Una novia para el viernes - Trisha David - E-Book
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Una novia para el viernes E-Book

Trisha David

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Beschreibung

Tessa Había decidido ir hasta Inglaterra, a pesar de que apenas podía permitirse pagar el billete de avión desde Australia, para asegurarse de que su sobrino, que acababa de quedarse huérfano, estaba bien con su abuela. Pero todo empezó a salir mal apenas hubo puesto un pie en el avión. Allí conoció a Charles Cameron, un granjero australiano que, tras la muerte de su tío, acababa de heredar el título de conde y una herencia que debía proteger. Pero, para conseguirlo, debía casarse antes de que acabase la semana y, de repente, decidió que Tessa era la candidata perfecta...

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Seitenzahl: 230

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Trisha David

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una novia para el viernes, n.º 1421 - octubre 2021

Título original: Bride by Friday

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-177-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

QUIERES casarte conmigo?

–¿Cómo… cómo dice?

Claro que, quizás se estaba precipitando un poco. Llevaba sentado al lado de Tessa Flanagan sólo cinco minutos.

–Era sólo un pensamiento –se disculpó Charlie.

Vaya hombre. Ya había metido la pata, porque su compañera de vuelo le estaba mirando como si acabase de aterrizar de Marte, y la verdad era que sólo estaba pensando en voz alta. ¿Cómo arreglar la situación?

Si alguna vez había necesitado del encanto de un Cameron, en aquella ocasión podía ser vital.

Charles Cameron levantó la pila de papeles que tenía sobre la mesa plegable del asiento delantero y volvió a dejarla caer sobre el tablero como si con ese gesto lo explicara todo. Después suspiró y le dedicó a Tessa la mejor de sus sonrisas. Era una de esas sonrisas de mil vatios, y solía funcionar.

–Sé que es algo repentino, pero es que tal y como veo las cosas después de haber leído todo esto, he de elegir entre matrimonio o abogados. Y desde luego, te prefiero a ti… –le explicó con otra sonrisa de renovada intensidad.

Lo cual sólo demostraba hasta qué punto aquel hombre había perdido la razón. Tessa no había podido dormir desde que hablara con Christine. Su esbelta figura pasaba desapercibida bajo el chándal con que se había vestido para ir cómoda en un vuelo tan largo, sus rizos rubios estaban desordenados y tenía bajo los ojos unas sombras oscuras.

¡Y aquel hombre, un completo extraño para ella, acababa de pedirle que se casara con él!

Se quedó mirándole con desconfianza, como si de un momento a otro esperase verle crecer las antenas de los marcianos. Charlie no dejó de sonreír, y al final Tessa llegó a la conclusión de que estaba como una cabra, pero una cabra inofensiva. E incluso puede que encantadora.

–Ya… –fue todo lo que dijo, e intentó no mirarle.

Pero es que Charles Cameron era un hombre que difícilmente pasaba desapercibido.

Medía un metro noventa y dos sin las botas puestas, tenía los hombros anchos y ni un solo gramo de grasa. Era todo músculo. Llevaba una camisa de manga corta y unos pantalones de piel que le quedaban a las mil maravillas y realzaban su bronceado.

A pesar de su inquietud, a Tess le había resultado imposible ignorar a aquel hombre. Debía rondar los treinta años y la edad empezaba a sentarle de maravilla. Charlie tenía las puntas del pelo algo descoloridas, como si pasase mucho tiempo al aire libre, y los ojos le brillaban al sonreír, invitándote a devolver la sonrisa…

Charles Cameron encajaba en aquella atmósfera de trajes de chaqueta como un toro en una tienda de porcelana. ¡Y menudo toro!

«Vamos, Tess, ignórale», se dijo, y cerró los ojos. Ya tenía bastante de lo que preocuparse sin que el primer lunático que conocía le propusiera matrimonio.

Christine… pensar en ella le bastó para que la sonrisa se le marchitara en los labios. Christine era su hermana gemela… y estaba muerta.

Quizás no debería sentirse tan mal. Donald se lo había dicho montones de veces. Y es que él no comprendía que pudiera estarlo pasando tan mal.

–¡Tess, por amor de Dios! Hace más de seis años que no veías ni a tu hermana ni al esnob de tu cuñado. Desde el día de tu veintiún cumpleaños, no has vuelto a saber prácticamente nada de ella. Desde que conoció a ese cretino, no ha vuelto a casa, apenas ha escrito. ¡Si ni siquiera vinieron al entierro de tu madre! Ni siquiera habías querido ir a verla a Inglaterra antes de…

Ahí Donald se equivocaba de lado a lado. Siempre había deseado ir a ver a su hermana y, además, le apasionaba viajar. Pero ella no podía despreocuparse del resto de la familia como había hecho Christine. Su madre había quedado inválida en los últimos años de su vida, y tras su muerte, las facturas médicas habían hecho imposible cualquier visita.

Y ahora Christine estaba muerta. Primero su madre, y ahora su hermana. Era el final de su familia.

Bueno, casi. Porque estaba Ben… Tenía que verle como fuera. ¡Tenía que hacerlo!

–Oye, si te has puesto así por lo que te he propuesto, lo olvidamos, ¿eh?

La voz de su vecino de asiento le hizo abrir los ojos. Tenía una voz preciosa, grave y profunda, cálida y llena de matices…

La voz del lunático. Del marciano.

Por un momento, Tess deseó estar sentada en su aula de economía, pero sólo por un momento. Había sacado el billete en el último momento, así que había tenido que conformarse con un asiento entre una enorme mujer que olía a ajo y el lavabo, así que cuando, tras la escala en Singapur, la azafata le había tocado el hombro para decirle: «señorita, tenemos un asiento libre en primera, y si desea puede ocuparlo sin coste alguno»…, lo había acogido como un regalo del cielo.

–¿Esa cara es por mi culpa? –preguntó el hombre con cierta ansiedad–. No –se contestó–. Seguro que no. Ya estabas antes así.

–Así, ¿cómo? –preguntó Tess sin darse cuenta, y el hombre sonrió seguro de su atractivo.

–Como una sirena que hubiera perdido el mar –dijo con suavidad–. Como si estuviera en la playa sin saber cómo volver a casa.

Una sirena… ¡qué pelota!

Tess le miró con severidad.

–Es que he dormido poco.

–Ya me lo imaginaba. Por eso le sugerí a la azafata que le ofreciera este asiento.

–¿Que la sugerencia fue…?

–Es que estaba vacío desde que salimos de Australia –explicó–. No me ha venido mal, porque he podido estirarme y disfrutar del viaje, pero la verdad es que me sentía un poco solo. Entonces te vi en Singapur, y me pareció como si fueras un animalillo abandonado, así que pensé que si quería compañía, la tuya no me parecería mal, de manera que le dije a la azafata que me parecías un poco joven para viajar sola –su sonrisa brilló aun más–. Y aquí estás.

–Que tú les dijiste…

La audacia de aquel tipo era increíble. Así que él era la razón de que estuviese viajando en primera. Ya le había parecido raro. De hecho ella era alguien insignificante, la última persona a la que invitarían a pasar a primera, teniendo en cuenta además la pinta que llevaba, pero claro…

–Gracias –le dijo. No tenía más remedio–, pero…

–Pero tienes que dormir, y yo acabo de proponerte algo que te ha dejado loca –se adelantó–. No tienes que contestarme ahora. Tú échate una buena siesta mientras yo releo todos estos papeles a ver si encuentro alguna otra solución, y ya hablaremos más tarde. Ten –le dijo, ofreciéndole un antifaz–. Y esto también –añadió, ofreciéndole otra almohada más y otra manta–. Ahora, aprieta aquí –presionó el botón del brazo del asiento y éste se reclinó casi por completo, y después, para colmo, la besó en la punta de la nariz–. Dulces sueños. ¡Nos vemos en Londres!

Y le colocó el antifaz sobre los ojos, dejándola sola con su confusión.

 

 

Tessa durmió un montón de horas, y cuando se despertó, su primer pensamiento fue que se sentía caliente, acurrucada, cuidada, y que la pesadilla había sido sólo eso, un mal sueño.

Alguien la abrazaba.

Abrió un ojo despacio, y el otro después.

Mientras dormía, la cabeza se le había caído hacia un lado. El asiento de su vecino también estaba reclinado, ¡y estaba utilizando su pecho de almohada! Se había puesto un jersey de cachemir, y oía los latidos de su corazón.

Se incorporó como si se hubiese rozado con una valla electrificada y el brazo que le rodeaba los hombros se retiró.

–Eh… –se quejó el hombre–. Que estaba dormido.

–Lo siento mucho –se disculpó Tessa, intentando encontrar la salida de aquel nido de mantas y almohadas al tiempo que intentaba hacer funcionar los ojos. Alguien había bajado la intensidad de las luces de la cabina y el ambiente resultaba relajado e íntimo.

¡Había estado durmiendo con un extraño!

–No tienes por qué –contestó él, y volvió a pasarle el brazo por los hombros–. Queda media hora para que enciendan las luces y nos sirvan el desayuno. Vuélvete a dormir.

–¿Qué… qué hora es?

Él suspiró y miró el reloj. Manecillas reflectantes. Un reloj caro.

–Las tres de la mañana, hora inglesa, o mediodía en Australia. Elige.

No le parecía ni lo uno ni lo otro.

Tessa parpadeó varias veces con la sensación de que estaba soñando, y parpadeaba aún cuando se encendieron las luces.

–Vaya –protestó él–. Me han fallado las predicciones. Ahora ya no te voy a parecer un viajero experimentado.

–¿Es que lo eres? –preguntó Tess, porque a ella le parecía un granjero.

–Sí. Voy de Warrnambie a Melbourne una vez al mes, así llueva o haga sol.

Tess se quedó pensativa.

–¿Quieres decir… de Warrnambie, Victoria, Australia, a Melbourne, Victoria, Australia? ¿Una distancia de más o menos doscientos kilómetros?

–Exacto –replicó con una sonrisa, como si la considerase una chica lista.

–¿Y eso te hace ser un viajero experimentado?

–Oye, que ya he estado más veces en Inglaterra –protestó, herido–. Pero no una vez al mes, sobre todo porque no me gustan los desayunos que sirven en el avión.

Bostezó y se estiró perezosamente, y el calor de su cuerpo pareció extenderse bajo las mantas y alcanzarla a ella.

–Entonces… –Tess estaba haciendo un enorme esfuerzo por mantener aquella conversación dentro de los límites de la lógica. Aquel hombre le había conseguido un asiento en primera y le había prestado un brazo. Tenía que ser amable con él, por rara que la hiciera sentirse–, ¿vives en Warrnambie?

–Ahí es donde está mi granja.

Fueron interrumpidos por la azafata, que les ofreció una toallita caliente y húmeda con unas pinzas plateadas. El compañero de Tessa desapareció bajo la suya un par de minutos, frotándose con ella y disfrutando de hacerlo como lo haría un oso bajo una catarata. Después salió para volver a prestarle atención.

–Eso está mejor. Un afeitado y estaré casi presentable. No te vayas.

Al levantarse le pareció que era aun más alto y desapareció en el lavabo. Tess se quedó mirando el espacio que antes ocupaba y preguntándose qué era lo que tenía aquel hombre para que el mundo diera la impresión de contener la respiración en su presencia.

 

 

Pasó una hora mientas desayunaron y terminaron de hacer las presentaciones, y para entonces Tess ya empezaba a sentirse casi humana. Se había lavado, se había reparado en la medida de lo posible los destrozos de la cara y, a pesar de la crítica de su compañero a los desayunos del avión, había conseguido desayunar decentemente. Era la primera comida que recordaba haber hecho en condiciones desde que se enterara de la muerte de Christine, y hasta ese momento no se había dado cuenta del hambre que tenía.

Charlie la había mirado con preocupación creciente.

–No irás a decirme que te gusta eso –preguntó, señalando una tortilla que mostraba un sospechoso parecido con una pastilla de jabón–. Las gallinas que pusieron esos huevos han debido estar a base de maíz de goma y refresco de naranja.

Tess se echó a reír, y el sonido de su risa la sorprendió. Había olvidado cómo era.

–¿Por qué será que ya sabía yo cómo iba a sonar? –comentó Charlie con una sonrisa–. Una risa franca y en condiciones… –tomó su mano–. Permíteme que repita mi proposición: he estado revisando todos los documentos y no tengo otra opción. Tendrás que casarte conmigo.

–No digas… –Tessa intentó inútilmente apartar la mano–. No digas tonterías –dijo, mirando a su alrededor con cierto nerviosismo en busca de la azafata, por si necesitaba de su ayuda para deshacerse de aquel lunático–. Ni siquiera me conoces.

–Te conozco lo suficiente. No llevas anillo de casada y tienes la risa más encantadora que he tenido el privilegio de oír. Y cuando hicimos escala en Singapur, y se le abrió la maleta a aquella señora india, fuiste tú la única que le ayudó a recogerlo todo del suelo –Tess lo miró sorprendida y él volvió a sonreír–. Yo estaba en la sala de espera de primera; si no, habría sido yo quien la habría ayudado, para acumular puntos en mi cuenta particular de posible marido y héroe, pero vi el incidente a través del cristal.

–Pero yo no te conozco a ti –contestó Tessa–. ¡Y esta situación es ridícula! ¿Cómo puedes pedirme que me case contigo?

–Pues porque te conozco. He leído el nombre en tu maleta: Tessa Flanagan. Un nombre muy bonito, por cierto. Tú, claro, no me conoces a mí –Charles se quedó pensativo un momento y frunció el ceño–. Es un problema, porque todavía no estoy seguro de quién soy yo.

–¿Que no estás seguro? –iban de mal en peor–. ¿Qué quieres decir?

–Pues que, hasta hace una semana, yo era Charles Cameron, un granjero de Warrnambie.

–¿Y ahora?

–Pues… –suspiró, y le mostró uno de los documentos que había estado leyendo–. Según esto, soy Lord Charles Cameron, conde de Dalston, el décimo tercero de la lista; soy propietario de un sonoro título y, si tú accedes a casarte conmigo, dueño de un castillo decrépito y todo lo que contenga.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

HABLARON muy poco durante la hora que tardaron el tomar tierra en Heathrow. Tess llevaba demasiado a la espalda como para seguir dándole conversación a aquel loco, así que se limitó a ser cortés.

–Me alegro mucho de que vayas a ser conde –le dijo–, pero eso no tiene absolutamente nada que ver conmigo. Y si no te importa, quiero leer. Tú vuelve con tus papeles, a ver si encuentras la forma de poder heredar el castillo sin necesidad de casarte con nadie.

Y volviéndose deliberadamente de medio lado, le ignoró.

Pero Charles Cameron no la ignoró a ella. Se dedicó a sus documentos, eso sí, pero Tess se dio cuenta de que de vez en cuando la miraba por el rabillo del ojo.

Condenado hombre… Con sus tonterías la había descentrado, cuando lo que necesitaba era concentrarse.

Tenía una carpeta llena de documentos que le había entregado en la agencia de viajes de Yaldara Bay. E instrucciones que para alguien como ella que sólo había ido tres veces en su vida a Sydney para presentarse a sus exámenes de enfermera, la asustaban sobremanera.

Cuando aterrizaran, tendría que pasar la aduana en Heathrow, buscar la parada del autobús, tomarlo hasta la estación de autobuses del centro y después caminar unas cinco manzanas hasta el alojamiento barato que el agente le había reservado. Tenía un mapa, y todo estaba allí. Sólo tenía que seguir las instrucciones.

–Un chófer va a venir a recogerme –dijo Charles de pronto, y Tess dio un respingo–. Puedo llevarte donde quieras.

–No lo necesito –contestó, molesta–, gracias. Tengo pagado el billete de autobús.

–Muy eficiente –Charles echó un vistazo a los papeles que Tessa tenía en su mesa y frunció el ceño–. Backblow Street. No sé si mi futura mujer debería hospedarse allí.

–Pues vete a preguntarle a tu futura mujer dónde quiere quedarse –replicó.

–Pero…

–No –espetó–. Déjame tranquila… por favor.

 

 

Se separaron poco después de aterrizar.

Charles se las arregló para permanecer a su lado hasta que llegaron al control de pasaportes. Había dos colas: una para los británicos, y otra para el resto, y para sorpresa de Tess, Charles se dirigió a la destinada a los británicos.

–Te espero al otro lado –dijo, pero ella negó con la cabeza enérgicamente.

El control de pasaportes fue sorprendentemente rápido; su equipaje fue el primero en salir en la cinta transportadora y con él en la mano se dirigió a la parada del autobús, convencida de que nunca volvería a ver a Charlie Cameron.

Debería sentirse aliviada por ello. Debería estarse deshaciendo del recuerdo de aquel lunático a toda velocidad, y sin embargo, se encontró con que subía al autobús encontrándose más sola de lo que lo había estado en toda su vida.

Debía ser por la muerte de Christine, y por estar a un mundo de distancia de Donald… o de cualquier otra persona conocida.

Pero al acomodarse en el piso superior del autobús que la conduciría al centro de Londres, la sonrisa de Charlie Cameron pareció acompañarla.

El tipo estaba como una regadera, se dijo mientras estudiaba el mapa en el que estaba marcado adónde debía dirigirse una vez se hubiera bajado del autobús. Incluso podía recordarle con afecto.

Pero una vocecilla interior le advirtió que lo que debía hacer era olvidarse de él por completo, porque lo único que había podido querer era su brazo, sentirse protegida y acurrucada a su lado.

«¿A, sí? ¿Y lo de ser la mujer del conde de Dalston?», se preguntó. «Si ese hombre es el conde de Dalston, yo voy a Londres en burro. Deja de pensar en tonterías y concéntrate en el mapa».

 

 

Tardó algo más de una hora en encontrar el hotel y cuando por fin llegó a la puerta eran las siete de la mañana. Estaba agotada.

Donald se había presentado con un juego de maletas con ruedas como regalo de despedida.

–Los taxis cuestan un ojo de la cara, y en el billete de avión ya te has gastado buena parte de nuestros ahorros para la casa –le había dicho–. Teniendo ruedas, podrás tirar de las maletas cómodamente, y tendrás independencia.

Lo cual seguramente hubiera sido cierto si las maletas fuesen de buena calidad. Pero las aceras de las calles estaban bastante destrozadas y las ruedas de las maletas eran de plástico malo, de modo que no había pasado aun de la primera manzana cuando una de las ruedas se rompió, de modo que no tuvo más remedio que llevarla en la mano. Ni siquiera encontró una papelera donde poder tirar la rueda rota.

Estaban a mediados de junio. En casa, hacía ya frío y se avecinaba el invierno, pero en Inglaterra era verano. Aun no hacía demasiado calor, pero la humedad del aire era elevada y su chándal demasiado grueso, así que cuando llegó a la puerta de una casa de huéspedes de aspecto bastante dudoso, estaba exhausta.

Al menos lo había conseguido. La Casa de las Prímulas. Cama y desayuno.

Tess contempló la casa con desmayo. Tenía que pasar en Londres un par de noches, ya que debía hablar con el abogado de su hermana antes de seguir hacia el norte, y el alojamiento en el centro era caro. Donald y el empleado de la agencia de viajes habían elegido aquel lugar a partir de la fotografía de un catálogo, y era de suponer que sobre el papel no tuviese aquel aspecto.

Y es que la casa tenía un aspecto espantoso. La última prímula que dio razón del nombre del lugar, debió alzar sus raíces y escapar hacía ya siglos, exhalando un suspiro de alivio al hacerlo y dejando atrás un edificio sucio y cubierto de hollín. Una de las ventanas tenía un cristal roto, y habían cubierto el hueco con papel de periódico, y todo el lugar olía a grasa rancia aun desde la puerta de la calle.

Pero no tenía otra elección. Estaba obligada a quedarse, porque ya había pagado la habitación.

Tess miró hacia ambos lados de la calle. Todos los edificios tenían el mismo aspecto descuidado y mugriento, con las botellas de leche vacías esperando a la puerta. Un coche negro y grande asomó al final de la calle y se detuvo, pero sus ocupantes no se bajaron.

Aquello parecía una película de esas de segunda fila con actores y director desconocidos. Quizás su incomodidad se debiera también al hecho de encontrarse sola, y a pesar del calor, se estremeció. Lo mejor sería entrar cuanto antes.

El sonido del timbre reverberó en el interior como si la casa estuviera vacía, y oyó lo que debía ser un perrazo enorme lanzarse contra la puerta. Menuda bienvenida.

Los ladridos se acallaron con una increpación humana y la puerta se abrió. Su casero, vestido sólo con la parte de debajo de un inmundo pijama, calvo y sin afeitar se plantó en la puerta.

–¿Qué quería?

Tess contuvo la respiración.

–Tengo… tengo la reserva hecha aquí –dijo, y le entregó la copia del documento. El hombre la inspeccionó tras darle una patada al perro para meterle en la casa. Después se la devolvió.

–Es para esta noche. Vuelva a las cinco.

Y le dio con la puerta en las narices.

Tessa no había llorado. Ni una sola vez. Ni siquiera cuando sonó el teléfono y le dijeron que Christine había muerto. Ni siquiera cuando la suegra de Christine le dijo que estaba loca por querer ir hasta allí y que no iba a ser bien recibida. Ni siquiera al despedirse de Donald.

Pero en aquel instante, estuvo a punto de hacerlo.

Se quedó allí, de pie en las grasientas escaleras de la casa, inspirando profundamente aquel aire cargado de humedad e intentando mantener el control. Eran las siete de la mañana, estaba en una ciudad desconocida y no tenía dónde ir.

Una mano se apoyó en su hombro, y Tess gritó. No había otra palabra que describiera el sonido que emitió al dar un salto de al menos treinta centímetros en el aire. Cuando aterrizó, seguía teniendo la mano sobre el hombro, y se dio la vuelta para ver quién la estaba acosando.

Pero Tessa Flanagan no era la típica víctima. Como enfermera jefe del Hospital Yaldara Bay, las reacciones de Tessa ante las emergencias eran siempre rápidas como el rayo… y aquella ocasión no fue una excepción.

Y contraatacó.

Durante un aburrido invierno en Yaldara Bay, se había apuntado a un curso de defensa personal para mujeres. Luego, tras un incidente provocado por un borracho que se coló en urgencias, enseñó lo que había aprendido a las enfermeras de su equipo, de modo que había practicado aquel movimiento una y otra vez.

A veces se había preguntado si de verdad funcionaría, si, en caso de ser atacada, sería capaz de reaccionar.

Cuando el atacante la obligó a darse la vuelta, y antes de ver siquiera de quién se trataba, lanzó primero el puño hacia su ojo izquierdo y el otro, con todas sus fuerzas, hacia sus partes más íntimas.

Y Charlie Cameron gimió, cayó al suelo y se llevó las manos a donde más le dolía.

Tessa se quedó boquiabierta, mirándole…

–Charlie…

–¿Quién esperabas que fuese? –gimió–. ¿Jack el Destripador? ¡Me has dejado inútil de por vida!

–Pero…

–Ahora sí que vas a tener que casarte conmigo. Soy mercancía dañada. No puedes devolverme.

Charlie. Charlie, el conde de Dalston. Charlie el lunático.

Aquello era demasiado. Tess se quedó mirándole sin saber qué decir, avergonzada y el mundo comenzó a girar a su alrededor. Y por fin, tras todo aquel tiempo, las lágrimas llegaron a sus ojos.

–Charlie, cómo lo siento…

Charlie se enderezó.

–Tess… ¿qué está pasando aquí? Soy yo quien recibe el golpe, ¿y eres tú quien se echa a llorar?

–Yo no lloro. Nunca lloro –dijo, con la voz ahogada por las lágrimas.

–¿Ah, sí? Y yo soy Peter Pan –volvió a gemir–. Ahora que lo pienso, puede que lo sea. ¿No es Peter Pan el niño que no puede crecer? Dentro de un momento, volveré a tener voz de soprano –torció la cara en una mueca de dolor–. No puedo creerlo. Has roto la línea de sucesión de los Dalston, me has puesto un ojo morado, y encima eres tú la que llora…

Y Tessa no dejó de hacerlo. No podía. Y Charlie, el conde de Dalston, recuperó la compostura, aunque con un gemido, pero de resignación, a duras penas subió las escaleras y le ofreció su camisa, sobre la que Tess lloró durante un par de minutos.

Sus lágrimas le empaparon, dibujando un círculo en el hombro de su camisa, pero no dejó de sollozar hasta que el tejido se volvió casi transparente y pudo sentir el calor de su piel en la mejilla.

Inspiró profundamente y se separó, aunque Charlie le permitió que lo hiciera sólo un poco, ya que la siguió sujetando por los hombros.

–Lo… lo siento. Yo… yo no lloro nunca, de verdad.

–Ya me he dado cuenta –contestó él, y sonrió–. Esa es otra de las razones por las que he decidido que debes casarte conmigo, además de necesitarte como guardaespaldas. Un conde necesita uno bueno. Toma, usa mi pañuelo.

Tessa no objetó nada, porque de verdad lo necesitaba.

–Suénate –le dijo Charlie–, y antes de que se te ocurra preguntármelo, no, no quiero que me lo devuelvas –añadió con su habitual sonrisa–. Desde que soy conde, me he dado cuenta de que puedo ser generoso con los pañuelos.

Tess le ofreció una acuosa sonrisa y se sonó. Y otra vez, bajo la atenta mirada de Charlie.

–¿Mejor?

–Mejor –contestó ella desde detrás del pañuelo–. Lo siento. Debes pensar que… –su sonrisa se desvaneció–. Ay, Dios mío… tu ojo, Charlie. Se está oscureciendo.

Charlie se lo rozó con los dedos e hizo una mueca de dolor.

–No importa –dijo con nobleza–. Hay quien dice que sólo se siente el dolor más intenso de los que uno tiene, y es verdad. La otra zona sobre la que has descargado el ataque es la que más me preocupa. ¿Se puede saber en qué estabas pensando?

–En defenderme –contestó, medio indignada. ¿Es que aquel hombre no sabía hablar en serio? Miró hacia la calle y vio un coche negro, un Jaguar, que le esperaba en la curva–. Así que eras tú el del coche –le acusó–. Parecías un gángster, esperándome en la calle. ¡Me has dado un susto de muerte!

–Ya. Pues no pareces haber sufrido daños irreversibles, mientras que yo, de un momento a otro voy a empezar a cantar como la Caballé. Además, yo creía que era tu amigo el del hotel quien te había asustado. El que llevaba ese pijama tan sexy.

–Le has visto –contestó, y al recordar el pijama volvió a sonreír–. Es horrible. No puedo quedarme aquí.

–No, no puedes quedarte aquí –Charlie volvió a ponerle las manos en los hombros–. Eso es lo que intentaba decirte en el avión, pero no quisiste escuchar. Esta calle es asquerosa, y este hotel tiene que ser el más asqueroso del barrio.

–Pero… –Tessa respiró profundamente y se separó de él–. Ya lo he pagado, Charlie. No puedo…

–No habrás pagado tanto.

–No, pero Donald dice…

–¿Donald?

–Mi prometido.

Silencio.