La sombra de un amor - Elizabeth Duke - E-Book

La sombra de un amor E-Book

Elizabeth Duke

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Beschreibung

Taryn estaba convencida de que, cada vez que la miraba, Mike O'Malley estaba viendo a otra mujer: la misteriosa y bella Crystal, su exprometida, una mujer que le había roto el corazón. Todo el mundo decía que Taryn era la viva imagen de ella. Pero ¿sería esa la razón por la que Mike parecía tan interesado en ella? Él aseguraba que no volvería a mantener una relación estable con nadie, pero no podía negar la intensa atracción que había entre ellos. ¿Significaría eso que, en el fondo, el matrimonio entraba dentro de los planes de Mike, o que al mirarla recordaba inevitablemente a Crystal?

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Seitenzahl: 215

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Elizabeth Duke

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La sombra de un amor, n.º 1397 - enero 2022

Título original: Look-Alike Fiancee

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-211-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

EL BOSQUE era un remanso de tranquilidad y frescura en medio de aquella calurosa tarde. Lo único que se oía eran los trinos de los pájaros y el crujir de las agujas de los pinos bajo los cascos de Ginger. Taryn se reclinó en la silla con un suspiro de satisfacción y aflojó las riendas.

Fue un grave error.

Un canguro salió en aquel momento de entre los pinos, asustando a Ginger. Todo sucedió de forma tan brusca e inesperada que Taryn no tuvo tiempo de sujetar las riendas y terminó en el suelo.

Por un segundo, permaneció con los ojos cerrados, intentando serenarse. No estaba herida, de eso estaba segura. No tenía ningún hueso roto, pero entonces… ¿por qué tenía esa sensacion de estar flotando, de estar siendo arrastrada por una nube de euforia… de encontrarse en medio de un sueño? Soñaba que unos labios firmes y tentadores acariciaban los suyos… los presionaban… los saboreaban.

Abrió los ojos.

Definitivamente estaba soñando. Y si no estaba soñando, se estaba ahogando. Estaba ahogándose en un mar tropical, de color esmeralda, salpicado de gotas doradas.

–Vaya, parece que ha funcionado –oyó decir a una voz grave y aterciopelada.

Taryn entrabrió los labios y sus ojos enfocaron lentamente el bronceado rostro que tenía sobre ella. Sí, tenía que estar soñando. A no ser que hubiera muerto y estuviera en el cielo. Porque le parecía imposible que un mortal pudiera ser tan guapo. Barbilla firme, nariz recta, piel morena… Un rostro muy viril, lleno de fuerza y carácter. Y un atractivo sexual capaz de paralizar el corazón de cualquier mujer.

¡Y aquellos ojos! Taryn se sentía como si estuviera siendo absorbida por un torbellino de jade y turquesa.

–¿Qué es lo que ha funcionado? –sus labios formularon aquella pregunta con un ronco suspiro.

–Te has despertado cuando te he besado. Al verte, me he acordado del cuento de la Bella Durmiente y he pensado que contigo también podría funcionar –le apartó un mechón de pelo de la cara.

Y Taryn se sonrojó. Lo cual era todo un acontecimiento: ¡Taryn Conway sonrojándose!

Al ser consciente de que estaba tumbada en el suelo, sonrojándose y casi deseando a un hombre al que ni siquiera conocía, rompió el hechizo.

El sueño se desintegró. Se sentó bruscamente y le apartó la mano de su pelo.

–¿Quién es usted? –preguntó, utilizando su tono más seco, y no sólo para disimular su azoro, sino también para intentar sobreponerse al hecho de que estaba sola con un desconocido en medio de un bosque.

–Yo podría hacer la misma pregunta –repuso el desconocido, clavando la mirada en sus ojos.

Iba vestido con unos viejos vaqueros que remarcaban sus musculosos muslos, botas de cuero y una camisa azul con las mangas arremanagadas y los botones desabrochados.

–¿No sabe que está prohibido pasar por aquí? –le espetó Taryn, esperando que su tono crispado y dominante tuviera su habitual efecto. Lo había utilizado cientos de veces para triturar a tipos que se lo tenían más que merecido. Hombres cuyo único interés en ella se debía a su apellido y al dinero de su padre.

El desconocido arqueó una ceja. No parecía especialmente impresionado. Más aún, era ella la que tenía que luchar para no dejarse abatir por el impacto de su mirada de acero.

Taryn, que permanecía sentada con los brazos alrededor de las rodilas en actitud defensiva, tuvo oportunidad de mirarlo con más atención. Más objetivamente. Si realmente fuera posible mirar objetivamente a un hombre cuyos ojos podrían dejar sin respiración a cualquiera.

Se fijó en la anchura de sus hombros y la fuerza de sus brazos… y también en el pelo oscuro y rizado que cubría su cabeza. Necesitaba un buen cepillado y un urgente corte de pelo. Y mientras lo miraba, sintió un desconcertante vuelco en el corazón, no sabía si debido a la tensión o a la admiración que aquel hombre despertaba en ella.

A medida que lo miraba, iba pareciéndole más peligroso. Sus brazos más fuertes, sus cejas más espesas y amenzadoras. El gesto implacable de su barbilla la invitaba a verlo como un feroz oponente en una pelea.

No tenía ninguna posiblidad de luchar contra un hombre de aquella envergadura.

Taryn sintió que sus huesos de derretían al pensar en aquel hombre luchando contra ella. Pero no era sólo el miedo el que le hacía sentirse débil, sino también una curiosa excitación, similar a la que sentía cuando urgía a su montura a superar un obstáculo imposible… parecida a la emoción de un reto.

Y aquella era una sensación completamente nueva para ella. Peligrosamente nueva.

–¿Que está prohibido? –preguntó él con sarcasmo–. Llevo años montando por estas tierras y esta es la primera vez que me acusan de haberme metido en un terreno prohibido.

–¿Montando? –repitió Taryn mirando a su alrededor–. No veo su caballo por ninguna parte –y tampoco estaba el suyo, advirtió alarmada. Un escalofrío le recorrió la espalda.

–He dejado a Caesar entre los frutales. ¿Ha oído hablar de ese huerto de frutales? –le preguntó fríamente y con una formalidad de la que no había hecho uso en un primer momento.

Taryn alzó la barbilla, sintiendo que aquel intruso estaba tomando las riendas de la situación. ¿Qué quería decir con eso de que llevaba años montando por aquellas tierras? Durante todo el año que llevaba ella allí, no le había visto ni una sola vez.

–Sí, sé que hay un huerto de frutales en el bosque –se levantó, decidiendo que estaba en desventaja al encontrarse sentada–. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Robar fruta?

–¿Robar fruta? –preguntó burlón, a la vez que se levantaba–. Cada vez que monto por estas tierras suelo tomar algo de fruta. A los propietarios de la compañía papelera no les importa. De hecho, están encantados de que los residentes paseemos por aquí para que echemos un ojo de vez en cuando al bosque e impidamos los incendios. Si quisieran prohibir el paso, habrían cercado las tierras.

–¿Los residentes? –repitió Taryn con un hilo de voz, sintiéndose doblemente débil al verlo inclinarse sobre ella. Retrocedió e intentó retomar su tono más dominante de voz–. ¡Pero si usted no vive aquí! –ella conocía a todos los habitantes de la zona–. ¿O sí? –añadió vacilante.

–Llevo una temporada fuera, pero mi casa está aquí, y mi padre no ha salido de aquí desde hace años. ¿Quién es usted? ¿La nueva guardabosques? ¿Una empleada de la compañía papelera? Porque si no, me temo que también se ha colado en un terreno prohibido.

Taryn se irguió sobre su metro sesenta y cinco de altura.

–Yo soy la propietaria de este bosque –dijo con firmeza–. Bueno, por lo menos lo es mi familia.

Los ojos de aquel desconocido se transformaron en dos cubos de hielo.

–¿Quiere decir que Gippsland Paper ha vendido este bosque a su familia?

–Exacto. Mi padre les hizo una oferta y ellos aceptaron –lo miró un tanto dubitativa al advertir que algo oscuro y peligroso asomaba a sus ojos–. Han estado vendiendo durante algún tiempo sus plantaciones más pequeñas, y ésta tampoco tenía demasiada utilidad para ellos. Además, es una zona de difícil acceso, con tantas colinas y ninguna carretera. Supongo que están encantados de haberse deshecho de ella.

–Así que la ha comprado su padre –sus ojos eran ya dos líneas de acero–. Su padre no será Hugh Conway, el que compró Fernlea hace un año, ¿verdad? –ondeó la mano señalando vagamente hacia la colina que se veía frente al valle.

Taryn se estremeció al advertir el desprecio de su voz.

–Mi padre compró Fernlea, sí… –desde allí, en la espesura del bosque, la casa no se veía, pero sí los enormes árboles que la rodeaban–. ¿Algún problema?

Él esbozó una fría sonrisa.

–Sabía que era demasiado bueno para ser verdad. Una belleza de cuento de hadas, con pelo negro, ojos de azabache y un cuerpo de ensueño… No podía ser verdad.

A Taryn no le pasó desapercibida la suave ronquera de su voz, y no pudo evitar un respingo. Normalmente, los comentarios sobre su aspecto no la afectaban. Había sido halagada y adulada durante toda su vida, tanto por su aspecto como por el dinero de su padre, y siempre había desconfiado de los cumplidos. Nunca había sabido si eran sinceros o se debían a un intento de lisonjearla por ser ella quien era.

Pero tenía la sensación de que aquel no era un hombre muy dado a los halagos, y menos con segundas intenciones.

–Si es usted la hija de Hugh Conway, entonces no puede ser la mujer de mis sueños –le dijo con voz afilada–. La mujer de mis sueños jamás sería una niña mimada de la alta sociedad, con un papá que la adora y que está dispuesto a gastarse en su hija mucho más de lo que ella necesita.

Taryn lo observaba con creciente enfado. ¿Una niña mimada de la alta sociedad? Jamás. Ella, que adoraba los caballos y la vida en el campo, ¿cómo se atrevía a compararla con las remilgadas jóvenes de la alta sociedad? Y en cuanto a lo de mimada, siempre había procurado evitar que los privilegios y el dinero de su padre se le subieran a la cabeza. Desde niña se había prometido no ser nunca una criatura superficial como la que aquel hombre pensaba que era. Eso la había convertido en una persona fría y reservada, excepto para los amigos en los que realmente confiaba.

–Creo que tiene demasiados prejuicios. ¿Siempre analiza tan rápidamente a la gente que conoce?

–Sólo cuando se apellidan Conway –inclinó la cabeza y curvó sus labios en una sonrisa cargada de ironía–. Debería haberme imaginado quién era por su encopetado acento. No hay mucha gente por aquí que hable con el famoso gangueo de Toorak.

Taryn bullía de rabia, pero no tenía forma de negar que había pasado toda su vida en Toorak, una de las zonas más exclusivas de Melbourne.

–¿Qué tiene en contra de los Conway? –siseó furiosa–. Y si no le importa, ¿podría decirme quién es usted?

–Me apellido O’Malley. Mi padre es el propietario de la granja que está enfrente de Fernlea, después de cruzar el río.

–¿Entonces es el hijo de Patrick O’Malley? –sus ojos relampaguearon al encontrar una oportunidad de devolverle sus ofensas–. Es el hijo que renunció a vivir en la granja lechera de su padre pensando que era un lugar demasiado vulgar para él –le reprochó con infinita satisfacción–, y se marchó, dejando a su pobre padre en la estacada.

–¿Eso es lo que le ha contado mi padre? –estalló inmediatamente–. ¿Que me fui y lo dejé en la estacada?

–Su padre y el mío no se llevan precisamente bien, como supongo que ya sabe –pero Taryn no tenía intención de profundizar en ello–. No, no me lo ha contado él, pero por aquí todo el mundo sabe que su padre quería que su único hijo, es decir, usted, lo ayudara a dirigir la granja familiar en cuanto terminara la carrera de veterinario, pero que usted decidió ponerse a trabajar con una empresa química y estudiar ingeniería.

–Ingeniería química –la corrigió–. Y terminé también la carrera de veterinaria. Aunque nunca la he ejercido… salvo para alguna emergencia.

–En cualquier caso –continuó diciendo Taryn, sin pensar ni remotamente en disculparse–, desde entonces ha estado rodando por Australia, ganando dinero vendiendo productos antiparásitos y obligando a su padre a contratar a mozos para que pudieran ayudarlo. Todo el mundo dice que eso le rompió el corazón a su padre –añadió.

Su interlocutor frunció el ceño de tal manera que Taryn deseó no haber reproducido aquel chismorreo.

–Es posible que mi padre sufriera cierta desilusión –admitió O’Malley, con voz profunda–, pero la única vez que se le rompió verdaderamente el corazón fue cuando murió mi madre. Y durante todo este tiempo me ha estado apoyando en cada una de mis decisiones. Así que no debería hacer tanto caso de los rumores.

–Y tampoco usted. Es evidente que se ha forjado una imagen sobre mí y sobre mi familia sin ni siquiera conocernos.

–Por lo que he oído decir sobre los Conway desde que he llegado, no estoy seguro de que merezca la pena tomarse la molestia.

Taryn estaba desconcertada por el dolor que aquellas palabras le causaban. Y no sólo por lo que aquel hombre pudiera haber oído sobre ellos, la envidia siempre había sido motivo de todo tipo de rumores sobre los Conway, sino por la burla de su voz. Era una sensación completamente novedosa para ella: hasta entonces, ningún hombre se había burlado de Taryn. Inclinó la cabeza, intentando disimular su dolor.

–¿Y se puede saber qué es lo que ha oído?

–Vayamos al huerto, allí se lo aclararé. Con un poco de suerte, nuestros caballos estarán entre los frutales.

A Taryn le molestó que hubiera sido él el primero en acordarse de los caballos. No entendía qué le estaba ocurriendo. Estaba acostumbrada a no perder el control de ninguna situación. Pero con aquel hombre se sentía como si estuviera pisando un terreno desconocido.

Sin estar muy segura de si quería o no que se lo aclarase, pasó por delante de él, decidida a no dejarse impresionar. Pero mientras caminaba, era consciente en todo momento de las pisadas de O’Malley y, por tanto, de su cercanía.

La tarde había oscurecido. Donde antes había nubes algodonosas entre las que se filtraban los rayos del sol, se había formado un tupido manto de nubes grises que ocultaba completamente el sol. No hacía frío. Aquella había sido una semana húmeda y calurosa. A Taryn no le importaba el calor. De hecho adoraba todo lo que tenía que ver con la vida campestre. Allí tenía todo lo que deseaba, tranquilidad, belleza, aire limpio… y libertad.

Mientras se dirigía hacia el huerto frutal situado en medio del bosque que había sido plantado diez años atrás, oyó la voz de O’Malley contestando una pregunta que deseaba no haber formulado nunca.

–La historia que circula por allí –le decía, arrastrando las palabras–, es que Hugh Conway, un conocido miembro de la clase dirigente de Melbourne y director de una famosa firma de corredores de bolsa, compró Fernlea y las tierras que la rodeaban, para que su querida hija pudiera disfrutar del campo.

Taryn lo miró furiosa por encima del hombro, pero no podía negarlo. Su padre había comprado Fernlea básicamente para ella.

–Al parecer necesitaba más espacio para los caballos –continuó diciendo–. La casa que tenía la familia para pasar los fines de semana no era suficentemente grande, así que tenía que encontrar algo más espacioso –como Taryn no hacía ningún comentario, continuó diciendo con languidez–: Por supuesto, la familia no va a renunciar a la vida en la ciudad, sino que repartirá su tiempo entre Fernlea, su lujosa casa de Toorak y algunas excursiones a la playa, París, Londres y Nueva York. Tengo entendido que pasa mucho tiempo en exhibiciones de caballo –se interrumpió y continuó con voz sedosa–: Estoy seguro de que monta maravillosamente bien, señorita Conway.

–Para que luego digan que las mujeres son las únicas aficionadas al cotilleo –replicó Taryn sin volverse–. Sólo lleva dos días aquí y ya se piensa que lo sabe todo sobre nosotros. Bueno, pues ya me ha dicho más de lo que quería saber, señor O’Malley. Debería hacer algo con sus prejuicios. Son de lo más desagradable.

–Supongo que si los tengo, son por una buena razón.

–¿Qué quiere decir?

–Olvídelo. ¿Mamá y papá están en casa con usted? –le preguntó con falsa dulzura.

Taryn apretó los dientes y contestó:

–Mis padres han tenido que irse a la ciudad esta mañana, pero regresarán este fin de semana.

–Así que, en este momento es usted la señora de la casa, literalmente.

–¿Qué quiere decir con eso de «literalmente»?

–Fernlea, estoy seguro de que ya lo sabe, era una de las principales casas de Gippsland. Algunos de los viejos robles ingleses y de los álamos del jardín deben de tener casi cien años. Supongo que será muy divertido celebrar fiestas en esa casa de tanta solera con sus amigos de la alta sociedad.

–Supongo que hace años fue una casa impresionante, pero cuando la compramos hubo que hacer un sin número de reparaciones –frunció el ceño. O’Malley hablaba como si su padre hubiera comprado Fernlea simplemente para satisfacer un capricho de su hija mimada, como si para ellos aquella propiedad sólo fuera un lugar para los fines de semana. ¡Qué equivocado estaba!–. Hemos ido renovándolo todo poco a poco.

–Estoy seguro de que no han reparado en gastos.

–De momento la hemos convertido en un lugar habitable –añadió, ignorando su comentario–. Pero todavía no nos hemos preocupado de pintar las paredes y arreglar el tejado. Había cosas más importantes que hacer, como reparar las cercas, cortar los arbustos, preparar la zona de los establos…

–Y comprar la vieja propiedad de los Henderson, Plane Tree Flats, para añadirla a sus dominios… aunque esas tierras estén al otro lado del río –replicó con un desprecio inconfundible en su voz.

Taryn volvió inmediatamente la cabeza.

–¿Está insinuando que los O’Malley pretendían comprar esas tierras?

–Exacto. Antes pertenecían a mi familia, hasta que un incendio causado por la sequía estuvo a punto de arruinarnos cuando yo era niño y mi padre se vio obligado a venderlas. Mi padre lleva años queriendo volver a comprarlas. Pero cuando por fin tuvo oportunidad de hacerlo, llegó Hugh Conway e hizo una oferta muy superior a la suya.

–Ese es el motivo por el que nos odia, ¿no? –replicó Taryn. Giró sobre sus talones con los brazos en jarras. Alzó la mirada hacia O’Malley y tragó saliva. El rostro de aquel hombre se había transformado en una máscara de granito verdaderamente aterradora. Jamás había visto tanto odio en una mirada–. Estábamos intentando ayudar a Charley Henderson –dijo en defensa de su padre–. El pobre anciano tenía cientos de deudas y se encontraba muy débil. Tenía que estar cerca de la ciudad y de algún hospital que pudiera ocuparse de él. Ahora podrá vivir tranquilamente durante el resto de su vida, con los mejores médicos a su servicio.

–Oh, estoy seguro de que su padre actuaba movido por su buen corazón cuando compró el primer terreno –replicó burlón–. Al fin y al cabo, no va a servirle de mucho, puesto que está al otro lado del río y desde su propiedad no tiene acceso a él.

–Pero lo tendrá. Vamos a construir un puente encima del río.

–Por supuesto. Naturalmente. Y también estoy seguro de que será un moderno puente de cemento, y no uno miserable y desvencijado, como el único que une actualmente las dos propiedades, y que no resistiría unas lluvias fuertes.

Taryn se encogió de hombros. Conocía el estado en el que se encontraba el puente que unía la propiedad de los O’Malley con la suya, pero teniendo en cuenta el estado de la relación entre las dos familias, tampoco importaba demasiado.

–Hablando de lluvias –O’Malley miró hacia el cielo–, yo diría que está a punto de empezar a llover.

Taryn miró también hacia arriba y gimió. El cielo tenía un aspecto cada vez más amenazador y comenzaba a oírse el retumbar de un trueno en la distancia. La joven aceleró inmediatamente el paso.

–Todavía no ha contestado mi pregunta –gruñó O’Malley tras ella–. ¿Qué piensa hacer con las tierras de Charley Henderson? ¿Pretende tener ganado? ¿Caballos? ¿Piensa demoler la casa de Henderson?

–Mi padre quiere poner ganado. Es una tierra muy apropiada. Y, por supuesto, no vamos a demoler la casa, aunque eso no sea asunto suyo. La pareja de jóvenes que hemos contratado para trabajar en Fernlea vivirá allí. Ahora tiene que ir y venir diariamente desde Leongatha, pero queremos que vivan en la propiedad para que puedan tenerla vigilada cuando nosotros no estemos aquí. Como hace Sumdge, el brazo derecho de su padre, que vive en su granja –Taryn miró a su alrededor y añadió con dulzura–: He oído hablar de Smudge a la pareja que trabaja para nosotros, no a su padre. De hecho, no puede decirse que su padre haya sido especialmente amable con sus vecinos.

Se interrumpió para preguntar casi inmediatamente:

–¿Le disgustamos porque le hicimos a Charley Henderson una oferta superior a la suya? ¿O le disgustaríamos en cualquier caso?

–Puede decirse así –contestó O’Malley en tono cortante–. Ninguno de nosotros tiene demasiado aprecio por los visitantes de fin de semana. Y ahora ya solo falta que me diga que los Conways, no satisfechos con ser propietarios de Fernlea y de Plane Tree Flats, también han comprado el bosque de pinos.

–¿Pretende decir que también lo quería su padre?

–Si hubiéramos sabido que los Conwey estaban tras él –fue su dura respuesta–, podríamos haber intentado evitar la venta. Espero que sea consciente del valor que tiene este bosque. Los residentes de la zona llevamos disfrutando de él y del huerto durante años. ¿Qué pretende hacer con él? ¿Arrasarlo?

–Por supuesto que no. Queremos mantenerlo tal como está. Precisamente, esa es la razón por la que lo compramos. Nuestra casa da al bosque, no queremos convertir este paisaje en un desierto.

–Ah, entonces lo compraron para que nadie pudiera arruinarles su preciosa vista. Por supuesto, ¿cómo no lo habré imaginado? Así que lo que van a hacer ahora va a ser cercarlo todo y cerrarlo para que nadie pueda acercarse ni al huerto ni al bosque, ¿es así?

–Se equivoca de medio a medio –sentía que le ardían las mejillas. Sí, su padre había sugerido que cercaran el bosque, pero para protegerlo, no para que no se acercaran los vecinos–. Los granjeros que viven por los alrededores serán bienvenidos siempre y cuando tengan cuidado y no se dediquen a encender hogueras o a tirar cigarrillos encendidos.

–Los granjeros de la zona no se dedican a ese tipo de cosas. Todo lo contrario, ayudan a matener limpio el bosque y están atentos a cualquier cosa que pueda provocar un fuego… o a la gente que no es de por aquí. Esa es la razón por la que he dejado mi caballo en el huerto y la he seguido, para ver lo que pretendía. ¡Y termino enterándome de que los Conways han comprado el bosque y lo quieren para ellos solos!

–Todavía puede seguir montando por aquí –protestó Taryn. Cada una de las palabras de aquel hombre le escocía de una forma inexplicable. A Taryn nunca le había molestado especialmente lo que la gente pudiera pensar de ella. Pero por alguna extraña razón, y bastante estúpida teniendo en cuenta su actitud, sí le importaba lo que aquel hombre pudiera pensar de ella.

–Pues antes me ha dicho que estaba prohibido pasear por aquí.

Taryn tragó saliva.

–Porque todavía no sabía quién era usted… Por lo que yo conocía, podía tratarse de un pirómano.

Habían llegado ya al huerto, un lugar repleto de frutales, manzanos, perales, melocotoneros, membrillos… había hasta una morera gigante. Taryn vio a Ginger saboreando las manzanas caídas. Oyó el relincho de otro caballo y al volverse descubrió un magnífico ejemplar de color negro que se acercaba corriendo, quizá asustado por los truenos.

–No haga movimientos bruscos –le siseó O’Malley a Taryn al oído–. Odia las tormentas. Y agarre cuanto antes a su caballo.

Cuando se estaba acercando a Ginger, un rayo iluminó el bosque. Acababa de sujetarle las riendas, cuando se escuchó un brutal estallido que hizo que el caballo se revolviera. Afortunadamente, lo tenía bajo control y le bastaron unas cuantas palabras para tranquilizarlo.

Oyó el sonido de una fusta y al volverse descubrió a O’Malley vociferando a Caesar y corriendo hacia él. Pero ya era demasiado tarde. Caesar bajaba corriendo por la colina, completamente sordo a los gritos de su amo.

Taryn se mordió el labio, reprimiendo una risa. No podía evitarlo. Se lo merecía. Se había quedado sin caballo y tendría que regresar andando.

Un momento después, estaba completamente empapada. El cielo parecía haberse abierto en dos, liberando un torrente de agua.

O’Malley maldijo en voz alta.

–Mi padre debería haberse desehecho de ese caballo hace años. Caesar no escucha, jamás hace lo que uno quiere.

–En ese caso, deben de ser almas gemelas –replicó, pensando que, al fin y al cabo, él también había ignorado los deseos de su padre–. Y estoy segura de que su padre estaría de acuerdo conmigo.

–Mi padre y yo… –comenzó a decir, pero se interrumpió bruscamente. Taryn advirtió el cambio que se producía en su expresión. La ira desaparecía y aquellos ojos glaciales adquirían una nueva mirada.

–En cualquier caso, no dejará que regrese andando a mi casa con esta lluvia, ¿verdad?