Matrimonio temporal - Trisha David - E-Book
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Matrimonio temporal E-Book

Trisha David

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Beschreibung

El testamento era muy claro: la granja de la playa de Betangera no pertenecería nunca a Jenni a menos que se casara y el matrimonio durase un mínimo de un año. De no ser así, la granja pasaría a manos de su primo Ronald. Así que Jenni se encontraba en una difícil situación; no sabía dónde podría conseguir un marido en tan poco tiempo y tampoco sabía si sería capaz de hacer algo así. La llegada de William y la oferta de matrimonio que le hizo fueron una grata sorpresa. Él no deseaba casarse, pero no pensaba permitir que Ronald heredara la granja. William se sorprendió de lo bien que lo pasaba en compañía de Jenni, aunque tenía muy claro que, en cuanto el plazo terminara, se marcharía de allí y seguiría con su vida. Pero, de repente, no estuvo tan seguro...

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Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Trisha David

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Matrimonio temporal, n.º 1445 - julio 2021

Título original: Marrying William

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-880-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

HARRIET, ¿te arreglarías sin mí durante un año?

—¿Perdón, señor?

—Si yo me marchara un año, ¿podrías apañártelas? Es mi pregunta, Harriet. Piénsalo.

Harriet se quedó pensativa. Una de las razones por las que era la secretaria de William era porque tenía la capacidad de resolver los problemas de una manera suave. Harriet tenía cincuenta años y era imperturbable.

—Me imagino que sí —contestó—. Walter y yo podríamos cuidar de la administración y los demás encargados se ocuparían de los restaurantes. Si estuviera en un sitio en el que se le pudiera localizar fácilmente…

—¿Qué te parece Australia?

¿Australia? ¿Qué demonios habría en Australia que pudiera interesar a un hombre de negocios de la talla de William?

—¿Es que tiene la intención de extender allí sus negocios? Seguramente, en Inglaterra…

—No. Estoy pensando en abrir una sucursal en Betangera.

—¿Betangera?

—Está en la costa sureste de Australia y tiene las mejores playas del mundo para practicar el surf.

Harriet se colocó las gafas sobre la nariz y observó atentamente a su jefe. Pero no encontró lo que buscaba.

William no parecía cansado y tampoco enfermo. William Brand tenía treinta y cuatro años y un aspecto inmejorable. Desde luego, no parecía que necesitara tomarse un año de descanso ni marcharse a hacer surf.

—No me parece que en ese tipo de lugares pueda haber mucha demanda de restaurantes. ¿Puedo preguntar por qué ese sitio entonces?

—¿Por qué? —el hombre esbozó una sonrisa extraña y fijó la vista en los papeles que tenía en frente—. Probablemente es estúpido, pero se puede decir que es para saldar una deuda. Una deuda muy antigua.

—Señor Brand, puede pagar la deuda en metálico, sin necesidad de tener que cruzar medio mundo. Sus beneficios son enormes, ¡por el amor de Dios! Seguro que puede pagar la deuda que sea.

—Ésta no. O, por lo menos, no con dinero. ¿Qué tipo de marido sería entonces?

—¿Marido?

Harriet no tenía noticia de que William se hubiera vuelto a casar después de separarse de Julia. Lo único que sabía era que había salido con toda una serie de guapas mujeres.

—¿Está pensando en casarse de nuevo?

—Creo que es mi deber. Si ella me acepta…

—Si ella le acepta… —Harriet soltó una risita discreta—. Dios santo, señor Brand. Dudo que ése vaya a ser un problema. La mayoría de las mujeres…

—Esta muchacha no es una mujer normal —contestó William, todavía con la mirada fija en los documentos—. Ni siquiera puedo recordar su cara. Nos vimos una vez, pero sólo guardo el recuerdo vago de una niña con trenzas y mofletes sonrosados, así que…

—¿Así que?

—Así que creo que tendré que atravesar medio mundo y descubrir cómo es ahora esa mujer —insistió William, levantándose—. Ciertas cosas no se pueden hacer por poderes, y casarte es una de ellas. Bueno, Harriet, ya discutiremos más despacio todos los detalles, pero si Walter y tú os podéis arreglar sin mí por el momento, dejaré todo listo y me marcharé para casarme.

—Pero, señor Brand… ¿de verdad se va a casar?

—Sólo será por un año, no se preocupe tanto. Antes de lo que piensa, estaré libre y de vuelta. Ya sabe que no soy un hombre al que le guste el matrimonio.

—¿Se va a casar… sólo durante un año?

—Tiene que ser un año, aunque preferiría que fuese sólo un minuto. Ya tuve bastante con mi primer matrimonio.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

EN LA OTRA parte del mundo, la futura novia de William tenía serios problemas.

—¡Ahora la granja es mía! —gritó Ronald.

—Eres un canalla —contestó Jenni.

Lo hizo con su habitual coraje, aunque se sintiera como si él le hubiera dado un puñetazo en el estómago. De acuerdo al testamento de Marta, Jenni había perdido todo.

Jenni Hartley tenía veintiséis años; su hermana Rachel, cinco menos; su otra hermana, Beth, acababa de cumplir los quince, y lo que Jenni conseguía de la granja servía para darles de comer a las tres.

¿Qué demonios iba a hacer si la perdía?

Jenni tenía que habérselo imaginado. Ronald siempre había querido aquella granja. La muchacha miró sin parpadear a su abogado, el señor Clarins, que la invitó a sentarse en una silla.

—No te preocupes, Jenni. No nos pongamos nerviosos todavía.

A Henry Clarins le gustaba el carácter de Jenni Hartley. Incluso de adolescente, había luchado siempre por sacar adelante a sus hermanas. Con sólo dieciséis años, había tenido que enfrentarse a la muerte de sus padres y lo había hecho con valentía.

Aunque en esos momentos, la situación no era mucho más fácil que entonces. Bajo los ojos verdes de Jenni, había unas profundas ojeras y su piel clara había perdido todo su color. Los vaqueros y la camiseta ancha, junto con las botas de trabajo, le daban un aspecto absurdamente juvenil. Y su cabello negro recogido en dos trenzas lo hacían aún más evidente.

Henry pensó que todavía era una niña. Una niña con el peso del mundo sobre sus hombros y que nunca había tenido la oportunidad de disfrutar de esa niñez.

—Has perdido la granja —repitió Ronald.

Henry miró al primo de Jenni con desaprobación.

—Bueno, no creo que William vaya a casarse con Jenni —insistió Ronald con ojos brillantes—, así que quiero que ella y las estúpidas de sus hermanas dejen la casa a finales de mes. No sé por qué mi madre se la alquiló. Ahora, yo la venderé a una constructora que hará allí unos apartamentos. Un complejo de veraneo, creo…

Ronald se disponía a destrozar los sueños de Jenni.

—Eso es estupendo, Ronald —mintió con amargura—. Así podrás conseguir dinero para gastarlo en el juego y en drogas. Te lo gastarás todo en un año y la granja se habrá perdido para siempre.

—Jenni, he hablado con William —interrumpió el abogado—. Hay una cláusula…

Ah, claro, se refería a la cláusula que puso la tía Martha para aliviar un poco su conciencia.

Jenni sabía que la granja no iba a ser para ella, pero si iba a parar a manos de William, el hijastro de Martha, él podría seguir alquilándosela.

Pero el hijastro de Martha se había marchado de allí cuando su padre murió dieciséis años atrás y no había vuelto desde entonces.

Habían sabido de él únicamente por la prensa. Habían aparecido ya varios artículos sobre sus negocios internacionales. Al parecer, había amasado una verdadera fortuna.

Martha, al enterarse, no le había dejado nada en herencia, a pesar de que la granja había sido del padre de William. Solamente se refería a él en una cláusula del testamento.

 

Dejo la granja de Betangera Beach a mi hijo Ronald, a menos que mi hijastro William vuelva a Betangera durante el primer mes después de mi muerte. Si así fuera, deseo que se case con la hija de mi hermana, Jenni. Si el matrimonio se realiza dentro de las primeras seis semanas tras mi defunción y si William acepta vivir con Jenni, abandonando sus restaurantes, entonces, le dejaré a Jenni la granja como regalo de boda.

 

La voz chillona y llena de maldad de Martha pareció llenar la habitación. ¿Cuántas veces tuvo Jenni que fingir agradecimiento por la supuesta caridad de su tía Martha? Prefería no recordarlo.

¡Había sido una vieja miserable!

Jenni se quedó pensativa.

—Yo no me haría muchas ilusiones con respecto a William —murmuró Ronald, inclinándose hacia ella.

En ese momento, la puerta se abrió y William entró en la estancia.

Era él, sin duda. Jenni parpadeó y abrió mucho los ojos. Había visto fotos de él en la prensa y tenía recuerdos vagos de la adolescencia, pero en ese momento le vio diferente. Jenni se quedó mirándolo un buen rato, tratando de adivinar por qué su primo lo odiaba tanto.

Ronald tenía la piel morena y el cabello negro, como William, pero ahí acababa todo el parecido

Ronald medía un metro setenta aproximadamente y su cuerpo bordeaba la gordura. William medía más de un metro ochenta y tenía un cuerpo fuerte y equilibrado. Hombros anchos, un pecho musculoso que terminaba en unas caderas estrechas y piernas duras como troncos de árbol.

¡Era un cuerpo impresionante!, pensó Jenni sin atreverse a parpadear.

También se diferenciaban en la forma de vestir. Ronald llevaba unos pantalones negros ceñidos que acentuaban su barriga, una camiseta negra y una chaqueta de cuero, también negra, que necesitaba una visita a la tintorería. William iba con unos pantalones elegantes y una camisa de manga corta a juego.

Y, a diferencia del cabello de Ronald, recogido hacia atrás en una coleta que a Jenni le desagradaba profundamente. El pelo negro de William era corto y lo llevaba bien peinado. Tenía un aspecto informal y agradable.

Y el rostro de William…

Jenni lo miró a los ojos y estuvo a punto de esbozar una sonrisa. Los ojos de William provocaban eso en la gente. Grandes y separados, eran sinceros y directos. De color gris, casi negro, y ¡maravillosos! Tenía unos pómulos pronunciados y la boca ancha esbozaba una sonrisa.

William la miró con una sonrisa en los labios. De pronto, se volvió hacia Ronald y la sonrisa se apagó.

—Vaya, si es mi hermano pequeño… Bueno, bueno.

—William, ¿qué estás haciendo aquí?

—He venido para el funeral de mi madrastra —dijo con una voz suave y educada que hizo estremecerse a Jenni—. Y acabo de descubrir que ha sido esta mañana —sonrió de nuevo, pero esa vez la sonrisa no fue agradable—. Me dijeron que mi madrastra había muerto y he venido tan pronto como he podido.

Jenni sintió que el odio de Ronald estallaba. No había amor entre aquellos dos hermanastros.

—No sé por qué te has molestado en venir —replicó Ronald apresuradamente—. No había ningún motivo para ello. Ni siquiera querías a mi madre.

—Nuestra madre —corrigió William—. Eso es lo que ella siempre decía. Quería sustituir a mi verdadera madre, a la esposa de mi padre. A la heredera de la fortuna de mi padre. Pero tienes razón, sí. No la tenía mucho cariño, y tampoco te lo tengo a ti. No te lo tenía hace dieciséis años, cuando yo tenía dieciocho y ahora mucho menos aún.

Ronald no dijo nada, se limitó a mirar a su hermanastro con extrañeza.

—Oh, sí, sé más de lo que tú crees —continuó William.

—¿Qué sabes? Lo que yo haga no es de tu incumbencia.

—No. No lo es, pero me pregunto… ¿a quién vas a recurrir ahora que tu madre no está para arreglar tus problemas?

—No necesitaré a nadie.

—Oh, comprendo —replicó de una manera suave y, a la vez, estremecedora—. Vas a intentar ser rico.

—Ya soy rico. No puedes impedir que me quede con el dinero de mi madre.

—No —admitió William—. No puedo impedir que heredes la casa que perteneció a mi padre y a mi madre ni lo que queda de la fortuna de mi padre, aunque he oído que ya te has gastado la mayor parte de la fortuna y has hipotecado la casa. Lo que me interesa es la granja de mi padre. Eso sí puedo impedir que te lo quedes.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ronald con el semblante pálido—. No puedes evitarlo, es mía —la expresión de su rostro delataba su avaricia—. A menos… que me la compres, si tanto cariño la tienes. Está en venta a un buen precio y he oído que tú tienes bastante dinero.

—Te equivocas —William hizo un movimiento negativo. No se había movido de la puerta, como si hubiera ido a dar un breve mensaje y luego pensara marcharse—. Sé lo que la granja vale y no te voy a dar ese dinero a ti. He hecho este viaje tan largo sólo para asegurarme de que tú no te lo vas a quedar.

De pronto, se detuvo y, por vez primera, su voz adquirió un tono de duda al dirigirse a Jenni.

—Por eso, y si Jenni acepta, estoy dispuesto a casarme con ella. Y, a menos que esté equivocado… —miró a Jenni como si buscara la imagen infantil que tenía de ella en la mente—. Has crecido… pero, eres Jenni, ¿verdad?

—S… sí —dijo, incapaz de añadir nada.

No hizo falta. La sonrisa de William se hizo más ancha y esa vez no resultó siniestra, sino irresistible y llena de encanto.

¡Era un hombre increíble!

—Me alegra mucho volver a verte, Jenni. Has mejorado mucho desde que tenías diez años, pero sigues siendo la misma chica de las trenzas. ¿Qué te parecería casarte conmigo?

La habitación se quedó en silencio.

Jenni abrió la boca.

—Yo… ¿Qué? —balbuceó.

Estaban ocurriendo muchas cosas en muy poco tiempo y su mente, normalmente rápida, estaba paralizada.

—No seas estúpido —exclamó Ronald, completamente pálido.

Estaba asustado. Jenni se dio cuenta después de mirar a ambos hombres asombrada.

—Señor Clarins, ¿nos permite unos minutos? —preguntó William al abogado al tiempo que tenía los ojos fijos en Jenni—. Jenni y yo tenemos cosas que discutir. Jenni, ¿vienes conmigo un momento?

La última vez que Jenni había visto a aquel hombre, tenía sólo diez años y William dieciocho. Ella era todavía una niña entonces y no recordaba haber cruzado dos palabras con él. Recordaba que su padre le había hablado de él mientras iban en el coche de camino a casa después del funeral del padre de William..

—No sé qué será ahora de ese muchacho. No entiendo por qué su padre no le ha tenido más en cuenta en su testamento. Es un buen muchacho.

Después de aquello, William se marchó y no lo había vuelto a ver. ¿Y ahora le hablaba de matrimonio?

Jenni miró a su despreciable primo y Ronald le devolvió la mirada sin parpadear. Había miedo en su cara, miedo y desprecio. A Ronald no le importaban nada Jenni y sus hermanas. Les quitaría la granja y las dejaría sin nada.

Pero William… Ese matrimonio…

—Jenni, estoy hablando en serio. Ven conmigo, tenemos que hablar.

El miedo de Ronald no podía durar mucho, pero Jenni quería disfrutarlo. Su primo era un canalla y un ladrón y la había hecho sufrir durante años. Si ella pudiera alargar aquel momento…

Finalmente, Jenni recuperó sus fuerzas. Su boca se curvó en una sonrisa, su sentido del humor emergió. William estaba loco. ¡Casarse con ella! Desde luego, que era una idea absurda, pero había hecho palidecer a Ronald.

—¿Quieres que vayamos a sacar la licencia de matrimonio ahora mismo? —preguntó, reprimiendo una carcajada—. De acuerdo, William —la muchacha se levantó y tomó del brazo a William.

Fue un gesto de mujer casada, aunque los vaqueros no armonizaban mucho con la ropa impecable de William. Además, era bastante más baja que él.

Pero a pesar de todo, William estaba riéndose de Ronald y ella deseaba colaborar con él. «¡Que tiemble!», pensó.

—Vamos, pues —aceptó alegremente—. Si crees que es una buena idea, William, casémonos entonces.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

JENNI no recuperó la voz hasta que se hubieron alejado unos metros del edificio del abogado. Cuando lo hizo, la risa había desaparecido por completo.

—William, espera.

Entonces, cuando el hombre se detuvo, ella buscó las palabras adecuadas. El juego había acabado.

—William, tengo aquí mi camión. Me marcho.

—Jenni, tenemos que hablar —dijo William con su voz educada.

Pero Jenni no estaba de humor. Lo único que quería hacer era llegar a casa y gritar.

—No. William, has dado un susto de muerte a Ronald y creo que se lo merece, pero no puedes hacer nada más. La granja es suya.

—Pero existe una posibilidad, esa cláusula acerca de nuestro matrimonio.

—Lo sé, pero no me creo que quieras casarte conmigo de verdad. Ni yo contigo. No estoy buscando marido, así que esto no tiene sentido.

—Pero… ¿no te gustaría heredar la granja?

—No juegues conmigo —dijo, impaciente. Esa misma noche tendría que decírselo a sus hermanas y comenzar a hacer planes.

¿Qué iba a decirles? ¿Que Rachel tenía que dejar la universidad? Estaba en tercero de medicina, dejarlo en ese momento sería…

¿Y Beth? ¡Dios mío, Beth!

—Jenni, te estoy hablando en serio —insistió William con un tono de voz decidido, como si intentara penetrar dentro de su tristeza—. Si no tienes novio… bueno, no me importaría casarme contigo.

—¿Nunca hablas en serio?

—Ya te lo he dicho. Ahora estoy hablando en serio.

—Pero… ¿por qué?

La pregunta quedó suspendida en el aire de Betangera, la cálida ciudad de la costa. Salvo los martes, día de mercado, en Betangera no había más movimiento que el de los pescadores. Al atardecer, se iban al mar; al amanecer, volvían. Era viernes y la ciudad dormía como un gato perezoso al sol.

No había nadie en la calle. Sólo William y Jenni.

—Pero no quiero casarme —dijo Jenni con total sinceridad.

—¿Por qué? ¿Estás loca por alguien?

—No, pero…

—¿Vas a meterte a monja? O… ¡es que eres lesbiana!

El hombre estaba bromeando. Un asunto tan importante y él riéndose tan tranquilo…

—No —repitió la mujer, sacudiendo la cabeza—. ¡De ninguna manera!

—Pero ésa es la razón de que haya cruzado medio mundo, para casarme contigo.

—¿Por qué? —preguntó Jenni, buscando los ojos de él, tratando de encontrar la verdad en ellos.

—Porque no me gusta Ronald.

—A nadie le gusta Ronald, pero no creo que sea razón suficiente para casarse conmigo.

Hubo un silencio prolongado durante el cual sólo se pudo oír el murmullo del mar. Un par de gaviotas pasaron por encima de ellos y luego giraron hacia el puerto para buscar algo más interesante.

—¿Sabes? De verdad que no me gusta Ronald, pero no llego a sentir odio por él —dijo Jenni, alzando los ojos. La risa del hombre había desaparecido por completo y estaba completamente serio—. No como lo odias tú. No tanto como para hacer algo desesperado.

—¿Sería desesperado casarse conmigo?

Esa pregunta era absurda.

Jenni nunca había pensado en casarse. Pensaba que el matrimonio era para otro tipo de mujeres por las que no sentía ninguna envidia. Los matrimonios que había conocido no le habían gustado demasiado. Sus padres… Su tío y su tía… ¡No, gracias!

Además, tampoco tenía tiempo para novios, así que menos para un marido. Y ni siquiera conocía a William.

—Por supuesto que tendría que estar desesperada para casarme contigo. No te conozco. Y, según he oído, tienes ya diez esposas y otras tres encerradas en el sótano. Y además, me parece muy extraño que te quieras casar conmigo.

La maravillosa sonrisa de William volvió a aparecer.

—No es tan extraño, Jenni. Y te prometo que no encierro a mis esposas en el sótano. Te dejaré que lo inspecciones, si así lo deseas. Y hablando de ello, sólo poseo un ático y es bastante difícil que un ático tenga sótano. Dime, ¿por qué ves tan extraño que me case contigo?

—Bueno, para empezar, porque no lo deseas.

—Sí lo deseo.

—Sólo porque odias a Ronald.

—Sí. Odio a Ronald —admitió, sonriendo—. Pero casarme contigo no supone ningún sacrificio.

—¡Gracias! —contestó, sin poder evitar ruborizarse. No estaba acostumbrada a que los hombres la miraran de aquella manera.

O mejor dicho, a lo que no estaba acostumbrada era a los hombres en general.

—Mi… mira, esto es una estupidez —balbuceó. ¡Maldita sea, aquel hombre la estaba haciendo perder su equilibrio!—. Ambos sabemos que es una locura. ¿De verdad esperas que caiga a tus pies agradecida y corra hacia el altar?

—No —William la tomó de las manos con firmeza—. En este país hay que hacer algunos documentos antes de casarse, así que no puedes correr a ninguna parte. Pero Jenni, no es una locura, y tampoco espero que me lo agradezcas.

—Pero…

—Jenni, piénsalo.

Jenni miró sus manos. Él se las estaba agarrando firmemente y no podía soltarse. Las manos de William eran mucho más grandes que las suyas.

Las manos de Jenni tenían callos en las palmas y llevaba las uñas cortas por el trabajo manual. Las de William estaba morenas y eran fuertes, y el contacto provocaba en Jenni todo tipo de sensaciones.

—Piénsalo, Jenni —repitió con suavidad—. No me digas que no por sólo por escrúpulos estúpidos. Te necesito y sospecho que tú también a mí.

¡Caramba! ¿Pero cómo iba a pensar ella con aquel hombre tan cerca? ¿Con aquel hombre tan alto?

¿Pero qué demonios estaba sucediéndole? Jenni había sido independiente desde pequeña y había llevado su propia vida desde los dieciséis años. Estaba acostumbrada a luchar y a tener los dos pies bien firmes en la tierra para defender a sus dos hermanas. Pero el roce de aquellas manos la hacía temblar. La hacía sentir…

La hacía sentir lo terriblemente sola que estaba. Lo difícil que era la vida.

Si ese hombre hablara en serio… Pero, por supuesto que no hablaba en serio.

—No… —la voz le falló. Iba a ponerse a llorar.

—Jenni, no es una estupidez. No te pediría que te casaras conmigo si no fuera en serio. Sé que la granja es tu hogar. Sé…

—¿Cómo lo sabes?

—Me preocupé de averiguarlo.

—Pero… ¿por qué?

—Yo me crié en esa granja. Viví en ella con mis padres hasta que mi madre murió y mi padre volvió a casarse. Martha la odiaba y obligó a mi padre a mudarse a la ciudad, pero yo no la he olvidado desde entonces y no quiero que Ronald se quede con ella.

—Sin embargo, sé que es cierto lo que Ronald dijo. He leído en los periódicos que eres rico. Si tanto la deseas, puedes comprarla.

—No se la compraré a Ronald jamás. Nunca daría a ese canalla ni un céntimo. Si te casas conmigo, dentro de doce meses será tuya y podrás venderla si quieres. Te la compraré a ti, pero nunca a Ronald.

—Dentro de doce meses…

—Mis abogados me dijeron que vivir contigo doce meses, apartado de mis negocios durante ese tiempo, satisfaría las exigencias del testamento. Después de eso, nos podríamos divorciar y seguir cada uno con su vida.

La sonrisa se hizo más ancha. Más seductora…

—Por tanto, no es algo permanente, Jenni. Después de doce meses, puedes volver a tu iglesia o a tu amante lesbiana o a lo que tú quieras. Lo único que tienes que hacer es aguantarme durante doce meses. ¿Qué dices?

—Digo que estás loco.

—Sí, estoy loco —William levantó las manos, todavía entrelazadas a la mujer—. Jenni, Ronald es un canalla, un ser despreciable. Lo era cuando tenía diecisiete años y lo sigue siendo.

—Pero…

—Cuando Ronald tenía diecisiete años y Martha y mi padre llevaban dos años casados, Ronald hizo una fiesta en casa y trajo drogas. Mi padre no iba a estar en casa… pero llegó antes de lo esperado y descubrió que Ronald vendía droga.