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Todos hemos experimentado en alguna ocasión lo que significa mantener una relación amistosa difícil, a veces incluso insoportable. En estos casos, podemos preguntarnos: ¿cómo es posible que una amistad se vuelva tóxica?, ¿acaso las personas implicadas en ella se han trasformado?, ¿han cambiado las respectivas situaciones?, ¿la dinámica de la relación siempre ha sido mala?, ¿se trata de una amistad que ya no tiene nada que ofrecer? Y, sobre todo, ¿es posible oír esa vocecita interior que te dice qué es lo que realmente sucede? Ante esta experiencia, propone la autora, puedes huir o enfrentarte al otro, pero debes saber que también existe un buen número de reacciones intermedias que te permitirán resolver el conflicto y conservar a un tiempo el equilibrio de la amistad. Mireille Bourret describe en esta obra los lazos que unen a los amigos atendiendo a su tipo de personalidad, y nos ayuda a valorar si dichos lazos son placenteros o no y a tomar una decisión en caso de que surjan problemas. Si bien cada amistad es única, en este libro encontrarás soluciones para saber cómo hacer frente a una relación problemática. Su lectura te permitirá discernir cualquier problema relacional y emplear las mejores estrategias para que, al buscar la solución, no perjudiques ni a tus amigos ni a ti mismo.
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Seitenzahl: 138
Veröffentlichungsjahr: 2015
Mireille Bourret
Amistades tóxicas
Cómo reconocerlas y reaccionar a tiempo
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Colección Psicología
AMISTADES TÓXICAS
Mireille Bourret
1.ª edición en versión digital: marzo de 2015
Título original: Les amitiés toxiques
Traducción: Pilar Guerrero
Maquetación: Marga Benavides
Corrección: M.ª Jesús Rodríguez
Diseño de cubierta: Enrique Iborra
© Les éditions Québec-Livres
(Reservados los derechos)
© 2015, Ediciones Obelisco, S. L.
(Reservados los derechos para la presente edición)
Edita: Ediciones Obelisco S. L.
Pere IV, 78 (Edif. Pedro IV) 3.ª planta 5.ª puerta
08005 Barcelona-España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23
E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-16192-74-8
Depósito Legal: B-7.189-2015
Maquetación ebook: Caurina.com
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.
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Contenido
Portadilla
Créditos
Introducción
Primera Parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Segunda Parte
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Tercera Parte
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Conclusión
Bibliografía
INTRODUCCIÓN
¿Decidir que una manzana está podrida y hay que tirarla? En ocasiones es lo que hacemos, quizá demasiado rápido y luego lo lamentamos. Pero cuando, de repente, nos damos cuenta de que una amistad hace aguas, que en lugar de cálidos sentimientos de complicidad y solidaridad –que es lo que se espera habitualmente de una amistad sana– se siente incomodidad, tensión y frustración, ¿qué hacemos?
Para empezar, deberíamos preguntarnos qué esperamos de la amistad en general, y luego de cada amistad en particular. La amistad tiene ese algo especial que cada cual explica o define a su manera. Para unos es confianza, para otros es el placer de compartir, para algunos también es escucha y aceptación. Contrariamente a la relación amorosa, la amistad parece una relación sencilla entre dos personas, lo que no se ajusta del todo a la realidad. No hay ningún manual de instrucciones que nos sirva de guía en una relación amistosa complicada o que nos causa sufrimiento. Sorprendentemente, la bibliografía relativa al tema de la amistad es muy limitada. Sin embargo, en psicología, las relaciones interpersonales desempeñan un papel de gran importancia y se considera casi como una condición indispensable para la buena salud psicológica: algunas terapias para la depresión recomiendan, en este sentido, la creación o ampliación del círculo social, la profundización en lazos que no sean necesariamente amorosos. El modo de vida en Occidente hace que cada vez haya más gente sola, que vive sola; la rapidez de las comunicaciones, la disminución importante de las relaciones sociales consideradas tradicionales (familia, pareja, tribu) nos empujan a una búsqueda –a veces enloquecida– de lazos significativos con otros seres humanos. Buscamos establecer relaciones en el seno de las cuales podamos ser nosotros mismos, sin falsos pudores. Relaciones en las que la crítica sea aceptada porque es constructiva y sin juicios de valor. Relaciones placenteras, en ocasiones conflictivas, pero siempre se trata de vínculos en los que se acepte nuestra individualidad.
Hoy en día existe un mito social: el de la amistad eterna. Como si un «amigo de un día, amigo de por vida» fuera una condición esencial para la noción de sociabilidad. Este mito prevalece casi tanto como el del amor eterno, y la ruptura de un lazo amistoso puede tener consecuencias nefastas, como en el caso de una ruptura amorosa, particularmente si desempeñamos un papel pasivo en la situación. Digo pasivo en el sentido de no hacerse preguntas, de no ponernos en tela de juicio ni a nosotros mismos ni a la otra persona. Lo que es interesante es que la amistad permanente, eterna, no puede existir porque dicha noción no tiene en cuenta el concepto de cambio, dado que la vida no es estática, y una persona, en el curso de su existencia y a través las experiencias vividas, puede cambiar de puntos de vista y de forma de reaccionar. Puede que una persona se vuelva más paciente y más tolerante o, por el contrario, volverse impaciente y no tolerar las pérdidas de tiempo. Incluso quizá suceda que dos personas, con el paso de los años, hayan logrado conocerse mejor y escojan otro tipo de amistades. En efecto, librándose de determinados comportamientos, se puede poner fin a una larga relación amistosa o, por lo menos, cuestionarla. Pocas amistades son para siempre; lo realmente importante es que la amistad sea auténtica y que los amigos se sientan bien juntos. La necesidad de hacer que la amistad dure para siempre no debe ser una obsesión porque, desde el momento en que hay obsesión, algo insano se instala en la relación: «Quiero que seas mi amigo para siempre, así que cambiaré mi comportamiento para complacerte y mantener los lazos contigo». Un pensamiento como éste falsea cualquier tipo de relación.
Otro mito es el de la «amistad total y absoluta». Según esta creencia, una sola persona –el «mejor amigo»– puede llenar todas las necesidades relacionales. Sin embargo, Marie, por ejemplo, puede ser muy amiga de Virginia sin tener los mismos gustos cinematográficos. A Marie le horroriza la sangre y la violencia pero a Virginie le encanta el suspense y la acción, mientras que Josée se pirra por las comedias románticas, al contrario de las dos anteriores que las encuentran sosas y aburridas. ¿Qué hacer, entonces? Pues, sencillamente, no compartir esa actividad. Aceptar que el otro no tiene por qué tragarse lo que no le gusta, aceptar que sea diferente sin que por ello sea peor ni mejor. Esta aproximación a la amistad permite diversificar las ocasiones de estar juntos y abre nuevas vías socialmente interesantes: nuevos temas de conversación, experiencias distintas para compartir… Cuando se acepta sin problemas que no siempre se puede formar parte de la vida del otro, pasa que el otro tampoco forma parte de toda nuestra vida, lo cual permite gozar de mucha libertad y una notable aceptación y comprensión mutua.
Lo que distingue la amistad de una simple relación es el grado de familiaridad del lazo entre dos personas. Al principio hay puntos en común, afinidades, cortesía, camaradería. Pero para que esa persona se convierta en un amigo debe tener pensamientos comunes, similares puntos de vista, casi una jerarquía de valores compartida. Se necesita complicidad, confianza, intimidad, comprensión mutua de las referencias. La amistad implica compartir, ser solidario y tener recíproca disponibilidad. Es el encuentro íntimo de dos individualidades. Todo eso aporta enriquecimiento de la relación y enriquecimiento personal de ambos amigos. Por eso es más fácil encontrar referencias comunes con alguien del mismo origen, del mismo medio social; sin embargo, la apertura de mente marca la diferencia y puede favorecer el establecimiento de la amistad más allá de las diferencias.
Por otra parte, la calidad de la relación es más importante que la cantidad de tiempo invertida en ella. En efecto, podemos toparnos con un viejo amigo de hace un montón de años y «rencontrarnos» con él, como si lo hubiéramos visto ayer mismo, sin que el pasado sea un obstáculo. Por el contrario, podemos ver a una persona cada día y mantener siempre una relación superficial con ella. Algunos amigos sirven para colmar un vacío afectivo, mientras que hay quienes satisfacen otras necesidades. Algunos nos estimulan, otros nos calman y nos escuchan, mientras que otros están para pasarlo bien.
En ciertos casos, la relación se adapta y progresa con el tiempo, en otros no evoluciona y se romperá al menor cambio de situación. Algunas veces la amistad se extingue sola, suave y progresivamente, pero otras se acaba con mucho ruido y sufrimiento.
Una relación amistosa puede adaptarse a los cambios de situación de dos personas, a la evolución personal de cada una de ellas. La amistad puede sobrevivir a los peores reveses, pero también a los ascensos de clase social, las enfermedades, las bodas, los hijos, los divorcios y el duelo. Puede expandirse en la alegría y en el sufrimiento, en el ruido y en el silencio. Pero, en ocasiones, no puede sobrevivir a los acontecimientos de la vida. Eso no significa que no sea una amistad auténtica o menos profunda. En cualquier caso, la amistad no debe someter a nadie a presión ni volverse obsesiva.
Sophie conoció a Geneviève en el trabajo. Ésta había llegado, hacía poco, de otro país y buscaba relacionarse con gente y hacer amigos. Sophie la encontraba simpática, diferente y cultivada, y ambas tenían muchos puntos en común. Empezaron, pues, a verse regularmente fuera del trabajo. Sophie presentó a Geneviève a sus amigos y hacían actividades juntas. Tras unos diez años de amistad, Sophie conoció a su futuro marido, al que quiso consagrar más y más tiempo. Un día, de repente, se dio cuenta de que algo no iba bien en su vida. A menudo estaba tensa y ansiosa. Un día, sonó el teléfono de casa y vio el nombre de Geneviève en la pantallita, pero no descolgó el auricular y pensó: «¡Esta pesada otra vez!». En ese momento se sintió mal porque era la primera vez –al menos de manera consciente– que una vocecita en su interior le informaba de que su amiga la estaba molestando. Al reflexionar, Sophie se dio cuenta de que su amiga Geneviève la llamaba cada día, que se pasaba por casa muy a menudo y de manera imprevista, que no hacía nada ni iba a ninguna parte sin consultárselo antes. Esta situación de dependencia se había ido desarrollando lentamente, sin darse cuenta. Sophie comprendió que esa situación la superaba y que no quería ser eternamente responsable de la vida de su amiga. Pero, cada vez que hablaba con ella, se sentía obligada a ser educada y pasar por el tubo, razón por la cual ya estaba harta.
Geneviève, por su parte, estaba encantada de su relación con Sophie. Siempre proponía actividades interesantes, era creativa en su forma de ver las cosas. Geneviève admiraba la seguridad que Sophie tenía en sí misma, lo agradable que se mostraba y su marcado sentido del humor. Sola, en un medio extraño, Geneviève estaba encantada de haber trabado amistad con una persona tan simpática e interesante, con la que las charlas –sobre cualquier tema– resultaban siempre apasionantes. Por eso no se había molestado en hacer más amistades y concentró su vida social en Sophie y los amigos de ésta. Cuando Sophie conoció a su futuro marido y empezó a dedicarle más tiempo a él, se separó un poco de Geneviève, la veía con menos frecuencia que antes y participaba menos en las actividades de siempre. Así, Geneviève se sintió abandonada, traicionada, con una sensación de soledad muy difícil de asumir.
Como podemos constatar al leer esta historia, ninguna de las dos amigas tenía una naturaleza tóxica en sí misma; más bien fue la dinámica entre ambas la que se convirtió, hasta cierto punto, en tóxica, dado que la vida no es estática. En efecto, las situaciones cambian y la vida sigue su curso.
Una amistad tóxica nos hace sufrir, nos perturba, nos bloquea la expresión de nosotros mismos. La toxicidad se expande en lo que no se dice, en la inseguridad, en la falta de consideración. Se manifiesta con infinidad de formas, algunas triviales y otras muy serias. No abordaremos aquí la toxicidad nacida de una patología mental. Efectivamente, la mayoría de la gente no sufre problemas mentales de naturaleza psicótica ni problemas de personalidad. Por lo general, la gente que tiene este tipo de problemáticas debe consultar con los profesionales correspondientes.
Todos nos hemos encontrado, en algún momento de nuestras vidas, con una situación amistosa insufrible, de diferentes maneras y por razones diversas. Pero ¿qué es lo que pasa para que una amistad sana se convierta en tóxica? ¿La dinámica fue insana desde el principio? ¿Ha cambiado la situación de algún modo? ¿Han cambiado las personas? ¿Es, quizá, que nos damos cuenta de que la otra persona no nos aporta ya nada? ¿Cómo aprender a escuchar esa «vocecita interior» que nos invita a reflexionar sobre lo que ocurre?
En realidad, no son las personas las que tienen una naturaleza tóxica, sino las relaciones, que se enquistan con comportamientos que acaban siendo hábitos nefastos. Forzosamente, los hábitos son tenaces y se vuelven inconscientes: ¿cómo darse cuenta de algo que es inconsciente y cómo ponerle remedio?
De hecho, una amistad se construye entre dos y definirla es definir el tipo de lazos, no las personas que la componen. Vamos, pues, a examinar los diferentes tipos de lazos amistosos, definiendo las atracciones específicas de ciertos tipos de personalidad. Luego podremos determinar si dichos lazos son sanos o tóxicos, ver cómo podemos reaccionar y tomar las decisiones necesarias.
Por lo tanto, es importante hacer una búsqueda interior para observar qué es lo que no va bien. Aunque todas las situaciones son diferentes, las pistas para encontrar soluciones se disponen en un eje alrededor de tres parámetros de reflexión: el diagnóstico, la decisión y las estrategias.
Primera Parte
Descubrir las amistades tóxicas
CAPÍTULO 1
¿QUÉ ES LO QUE VERDADERAMENTE NO VA BIEN?
Es muy raro que haya gente con rasgos tan tóxicos que no consigan establecer relaciones amistosas desprovistas de sufrimiento. Algunos hay, ciertamente, pero se trata de casos patológicos, nada normales. En otro orden de cosas, si hacemos una encuesta entre nuestros amigos y les preguntamos qué creen que es lo más desagradable que puede ser un amigo, es decir, con qué tipo de persona no podrían mantener una amistad ni en sueños, al escuchar las respuestas, verás que cada cual dice una cosa diferente. Unos no soportarán a la gente calculadora mientras que, para otros, un amigo calculador es un regalo de los cielos que viene a aclararle las cosas objetivamente. Algunos dirán que una persona victimista es insoportable porque es deprimente, y vive instalada en la desgracia. Otros la verán como voluble, inestable, que nunca se sabe lo que va a querer, decir o pensar; pero eso mismo puede resultar divertido para otros, que no se comprometen mucho e incluso verán cierto misterio o cierto romanticismo en la gente que posee este carácter.
Así las cosas, tenemos una primera constatación: habitualmente, es la dinámica de la relación la que resulta tóxica, no la naturaleza de las personas que la viven. A propósito de las relaciones, a menudo se habla de «química»: en efecto, se producen en nosotros reacciones químicas de rechazo o atrayentes. Pero ¿cómo encontrar el equilibrio en el seno de las relaciones y hacer que no comporten ni sufrimiento ni irritación sino, al contrario, afecto y otros sentimientos positivos? Para ello hay que preguntarse, buscar en el interior de uno mismo, en las emociones e intuiciones. Permanecer a la escucha de uno mismo y de los demás. ¿Estamos enquistados en patrones relacionales que nos impiden evolucionar, que nos impiden percibir afinidades? En la mayoría de casos, nuestra propia historia nos empuja a buscar ciertos tipos de personas, sin preguntarnos nunca por qué nos atraen y sin darnos cuenta de que esas personas, desde el principio, nos hacen sufrir. De hecho, cuando advertimos que una relación es tóxica, normalmente es porque vemos que nos hace revivir una relación dolorosa del pasado. Por ejemplo, cuando nuestra autoestima se ve por los suelos o cuando se tiene la impresión de ser inferior a quienes nos rodean o cuando nos irritan ciertas palabras o ciertas cosas en un amigo, pero las toleramos en otro, también cuando somos conscientes de nuestras emociones en presencia de diferentes amigos, entonces, estaremos percibiendo la presencia de una amistad tóxica. Pero cuando llegamos a comprender hasta qué punto es dolorosa y todo lo malo que nos recuerda, esa relación tóxica nos puede ayudar a evolucionar como personas, a conocernos mejor y a no dejar que caigamos otra vez en las mismas situaciones que nos exponen al sufrimiento.
