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Sin duda, Erin O'Connell era una cazafortunas. ¿Por qué, si no, había regresado a vivir con su abuelo a Australia? Al principio, Mike McTavish estaba convencido de eso, pero cuando vio la relación que sus sobrinos, dos niños huérfanos, tenían con Erin y la forma en que esta los trataba, empezó a dudar de sus impresiones iniciales; sobre todo, cuando comparaba a Erin con su prometida, Caroline. Mike no estaba muy seguro de que Caroline quisiera a los niños y estos, desde luego, no la soportaban. Pero ¿cómo podía deshacer su compromiso con ella de manera honorable? Claro que, si no lo hacía, tanto los niños como Erin y él mismo acabarían sufriendo.
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Seitenzahl: 217
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1997 Trisha David
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Otra vez en casa, n.º 1598 - abril 2020
Título original: Mctavish and Twins
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-155-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Si te ha gustado este libro…
EN AUSTRALIA estaban la granja, el abuelo y Mike McTavish; pero América era desde luego más seguro. En el último tramo de carretera que la separaba de su casa, Erin tuvo que esquivar dos canguros y una serpiente.
Al tomar una curva muy cerrada, se encontró con dos niños caminando por el centro de la carretera. Eran muy pequeños, la maleta que llevaban entre los dos les llegaba por el hombro, y parecían tristes y desvalidos.
Los niños ni siquiera pestañearon cuando Erin pisó el freno. No parecieron darse cuenta de lo poco que había faltado para que hubiera ocurrido una tragedia. Se echaron a un lado, pasaron junto a la camioneta y siguieron caminando.
En ese momento, Erin se bajó de la camioneta, pero ninguno de los dos niños la miró. En realidad parecía como si estuvieran haciendo lo posible por no mirarla.
–Hola –aventuró Erin.
Silencio.
Erin se miró los vaqueros mugrientos y las botas llenas de polvo. Los niños iban muy limpios, con dos conjuntos iguales, uno de niña y otro de niño.
Erin olía a caballos y la verdad era que no llevaba buena pinta. Convencer a aquellos niños para que confiaran en ella no iba a ser tarea fácil.
–¿Os habéis dado cuenta de que he estado a punto de aplastaros? –preguntó Erin, levantando un poco el tono de voz.
Nada. Los niños siguieron caminando con la maleta a la zaga.
Erin decidió que esa no era una escapada infantil muy normal. Los pequeños iban cabizbajos y tristes, como si algo terrible les hubiera empujado a huir.
No podía dejarlos allí. Tendrían unos seis años y no le pareció que fueran lo suficientemente mayores para andar por ahí solos. La carretera se adentraba entre las colinas, y tal vez el próximo conductor no fuera conduciendo una camioneta muy vieja y destartalada, ni llevara enganchado el remolque de un caballo. Si pasara un coche en buen estado y a cierta velocidad, los niños acabarían en el depósito.
Así que Erin les impidió el paso. Se colocó delante de ellos, les quitó la maleta y la colocó en el arcén. Entonces se puso de cuclillas para estar a la altura de los niños.
–Perdonadme, pero habéis estado a punto de provocar un accidente –dijo en voz baja, esperando ver alguna reacción en sus caras–. Tuve que frenar tan bruscamente que mi caballo podría haberse lastimado. No podéis ignorarme. Es vuestra responsabilidad ver, al menos, qué daños habéis causado.
Los niños se miraron.
El miedo pareció ceder un poco. Aquella no era una extraña que estuviera acosándolos, sino alguien que les recordaba sus deberes.
–Esto… Lo sentimos –dijo la niña con voz temblorosa–. No fue nuestra intención.
–Todo eso me parece bien –dijo Erin con firmeza–. Pero tendremos que mirar si le ha pasado algo al caballo. Quitaros de en medio de la carretera mientras lo hago.
Les dio la espalda y se dispuso a abrir el remolque.
Estaba casi segura de que Paddy estaba bien. Su viejo caballo era un animal tranquilo y de pie firme, un veterano que había viajado por todo el mundo y había aguantado peores sacudidas del remolque que esa.
Cuando abrió la puerta el animal pareció mirarla con reproche y Erin se echó a reír.
–Oh, Paddy, lo siento –se adelantó y le acarició la nariz.
Echó una rápida mirada a los niños y entonces bajó la rampa para sacar a Paddy al arcén.
Paddy avanzó marcha atrás obedientemente. Una vez en el soleado arcén, miró con apreciación hacia la campiña que los rodeaba antes de bajar la cabeza y empezar a comer hierba.
–Tiene buen aspecto –dijo la niña con vacilación.
El miedo había desaparecido de sus miradas, pero aún seguían agarrados de la mano con fuerza.
Bueno, al menos era un comienzo.
–Paddy ha sufrido una buena sacudida –anunció Erin con firmeza–. Necesita unos minutos para recuperarse –acarició con afecto el reluciente lomo de Paddy y después la mancha blanca que tenía entre los ojos–. Os presento a Paddy –dijo en tono suave–. Es mi caballo favorito y no me gustaría que le ocurriera nada. Y yo soy Erin O’Connell . Mi abuelo tiene una granja a un kilómetro de aquí y voy para allá a visitarlo –sonrió–. Vosotros debéis de vivir por aquí.
Hizo una pausa y esperó.
–Nosotros… pues no –dijo por fin la niña–. Pero nuestro tío sí.
–¿Ah sí? –sonrió Erin y arqueó las cejas–. Tal vez lo conozca. Paddy y yo os hemos dicho nuestros nombres. ¿No nos vais a decir vosotros los vuestros?
La niña respiró hondo. Quedaba claro que ella era la portavoz de los dos. Su hermano miraba a Erin pasmado y disimuladamente iba levantando la mano con la intención de meterse el pulgar en la boca.
–Yo soy Laura McTavish –dijo por fin la pequeña–. Y este es mi hermano, Matthew –hizo una pausa y de pronto expresó una curiosidad propia de los niños–. Hablas de un modo muy raro…
Laura y Matthew McTavish…
McTavish.
A Erin se le hizo un nudo en el estómago. ¡Santo cielo! ¡Qué extraña coincidencia!
Erin había cruzado medio mundo para ver a su abuelo, pensando durante todo el viaje que no tenía por qué ver a Mike McTavish. Australia era un sitio muy grande y llevaba diez años sin verlo; desde la última vez que había estado de visita en Australia cuando tenía catorce años. En ese momento decidió que no tenía por qué interesarse por él en modo alguno. Por amor de Dios, Mike McTavish estaría seguramente casado y con seis hijos.
¡Tal vez esos dos fueran suyos!
Mike debía de tener unos treinta años. Desde luego los suficientes para ser padre. Tenía veinte años cuando Erin lo había visto por última vez; cuando, con catorce años, Erin había sufrido el primer y último brote de amor adolescente.
Desgraciadamente aquel enamoramiento no se le había pasado del todo. Lo cual era ridículo, porque aquel amor adolescente había sido solo por su parte. Erin dudaba que Mike McTavish hubiera sabido en algún momento de su existencia. Ni en el pasado ni en el presente.
Bueno… Erin se encogió de hombros para apartar de su mente aquellos recuerdos tan amargos. Su amor por Mike McTavish formaba parte del pasado. Centró su atención en los mellizos.
–Me alegro de conoceros, Matthew y Laura McTavish –dijo despacio, mientras miraba primero a un niño y luego al otro–. Y no hablo de ningún modo raro, muchas gracias. He venido desde los Estados Unidos de América para ver a mi abuelo, y todas las personas con las que me encontrado desde que estoy en Australia hablan de un modo extraño. No soy yo. Sois vosotros.
Erin extendió el brazo para darles la mano y los niños la miraron como si Erin hubiera venido de otro plantea.
Pero la niña enseguida se animó y al momento le estrechó la mano con solemnidad.
Pero su hermano no siguió el ejemplo. Erin le sonrió y decidió no presionarlo.
–¿Queréis que os lleve a algún sitio? –le preguntó Erin y miró la maleta con recelo–. Parece que pesa mucho. ¿Hacia dónde vais?
–No gracias –respondió Laura–. Vamos a Sidney.
–Ya… entiendo –Erin tragó saliva y frunció el ceño–. ¿Laura, Matthew y tú habéis pensado ir andando hasta Sidney?
–Sí –Laura intentó contestar en tono desafiante, pero no lo consiguió del todo.
–Pero, cielo, os llevará más de un mes caminar una distancia tan grande.
El niño emitió un sollozo ahogado y la niña tragó saliva. Estaba algo pálida.
–Debemos… Debemos hacerlo. Vamos a volver a casa.
–¿A casa de vuestros papás? –aventuró.
–Nuestros papás están muertos. Murieron en un accidente –dijo Laura con voz trémula–. Se supone que deberíamos vivir con el tío Mike, pero… no nos gusta y nos volvemos a casa.
El tío Mike. Entonces no era el padre de los niños, sino su tío.
–¿A Sidney? –murmuró Erin.
–Sí.
–Pero… ¿No habrá otras personas viviendo en vuestra antigua casa de Sidney? –les preguntó Erin en tono suave.
–Sí –dijo Laura–. El tío Mike dice eso. Dice que lo siente mucho, pero que tuvo que vender nuestra casa a alguien que no conocemos y que no podemos volver allí –negó con la cabeza–. Pero es nuestra casa. Yo tengo mi propia habitación y Matthew la suya. Y papá le pintó una raya amarilla en el techo solo porque a Matthew le gustaba. Si vamos allí… Quiero decir, si somos buenos, tendrán que dejar que nos quedemos, ¿no?
–Cariño, no creo que lo hagan –dijo Erin con delicadeza–. Laura, por mucho que no les importara que os quedarais, incluso aunque lo quisieran, las nuevas personas que ocupan vuestra antigua casa de Sidney os enviarían directamente de vuelta con vuestro tío Mike. No tienen elección, Laura. Es la ley.
–No.
No serviría de nada fingir.
–Sí –le dijo Erin; sacó un pañuelo y le secó dos lagrimones que se deslizaban por las mejillas de Laura–. ¿Laura, tan malo es tu tío Mike que no podéis quedaros con él?
Erin retrocedió diez años con el pensamiento. Mike McTavish era guapo a rabiar, razón suficiente para que una adolescente se enamorara, pero también era tierno y alegre. A sus veinte años se solía tomar la vida a broma, pero cuando el abuelo de Erin la había convencido para asistir a una fiesta local, Mike McTavish se había dado cuenta de su soledad y había ido a sacarla a bailar.
Teniendo en cuenta que todas las chicas de los alrededores se habían mostrado ansiosas por estar con él, el sacarla a bailar había sido un gesto de amabilidad por su parte. El que Erin se hubiera enamorado locamente de él a partir de ese momento no había sido culpa de Mike.
¿Podría haber cambiado tanto Mike McTavish? El Mike McTavish que ella recordaba no podría tratar a esos niños con crueldad.
–Es malo –dijo Laura con rabia al ver que Erin vacilaba–. Lo es. Nos pega, no nos da bien de comer y nos hace trabajar y trabajar…
–Entiendo –aquello pasaba de improbable a imposible y Erin ahogó una sonrisa–. Laura…
–¿Si… ?
–¿De verdad que te pega tu tío Mike?
Laura intentó fingir rabia, pero no le salió bien. Finalmente la pequeña se mordió el labio y desvió la mirada.
Entonces, por primera vez, habló Matthew.
–Peor aún –susurró el pequeño tras sacarse el pulgar de la boca; miraba a Erin como si tuviera mucho empeño en que ella lo entendiera.
–¿El qué?
El deseo de abrazar a aquel niño fue muy fuerte, pero Erin se controló.
–La tía Caroline le cortó el pelo anoche a Laura –dijo Matthew con voz entrecortada–. Y el tío Mike se lo permitió.
Erin miró la bonita melena corta de Laura. La niña tenía el cabello fino y rubio. Lo llevaba limpio y bien peinado.
–¿Vuestro tío le cortó el pelo a Laura?
–Fue la tía Caroline –susurró Matthew y miró angustiado la rizada melena de su hermana–. Laura tenía el pelo tan largo que papá solía decir que era su melena. Mamá se sentaba en la cama de Laura todas las noches y nos contaba cuentos mientras le cepillaba el pelo. Siempre solía decirle que se dejara el pelo largo porque era lo más bonito que tenía, pero la tía Caroline se lo cortó ayer. Y el tío Mike dijo que lo hecho, hecho está. Y la tía Caroline dijo que a partir de ahora siempre tiene que llevarlo corto porque es una tontería tenerlo tan largo. Así que… tenemos que marcharnos. Tenemos que irnos lejos.
Erin se estremeció.
Había tanto dolor en la voz del pequeño que a Erin le entraron ganas de llorar de rabia. Qué estupidez y qué falta de respeto hacia la pequeña. Mike McTavish y la desconocida y terrible tía Caroline tenían que dar cuenta de muchas cosas. Y Erin desde luego no pensaba defender a unos adultos que se comportaran de tal modo.
–Tu tía y tu tío no han hecho bien al cortarte el pelo, Laura, sobre todo porque significaba tanto para ti –consiguió decir, y se sorprendió al ver que estaba a punto de llorar–. Pero… no creo que la solución sea escaparse.
–¡Lo es! –susurró Matthew.
–No –incapaz de controlarse, Erin se adelantó y los abrazó a los dos–. Y creo que vosotros lo sabéis. Vuestro tío es la persona que os cuida, y necesitáis aceptar eso. No tenéis elección, niños. Debéis volver a casa y enfrentaros a la situación… y también decirle lo que pensáis acerca del corte de pelo de Laura.
–No podemos –dijeron horrorizados ambos niños.
–¿Y qué os parece si os llevo yo? –les sugirió Erin con amabilidad–. ¿Y si Paddy y yo os llevamos a casa y nos quedamos con vosotros mientras habláis con vuestro tío? ¿Y si hablo con él para que lo entienda?
–Pero ella estará allí –susurró Laura con repulsión–. La tía Caroline.
–Paddy y yo nos las arreglaremos con la tía Caroline –les prometió Erin–. Ya veréis como no me equivoco –miró a su viejo caballo y sonrió–. Tenemos mucha experiencia con tías gruñonas. Paddy tenía una a la que le tenía mucho miedo, pero juntos le bajamos los humos.
Los niños miraron al caballo y sonrieron por primera vez.
–¿De verdad? ¿Qué le hicisteis?
–Le llenamos la nariz de pimienta –Erin sonrió–. Que nosotros sepamos, la tía Nobby aún está estornudando.
Matthew estaba a punto de echarse a reír.
–¿Podríamos hacérselo a la tía Caroline?
Erin fingió pensárselo y seguidamente negó con la cabeza.
–No lo creo.
Entonces Laura le agarró la mano a Erin y se miró los pies.
–La tía Caroline no es nuestra tía de verdad –le confió la niña–. Pero dice que la llamemos así porque lo será cuando se case con Mike.
–Bueno, entonces tal vez podáis ponerle un poco de pimienta en la tarta nupcial. Eso le parará los pies.
Esperaba que no lo hicieran nunca, pero solo lo había dicho para que los niños sonrieran y se relajaran.
–¿Si os prometo quedarme hasta que se aclare todo y que os llevaré a Paddy mañana para haceros una visita, me dejaréis que os lleve a casa ahora?
Matthew miró a Laura y Laura a Matthew y al momento se volvieron a mirarla y asintieron.
–De acuerdo, Erin –suspiró Laura–. Matthew y yo te agradeceríamos que nos llevaras a ca… –se calló–. Si nos llevaras a casa del tío Mike y la tía Caroline.
MIKE MCTAVISH…
¿Cuántas veces se había repetido Erin aquel nombre el voz alta con catorce años? Había pasado semanas pensando y soñando con Mike McTavish. Pero en el presente, cada vez que el nombre de Mike McTavish asaltaba sus pensamientos, tan solo sentía enojo.
Los niños iban sentados a su lado en la camioneta con caras largas.
Erin pensó que le hubiera resultado más fácil verlos llorar, porque aquella resignación le estaba partiendo el corazón.
¿En qué tipejo duro se había convertido Mike McTavish? Él y su preciosa Caroline.
La granja de McTavish estaba un poco más arriba que la del abuelo.
–Somos vecinos –Erin sonrió–. Eso quiere decir que podremos vernos a menudo. Me voy a quedar aquí mucho tiempo.
–¿Por qué? –le preguntó Laura, como si creyera que Erin estaba loca por querer quedarse allí una temporada larga.
–Porque mi abuelo es mayor y me necesita –dijo Erin con dulzura–. Y yo quiero mucho a mi abuelo.
–Nosotros no queremos a nadie –dijo Laura con tristeza–. Solo nos queremos el uno al otro.
–¿No crees que podríais querer a vuestro tío Mike?
–Podríamos –dijo Laura con amargura–. Pero él dice que no puede cuidar de nosotros solo; por eso se va a casar con la tía Caroline.
Ahí se terminó la conversación. No se volvió a hablar más hasta que no cruzaron la valla que rodeaba la propiedad.
Erin nunca había ido a la granja de los McTavish, pero la había visto desde la carretera y se dio cuenta de que no había cambiado mucho en diez años. Los McTavish eran gente de dinero, terratenientes. Los antepasados de Mike McTavish habían ocupado grandes extensiones de fértiles tierras de labranza generaciones atrás, y esas propiedades habían pasado de padres a hijos.
La casa de la hacienda de los McTavish era un bello conjunto de edificios bajos y espaciosos, rodeados de bellos patios y jardines de robles centenarios que protegían el lugar del sol del verano. Era la casa más grande de toda la zona, y también la granja más extensa.
Parecía que se habían dado cuenta de la desaparición de Laura y Matthew. En cuanto Erin detuvo la camioneta en el patio delantero se abrió la puerta de la casa y una mujer bajó corriendo las escaleras del porche.
Los niños se estremecieron al ver a la mujer, pero de todas maneras Erin habría adivinado que era la temida tía Caroline. La mujer era más mayor que Erin; en realidad tendría más o menos la edad de Mike, y resultó ser como Erin se la había imaginado.
Erin había conocido a mujeres como aquella. Caroline iba vestida con lo que era casi un uniforme en la aristocracia rural; uniforme que era muy parecido en cualquier parte del planeta.
Llevaba tejanos de diseño y una camisa de seda que dejaba ver una ristra de perlas al cuello. Tenía el cabello por los hombros, recogido con un pañuelo de seda, y unas gafas de sol muy elegantes sobre la cabeza, enmarcando un rostro bello y perfectamente maquillado.
Pero bajo los costosos productos cosméticos se escondía una expresión fría y colérica.
La mujer ignoró a Erin. Le echó una mirada de asco a la camioneta y fue hacia el lado donde estaban los niños. Abrió la puerta y Matthew y Laura se encogieron instintivamente.
–Niños malos –dijo en tono suave pero con un trasfondo de rabia–. ¿Dónde diantres habéis estado? Vuestro tío ha perdido toda la mañana rastreando el campo y estábamos a punto de llamar a la policía –los miró con fastidio–. ¿Cómo os atrevéis a causarnos tantos problemas? ¡Vuestro tío se va a poner hecho una furia!
–Hola –dijo Erin–. Usted debe de ser la tía Caroline. Soy Erin O’Connell.
La mujer le echó una mirada que la puso en su sitio; una mirada humillante y desdeñosa.
–Gracias por traer a los niños a casa –dijo concisamente; se fijó en el aspecto de Erin y arrugó la delicada nariz con repulsión–. Supongo que querrá algo por la molestia.
–Desde luego que sí –le soltó Erin con determinación–. Quiero ver al tío de los niños.
–Si quiere ver a alguien, aquí estoy yo –le soltó Caroline–. Yo soy su tía.
–Todavía no –Erin le dedicó una sonrisa dulzona–. Hasta que se case con su tío me imagino que no será tutora legal de los niños, y con esa persona es con la que tengo que hablar.
La mujer la miró de hito en hito.
Erin esperó con calma la respuesta de la mujer.
Pero unos ladridos frenéticos interrumpieron la conversación. Dos collies salieron de detrás de un tractor y corrieron a investigar la camioneta extraña que había en su propiedad; detrás de ellos apareció Mike McTavish.
Mike se detuvo al ver la camioneta, y cuando el granjero vio a Laura y a Matthew dentro del vehículo, su rostro se relajó visiblemente.
Entonces fue Erin la que se puso nerviosa.
Mike McTavish…
Se lo quedó mirando y el corazón le dio un vuelco. Mike McTavish estaba igual de impresionante que diez años atrás, o incluso más.
El granjero tenía un cuerpo esbelto y fornido, pero esos músculos no los había trabajado en un gimnasio. Erin sabía que los McTavish tenían dinero, pero se veía que aquel hombre no era de los que esperaba que los peones realizaran todo el trabajo. Tenía la tez curtida de trabajar al aire libre, y los pantalones de piel, la camisa caqui y las botas de faena no hacían sino acentuar aquel físico tan tremendamente viril.
«Por amor de Dios, contrólate», se dijo con dureza. Saltó de la camioneta y fue hacia el lado de los niños, de modo que pudiera estar entre ellos y el tío y la tía.
–Hola, señor McTavish –dijo despacio, ignorando totalmente a la horrible Caroline.
Mike se detuvo a un metro de Erin. La miró de arriba abajo con aquel par de ojos oscuros, desde las puntas de las botas llenas de barro hasta la cascada de rizos castaños atados en una coleta.
–Me parece que no la conozco –le dijo despacio.
Su mirada parecía decir que no tenía ganas de conocerla y Erin se ruborizó. Además, le dolió que no la reconociera.
En ese momento Mike McTavish miraba a los niños, que seguían dentro de la camioneta. Ignoró la mano extendida de Erin y dio un paso en dirección a los niños. Pero Erin no pensaba dejar que la ignorara.
–Señor McTavish, soy Erin O’Connell…
Pero él solo miraba a los niños.
–¿Laura… Matt… estáis bien? ¿Estáis bien? –dijo en tono angustiado.
Y en ese momento Erin perdonó a Mike McTavish por no haberla reconocido. Se notaba que el granjero estaba muy preocupado, angustiado de verdad con la desaparición de los mellizos, y que por eso la había ignorado.
Ninguno de ellos contestó.
–Están bien –Erin se apresuró a contestarle.
Se volvió a mirar a los niños y vio que estaban pálidos. Se encontraba apoyada en la puerta abierta del asiento donde estaban los niños y Mike McTavish estaba tan cerca…
–Solo un poco cansados y nerviosos… y muy, muy tristes.
Mike miró a los niños detenidamente, como queriendo asegurarse de que lo que Erin había dicho era cierto.
Finalmente miró de nuevo a Erin, y su altura le hizo sentirse pequeña, muy pequeña.
–¿Quién ha dicho usted que era? –le preguntó, seguro ya de que le había dicho la verdad–. Parece usted americana…
–Medio americana, medio australiana –Erin sonrió–. Soy Erin O’Connell. Mi abuelo es el dueño de la granja de al lado.
–O’Connell… –Mike la miró tremendamente aliviado.
Era la pariente de un vecino la que había llevado a casa a sus niños. La miró con mayor detenimiento.
–¿Estaban en su granja?
–Estaban a unos tres kilómetros de aquí –le dijo Erin y se puso seria–. Caminando por el medio de la carretera. Estuve a punto de atropellarlos.
Mike se estremeció. Cerró los ojos horrorizado. A su lado, la mujer llamada Caroline observaba la escena con detenimiento y frialdad.
Finalmente, Mike abrió los ojos y miró de nuevo a Erin.
–Gracias –dijo con la misma amabilidad que Erin recordaba en él; Mike sonrió y sus ojos también sonrieron–. Gracias –y la miró fijamente a los ojos con el mismo calor que Erin llevaba tantos años guardado en el corazón–. Gracias por conducir con tanta prudencia y por traerlos a casa –sacudió brevemente la cabeza–. Los he buscado por los caminos cercanos, pero no pensé que podrían haber llegado tan lejos. Entonces se me ocurrió que habrían ido campo a través y decidí peinar la finca y los alrededores.
–Estaban muy empeñados en continuar –dijo Erin–. Me dijeron que se dirigían a Sidney.
La aflicción ensombreció el rostro de Mike.
–Pues claro –la miró con gravedad–. Ellos vivían antes en Sidney; antes de que mi hermano y su esposa fallecieran en un accidente. Pero los niños no pueden volver.
–Me lo han explicado.
Erin fue consciente de que los niños no perdían ripio. Les había prometido hablar en su nombre, y estaban esperando a que cumpliera su promesa.
–Según he podido deducir ambos niños entienden que su casa ha sido vendida –continuó diciendo–. Pero estaban desesperados.
–¿Desesperados? –Mike parecía confundido.
–Los niños se escaparon porque le cortaron el pelo a Laura –consiguió decir Erin con dificultad, pero sabía que era importante que Mike entendiera la desazón de los niños–. A sus padres les gustaba mucho el pelo de Laura, y le dijeron que se lo debía dejar largo. Tanto Laura como Matthew lo sintieron más que si les hubiera maltratado físicamente. Creo… Creo que hizo mal en cortárselo. En mi opinión le debe una disculpa a Laura, y si quiere dejarse crecer el pelo otra vez debería permitírselo.
Caroline suspiró ruidosamente.
–Eso es ridículo –susurró la mujer y le echó una mirada llena de incertidumbre a Mike–. ¿Qué derecho tiene a… ?
–¿Qué derecho tiene usted? –le preguntó Erin mientras la miraba con indignación; pelearía por esos niños–. Laura no quería cortarse el pelo. ¿Tanto daño habría hecho dejárselo largo?
–Michael tiene suficiente que hacer por las mañanas como para ponerse a peinar a esta mo… a la niña.
–¿Iba a decir mocosa? –le preguntó Erin lentamente.
–No –fue Mike el que contestó en tono grave; le puso la mano a Caroline en el hombro, deteniéndola con el gesto–. Por supuesto que no iba a decir eso –suspiró–. ¿Cómo sabe todo esto? –le preguntó a Erin en tono dolido.
