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Cuando Kate estaba a punto de casarse con el hombre que sería su marido ideal, Jack Savage reapareció en su vida; un hombre que, decididamente, no lo sería. De hecho, era el peor enemigo de su familia y ya la había traicionado una vez, pero Kate no había conseguido olvidar la pasión que la hizo sentir entre sus brazos... Ahora se veían obligados a trabajar juntos y Kate se enfrentaba a un dramático dilema: estaba comprometida con un hombre, pero enamorada de otro. ¡Y solo faltaban dos semanas para la boda!
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Seitenzahl: 207
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Elizabeth Duke
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Entre sus brazos, n.º 1437 - agosto 2021
Título original: The Husband Dilemma
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-860-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
KATE observó su imagen en la pared de espejos de Novias Exclusivas de Madame Yvette. Vio a una mujer esbelta y de pelo dorado vestida con un clásico vestido de novia blanco.
Sintió un escalofrío de pánico. La boda era inminente. Faltaban menos de tres semanas. Tres cortas semanas.
La realidad la golpeó por primera vez. En tres semanas sería una mujer casada, esposa, compañera de por vida. Pareja de un hombre para siempre.
Era el paso más importante de su vida. El más serio, el más permanente… si uno creía que el matrimonio era para toda la vida, como creía ella. Daba un poco de miedo.
Pero no tenía dudas. Brendan la quería y ella a él. Lo que era más importante, confiaba en Brendan. Puede que no fuera el hombre más excitante del mundo, ni el más apasionado. Puede que no fuera impresionantemente guapo ni tuviera el físico de un atleta bronceado. Puede que nunca hiciera que la sangre le hirviera en las venas como… como…
Vio el destello fugaz de unos intensos ojos azules, pelo negro alborotado por el viento y fuertes hombros tostados por el sol.
Parpadeó para borrar la inquietante imagen. El último hombre del mundo en quien quería pensar, ahora o nunca, era Jonathan Savage. La enervaba que aún consiguiera atormentarla, que algunas noches apareciera en sus sueños. No tenía sentido. Habían pasado cinco años desde aquel tumultuoso día en Shelly Beach… desde aquel prometedor encuentro que se había tornado en pesadilla.
Desde entonces, no había sabido nada de él, ni deseaba hacerlo. Al menos, no conscientemente
La imagen que aparecía en sus sueños era, por supuesto, la de su galante salvador, Jack, no la del odiado Jonathan Savage. Jack no existía. Sólo había sido una fantasía, un ensueño, una ilusión. Llevaba años buscando… esperando a un hombre que la hiciera sentir como Jack, Jack, no Jonathan Savage, pero no lo había encontrado. Por fin, había comprendido que perseguía un fantasma, un sueño imposible, y había vuelto a la dura realidad.
Pasiones… sentimientos… no eran de fiar. Confianza, fiabilidad y estabilidad eran lo que importaba en un hombre, no cómo te hiciera sentir. El fuego y la pasión sólo nublaban la realidad, ocultando las debilidades humanas que había debajo… ¡como la fría indiferencia y la despiadada insensibilidad!
Irguió la barbilla, relegando a Jonathan Savage al lugar que merecía: el pasado. Todo se debía al nerviosismo por la boda, a todas las novias les ocurría. Había sufrido un pánico momentáneo al verse vestida de novia y darse cuenta de lo próxima que estaba y lo irreversible que era la boda. Se estaba portando como una boba. Todo iba bien. Todo iba a ir bien.
—Serás una novia preciosa, Kate— dijo una suave voz a su espalda.
Volvió la cabeza y esbozó una sonrisa. Melanie, su dama de honor, amiga de infancia y actual compañera de piso estaba allí para ver la última prueba del traje. Sólo faltaba el bajo y algún adorno de pedrería y Madame Yvette, arrodillada en el suelo, hilvanaba el bajo del vestido en ese momento.
—Y tú serás una dama de honor guapísima, Mel— replicó Kate con calidez—. Estarás despampanante con el vestido carmesí que hemos elegido; va muy bien con tu pelo moreno.
—Siempre la dama de honor, nunca la novia… —Melanie hizo una mueca—. Es la tercera vez. Pero estoy encantada de ser tu dama de honor, Kate, no vayas a pensar que…
—Ya llegará tu turno, Mel. Es increíble que nadie te haya reclamado aún. Tienes una cara preciosa, ni un ápice de maldad y serás una esposa maravillosa… y una madre perfecta. Hasta tienes práctica en cuidad bebés y niños desde que trabajas en la guardería.
—Creo que a los hombres les resulto aburrida —suspiró Melanie. Muy hogareña, era más feliz leyendo un libro acurrucada en el sofá o haciendo muñecos y juguetes para fiestas benéficas, hospitales o los niños de la guardería, que haciendo deporte o asistiendo a fiestas. Pero no era nada aburrida. Iban juntas al cine o al teatro con cierta frecuencia, y después siempre charlaban animadamente. Mel era una acompañante encantadora.
—No hablemos de mí. Y tú ¿qué? —inquirió Melanie con gentileza—. Estabas algo pensativa hace un momento. No te estarás arrepintiendo ¿verdad? —preguntó medio en broma, pero sus ojos oscuros parecían preocupados—. Quieres a Brendan ¿no?
Kate tragó saliva y se volvió hacia el espejo. Melanie no sabía nada de su breve y doloroso encuentro con Jonathan Savage, hacía cinco años. Sólo otra persona estaba al tanto, Diana, que ahora trabajaba en Nueva York. Incluso antes de marcharse de Australia, poco después de aquella desastrosa estancia en Shelly Beach, Diana evitaba mencionar el episodio, consciente de que a Kate la molestaba.
Kate nunca había dicho una palabra a nadie sobre lo ocurrido aquel caluroso día de septiembre en la costa de Queensland. Era demasiado humillante.
—Por supuesto que quiero a Brendan —replicó, poniendo tono de sorpresa—. Es muy fácil quererlo.
Su prometido era extremadamente agradable, seguro y fiable; no deslumbrante, arrollador y sin corazón como Jonathan Savage. Brendan era gentil y estable, un hombre muy normal, de estatura normal, apariencia normal, carácter normal y un trabajo mejor de lo normal: era gestor de impuestos y dirigía con éxito su propia empresa.
Jack había distado mucho de lo normal. Jonathan Savage, se corrigió, apretando los labios. Y de lo estable o fiable. Pobre Charlotte…Los ojos de Kate se nublaron al pensar en su hermana.
—¡Ya está! —Madame Yvette se puso en pie—. Acabado. Puede recoger el vestido a finales de la semana que viene. Deje que la ayude a quitárselo…
—¡Cielos, Mel, tengo que salir volando! —exclamó Kate, echando una ojeada a su reloj—. Entro de guardia a las tres.
—No te preocupes por mí, tengo que comprarle un regalo de cumpleaños a mi madre, para llevárselo este fin de semana —Melanie la despidió con un gesto, esa tarde libraba en la guardería.
Kate le agradeció su presencia y corrió hacia el lugar donde había aparcado el coche. Una vez allí maldijo entre dientes, su tarjeta de aparcamiento había expirado, y tenía una multa en el parabrisas. Furiosa consigo misma por no haberle pedido a Melanie que saliera a cambiarla mientras ella se probaba, se sentó al volante y salió disparada hacia el hospital. Sabía que se arriesgaba a que la multaran por exceso de velocidad, pero lo prefería a llegar tarde. Se enorgullecía de ser siempre puntual.
El aparcamiento para médicos parecía completamente abarrotado. Los meros residentes no tenían plazas asignadas, tendría que recorrer fila tras fila hasta encontrar un hueco. Sus ojos se iluminaron cuando vio un sitio. Aparcó el coche con un suspiro de alivio; un segundo después gruñó con frustración al ver la señal Reservado Jefe de Enfermería. ¡Maldición! Había perdido unos segundos preciosos. Dio marcha atrás presurosa… y oyó el horrible crujido de metal contra metal.
—¡Oh no! —gimió, pisando el freno. No había visto el coche y el conductor, lógicamente, no esperaba que diera marcha atrás un segundo después de aparcar—. ¡No, no no! —rugió. Ella era la única culpable.
Saltó del coche con la esperanza de que el otro conductor fuera alguien conocido, para poder arreglar el parte de daños después. Deseando que los daños, si los había, fueran mínimos.
El conductor del otro coche, un lujoso BMW, notó con desazón, ya salía, desplegando su considerable estatura.
Con su mala suerte típica, había chocado con alguien importante. Era obvio que era un consultor o un profesor de visita, no un mero residente como ella. Peor aún, era un doctor que no conocía. Un hombre de presencia imponente, con la altura y cuerpo de un gladiador, un gladiador sofisticado que llevaba puesto un traje gris antracita.
—¿En qué diablos estaba pensando para salir así? —gritó él, agachándose para examinar una gran abolladura en el lateral del coche—. ¡Mire lo que ha hecho! Es un coche nuevo.
—Lo siento —musitó Kate. ¡Cualquiera diría que lo había hecho a propósito! Comprobó de una ojeada que su coche no había sufrido ningún daño, gracias al sólido parachoques posterior—. Me di cuenta de que estaba en un espacio reservado y… —su voz se apagó cuando él se enderezó y se vieron cara a cara.
Una devastadora sensación recorrió su cuerpo, fue como si se disolviera, se licuara. El aparcamiento comenzó a dar vueltas y su cabeza también.
No podía ser. Lo miró con fijeza, intentando desesperadamente recuperar el control, intentando permanecer en pie.
¡Era Jack!
No, no era Jack… La cruda realidad cobró fuerza, aplastando esa primera y abrumadora reacción emocional.
—Jonathan Savage— escupió entre dientes.
Un Jonathan Savage muy distinto del Sansón bronceado y medio desnudo que la había rescatado del mar hacía cinco años.
KATE, no desperdicies este glorioso sol. Baja a la playa —urgió Diana—. Me reuniré contigo después de que haya venido la policía. Han dicho que no toquemos nada, así que aquí no tienes nada que hacer, y preferirán que no estemos las dos molestando.
—¿Estás segura? —Kate echó una mirada al caos que las rodeaba.
—Del todo. Ya me siento bastante mal por traerte desde Queensland para nada. Creí que el maletín de Charlotte estaría seguro aquí en mi casa de la playa, encerrado en un armario.
Kate y la amiga de su hermana, Diana, una banquera mercantil de altos vuelos que acababa de volver tras pasar dos años en Londres, habían llegado a Shelly Beach hacía una hora, y se habían encontrado la casa desvalijada. Todo lo de valor había desaparecido: televisión, vídeo, microondas, radio.
Y el maletín de Charlotte. El maletín que la hermana de Kate había encomendado al cuidado de Diana hacía dos años, poco antes de suicidarse. Por eso la había llevado Diana hasta allí, para entregárselo a Kate en privado.
Charlotte le había confiado a Diana que el maletín contenía documentos muy delicados; documentos con los que no estaba preparada para enfrentarse, pero que no quería dejar en casa, donde su padre podía descubrirlos, ni en el hospital donde trabajaba.
—¿Podrías guardarlo un tiempo? —le había suplicado a Diana—. Si me atropella un autobús o algo así —había añadido, bromeando, pensó Diana—, puedes dárselo a Kate. Ella decidirá qué hacer con él. Pero deja que pase al menos un año ¿vale?, hasta que se asiente el polvo.
Y ahora el maletín había desaparecido, junto con los documentos personales de Charlotte. Kate, para no herir a Diana, no había mostrado cuánto la dolía que la última pista para aclarar el trágico suicidio de su hermana se hubiera perdido.
Aunque no hacían falta más pistas, reflexionó Kate. «Jonathan Savage es el culpable de la muerte de mi hermana. Si no la hubiera abandonado… si no hubiera sido tan cruel y desconsiderado…»
Sus ojos se endurecieron al pensar en la nota que Charlotte había garabateado antes de entregarse a la muerte:
No puedo vivir con este dolor, Johnnie. Perdóname.
El dolor de perderlo…
Charlotte, la altiva, egocéntrica y ambiciosa Charlotte, que nunca se había interesado seriamente por un hombre, ni mucho menos enamorado de uno, estaba loca por Jonathan Savage. Trabajaban juntos en el mismo hospital, estudiaban juntos, pasaban todo su tiempo libre juntos. Y, entonces, él la había abandonado sin más, marchándose a América sin volver la vista a atrás.
Eso había devastado a Charlotte. Desolada, había realizado una pésima entrevista de trabajo una semana después, perdiendo el puesto de cirujano jefe que había deseado tanto tiempo y por el que tanto había luchado.
Para Charlotte eso debió ser la última gota. Tres semanas después se tragó una botella llena de pastillas. E incluso entonces, pensó en él; «Perdóname» había escrito, como si quisiera liberarlo de cualquier culpa o posible remordimiento.
Pero Kate y su familia sí lo culpaban. Jonathan Savage, un monstruo, tenía mucho que pagar. Kate apretó los labios, preguntándose si él sabía cuánto dolor y sufrimiento había causado. Era mejor que se hubiera ido de Australia, o él también habría sufrido, al menos en la medida que ella y su familia pudieran conseguirlo.
—Ve, Kate—. Diana la empujó hacia la puerta—. Pero mejor que no te bañes, al menos sola —aconsejó—. La playa no está vigilada y hay bastante resaca. Aunque eso no coarta a los surfistas… ni a los bañistas, cuando el mar está tranquilo.
Kate accedió, se puso un bañador, una camisa suelta y agarró una bolsa de playa, una toalla y su bloc de dibujo, que siempre llevaba consigo. Que los secretos de Charlotte se hubieran perdido, probablemente para siempre, la había deprimido. Esperaba que el sol de Queensland y la fresca brisa del mar consiguieran animarla un poco.
Seguía ligeramente melancólica cuando cruzó las dunas hacia la playa, pero el aire salado que venía del mar y el calor del brillante sol de septiembre, la hicieron sentirse mejor.
Paró en el punto en el que las dunas comenzaban su bajada hacia la vasta playa de arena blanca, y la recorrió con la vista. Estaba casi desierta, excepto por un hombre solitario que corría por la orilla.
Sus ojos lo siguieron, no recelosos, como habría sido prudente, sino llenos de admiración. Parecía un atleta olímpico… todo él músculos ondulantes, tendones afinados, y piel lisa que brillaba como caoba pulida a la luz del sol. Durante un segundo pensó que estaba desnudo, hasta que comprendió que llevaba un bañador del mismo color que su bronceado.
Mirándolo, comenzó a descender por la arenosa cuesta que llevaba hacia la playa, dejando profundas huellas en la arena. Como si hubiera percibido su presencia, el bronceado Adonis alzó los ojos, la vio y saludó con la mano sin detenerse. Ella comenzó a levantar la suya, pero se lo pensó mejor y la dejó caer. Era un completo extraño y no había nadie más alrededor. Sería mejor no animarlo… aunque era una idea tentadora.
Él siguió corriendo al mismo ritmo, alejándose, y ella se relajó, no sin darse cuenta de que su imponente figura era igual de perfecta desde atrás; su ancha espalda contrastaba con las caderas estrechas y el fluido movimiento de sus fuertes piernas recordaba al de un enorme felino en la selva.
Sus ojos lo siguieron mientras la distancia entre ellos se agrandaba más y más, hasta que sólo fue una silueta borrosa contra la orilla soleada.
Encontró un pequeño hueco en la base de las dunas y extendió la toalla sobre la arena. Miró a su alrededor para asegurarse de que estaba sola, se quitó la larga camisa que cubría su colorido bañador, de espalda baja y pierna alta, y se tumbó en la toalla.
Minutos después volvió a sentarse y sacó su cuaderno de dibujo y el lápiz que había llevado por si veía algo que la inspirara. Una sonrisa traviesa curvó sus labios. ¿Inspirarla? ¡Eso se quedaba muy corto!
De memoria, esbozó la silueta del magnífico hombre que había visto, primero de perfil, después desde atrás, mostrando su cuerpo en movimiento, su mano elevada en un saludo. En la distancia, no había podido distinguir su rostro, así que sólo definió una fuerte mandíbula cuadrada, ojos oscuros bajo cejas espesas y pelo negro, razonablemente corto… pero todos los demás detalles de su impresionante figura estaban vívidamente grabados en su mente.
Estaba tan absorta en su tarea que no notó el calor que hacía y la fuerza del sol hasta que terminó los bocetos y dejó el cuaderno de dibujo.
—¡Uf! ¡Hace calor! —sentada, miró deseosa las olas que rompían contra la orilla y el azul brillante del agua. Recordó la advertencia de Diana sobre nadar sola, pero el agua parecía muy tentadora. Y muy segura.
No había apenas olas, lo que explicaba la ausencia de surfistas. Tampoco había bañistas, pero estaban a mediados de semana, ya había empezado el curso, y la playa estaba aislada y se consideraba peligrosa, como indicaba un cartel a la entrada.
Había resaca, que se llevaba el agua de la orilla con fuerza, pero Kate estaba convencida de que podría controlarla si no se alejaba mucho. Siempre había sido buena nadadora, fue campeona de natación en el colegio, y eso fortaleció y dio tono a su cuerpo, aunque era de estructura pequeña.
¿Por qué no? Sólo un remojón, para refrescarse. Sólo se metería hasta la cintura. Necesitaba algo que la relajara y compensara por haber ido hasta allí a mitad del curso universitario y encontrase con que el motivo de su visita había desaparecido.
Decidida, se levantó de un salto y fue hacia el agua, deteniéndose en la orilla para mirar a su alrededor. Seguía sin haber nadie en la playa y el espectacular corredor había desaparecido; quizás había atajado por encima de las colinas de arena.
Una suave ola rompió contra la orilla, y Kate mojó el pie en la espuma blanca. Era agradable, muy agradable.
Dio un paso hacia delante y luego otro, caminando entre la espuma y resistiéndose a la marea que retiraba el agua de la orilla. Se metió en el agua hasta la cintura y comenzó a nadar despacio, dejándose llevar por las olas que la rodeaban, disfrutando con el sensual frescor del agua que se deslizaba por su piel y entre su cabello.
Fue maravilloso… hasta que se dio cuenta de que ya no hacía pie. Intentó volver hacia la playa, pero no avanzaba, una extraña fuerza la aprisionaba, tirando de sus brazos, su cuerpo, sus piernas.
Su euforia se convirtió en alarma, estaba atrapada por una fuerte marea. Ya no podía ver la playa por encima de las olas. Sólo veía el agua azul y el cielo despejado, y las olas que la obligaban a luchar cada vez más. El miedo la atenazó.
«No voy a conseguirlo» pensó con pánico, y tuvo la horrible visión del rostro de su padre y de su madre ante la pérdida de otra hija. ¡No podía dejar que ocurriera! Comenzó a luchar con toda su fuerza agitando las piernas y los brazos en un intento desesperado de volver a la playa.
Pero sabía que era inútil. No avanzaba nada y se estaba cansando. Muy deprisa.
Sus manos chocaron con algo sólido. Gritó y pataleó, creyendo que era un tiburón. Mientras golpeaba a su alrededor ciegamente, notó un fuerte golpe en la mejilla.
—No luches contra mí, te ayudaré— dijo una ronca voz de hombre; unas fuertes manos la agarraron por los hombros y la giraron.
Un brazo duro como el hierro la rodeó desde atrás, por encima del pecho, y la aplastó contra lo que parecía un cuerpo masculino igualmente duro… un cuerpo poderoso con músculos enormes. A pesar de su terror, se sintió segura entre sus brazos, protegida, como si pudiera confiar en ese hombre. Como si pudiera poner la vida en sus manos.
Relajó el cuerpo entre sus brazos.
—Bien. Ahora, mueve las piernas con suavidad —dijo su salvador, dando una brazada con el brazo libre y sujetándola con fuerza con el otro—. Lo conseguiremos si nadamos a la vez. ¡Si no te dejas llevar por el pánico! Si estás demasiado cansada para mover las piernas, relájate y deja que yo lo haga todo.
No se dejó llevar por el pánico, ni se relajó. Usó las piernas y los brazos para ayudar lo más posible, aunque sospechaba que, en realidad, él no necesitaba su ayuda; simplemente no quería que luchara contra él ni intentara detenerlo.
En vez de ir contra la corriente, él avanzó lentamente en diagonal hasta que, de pronto, la resaca que tiraba de ellos mar adentro desapareció y Kate comprendió aliviada que iban a conseguirlo.
En realidad lo supo desde que su hercúleo salvador la sujetó entre sus brazos. Brazos poderosos… hombros poderosos… piernas poderosas. Tenía que ser el corredor que había visto en la playa, no podía ser nadie más. ¡Era una suerte que la hubiera visto!
Una vez libres de la corriente, el resto fue fácil. Incluso consiguieron aprovechar la fuerza de una ola que los llevó a la playa sin esfuerzo. La ola rompió, depositándolos en la orilla en un lío de piernas, brazos y espuma blanca.
Cuando el agua se retiró, amenazando con llevárselos de nuevo, él tiró de ella hacía la arena seca. Por un momento siguieron tirados, jadeando y sin aliento. Ella se dio cuenta de que seguía enredada entre sus musculosos brazos. Segura y protegida.
—Bueno, mi dorada sirena —dijo él con respiración entrecortada—, lo conseguimos.
Ella lo miró a través de una masa de enredados rizos color miel. Se encontró con un par de asombrosos ojos azules. ¡Azules! Se los había imaginado negros… o marrón oscuro. Debían ser sus espesas pestañas negras y sus cejas oscuras las que, en la distancia, le habían dado esa impresión.
—Me has salvado la vida— susurró asombrada. Le castañeteaban los dientes, más por reacción que por frío. Los brazos que la rodeaban eran cálidos, le daban calor—. Gracias.
Esperaba que la regañara por su estupidez al nadar sola, pero no lo hizo. Quizás temiera que ella se disolviera en un histérico mar de lágrimas si la reprendía.
—¿Estás bien? —le apartó suavemente los mechones de pelo húmedo que se le pegaban al rostro.
—Estoy bien… —respondió ella, pensando que tenía un rostro fuerte, que encajaba con todo el resto, absorbiendo cada detalle con ojos de artista. ¿O de mujer? Mandíbula bien definida, nariz recta, labios firmes… un rostro más atractivo que bello según los cánones clásicos. Eran sus ojos lo que lo hacían extraordinario. Incluso en su estado tembloroso, sus dedos ardían por dibujarlo, por dar definición al borroso boceto que había realizado antes.
—Me temo que se te va a poner el ojo morado —sus dedos recorrieron con suavidad su pómulo izquierdo—. Lo siento… fue accidental. Tu cara chocó con mi codo cuando intentabas apartarme.
—Yo… creí que eras un tiburón —admitió avergonzada—. No pensé que hubiera nadie por aquí —inspiró con fuerza— ¿De dónde saliste?
—Decidí volver a la playa para correr otro rato.
Sus ojos azules chispearon y ella se preguntó, con un súbito rubor, si no habría vuelto para echar una mirada a la joven solitaria de la playa. Un hombre con ese físico, con esos ojos, debía saber que tenía muchas posibilidades con cualquier chica que le llamara la atención. Esa idea la molestó, y la desechó rápidamente.
—Te vi en el agua desde las dunas —explicó él— y decidí seguirte… sé que aquí las corrientes son peligrosas, si te adentras demasiado.
—Pero yo no… —calló—. Es decir, no me di cuenta de… —comenzó a temblar. No se había dado cuenta de muchas cosas. El peligro del mar. El peligro de ese extraño que la sujetaba. No peligro físico, sino emocional. Para su paz de espíritu. Para su corazón.
—Es obvio que no —comentó él con sequedad. Sacó el brazo de debajo de ella—. Estás tiritando. Voy a por tu toalla.
—No hace fal… —intentó levantarse, pero se le doblaron las piernas como si fueran de goma.
—Espera… yo te llevaré —antes de que pudiera protestar, la levantó en brazos, como si no pesara más que un niño. O que una burbuja—. Mejor aún, te llevaré a dondequiera que estés alojada. Donde sepa que estás segura.
—¡No! —sus ojos se abrieron de par en par. No quería que Diana se enterara de que había ido a nadar sola a pesar de su advertencia, y que casi se había ahogado—. Llévame hasta la toalla. Estaré bien.
—No pienso dejarte sola —su tono era firme—. Podrías meterte en más problemas.
