Amor sin límites - Trisha David - E-Book

Amor sin límites E-Book

Trisha David

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Beschreibung

Durante tres meses, Jack Morgan estuvo intentando ganarse el amor y la confianza de su hija pequeña, a la que no había visto desde que era un bebé. El único problema era que Maddy parecía mucho más interesada en el cariño que le ofrecía Jessica, el pastor escocés campeón de Jack. Y Jessica en un pequeño schnauzer llamado Harry... Afortunadamente para la dueña de Harry, Bryony Lester, Jack y Maddy eran los principales candidatos para recibir su afecto sin límites. ¿Y cómo podía resistirse Jack a la única mujer que lograba hacer reír a Maddy?

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Seitenzahl: 225

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Trisha David

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor sin límites, n.º 1411 - febrero 2022

Título original: Falling for Jack

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-557-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

JACK Morgan era un granjero que se había pasado los seis últimos años intentando llevar una vida carente de emociones; pero no lo había logrado.

Maddy estaba en uno de los laterales de la pista de exhibición observándolo todo. Jack se dio cuenta al verla que el amor que sentía por ella era inmenso. Allí en la pista estaba Jessica. ¿Y quién no se quedaría prendado de ella?

Pero la perfección no podía durar eternamente. Mientras se preparaba para dar la última orden, a Jack se le hizo un nudo en la garganta.

Las ovejas estaban agrupadas por la parte de fuera de la última cancela. Jack se llevó los dedos a la boca y lanzó un penetrante silbido, pero no tuvo el efecto deseado.

Un pequeño perro gris salió a toda velocidad de debajo de la tribuna. Aquel no era un perro pastor como Jessica; era un animal rechoncho, bajo y fornido, con unos mechones de pelo gris en el pecho, cejas negras e hirsutas, ásperos bigotes y barbas grises. Más que correr, se movía con la gracia de un elefante, y su cuerpo regordete iba levantando una tremenda polvareda. Dio un ladrido y Jack lanzó otro silbido desesperado.

–¡Mételas dentro, Jess! ¡Vamos! ¡Un minuto más y las tendrás a todas dentro del corral! ¡Entonces, serás la campeona de Australia!

Pero Jess no iba a ser la campeona de Australia. El extraño perro se lanzó derecho al rebaño. Las ovejas empezaron a dispersarse como si hubiera explotado una bomba, y no había nada que Jessica, Jack, ni nadie en el mundo pudiera hacer por detenerlas. Las ovejas iban directas a la cerca. El chucho fue detrás de ellas y Jessica lo siguió. Jack se quedó sólo en medio de la pista, mudo de asombro.

–¡Harry! –gritó frenéticamente una mujer desde el público.

Jack no veía a la persona que gritaba; todo lo que veía a su alrededor era un verdadero caos. Para aquel puñado de granjeros, lo que estaba pasando era una locura. La gente empezó a apartarse para dejar paso a las ovejas que se escapaban; nadie hizo nada por detenerlas. La primera oveja que llegó a la cerca se metió por debajo de una barra. Entonces, el chucho empezó a ladrar con más intensidad y las últimas tomaron la valla por un obstáculo.

La cerca estaba diseñada para mantener dentro a las ovejas. Aquel era un concurso en el que se ponía a prueba la destreza de los perros pastores y ese tipo de perros conocía su tarea. Los perros demasiado jóvenes o mal entrenados quizá no fueran capaces de controlar a un rebaño como debieran, pero por muy mal entrenado que estuviera un perro al menos podría mantener a los animales juntos.

Claro que ese no era el caso en aquel momento. Aunque Jessica siguiera interesada en hacer su tarea, que no lo estaba, las ovejas se habían desperdigado demasiado lejos como para detenerlas.

 

 

Bryony Lester miró angustiada a su alrededor. Dicho suavemente, lo que había pasado era horrible. Myrna le había dicho a Bryony que llevar a Harry a la exhibición sería una estupenda manera de conocer a la gente de los alrededores.

–¡Muy bien, Myrna!

Mientras Bryony le dedicaba algunos improperios a su amiga ausente, una oveja se chocó contra sus piernas.

–Te mataré, Harry –dijo Bryony en voz alta.

Hizo bocina con las manos y volvió a llamar al perro a gritos, aunque sabía que no iba a funcionar.

 

 

La multitud de espectadores se fue dispersando en todas las direcciones. Algunos hacían un esfuerzo simbólico para atrapar a las ovejas; otros se limitaban a mirar boquiabiertos, sorprendidos de que, por primera vez, Jack Morgan desperdiciara el primer premio. Los perros desaparecieron de su vista antes de que Jack se recuperara lo suficiente como para gritar el nombre de su perra.

–¡Jessica!

Uno de los mejores tonos de voz que Jack utilizaba para entrenar a los perros, resonó por encima del barullo general, pero todo siguió igual. No apareció ningún perro blanco y negro.

Lo que apareció fue una mujer llamada Bryony. Y Bryony Lester sí que era una mujer de bandera.

Era alta y esbelta. Vestía pantalones elásticos color crema, botas y un enorme suéter del mismo color que las botas que le llegaba casi por la rodilla. El único otro color que lucía era el de sus inmensos ojos verdes y el rojo de su brillante mata de bucles que le caía por los hombros.

Bueno, y quizá el de sus mejillas. Tenía la tez de un tono rosado aunque poco a poco se le estaba poniendo rojo de vergüenza.

–¿Oh, Dios mío, Harry…? ¿Dónde diablos… ?

Bryony se quedó con la palabra en la boca cuando vio a Jack frente a ella. Y él se dio cuenta nada más verla de que aquella mujer llevaba la palabra desastre pintada en su rostro. Estaba seguro de que ella era la que estaba detrás de todo lo ocurrido; tenía que ser ella. El Harry a quien ella llamaba y el chucho que había ahuyentado a las ovejas tenía que ser el mismo animal.

–¿Es suyo ese chucho?

Jack, que momentos antes había empleado un tono de voz fuerte para llamar a Jessica, le habló casi en voz baja, pero Bryony oyó perfectamente su escueta pregunta.

–¿Harry es un perro pequeño y gris? –preguntó al ver que Bryony no contestaba.

Su robusto cuerpo le bloqueó el paso.

Bryony se paró. Aquel era el hombre que había visto en la pista con el perro pastor. Lo había estado mirando. En realidad, se había fijado tanto en él que Harry se le había escapado sin que se diera cuenta.

Un hombre no tenía derecho a ser tan atractivo.

–Yo… sí, ese es Harry.

Bryony respiró profundamente tres veces para intentar tranquilizarse. El granjero estaba justo delante de ella y su fornida musculatura le impedía ver nada más. ¡Caramba, le estaba costando mucho trabajo pensar en otra cosa!

–¿Eran… ? ¿Son sus ovejas?

–Las ovejas no son mías –le dijo Jack–. –Son propiedad del comité agrícola. Están aquí para los concursos de perros pastores.

–Oh, Dios mío… Ahora se han escapado todas y llevará mucho tiempo volver a juntarlas.

Jack apretó los dientes disimuladamente.

–Me imagino que sí –dijo Jack muy enfadado.

Bryony tragó saliva. Aquel hombre no contribuía en absoluto a que dejara de sentirse avergonzada. Lo intentó de nuevo.

–Lo siento. ¿Puede… ? ¿Podría decirme a dónde tengo que ir?

Jack pensó en todos los sitios a donde le gustaría mandarla. Sus modales pudieron más, aunque le faltó el casi para que no fuera así.

–¿Para qué?

Bryony bajó la cabeza y se quedó mirándose las botas un buen rato. Cuando la levantó lo miró de frente.

Parecía que Bryony Lester era una mujer valiente.

–Para disculparme.

Se hizo silencio.

A su alrededor había un alboroto tremendo, en parte causado por gritos de los chavales que se tiraban a por las ovejas.

El hombre y la mujer se miraban en silencio, y así se quedaron durante mucho rato.

De haber estado en otra situación, se podría haber asegurado que aquellas dos personas formaban una encantadora pareja. Bryony medía alrededor del metro setenta. Jack era como unos diez centímetros más alto y unos cuantos años mayor. Él tenía treinta y cuatro y Bryony veintiocho. Pero… quizá estaba bastante claro que provenían de ambientes demasiado distintos como para ser pareja.

Jack tenía la piel curtida por el sol, era ágil y fornido, y parecía que acababa de salir directamente del campo. Tenía el cabello corto y rizado cubierto de una capa de polvo del recinto ferial, que no se le veía gracias al sombrero de ala ancha. Llevaba unos pantalones de piel de topo y una camisa abierta al pecho que parecían bastante gastados. El gesto de aquellos ojos hundidos, como si estuvieran continuamente entrecerrados para protegerse del sol implacable, contribuía a que pareciera un hombre que trabajaba la tierra para vivir.

En contraste, Bryony era una mujer muy bella, de aspecto despistado, como si no hubiera visto una oveja o una granja en su vida.

–Si quiere disculparse, puede intentarlo conmigo –dijo Jack por fin.

–¿Cómo dice?

Se percató sin dificultad del tono amenazador de Jack. Bryony no necesitaba ver la reacción de Jessica para saber que aquel tono de voz denotaba peligro. De haber habido una nave para la esquila por allí, ella también se habría agazapado debajo.

–Podría intentar disculparse conmigo –Jack apretó la mandíbula como haciendo un gesto de desaprobación–. Ese chucho…

–No es un chucho. ¡Es un schnauzer!

–¿Y qué clase de perro es ese?

Bryony le lanzó una mirada furibunda. No permitía que nadie criticara a su perro.

–Es un perro estupendo. Los schnauzers se crían en Alemania como perros guardianes.

–Entonces, ¿por qué no lo dejó en Alemania?

Bryony se puso aún más colorada. Se pasó la mano por los cabellos, retirándose los suaves rizos de la cara. Entonces lo intentó de nuevo.

–Mire, ya me he disculpado con usted, pero volveré a hacerlo. Lo siento de veras, señor…

Se detuvo y esperó.

–Morgan –dijo Jack a regañadientes–. Jack Morgan.

–Y yo soy Bryony Lester.

Bryony le tendió una mano esbelta y sonrió de una forma que en años pasados podría haberle dejado para el arrastre. Su sonrisa era absolutamente deslumbrante.

Pero para Jack Morgan las sonrisas de las mujeres pertenecían al pasado.

–Sí, muy bien –le miró la mano a Bryony y decidió ignorar el gesto–. Recupere a su perro –dijo de plano.

Bryony se puso seria y dejó caer la mano. Miró detenidamente al hombre que tenía frente a ella y lo único que vio fue rabia.

Era una verdadera pena. Las líneas alrededor de sus ojos parecían arrugas de gesto. Tenía el rostro abierto y franco. Un hombre tan guapo como él y con un perro como el suyo, debería estar sonriendo sólo por el puro placer de estar vivo.

Especialmente en aquel lugar, pensó Bryony. El recinto estaba situado al abrigo de las montañas de Garriwerd. A Bryony le habían dicho que esa era la mejor tierra de pastoreo de Australia meridional, y desde luego no le cabía la menor duda. A su alrededor se extendían las verdes y ondulantes praderas salpicadas de enormes árboles del caucho de río. Era primavera y el sol calentaba como una suave caricia. El recinto estaba junto a un río grande y bello.

En general, el entorno y la época del año eran suficientes para que cualquiera se alegrara de estar vivo; excepto aquel hombre.

Se veía que Jack no iba a sonreír; de ninguna manera.

–No sé si podré recuperar a Harry –confesó Bryony sin convicción–. Creo que se ha quedado prendado de su perra… Y no es muy obediente que digamos.

–De eso ya me he dado cuenta.

–¿Puede llamar a su perro? Quizá así Harry venga con ella.

Jack no contestó sino que se llevó los dedos a la boca y silbó. Bryony pegó un respingo del susto. El silbido de Jack podría haber despertado a los muertos de otros estados. Diez segundos después, Jessica se abrió paso sigilosamente entre las piernas de la gente y se acercó como avergonzada a los pies de su amo.

Bryony se quedó sencillamente estupefacta. Silbara como silbara Bryony, Harry nunca atendía a su llamada.

Se quedó mirando con preocupación a la pastora escocesa que se pegaba a las piernas de Jack. La perra sabía claramente que había estropeado los planes. Tenía el rabo entre las piernas, las orejas gachas y buscaba suplicante la mirada de Jack con sus enormes ojos marrones.

Bryony supo exactamente lo que su Harry de dudosa reputación había visto en ella.

–Ay, preciosa… –Bryony emitió un sonido de júbilo y se arrodilló sobre la pista polvorienta, sin importarle los pantalones blancos–. Eres muy bonita. No estés tan triste; no ha sido culpa tuya. Tu Jack no te va a echar la culpa, sobre todo porque la culpa ha sido de Harry…

–No toque a mi perra –gruñó Jack y Bryony levantó la cabeza asombrada.

–¿Y por qué no puedo tocarla?

–Le he enseñado a que no deje que ningún extraño la toque.

–No diga ridiculeces. Ella sabe que no voy a hacerle daño.

Entonces Bryony le echó a la perra los brazos al cuello y la abrazó.

La perra levantó las orejas, dejó de mirar a su amo y meneó la cola un poco, como si estuviera algo asombrada. Luego empezó a menearlo con más fuerza y aquello quería decir que estaba contenta con lo que estaba ocurriendo. Jessie hundió el hocico en el suéter de Bryony, decidió que aquello le gustaba y le dio un largo y cariñoso beso desde el cuello hasta las cejas.

De poco había servido que Jack la entrenara para empezar a gruñir, a apartarse cuando la tocara algún desconocido. Además, para vergüenza propia, sintió algo ridículo que se parecía mucho a los celos.

¿Celos por un perro? Se criticó para sus adentros y lo intentó de nuevo.

–¿Quiere dejar a mi perro en paz?

Bryony se echó a reír y un sonido suave y melódico inundó el aire de alegría. Sin saber por qué, Jack se estremeció. Afortunadamente, esa segunda vez Bryony le hizo caso. Se puso de pie y se sacudió el polvo de los pantalones elásticos. ¡Y vaya pantalones! Bryony tenía las piernas larguísimas y aquella prenda no dejaba mucho sitio para la imaginación. Tenía curvas en los sitios donde una mujer debía tenerlas…

Jack se sorprendió mirándola fijamente y se tuvo que obligar a poner cara de enfadado.

–Su perro sigue persiguiendo a las ovejas –dijo con dureza–. Hágalo volver.

Bryony se humedeció los labios.

–¿Y cómo?

–Pues como he hecho yo con el mío. Llámelo.

–Bueno, como no me presten un silbato, desde luego yo no puedo silbar con tanta fuerza. Y lo más seguro es que se haya perdido por el recinto –Bryony hizo una pausa y esbozó una sonrisa conciliatoria–. En realidad, aunque sólo esté a doscientos metros, Harry no me obedece cuando lo llamo, a no ser que esté comiendo yo; en ese caso daría hasta un salto mortal para alcanzarme.

–¿Le da a su perro de lo que usted come… ? –Jack interrumpió la frase con irritación–. Por todos los santos… Mire, busque a su perro y salga de aquí señorita… señorita como se llame.

–Soy Bryony –dijo de nuevo y esa vez lo obligó a darle la mano porque fue ella y le agarró la suya–. Sabía que la otra vez no me estaba escuchando –le agarró los dedos y le dio un apretón de manos, a pesar de la actitud de Jack–. Bryony Lester.

A pesar de estrecharle la mano con firmeza, Bryony la tenía muy suave. Además, olía a algo fragante… Era un perfume maravilloso.

–Bryony –dijo Jack como un robot, como si lo estuviera diciendo a pesar suyo.

–Iré a buscar a Harry –dijo Bryony con tono de disculpa mientras le soltaba la mano–. Supongo que tendrá a las ovejas subidas a los árboles. Pero no se preocupe, señor Morgan, no les hará ningún daño. La semana pasada me trajo uno de los patitos de Myrna en la boca y cuando lo dejó en el suelo el animalito volvió caminando hasta donde estaba su madre sin ningún problema. ¿No le parece que demostró ser muy listo al tener un gesto de tanta delicadeza?

–Genial –dijo con ironía.

Jack había recuperado un poco la calma y también el mal genio.

Bryony suspiró y se volvió. Qué pena. Aquel hombre era tan apuesto que se le ponía el vello de punta, pero parecía un caso perdido.

–¡Jack!

El grito que oyó desde la zona que rodeaba la pista le hizo detenerse. Un hombre de mediana edad vestido de traje, cosa bastante incongruente en el país de los tejanos y los pantalones de piel de topo, se dirigía hacia ellos. Llevaba una chapa grande que rezaba: Brian McKenzie. Juez de Concursos de Perros Pastores. Se le veía lleno de suficiencia y, a pesar de la turbación que le estaba causando Jack, Bryony se quedó a escuchar lo que había ido a decir.

–Jack, lo siento amigo, pero hemos tenido que descalificarte –le dijo a Jack; miró a Bryony con detenimiento y luego apartó la vista de mala gana para dirigirse otra vez a Jack–. Son las normas –dijo sin más–. Tu perro debería ser capaz de soportar las distracciones.

Jack lo miró furibundo.

–Yo no llamaría distracción a otro perro que se lanza a las ovejas mientras Jess está haciendo su exhibición.

–El reglamento no dice nada de eso –le dijo el hombre–. Lo hemos comprobado. Lo siento, Jack.

–¡Maldita sea!

–Puedes hacerlo el mes que viene –le aseguró el hombre evitando su mirada–. Tom Higgins se alegrará de hacerse con el primer premio por una vez.

El hombre le echó una última mirada de admiración a Bryony y volvió a la tribuna de los jueces antes de que Jack pudiera discutir.

–Oh –dijo Bryony en un hilo de voz mientras miraba a Jack–. No me parece justo.

–No –dijo Jack con la voz tensa–. No lo es.

–¿Cree que si fuera y les explicara… y me disculpara… ?

–No serviría de nada. Podría presentar un recurso pero lo desestimarán sin duda alguna y no vale la pena. Ese hombre es el suegro de Tom Higgins.

–Tom Higgins… ¿Es el competidor que se llevará ahora el premio?

–El mismo.

–Ya veo –Bryony miró a Jack con expresión dubitativa, pero enseguida cambió de cara–. Bueno, no es como si hubiera dinero de por medio, ¿no? Harry y yo los estábamos mirando y me di cuenta de lo maravillosa que es su perra. Parecía la mejor de todos. Harry pensó lo mismo que yo y por eso quiso salir a conocerla. Lo que quiero decir es que, con premio o sin él, su perro sigue siendo el mejor.

Y entonces, al ver que Jack seguía con mala cara, volvió a intentarlo.

–En realidad, Harry y yo tampoco nos llevamos el primer premio; más bien no nos llevamos ningún premio. Harry levantó la pata sobre el bonito zapato de la juez Edna McKenzie. ¿La conoces? A la pobre señora casi le da un ataque.

Jack abrió mucho los ojos. Edna McKenzie… La esposa de Brian. No le podría haber pasado a alguien más apropiado.

A Bryony le pareció percibir un ligero movimiento en la comisura de sus labios, pero fue tan leve que Bryony pensó que quizá se lo había imaginado. Enseguida Jack Morgan apretó la mandíbula. Se veía que no tenía intención de olvidar lo que había pasado.

–¿No estuvo aquí en los concursos de adiestramiento? –preguntó Jack con incredulidad.

–Pues, no –Bryony le sonrió, negándose a que sus malas pulgas la amilanasen–. Estábamos concursando para hacernos con el premio al mejor schnauzer. Harry es un perro de raza. Myrna me dijo que debía presentarlo y que quizá alguien me ofrecería dinero para que sirviera de semental –se echó a reír–. A Harry le encantaría esa tarea. De momento la practica con los cojines, con mi pierna y con cualquier otra cosa que pueda encontrar. Sería bueno canalizar sus intereses de una manera más natural.

De nuevo notó el temblor apenas perceptible en los labios de Jack. Aquel hombre era verdaderamente especial, pensó Bryony. Si consiguiera al menos hacerle sonreír…

Entonces dejó de hablar al ver que una niña se acercaba a Jack. Tendría unos seis años y más que delgada estaba escuálida. Tenía el pelo rubio, atado en dos largas y desiguales coletas y llevaba un peto de tela vaquera que le quedaba como un saco de grande. Parecía recién salida de una de las películas de Annie la Huerfanita.

–Jack, Jessie no ha ganado.

La niña tenía una voz fina y aflautada. Lo dijo rotundamente, muy disgustada. Y, por primera vez en todo ese rato, Bryony se sintió verdaderamente culpable. Hasta ese momento no se había sentido tan mal. Había discurrido que no había sido su intención dejar que Harry se soltara y, que aunque Jack Morgan no había conseguido el primer premio, no podía ser tan importante. Aquella era una exhibición regional sin importancia y todo el mundo sabía que Jessica era el mejor perro con diferencia.

Pero aquella pequeñita habría deseado que ganara Jess. Había un trasfondo de pena en sus palabras y Bryony se sintió tan mal que volvió a arrodillarse sobre la arena, sin importarle mucho los pantalones claros.

Además, daba igual, pensaba Jack. Aunque tuvieran seis capas de polvo encima seguirían quedándole bien a Bryony.

–Me temo que ha sido todo culpa de mi perro –Le confesó Bryony a la pequeña, totalmente ajena a la mirada de Jack–. Se fue detrás de las ovejas de Jessica. ¿Lo viste? Harry es un perro muy malo y no sé lo que voy a hacer con él.

–Jessie ya no podrá ser la campeona de Australia.

No lo dijo en tono acusador; simplemente se limitó a exponer las consecuencias.

–¿Qué quieres decir? –Bryony levantó la mirada hacia Jack–. Yo… Esto no es más que una pequeña exhibición. Quiero decir, no es como si fuera el campeonato de Australia o algo parecido.

–Lo es –dijo la niña con tristeza–. Por cada exhibición ganada vas acumulando puntos, pero tienes que conseguirlos todos dentro del mismo año. Jack me dijo que Jess sólo necesitaba ganar una prueba más, y era ésta. Íbamos a poner el trofeo de Jessie en mi cuarto porque Jack la deja dormir en mi cama…

Se calló y se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Lo siento tanto –dijo Bryony, aunque sabía que las palabras no servirían de nada.

Con sólo mirar a la pequeña se dio cuenta de que allí había mucho más en juego que un trofeo. Parecía una niña sin hogar; una niña abandonada, que lo que más deseaba en el mundo era haber conseguido ese trofeo.

–Oye, Maddy, todavía nos queda una exhibición más antes de que se acabe el plazo.

Jack ignoró a Bryony y se agachó para levantar a la pequeña en brazos, pero la niña no quería que la consolaran. Se quedó rígida, negándose a descansar entre los brazos de Jack.

–Pero será su última oportunidad –susurró–. ¿Y si pasa algo?

–¿Crees que algo así podría ocurrir dos veces?

Jack la abrazó y le sonrió, mirándola a los ojos. Aquella sonrisa era mejor de lo que Bryony habría esperado de él. Al sonreír, enseñó unos dientes blancos y bien colocados que contrastaban con su tez curtida por el sol. Se le formaron unas arrugas alrededor de sus ojos marrón oscuro, como si sonriera a menudo. Tenía cara de ser una persona amable, comprensiva y posiblemente también divertida. Se veía que adoraba a aquella niña y su sonrisa era de las que quitaban el hipo.

Sin embargo, Maddy mostraba una actitud distante.

–Si la señorita Lester promete dejar a su perro en casa, la próxima vez ganaremos –le aseguró a la niña y le lanzó una mirada de duda a Bryony–. De todas maneras, no creo que vuelva por aquí otra vez; no es de los alrededores.

–¿Cómo te llamas? –preguntó con cautela.

–Bryony.

La niña se quedó pensativa.

–Bryony es bonito –dijo–. Yo me llamo Madelaine, pero mi… , la gente me llama Maddy.

–Encantada de conocerte, Maddy.

Bryony no le tendió la mano. Sin saber cómo intuía que a la niña no le gustaba que la tocaran; ni siquiera el hombre que la tenía agarrada.

–Yo también acabo de venirme a vivir aquí –dijo la niña–. ¿De dónde has venido?

–Esta vez estaba en Nueva York.

–Pero… Nueva York está en América.

–Sí, eso es –Bryony le dedicó una sonrisa radiante y Maddy le contestó sonriendo tímidamente.

–Mi abuela vivía en América –le confió Maddy–. No creo que la conocieras. Vivíamos en California.

–¿Eres americana?

Bryony ya se había dado cuenta por el acento de Maddy. El hombre tenía un fuerte acento australiano, pero la niña no.

–Vaya, de verdad que me alegra mucho conocerte, Maddy. Me he pasado los últimos años viviendo en los Estados Unidos y lo echo de menos. La semana pasada fue el Día de Acción de Gracias y aparte de mí, nadie de por aquí parecía saberlo. Tuve que comerme el pavo yo sola. ¿Echas de menos California?

Maddy miró a Jack indecisa.

–Bueno, sí.

–¿Se ha venido tu familia a vivir aquí?

–No.

La niña bajó la mirada y apretó los labios. Puso cara de pena y Bryony se dio cuenta de que había metido la pata al hacerle esa pregunta. La niña respiró profundamente, como si estuviera a punto de confesarle algo. Y así lo hizo.

–Mi mamá no me quiere –dijo sombríamente–. Mi abuela sí que me quería, pero ella se ha muerto. Ahora tengo que vivir con mi padre.

Vaya.

–Ya entiendo –Bryony miró a Jack con incertidumbre y se le cayó el alma a los pies.

Entonces, Jack debía de ser su padre. Lo cierto era que se parecían. Tenían los mismos ojos castaños y en mismo gesto de firmeza en la boca.

–¿Este es tu papá?

–Mi madre dice que Jack es mi padre –dijo la niña sin convicción; Maddy intentó zafarse de los brazos de Jack–. ¡Bájame! ¡Quiero bajar!

Jack la dejó en el suelo sin mediar palabra y la niña miró a Bryony con interés. A su padre no le prestó la menor atención.

–¿Dónde se ha ido tu perro malo?

–No lo sé –dijo Bryony indecisa–. –Creo que será mejor que me vaya a buscarlo.

¿Debía irse? ¿Qué era lo que más le interesaba en ese momento? Bryony miró hacia la tribuna con desesperación. Había una oveja en la última fila de asientos, intentando descifrar si merecía la pena saltar a la Casa Fantasma de la feria que había al otro lado. Era la única oveja que se veía por allí; a saber dónde estaría el resto.

–Quizá sea mejor que ayude a reunir las ovejas.

–Por si acaso ofende a alguien, señorita Lester –le dijo Jack con sequedad–, será mejor que se limite a buscar a su perro. Jessica y yo nos ocuparemos de las ovejas. Usted dedíquese a controlar a su perro.

–¡Harry podría ayudar con las ovejas!

–No haría más que ir detrás de ellas –Jack se caló aún más el sombrero, cubriéndose los ojos casi por completo–. Acabarían en Queensland. Sólo tiene que encontrar al perro y controlarlo; es todo lo que le pido –le tendió la mano a su hija–. Vamos, Maddy.

Maddy miró la mano de Jack y sacudió la cabeza con determinación. Para sorpresa de Bryony, alargó el brazo y le agarró la mano a ella.

–Voy a ayudar a Bryony a buscar a su perro.

–Maddy…

Jack habló con exasperación y la niña levantó la cabeza y se encogió, como si esperara que fuera a golpearla.

–¡Maldita sea! –soltó Jack.