Amor a prueba - Elizabeth Duke - E-Book

Amor a prueba E-Book

Elizabeth Duke

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Beschreibung

Roxy Warren estaba fuera del país cuando su hermana y su cuñado murieron. Su sobrinita Emma quedó a cargo del hermano de su cuñado, Cam Raeburn. Roxy estaba furiosa. Cam era un mujeriego y no sabía nada de bebés, pero no estaba dispuesto a renunciar a la niña y le propuso a Roxy que se casaran para evitar la batalla legal por la custodia. Ella tenía un mes para darle una respuesta, un mes en el que tendrían que demostrar que podían formar una pareja perfecta.

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Seitenzahl: 190

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Elizabeth Duke

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor a prueba, n.º 1510 - noviembre 2020

Título original: The Parent Test

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-881-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

ROXY estaba muy tensa cuando el avión aterrizó en Sidney después de un largo vuelo desde Los Ángeles. Sus emociones oscilaban entre la alegría por ver a su sobrinita por segunda vez en su vida y el temor ante la perspectiva de encontrarse cara a cara con Cam Raeburn de nuevo, el hombre contra el que estaba dispuesta a luchar por la custodia de su sobrina.

Nadie fue a esperarla al aeropuerto, pero no la sorprendió. Nadie excepto su padre sabía que volvía a Australia aquel día y él estaba viviendo en el oeste, con su madrastra, Blanche. Blanche había querido vivir cerca de su propia hija y de su familia, y lo más lejos posible de la familia de su marido.

Y como la hermana de Roxy, Serena, y su cuñado Hamish habían desparecido trágicamente, Blanche estaba intentando por todos los medios cortar los lazos con la hijastra que le quedaba y con la hijita que Hamish y Serena habían dejado.

–Pues claro que la niña no está con nosotros –había gritado Blanche cuando Roxy la había llamado desde el norte de México después de enterarse de la trágica noticia del accidente de barco–. ¿Cómo podría cuidar a un bebé con mi artritis? Y tu padre está enfermo del corazón. No te preocupes, la niña está en buenas manos. El hermano de Hamish, Cam Raeburn, está cuidando de ella.

De todos modos, Roxy no hubiera querido que Blanche cuidara de la niña, aunque fuera temporalmente. Incluso prefería a Cam Raeburn antes que a Blanche. Como tío y padrino de la niña, Cam al menos tendría en cuenta los intereses de su sobrina.

Roxy se desplomó en el asiento del taxi que la llevaba a su apartamento de Sydney. Aún así tendría que hacer ver a Cam que, a partir de entonces, ella era quien mejor podía cuidar de su sobrina. Era la hermana de Serena, la tía de la niña, mientras que él era un soltero, divorciado y mujeriego, que seguramente no quería cargar con un bebé indefinidamente.

Con un poco de suerte ya se le habría pasado la novedad de cuidar de su sobrina de siete meses.

Lo deseaba fervientemente. Sería más fácil y menos traumático para la niña si se la cedía. Cuando tuviera a Emma con ella en Sydney pediría formalmente la custodia.

No tardó mucho en llegar a su apartamento del área residencial de Coogee, al que pronto llevaría a Emma. Al meter las maletas en su dormitorio vio su imagen en el espejo.

Estaba hecha un espantajo. No podía permitir que Cam la viera así.

La camiseta de algodón parecía un trapo. Los pantalones desteñidos tenían manchas del café que había derramado en el avión. Su cabello corto, normalmente aclarado por el sol, parecía falto de brillo y más revuelto de lo normal.

Siempre llevaba el cabello corto con un estilo natural y despeinado que iba bien con su cara pequeña y su complexión menuda, y que era fácil de arreglar. Pero su nuevo corte de pelo tenía mechones que sobresalían por todas partes. La auxiliar de enfermera que se lo había cortado en el hospital de Los Ángeles lo había llamado estilo garçon desaliñado, supuestamente la última moda en los salones de Los Ángeles.

Cuando se miró la cara ojerosa Roxy suspiró. Habitualmente lucía un tono bronceado y saludable, pero después de tres semanas en el hospital estaba delgada y pálida y aquel vuelo tan largo había dejado sus ojos azules sin brillo.

Se tocó el labio inferior. Al menos se le había curado la cicatriz de la boca… gracias a aquel virus que la había hecho quedarse otras dos semanas más en el hospital. De hecho, aquel tiempo de más había sido una bendición por otras razones también. Le había dado tiempo para llorar la muerte de Serena y de Hamish, para recuperarse del dolor y de la impresión antes de regresar a casa para enfrentarse con Cam Raeburn.

Antes de darse una ducha rápida y ponerse una camiseta y unos vaqueros limpios, llamó a su padre para decirle que había vuelto y que pensaba bajar a la costa, a Raeburn Nest, para reclamar a su sobrina.

–He vuelto a casa para cuidar de Emma –aseguró con firmeza.

–Roxy, cariño, ¿cómo vas a cuidar de un bebé?

Su padre sonaba más débil cada vez que hablaba con él. En parte por la pena de perder a una hija, en parte por culpa de Blanche. Su madrastra agotaría a cualquiera.

–Estará mejor conmigo que con Cam Raeburn –insistió.

–Pero tú siempre estás de viaje en algún país lejano, cielo. Emma estaría sola en tu apartamento durante meses y pagar a una canguro te costaría una fortuna. ¿Cómo vas a permitírtelo? Al menos, con Cam Raeburn Emma tendrá un tío y una señora que cuidará de ella todo el tiempo. Y con su fortuna, Cam puede permitirse una asistenta y todos los lujos posibles. Y ahora que Cam es el dueño de Raeburn’s Nest, puede mantener a Emma en su propio hogar, en un ambiente familiar. Con un tío rico como Cam Raeburn, cielo, el bebé no necesitará nada más.

Roxy torció la cara.

–Nada excepto una madre.

–Roxy, cariño, con tus viajes…

–He dejado las excavaciones. Intentaré conseguir más horas de clase en la universidad. Ahora tienen una guardería –explicó. Pero acababan de empezar las vacaciones de verano en la universidad y las clases no comenzarían hasta marzo, cuatro meses más tarde–. Me las arreglaré –aseguró, pero le tembló la voz. Aunque hubiera dejado las excavaciones para quedarse en casa todo el tiempo, ¿cómo podría competir con lo que Cam Raeburn podía ofrecerle a Emma?

–Será mejor que lo arregles con Cam. No creo que esté dispuesto a ceder a la niña.

–Cuando sepa que he vuelto y que estoy dispuesta a…

–Tiene previsto casarse otra vez, cariño. Me lo dijo cuando lo llamé el otro día para preguntar por Emma. Quiere darle una familia como la que tenía con Hamish y Serena.

La sorpresa la dejó muda durante unos segundos. «¿Casarse otra vez? ¿Cam Raeburn?».

–¿Quiere casarse con una de sus chicas bombón? –soltó finalmente. Sintió un arranque súbito e irracional de ira–. ¡Antes lo llevaré a los tribunales!

Su padre soltó una leve carcajada.

–¿Una mujer soltera sin dinero luchando contra un rico industrial con un negocio próspero y contactos poderosos? ¿Y además casado?

–¡Aún no se ha casado! Y arrancaré a la pobre Emma de sus garras antes de que lo haga. Serena quería que me hiciera cargo de Emma. Me dijo una vez que, si les ocurría algo, quería que yo cuidara de su hija.

–Serena no mencionaba la custodia en su testamento, cariño… desgraciadamente. Escucha… será mejor que te hagas amiga de Cam también.

–Lo haré, no te preocupes –afirmó con voz temblorosa. Pero primero tenía que averiguar más cosas sobre la mujer con la que se iba a casar. Una vez casado, tendría todos los triunfos en la mano. Ella no tendría ninguna posibilidad de ganarle. ¿Habría pedido en matrimonio ya a esa mujer o solo lo estaba pensando?

Un recuerdo amargo la sacudió y se estremeció. La noche de bodas de su hermana… Cam Raeburn llevándola al jardín iluminado por la luna… La magia en el aire… Recordó la forma en que la había besado elevándola a alturas que nunca había rozado, el modo en que la había mirado, el modo en que había susurrado con esa voz áspera: «Las cosas pasan cuando menos te lo esperas».

¡Qué proféticas habían resultado sus palabras! Cuando menos lo esperaba, el hechizo se había hecho pedazos. Cuando Cam había descubierto que ella no era solo profesora de historia, sino una arqueóloga que pasaba la mitad del año fuera de Australia removiendo el polvo de ruinas remotas, había perdido el interés por ella. Aún peor, la había dejado por otra. Una morena de ojos oscuros impresionante.

Herida, humillada y furiosa había intentado evitarlo desde entonces. Solo se habían encontrado cara a cara una vez en el último año y medio, hacía cinco meses, en el bautizo de Emma. Cam le había restregado por las narices otra belleza morena, una clónica de la de la boda de su hermana.

No había regresado a Australia desde entonces.

«¿Quién era aquella chica con la que Cam planeaba casarse?».

¿Había encontrado Cam Raeburn al fin una morena de ojos oscuros y piernas largas dispuesta a cuidar de una casa y de un bebé? ¿Estaba tan empeñado en darle a su sobrina un hogar seguro y estable otra vez que había decidido casarse con la niñera de Emma?

¡No! La hija de Serena no iba a crecer con un tío casanova y una mujer deslumbrante que no la quisiera de verdad. «Emma es responsabilidad mía».

–¿Por casualidad la niñera de Emma no será una morena, joven y despampanante? –preguntó a su padre irónicamente.

–¿Joven? ¿Morena? ¿Mary? –replicó su padre. Se rio confundido–. No, cariño, Mary es una abuela viuda, una antigua matrona. Solía cuidar a la niña para Serena y Hamish cuando ellos querían salir, o los fines de semana, cuando iban a naveg… –se le atascó la palabra navegar.

–Bueno, seguro que Cam no querrá quedarse a la niña mucho tiempo. Tampoco tendrá que hacerlo, ahora que he vuelto.

–Roxy… –la voz de Blanche sonó aguda e impaciente como siempre–. Estás fatigando a tu padre. Es la hora de su descanso.

–De todos modos tengo que irme. Dile a papá que se cuide.

Roxy colgó y marcó el teléfono de Raeburn’s Nest.

Sabía el número porque Hamish y Serena habían vivido allí durante su corto pero idílico matrimonio. Después Cam se había mudado a la antigua casa de la familia, que le pertenecía a él.

Solo había hablado con Cam una vez desde la tragedia, hacía seis semanas, cuando lo había llamado desde el norte de México tras hablar con su padre, y solo después de saber que tenía la custodia temporal de la niña.

La línea estaba saturada, llena de electricidad estática y había tenido que gritar.

–¿Cam? Soy Roxy Warren.

–Roxy… –respondió. Ella sintió la frialdad en su voz, a pesar de la comunicación distorsionada–. Ni siquiera viniste para el funeral de tu hermana. Pensamos que una semana de antelación sería suficiente, incluso para ti.

Una interferencia había tapado su réplica indignada.

–Acabo de enterarme. He estado en el norte de México durante las últimas…

Pero Cam hablaba más alto que ella, disparando las palabras como balas de artillería pesada.

–Tu padre hubiera necesitado tu apoyo en el funeral. Blanche no estaba… Escucha, la línea está imposible. Cuelga y llama a tu padre. Ya habrá vuelto a Perth.

–Ya lo he…

Pero ya había colgado.

Incluso en aquel momento la ira le nacía de dentro al recordarlo. Hubiera necesitado una muestra de condolencia, no una descarga de críticas injustas. Ni siquiera había podido preguntarle por su sobrina y mucho menos avisarle de que iba de camino para cuidar del bebé.

Su desafortunado accidente al llegar a Los Ángeles al día siguiente le había impedido hacer más llamadas. Había conseguido mandarle un aviso a su padre a través de una de las enfermeras y había hablado con él antes de salir del hospital.

Pero no había intentado llamar a Cam Raeburn de nuevo. No había querido avisarle de que estaba a punto de dejar el hospital para volver a casa. No confiaba en él.

Tenía buenas razones para no hacerlo.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

LE TEMBLABA la mano al acercarse el auricular a la oreja, mientras esperaba respuesta.

–Cam Raeburn al habla.

Se le hizo un nudo en el estómago.

–Hola, Cam, soy Roxy. He vuelto y me gustaría acercarme a Raeburn’s Nest para ver a Emma –explicó de corrido antes de que tuviera la oportunidad de cortarla. No le gustó el silencio que siguió a sus palabras.

–Por supuesto –accedió–. ¿Por qué no te preparas una bolsa de viaje y te quedas todo el fin de semana? Si es que puedes pasar todo el fin de semana con tu sobrina.

Apretó los dientes mientras el corazón le daba saltos de pánico ante la idea de pasar todo un fin de semana bajo el mismo techo que Cam Raeburn.

–Tengo todo el tiempo del mundo –aseguró–. Mi sobrina es lo prioritario en mi vida a partir de ahora.

«Y me quedaré en Raeburn’s Nest hasta que te convenza de ello». Si quería convencerlo de que era la persona más indicada para cuidar de Emma, tendría que tener mucho tacto… y estar preparada para quedarse todo el tiempo necesario.

–¿Te parece bien que vaya ahora? ¿Esta tarde? –preguntó con un tono menos agresivo.

–Aquí estaremos. ¿Recuerdas dónde está?

–Lo encontraré –aseguró. Solo había estado allí una vez, para el bautizo de Emma hacía cinco meses. Serena y Hamish habían invitado a todo el mundo a su casa después de la sencilla ceremonia.

Mientras se duchaba y se cambiaba de ropa, Roxy no hacía más que darle vueltas al encuentro entre los dos. No había podido evitar a Cam en el bautizo, como madrina y padrino de Emma habían tenido que estar juntos en el altar.

Cam no había cambiado nada en los doce meses que habían pasado entre la boda de Serena y el bautizo. Seguía tan atractivo y seductor como siempre. Era alto y atlético, tenía unos hombros increíbles, el mismo cabello oscuro y brillante y los mismos ojos negros chispeantes. Pero la dulzura que antes había visto en él había desaparecido.

Él había sido el primero en romper el hielo. Cada palabra hiriente, cada mirada acusadora estaban grabadas en su memoria.

–¿Te vas a quedar mucho tiempo esta vez, Roxy?

Su tono de voz y el cinismo de su gesto la habían hecho temblar. Había pasado un año desde su anterior encuentro, pero evidentemente nada había cambiado. Había pensado por un segundo, cuando sus miradas se cruzaron, que una chispa se había encendido en el fondo de aquellos ojos oscuros de Cam, pero se había diluido en un instante. Había sido su reacción normal ante cualquier mujer, hasta que había recordado quién era ella: una fanática de la historia con el pelo revuelto a la que le gustaba buscar fósiles bajo el calor y el polvo en los rincones más remotos del mundo y desenterrar civilizaciones antiguas.

–Me marcharé otra vez antes de lo que esperaba –había contestado moviendo la cabeza para mostrar que estaba deseando irse y deseando, al mismo tiempo, haber elegido para el bautizo de su sobrina algo más sofisticado que un vestido de abuela de manga larga, un sombrero de paja y unos zapatos planos–. Han encontrado un nuevo yacimiento muy interesante en el norte de México –le informó tensa–, y me han pedido que me una al equipo. Me voy la próxima semana.

A pesar de la frialdad que había entre ellos, el cuerpo de Roxy estaba reaccionando ante su proximidad, se le estremecían las terminaciones nerviosas y le ardía la piel. Era culpa de Cam que hubiera decidido marcharse tan pronto y que hubiera prolongado sus excavaciones desde la boda de su hermana. Si los besos apasionados de Cam hubieran significado algo, si le hubiera pedido que se quedara, si hubiera deseado que se quedara… Pero no había sido así. Había preferido a la morena de ojos oscuros.

¡Incluso había ido con otra mujer despampanante al bautizo de su sobrina!

–Roxy… Creo que no conoces a Belinda –dijo Cam sin parpadear mientras le presentaba a su última belleza morena–. Belinda pertenece a mi club de tenis en Sydney.

«Apuesto a que habéis hecho algo más que jugar al tenis juntos», pensó mientras se fijaba en los labios rojos y la sonrisa provocativa de la mujer. Una verdadera mujer fatal. El tipo de Cam.

De las que nunca llevarían las uñas sucias ni un pelo fuera de sitio. Suspiró. Las rubias despeinadas de ojos azules, con un gusto raro para la ropa y debilidad por las civilizaciones antiguas, evidentemente no eran su tipo.

 

 

Roxy rechazó esos recuerdos mortificantes mientras metía su ropa en la bolsa de viaje, lo suficiente para una semana o más, y después entró en el coche. Se preguntó si seguiría con Belinda. ¿O habría otra morena encantadora, tanto como para hacer que Cam quisiera casarse?

La salida de la ciudad resultó lenta porque había mucho tráfico en la autopista del sur. Después de una hora y media divisó la costa y la ciudad industrial de Wollongong, donde Cam tenía su floreciente industria química y de fibra, su oficina central y una casa de la empresa donde podría vivir si quisiera. Sabía que también tenía otra oficina en Sydney y un ático.

¿Cómo podría competir ella con todo eso?

Después de otra hora y media vio la costa otra vez y la ciudad de Kiama, donde su cuñado Hamish había sido el copropietario de una farmacia.

Se le hizo un nudo en la garganta. Le seguía resultando difícil de creer que Hamish y Serena se hubieran ido. Habían sido una pareja perfecta y muy feliz. Lo habían compartido todo. Incluso, desgraciadamente, su amor por la vela.

Conteniendo el llanto, dirigió su pensamiento a su sobrinita y se preguntó cómo estaría con Cam Raeburn, un hombre tan diferente de su padre. Hamish era muy cariñoso con los niños y amante del hogar. Emma llevaba con Cam seis semanas. ¿Se habrían unido en ese tiempo? ¿Se disgustaría la niña si la apartaba de él?

Raeburn’s Nest estaba cerca de la costa, en una zona de acantilados verdes con vistas al oceáno. Hamish y Cam habían heredado la casa de la familia a la muerte de su padre viudo. Ambos habían compartido la casa hasta que Cam se casó con Kimberley y se construyó una casa nueva cerca en el lujoso Kangaroo Valley. La había vendido tras su divorcio y después se trasladó a su apartamento de Sydney y a la casa de la empresa en Wollongong. Hamish había permanecido en Raeburn’s Nest y había llevado allí a su querida esposa, Serena, para que viviera con él después de un noviazgo relámpago de dos meses.

A Roxy le empezaron a temblar las manos cuando divisó la casa. La gran casa de piedra situada en medio de la naturaleza parecía incluso más imponente que la última vez que la había visto, con la nueva ala para invitados, que Hamish había empezado a construir, ya terminada. Mientras conducía por el camino de gravilla al lado de la casa echó un vistazo a la pista de tenis y a la piscina de la parte de atrás, rodeada de árboles y espesos arbustos.

Una casa ideal para tener una familia. ¿Cómo podía competir su piso de dos habitaciones con una casa como aquella, con semejante lujo?

Sacando del coche la bolsa y el oso de peluche gigante que había comprado para la niña en el aeropuerto de Los Ángeles, siguió un camino de piedra hasta la puerta lateral evitando la entrada principal frente a los acantilados.

Esperaba que fuera la asistenta, o incluso Mary, la niñera, quien abriera la puerta, pero fue Cam.

Durante un segundo permaneció mirándolo incapaz de hablar. Tenía un aspecto diferente al que recordaba. Las otras dos veces que lo había visto antes iba vestido de punta en blanco: con un traje de etiqueta en la boda de Serena y en el bautizo de Emma con un traje gris, camisa blanca y corbata roja de seda.

En ambas ocasiones llevaba el cabello espeso y oscuro engominado hacia atrás, la cara bien afeitada y la espalda amplia resaltada por el impecable corte de la chaqueta.

Aquel día vestía unos pantalones cortos y una camiseta desteñida con manchas de comida. Llevaba barba de un día, estaba sin peinar, como si se acabara de levantar de la cama, e iba descalzo.

Por primera vez le pareció que casi iba demasiado vestida con los vaqueros desgastados, la camisa blanca de manga larga atada a la cintura y las deportivas muy usadas.

Aun así, tenía un aspecto increíblemente seductor.

Como dándose cuenta de que lo estaban sometiendo a un examen, en la boca de Cam se dibujó una sonrisa en parte burlona en parte triste.

–Aún no he tenido tiempo de afeitarme, aunque me he dado una ducha rápida después de que la niña me vomitara encima. La comida fue interesante también… –se disculpó sacudiéndose la camiseta–. Esta camiseta estaba limpia hasta que Emma dejó claro que no le gusta el puré de calabaza. Estoy solo este fin de semana –explicó–. Le di a Mary unos días libres para que visitara a su familia y Philomena no viene los fines de semana.

Philomena era la asistenta. Como no iba los fines de semana, difícilmente podía ser uno de sus ligues.

–¿Te está dando mucha lata nuestra sobrina? –preguntó esperanzada. Si ya se estaba quejando, no resultaría difícil persuadirlo para que se la cediera.

–Incluso a las mejores madres sus hijos les parecen una lata a veces –replicó con sequedad–. Entra, Roxy, te enseñaré tu habitación. Verás a Emma más tarde. Está dormida y no quiero despertarla sin necesidad.

Roxy se mordió la lengua, tentada de protestar. Hacía bien en no despertar a la niña, aunque su motivo resultara un poco sospechoso.

Mientras cerraba la puerta tras ella Cam examinó su rostro durante unos segundos desconcertantes. Contuvo el aliento mientras le agarraba la barbilla con sus dedos fuertes y tibios para levantarle la cara.