El caballero de oro - Miranda Jarrett - E-Book

El caballero de oro E-Book

Miranda Jarrett

0,0
3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Los Claremont. Jenny Dell estaba acostumbrada a fingir que era otra persona para poder sobrevivir en aquella sociedad de apariencias. Pero, por algún motivo, por primera vez en su vida, deseaba ser sincera con el duque de Strachen. Brant Claremont estaba acostumbrado a guardar secretos que podrían arruinarle la vida, pero había algo en aquella joven que le hacía replantearse su decisión de seguir soltero y buscar una mujer que se convirtiera en duquesa y le diera herederos...

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 348

Veröffentlichungsjahr: 2014

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2003 Miranda Jarrett

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

El caballero de oro, n.º 345 - junio 2014

Título original: The Golden Lord

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2005

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-4355-4

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Prólogo

Internado privado de Hará

Middlesex, Inglaterra

1788

Los cinco muchachos se sentaban en círculo en el suelo del ático, el farol que había en el centro despedía la luz suficiente para iluminar las cartas que tenían en las manos y las monedas que cada uno había amontonado frente a él. Era tarde, muy tarde; hacía ya mucho que habían pasado las seis, hora a la que la jornada llegaba a su fin, pero a ninguno se le pasaría por la cabeza abandonar el juego.

Como de costumbre, Brant se había asegurado de que así fuera. Con su fuerte personalidad, había conseguido que aquellas partidas clandestinas se convirtieran en el acontecimiento al que todo el mundo en la escuela deseaba ser invitado. Las apuestas, que a veces superaban la asignación para todo un trimestre, no hacían más que aumentar el halo de misterio de Brant.

Y no era de extrañar. Brant Claremont, sexto duque de Strachen y marqués de Elwes, era admirado tanto por su ingenio como por su habilidad en el campo de críquet. Después de quedarse huérfano, sólo tenía que responder ante un tutor que no mostraba demasiado interés; mientras que sus dos hermanos habían sido enviados tan lejos que resultaba imposible mantener ningún tipo de relación o competitividad fraternal. Para sus compañeros de curso, la vida de Brant era lo más cercano al paraíso que podría soñar cualquier muchacho británico.

Sólo el propio Brant sabía que no era así en absoluto. Sin haber cumplido los dieciséis años todavía, ya era perfectamente consciente de todas las responsabilidades que habían caído sobre él tras la muerte de su padre dos años atrás; muerte que le había dejado el título de duque junto con una variedad de propiedades hipotecadas y en franco deterioro.

Pero nada de eso importaba en aquel ático frío y lleno de corrientes de aire. Brant sonreía inclinado sobre el farol que convertía su pelo rubio en verdadero oro. Estaba ganando ampliamente y no quería que su suerte cambiara.

—Tú juegas, Galsworthy —dijo con voz engañosamente lánguida—. Roba o enseña tus cartas antes de que llegue el otoño.

Los demás se echaron a reír mientras el noble Edmund Galsworthy miraba sus cartas con cara de pocos amigos.

—Me parece, Claremont, que estás un poco alterado —refunfuñó el aludido—. No todos somos tan condenadamente rápidos con los números como tú.

—Por eso lo llamamos «El Caballero de Oro», Galsworthy —dijo otro muchacho que, evidentemente, llevaba mejor mano—. Si le dejas, es capaz de convertir sus cartas en guineas de oro. Y se tratará de tus monedas.

—Sólo es cuestión de suerte —murmuró Brant, encogiéndose de hombros con modestia y tratando de ocultar la euforia que sentía. Era suerte, pero también habilidad y un extraño don para recordar las cartas. Podía comprender el dilema de Galsworthy, seguramente lo comprendía más de lo que habría imaginado ninguno de los presentes. Prácticamente cada chelín que ganaba servía para disminuir las deudas de su padre; por el contrario, la madre de Galsworthy era heredera de una mina de estaño. El pobre zoquete podía permitirse perder lo que Brant necesitaba ganar desesperadamente.

—Ya conoces las reglas del juego, Galsworthy —dijo Brant—. Si te retrasas, pierdes; si no los demás nos quedaremos dormidos.

—Estoy pensando, no retrasándome —protestó Galsworthy mientras las yemas de sus dedos iban dejando cercos de humedad en las cartas. Por fin mostró su mano con un resoplido de rendición—. Ahí lo tienes, Claremont —anunció—. Ha merecido la pena esperar, ¿verdad?

—Sin duda —asintió Brant. La expresión de su rostro no varió al mostrar sus propias cartas—. Yo diría que he vuelto a ganar, Galsworthy, y... ¿Qué demonios es eso?

La puerta del ático se abrió de golpe, haciendo volar las cartas y sobresaltando a los muchachos con la aparición de dos corpulentos hombres. Brant se puso en pie de un salto y se apresuró a llenarse los bolsillos de monedas mientras Conway, el encargado del internado, lo agarraba de la solapa de la chaqueta y Parker, su tutor, agarraba cartas y monedas sueltas como pruebas incriminatorias.

—Ya le daré yo todos los demonios que necesite —gruñó Conway, tirando de él—. Pero antes dejaré que el doctor Keel se encargue de usted.

—No creo que el doctor Keel sienta el menor interés por todo esto —aseguró Brant—. ¡Se trata de un juego inofensivo entre caballeros!

—Eso no es lo que piensa el doctor Keel —advirtió Conway en tono alarmante—. Camine, pequeño tahúr. ¡Camine!

Brant se retorció intentando zafarse de los dos hombres que lo agarraban ahora. Se oyó el ruido de la finísima tela de la chaqueta al rasgarse y, al volverse a mirar a Conway, él le agarró la oreja tan fuerte, que vio chispas blancas en los ojos.

—¡Conway, acaba de faltarme al respeto como caballero! —exclamó Brant en un intento por ocultar el pavor que aumentaba a medida que se acercaban a la oscura escalera del ático. Sin duda, Brant había presenciado antes la ira de Conway porque,en Hará, hasta los duques recibían regularmente los azotes de los profesores y tutores, pero nunca antes lo habían separado de los demás de ese modo—. ¡No puede, no tiene ningún derecho a tratarme así!

—Puedo tratarlo mucho peor si lo deseo, Claremont —dijo Conway que, al igual que la mayoría de los otros encargados, era un hombre alto y fuerte capaz de amedrentar incluso a un muchacho alto como Brant—. Y lo haría si no fuese porque el doctor Keel quiere verlo inmediatamente. Así que camine.

Esa vez Brant obedeció sin oponer más resistencia y haciendo un esfuerzo por ordenar sus pensamientos para no asustarse. El doctor Keel era un hombre sensato al que seguramente podría hacer ver que todo aquello no era más que una chiquillada. Jugar a las cartas después de la hora de retirada no era precisamente el pecado más grave que se había cometido en aquel centro.

Pero... ¿Qué ocurriría si no se trataba de la partida de cartas? ¿Qué sería de él si el doctor Keel o alguno de sus profesores habían descubierto finalmente su secreto más oscuro y vergonzoso? ¿Sería ése el motivo por el que Conway y Parker habían dejado de intentar ocultar el desprecio que sentían por él? ¿Y qué pasaría si aquél no era más que el primer paso de su deshonra y su ruina hasta acabar en un celda del manicomio donde siempre había sospechado que acabaría?

El director debía de estar esperándolos, ya que abrió la puerta de su despacho inmediatamente. Para sorpresa de Brant, seguía vestido tan impecablemente como si fuera por la mañana, en lugar de medianoche; claro que había rumores que aseguraban que el doctor Keel nunca dormía, ni necesitaba hacerlo.

—Claremont —dijo con tono grave mientras lo observaba detenidamente a través de los rizos rígidos de su peluca—. Entre, por favor.

Brant hizo lo que le pedían, eso sí, ayudado por el ligero empujón de Conway; y se quedó en el centro de la habitación, frente al escritorio del director. El corazón le latía con fuerza, pero alzó la barbilla, estiró la espalda y se preparó para afrontar el desastre. Sólo había estado una vez en aquel despacho, el día que había llegado al colegio, pero a juzgar por el gesto del doctor Keel, aquella reunión no iba a tener nada que ver con la calurosa acogida que le había dispensado en la ocasión precedente.

—Claremont —repitió el director con voz aún más grave—. Dadas las enormes ventajas y bendiciones que recibió al nacer, esperaba mucho más de usted.

Brant respiró hondo con la esperanza de que eso le templara un poco los nervios. A pesar del frío de la habitación, estaba sudando y las piernas le hormigueaban como si con ello estuvieran implorándole que huyera de allí y corriera tan rápido como pudiera.

—Lo siento, señor —comenzó a decir—. Tiene razón. A estas horas, debería estar durmiendo o preparando las lecciones de mañana, en lugar de haberme dejado llevar por la complacencia y la diversión...

—¿Es a eso a lo que cree que ha venido a Hará? —lo interrumpió Keel con incredulidad—. ¿A divertirse?

—No, señor, claro que no —se apresuró a negar Brant, consciente de que no podía permitirse otro error así—. No debería haberme atrevido...

—Eso es exactamente lo que ha hecho desde su llegada, Claremont —volvió a interrumpir con palabras cargadas de desdén—. Atreverse.

—Lo siento, doctor Keel —volvió a disculparse Brant—. Pero si pudiera...

—¿Si pudiera qué, criatura llorona? —preguntó con una voz mezcla de furia e ira—. ¿Quiere que le enumere su lista de agravios? ¿Es eso lo que le gustaría oír?

—No, señor —respondió Brant desconsolado, al tiempo que intentaba recordarse que era un Claremont, un par del reino, mientras que Keel no era más que un vulgar director de un internado. Sin embargo, el abrumador peso de su secreto y el pavor de que alguien pudiera descubrirlo anulaban cualquier intento de resistencia—. No, señor, desde luego que no.

—Pues me temo que va a tener que oírlo, Claremont, porque aquí soy yo el que decide —Brant se preparó para lo peor—. Llevo buena cuenta de todo lo que me han ido contando de usted el señor Conway y los demás profesores y, debido a su nivel social y a la posición que ocupará en el mundo cuando termine su formación, he hecho la vista gorda. Es evidente que he cometido un error, dada la gran cantidad de veces que lo han encontrado divirtiéndose después de la hora de retirada.

Dios, pensó Brant con cruda resignación, ahora le relataría cada una de las faltas en las que Conway lo había descubierto y por las que ya había recibido castigo.

—Lo han encontrado peleándose con alumnos de otros internados —comenzó a recitar Keel cargado de razón—... Nadando desnudo en mitad de la noche en la laguna, jugando y apostando en repetidas ocasiones y confraternizando íntimamente con muchachas de las clases más bajas en la taberna del pueblo. A todo eso hay que añadir el desprecio que demuestra sentir hacia esta institución y todos sus miembros con la mediocridad de su trabajo.

Aunque había decidido mantener la cabeza bien alta, Brant sintió cómo se le cortaba la respiración, y tuvo que agarrarse las manos con fuerza para ocultar el temblor que no podía parar. Había llegado el final.

—Ha conseguido salir airoso de las exposiciones de las diferentes materias, lo cual, junto con la compasión de su tutor, le ha permitido seguir en el colegio. Pero desde el primer día, sus trabajos escritos han sido una especie de burla hacia el conocimiento y el aprendizaje. ¡Hasta un mono podría redactar algo mejor que esto! —exclamó levantando unos papeles que tenía sobre la mesa—. Y ahora esto. ¿Qué se supone que debo hacer con usted, Claremont? ¿Tiene alguna sugerencia que pueda servirme de ayuda?

Keel volvió a dejar los papeles sobre la mesa con gesto de asco y Brant cerró los ojos para huir de la prueba de su vergüenza. No necesitaba ver aquellos trabajos para saber que no eran más que una retahíla de incoherencias. Era perfectamente consciente de ello.

Brant Claremont no era ningún Caballero de Oro, sino un duque estúpido. Ésa era la verdad. Por mucho que intentara concentrarse hasta que le doliera la cabeza, no conseguía encontrar el sentido a las letras que otros veían como palabras sin esfuerzo alguno. Nada semejante le ocurría con los números, menos aún con las cartas, y si le leían una historia en voz alta a modo de canción infantil, entendía y recordaba cada palabra y cada verso. Llevaba toda la vida ingeniándoselas para ocultar su deficiencia con trucos y ardides y, hasta aquel momento, lo había conseguido.

Lo cierto era que escribir y leer como un caballero era tan imposible para él como volar entre las nubes. A menudo despertaba a media noche y veía dentro de su cabeza un cerebro que era la mitad que el de cualquier otra persona, un cerebro lamentablemente pequeño y defectuoso.

Y, por lo que parecía, el resto del mundo conocería la verdad muy pronto y se reiría del fraude que era su vida entera.

—Hable, Claremont —ordenó el director—. Estoy esperando que sugiera algo.

Brant abrió los ojos lentamente y se enfrentó a la mirada de Keel, dispuesto a saborear los que seguramente serían sus últimos minutos como caballero socialmente reconocido.

—No tengo nada que sugerir, señor.

—¿Nada? —el doctor Keel se inclinó hacia él con el ceño fruncido—. Me sorprende, Claremont. Ha hecho que esos muchachos confiasen en usted lo bastante para limpiarles los bolsillos y sin embargo no tiene la menor idea de qué debo escribir a sus padres.

—¿A sus padres, señor? —repitió Brant inseguro. ¿Qué tenían que ver sus compañeros en todo aquello?

—Sí, Claremont, sus padres —confirmó el director con furia, al tiempo que agarraba de nuevo los papeles—. He recibido estas seis cartas en los últimos tres días, todas contienen la misma acusación. Hablan de cientos, incluso miles de libras que sus hijos han perdido jugando a las cartas con usted.

—Es suerte —dijo Brant por segunda vez en lo que iba de noche. ¿Qué otra cosa podría haberlo salvado de un modo tan inesperado y maravilloso?—. Pura y sencilla suerte, señor.

—Son trampas y argucias —replicó Keel dando un puñetazo en la mesa—. No me importa cuántos títulos nobiliarios tiene, Claremont. Ningún verdadero caballero ganaría tantas veces como lo ha hecho usted.

—Pero yo no hago trampas, señor —protestó Brant. Y era cierto que no hacía trampas, no sólo porque le pareciera inmoral, sino porque nunca lo había necesitado—. Jamás lo he hecho, ni una sola vez.

—No trate de enmendar sus errores mintiéndome —exigió el director severamente—. La partida de esta noche ha sido la última para usted. No pienso permitir que convierta Hará en una casa de juego. Es usted un estafador, Claremont, un tiburón que se aprovecha de la confianza de sus compañeros para robarles el dinero. No voy a tolerarlo por más tiempo.

—¿Va a expulsarme, señor? —preguntó Brant luchando por ocultar la alegría que se estaba apoderando de su voz—. ¿Tengo que abandonar Hará?

—Cuanto antes —confirmó el director con desdén—. Mañana al mediodía a más tardar. Hasta entonces, le diré al señor Conway que lo mantenga alejado de sus compañeros. Con su comportamiento ha demostrado que ya no es usted un caballero digno de Hará. Recomendaré que prosiga sus estudios con un tutor privado que lo prepare para la universidad.

Sin embargo Brant sabía que no tenía la menor posibilidad de entrar en una de las grandes universidades de Oxford o Cambridge. Las propiedades de su padre habían perdido tanto valor, que jamás podría permitirse un lujo así, igual que no podía viajar por Europa como hacían la mayoría de los caballeros de su edad. El desinteresado abogado que ejercía de tutor legal se lo había dejado más que claro: cuando abandonara Hará, sus estudios habrían llegado a su fin.

Por tanto, estaba a punto de llegar dicho momento. Apenas podía prestar atención a las reprimendas del doctor Keel; estaba demasiado asombrado por el modo en el que una etapa de su vida iba a cerrarse, dejando paso a otra llena de posibilidades.

Ya en el patio, volviendo a la residencia por última vez, se permitió levantar la vista hacia las estrellas y echarse a reír con alivio y júbilo.

Un huérfano de quince años sin apenas un chelín a su nombre, podía recitar a Homero, Aristóteles y Shakespeare de memoria, y sin embargo era incapaz de leer o escribir mejor de lo que lo haría un común labrador. No tenía ni amigos ni familia que le aconsejasen el camino que debía elegir en la vida y sus dos hermanos estaban en el otro extremo de la tierra, si seguían con vida. Lo único de lo que disponía para ganarse la vida era su título, su encanto, su rostro y una especie de don para jugar a las cartas.

Pero era libre. Libre. Por fin se había deshecho de la atadura del colegio, ahora podría construir su propio futuro y su propia fortuna. Podría cumplir la promesa que habían hecho sus hermanos y él hacía tanto tiempo.

Y lo más importante, su secreto y su vergüenza estaban a salvo para siempre.

Uno

Bamfleigh, Sussex

Junio, 1803

Jenny Dell tenía una habilidad especial para hacer cosas en silencio y en la oscuridad, de otro modo jamás habría conseguido vivir tanto ni tan grandiosamente como lo había hecho hasta el momento.

Sin contar siquiera con la luz de una vela continuó moviéndose por la habitación oscura, sus pies eran tan silenciosos como las patas de un gato. Los dueños de aquella posada los habían recibido con los brazos abiertos a Jenny y su hermano cuando les habían alquilado sus dos mejores habitaciones, pero Jenny sabía que tan calurosa bienvenida nada tendría que ver con cómo reaccionarían si supieran que Rob y ella estaban a punto de marcharse en mitad de la noche.

Jenny lamentaba enormemente lo que iban a hacer, pues le gustaba aquella casa y las habitaciones con vistas a un magnífico prado cubierto de flores rosas. Pero Rob tenía sus motivos, aunque todavía no los hubiese compartido con ella. En cuanto lo hiciera, le diría también que siempre había otra magnífica casa esperándolos sobre la siguiente colina, llena de gente encantada de disfrutar de la compañía de dos jóvenes elegantes como Jenny y Rob y de compartir con ellos sus inmensas fortunas. ¿Qué había de malo en ello?

Jenny sacó sus tres vestidos del ropero y los metió rápidamente en el pequeño baúl de viaje. Aunque muy limitado por culpa de los continuos viajes, su vestuario siempre era de lo más refinado; carísimas muselinas indias con lazos de seda, enaguas de Holanda y suaves chales de Cachemira. Rob era de la opinión de que jamás se debía escatimar en ropa y lo cierto era que a Jenny le resultaba más sencillo comportarse como una dama cuando se vestía como tal. Rob había heredado el ingenio de su padre, cosa que, especialmente en aquel momento, Jenny no debía olvidar.

En algún lugar de la casa se oyeron las tres campanadas de un reloj que hicieron que Jenny se diera más prisa. Pronto la estaba esperando Rob en el camino. Cerró el baúl y, con la perfección que daba la práctica, le pasó una sábana por las correas de cuero antes de dirigirse a la ventana para bajar el bulto con extremo cuidado, hasta depositarlo sobre el mullido césped.

Respiró hondo dos veces antes de encaramarse a la ventana y lanzarse ella misma sobre el césped. Una vez en el suelo, agarró todas sus cosas y corrió descalza a través del prado. El camino no estaba lejos e, incluso con la única ayuda de una luna casi nueva, no tardó en atisbar el coche alquilado que la esperaba entre las sombras.

—¿Te ha visto alguien, pequeña? —le preguntó Rob cargando el baúl.

—Nadie —respondió ella casi sin aliento—. Todo el mundo estaba acostado. ¿Puedes decirme ya por qué teníamos que escapar esta misma noche?

—Porque no teníamos otra elección —respondió sin decir nada en realidad—. Teníamos que hacerlo.

Jenny lo miró con impaciencia. La mayoría de las cosas que hacían era porque no tenían otra elección. Su vida ya era bastante insegura sin la necesidad de que Rob le ocultase los detalles.

—Yo pensé que nos iba bien con sir Wallace —argumentó ella—. Al ver que te pedía opinión sobre esos viejos libros de su biblioteca, creí que nos quedaríamos al menos dos semanas más y nos iríamos con algo de dinero en los bolsillos.

—También lo creía yo —contestó alejando el caballo de la hierba que estaba comiendo—. Esperaba que hoy mismo nos invitarían a Wallace Manor.

—Lo sé. Me habías avisado de que estábamos peligrosamente mal de fondos.

—Sí —murmuró Rob apesadumbrado tanto por la falta de dinero como por el peligro—. Pero surgieron ciertas... complicaciones que nos han obligado a marcharnos esta misma noche.

—¿La señora Hewitt? —supuso Jenny poniéndose los zapatos cuando ya el carro estaba en movimiento—. ¿Era ella la complicación?

—Sí, una complicación tremendamente difícil —confirmó Rob frunciendo el ceño—. Llevaba tiempo diciéndome que no era más que una viuda solitaria y tratando de seducirme, pero se olvidó de informarme de que existía otro pretendiente, un granadero alto y fornido al que no le hizo ninguna gracia la competencia.

—¿Te retó? —preguntó Jenny ansiosa. Sabía que su hermano siempre llevaba consigo una preciosa pistola francesa que había ganado en una partida de cartas, pero que mantenía escondida porque sabía que no contaba con la aprobación de su hermana—. ¿No te habrás batido en duelo con él?

—¿Por la señora Hewitt? —la indignación de Rob se reflejó en su voz—. Jen, por favor, no subestimes mi criterio.

Jenny siguió limpiándose los guantes con el pañuelo bordado con el nombre de Corinthia en lugar del suyo. Lo había obtenido el invierno anterior durante una provechosa estancia en Bath, cuando se habían hecho pasar por el honorable Peter Beckham y su hermana la señorita Corinthia Beckham... aquel pañuelo le gustaba demasiado como para deshacerse de él del mismo modo que se había deshecho del falso nombre.

—Así que es por eso por lo que teníamos que marcharnos hoy mismo —dijo ella con cierta resignación—. Para que no tuvieras que defender tu honor y la virtud de la señora Hewitt.

Nada de eso era nuevo para ellos. A pesar de sus veinticinco años y de su probada astucia, Rob seguía careciendo del más mínimo sentido común en lo que se refería a las mujeres y, si seguía el ejemplo de su padre, jamás lo tendría. Con sus ojos azules y su pelo negro y rizado, su guapísimo hermano atraía al sexo opuesto como la miel a las moscas. Y él parecía encontrar algo especial y encantador en todas ellas, fueran jóvenes, viejas o de edad intermedia. Era el granuja más encantador del mundo porque amaba a todas aquellas mujeres con la misma sinceridad con la que ellas lo amaban a él.

Ahora suspiraba herido por el comentario de su hermana.

—Querida Jen, siempre había creído que preferías que fuera un cobarde vivo antes que un valiente muerto.

—Así es —aseguró Jenny rápidamente al tiempo que confirmaba sus palabras poniéndole la mano en el brazo—. Pero también preferiría que mantuvieras tus pantalones en su sitio más a menudo. Ahora sólo queda rezar para que esa mujer no te haya dejado la sífilis como regalo de despedida.

—¿Qué podía hacer, hermanita? —preguntó con tristeza—. Esa encantadora viuda me engañó. Si al menos hubiese sido sincera conmigo. Sabes que habría vivido encantado en aquel prado florido si hubiera podido pasar con ella el resto de mis días en Bamfleigh.

—No es cierto —protestó Jenny en tono realista—. Eres igual que papá; te gusta demasiado la variedad como para ser fiel. Nunca dejarás de ir de un lado a otro.

—Lo haría por la mujer adecuada —confesó seriamente—. Y tú también lo harás por un caballero, por supuesto. Todavía eres demasiado joven, pero te apuesto cinco guineas a que la primera vez que te enamores, caerás rendida como lo han hecho todos los Dell desde que Noé salió del arca.

—Tengo diecinueve años, Rob, edad más que suficiente para enamorarme si quisiera —aseguró ella con el tono de alguien que había repetido lo mismo miles de veces. Habían tenido aquella conversación en otras ocasiones y Jenny no deseaba hacerlo una vez más—. Es una cuestión de sentido común y no de juventud. Sólo por el hecho de ser una Dell no tiene por qué gustarme comportarme como una tonta por culpa de los hombres.

Rob se limitó a responder con una especie de gruñido incoherente, después continuaron en silencio. Con un suspiro, Jenny se echó el chal sobre los hombros y dejó que el tiempo y la distancia corrieran ante sus ojos. Su hermano nunca la comprendería, le resultaba imposible entender que ella deseara encontrar en la vida algo diferente a lo que buscaba él. ¿Cómo podía explicarle que la vida bucólica que había descrito en broma tenía para ella mucho más sentido que el que pudiera encontrar en los brazos de cualquier amante? Una casita acogedora con un hogar de leña que fuera realmente suyo sin engaños ni disimulos: eso era para ella el paraíso. Llevaba toda la vida vagando de un sitio a otro, primero con su padre y luego con su hermano, pero a veces intentaba imaginar lo que se sentiría estando en algún lugar el tiempo suficiente como para considerarlo un hogar.

—Sólo espero, hermanita —comenzó a decir Rob después del largo silencio—, que cuando por fin te enamores, tengas la decencia de hacerlo de un viejo rico que nos ponga a los dos en su testamento.

—Claro, así podremos vivir los tres felices para siempre —refunfuñó Jenny.

—Búrlate si quieres —era evidente que aquella idea se le había pasado por la cabeza antes—. Pero es tan fácil enamorarse de un rico como de un pobre.

—Escucha, Rob —dijo tajantemente. Podía flirtear, sonreír y adular a quien fuera, pero no seducir. Cuando finalmente decidiera intentar seducir a un hombre, lo haría por amor y no porque su hermano le hubiera dicho que era rico—. Interpretaré cualquier papel que me pidas, pero eso no. Ya acordamos hace mucho tiempo que jamás serviría de cebo para uno de tus planes...

—Sss —le susurró de pronto. Se volvió a mirar a su espalda—. ¿No oyes otro caballo detrás?

—¿A estas horas?

—Es ese estúpido granadero, sigue empeñado en defender su honor —movió las riendas para que el caballo fuera más deprisa—. ¡Maldito cretino orgulloso!

—Debemos de estar cerca del cruce para ir a Londres —dijo Jenny con el corazón en un puño—. Podríamos dirigirnos al sur, seguro que no espera que hagamos eso.

—Quién sabe lo que espera... Pero no quiero que te encuentre a ti también.

—¡Primero tiene que alcanzarnos!

—Lo cual es bastante probable, teniendo en cuenta que él va a caballo y nosotros tenemos que arrastrar esta antigualla. ¿Ves esos árboles tras la colina? Voy a ir más despacio y, cuando nos acerquemos, salta y escóndete entre los árboles. Espérame allí, yo volveré por ti en cuanto lo haya perdido.

—¡No pienso hacerlo! —gritó indignada—. Yo me quedo contigo, Rob, de ningún modo voy a saltar en marcha del carruaje como si fuera una rana.

—Tienes que hacerlo —ordenó Rob al tiempo que intentaba controlar el caballo—. Es por tu bien. Ese imbécil cree que he deshonrado a la señora Hewitt y no quiero darle la más mínima oportunidad de vengarse contigo.

Claro, ahora lo entendía todo. Seguramente Rob podría escabullirse mejor sin ella, como había hecho en otras ocasiones. Jenny no quería ser un estorbo y, por supuesto, menos aún deseaba que la deshonrara un estúpido granadero.

—¿Y qué pasa si te hace daño? ¿Qué harás si te deja sangrando en algún lugar? ¿Cómo te encontraré?

—Yo te encontraré antes, hermanita —aseguró con una cariñosa sonrisa en los labios—. Ahora concéntrate porque sólo tienes una oportunidad, pero no te preocupes, no es tan diferente a saltar desde una ventana.

—Eres un abusón, Rob Dell —dijo preparándose para saltar.

—Sólo sería un abuso si fueras una cobarde, cosa que sé a ciencia cierta que no eres.

—Lo que deberías saber es que cuando todo esto acabe, voy a ser yo la que te rete en duelo —estaban alcanzando la cima de la colina y, como Rob había prometido, había aminorado el paso del caballo. Jenny se puso en pie haciendo equilibrios por culpa del traqueteo del viejo carruaje, se subió la falda y se inclinó lo justo para dar un beso en la mejilla a su hermano—. Adiós, bobo, no te acerques a las pistolas de ese loco.

Y saltó antes de tener tiempo de arrepentirse.

El suelo estaba más duro de lo que había previsto, la hierba no resultó tan mullida como le había parecido bajo la luz de la luna. Rodó varios metros con la inercia del aterrizaje, pero por fin pudo sentarse y despedirse de su hermano, que continuó colina abajo, dejándola allí sola.

Mejor seguir así que ser encontrada al pie del camino por el hombre que los perseguía. Se puso en pie y echó a correr hacia el refugio que le ofrecían los árboles. Tenían las ramas retorcidas y muy bajas, por lo que tuvo que agacharse para esquivarlas entre las sombras. Sobre su cabeza, oyó el ulular de un búho que protestaba por su presencia, Jenny miró hacia arriba intentado distinguir al animal entre las hojas.

Pero no vio al búho igual que no vio la rama contra la que se golpeó la cabeza.

Después no vio nada más.

Aquél era el momento del día que más le gustaba a Brant. Todavía no había llegado el amanecer, pero la noche se alejaba ya mientras las estrellas y la luna se empeñaban en quedarse en el cielo. Los pájaros ya habían empezado a cantar y pronto los trabajadores del campo empezarían a recorrer aquellos prados; pero Brant tenía la sensación de tener el mundo entero para él solo, o al menos aquel enorme rincón verde que pertenecía a Claremont Hall. En compañía de sus perros, todas las mañanas recorría los límites de su propiedad sin importarle si llovía o el sol iba a brillar con fuerza.

Seguramente a los demás nobles de la zona su paseo de reconocimiento les parecería innecesario cuando menos, e incluso ridículamente medieval; pero Brant había trabajado mucho para recuperar Claremont Hall de manos de los acreedores de su padre como para ahora tomárselo a la ligera. Aunque visitaba Londres con frecuencia, siempre regresaba a comprobar con satisfacción las mejoras que había llevado a cabo en el lugar. Adoraba aquella tierra, especialmente a aquellas horas de la mañana en las que todo parecía posible.

—¡Jetty, Gus, venid aquí! —ordenó a los dos preciosos perros de caza negros—. ¿Cuántos conejos más vais a perseguir?

Pero los perros no volvieron como hacían normalmente, sino que se adentraron en un grupo de árboles no lejos del camino. Brant les silbó y, al ver que no obedecían, se bajó del caballo y lo dejó atado a una rama.

—Debe de ser un conejo enorme —murmuró para sí mismo. Y debía de ser algo delicioso porque no se movían del sitio.

Brant apartó las ramas de los árboles y silbó de nuevo, pero esa vez de sorpresa. Desde luego Jetty y Gus habían encontrado algo grande, pero no era una presa sino una mujer. Brant rezó en silencio para que no fuera nadie que él conociera, ningún miembro del servicio ni ninguna de sus arrendatarias, pues se sentía responsable de todo lo que sucediese en sus tierras, aunque se tratase de una tragedia como aquélla.

En cuanto se acercó comprobó por la fina muselina de su vestido y la suave lana de su abrigo que se trataba de una dama, no de la hija de un granjero. Dama o no, era evidente que había sufrido algún tipo de accidente; su vestido estaba manchado de hierba y el pelo enmarañado le caía por los hombros. Lo peor sin duda era el rasguño que tenía en la sien y que le había inflamado la mitad del rostro.

Brant le retiró el pelo de la cara suavemente y le puso la mano en el cuello buscándole el pulso. Afortunadamente, seguía viva. No tenía demasiados conocimientos de medicina por lo que no estaba seguro de qué debía hacer para socorrerla. La experiencia que tenía con mujeres jóvenes y bellas como aquélla estaba bastante alejada de una situación como ésa.

Jetty aulló y empujó a la mujer con el hocico.

—Para, Jetty —ordenó Brant en voz baja—. Ya ha sufrido bastante sin tu ayuda.

Pero la nariz húmeda del perro ya la había hecho reaccionar. Abrió los ojos con una mueca de dolor y llevándose la mano a la sien.

—Está a salvo, señorita —dijo Brant—. Le doy mi palabra. ¿Puede decirme qué le duele?

—Sólo la cabeza.

—¿Está segura? —preguntó con precaución. Lo primero que había pensado nada más verla era que algún hombre había abusado de ella y la había dejado abandonada.

—Claro que lo estoy, es mi cabeza —dijo mirándolo por vez primera, pero sin abrir los ojos del todo—. Usted no es ese estúpido granadero, ¿verdad?

—Creo que no —parecía que el golpe la hacía decir cosas sin sentido—. ¿Cree que podrá sentarse? Así veremos si podemos llevarla a un lugar más cómodo.

Asintió mientras él le ponía la mano en la espalda para ayudarla. Era muy delgada y más frágil de lo que le había parecido en un primer momento, lo que le hizo volver a pensar lo afortunada que era de no haber sufrido un daño mayor. En cuanto pudiera llevarla a la casa, llamaría al médico para asegurarse de que se encontraba tan bien como afirmaba. Siempre insistía en ayudar a todos aquellos que por un motivo u otro no pudiesen protegerse a sí mismos; sobre todo cuando el resto del mundo los había abandonado, como parecía haberle ocurrido a aquella muchacha.

Consiguió sentarse a duras penas y entonces, sorprendentemente, abrió los ojos por completo y sonrió. Estaba muy cerca y el efecto fue deslumbrante.

El amanecer se abría paso llegando incluso hasta aquel lugar oculto bajo las sombras de los árboles, ahora podía ver su rostro con claridad: mejillas redondeadas, una pequeña barbilla adornada con un hoyito, una personal nariz suavizada por la presencia de las pecas y unos ojos claros y alegres. Era demasiado menuda y delicada como para considerarla bella y demasiado atractiva como para no devolverle la sonrisa.

—Lo he conseguido, ¿no es cierto? —preguntó con un hilo de voz.

—Claro que lo ha conseguido —respondió él cambiando de postura para alejarse un poco de tan tentadora boca. Nunca había sido de los que se aprovechaban de oportunidades como aquélla y no tenía intención de empezar a hacerlo—. Descanse un momento e intentaremos ponernos en pie.

—Muy bien —dijo estirando la mano para acariciar a Jetty—. Me gustan sus perros.

—Usted a ellos también —aseguró observando cómo su perro la miraba con la lengua fuera—. Ése es Jetty y el otro es Gus. Ellos la encontraron.

—Entonces se lo agradezco enormemente —dijo ella tratando de ponerse en pie—. Y también le doy las gracias a usted. Ya me encuentro mejor.

—No se precipite —le pidió dudando de que pudiera conseguirlo por sí sola—. No tenemos por qué salir corriendo. ¿Recuerda su nombre o cómo acabó aquí? No la dejaré marchar hasta que me diga ambas cosas. Además, seguramente su familia y sus amigos estarán preocupados por usted.

De su rostro se esfumó cualquier alegría.

—Yo... no recuerdo mi nombre. Supongo que será por el golpe, pero no... no lo recuerdo. Quizá si usted me dice el suyo, pueda recordar el mío.

—Discúlpeme —dijo Brant con seriedad—. Debería haberme presentado antes. Soy el duque de Strachen, está usted en mis tierras, cerca de Claremont Hall.

—¡Ay, Dios! —susurró llevándose la mano a la sien—. Quizá no debiera haberme levantado tan rápido. Me duele mucho la cabeza.

Sólo se tambaleó un centímetro antes de que él se apresurara a levantarla en brazos y ella se derrumbara con los ojos cerrados. Era tan ligera como pensaba, pero no quería someterla al largo paseo hasta la casa, ni se le ocurría ningún modo cómodo de llevarla a caballo. Miró a sus perros y utilizó la imaginación.

—A casa —les ordenó esperando que esa vez sí obedecieran—. ¡A casa!

No habría sabido decir si obedecieron por la lealtad que sentían hacia él, o porque estaban tan cautivados con la dama como él, lo importante era que habían salido corriendo y en cuanto los vieran llegar sin él, sus hombres acudirían en su búsqueda. Ahora sólo quedaba esperar.

Se sentó lentamente en el suelo con la muchacha en el regazo. Estaba muy pálida y su respiración era tan débil que otra vez le pareció casi muerta.

Le había prometido que estaría a salvo, y no tenía la menor intención de romper dicha promesa.

Dos

Nada más despertarse, Jenny pensó que estaba en el cielo, un cielo lleno de nubes suaves como colchones de plumas y con el fresco olor de un campo de lavanda. Estaba limpia y muy cómoda vestida con un enorme camisón y con el pelo recogido en dos trenzas. Estaba demasiado dormida como para preguntarse cómo había ido a parar a aquel lugar, pero lo bastante despierta para sentir la paz que se respiraba.

Bostezó plácidamente, estirando los brazos hacia arriba con felicidad... hasta que un intenso dolor la hizo llevarse la mano a la sien, un dolor completamente ajeno al cielo. Mientras palpaba la inflamación, intentó recordar qué había ocurrido.

Recordaba haber ido con Rob en un viejo carruaje del que había tenido que tirarse en marcha para huir del estúpido granadero, como lo había descrito su hermano. Había saltado con la intención de esconderse entre unos árboles hasta que Rob fuera a buscarla. Después de eso todo estaba oscuro y confuso. Se había golpeado la cabeza con algo y, al despertar, se había encontrado con dos perros negros y un guapo caballero en cuyo rostro había visto tal preocupación, que a punto había estado de echarse a reír, y lo habría hecho de no haberle dolido tanto la cabeza.

Sin embargo tan pronto como había sentido la seguridad de sus brazos rodeándola, reír había sido lo último que se le habría ocurrido hacer. Entonces, y a pesar del dolor de cabeza, se había descubierto preguntándose qué se sentiría besando aquellos labios para demostrarle su gratitud, pero también porque había sentido el puro y simple deseo de hacerlo.

El mero recuerdo de dicha sensación la hacía sonrojarse por su desvergüenza. Era como Rob, quizá incluso peor, además aquel hombre no era ningún viejo rico. ¿Qué había pasado con su sentido común? Era evidente que se había dado un buen golpe en la cabeza, la prueba era que había sentido el impulso de besar a un completo desconocido sólo porque había sido amable con ella.

Gruñó con frustración, con la seguridad de que debería recordar otras cosas más importantes que se empeñaban en escapársele de la memoria. Tenía que recordar, y pronto, porque debía volver adonde había estado para encontrarse con Rob como habían acordado.

—Aquí está, doctor Gristead —susurró una voz de mujer al otro lado de las cortinas de terciopelo que rodeaban la cama—. Pobre criatura, apenas se ha movido desde que la dejamos en la cama esta mañana.

La pobre criatura debía de ser ella, pensó Jenny justo en el momento en el que se abrían las cortinas. Después de la oscuridad, sus ojos no estaban acostumbrados a la luz, ni siquiera a la de una vela que, después de unos segundos, le permitió ver dos caras desconocidas que la observaban: un hombre con el rostro enrojecido y una enorme peluca de médico, y una mujer mayor vestida de gris y una cofia de ama de llaves.

—Vaya, señorita, se ha despertado —dijo la mujer sonriendo—. Su excelencia se alegrará mucho de saber que se ha recuperado.

¿Su excelencia? ¿De quién era exactamente la cama en la se encontraba? Jenny tiró de la sábana hasta taparse la barbilla, como si la fina tela pudiera protegerla y hacerla sentir menos inquieta. El caballero que la había encontrado entre los árboles la había llevado hasta allí... seguramente a la casa de su padre, de su tío, o de alguna otra alma caritativa. «Su excelencia» se refería a un duque, y ella no tenía la menor experiencia con gente de tanta alcurnia. Aunque su hermano y ella habían tratado con miembros de la baja aristocracia, intentar aprovecharse de la amabilidad de un caballero de tan alta cuna como un duque era un desafío que jamás habían intentado.

Volvió a mirar a las dos personas que la observaban y sonrió débilmente. A menudo el silencio era el mejor aliado que Rob y ella habían encontrado en un momento difícil, y sin duda aquél era uno de esos momentos.

—Me temo, señora Lowe, que todavía no está recuperada —dijo el médico agarrando a Jenny de la muñeca y apretándosela entre el pulgar y el índice—. Su pulso es todavía irregular y la palidez de su rostro indica que sus constantes vitales son débiles. Los golpes en la cabeza son muy serios, señora Lowe, pueden resultar fatales, especialmente para una mujer joven.

—Válgame Dios —exclamó el ama de llaves dando un paso hacia atrás como si temiese que la contagiara—. Yo la veía con mucho mejor aspecto.