Annette, una epopeya (AdN) - Anne Weber - E-Book

Annette, una epopeya (AdN) E-Book

Anne Weber

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¿Así que todavía quedan auténticas heroínas, con las que uno puede cruzarse en la calle, hablar y llegar a conocer? PREMIO ALEMÁN DEL LIBRO 2021 ¿Qué lleva a una persona a implicarse y a oponer resistencia? ¿Qué está dispuesta a sacrificar? ¿Cuáles son los límites? ¿Qué puede conseguir realmente? Con la fuerza de un lenguaje insólito que le ha valido el mayor reconocimiento de la literatura en lengua alemana de 2020, Anne Weber narra este convulso recorrido vital que es, a la vez, un agudo reflejo del siglo XX: la vida de Anne Beaumanoir; y lo hace en forma de epopeya, una epopeya en femenino. Una mujer que se unió a los diecinueve a la Resistencia francesa; a los diecinueve y medio desobedeció las normas del movimiento cuando decidió salvar la vida de dos adolescentes judíos. Después vinieron la carrera de neurofisiología, el matrimonio, los hijos... La guerra había terminado y parecía que su vida se reconducía por caminos más convencionales, pero unos años más tarde estalló la Guerra de Argelia, que ofreció a Annette la oportunidad de oponer una nueva forma de resistencia en nombre del Frente de Liberación Nacional (FLN), razón por la cual acabó siendo detenida y condenada a diez años de prisión. Tras una azarosa huida llegó primero a Túnez y después a Argelia, donde formó parte del primer gobierno independiente bajo las órdenes de Ben Bella, hasta que un golpe de Estado la obligó de nuevo a huir... Esta es su vida en pocas palabras. Pero ¿cómo contar los anhelos y aspiraciones de Annette, sus dudas y sus hazañas? ¿No sería mejor cantarlas?

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Anne Beaumanoir es uno de sus nombres.

Existe, sí, existe en un lugar distinto de

estas páginas, llamado Dieulefit, que significa

Dios-lo-hizo, situado al sur de Francia.

Ella no cree en Dios, pero Él en ella sí.

Y si Él acaso existe, a ella así la hizo.

Ella es muy mayor, pero quiere el relato

que a la vez no haya nacido. Hoy,

a sus noventa y cinco años, viene

al mundo en esta hoja en blanco,

a un vacío impenetrable al que lanza

miradas de topo, largas y redondas, que

poco a poco se llena de formas y colores,

de padre madre cielo tierra agua.

Cielo y tierra permanecen ante sus ojos,

pero el agua viene y va, fluye con fuerza

hacia el lecho seco del río Arguenon, donde

dos veces al día endereza las barcas que llevan

horas sobre el costado. Dos veces al día

regresa al mar, al Canal de la Mancha,

como aquí lo llaman, o solo La Manche, «La

Manga», aunque no es un canal ni una manga,

nada hueco, pues, un brazo más bien: un

brazo de agua que el Atlántico extiende

hasta el mar del Norte. Suavemente se acuestan

de nuevo las barcas, sobre el vientre.

En el cosmos del cuarto, aún deshabitado,

flotan cuatro y a veces hasta seis

ojos o astros brillantes. Como en la cámara oscura,

cuando los contornos emergen lentos de la nada,

comienzan a dibujarse rostros

alrededor de los astros. Madre. Abuela.

Padre. La niña, llamada Anne, aunque todos le

dicen Annette (pronúnciese «anet»), pone esos

planetas en órbita.

De Annette está Anne (la actual), a sus años,

el doble de lejos de lo que su

abuela estaba entonces, pero en algún lugar

asombrosamente lejano y cercano

esa niña sigue existiendo. Es una con ella,

no está consumida ni muerta, duerme,

sigue estando ahí.

Nace Annette en un callejón sin salida,

y no solo en sentido figurado, como

todos nosotros. La casa de la abuela cierra

una hilera de humildes casitas de pescadores,

que termina allí donde el río empieza.

Cada casita tiene una estancia inferior común

y a izquierda y derecha un cuarto bajo el tejado.

«La casa de la abuela» no quiere decir que

sea propia. Vive de alquiler. El alojamiento

es miserable, y por eso la renta es

igualmente baja, pero lo escaso sigue

siendo mucho para ella, que pronto enviudó

y ha criado a sus hijos con lo que saca

de la pêche à pied o pesca sin barca.

Día tras día, con la marea baja, se pone en marcha

y rebusca sin cesar entre la arena mojada todo tipo

de bichos marinos: almejas blancas, cangrejos verdes,

almejas babosas, bocinas de mar, que carga

a la espalda en una cesta y lleva a muchos pueblos

de los alrededores —Saint-Éniguet,

La Ville Gicquel, Le Tertre, Notre-Dame-du-Guildo

o Le Bouillon— para venderlos.

La madre de su madre nació en el siglo XIX

en Bretaña, que es casi como

decir dos siglos más atrás; era una

de tantos hijos de campesinos desvalidos,

incapaces de alimentar a su prole, por lo que,

uno tras otro, los daban en servidumbre a los ricos.

La vaquerita es muy pobre. Durante mucho tiempo

—¡qué impresión para su nieta menor!—

no lleva bragas. No tenía. Dormía sobre la paja. El

sueldo anual eran un par de zuecos nuevos y, cada

dos años, además, bien una capa y un par

de medias o bien una falda y una chaqueta, lo cual

no era ningún lujo, porque ella aún no había

dejado de crecer. Nunca fue a la escuela. Illettré

se dice cuando una o uno de sus semejantes

no es ducho en lectura ni en escritura.

A los cincuenta años por vez primera —Annette

tendrá unos siete—, advierte que su madre

nunca le dio un beso, y ella, que jamás

antes se había quejado, rompe a llorar. Así,

sentadas juntas, abuela y nieta

se besan y se besan y se besan

y lloran. De su padre solo recuerda

lo tosco que era. A sus hermanos, niños y

niñas siervos, como ella, jamás los nombra,

puede que estén muertos, que hayan desaparecido

o que vivan por allí cerca. Annette

quiere con locura a esa abuela, que

rica es no por sus bienes y culta

no por sus lecturas.

Como todos nosotros, tiene

otra más. A esa no la quiere tanto.

Es la madre de su padre, una Beaumanoir,

que significa «hermosa mansión» y que,

de hecho, es la familia mejor situada en un

lugar que no sabe de círculos elevados.

También madame Beaumanoir es viuda y es

hija de notario. En sus primeros años de vida,

Annette no tiene ocasión de conocer

a la abuela número dos. Los puentes entre

madre e hijo se desmoronaron el día

en que ella le prohibió tomar a la muchacha

de la casita de pescadores —una de las hijas de

la abuela número uno— por esposa,

por lo que madame Beaumanoir debió

de sufrir mucho, pero ¿qué hacer si no?

Todo en ella se rebeló contra

aquel enlace desigual, del que poco

tiempo después, para su disgusto,

nació una Annette. Ella cree que su hijo

debe estar a la altura y mucha razón tiene;

de hecho, a la altura está, puesto que renuncia

a la valiosa compañía y herencia maternas

en favor de su amada. En ese momento

son apenas unos críos, los dos menores

según dicta la ley y no aptos para casarse

sin consentimiento paterno, así que Annette,

como sucede en los cuentos bretones,

nace en la casita de la abuela número uno y

fuera del matrimonio, mas no fuera del amor,

si bien, de momento, en ningún registro

queda constancia.

Sus padres son felices, cabría

afirmar, pero ¿puede ser eso cierto

y posible así dicho, en general?

¿No dicen que la felicidad es, si acaso,

momentánea? Pero ellos son felices

siempre, y quien tenga prueba en contrario

puede tomar la palabra, ha llegado la ocasión.

La felicidad es la tónica de sus vidas. Imbuida

desde el inicio de esa música cálida, imperceptible,

provista con los ojos claros y el mismo

corazón impávido que sus padres,

hace Annette su aparición.

Sus padres no solo son lo que se

dice felices, sino que además son lo

contrario el uno del otro. Jean es alto y

Petite Marthe menuda, él tranquilo y mesurado,

ella inquieta y locuaz, pero sensata

a un tiempo, y muy buena narradora, de las

que dejan boquiabierto. Él la llama

«mi sufragista», refiriéndose así no tanto a su

feminismo, sino a que tiende a enfurecerse en

exceso ante la injusticia y a estallar en ira; en su

propio idioma se diría que es una soupe au lait o

sopa de leche, en definitiva, una de esas sopas que

hierven rápido y rebosan. Lo ha aprendido todo sola,

y ese «todo» tal vez no sea todo, pero sí mucho:

disfruta leyendo y jugando al pimpón; conducir

es lo único que no logra, por impetuosa.

No es de extrañar, pensará cualquiera, que en

circunstancias tan favorables la hija se convirtiese

en lo que se convirtió, en eso que un texto de solapa

—dado que el cúmulo de décadas hazañas esfuerzos

desbordaría cualquier cubierta— apenas logra resumir.

De ser eso cierto, que solo las circunstancias

determinan el futuro, quedaríamos libres de toda

responsabilidad, de toda culpa y remordimiento.

Pero no es tan sencillo. Lo principal

aún está por llegar; queda por hacer.

Annette tiene por ahora casi cinco años, sí,

pronto los cumplirá, pero ¿podrá llegar? Una

pregunta absurda formulada desde el hoy,

aunque por entonces la respuesta era muy

incierta. Pues está gravemente enferma

y ni siquiera está consciente,

aunque luego despierta y lo primero que

ve es la bicicleta que le han regalado

por su cumpleaños. De la crisis mundial

nada han sabido sus padres, ellos pasaron

su propia Gran Depresión, al pie de la cama

de su única hija y sin ganas de rezar, pero

siguiendo con angustiosa precisión las

indicaciones del médico, sin que él mismo

creyera realmente que la niña podría salvarse.

Meningitis aguda. Lo peor ya ha

pasado. Annette ha vuelto en sí, solo

que no es automático, sino un

proceso lento, pues transcurridos

incluso noventa años, sabe que sus

músculos piel articulaciones tendones y

tripas fueron los primeros en reaccionar,

aunque solo cuando el oído se recuperó

pudo percibir las voces de sus padres.

Junto al lecho de la convaleciente

se celebra una cumbre con las dos abuelas.

Madame Beaumanoir coincide con la mère Brunet,

así llaman en el pueblo a la abuela número uno.

Enchantées, ambas muy, pero que muy enchantées,

y ante todo encantadas de que

la niña se haya repuesto. Los padres de Annette

son entretanto mayores de edad y se han casado.

Annette lleva ahora el apellido de su padre

y de la abuela número dos, ya reconciliada,

y sobre el papel se llama Raymonde Marcelle

Anne Beaumanoir. La casita de pescadores la

abandonó hace tiempo y, con sus padres y mémère,

se mudó al otro lado del puente sobre el Arguenon

o Pont du Guildo, en cuya construcción colaboró

el marido de mémère, que vino a trabajar de herrero,

pero que, tan solo cinco años y tres hijos después,

murió (de tisis). La nueva casa, que vuelve a

ser solo una casita, está en la otra orilla, frente

al lugar donde nació. Del río que separa

ambas casas —ancho y caudaloso con la

crecida— quedan dos regatos con la bajamar.

Mira, las casas felices, podría pensar

alguien que hoy estuviese de pie,

en el puente, contemplando las dos casitas,

a derecha e izquierda. En el pasillo de la segunda,

entre la puerta principal y la de la alcoba de

matrimonio, que sirven de porterías, la

familia juega al fútbol antes de cenar,

hasta que se marca el décimo gol.

Luego se desata un cuerpo a cuerpo,

como suele ocurrir en las casas felices,

donde es signo de... eso, de felicidad.

Cuando hay baile y tocan allá abajo,

junto al puente, mémère y Annette bailan

polca en la cocina, con la ventana abierta.

Jean, el padre de Annette, es socialista,

pero el cura —estamos en Bretaña

y el cura es católico—,

por tanto monsieur le curé, suele venir

a cenar, lo cual no tiene nada de

extraño si se sabe que, nada más ocupar

el cargo, implantó la misma vela para todos,

o mejor dicho, velas de un mismo tamaño.

Hasta entonces las comuniones se celebraban

según lo ricos que fuesen los padres: uno

llevaba una velita muy delgada; otro

—p. ej. el pequeño Dibonnet—

iba precedido por una suerte de velón.

El padre ha hecho buenas migas con ese cura

y, para no causarle un gran disgusto,

decide que Annette hará la comunión

(a Marthe, la madre, no le emociona la

idea, pero también ella aprecia al cura). Así

se suceden dos semanas de «estallido místico»

(Annette dixit) que sin duda algo son, pero

que, a lo largo de casi un siglo,

son más bien poco. Antes y después:

nada. Como en la novela de Dumas,

allí conviven los azules y los blancos,

es decir, los republicanos y los monárquicos,

aunque los últimos no sean por fuerza

monárquicos, pero sí tradicionalistas

y además católicos. Los azules siguen

siendo republicanos, y también laicistas,

lo cual significa que desean separar

a la Iglesia de sí mismos, claro está,

pero sobre todo del Estado y, a ser posible,

que tampoco tenga nada que decir.

Eso persiste en Bretaña como puro deseo,

o impuro más bien. En Le Guildo hay

una escuela femenina, de religión católica, a

la que van casi todas las niñas, incluso

las hijas de algún rico labriego y las de los

aparceros del señorío, porque duque

también hay, y además tiene un castillo.

A la otra escuela, que administra el Estado, van

las hijas entre pobres y pobrísimas de

pescadores au long cours, que faenan en altura

y pescan bacalao en cantidad frente a Terranova

para, pasados unos meses y puesto en salazón,

traerlo de vuelta a casa. También allí van

las hijas de pescadores de bajura, y dos o tres

hijas de campesinos, treinta niñas en total, una clase

entera, pues la école laïque a más no llega.

Allí es donde Annette aprende a leer y a escribir

y, nada más hacerse con los rudimentos,

comienza a instruir a mémère, que,

de hecho, no domina lo uno ni lo otro.

Como aula les viene de perlas la cueva

que se abre bajo la manta de Annette. Al cabo de

unos meses, las dos consiguen leer, o más bien

descifrar palabras. Con ayuda de Annette, mémère

escribe una frase memorable: «Hoy

he preparado una sopa con patatas y

puerros del huerto». A su yerno le lee

en voz alta, si bien con algo de esfuerzo

—y aun así lo consigue—, la definición

de un diccionario, la pena es que no haya

trascendido de qué palabra se trataba.

Pero hay algo cierto: bajo la manta, el

«siglo de las luces» guarda todo su sentido.

Otro cuarto de siglo después, la abuela se

está muriendo. Annette está a su lado y,

para soportar la despedida, se aferra

al libro que está leyendo, pero que

en realidad no lee, solo lo lleva

consigo. Es de Arthur Koestler y se titula

Darkness at Noon, «Oscuridad a mediodía»,

traducido al alemán como Sonnenfisternis,

«Eclipse solar». En la cubierta de la

edición francesa pone Le zéro et l’infini,

que significa «El cero y el infinito»,

tres títulos, pues, que en esta cámara

mortuoria cobran un nuevo sentido.

La moribunda alarga su mano enjuta

hasta tocar el libro, lo observa durante

un tiempo y después —esbozando una sonrisa

con los labios— señala con el meñique

nudoso la zeta de zéro y, en voz muy queda

y con un toque de picardía, dice: De esta

ya no me acordaba.

Pausa.

Volvamos al principio, pues la vida de

Annette acaba de empezar. Hemos dicho

que ya en 1929 tiene su propia bicicleta,

cosa que no cualquier niña de cinco años

puede afirmar, sobre todo si, como Annette,

no tiene unos padres muy ricos,

aunque no todas las niñas de su edad

son hijas de un campeón de ciclismo;

bueno, lo de campeón es mucho decir,

pero sí de un deportista que participó

en el Tour de Francia, y además a principios

de los 20, antes de que Annette naciera.

En Quai du Guildo, situado justo bajo la

casa del puente, será donde él abra un negocio

de bicicletas y otras máquinas rodantes:

CICLOS Y PEQUEÑA MAQUINARIA AGRÍCOLA,

reza el letrero. Después tuvo el único,

no, el segundo automóvil del pueblo,

aunque en realidad solo lo utilizaba para

trasladar a distintos vecinos de allá para acá,

ya que en Le Guildo había escasez de taxis

gratuitos. Un poco más allá, pero en el mismo

muelle, viven en invierno y en tres carromatos

lo que antes eran gitanos y en francés llaman

romanichels. Es una familia circense a la que su

padre repara gratis el monociclo, más lo que

surja, y con cuya hija —una de varias—

suele jugar Annette, por más que mémère

se empecine en afirmar que esa niña

tiene piojos. Y por más que el papa

dijera lo contrario, ella no lo creería,

y eso que es la única en la familia

que se cree algo de lo que él dice.

En vano se esfuerza mémère por que

las dos niñas no junten las cabezas,

y se esmera en asear a la pequeña despacio,

con un peine muy fino que tiene,

para luego mimarla con unos crêpes.

Como se ve, las tres generaciones y

los cuatro Beaumanoir son muy buenos

vecinos, en realidad los mejores, por eso

las gitanas los bendicen sin descanso.

Al igual que sus padres, los niños de la escuela

se dividen en dos: están los del campo

y los del mar,

los campesinos y los marineros,

esos que gorgotean cuando hablan,

junto a los cuales los demás

se sienten seres civilizados.

El que habita en la desembocadura del río,

aunque no se haya hecho a la mar, vive

de cara a ella, a la inmensidad.

La marea remonta las pequeñas barcazas

río arriba, deben descargarlas con rapidez,

antes de que el agua se retire.

A menudo saltan a tierra unos marineros

a los que nadie entiende y con los que,

pese a todo, se conversa. La maîtresse,

la maestra, es viuda de un oficial de la marina

mercante cuyo barco, tripulación incluida,

fue engullido al noroeste del Atlántico,

frente a la costa de Islandia.

Ella, en cambio, vive y colea cada mañana,

frente a su clase, en la que hay dos niñitas

llamadas Germaine, más o menos igual de torpes,

aunque la maîtresse solo castiga a una de ellas

tirándole de las trenzas. ¿Cuál de las dos

niñas será la hija del ilustrísimo alcalde?

Que Annette pronto desarrolle

el sentido de la injusticia se debe,

entre otras cosas, al influjo decisivo

de esta su primera maestra.

Entra como interne en el Collège de Dinan,

la escuela pública para los alumnos

mayores de once. Interne significa

que vive y come en el colegio y solo

regresa a casa cada dos semanas, con

sus padres y mémère. En el autobús observa

a un muchacho llamado Jean-Baptiste, no,

su verdadero nombre no lo conoce,

pero lo llama así por ser tan delgado y

de oscuros rizos, como Juan el Bautista.

¡Sí que empieza pronto! Pero él no se entera.

A los trece años, en 1936, Annette pasa

su último verano en casa de sus padres,

junto al mar. Mais qu’est-ce que c’est que

tout ce monde? Pero ¿de dónde ha salido

toda esta gente? Los socialistas y los

comunistas han implantado las

vacaciones pagadas, solo son quince días,

pero menos es nada, viva el Frente Popular,

le Front populaire. Los veraneantes se bajan

en masa de trenes, microbuses y cualquier

cosa que ruede, blanden redes de pesca y

palas de playa y visten ropa vacacional, una

variante específica de los trajes de domingo,

ennegrecida por el humo de las locomotoras.

Están por todas partes, cantan, juegan al balón.

Donde estuvo el frente marítimo solo queda

otro frente, amplio y popular. Sean de

donde sean, todos llegan de París,

no solo las criaturas, en general les dicen

parisiens, como si viniesen de la capital.

Verano del 36. Lo que pasa en Alemania

es conocido. En Italia gobierna Mussolini.

En España comienza la guerra civil.

A una joven de trece años que vive en

una aldea de Bretaña todo esto le queda

más lejos de lo que hoy están Siria o

el Chad, pero las apariencias engañan,

como de costumbre, pues pronto llegan

los primeros españoles, o mejor dicho

españolas, cuyos maridos están muertos,

heridos o presos mientras ellas, junto a sus

hijos, encuentran refugio en Bretaña.

Annette ya no es interne desde que sus padres

dejaron de vivir en la desembocadura

del río y decidieron establecerse en Dinan,

donde asisten a las refugiadas españolas

y además regentan un café-restaurante,

que, en esencia, se parece mucho a

un comité de bienvenida, en el cual

participan de forma voluntaria y

por una cuestión de amabilidad. Annette

es pacifista, hasta que a los quince

prefiere hacerse terrorista. Mucho la ha

impresionado Chen, uno de los protagonistas

de La condición humana, de Malraux, quien, durante

una rebelión comunista y obrera en la Shanghái del 27,

después de matar a otro busca su propia muerte.

Así vive el ser humano, muriendo. ¿Muriendo

por los demás? O queriendo morir sin más,

morir tan solo. Ese querer morir lo salva del

deber morir y, con ello, de la condición humana.

A Malraux le dan el premio Goncourt, y

puestos a confiar en la rima y en la crítica,

es una figura muy equívoca. Peu importe,

aquí no se trata de eso, sino de la exaltation,

de verse arrastrado por algo y de la sensación

de tener que entregar la vida a una causa

un objetivo un ideal. En el 38 llega el primer

refugiado alemán, que resulta ser refugiada y se

llama Else. «Aunque era alemana, y por tanto de

golpe enemiga, era muy hermosa» (Annette dixit).

Else es de Berlín, mucho no habla y, si acaso,

lo hace en un mal francés, pero sí entiende

algunas cosas, p. ej. el recelo con que es recibida,

así que decide contar la historia de su tío, que

estaba en su propio negocio cuando unos tipos

que lo frecuentaban fueron y lo lincharon.

Claro está que dice la verdad.

Luego estalla una guerra que, al menos

en Francia, todavía no es tal, más bien

un estado de tensa espera al que

los franceses, pese a no tener nada de

divertido, llaman la drôle de guerre, una

guerra de risa. Mucho más sentido del humor

que sus vecinos no es que tengan, pero

unos ases de los idiomas tampoco son,

de modo que, en vez de phoney war oguerra falsa,

como dicen los ingleses, ellos entienden funny war.

Después llega esa guerra que de risa no era.

La ofensiva se inicia el 10 de mayo de 1940

y acaba el 22 de junio. Esas seis semanas

—que fueran seis y no meses, como

poco, y que las tropas alemanas se topasen

con manteca en lugar de murallas— siguen

haciendo mella en los franceses, ochenta

años después. En julio marchan los alemanes

a pas de l’oie o paso de la oca, en alemán Paradeschritt,

paso de desfile, por las calles de Dinan.

Annette tiene diecisiete y quiere verlo de

cerca. Es ahora, en esas semanas, cuando toma

una decisión, si es que no lo hizo mucho antes,

junto a la desembocadura del río Arguenon.

Cuando el mar se acerca impetuoso, el río le

opone resistencia. En primavera y en otoño

la pleamar y la bajamar son muy extremas,

les grandes marées las llaman, o bien las «aguas vivas»,

les vives-eaux. Allí donde el agua salada choca

con fuerza contra la dulce ocurre que, sin

esperarlo, se levanta un muro de mar, un

dique de agua itinerante, llamado mascaret.

Es un asunto menor. Ella tiene diecisiete,

son vacaciones y alguien la aborda, un señor.

Podría ser este el comienzo de un idilio, pero

no. Él se llama S., es prisionero de guerra

y junto a otros dos que, como él, hacen

de traductores para la comandancia, lo

trasladan a otro punto de la ciudad. Los vigilan

con cierta desidia, de modo que S. logra

cruzar con Annette, que por allí pasa, unas

pocas palabras furtivas. Se trata de recoger,

frente al muro del viejo cuartel

—hoy un campo de prisioneros—,

varios paquetitos para llevarlos

a la dirección indicada en el más

pequeño (las que figuran en los

otros son de mentira). ¿Le importaría

hacerlo? ¿Ustedes que creen? Así es: ella

acepta. En la dirección señalada vive una

hermosa y valiente modista que sabe

sacar algo de la nada, de modo que esos

paquetes no van a ser menos. Lleva su

melena rubia trenzada en una diadema

y cuentan que dejó tras de sí una vie de folie,

una vida alegre o más bien reprobable

allá en París, tal como atestigua su hijo,

que ahora está preso en Alemania.

Annette ve a S. dos, tres veces más,

antes de que él se esfume, en dirección a

Londres, como años después sabrán.

Entre varias cosas le deja La esperanza,

L’Espoir, de nuevo una novela de Malraux

—sobre la guerra civil española, que S.

conoce desde dentro—, y unos cuantos

libros más que lleva en su equipaje.

Luego desaparece. Entonces ella

conoce a gente que la pone en contacto con

miembros de la Resistencia, p. ej. un instit o maestro

de escuela, quien, durante ese verano y el siguiente,

le pide que coja la bicicleta y lleve toda clase de

cosas de allá para acá. Y como casi todo,

también eso de resistir se parece poco a

lo que uno cree: no es una decisión aislada

ni evidente, sino un lento e imperceptible

adentrarse en algo de lo que no

se tiene ni idea. Lo primero a lo

que toca resistirse es a uno mismo.

Al propio miedo. ¿Qué pasará si alguien la

descubre y la pilla in fraganti con papeles

u objetos prohibidos? Entonces aprende

que el miedo es algo que se puede vencer.

Pasa un año, pero sigue siendo una jovencita.

¿No se podría acelerar un poco eso de madurar?

¿Cuánto tiempo más deberá soportar esa

vida anodina, para ella carente de toda

emoción? Sin mucho apasionamiento

comienza a estudiar en Rennes, en concreto

Medicina, mientras sueña con la llamada del

destino, con sacrificios y grandes hazañas.

Pero las ocasiones no abundan. A través

del instit ha conseguido algunos contactos que,

a diferencia de los actuales, no son cualesquiera

conocidos, sino todo lo contrario, apenas unas

cuantas personas de confianza, con las mismas o

parecidas intenciones ocultas. Pero ¿cuándo se

pondrá la cosa seria? ¿Por qué nadie le asigna

una misión importante? ¿Cuándo ahuyentarán

a los verdigrises, los vert-de-gris, como

llaman a los soldados alemanes? Y ¿por qué

las calles de Rennes aún no se asemejan a su

equivalente cantonés, sacudido por la revolución,

el que aparece en Los conquistadores, Les conquérants,

otro libro de André Malraux? Solo que el

enemigo, dicho sea de paso, aquí es un nazi, de

profesión imperialista, capitalista y nacionalista.

De momento solo toca esperar y pedalear.

Una pequeña misión la lleva al centro de

Bretaña, a una aldea muy próxima a Uzel,

tan pequeña e insignificante que, desde entonces,

ya no se puede localizar. En un cobertizo la

espera una bicicleta, qué raro, se parece mucho

a la de su padre, anda..., si es la suya..., por

ahí viene. Así que... ¿él también? Su padre le da a

entender que nadie, ni siquiera su madre, alias

Petite Marthe, debe saber nada

de ese encuentro, casual y clandestino.

Todo estupendo y maravilloso, pero

de arriesgado tiene más bien poco.

«Es inhumano» (Annette dixit) tener tanto

tiempo esperando a alguien que decide

arriesgar su vida por un futuro lejano, no,

ni siquiera por un futuro, sino por un ideal,

que lo pone todo en juego por algo que

es inalcanzable. En la carrera conoce por fin

a Charles, trotskista, que la manda a una

reunión en Brest, donde llueve, como era de

esperar. Los soldados de la Kriegsmarine se

funden con la noche azul. Annette sale de

un callejón oscuro y entra en otro que lo es

más, llama primero cuatro, luego dos veces

a una puerta: ¡Aquí Dinan! Es lo acordado.

Ella es Dinan, digna encarnación de la ciudad.

El toque de queda obliga a los presentes (unos

pocos hombres y tres mujeres, con Annette)

a pasar el resto de la noche debatiendo. El

resultado es un llamamiento, en un alemán

precario, para que los verdigrises se

distancien de los camisas pardas & abrigos

negros. ¿Cómo? ¿De verdad estos noctámbulos

pretenden convencer a los soldados alemanes

de que abandonen? ¿Y que renieguen de su

Gobierno? ¿Puede haber mayor ingenuidad?

En un parque por el que se pasean alemanes

de a pie tiene que repartir esas octavillas,

pero, por suerte para nosotros y no tanto

para ella, espera en vano la entrega. ¡Falsas

promesas! Iniciativas irrisorias y audaces que,

en el verano del 42, provocan detenciones

en su entorno. La prudencia impone

abandonar Rennes, y esta vez Annette

obedece. Ansía participar en acciones

de más envergadura, y lleva ya tiempo con

los ojos puestos en el PC, que, antes de

ser la sigla de«ordenador personal» en

inglés, fue un partido prohibido en Francia

desde septiembre del 39.

«Si a los dieciséis no se tienen fuertes

convicciones» (Annette dixit), «es muy

probable que nunca se tengan» (Annette

non dixit). Ante los muertos y el terror y

todo lo que suelen deparar las revoluciones

cerramos los ojos, «confiamos y echamos

a correr» (con las prisas, Annette re dixit),

y además hacia un lugar que ni siquiera

existe y nunca existirá, ese lugar donde

la paz, la libertad y la fraternidad no

reinan, claro que no, más bien... ¿imperan?

En París no es que eso suceda, pero

es la ciudad donde recala Annette, la

que echó a correr, y donde pronto actuará.

Su cuarto está en el boulevard Kellermann,

un alsaciano que, junto a Dumoriez, venció a

los prusianos en Valmy. Hoy, en septiembre del 42,

en ese bulevar que luce orgulloso su nombre

—Annette vive casi en frente—, hay una

fábrica llamada Gnome et Rhône,que

casi suena a confraternidad, a amistad

francoalemana. Pero lo que allí de verdad

se fabrica son motores para la Luftwaffe,

también los del Messerschmitt Me 321.

El nuevo domicilio de Annette

no le agrada demasiado a su madre,

pero no se quedará mucho tiempo.

Estudia Medicina y, de momento, solo

tiene una conocida en París, que se llama

Mona Lisa. Los estudiantes parisinos son

de lengua rápida y acrobática, lo mismo se