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Él era un hombre de honor, ella una mujer con coraje. Jeremiah Sparhawk estaba dispuesto a enfrentarse a lo imposible. Sólo un hombre como él podía ayudar a la condesa Caroline Moncrief. En él ella encontraría a su héroe, un héroe dispuesto a llegar a las puertas del infierno si se lo pedía. Caroline Moncrief formaba parte del destino de Jeremiah, aunque perteneciera a otro hombre. Él supo adivinar desde el principio que sus futuros se entrelazarían y que le haría sentir más vivo que nunca, aunque ello le partiera el corazón.
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Seitenzahl: 390
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1995 Susan Holloway Scott
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Una dama para el capitán, n.º 8 - marzo 2014
Título original: Sparhawk’s Lady
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2010
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-4084-3
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
Portsmouth, Inglaterra
Mayo de 1787
Con creciente temor, Caroline Harris miró su reflejo en el espejo mientras la doncella de su madre le ajustaba el corsé a la cintura. En breve, tendría que abandonar la sala de descanso de las damas y unirse a los caballeros en el salón y, para entonces, sería demasiado tarde.
¿Por qué, por qué nunca había dinero suficiente?
—No puedo hacer esto, madre —suspiró con voz quebrada—. Sé que dijiste que no teníamos otra opción, pero no puedo. ¡No puedo!
—Puedes y lo harás —concluyó su madre con la misma irritación que había mostrado en las dos últimas semanas—. Eres cuanto me queda y no estoy dispuesta a morir pobre.
Caroline asintió, incapaz de hablar. Si protestaba, se llevaría un cachete. Había aprendido esa lección demasiado rápido. Las lágrimas irritarían e hincharían sus ojos y entonces, ningún caballero se fijaría en ella.
Pero de todas formas, ¿qué caballero la querría vestida de aquella manera?
El vestido de flores y seda que llevaba era uno de los viejos de su madre, que le había sido ajustado tanto que sus pequeños y erguidos pechos casi asomaban por el escote. Las ballenas eran tan rígidas, que apenas podía respirar. Los pies iban embutidos en unos zapatos de tacón y punta estrecha pensados para aportarle elegancia al caminar.
Su pelo, fino y lacio, había sido rizado y fijado con agua azucarada en bucles que tenía prohibido tocar. Las joyas que brillaban sobre su piel pálida eran tan falsas como el resto de ella. Su cara parecía una máscara, con sombra negra alrededor de los ojos y círculos rojos sobre las mejillas. Al verlo, quiso llorar. Parecía una muñeca barata de cera a la que nadie querría.
Y ni siquiera su madre se había acordado de que ese día cumplía catorce años...
Miriam Harris agarró posesivamente el brazo de su hija, a la vez que también se miraba al espejo. Era evidente el parecido entre ambas por los pómulos altos y los ojos azules. Pero eso era todo. La madre de Caroline empezaba a consumirse. Se adivinaba en su rostro, demacrado y enmarcado por el pelo teñido de negro, y en su cuerpo, curvo y atrofiado. La vida que llevaba, siempre pendiente de los favores de los caballeros, hacía tiempo que había borrado el encanto inocente que ahora iluminaba el rostro de su hija.
—Eres muy larguirucha, Caroline —declaró entre suspiros y tosió en el pañuelo de encaje que siempre llevaba—. Mírate, eres una cabeza más alta que yo. De saber que serías así, no habría gastado mi dinero en enviarte al campo para ser criada.
Luego guardó el pañuelo en su bolso, no sin que antes Caroline viera la mancha de sangre en el lino blanco.
Con una punzada de nostalgia, Caroline pensó en la casa de techo de paja de Hampshire donde había vivido hasta el mes pasado, en la cara rubicunda de la señora Thompson, quien la había tratado como a uno más de sus hijos y en los campos por los que había corrido. También pensó en cómo se había imaginado que serían sus padres. Él, un guapo oficial de un regimiento trágicamente asesinado mientras defendía a su rey y a su país antes de casarse con su madre, una elegante dama de Londres que enviaba dinero cada mes para su cuidado y que iría a buscarla en cuanto las circunstancias se lo permitiesen.
Era un bonito sueño, una fantasía que Caroline había acariciado cada noche antes de dormirse, muy diferente a la realidad de la débil mujer que se aferraba a su brazo. Lo cierto era que Miriam había ido a buscar a su hija, pero no para darle la distinguida vida familiar que Caroline siempre había soñado. No, nada de eso. Vivían en el oscuro agujero en que se había convertido la casa de su madre, en donde todo lo de valor había sido vendido para pagar comida y medicinas. Una vez más, los ojos de Caroline se llenaron de lágrimas.
—No llores ahora, hija —le advirtió su madre, bajando la voz para que las mujeres que había a su alrededor no pudieran escucharla—. Sir Harry espera que le hagas olvidar sus problemas, así que no que le preocupes con los tuyos.
Caroline sacudió la cabeza, en una última y desesperada muestra de resistencia.
—No tenemos que vivir así, madre. Podría coser o buscar colocación en una sombrerería. ¡Tiene que haber alguna otra manera!
—¿Y desaprovechar el único regalo que Dios nos ha concedido? —dijo su madre riendo con amargura—. Tu rostro es una fortuna, muchacha, y con él ganarás más en una semana que cualquier miserable costurera en veinte años.
—Pero madre...
—No me contradigas, muchacha estúpida —bufó su madre, clavando sus finos dedos en el brazo de Caroline mientras la dirigía a la habitación—. Eres todo lo que tengo y eso es todo lo que sé. Quiero que te inicies mientras pueda verte. Si complaces a sir Harry Wrightsman esta noche, te tratará mejor de lo que nunca hayas imaginado, mucho mejor de lo que te mereces.
Bajo el arco de entrada, Caroline retrocedió. La habitación que había ante ella se le antojaba increíblemente magnífica, con paredes doradas, espejos y cientos de velas. Las mujeres bonitas y los hombres que las rodeaban le asustaban. Sus gestos eran demasiado desenfadados y sus conversaciones y sus risas demasiado ruidosas, por lo que apenas se oía a los músicos de la estancia. A pesar de lo que decía su madre, sabía que su sitio no estaba allí.
—Oh, madre —susurró, palideciendo bajo el colorete—. Te lo ruego, por favor. ¿No podemos irnos?
—¡Silencio! No me avergüences —ordenó su madre, tirando de Caroline y sonriendo mientras escrutaba a los presentes—. Tienes que utilizar tu belleza y juventud para prosperar. Deberías rezar para que sea suficiente para sir Harry.
Con los ojos fijos en el suelo, Caroline sintió la mirada curiosa de los demás. Si los dedos de su madre no le hubieran estado oprimiendo con tanta fuerza el brazo, habría dado media vuelta y habría huido. Pero ya no había escapatoria. Aunque era joven, no era tonta. En el momento en que había entrado en aquella habitación, su inocencia y buen nombre habían desaparecido irremediablemente. Como su madre había dicho, el asunto estaba hecho y el temor de Caroline se convirtió en pavor. Aquella noche sería la peor de su vida y rezaba por ser lo suficientemente fuerte para superarlo.
A su lado, Miriam saludó a sus amigos con una voz mucho más dulce de la que usaba con su hija, una voz almibarada con alegría y promesas de amor.
«Oh madre, si al menos me mostraras ese amor a mí...»
—Así que ésta es la sorpresa —dijo el hombre entusiasmado y el corazón de Caroline se heló—. Por Dios, Miriam, pero si es una preciosidad, mucho más de lo que decías. Ven aquí, jovencita, no seas tímida. Deja que te veamos.
Bruscamente la tomó de la barbilla para obligar a Caroline a mirarlo. Era viejo, mucho más viejo de lo que había imaginado. Tenía el rostro arrugado y los ojos hundidos en la carnosidad de sus mejillas. Al sonreír, quedaron al descubierto los pocos dientes que le quedaban, amarillentos por el tabaco, y el hedor de su aliento a punto estuvo de hacerla desvanecer. El polvo de su anticuada peluca cubría el terciopelo de sus hombros caídos y, aunque su ropa era cara, ningún sastre de Londres sería capaz de disimular el volumen que se adivinaba bajo su chaleco. Aquél era el hombre al que había sido vendida; aquél era el hombre cuya cama habría de compartir y al que debía entregar su cuerpo.
No podría hacerlo, no con él. Sollozó, trató de soltarse y dio un paso atrás, cubriéndose la boca.
Sir Harry pareció disgustarse, al igual que su madre.
—Son los nervios, milord, eso es todo —dijo Miriam, tomando a su hija de los hombros, una muestra de preocupación maternal que evitó que Caroline se apartara más—. Ya os he dicho que hace tan solo quince días que dejó el campo.
—¿Sólo quince días, eh? Entonces, ¿juráis que todavía es virgen?
El brillo lascivo de sus ojos enfermó a Caroline.
—Nunca la ha tocado un hombre, milord —dijo su madre, conteniendo la tos—. Tampoco la han besado nunca.
—Entonces, ven conmigo, joven doncella —dijo con una sonrisa lujuriosa de satisfacción—, y te enseñaré todo lo que tienes que saber.
Tomó a Caroline por la cintura y la atrajo hacia él.
Retorciéndose frenéticamente contra su brazo, dirigió una última mirada a su madre, allí de pie, con el pañuelo ensangrentado cubriéndole la boca y el penacho que le salía del pelo cayéndole sobre su inexpresivo rostro.
«Oh,...»
La música y las conversaciones continuaron, mientras sir Harry empujaba a Caroline hacia las puertas abiertas al jardín. Al parecer, ya quería estar a solas con ella. Ni siquiera iba a esperar a que llegaran a su casa. Ella tropezó al pisarse con el tacón el bajo de las faldas y con un pequeño lamento, dio un traspié hacia delante.
Maldiciendo, él la agarró con fuerza.
—Ven aquí, pequeña pícara. El carácter en una mujer es una cosa y otra bien distinta es la rebeldía descarada. A menos que eso sea parte de tu juego, ¿eh? ¿Quieres hacerte la traviesa y que yo te enseñe?
Sacudiendo la cabeza, Caroline se quedó mirándolo desconcertada.
—No, señor, perdonadme, no pretendía jugar a nada con vos.
Sus ojos pequeños se entrecerraron a la vez que le retorcía la muñeca haciéndola aullar de dolor.
—Encima o debajo de mí, lo haremos todo a su debido tiempo, ¿verdad, gatita?
—Soltad a la dama, Wrightsman —dijo una voz detrás de ellos.
Con el corazón desbocado por el miedo, Caroline se giró para ver a su salvador. No tenía el aspecto de un héroe. Era delgado y desgarbado, con un abrigo marrón y el pelo gris. A los ojos de Caroline era perfecto.
—Creo que no desea continuar en vuestra compañía.
—Lo que ella desee no importa, Byfield —gruñó sir Harry—. Es la hija de Miriam y he pagado a su madre por sus servicios.
El hombre de pelo cano frunció el ceño.
—¿Su propia madre te la ha vendido?
—Sí y fue dura en la negociación, más que cualquier prestamista —dijo sir Harry—. Os diré que he pagado una fortuna por la virginidad de esta joven prostituta.
—Si todavía es virgen, difícilmente puede ser prostituta —razonó Byfield—. Por esa razón, a mi parecer, es demasiado joven para ese tipo de comportamiento. ¿Desde cuándo vuestras preferencias incluyen niñas, Wrightsman?
Sir Harry resopló.
—Desde la semana de Navidad, en Bath, con aquella horrible actriz. Incluso un viejo puritano como vos debe saber que la verdadera cura se consigue yaciendo con una virgen y eso supone que la mujer sea joven. ¿Cómo si no puede un hombre estar seguro de obtener lo que ella ofrece?
Incrédulo, Byfield miró al otro hombre.
—¿Arruinaríais conscientemente a esta pobre joven por la falsa esperanza de curaros?
—Podéis estar seguro de que será debidamente pagada por su esfuerzo.
—No me importa la excusa que le hayáis dado a su madre, Wrightsman. No permitiré que hagáis esto. Id mañana a mi banco y obtendréis el doble de lo que hayáis pagado.
—No interfiráis, Byfield. Lo que quiero es la muchacha, no el dinero.
—Entonces, tripliquemos la cantidad y encontrad otro médico. ¿Quién puede poner precio al alma de alguien inocente? —dijo el sexto conde de Byfield sonriendo y ofreciéndole su mano a Caroline—. Ven, pequeña. Vas a venir a mi casa y te juro que nadie volverá a tocarte contra tu voluntad.
Y por fin, Caroline rompió a llorar.
Abril de 1803
No tendría miedo.
Jeremiah respiró hondo y posó su mano sobre la esfera del farolillo, cubriendo la llama de la vela con su palma. Al consumirse el oxígeno, la llama comenzó lentamente a parpadear y las sombras de la alcoba se fueron haciendo más oscuras mientras la luz se desvanecía.
Podía sentir su corazón latiendo con fuerza en su pecho, su sangre corriendo veloz por sus venas y cada músculo tensándose, preparándose para escapar del miedo ciego e irracional que lo estaba invadiendo. La llama parpadeó una última vez, dejando tan sólo el humo negro de la mecha y una completa y silenciosa oscuridad.
Un sonido gutural escapó de su garganta mientras levantaba la mano y buscaba con los ojos una débil chispa. Contuvo la respiración, deseando que volviera a encenderse, y trató de concentrarse en aquel último punto de luz como si fuera la única manera de controlar el terror que ahogaría su vida si se lo permitía.
«Vuelve, maldita sea, vuelve. No mueras y me dejes solo en mitad de la noche».
Dios, ¿por qué había permitido que llegara tan lejos?
Lentamente, como si lo hubiera oído, la chispa volvió a resplandecer con fuerza, hasta convertirse de nuevo en una llama dentro de la esfera. Jeremiah se quedó mirándola fijamente, incapaz de apartar la vista. Por el momento, las sombras habían desaparecido y los demonios habían sido vencidos. Pero, ¿cuánto tiempo permanecerían lejos? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que encontrara la paz? Con un gruñido de desesperación, se echó en la cama con los brazos extendidos sobre la almohada.
¿Qué demonios le había pasado? No siempre había sido de aquella manera. Él era un yanqui nacido en Rhode Island y un capitán de aguas profundas criado en Narraganset.
La primera vez que había luchado por salvar la vida lo había hecho con su padre, en la Guerra de la Independencia y con tan sólo once años. En las otras dos guerras en las que había participado, no había dado la espalda a ningún combate, fuera con espadas, pistolas o con sus propios puños.
Había luchado contra huracanes en el mar y contra ladrones y granujas en tierra. No le importaba contra qué o quién siempre y cuando ganara. Su carácter era conocido y su coraje indudable. Medía casi dos metros y sus hombros eran anchos en consonancia. Años de vida dura habían hecho que su cuerpo fuera fuerte, esbelto y musculoso, además de lleno de cicatrices.
Nadie que lo conociera podía llamarle cobarde. Nadie se atrevería. Pero sólo él conocía la verdad.
Él, el capitán Jeremiah Sparhawk, tenía miedo de la oscuridad.
Miró el dosel que tenía sobre la cabeza, intentando controlar su temor. Allí, en la gran casa de su hermana Desire en las colinas de las afueras de Portsmouth, estaba seguro.
Ahora su hermana estaba casada con un noble inglés, el almirante lord John Herendon. Si ponía atención, Jeremiah podía escuchar los sonidos de los invitados en la sala de música de abajo, las risas y alegrías en las que no había querido participar aquella noche ni ninguna otra desde que llegara cuatro meses atrás. Aun así, Desire lo había acogido cuando había necesitado un refugio, se había sentado al borde de su cama cuando el dolor y la fiebre habían amenazado su cordura y ni una vez le había preguntado por qué dejaba el farol encendido por la noche.
Aquella noche no había luna, ni estrellas, nada que indicara dónde el cielo de medianoche se encontraba con el mar. La cálida brisa que empujaba al Chanticleer hacia el este por el Mediterráneo, había cesado extrañamente con la puesta del sol y, con el barco en calma, los hombres estaban adormilados, llevados por el suave balanceo de las olas contra el casco.
Pero él era el capitán. Cualquier error, sería culpa suya. Debería de haber calibrado el peligro antes de que fuera demasiado tarde, antes de que el diablo se presentara ante su pecho, blandiendo la fría espada contra su garganta...
Se despertó ahogando un grito, húmedo por su propio sudor e, instintivamente, buscó la pistola que ocultaba bajo la almohada. Sujetando el arma con ambas manos, rodó sobre su espalda, listo para enfrentarse al demonio que se había atrevido a seguirle hasta la luz.
—Perdonadme si os he asustado, capitán Sparhawk —dijo la mujer que estaba de pie junto a la cama—. Podéis bajar el arma. Al menos, conmigo no os hará falta.
Jeremiah se quedó mirándola, sujetando con fuerza la pistola entre sus manos, sin saber si aún seguía soñando.
—Por favor —dijo ella suavemente—. Os prometo que no soy ninguna amenaza.
No parecía una pesadilla. Al contrario. Era tan guapa que casi le dolía mirarla, toda vestida de blanco, desde el penacho de plumas que salía de su pelo rubio hasta los zapatos de raso. Si no era un demonio, ¿sería un ángel?
Pero los ángeles no tenían sexo y por la forma en que la seda blanca de su vestido dejaba adivinar sus curvas, quedaban pocas dudas de que no fuera una criatura femenina. Su boca era generosa y rosada y sus ojos, grandes y azules. Ella lo miró detenidamente, sin incomodarse al verlo sólo en pantalones y sin mostrar ninguna señal de temor.
Temor. Dios Santo, ¿llevaría el tiempo suficiente como para haberle oído gritar como un chiquillo asustado?
Bajó el arma lentamente, sintiéndose calmado por la delicadeza de su voz. No quería dar lástima, y menos a una mujer a la que no conocía.
—¿Cómo habéis entrado aquí?
Ahora que había bajado la pistola, ella se acercó. Los diamantes de sus brazaletes brillaron bajo la luz de la vela.
—Del modo habitual. Por la puerta.
Él maldijo para sí por haber olvidado cerrar la puerta con llave. ¿Tan viejo se estaba haciendo que se estaba volviendo descuidado?
—Entonces, podéis iros por donde habéis venido. Marchad y dejadme solo.
Ella sacudió la cabeza con solemnidad, y la pluma blanca de su pelo rozó las cortinas de la cama. Estaba tan cerca que podía percibir su perfume de jazmín y almizcle y su mirada se desvió hasta las suaves curvas de sus pechos bajo el blanco satén. No tenía sentido. ¿Por qué estaba allí? No había estado con una mujer desde que lo llevaran de vuelta a Inglaterra y su cuerpo le estaba recordando con demasiada evidencia que se había recuperado bastante.
Se obligó a mirarla. Por muy guapa que fuera, no necesitaba aquella clase de complicación que ella suponía, no cuando su vida estaba patas arriba.
—Señora, de donde vengo, una dama no visita la alcoba de un hombre a menos que haya sido invitada. Si merodea por propia iniciativa, por lo general no es una dama. Ahora, os pido que volváis abajo con los demás. ¿O preferís que yo mismo os lleve para que todo el mundo se entere?
Altiva, levantó la barbilla unos centímetros y él comprobó que tenía más años de los que en un principio había pensado.
—No deberíais dirigiros a mí con tanta familiaridad. Soy la condesa de Byfield.
—Demonios —protestó, incapaz de retener como su hermana los títulos ingleses y el modo de dirigirse a ellos—. Soy el capitán Sparhawk de Providence y bajo mi punto de vista, eso es considerablemente más imponente. Al menos, yo me he ganado mi título.
—Yo también —dijo sonriendo con un encanto que él no esperaba—. Disculpadme. Olvidaba que erais americano y que una condesa sería algo odioso para vos. Quizá fuera mejor si me llamarais simplemente Caro.
—No voy a llamaros de ninguna manera. Estoy cansado y quiero volverme a dormir. Os daré las buenas noches y os iréis de vuelta con mi hermana y el resto de vuestros amigos.
Ella se sentó en el borde de la cama y con sus ojos azules buscó su rostro.
—Pero no son mis amigos. No suelo salir mucho y no conozco a vuestra hermana. Sois vos el que me ha arrastrado hasta aquí, capitán Sparhawk, y ahora que os he encontrado no es mi intención irme todavía.
—¿Yo os he arrastrado hasta aquí? —repitió, observando los labios que tan cerca estaban de los suyos—. ¿Un viejo y curtido patrón de barco yanqui con canas?
Ella sonrió y con su mano enguantada rozó el brazo del capitán, provocando que su vello se erizara.
—No sois tan viejo, capitán, y yo tampoco soy tan joven. Creo que tenemos algunos intereses en común.
Su fragancia era como una droga para sus sentidos, embriagándolos tanto que casi podía saborearla. Sabía que esperaba que la besara. Cuando era más joven, le había pasado a menudo. Camareras o condesas, las mujeres solían mostrar sus deseos de la misma forma. Sería fácil tomarla entre sus brazos, bajo las sábanas, y entregarse al placer que le estaba ofreciendo.
Fácil, pero incorrecto. Sólo porque hubiera sido tan descuidado como para permitir que entrara en su habitación al haber dejado la puerta abierta no significaba que mereciera un lugar en su vida o siquiera en su cama.
Intencionadamente, se apartó de ella para volver a dejar la pistola bajo la almohada.
—Es tarde, señora. Buenas noches.
La oyó suspirar y sintió el movimiento del colchón cuando ella se levantó.
—John me advirtió que os comportaríais así —dijo ella con tristeza—. Pero pensé que al menos estaríais dispuesto a...
—¿Dispuesto a qué? —preguntó Jeremiah—. Si Herendon os ha empujado a esto...
Con evidente claridad, dio con la respuesta. Su cuñado estaba tan locamente enamorado de Desire que pensaba que el amor podía curar los males de un hombre. ¿Cuántas veces le había insistido para que buscara una mujer a la que amar?
Ella se giró bruscamente.
—¿Qué estáis diciendo?
—¡Sabéis muy bien a lo que me estoy refiriendo! ¿Qué os ha contado John sobre el pobre enfermo de Jeremiah? ¿Os ha dicho que estoy tan solo que agradecería las atenciones de cualquier mujer que mostrara un mínimo de interés por mí?
A la luz de la vela, los ojos de la mujer brillaron como diamantes.
—Lo que me contó es que erais un hombre orgulloso y con carácter, pero nunca pensé que se refería a esto.
—Pero vinisteis de todas formas, ¿no? ¿Tanta curiosidad despierto como extranjero, como americano, que merecía la pena intentar seducirme?
Al levantarse de la cama, Jeremiah advirtió cómo sus ojos se fijaban en la cicatriz que atravesaba su torso.
—¿Seducción? —repitió ella, echando la cabeza hacia atrás y rompiendo a reír—. ¿Creéis que he venido a seduciros?
No estaba de humor para bromear y no le gustaba que se rieran de él, mucho menos una mujer tan bonita como aquella.
—Sí. ¿Qué otra razón habría para que entrarais sigilosamente mientras duermo, como si fuerais la hija descarada de un tabernero?
—No me habéis dejado otra opción —contestó, mirándolo con la cabeza ladeada—. Nunca salís de esta casa. ¿Cómo si no iba a dar con vos?
—Me habéis encontrado en la cama, ¿verdad?
—De veras creéis que he venido a seduciros —dijo ella incrédula, levantando el rostro para encontrarse con su mirada—. ¡Señor! No habría sabido por dónde empezar.
—Así —replicó él, levantándola del suelo con su brazo, antes de que pudiera protestar.
Ahogó el grito en su boca, moviendo los labios con destreza sobre los de ella. Le enseñaría que él no era un salvaje americano del que reírse. Le demostraría que no necesitaba ni su lástima ni su curiosidad ni lo que fuera que la había llevado hasta allí esa noche. Sabía tan dulce como esperaba, suave y cálida en su abrazo, y deslizó las manos bajo el satén blanco por su espalda, hasta la curva entre su cintura y su cadera.
Aun así, para ser una mujer tan descarada como para presentarse en su cama, parecía desconcertada. Estaba tensa entre sus brazos, con las manos apoyadas a la defensiva sobre el pecho de Jeremiah y, aunque había entreabierto los labios para recibir los suyos, estaba a la espera de ver qué hacía. ¿Tan egocéntricos eran los ingleses que dejaban a sus mujeres tan perdidas como estaba aquélla?
Con delicadeza, intensificó el beso, explorando las partes más sensibles de las comisuras de sus labios hasta que empezó a responderle, poco a poco al principio y con creciente ardor después. La mujer lo rodeó por el cuello, atrayéndolo.
Cautivado por la ingenuidad de su respuesta, sintió que su ira desaparecía, dejando paso a un fuerte impulso de deseo. ¡Hacía tanto tiempo! Condesa o no, quizá no fuera tan malo que aceptara lo que le ofrecía. La estrechó contra él y ella dejó escapar un gemido desde el fondo de su garganta. Entonces supo que lo deseaba tanto como él a ella.
De repente, se soltó y le dio una bofetada tan fuerte como pudo.
Él se quedó mirándola, sintiendo dolor en la mejilla.
—¿A qué demonios ha venido eso?
—Vos... No deberíamos habernos besado de esa manera —dijo ella sin apenas respiración—. No está bien.
Tenía el rostro ruborizado, los labios aún húmedos por el beso y el pelo revuelto, con la pluma cayéndole a un lado.
—A mí sí me ha parecido bien.
Le parecía extraño que no estuviera enfadado con ella. Quizá algo decepcionado, pero no enfadado.
—No, no lo entendéis —dijo ella bajando la mirada y frotándose las manos.
—Lo habéis dicho muy bien. Creo que no os estáis explicando.
Él se sentó en el borde de la cama, sintiendo todavía dolor en el rostro. Le había dado en la mandíbula con uno de sus brazaletes y sabía que tendría un cardenal por la mañana.
—No lo hago bien cuando me distraigo —dijo jugueteando con el cierre de uno de los brazaletes, mientras trataba de recuperar el control de sus emociones—. Frederick dice que es uno de mis defectos y ha intentado quitármelo.
Aunque Jeremiah se quedó a la espera de que le explicara quién era Frederick, no lo hizo. Probablemente fuera su marido. Si era una condesa, tenía que haber un conde. Pero fuera quien fuese Frederick, Jeremiah no estaba dispuesto a preguntar.
—No me lo digáis —dijo él—. Tenéis una lista de defectos tan larga como vuestro brazo.
—No, capitán, no los tengo por mucho que os gustaría que así fuese —cerró los ojos unos segundos y suspiró—. Buenas noches y perdonadme por haberos molestado.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo, sí. Ya he causado suficientes molestias a ambos esta noche, ¿no? —contestó encogiéndose de hombros.
Al ver que se dirigía hacia la puerta, la tomó del brazo. Bajo la seda, su piel era cálida y pudo sentir que los latidos de su corazón se aceleraban al tocarla.
—No podéis iros ahora.
Ella se quedó mirando fijamente su mano antes de levantar la vista.
—¿Por qué no? No habéis dejado de decirme que me fuera desde que os despertasteis.
—Usad vuestros oídos, señora, y lo sabréis. Ahí abajo, todo está en silencio. Debe de ser más de medianoche.
—Entonces, tengo que irme. No soy una desvalida. Mi cochero debe de estar esperándome con el carruaje donde lo dejé, al pie de la colina.
—No iréis sola.
La soltó del brazo, tomó su camisa y se la puso por la cabeza. Desvalida o no, no iba a dejar que saliera a la oscuridad sola mientras él pudiera evitarlo.
—Os aseguro que tan repentina muestra de caballerosidad no es necesaria —dijo indignada—. Soy perfectamente capaz.
—Estoy seguro de que lo sois —dijo él poniéndose el abrigo, sin molestarse en tomar el chaleco ni el sombrero y se atusó el pelo hacia atrás—. Y no lo equivoquéis con la caballerosidad. Si mañana os encuentran con el cuello cortado y sin diamantes, no quiero haber sido el último que os vio con vida.
Ella hizo un extraño sonido con la garganta que le hizo sonreír. Le gustaba más de aquella manera, cuando no intentaba mostrarse como una gran dama. Si se le presentaba la oportunidad, quizá bajo la luz de la luna, junto a su carruaje, volvería a besarla.
No, ése no sería el comportamiento de un caballero.
—Cuando queráis, señora —dijo tomando el farol de la mesa que había junto a la cama.
—Si no podéis llamarme Caro, entonces debéis llamarme lady Byfield —dijo mientras lo seguía—. Señora es demasiado vulgar.
—Vulgar o no, así es como llamamos a las mujeres en mi país. Luché en una guerra contra su gente por cosas como ésa.
Ella no contestó, o quizá lo ignoró, pero no le importó mientras se mantuviera callada. No quería tener que explicarle nada de aquello a su hermana o, peor aún, a su cuñado. Tenía pensado mantener una charla con John por la mañana, pero no con el asunto objeto de discusión allí presente.
El largo pasillo hasta la escalera estaba oscuro y la vela tan solo iluminaba unos pasos por delante de ellos. Jeremiah levantó el farol, decidido a controlarse para no sentir miedo. Había recorrido aquel pasillo cientos de veces a la luz del día y no había nada que temer. ¿Qué diferencia podía haber al hacerlo en la oscuridad?
Sintió que la mujer de su lado buscaba a tientas su brazo y la tomó de la mano para tranquilizarla. Si hacía tiempo que no yacía con una mujer, mucho más tiempo hacía que no lo buscaban como refugio. Sonrió para sí mismo, preguntándose qué haría si descubriera la verdad acerca del defensor que había elegido.
Una vez fuera, se separó de él, bajando a toda prisa los escalones de piedra y haciendo volar su vestido blanco a la luz de la luna. Él la siguió más lentamente puesto que la herida todavía le dolía al moverse y no quería ir jadeando y quejándose como un viejo delante de ella.
La luna brillaba casi llena, iluminando los terrenos que rodeaban la casa y Jeremiah se relajó. Allí no había demonios; su única compañía era aquella condesa. La grava del camino sonó bajo sus pies y, refunfuñando, ella siguió avanzando por la hierba.
—Vais a estropear vuestros zapatos —le advirtió Jeremiah, siguiéndola—. El rocío ya está cayendo.
—No me importa. No será la primera vez y dudo que sea la última —dijo deteniéndose para que la alcanzara—. Me niego a no pisar la hierba sólo por unos zapatos. Eso saca de quicio a Frederick, pero viví en el campo de niña y si pudiera, iría sin zapatos, sin medias y sin ligas.
—Entonces, ¿por qué no os los quitáis? ¿Cuál es el peligro?
La noche era cálida para ser abril y a Jeremiah le gustó la idea de sacar de quicio a aquel Frederick.
Ella sonrió.
—Podría hacerlo, ¿verdad?
—Por supuesto que podéis. No se lo diré a nadie.
—Entonces, lo haré.
Se apartó de él mientras se levantaba las faldas y al inclinarse para soltarse las ligas, el vestido blanco marcó su redondeado y respingón trasero. Jeremiah vio en ello una invitación no pretendida, pero mucho más provocadora que la visión de sus tobillos. Cuando era más joven, las mujeres se envolvían en capas de enaguas y telas, aunque ahora la moda era peor que si salieran desnudas. Y la mujer que tenía frente a él podía tentar a un santo.
A propósito, contempló las estrellas que había sobre ellos para apartar la mirada.
—Yo también fui criado en el campo y no llevábamos zapatos desde mayo a septiembre, excepto cuando mi abuela nos hacía ir a la iglesia los domingos.
—¿En una granja? —preguntó impaciente—. Siempre me han gustado las granjas.
Ya se había incorporado y comenzaron a bajar la colina en dirección al portón que daba al camino. Bajo el círculo que formaba la luz de la linterna, podía ver sus pies desnudos asomando por debajo del vestido. Llevaba los zapatos en una mano y las medias en la otra.
—Era una plantación, que no deja de ser una enorme granja.
—¿Una plantación? Eso suena a algo muy grande.
—Para lo que había en Rhode Island, lo era —afirmó, recordando la última propiedad que había tenido antes de hacerse a la mar—. Mi abuelo hizo una fortuna como corsario y debió de gastar la mitad en aquella casa. Pero imagino que no debe de ser nada comparado al hogar de una condesa, aunque sea en el campo.
—Efectivamente. Para toda una condesa, así ha de ser.
No había ninguna duda de la melancolía en su voz y Jeremiah no pudo comprender el motivo.
—Vos lo sabréis mejor que yo —dijo rozándole suavemente el brazo para que lo mirara—. ¿Por qué queríais verme, Caro? Alguna razón debéis tener para haber venido.
Ella frunció el ceño, extrañada de que al fin se hubiera decidido a usar su nombre.
—Ya no importa. Pensé que podríamos ayudarnos mutuamente, pero ahora me doy cuenta de que ha sido una idea estúpida. No creía... Bueno, no os volveré a ver nunca más, así que ya nada importa, ¿verdad? Mirad, ahí está mi carruaje, justo detrás del portón. No tenéis que seguir más.
—Maldita sea —maldijo él, tratando de alcanzarla—. Os dije que no os dejaría sola.
—No hace falta. Buenas noches, capitán Sparhawk. Adiós.
Ella se giró y corrió, levantándose la falda. La llamó, pero ella no se detuvo y la dejó marchar. Tenía razón: lo más probable era que nunca más volvieran a verse. Ella era una condesa inglesa y él un capitán de barco americano que, en una semana o quince días como mucho, regresaría a Rhode Island para recomponer su vida lo mejor que pudiera.
Observó cómo desaparecía y sonrió al recordar sus pies desnudos. Esperaba que Frederick no se enfadara cuando llegara a casa. Aquel hombre debía ocuparse mejor de su esposa.
Aun así, Jeremiah deseó que se hubiera quedado más tiempo.
Los pies de Caro resbalaron en la hierba y maldijo entre dientes. Hacía años que no utilizaba esa clase de lenguaje. Maldecir había sido uno de los primeros defectos que Frederick le había corregido. Las damas no maldecían y ella era una condesa, esposa de todo un caballero.
Pero tampoco las damas se dejaban besar por un desconocido y, por primera vez, fue consciente de la magnitud de lo que había hecho. Se había introducido en la alcoba de un hombre al que no conocía, un extranjero, con una pregunta que no se había atrevido a hacer. En su lugar, había sonreído y se había comportado como la hija de un tabernero, tal y como él había dicho.
No importaba que hubiera ido hasta allí con la mejor intención del mundo. Lo cierto era que Frederick no se merecía aquello. La había cuidado, querido y educado por encima de su posición social, y había acabado dándole su apellido y su título. No podía haber nada mejor para ella que convertirse en la esposa de un hombre tan gentil y generoso y se lo había compensado amándolo como nunca había amado a nadie. Puesto que él siempre se lo había dicho así, pensaba que con ese amor era suficiente. Pero acababa de descubrir que había otra clase de amor.
El carruaje se adivinaba entre las sombras. El escudo Byfield apenas era visible en los laterales. Los caballos estaban paciendo y no había rastro del cochero ni del lacayo.
—¿Ralston? —dijo intranquila.
Acarició uno de sus brazaletes, recordando lo que el capitán Sparhawk le había dicho. No pensaba que la casa de un almirante fuera lugar que temer, pero allí en el camino de Portsmouth no estaba tan segura.
—¿Ralston, dónde estás? —repitió.
—¿Y dónde has estado tú, querida tía? —dijo un joven, apareciendo por detrás del carruaje—. No hace falta que te diga el tiempo que llevo esperando.
—Lástima que hayas esperado en vano, George —dijo Caro con perspicacia, pasando junto a él para llegar a la puerta del carruaje—. No hay nada de lo que tengamos que hablar, y menos aquí. Si insistes en tus preguntas groseras e impertinentes, tendré que remitirte al abogado de lord Byfield.
—¿Un abogado, tía querida? —dijo el joven, apoyándose en el carruaje y estirando las piernas para impedirle el paso—. Eso es poco amable de tu parte.
Llevaba un sombrero de copa alta, inclinado hacia delante, que ocultaba sus ojos. Pero para Caro, fue suficiente ver su sonrisa insolente.
—Entonces, quizá yo misma debería llamar al señor Perkins y hacer que presente cargos contra ti —contestó, sintiéndose cada vez más enfadada—. Seguro que tiene que haber leyes contra tu insistente acoso.
—¡Qué cruel, tía querida! —exclamó con sorna—. ¿Y qué hay de las leyes contra el adulterio, eh? ¿De las leyes para proteger a los maridos de sus infieles esposas?
—¿Cómo te atreves a difamarnos a Frederick y a mí de esa manera?
—¿Que cómo me atrevo? Más bien sería cómo te atreves tú —dijo sonriendo y cruzándose de brazos—. Estoy seguro de que has sabido ser discreta. Estos últimos meses no has dado ningún escándalo. Hasta esta noche, claro. Los zapatos en la mano, las piernas desnudas, el cabello revuelto... ¿Qué chismes oiré mañana en la partida de cartas en casa de lady Carstairs? No pensaba que fueras capaz de tentar al apuesto almirante lord John, pero claro, su esposa está esperando un hijo.
Forzando una carcajada, Caro dejó caer los zapatos y se lanzó al rostro sonriente de George, decidida a hacerle tanto daño como el que le había hecho.
Pero los reflejos de George no estaban cegados por la ira y rápidamente, la tomó de las muñecas. Al segundo siguiente, se giró y la hizo apoyarse en el carruaje, sujetándole las manos por encima de la cabeza y atrapándole el cuerpo con el suyo.
—El papel de viuda no está mal, Caro —dijo él jadeando mientras ella forcejeaba—. Una vez te conviertas en la viuda lady Byfield, nadie se extrañará de que tengas amantes. Di las palabras y se hará. Será fácil conseguir tu libertad y deshacerte de ese viejo bastardo para siempre.
—El bastardo eres tú, George, y no Frederick —gritó resistiéndose—. ¡Ralston!
—Ahorra saliva, Caro. Les he dado una botella de ron para que pudiéramos hablar en privado.
—No tenías derecho a hacer eso. Son mis hombres, no los tuyos.
—¿Pero por cuánto tiempo, eh? —preguntó apretándose contra ella, el olor a ron en su aliento—. Viuda o no, querida tía, no eres tan vieja como para que no pueda forzarte. El asunto quedaría en la familia. Es hora de que disfrutes con un hombre joven que te haga recordar lo que más desea una mujer.
Caro se quedó mirándolo fijamente, asombrada de lo que estaba sugiriendo.
Él sonrió, tomándose su silencio como un sí y acercó la boca a sus labios.
—Di las palabras, querida, y complácenos a ambos. Comprobarás que soy generoso tanto con mi oro como con mi compañía.
—Eres despreciable —dijo escupiendo las palabras, obligándole a apartarse—. ¡Suéltame!
—Todavía no, Caro, no antes de que...
—Ya habéis oído a la dama —dijo Jeremiah—. Soltadla ahora mismo.
George se dio media vuelta, buscando entre las sombras al hombre que hablaba.
—¿Qué demonios...
Jeremiah dio un paso al frente. Bajo la luz de la luna, a Caro le pareció un gigante salvaje, con el rostro anguloso y el pelo suelto sobre sus hombros. Las sombras acentuaban su tamaño. Estaba de pie, con las piernas separadas y todo su cuerpo estaba tenso y dispuesto para luchar. Nunca había conocido a un hombre como aquél y se ruborizó al recordar que le había permitido besarla. Le había gustado antes de que la vergüenza la hiciera detenerse. ¡Cómo disfrutaría George si supiera lo que había hecho!
—Esto es un asunto privado entre Caro y yo que no tiene nada que ver con vos, seáis quien seáis.
—Os he dicho que soltéis a la dama —repitió Jeremiah con voz profunda—. No soy un hombre paciente y estoy acostumbrado a salirme con la mía.
—Hazle caso, George —murmuró Caro—. Tiene una pistola y no quisiera que un salteador de caminos me matara por tu tozudez. Probablemente estemos rodeados por sus compinches.
«¿Un salteador de caminos? ¿Compinches?», pensó Jeremiah frunciendo el ceño.
¿De qué demonios hablaba?
—¡Un bandolero! —dijo George soltando a Caro y mirando a Jeremiah—. Maldita sea, Caro. Con esos brazaletes de diamantes que llevas. Tienen que valer una fortuna.
—Valen diez veces más si con ellos puedo salvar mi vida —dijo girándose hacia Jeremiah y quitándose los brazaletes—. Tened, son vuestros, y los pendientes también, si los queréis. Sé que de todas formas os los llevaréis a la fuerza, así que os ruego que me liberéis a mí y... a mi acompañante.
—Hacedle caso —dijo George asustado, mirando la pistola.
Jeremiah frunció aún más el ceño. Pensaba que la estaba salvando del asalto de un rufián, aunque el hombre parecía estar coaccionándola por alguna razón que la había obligado a protegerlo.
En opinión de Jeremiah, aquel hombre no merecía la pena: era un inglés menudo y bien vestido, pero tan cobarde como para permitir que una mujer lo defendiera. Pero, ¿qué eran todas esas tonterías sobre bandoleros y brazaletes?
—Lo siento, señora —comenzó—, pero yo no...
—Oh, por favor, señor, por favor... —rogó ella, entrelazando sus manos—. No os precipitéis en vuestra decisión.
Desconcertado, Jeremiah sacudió la cabeza. Miró hacia el ruido que provenía de los arbustos y vio a dos hombres asustados, ocultos entre las sombras y les hizo una señal para que se acercaran. Fuera lo que fuese que la mujer pretendía, no le había dejado otra opción más que seguirle el juego, al menos por el momento.
—¿Es así como mostráis vuestra lealtad a lady Byfield, permitiendo que la aborden de esta manera? —preguntó George, dirigiéndose a los dos criados.
—Pero, señor —protestó Ralston—, eso era lo que queríais que hiciéramos.
—¡No discutáis, estúpidos mezquinos! —replicó Caro, paseando la mirada de George a Ralston—. Si no, os dejaré aquí como rehenes.
—No deberías tratar con rufianes como éste, Caro. No es decente —intervino George.
—Haré lo que deba —dijo ella y con las joyas en las manos, caminó lentamente hasta Jeremiah—. Aquí tenéis. Espero que os parezcan suficientes.
Él tomó las joyas y se las guardó en el bolsillo, confiando en mostrarse tan indiferente como cualquier bandolero. Había sido muchas cosas en su vida, pero nunca ladrón y no sabía muy bien cómo comportarse.
—Quiero la bolsa del dinero del caballero. Y el anillo que lleva en ese dedo.
George abrió la boca para protestar, pero Caro lo miró, extendiendo su mano.
—Dáselo, George, es lo menos que puedes hacer. Si no me hubieras seguido y te hubieras entrometido, nada de esto habría pasado.
Abatido, George entregó el anillo y la bolsa a Caro, que se lo dio a Jeremiah.
—Me temo que eso es todo, señor —dijo apesadumbrada—. Por favor, decidnos que es suficiente para que nos vayamos.
Aunque sus palabras pretendían derretir el corazón más frío, había un brillo travieso en sus ojos dedicado sólo a Jeremiah. No sólo Caro estaba protegiendo a aquel hombre, sino que estaba disfrutando haciéndole perder su bolsa. Jeremiah se alegraba, puesto que el hombre le parecía un estúpido, además de un mezquino.
—Si hay algo más que queráis —continuó Caro al ver que no contestaba—, algo que pueda ayudaros a tomar una decisión para que nos vayamos...
Jeremiah la miró como si estuviera sopesando su súplica en vez de preguntándose si su intención era dar un doble sentido a sus palabras. ¿Qué otra cosa iba a querer? Quería que los tres hombres se fueran y quedarse con ella allí para que le explicase todo. Y besarla de nuevo. Tenía el pelo todavía más revuelto y la pluma le caía ahora sobre un ojo. Era una criatura adorable y desconcertante, sin duda alguna, y había conseguido hacerle olvidar sus penas por primera vez desde que llegara a Inglaterra.
Los diamantes pesaban en su bolsillo, formando un bulto sobre su muslo. Al menos ahora tenía un motivo para volver a verla, aunque fuera para algo tan breve como devolverle las joyas, y por ello se sentía más tranquilo por dejarla marchar.
—Ya habéis oído a la condesa —dijo dirigiéndose al cochero—. Está lista para irse a casa. Y vos, George, dejad a la dama en paz o tendréis que véroslas conmigo.
Incluso bajo la luz de la luna, a Jeremiah le pareció ver palidecer al hombre.
—Ya veremos —repuso débilmente—. No podéis amenazarme de esa manera. Os veré colgado.
—Eso será si antes me prendéis —dijo Jeremiah y aunque sonrió, George percibió su tono amenazante—. Pero si me entero de que volvéis a tratar mal a esta dama, os buscaré. Y que Dios os ayude a esconderos, porque cuando os encuentre, desearéis no haberme conocido.
Inclinó la cabeza ante Caro, sin dejar de mirar al hombre.
—Buenas noches, señora. Que durmáis bien.
Agradecida, ella sonrió discreta oculta bajo la pluma antes de dirigirse al carruaje. Jeremiah no esperó a verla marchar para no averiguar si el cochero ocultaba un arma bajo el pescante. Al acercarse al portón, la escuchó negar a George un sitio en su carruaje.
Guardó la pistola en el bolsillo de su abrigo, encima de los diamantes, y tomó el farolillo que había dejado sobre la hierba.
Todavía no sabía por qué había ido hasta su alcoba a verlo, ni por qué le había dejado robarla. Pensó en sus pies asomando bajo la seda blanca de su vestido y la camaradería con la que le había sonreído. A su espalda la escuchó levantar de nuevo la voz, esta vez para dirigir a George un adjetivo más propio del vocabulario de los marineros.
No, Caroline, lady Byfield, no encajaba con la imagen de una condesa.
Y, por primera vez desde que perdiera el Chanticleer, Jeremiah rió a carcajadas.
—Venga, muchacho, cómetelo si te gustan las frambuesas —dijo Jeremiah ofreciéndole el pastel a su sobrino Johnny—. Yo prefiero el de manzana, aunque los dos le salen muy buenos a tu madre.
El pequeño se quedó observando con seriedad el bizcocho, los labios apretados con la intensidad de sus cuatro años y las manos entrelazadas en su espalda imitando a su padre, el almirante. Pero ése era todo el parecido, porque por sus ojos verdes y su pelo oscuro, Johnny era todo un Sparhawk. Si alguna vez permanecía el tiempo suficiente en un sitio como para tener un hijo, pensó Jeremiah con cierto pesar, se parecería a aquel chico.
—Tómalo, muchacho. Juro que no está envenenado.
El chico siguió dudando, mirando por encima de su hombro a su nodriza para sentirse seguro. Jeremiah no podía culparlo. No tenía experiencia como tío y aquélla era la primera vez que estaba a solas con el niño sin Desire presente para aliviar la tensión.
—Atrévete, Johnny. Si quieres algo, arriésgate y hazlo tuyo —concluyó.
