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Traicionada por su marido y su mejor amiga en su noche de bodas, Sarina Mann había cerrado su corazón al amor. Pero, víctima de la soledad, decidió acudir a una peculiar agencia que facilitaba «amigos». Una apuesta entre los dos socios propietarios de la agencia, hizo que uno de ellos fuera su nuevo «amigo». Max almorzaba con ella, la acompañaba de compras, escuchaba sus problemas. ¡El hombre perfecto! Pero Sarina quería que fueran más que amigos. Pero, ¿cómo lograrlo? ¿Despidiendo a Max… o subiéndole el sueldo?
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Seitenzahl: 218
Veröffentlichungsjahr: 2023
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1998 Valerie Kane
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amigo de alquiler, julia 961 - enero 2023
Título original: RENT-A-FRIEND
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788411416153
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
SARINA Mann Dokter llevaba tanto tiempo sentada en la bañera de hidromasaje que el agua se había quedado fría. Se acababa de casar con el hombre más paciente del mundo, o Rance se había ido a realizar una liposucción de emergencia.
O quizá simplemente se había largado. Tal vez mientras esperaba que saliera del baño, repasó el momento en que ella estuvo a punto de pronunciar el juramento matrimonial, cuando le pidió al sacerdote que repitiera la pregunta.
—Sarina, ¿qué parte de «hasta que la muerte os separe» no entiendes? —le había preguntado el padre DeGrasso.
Apartando con impaciencia capas del velo de su oído, como si se interpusieran entre ella y la felicidad eterna, forzó una sonrisa y dijo:
—Lo siento, padre. Es este maldito velo —luego respiró hondo—. Claro que quiero.
Evidentemente había convencido a su pastor de que no tenía dudas… estaba casada. ¿Pero había logrado convencer al pobre Rance?
—Querida, ¿estás segura de que quieres hacerlo? —le había preguntado al despertarla por teléfono aquella mañana.
Sarina, vicepresidenta de una multinacional de inversiones, tenía fama de ser una persona intrépida. Conociéndola, su futuro marido no tendría que haberle preguntado si albergaba alguna duda de última hora. A menos que…
—¿Tú no estás seguro, Rance?
—Yo he preguntado primero.
Pensativa, había mirado el vestido hecho a mano que colgaba de la puerta del armario. Él tenía que comprender, como cualquiera que la conociera, que jamás se habría permitido semejante extravagancia si no creyera firmemente en que sería la primera y única vez que iría al altar.
—No puedes dudar de mi sinceridad, cariño.
—No dudo, mi amor —había respondido él—. Lo pregunto porque quiero que sepas que lo único que me importa es tu felicidad —la voz de Rance se había vuelto como el brandy: cálida, suave y tranquilizadora—. Y si por lo que sea decides cambiar de idea, incluso en la iglesia, lo entenderé y no plantearé ninguna objeción.
Era tan bueno con ella. Tan generoso y considerado. Entonces; ¿qué hacía allí sentada la noche de su boda, preguntándose si había hecho bien en casarse? Hasta su mejor amiga, Jillian, quien aún se mostraba cautelosa con Rance, afirmaba que sólo desconfiaba porque era demasiado bueno para ser real; rico, encantador y el cirujano plástico más solicitado de Nueva York.
—No confío en un hombre que no tiene defectos. No es normal —le había dicho cuando conoció a Rance—. Por otro lado, dejo que me haga una liposucción cuando quiera.
Rió, sabiendo que un hombre era lo último que se interpondría entre ella y su mejor amiga.
Cuando la conoció aquel verano en Roma, dos estudiantes americanas que compartían una habitación en una pensión, apenas se mostraron cordiales la una con la otra. Poco después, Sarina empezó a salir con Giorgio, uno de los innumerables romanos capaces de hacerle el amor a una mujer con la mirada de un modo que ésta jamás olvidará. Un mes después, creyéndose enamorada, Sarina estaba lista para algo más que su mirada. Pero una dolida e insegura Jillian le reveló que no sólo había visto a Giorgio con otras dos americanas, sino que también la había invitado a salir a ella. Por supuesto, le había dicho que se tirara al Tíber. Sarina quedó destrozada, aunque también se dio cuenta de que Jillian la había salvado de cometer un terrible error.
Ese fue el comienzo de una hermosa amistad y el motivo por el que Sarina sabía que si Jillian albergara serias dudas acerca de Rance, se las habría expuesto. Además, nunca aceptaría ser su dama de honor si considerara que la boda era una equivocación.
No lo era, se tranquilizó al salir por fin de la bañera. «Rance y yo lo tenemos todo», dijo, secándose con vigor. «Éxito profesional… » Se dio crema hidratante por el cuerpo. Por algún motivo que no se detuvo a analizar, se imaginó las centelleantes playas de Aruba, donde a propuesta de Rance irían a pasar la luna de miel a la mañana siguiente. «Una casa de fin de semana en Hampton, abono en el Metropolitan». Recogió el camisón. «Estoy segura de que me las ingeniaré para no quedarme dormida en la ópera».
Mientras el camisón caía por su cuerpo pensó con anhelo en las playas tropicales en las que iniciaría la luna de miel.
«Claro que estás ansiosa por empezar tu vida de casada con Rance» musitó mientras se peinaba el cabello rojizo dorado. «¿Sarina Mann habría dado un paso tan importante si no estuviera completamente segura de ello?» Dejó el cepillo, se puso el salto de cama y, satisfecha con la imagen en el espejo, se dirigió confiada a la puerta.
¿Sarina? Sabes quién soy, ¿verdad?
Frunció los labios irritada. «Sí. Mi adulto interior. Vete».
Vamos, Sarina. ¿Por qué no reconoces que hay cosas de Rance que te molestan?
Dio un paso atrás. «Nadie es perfecto».
Tú aceptaste su invitación de presenciar un lifting de cara sabiendo que faltarías al almuerzo…
«Sí».
Pero él encontró una excusa para no asistir a la fiesta de navidad que daba tu empresa. Jamás ha ido a tu oficina.
Se encogió de hombros. «¿Es su culpa tener que estar siempre en el quirófano o en la consulta?»
¿Y qué me dices de aquel viaje para esquiar en Lake Placid que planeaste y que él aceptó para su fin de semana libre? Fue muy oportuno ese ataque de lumbalgia.
«Probablemente estaba demasiado avergonzado para reconocer que no sabe esquiar». Cruzó los brazos y se apoyó en la puerta. «Ya sabes cómo son los hombres».
De acuerdo. Probemos con esto. Cambia tu película favorita para ver un documental sin siquiera pedirte permiso.
«Bueno… », se rascó la cabeza. «Ya lo tengo», dijo, chasqueando los dedos. «Está tan acostumbrado a la vida de soltero que…»
¿Qué? ¿Piensa que la mujer que tiene sentada a su lado ha salido de su imaginación? Quizá por eso para celebrar tu cumpleaños te llevó a su restaurante favorito cuando tú insinuaste durante toda una semana que querías ir a Le Cirque. Supongo que pensó que estaba oyendo voces, ¿no?
Hizo un gesto con la mano. «Me lo explicó. Dijo que la esencia del romance radica en hacer lo inesperado».
Traducción: Después de invitar al presidente de Global Century, a cuyo puesto aspiras, y a toda la junta directiva a tu boda, sabías que ya no podías echarte atrás. Al menos no sin quedar como una idiota incapaz de llevar su propia vida y menos aún una multinacional.
Sarina hundió los hombros. «De eso soy culpable».
Luego está ese pequeño asunto del maleficio.
Como si hubiera recibido un golpe, respiró hondo, enarcó una ceja y se irguió. «No sé de qué me estás hablando».
Y un cuerno. Sabes muy bien que estabas decidida a que el maleficio no arruinara el día de tu boda.
«No seas ridícula. Soy demasiado inteligente para creer en maleficios». Al no captar ninguna réplica, sonrió, se frotó las manos y se dirigió a la puerta.
Entonces, ¿por qué tu primer pensamiento cuando llamó esta mañana fue que el maleficio lo había hecho cancelar la ceremonia?
Paró en seco. «Ya conoces la respuesta».
¿Porque tu bisabuela cayó en un pozo camino de su boda?
«Ese es un motivo. ¿Quieres otro? A mi abuela le picó un enjambre de abejas cuando iba a celebrar la suya. Vi las fotos. Tenía la cara como una granada gigante. Y, por algún motivo, el ejército perdió la solicitud que había hecho mi padre de dos semanas de permiso para casarse».
Pero logró casarse.
«Sí, y pasó la luna de miel en el calabozo, a la espera de un consejo de guerra por ausentarse sin permiso». Respiró hondo y se sentó en el borde de la bañera. Durante un momento sólo oyó el bendito silencio. Pero…
Y ahora tú ya estás casada.
«Y sin ninguna dificultad».
He de reconocértelo, Sarina. Esta vez has engañado a los duendes. Al casarte con un hombre que te producía dudas, estropeaste la diversión que les habría producido estropear tu boda. ¿Quién sabe? Puede que hasta le hayas puesto fin de una vez por todas al maleficio.
«Esta vez lo planifiqué a la perfección», dijo. Echó la cabeza hacia atrás y abrió la puerta. Sus ojos se posaron en la magnífica cama y en el igualmente magnífico hombre que había de pie junto a ella. Sonrió y contempló los ojos azules de su marido.
Y los ojos verdes y sorprendidos de su mejor amiga la observaron.
—¿Jillian? —con los ojos casi desorbitados, se cerró el salto de cama—. ¿Qué haces ahí?
—¿Quieres decir que hago aquí? —Jillian Wilder habló con voz ronca por encima del hombro.
—No, quiero decir qué haces ahí —repitió Sarina, apuntando a la pequeña morena con un dedo—, en los brazos de mi marido.
Rance y Jillian se miraron.
—Querida —comenzó él, soltando a Jillian—. Tenemos que hablar.
—¿Hablar? Rance, es nuestra noche de bodas. Tenemos el resto de la vida para hablar.
Rance Dokter se pasó los dedos por el puente de la nariz y le dio la espalda a la mujer que tenía a su lado.
—Díselo tú, mi amor. Yo no puedo.
—Pobre corazoncito —comentó Jillian, asiéndole el hombro y pegando la mejilla a su espalda.
—¿Mi amor? ¿Corazoncito? —Sarina se acercó a ellos, apartó a Jillian de su marido y lo hizo girar—. ¿Qué pasa aquí, Rance? —la única respuesta que obtuvo fue un silencio culpable. Lo miró a los ojos, y se preguntó por qué reflejaban tanto dolor cuando era ella quien había recibido la puñalada por la espalda—. ¿Cómo has podido…?
Jillian se interpuso entre los recién casados.
—Sé cómo debes sentirte. Lo único que espero es que podamos comportarnos como adultos —aferró a Sarina por los hombros—. ¿Podrás hacerlo?
—No… me toques —se apartó de ella. Por encima del hombro le lanzó a Rance una mirada demoledora—. ¿Tienes idea de cuánto me costó este salto de cama? Mil dólares.
—Oh, Sarina —dijo Jillian, llevándose una mano al corazón—. No puede ser.
—Sí que puede ser, mi amor. ¿Y a ti qué te importa?
—Bueno, no es que no sea precioso —dijo, mirándola de arriba a abajo—. Pero yo lo vi en esa pequeña boutique de la Avenida Lexington a quinientos dólares.
—No te creo —Sarina cruzó los brazos.
—Pues es verdad —también Jillian cruzó los brazos.
Con las manos en la cintura, Sarina se acercó.
—Viste una copia barata y lo sabes. Por algún ridículo motivo, siempre has intentado hacerme creer que pagaba demasiado por todo, y hasta ahora siempre te había perdonado. Eras mi mejor amiga —alzó un puño—. ¡Retíralo!
—Quizá podrías devolverlo y comprar el más barato —dijo Jillian.
—No lo empeores, mi amor —intervino Rance, apartando a Jillian de Sarina.
—Es que odio ver cómo le timan quinientos dólares —le dijo con un susurro alto. Luego se dirigió a ella—. Siempre he tratado de velar por tus intereses, Sarina. Sé lo cuidadosa que eres para que no se aprovechen de ti.
—Al parecer no lo bastante —le clavó la vista a su marido, cuyos rasgos esculpidos de pronto parecieron de masilla—. Al menos en tu caso, Rance. Estás de acuerdo, ¿no?
Él se apartó de ambas, se mesó los cabellos negros y luego la miró.
—Uno no planea las cosas, Sarina —gritó con voz entrecortada—. ¡Suceden!
—Ni siquiera ahora puedes evitar mostrar desprecio por todo lo que para mí es sagrado. Eso es lo que dijo Deborah Kerr en Algo para Recordar justo antes de abandonar al hombre que le había proporcionado los mejores años de su vida.
—Sarina —comenzó Rance, mirándola de reojo—, conseguiste que viera esa película contigo y recuerdo que dijiste que entendías lo mal que debía sentirse ella, pero que no podía evitarlo. Además, tú ni siquiera podrías darme un año de tu vida, ya que ni ese tiempo llevamos juntos.
—Pero sí el suficiente para que sedujeras a mi amiga.
—Él no me sedujo, Sarina. En todo caso, fui yo quien lo persiguió.
—Tú lo per… —dejó caer los brazos—. Pero tú no lo harías, no podrías.
Sintiéndose culpable, Jillian frunció los labios como pidiendo misericordia.
—Siempre hay una primera vez.
—¿De verdad? Bueno, da la casualidad de que nunca he estrangulado a nadie.
Con los brazos por delante como escudo, Jillian retrocedió.
—No te me acerques. No estás en tu sano juicio.
—Exacto —repuso sin dejar de avanzar—. Ningún jurado me condenaría.
—Sarina —Rance se situó entre ellas—, no puedo dejar que Jillian se lleve toda la culpa. La verdad es que nos superó a los dos.
Lo miró boquiabierta.
—¿Es que no me tienes en suficiente consideración como para pensar en una excusa mejor? —pasó junto a la pareja, rodeó una mesa en la que había un jarrón de cristal lleno con flores—. No lo entiendo. Siempre os habéis comportado como si no soportarais estar en el mismo cuarto.
—Sé que así lo parecía —comentó Rance—. Pero en realidad luchábamos contra esta loca e increíble pasión que sentimos el uno por el otro. Sólo por lealtad a ti, querida.
—Díselo a los Boy Scouts —apoyó los dedos sobre el frío mármol—. Contadme, ¿hace cuánto que os conocéis? Quiero decir en el sentido bíblico.
—Oh, Sarina —con ojos horrorizados, Jillian se llevó la mano al cuello. Se acercó y la miró—. Rance y yo nunca… ¡No a tu espalda!
—Y tampoco mientras estaba en la bañera —repuso, dirigiéndose a Jillian—. ¿Por quién me tomas? Debisteis consumar esta gran pasión antes de hoy, de lo contrario… —miró a Rance, de pie detrás de su amiga—. No habrías intentado convencerme esta mañana de que no nos casáramos. Eso era lo que intentabas, ¿verdad, Rance?
—No, Sarina, te lo juro —bajó la cabeza y asió los hombros de Jillian—. Bueno, quizá, pero sólo subconscientemente. Jillian y yo jamás reconocimos lo que sentíamos el uno por el otro hasta esta noche, cuando bailamos en la fiesta.
—No me digas qué pieza. ¿No recuerdas que te dije que deberían matar al disc jockey que intentaba revivir la música disco? —se acercó a los dos—. Pero a falta de él, uno de vosotros servirá.
—La violencia jamás soluciona nada, Sarina —afirmó Jillian.
—¡Sarina, no! —gritó Rance mientras fingía lanzarse sobre ella.
—¿No qué? ¿Que no me perturbe la traición de mi marido y mi mejor amiga en mi noche de bodas? —intentó controlar el temblor de su barbilla—. De entre toda la gente, vosotros sabíais lo que significaría para mí que me estropearais esta ocasión.
—Por favor, Sarina —suplicó Jillian—. Otra vez el maleficio no.
—Estás diciendo tonterías, Sarina —añadió Rance—. La idea de que pesa una maldición sobre las bodas de tu familia, o sobre cualquier otra ocasión especial en tu vida, es absurda.
Lo estudió durante un momento, dándose cuenta de que tenía la compasión de un árbol hueco.
—¡Debería haber imaginado que serías un maldito traidor! —levantó el jarrón—. Y en cuanto a ti, Jillian Wilder, ¿de verdad crees que el motivo por el que nunca llevo ese broche que me regalaste hace dos navidades es por miedo a perderlo? —ladeó el jarrón para vaciarlo.
—Lamento que no te gustara. Siempre creí que apreciabas las joyas inusuales.
—¿Inusuales? La representación de una pizza a la que le falta una porción… —echó el jarrón hacia atrás y Jillian se abalanzó para intentar recuperarlo, pero Sarina lo levantó por encima de su cabeza.
—Por tu propio bien, te ruego que no hagas algo que vayas a lamentar —insistió Jillian sin apartar la vista del jarrón.
Bajó el objeto y se lo colocó entre el brazo.
—¿Sabes? Puede que tengas razón —dijo con un tono de voz similar al de Julie Andrews en Sonrisas y Lágrimas—. Por otro lado, como dijo John Wayne, «¡Y un cuerno!»
—¡No, Sarina! —Rance quiso detenerla.
Demasiado tarde. Jillian y él jadearon cuando el agua fría, unos lirios marchitos y un puñado de delfinios y narcisos los golpearon en sus rostros estupefactos.
Se acercó a la puerta y la abrió de par en par.
—¡Largaos! —indicó el pasillo.
Uno delante del otro, Rance y Jillian trastabillaron hasta la puerta.
—Lamento de verdad que nuestra amistad tenga que terminar así —comentó Jillian, deteniéndose.
Sarina también lo lamentaba de corazón, pero no era su culpa.
—Deberías haber pensado en ello antes de enredarte con mi marido.
Arrastrando los pies detrás de Jillian, Rance le lanzó una mirada tan culpable, tan dolida, que el corazón se le encogió involuntariamente.
—Creo que no queda nada más que decir… salvo que, con el tiempo, espero que tu corazón pueda perdonarme. Perdonarnos a los dos.
Tragándose las emociones, una mezcla de ira, humillación y, sorprendentemente, dolor, empezó a cerrar despacio la puerta. ¿Podría llegar a perdonarlos?
—Queda una cosa —añadió Rance, asomando la cabeza. Miró los anillos que ella llevaba, esos cuyo valor, según palabras de él, no eran más que una pobre representación de su devoción.
—¿Qué, Rance? —preguntó en voz baja.
—¿Te los vas a quedar?
—¡Oh! —abrió la boca. Con furia se quitó el solitario de tres diamantes y la alianza—. ¿Perdonaros? —gritó, saliendo al pasillo—. ¡Quiero olvidar que os conocí! —le tiró a cada uno un anillo—. ¡Y si sabéis lo que es bueno para vosotros, os marcharéis de la ciudad en la siguiente diligencia!
Cerró la puerta. Miró la habitación y analizó los daños, incluido el de su corazón, y por primera vez aquella noche se puso a temblar. Sin importar lo imperfecto que fuera el amor que había sentido por Rance y Jillian, con ambos se había comprometido y los había honrado. Si le hubieran dicho lo que sentían el día anterior, con el tiempo quizá los habría perdonado. Pero esperar hasta su noche de bodas, hasta haber pronunciado los juramentos… era inexcusable.
Era el maleficio.
Levantó el jarrón vacío de la mesa y fue al cuarto de baño. Después de llenarlo, depositó con gentileza la flor que recogió y lo dejó en el tocador. Cuanto más la observaba, más se parecía a su corazón… golpeado y solo. Maldito.
Dejó caer la palma de la mano sobre el frío mármol. «No permitiré que los Rance y Jillian de este mundo, o el maleficio, me destruyan. ¡No! Pero tampoco les daré otra oportunidad. Se acabaron la amistad y el amor».
Después de pronunciar su juramento, alzó lentamente la cabeza y se miró en el espejo. Su imagen era una mancha borrosa entre las lágrimas. Permaneció erguida. «Y no lloraré». Levantó un puño al cielo.
«¡Pongo a Dios por testigo que nunca más volveré a llorar!»
CON la barbilla apoyada sobre los dedos, la doctora Julia Barrett Brown, psicoterapeuta, giró hacia su nueva paciente.
—Sarina, por lo que acaba de decirme, deduzco que lo que habría sido el primer aniversario de su boda no está muy lejos. ¿Cómo se siente?
Sarina descruzó las piernas y aplastó el cigarrillo no encendido en el cenicero.
—Maldita como siempre, doctora. ¿Qué cree usted?
—Pronto descubrirá que lo que yo creo no importa —repuso con una sonrisa educada aunque impersonal. Respiró y la miró por encima de unas gafas en forma de media luna—. Sin duda es usted una mujer inteligente, y como ejecutiva trata con hechos concretos. A la luz de la razón, puede ver que los acontecimientos de su noche de bodas, al tiempo que desafortunados, no fueron resultado de un maleficio maligno sobre su familia.
Con las manos clavadas en los apoyabrazos del enorme sillón de cuero, Sarina observó a la doctora Barret Brown por encima de las rodillas. Se sentía como un bebé en el útero.
—A la luz de la razón, doctora, estoy de acuerdo con usted —dijo—. Pero en mi álbum de fotografías tengo pruebas de la maldición que se remontan hasta cien años atrás. En su foto de boda, sobre el brazo escayolado, mi bisabuelo Mann escribió: «Fue esa bruja de Morgana».
La boca de la doctora Barrett Brown esbozó una mueca divertida.
—¿Está segura de que su bisabuelo no escribió otra palabra de cuatro letras que empieza por «p»?
—Oh, sí. Morgana celebraba sus reuniones de brujas en Baviera —repuso Sarina—. Siguió al bisabuelo a América, pero cuando éste se casó con mi bisabuela y no con ella, lanzó una maldición sobre su boda y la de todos sus descendientes. Pero al nacer yo la Maldición de la familia Mann se amplió. Casi todas las ocasiones especiales de mi vida han sido un desastre.
La doctora entrelazó sus dedos cortos y robustos.
—Estoy segura de que si analizamos su aseveración de forma objetiva, descubriremos que es infundada.
—En otras palabras —indicó Sarina, extrayendo otro cigarrillo de la pitillera de plata—, ¿todo está en mi cabeza?
—No me extrañaría —la doctora volvió a sonreír.
—A mí sí. Podría jurar que estaba en el comedor.
—¿Perdón? —la terapeuta parpadeó.
—Ahí es donde mis padres me dijeron, la navidad que cumplí nueve años, que se separaban —dijo sin quitar la vista del tambaleante cigarrillo.
—Poca sensibilidad por su parte —la doctora frunció el ceño y junto las palmas de las manos—. Pero… ¿maldad cósmica? No lo creo, Sarina. Usted era joven y probablemente desconocía que su matrimonio pasaba por problemas desde hacía tiempo.
Sin duda la doctora tenía razón. Pero, ¿cómo podía explicar lo de Tuffy?
—De niña tenía un cocker spaniel —dijo, lanzando el cigarrillo al aire para recogerlo con las manos ahuecadas—. Al cumplir los doce años lo mató un coche.
—El hecho de que, aparte de su boda, dos episodios traumáticos en su vida ocurrieran por casualidad en dos ocasiones distintas y especiales no son prueba concluyente de una maldición, ¿verdad?
Sarina se quitó los zapatos y acurrucó las piernas en el sillón ancho y mullido.
—Me perdí la graduación escolar —expuso, mirándola—. Viruela.
—Ya veo —ladeó la cabeza y empezó a rascarse la barbilla y el cuello—. No obstante…
—También me habían elegido para pronunciar el discurso de despedida —se preguntó si estaba siendo cruel. Después de todo, probablemente era la primera vez que la doctora trataba a una paciente con un maleficio. Por otro lado, ¿le quedaba otra alternativa? No podía dejar que pensara que estaba loca—. Cynthia Zimmer, que se había encargado de que ningún chico de mi clase notara jamás que tenía ojos azules y pelo rojizo oscuro al propagar el rumor de que yo usaba relleno en el sujetador, ocupó mi puesto.
—Son cosas de la escuela secundaria.
—Se hizo una foto con el gobernador —explicó sin reírse. La terapeuta enarcó una ceja—. Y aquel verano consiguió trabajo en su oficina —la doctora ladeó la cabeza—. Se casó con su hijo —Julia Barrett Brown contuvo el aliento—. En la actualidad es embajadora en un estado isleño, pequeño e independiente, donde no hay pobreza, delitos, impuestos y sólo llueve entre las diez de la noche y las dos de la madrugada. —la doctora se pasó las uñas por el lado izquierdo de la cara, y se mordió el dedo meñique. Tenía los ojos apagados, como una zombie, y Sarina empezó a experimentar una extraña mezcla de culpa y preocupación—. ¿Se encuentra bien?
La terapeuta no consiguió hablar al primer intento.
—Sí —logró susurrar—. Estoy bien —se incorporó y se alisó las arrugas de la chaqueta— Sarina —empezó, moviendo el lápiz—, comprendo bien que pueda sentirse tentada a preguntarse si ahora no estaría viviendo en el paraíso de no haber sido por la viruela. Por otro lado, como científica, no puedo dejar que persista en la creencia de esa maldición. Cynthia Zimmer estuvo en el lugar adecuado en el momento adecuado.
—Oh, y yo creo en ese fenómeno, doctora —Sarina se sentó, irradiando firmeza—. Incluso lo experimenté una vez.
Feliz, la doctora suspiró aliviada.
—¿Lo ve? Todos tenemos nuestra ración de buena y mala suerte.
—No lo dudo. No ha de decirme lo afortunada que fui cuando en el edificio donde vivo cayó un rayo. Ese día me nombraron vicepresidenta de mi empresa.
—¿De verdad? —la doctora se llevó una mano al cuello.
—Incluso tuve más suerte —rompió el cigarrillo y lo depositó en el cenicero—. Justo el día anterior había aumentado el capital de riesgo de mi seguro del hogar, por lo que aunque el fuego lo destruyó casi todo, la aseguradora lo cubrió.
La doctora, a punto de llorar, se dejó caer en el sillón y apoyó la frente en la mano.
