratt tiene razón —Amariah siguió tumbada unos segundos más. Ya era hora de levantarse; normalmente se despertaba a las once de la mañana, así que ya había perdido hora y media de trabajo, un tiempo que nunca podría recuperar—. Lo mataría.
Por fin reunió fuerzas para incorporarse mientras Deborah abría las cortinas y dejaba que la luz del mediodía inundara la habitación. Amariah lanzó un gruñido y volvió a dejarse caer sobre la almohada.
—Lo siento, señorita, pero el señor Pratt dice que es la única manera de…
—Ya sé qué es lo que dice el señor Pratt —dijo Amariah preparándose para un nuevo intento—. Pero saber que tiene razón no hace que sea más agradable.
—Perdone que sea tan directa, señorita, pero verá como todo le resulta más agradable después de una buena taza de té —aseguró Deborah al tiempo que le servía el humeante líquido en una taza de porcelana a la que después le añadió azúcar y limón.
—Gracias, Deborah —dijo ella agarrando el platito sobre el que descansaba la taza decorada con lirios violetas.
Aquel juego de té era una de las pocas cosas de su madre que conservaban las hermanas, y utilizar cada mañana aquella delicada porcelana era para Amariah una manera de recordar su lejana infancia en Sussex.
—Mire, señorita, la señora Todd le ha hecho los huevos exactamente como los hacía la señorita Bethany… quiero decir, lady Callaway, con una guarnición de cebollitas asadas.
—Son chalotas —corrigió Amariah con melancolía—. Es un tipo de cebolla que se llama chalota.
—¿Lo ve, señorita? —preguntó Deborah, entusiasmada—. La señora Todd las distingue y sabía que usted también lo haría.
Amariah sonrió también, pero sin la menor alegría. La señora Todd, ayudante de Bethany en la cocina, había copiado uno de los mejores platos de desayuno de su hermana, pero no era lo mismo. Nunca volvería a ser lo mismo sin tener a Cassia y a Bethany para compartirlo. El desayuno había sido siempre la única comida que habían disfrutado juntas las tres hermanas, todavía en camisón y junto al fuego, habían compartido risas y chismorreos antes de planear las labores del día.
Ahora Bethany y Cassia desayunarían con sus esposos mientras que ella seguía allí, en Penny House, sola con…
—¿Señorita Penny? —preguntó de pronto otra doncella que llevaba muy poco en la casa y que ahora la miraba apretando las manos con nerviosismo, como si estuviera a punto de echarse a llorar.
—¿Qué haces aquí, Sally? —la reprendió Deborah—. No deberías haber subido a molestar a la señorita Penny. ¡Vuelve ahora mismo a tu sitio!
A la muchacha se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Pero el señor Pratt dijo que…
—¿Qué ha dicho el señor Pratt, muchacha? —preguntó Amariah amablemente, pues prefería ganarse la lealtad de sus empleados a través de la amabilidad y no de las amenazas—. ¿Ocurre algo?
—No, señorita. Es sólo esto —Sally estiró una mano temblorosa en la que llevaba una carta—. Estaba barriendo la entrada y he encontrado esto, señorita Penny. El señor Pratt me dijo que se lo subiera inmediatamente.
—Gracias. Has hecho muy bien en traérmelo —al agarrar la carta, Amariah sintió una absurda sensación de nerviosismo y de esperanza.
¿Por qué iba Guilford a dejarle una carta en la puerta en lugar de dársela a un sirviente? ¿Por qué iba a escribirle a ella?
—Eres nueva, ¿verdad, muchacha? —le preguntó—. ¿Cómo te llamas?
—Sí, señorita —dijo la joven con una reverencia—. Me llamo Sally, señorita.
—Pues gracias, Sally —dijo Amariah tratando de controlar la curiosidad que había despertado en ella aquella carta—. Sigue siendo tan obediente y estoy segura de que te irá muy bien aquí. Ahora puedes retirarte.
—Sí, señorita Penny —la muchacha salió corriendo con evidente alivio.
Amariah se quedó sola con la carta en la mano. La buena calidad del papel indicaba que el remitente era rico, pero no había sello alguno que indicara su identidad. Eso era evidencia más que suficiente de que no la enviaba el duque, lo cual acallaba sus estúpidas esperanzas; a Guilford le gustaba su título demasiado como para elegir hacer nada de manera anónima.
Así pues, la carta seguía siendo un misterio. En ella sólo figuraba el nombre de Amariah escrito con una letra que parecía querer esconder la identidad del verdadero autor.
—Qué cosa más extraña, ¿no le parece, señorita? —preguntó Deborah acercándose a la cama para husmear—. ¿Quiere que llame a uno de los lacayos antes de que la abra? Sólo para estar seguros.
—¿Con qué propósito, Deborah? —preguntó Amariah con voz burlona—. ¿Por si algún villano pretende asustarnos con un trozo de papel? Puedo asegurarte que alguien que se esfuerza tanto en ocultar su rostro y su nombre no puede ser más que un cobarde, así que esta carta no me da ningún miedo —añadió al tiempo que rompía el lacre que unía ambos extremos del papel.
Señorita Penny,
Quede avisada de que hay un Gran Tramposo sentado a su Mesa de Dados y que lo Desenmascaré para Vergüenza y Bochorno Público si usted no lo Hace Antes.
Un Amigo de la Verdad y el Honor.
—Espero que no sean malas noticias, señorita Penny —dijo Deborah mientras le preparaba la ropa que debía ponerse.
