Antichristie - Mithu M. Sanyal - E-Book

Antichristie E-Book

Mithu M. Sanyal

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Beschreibung

Londres, 2022: ¡la reina ha muerto! Durga, guionista internacional, hija de padre indio y madre alemana, hambrienta de rebelión y de alucinaciones, viaja a la capital británica para trabajar en una polémica adaptación televisiva de las novelas policiales de Agatha Christie. El caos por el presente quedan eclipsados por lo imposible: un salto en el tiempo la lanza a 1906, en pleno corazón del Imperio británico. Ahora se llama Sanjeev, tiene pene y vive en la India House junto a revolucionarios reales como Madan Lal Dhingra y Vinayak Savarkar, que luchan contra el colonialismo con métodos que cuestionan su admiración por Gandhi. Si Identitti exploraba las políticas identitarias, Antichristie se adentra en el colonialismo y la violencia que nos atraviesa

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Seitenzahl: 740

Veröffentlichungsjahr: 2025

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«No existe en la literatura alemana una novela poscolonial a la altura de esta, con decenas de personajes sabihondos, auténticamente históricos pero apenas conocidos en nuestro país, que hablan y discuten sin cesar». –Iris Radisch, Die Zeit

«Resulta apasionante leer a Mithu Sanyal caracterizar a Gandhi como un personaje muy poco simpático y abordar las raíces de la lucha independentista y el terrorismo. El viaje temporal de Durga en el cuerpo de un hombre es erótico, gracioso, y al mismo tiempo rezuma tristeza… Brillante». –Peter Helling, NDR Kultur

«Sanyal exuda talante narrativo y nos tiene preparados diálogos tumultuosos… Una novela de viajes en el tiempo que cortocircuita los debates actuales con un inteligente relato sobre el espíritu de la resistencia de hoy y de ayer». –Shirin Sojitrawalla, taz

«Es evidente que Antichristie debería colocarse en la misma estantería que Hijos de la medianoche, la mágicamente demoledora novela de Salman Rushdie sobre los antecedentes de la declaración de independencia, y La impostura, de Zadie Smith, y no con la prudente literatura en lengua alemana».

–Marie Schmidt, Süddeutsche Zeitung

«Antichristie es salvaje, fascinante, divertida y trágica. Tan abundante en alusiones y referencias que aturulla, y tremendamente informativa». –Silvia Feist, Emotion

«La novela de Mithu Sanyal, Antichristie, juega con los viajes en el tiempo, aborda el colonialismo, la lucha por la independencia irlandesa, el racismo, el machismo y los derechos de la mujer, y al mismo tiempo es divertida». –Karin S. Wozoning, Die Presse

«Antichristie enriquece el debate sobre el origen más allá de la identidad blanca y biológicamente alemana, porque no solo aborda sentimientos como la pérdida y el duelo, sino también el carácter polifacético y ambiguo de dichas identidades».

–Marlen Hobrack, Der Freitag

«Antichristie promete una aventura salvaje en la que todo parece posible. O casi todo». –Michaela Pichler, ORF, FM4

«Un auténtico placer. Una novela que ofrece una experiencia literaria a todos los niveles. Para lectores que disfruten de las novelas multifacéticas y a los que también les interese el colonialismo». –Denis Scheck WDR2

«Nadie es capaz de dar vida en conversaciones a los debates actuales y la ideología como lo hace Mithu Sanyal».

–Volker Weidermann, ZEIT

«Un libro apasionante que demuestra lo actual que puede resultar la historia».

–Franziska Hirsbrunner, SRF, BuchZeichen

Antichristie

Mithu Sanyal nació en 1971 en Düsseldorf y es investigadora y crítica cultural, autora y periodista. En 2009 publicó el ensayo Vulva. La revelación del sexo invisible; en 2016, Violación. Aspectos de un crimen; y en 2021 publicó en consonni su primera novela, Identitti, que fue finalista del Premio Alemán del Libro y recibió el Premio Literario de la Región del Ruhr y el Premio Ernst Bloch de 2021.

Antichristie

Mithu M. Sanyal

Traducción de Paula Aguiriano Aizpurua

Autoría Mithu M. Sanyal

Traducción del alemán Paula Aguiriano Aizpurua

Prólogo Tatiana Romero

Corrección Lidia Pelayo Alonso y Sonia Berger

Imagen de cubierta Circo Gringo

Bookwire

Edición consonni

C/ Conde Mirasol 13-LJ1D

48003 Bilbao

www.consonni.org

Primera edición en español:

noviembre de 2025, Bilbao

ISBN: 978-84-19490-71-1

Depósito legal: BI 01199-2025

Edición original: Antichristie, de Mithu M. Sanyal, publicado por Carl Hanser Verlag, 2024

© 2024 Carl Hanser Verlag GmbH & Co. KG, München

Derechos negociados a través de Ute Körner Literary Agent

– www.uklitag.com

© de la traducción, Paula Aguiriano, 2025

© del prólogo, Tatiana Romero, 2025

© de la imagen de cubierta, Circo Gringo, 2025

Fotografía: Neil Kendall

Modelo: Millie Dollar

Body Paint: Kelly Farrari

Máscara: Circo Gringo

Escenografía: Domina ex Mortis

© de esta edición, consonni ediciones, 2025

Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.

La traducción de esta obra ha recibido una ayuda del Goethe-Institut.

consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.

Índice

Prólogo «El mapa del mundo está rasgado por todas partes» o la historia que Occidente no quiere ver Tatiana Romero

Antichristie

THE QUEEN IS DEAD

Día D

OPERACIÓN LONDON BRIDGE Día D + 1

OPERACIÓN UNICORN Día D + 2

OPERACIÓN SHAMROCK Día D + 3

OPERACIÓN LION Día D + 4

OPERACIÓN OVERSTUDY Día D + 5

THE QUEUE Día D + 6

OPERACIÓN DRAGON Día D + 7

OPERACIÓN KINGFISHER Día D + 8

OPERACIÓN FEATHER Día D + 9

OPERACIÓN SPRING TIDE Día D + 10

Títulos de crédito

Escenas eliminadas

Reparto y equipo

Citas

Traducción

Imagen de cubierta

Prólogo

Colección

Prólogo «El mapa del mundo está rasgado por todas partes» o la historia que Occidente no quiere verTatiana Romero

Durante muchos años, quienes pretendemos tener cierta conciencia antirracista, hemos repetido incluso de manera totalmente contraproductiva que la Historia (con mayúscula) la escriben los vencedores (en masculino), y yo no puedo estar más de acuerdo. Creo que una de mis motivaciones para estudiar Historia fue justamente ese deseo que tiene más de salvadora blanca que de activista antirracista de «dar voz a los sin voz», de estudiar a los que durante siglos se ha llamado «pueblos sin historia»; pero ha sido justamente el estudio de la historia lo que me ha llevado a estar totalmente en contra de esta afirmación.

Estoy de acuerdo porque la Historia con mayúscula es, efectivamente, un constructo de Occidente y, por lo tanto, eurocéntrica. Como ejemplo principal tenemos la llamada primera obra historiográfica, Historíai de Heródoto de Halicarnaso (430 a.n.e.), quien, con el pretexto de narrar las Guerras Médicas, es decir, los enfrentamientos militares entre los griegos y los persas (a quienes durante siglos se llamó «bárbaros» o «asiáticos»), también hace una descripción del pueblo egipcio, colocando, por supuesto, a los griegos en lo más alto de la pirámide étnica. ¿Cómo negar entonces que quien ostenta el poder tiene la capacidad de crear verdad, como diría Foucault?

Pero, también estoy en contra, porque los pueblos que a partir de 1492 sufrieron el proceso de colonización, escribían historiografía y por supuesto siguieron haciéndolo muchos siglos más tarde después de las guerras de conquista, lo mismo que quienes fueron colonizados en los siglos XVIII y XIX, en lo que occidentalmente conocemos con el eufemismo de «Imperialismo». Lo que sucede es que, por un lado, no hay traducciones y mediaciones culturales que acerquen esa historia a la blanquitud occidental, que sin ellas solo muestra una ausencia total de interés por todo lo que sucedió y sucede fuera de las fronteras del norte global; y, por el otro, es impensable un pueblo sin historia, por mucho que la descripción se quiera utilizar para los pueblos ágrafos, desdeñando formas de construcción y mantenimiento de la memoria como la tradición oral.

Quienes nacimos en países que fueron colonia, o somos hijas de las diásporas poscoloniales, estamos acostumbradas a que nuestra historia exista solo a partir del momento de la colonización y que la historia previa también sea vista y narrada a través de los ojos del colonizador. Durante siglos el Imperio español basó sus conocimientos sobre la Abya Yala en textos como la Historia de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas (el mismo que teorizó sobre la humanidad de los indígenas y a quien se admira hasta la fecha por la defensa de los «derechos» indígenas y que al tiempo propuso como solución a la explotación indígena la esclavización de personas negras); en Garcilaso de la Vega y su Comentarios reales de los incas; o Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, quien fue comisionado por la Corona española para escribir la historia de los pueblos indígenas precolombinos.

Todos estos textos están efectivamente escritos por los vencedores y han servido como vehículo para justificar la colonización como proceso pacificador, ya que, a los ojos del colonizador, los pueblos indígenas eran tan bárbaros que inevitablemente y casi como un destino manifiesto, estaban condenados a matarse los unos a los otros. Sin embargo, ¿cuál es el lugar de enunciación del colonizador? Si mientras que en lo que era Tenochtitlán, la capital del Imperio mexica, se practicaban sacrificios humanos rituales (una de las prácticas más satanizadas y replicadas en la historiografía colonial), en Toledo, el Tribunal del Santo Oficio quemaba personas en la hoguera acusadas de herejía y plantaba las bases racistas de Occidente a través de la «limpieza de sangre». La historia de Occidente es la historia del colonialismo, y el colonialismo es la violencia destructiva y devastadora más brutal de la historia. Como dice Frantz Fanon en las primeras líneas de Los condenados de la tierra: «El colonialismo no es una máquina de pensar, no es un cuerpo dotado de razón. Es la violencia en estado de naturaleza».

En el siglo XIX, dice Mithu Sanyal, los británicos escribieron libros de historia de la India, de historia de los pueblos de la India, de los hindús y los musulmanes, para llegar a la conclusión (obviamente) de que su presencia en la India era necesaria porque de lo contrario, al igual que en Abya Yala, musulmanes e hindús se matarían los unos a los otros por los siglos de los siglos. La figura de la autoridad colonial como pacificadora llega hasta nuestros días, se ha reinventado y reactualizado; pasando por la actuación de las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas, mejor conocidas como «cascos azules», que estuvieron muy activas durante todo el siglo XX, en las recién creadas naciones independientes poscoloniales, hasta los llamados «planes de pacificación», desde Afganistán hasta Haití y Palestina.

Frente a la historia que legitima el colonialismo, hay otra historia que late fuerte en la memoria ancestral y reciente: la visión de los vencidos.

Hoy día, por ejemplo, sabemos gracias al trabajo de archivo de historiadoras decoloniales que 9 de cada 10 indígenas murieron durante las guerras de conquista de Abya Yala, ya sea masacrados por armas de fuego o por las enfermedades europeas como la viruela, el sarampión, la gripe o la difteria. También gracias a la historia decolonial, sabemos que el momento más intenso de tráfico de personas esclavizadas en el Atlántico fue entre 1700 y 1808, y que en su mayoría eran barcos con bandera británica los que mayor actividad esclavista tuvieron. Pero lo que yo no sabía y que nos cuenta Mithu Sanyal a través de la voz de Maryam, uno de los personajes de la novela, es que la Real Compañía Africana, fundada en 1645, transportó más africanos esclavizados a América que ninguna otra institución, y que en los barcos se les marcaba a fuego en la piel las iniciales DY, por el director de la Compañía, el duque de York, quien más tarde sería el rey Jacobo II.

El Imperio británico fue el más extenso de la historia, estaba repartido en casi una tercera parte de la masa continental del planeta, así mismo en el siglo XX llegó a contar con unos 458 millones de habitantes. La expansión imperialista conocida como «Nuevo Imperialismo», que se inicia en 1875 y llega a su cénit en 1914, tiene implicaciones políticas, económicas, ideológicas, emocionales y raciales que llegan hasta nuestros días.

¿Y qué tiene todo esto que ver con una novela escrita por una alemana de madre polaca y padre indio con un título como Antichristie y que a primera vista va de libros de misterio, en concreto de la interpretación antirracista de la «reina del misterio»?

Agatha Christie es la autora más traducida de la historia, según el Index Translationum de la UNESCO, y la tercera más popular después de Shakespeare o la Biblia, y si algo le gusta a Mithu Sanyal es la cultura pop. Ya en Identitti, su primera novela, mostraba un manejo amplísimo de referencias a series, películas, libros, e incluso utilizaba el lenguaje, entonces imperante en nuestras vidas, de reducir nuestros pensamientos y argumentos a los 280 que nos permitía Twitter. No es extraño entonces que en Antichristie se decida a poner sobre la mesa toda una serie de debates poscoloniales, feministas, raciales e incluso transhistóricos (ella es muy dada a lo trans como forma de pensamiento queer extensible a todos los ámbitos de la cultura) a través de dos figuras tan arraigadas en la cultura popular, sobre todo con la que ella, como hija de la diáspora india, creció: la reina Isabel II y Agatha Christie. En Antichristie no hay tuits, pero hay notas originales de los periódicos de la época, el Indian Sociologist es uno de ellos.

La genialidad de Sanyal es tanta que enmarca los 12 capítulos del libro en los 12 días en los que transcurre la novela, que son los mismos 12 días de luto nacional por la muerte de Isabel II, días de solemnes homenajes en los que Durga, la protagonista inspirada en la diosa hindú de la guerra, se traslada al Londres de 1906, donde conoce a los grandes mártires y próceres de la independencia india: Gandhi, Savarkar, Lal Dhingra. Ella misma, Durga, se transmuta en un joven indio, Sanjeev, quien dentro de sí no deja de ser una mujer feminista y antirracista del siglo XXI, que además sabe cuál es el destino de todas las personas a quienes conoce: prisión, tortura y ejecuciones. Ahí, en ese viaje en el tiempo, late la historia de las subalternas, la visión de los vencidos, la escritura bastarda y anticolonial que mezcla géneros, tiempos narrativos, personajes reales con ficticios, autoficción con rigor histórico y que, entre referencias a Doctor WHO y la cantante alemana de los años ochenta Nena, se pregunta también cómo son las relaciones interpersonales marcadas por la racialidad, por los orígenes o la ideología.

Frente a una negación constante y consciente de Occidente de la historia del colonialismo y sus alcances destructores, Mithu Sanyal justamente hace de mediadora y traductora cultural para plantear una de las tareas más urgentes hoy día: la descolonización de la historia, de la literatura, del pensamiento; y la elección de una novela de misterio no es fortuita, porque como ella misma dice: «La literatura es una conversación curiosa y salvaje a través de las generaciones. Y la función del género policiaco es visibilizar lo oculto. Que en nuestro caso es la historia colonial en la cultura pop».

Isabel II es mucho más que un fashion icon, (en Antichristie no podía faltar el guiño a los sombreros de la monarca) o un referente de la cultura pop. Isabel II es la encarnación del mito imperial, la personificación del Imperio británico con todo lo que ello conlleva: colonización, esclavización, explotación y despojo. Isabel II es el símbolo de la violencia que la modernidad ha impuesto como civilización. Su imagen, literalmente, representa el supremacismo blanco, un sistema que clasifica de manera arbitraria, pero no inocente, a los seres humanos y las vidas, como de primera, de segunda o de tercera. No es baladí que el punto de partida de la novela sea la muerte de la monarca, que sucedió en un momento en el que las comunidades racializadas, tanto en las calles como en las academias y la política, estaban pugnando por una revisión del pasado colonial británico. Porque, ciertamente, la reina ha muerto; pero el legado colonial pervive.

¿Cuál es la historia que nos enseñan en el colegio o en la universidad? ¿Cómo se enseña la historia? ¿Por qué Mithu Sanyal siendo hija de la diáspora poscolonial sabe tanto sobre los nazis y tan poco sobre el colonialismo? ¿Por qué en América Latina sabemos tanto de la historia de Europa, con sus Primera y Segunda Guerra «Mundial» y tan poco sobre los procesos de lucha anticolonial que en los años setenta y ochenta se sucedieron desde México hasta el Cono Sur del continente?

Quizás sea tiempo de cambiar las historias que nos contamos a nosotras mismas.

Todos los nombres, personajes y acontecimientos de esta novela son ficticios. Cualquier parecido con personas reales (vivas o muertas) es pura casualidad.

«Todos los personajes y acontecimientos de esta película son ficticios. Cualquier parecido con personas reales (vivas o inmortales) es pura casualidad».

MUJERES, PAZ, LIBERTAD:

LA HISTORIA DE CHARLOTTE DESPARD

«Todos los personajes y acontecimientos de esta obra (incluidas las personas reales) son invención de nuestro inconsciente».

EL POIROT DE ANTICHRISTIE: DIEZ RACISTITAS

«Esta historia está basada en hechos, cualquier parecido con acontecimientos ficticios o viajes en el tiempo es pura casualidad».

DOCTOR WO

Esto es un aviso legal. Todos los personajes que se parecen a la autora son inventados, y todos los personajes inventados son históricos. Para más información puede consultarse la lista de Reparto y equipo de los títulos de crédito, a partir de la pág. 573.

THE QUEEN IS DEAD

INTRO:

(((PRIMER PLANO)))

Noche. Sombra. Milenrama para cortar la hemorragia. Dedalera para el corazón. El lúpulo te duerme.

(((EXTERIOR - AFUERAS DE LA CIUDAD - ZOOM)))

El plop, plop, plop de un reguero de agua que gotea sobre una puerta de garaje abollada hace vibrar el metal como un címbalo. Una ráfaga de viento empuja una nube de cenizas.

(((BARRIDO)))

La ceniza sigue flotando calle abajo (((TRAVELLING)))

se arremolina en la esquina, gira, levanta polvo y hollín hasta formar un torbellino que se balancea lentamente inclinándose hacia la CÁMARA.

(((EN OFF)))

«También podemos aprender de los espíritus». Elif Shafak

«Fossils are really an imprint of another body that we don’t have access to anymore».1Siegmar Zacharias

«First things first, but not necessarily in that order». Doctor WHO

1

Un proverbio indio dice: «No esparzas cenizas con el viento en contra». Durga siempre lo había considerado una metáfora: no luches contra aquello que sucederá de todos modos. Al desenroscar ahora la tapa de la urna, la primera ráfaga de viento le sopló las cenizas de su madre a la cara y Durga se dio cuenta de que el significado era literal: nunca subestimes el poder de lo fáctico.

Su padre tosió. La mujer de este interrumpió su perorata para preguntarle:

–¿Estás bien, Dineshito? –y prosiguió sin esperar respuesta–: Lila y yo siempre nos entendimos bien. Siempre he dicho que no había razón para odiarnos. ¿Te he contado que siempre me llevé bien con tu madre, Durga?

Durga asintió a la defensiva. Apreciaba la infinita amabilidad de Rosa, pero en esos momentos estaba harta de ella.

–Just pretend it’s a sitcom –le susurró Jack.

Pero Durga no quería enfrentarse al entierro de su madre como si fuera una comedia. No quería enfrentarse al entierro de su madre en general. Claro que en realidad su madre no estaba siendo enterrada sino esparcida, si bien no era tanto el grupito de dolientes que se apiñaban para protegerse del viento cortante sino los propios elementos quienes la dispersaban. A Lila le habría gustado; cuanto más dramático, mejor. Special Effects by God. Fuera cual fuera el dios que prefiriera en ese momento.

Jack le abrazó la cintura a Durga como diciendo: sé que no necesitas un hombre fuerte a tu lado, pero ¿qué te parece un hombre sexi?

–Lo estás haciendo de… –dijo, y calló al inhalar una bocanada de Lila.

En ese momento, el bolsillo del abrigo de Durga empezó a tocar «Death is not the End». Pasó la urna al siguiente, sacó el móvil y vio que la habían añadido a un grupo de Signal: «No está muerta, la están enterrando viva». ¿Qué cojones?

Death

«Ten cuidado de que no atornillen el ataúd.» ¿Ataúd?

is not

«Su marido la ha hecho incinerar. Eso es asesinato.» Y luego vio el nombre del grupo: «Antichristie».

the End.

«¡El crimen perfecto!» No eran peligrosos acosadores que la acecharan en el entierro, sino sus nuevos compañeros guionistas en Londres, a donde se marcharía dentro de dieciocho horas.

–También puedes silenciar los mensajes, ¿lo sabes? –sugirió su hijo.

–No se me habría ocurrido nunca, Rohan –respondió Durga. El crujido de la ceniza entre los dientes le recordó a su infancia, cuando el cuerpo de Cristo se le pegaba al paladar después de comulgar.

–Puedes irte a Londres más adelante, ¿lo sabes? –sugirió Jack. Durga se ahorró la respuesta.

«Puedes escapar de una sala cerrada con llave quitando los tornillos de las bisagras y abriendo la puerta por el lado del gozne, ¿lo sabes? –sugirió una tal Maryam del chat de Signal–. Luego solo tienes que volver a atornillarlos y nadie sospechará que has salido en ningún momento.» Y eso realmente no se le habría ocurrido nunca a Durga.

Bajó el volumen, pero dejó el móvil encendido. Nadie esperaba que participara en tormentas de ideas durante el entierro de su madre, sobre todo porque al día siguiente ya viajaba a la writers’ room de Agatha Christie. Pero leer a los demás guionistas reflexionar sobre pasadizos secretos, cartas con tinta invisible y cuchillos tallados en hielo que simplemente se derretían después de usarlos le proporcionaba cierta sensación de realidad en aquella situación surrealista.

Lo más surrealista era, sin duda, que Lila estuviera muerta. ¿Quién entendía realmente a su propia madre? Pero Durga tampoco habría entendido a Lila aunque no hubiera sido su madre. Lila y su obsesión por la muerte cuando… aún no estaba muerta. Para Lila, morir traía consigo infinitas posibilidades estéticas, un filtro steampunk para la vida normal, que naturalmente proseguía, y además para siempre. Estar muerta significaba ser inmortal.

–¡Cuando muera sabréis la verdad!

–Mamá, tienes setenta y cinco años, no quince –había protestado Durga. ¿Cuándo? Una y otra vez. Pero la última había sido dos semanas antes.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó Lila–. ¿Qué es el tiempo?

–Todo el mundo sabe lo que es el tiempo. El tiempo es lo que ves cuando miras el reloj –citó Durga al físico Sean Carroll.

Alguna ventaja tenía que no fuera la primera vez que mantenían esa conversación. Por eso había dado por supuesto que tampoco sería la última. No estaba en absoluto preparada para que su madre dejara de esperar a la muerte y se abalanzara activamente hacia ella como si fuera un amante, si ese amante hubiera sido un tren que iba hacia ella a toda velocidad.

–¿No sabes dónde quería tu madre que se esparcieran sus cenizas? –había preguntado Jack con incredulidad cuando sucedió lo inimaginable y su madre pasó en un abrir y cerrar de ojos de tener aliento a no tenerlo, de ser una persona a ser un cadáver, un cuerpo muerto donde debía haber un cuerpo vivo, un fallo en el universo–. ¡Pero si no hablaba de otra cosa!

Eso no era del todo cierto. Lila tenía muchísimos temas preferidos: ovnis, BlackRock y Vanguard, ovnis, el One-World-Government bajo el dominio de las casas reales europeas, que la estatua de la Libertad era transgénero, ovnis; pero es cierto que su propia muerte era lo que más la fascinaba. Se trataba de la pregunta que solo podría contestarse cuando ella ya no pudiera transmitir la respuesta. («¿O quizá sí?» – Lila).

–¡Exacto, no dejaba de hablar de ello! ¿Entonces por qué no lo sabes tú? –replicó Durga. Prefería la rabia al dolor.

–¿Tenía algún lugar favorito? –acudió Jack en auxilio de su memoria.

–Pues claro que lo tenía. –Desgraciadamente, Durga no lo recordaba–. Gerolstein, Fachingen, una de esas ciudades con nombre de agua con gas.

Y allí estaban ahora, en un prado cerca de Sinzig, lanzando las cenizas de Lila al Harbach, donde formaban burbujas sucias. Durga levantó la vista e inmediatamente se sintió sola frente a ese entorno natural con el que no sentía vínculo alguno: verde aséptico y césped húmedo cortado al ras. ¿Cómo había podido su madre querer hallar aquí la paz eterna? Y entonces cayó en la cuenta de que precisamente ese era el problema, la paz que lo cubría todo en aquel lugar, como una eterna tarde de domingo de su infancia. Solo faltaban las campanas de una iglesia y el olor a goulasch. Y en ese momento comenzaron a sonar las campanas.

El padre de Durga se limpió las cenizas de su exmujer de la cara. A Durga le dolió que, por primera vez, la mano de él fuera más clara que la suya. Incluso la línea que separaba la palma del dorso pigmentado había perdido nitidez, una señal de lo poco a menudo que emprendía el fatigoso viaje hacia el exterior de su casa. Con la otra mano se apoyaba pesadamente en un bastón, hasta que Rosa abrió una banqueta de camping de los años setenta y Dinesh, agradecido, se dejó caer sobre el asiento floreado.

–¿Te acuerdas del proverbio de las cenizas? –preguntó Durga.

Su padre la miró con ojos cansados.

–No. ¿Qué cenizas?

–Las que se esparcen contra el viento.

Dinesh asintió.

–En India esparcimos las cenizas de nuestros muertos.

–Pero Lila no es india –dijo Rosa para cambiar de tema, y por una vez dio en el blanco. Durga se preguntó una vez más por qué las dos mujeres de su padre habían escogido como nombre mezclas entre el rojo y el azul.

Rosa era el diminutivo de Roswita.

Lila era el diminutivo de Sigrun.

Lila no necesitaba que la realidad marcara la pauta. Una vez casada con Dinesh Chatterjee, se había dejado la piel en la lucha por la independencia india, a pesar de que ya se había logrado para cuando ella nació. Lila era uno de aquellos «hijos de la medianoche» que habían abierto los ojos por primera vez justo cuando la India despertaba a la vida y a la libertad. Al padre de Durga le encantaba contar que un amigo bengalí lo había llevado a la fiesta de cumpleaños de Lila y que Dinesh supo que sería la mujer de su vida antes incluso de ver a aquella desconocida que tenía exactamente la misma edad que su país.

Solo que Lila, naturalmente, no había sido la mujer de su vida, sino una de las mujeres de su vida, y la lucha por la liberación de la India solo había sido una de las luchas por la liberación de la vida de ella. Lo único en lo que Lila se había mantenido firme era en su decisión de ser incinerada. Y, al igual que la mayoría de sus decisiones, aquella también le causó a Durga enormes complicaciones.

–¿Cementerio obligatorio? –le había preguntado estupefacta al empleado de la funeraria.

–Sí, es horrible, ¿verdad? –respondió el joven de buen humor, y se recolocó la plaquita con su nombre en la chaqueta. «D. R. Dath», leyó Durga, y supo que Jack ya lo había bautizado mentalmente como Dr. Death.

–¿Cementerio obligatorio? –repitió Jack como si ella le hubiera dado pie–. What’s that supposed to mean? ¿No te muevas de la tumba o te pondremos una multa?

El empleado de la funeraria lo miró con gesto radiante, como si por fin hubiera dado con una persona que lo entendiera de verdad.

–Oh –exclamó Jack al no recibir réplica–. Pero habrá exceptions, ¿verdad?

–Por supuesto.

Solo que esas excepciones –sepelio marino, sepelio forestal– únicamente se referían al lugar, pero no a la persona autorizada a trasladar a Lila hasta él. En el momento de su muerte, el cuerpo de Lila Chatterjee había pasado a manos del Estado y solo los cargos autorizados estaban facultados para tocarlo. Incluso en los prados para esparcir cenizas de algunos cementerios selectos –«¡Tiene suerte de que estemos en Nordrhein-Westfalen!»–, Durga no habría podido espolvorear en persona las cenizas de su madre, sino que lo habría hecho un encargado con una especie de salero sobredimensionado. ¿Espolvorear? ¿A Lila? El peso de su madre, con el que no le dejaban cargar, la lastraba de tal manera que Durga estaba segura de que, al levantar la vista, el cristal reflectante de la funeraria le devolvería la silueta de Lila, solo en negro y sin luz, como si estuviera hecha de antimateria, Antilila.

Jack bufó y le alcanzaron un pañuelo, al que dirigió una penetrante mirada de irritación.

–Vale, nada de sepelios –dijo tan despacio como si hablara con un niño–. ¿Qué hago si quiero llevármela a casa?

–Ah, entonces tengo exactamente lo que necesita –respondió Dr. Death, y abrió un estuche en cuyo interior de terciopelo reposaba un diamante del tamaño de un huevo de pato con la inscripción «Para toda la eternidad».

–¡Bienvenidos al capitalism! –estalló Jack–. ¿Why is it okay que haga prensar a mi suegra para transformarla en un diamante, pero sus cenizas sean tabú? ¿Qué ha sido de la vieja tradición de guardarla en una lata de café y luego beberse por descuido una taza de mother-in-law un día de borrachera?

–Shut up –dijo Durga.

Pero al empleado de la funeraria le encantaba el humor británico. Solo que lo llamó humor inglés y desató un torrente de improperios escoceses por parte de Jack, que sí era británico pero no inglés, de NINGUNA MANERA era inglés.

Eso animó aún más al joven, que le clavó el codo en el costado a Jack con una sonrisita.

–¿Sabe qué debería hacer?

–No, eso es lo que llevamos un rato intentando averiguar –contestó Jack en tono amenazador.

–Debería buscar un crematorio relativamente liberal.

–¿Qué significa eso? –preguntó Durga antes de que Jack pudiera decir algo que provocara otro ataque de risa de Dr. Death.

–Simplemente un crematorio que no exija certificar el paradero de las cenizas.

–Good man! –dijo Jack.

2

La urna todavía estaba medio llena cuando empezó a llover. La tía Elisabeth y el tío Ralf volvieron al coche a toda prisa. Las amigas de Lila, a las que Jack llamaba «the three witches» (para gran satisfacción de la propia Lila), los siguieron con sus abrigos negros ondeando al viento, y luego iba Dinesh, apoyado en Rosa, despacio y con paso vacilante hasta que Rohan sujetó a su abuelo por el otro lado. El farolillo rojo eran Stanis, el primo de Durga, y su marido. Durga lo había visto por última vez en la boda, y antes de eso seguramente en el entierro de su abuela. La noción de familia era algo que se heredaba, y Lila no la había vivido con suficiente intensidad como para dejarle a Durga algo más que rostros que envejecían a cámara rápida cuando los volvía a ver al cabo de cinco, quince o veinticinco años.

Stanis se inclinó hacia ella y señaló la urna:

–¿Sabes que esa en realidad no es tu madre?

–Pues claro que no es Lila –respondió Durga agradecida y enfadada al mismo tiempo. Por supuesto que no era su madre lo que estaban esparciendo por el paisaje, no era la esencia de Lila, ni su hálito, ni su alma.

–No, digo que no son las cenizas de Lila –dijo Stanis–. Después de una incineración solo quedan el cráneo y la pelvis. Lo demás se esfuma por la chimenea. Como Papá Noel pero al revés. –Esperó a que respondiera a su chiste con una sonrisa y repitió complaciente–: Como Papá Noel pero al revés.

–Ya te ha entendido, simplemente no le parece funny –dijo Jack, que tenía la capacidad de decir a la gente a la cara las cosas más increíbles sin que nadie sintiera la necesidad de darle un puñetazo. Probablemente se debía a la mezcolanza anglo-alemana en la que hablaba, que hacía que los peores insultos sonaran adorables.

–Ah –respondió Stanis con la serenidad que cabía esperar–. Resulta que el cráneo y la pelvis se trituran antes de meterlos en la urna.

Durga no fue capaz de decidir si eso era mejor o peor que recibir la piel, el estómago y el útero calcinados. Como no encontró respuesta, le estrechó la mano mientras el bolsillo de su abrigo tarareaba «Death is not the End».

–Do me a favour y cambia de tono para los mensajes –se quejó Jack–. ¿Qué quiere ahora tu grupito de writers antirracistas?

«¡Salimos en PRIMERA PLANA!»

Durga pinchó en el enlace a un artículo del Daily Mail: «Tras Roald Dahl e Ian Fleming, ¡AGATHA CHRISTIE ES LA NUEVA VÍCTIMA DE LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN! Primero reescribieron sus textos y ahora van a purgar las películas. ¡Bienvenidos a UN MUNDO FELIZ Y POLÍTICAMENTE CORRECTO!».

Durga nunca había adorado tanto a la prensa por su infinita capacidad para indignarse. En el trayecto de vuelta a Colonia consiguió reprimir cualquier pensamiento sobre su madre gracias a unas entretenidas adivinanzas sobre medios de comunicación.

–«Polémica por una nueva versión antirracista de las películas clásicas de Agatha Christie» –leyó Rohan en voz alta.

–Ni idea, podría ser cualquiera. ¿Deutschlandfunk Kultur? –conjeturó Durga.

–WDR 5 –respondió Rohan–. ¿«Agatha Christie depurada»?

–Fox News –probó Jack.

–Die Welt –dijo Durga.

–Faz –contestó Rohan–. ¿«Caso cerrado para Hércules Poirot»?

–¿Focus?

–No. Sternstunde Philosophie. –Rohan deslizó la pantalla por una ristra infinita de titulares–. Alucino con la cantidad de gente a la que le interesan los libros.

Jack alargó la vista por encima de su hombro.

–¿«This woke censorship of AgathaChristie is wrong»?

–Sun –sugirió Durga.

–Telegraph –respondió Jack–. Pero el Sun también ha escrito sobre el tema: «Idiots who remove AgathaChristie’s racier sideare just criminals».

«Si ahora conseguimos que no lo cancelen, ¡tenemos las audiencias aseguradas! XOXO Christian», escribió el ayudante de producción en el grupo de Signal.

–Qué vergüenza ajena–dijo Rohan.

–¿Lo dices por su obsesión con las audiencias? –preguntó Durga.

–No, por los hugs ’n’ kisses. ¿Por qué no pone emojis como una persona normal?

Lo único que había hecho falta para poner en marcha la espiral de indignación había sido una entrevista con el productor publicada al mismo tiempo en la BBC y en el Times Literary Supplement titulada «Let’s kill the Queen». Jack la vio por internet mientras Durga vagaba sin rumbo por la casa en lugar de hacer la maleta, y cada vez que iba al baño a coger algo, pasaba varios minutos con la vista clavada en el espejo, en el que se veía igual –truco: luz cálida y frontal– que cuando había empezado a salir con Jack, como si existiera un mundo al otro lado del espejo en el que estaba a salvo de la finitud de la vida. Se sentía como un manojo de historias. A los cincuenta ya se habían acumulado una buena cantidad de ellas, y todas habían perdido el sentido.

–But my dad died too –objetó el rostro de Jack, que había aparecido a su lado en el espejo.

–Es distinto –dijo ella.

–Why?

–Porque era tu padre.

–¿Énfasis en «tu» o en «padre»? –preguntó Jack.

–¿De qué quieres acusarme, de egoísta o de machista? –le bufó Durga.

–Eso es justo lo que intento averiguar –dijo Jack.

La muerte de su madre había parado los relojes. Eso no significaba que el tiempo se hubiera detenido; simplemente no avanzaba, sino que sucedía de forma simultánea. Durga seguía en el baño mirando a Jack en el espejo y estaba sentada con su mejor amiga Nena en el tren cruzando el canal de la Mancha por debajo, era un frente meteorológico empujado por el viento hacia el oeste y era el mar embravecido que ansiaba el contacto con la lluvia… Y entonces el tren se detuvo en la estación de St. Pancras y estaba en Londres, la capital del Imperio, bañada en leche y hummus.

–¿Y quién fue ese tal Pancras? –preguntó Nena, bajando su maleta de ruedas al andén.

–¿El patrón de los páncreas? –sugirió Durga, y se dio cuenta de que en todo el trayecto en tren no había pensado ni una sola vez en el impacto del cuerpo de Lila contra las vías. Bueno, una sola vez, cuando Nena había ido al baño, pero, aparte de eso, ni una sola vez. Conocía a Nena de toda la vida, o al menos de la parte de su vida que consideraba digna de recordar, y en todas sus grandes crisis se había arrimado a ella de forma instintiva, como las ovejas que juntan las cabezas cuando hay tormenta, no para recibir ayuda sino porque en presencia de Nena se las arreglaba mejor por sí misma. Por eso le pareció una señal que Nena hubiera decidido acompañarla a Londres incluso antes de que Lila muriera, para visitar a amigos y museos durante el día y celebrar su cuarto de siglo de amistad por las noches. El duelo y la fiesta no eran incompatibles. Claro que Durga aún no había llegado a la fase de duelo, más bien tenía la sensación de flotar ligeramente por encima de su cuerpo y no poder mantener su propio ritmo. Siguió a Nena a través de la compleja coreografía de personas que se cruzaban a toda velocidad en todas las direcciones sin chocar, y por un instante se sintió formar parte de ese cuerpo con muchos brazos y piernas que se expandió, se contrajo y luego la escupió fuera de la estación con un movimiento convulsivo. El viento le golpeó la cara, húmedo y cargado de polvo fino y pegajoso. Durga había llegado a Londres, pero su madre se le había adelantado y la esperaba con un abrazo vacío.

–El problema de viajar en el tiempo no es el tiempo, sino que un paso acelerado por el tiempo también haría envejecer aceleradamente el cuerpo –afirmó una voz de la BBC por la radio del taxi.

–Sí, claro, el problema siempre es el cuerpo –comentó Durga con amargura, y el conductor se volvió hacia ella sorprendido.

–Una vez escribió un capítulo de Doctor WHO –explicó Nena.

–¿En serio? –preguntó el chófer impresionado.

–Dos –aclaró Durga.

–Era un capítulo en dos partes –concedió Nena–. ¿De verdad todo el mundo en este país conoce esa serie de ciencia ficción?

–Otro obstáculo para viajar en el tiempo lo explica el físico teórico Stephen Hawking con la metáfora de un organismo para la protección de la cronología –siguió hablando impasible la voz de la BBC–. Una especie de policía del tiempo que garantice que no se producen anacronismos. En su novela breve The Chronology Protection Case, el escritor Paul Levison se atreve a plantear que el universo asesine a todos los científicos a punto de inventar una máquina del… La BBC interrumpe su programación habitual para emitir una noticia importante: BBC News emitiendo desde Londres. El palacio de Buckingham ha comunicado el fallecimiento de la reina Isabel II.

–¡OH, NO! –exclamó Durga sin pensar–. ¿Tenía que ser justo AHORA?

–Tenía cita con el destino, cariño –dijo Nena, y se hizo un selfi («Me enteré de que la reina había muerto sentada en un taxi negro»)–. Por lo menos ha tenido una vida larga y feliz.

–¿Feliz? –resopló el taxista–. ¿Y qué pasa con la princesa Diana?

Nena chasqueó la lengua.

–Ha pasado tanto tiempo de eso que ya ni siquiera es verdad.

–¿Y Meghan Markle?

Otro chasquido.

–Y dale con las mujeres.

–¿Y el príncipe Andrés?

En otras circunstancias Durga habría agregado el colonialismo, la (In)Commonwealth y los saludos nazis de la realeza, pero eso habría sido en unas circunstancias distintas a estas. Rebuscó el móvil en la mochila, en el que ya tenía diecisiete mensajes sin leer, y le escribió a Jack: «Se ha muerto la reina».

«Ajá», respondió él.

«Ahora el mundo entero pensará en ella y no en Lila… que también se ha muerto.»

«C’mon, Durga, hay acontecimientos históricos todos los días, si te pones así Lila no podría haber muerto nunca».

«Pues eso», respondió Durga.

3

Los manifestantes frente a Florin Court se encontraban en distintos estadios de conmoción cuando Durga llegó al comité de crisis de la writers’ room. Se abrió paso a través de los carteles, en los que la tinta aún húmeda decía «¿Quién quería matar a la reina? ¡Florin Court Films!» y «Hoy incitan al odio ¡¡Mañana celebran un funeral de Estado!!».

Una mujer pelirroja se le plantó delante con las piernas abiertas para cortarle el paso.

–La reina ha muerto, ¡un poco de respeto por nuestra herencia cultural!

–No es solo vuestra herencia, también es la mía –bufó una mujer que claramente no formaba parte del grupo de manifestantes. Llevaba el hiyab más sexi que Durga había visto jamás y subió corriendo por entre la muchedumbre los seis peldaños hasta la puerta de vidrio y acero pintado de negro de la modernísima entrada art déco. Durga aprovechó el momento de estupefacción para esquivar a la pelirroja.

–¿No os basta con haber quitado de en medio a una reina? –les gritó la mujer mientras se alejaban de ella. Y de pronto muchísimos brazos se alzaron y rompieron en pedazos las publicaciones con la entrevista, que llevaba el desafortunado título de «Let’s kill the Queen».

–¡Cancelad a los canceladores!

–¡Asesinos!

–¡Cancelad a los canceladores!

–Ah, lo habéis conseguido. Quiero decir: bienvenidas –las recibió el joven blanco y rosa que les abrió la puerta poniendo morritos, como si también quisiera intercalar emojis de besos entre sus mensajes hablados–: I’m Christian.

–Hi, I’m muslim –dijo la mujer del hiyab sexi–. Puedes llamarme Shazia.

–Él te estaba diciendo que se llama Christian, no que lo sea –explicó Durga.

–¡Jesús! –exclamó Shazia con cara de fastidio.

–No, Christian.

–Tú debes de ser la alemana graciosa que Jeremy ha hecho venir expresamente para las escenas de comedia.

–Esa soy yo –confirmó Durga.

–O sea que eso es humor alemán.

–Famoso… en el mundo entero –dijo Durga, insegura hasta que Shazia ya no pudo contener la risa y le apoyó en la mejilla una mano sorprendentemente suave.

–Tú también tendrás nombre, ¿no, sister?

Tenía el rostro de Shazia tan cerca que Durga aspiró su olor, almibarado con un toque ácido, como el té de limón granulado instantáneo que se extendía sobre la mano para lamerlo en lugar de los polvos de gaseosa Ahoj que usaba todo el mundo.

–Durga –resolló.

–¿Como la mujer que monta un tigre? Respect!

Que al oír su nombre alguien pensara en la diosa india Durga y no en… nada, le llenó los ojos de lágrimas. Su agua interior se empeñaba en salir, las categorías dentro y fuera se disolvieron y, por un momento, la hicieron sentirse amorfa y embrionaria, hasta que notó otra mano sobre la espalda y una voz como de publicidad de Aston Martin preguntó:

–¿La joven de espíritu libre que sonríe subida a un tigre?

–Sí, solo que la diosa Durga más bien habría devorado al tigre –replicó Durga en tono brusco, y se zafó de la mano antes de darse cuenta de que era la del productor.

Jeremy la miró fijamente a los ojos.

–Durga, venida de Alemania, donde Fred Sauer rodó la primera película de Agatha Christie en 1928. Lovely! Eso te convierte en nuestra mascota.

Durga respondió avispada:

–Ah.

Jeremy se volvió bruscamente, le quitó al último invitado un voluminoso abrigo rojo, se lo entregó de inmediato a Christian, que desapareció bajo él como si fuera un edredón, y anunció:

–¡Gracias por haber sacrificado una velada libre antes de las noticias para que las veamos juntos aquí!

Al decir «noticias», abrió una puerta art déco con paneles asimétricos de vidrio esmerilado. Durga oyó un silbido impresionado y temió que hubiera salido de sus labios. La sala de reuniones era una réplica perfecta del despacho del Poirot de Agatha Christie que aparecía en la serie británica del mismo nombre, solo que encima de la chimenea, en lugar de un espejo, había una pantalla panorámica en la que un comentarista analizaba sin sonido las consecuencias que tendría el fallecimiento de la monarca sobre el 10 de Downing Street, mientras en la otra mitad de la imagen se veían grabaciones de la familia real.

–Seguramente ya os habréis enterado de que tenemos nuestro propio comité de bienvenida –prosiguió Jeremy abarcando con la mano los manifestantes de delante del edificio, el palacio de Buckingham y el cielo–. Si hubiera sabido que la reina estaba agonizando, habría utilizado menos metáforas de la guillotina en la entrevista sobre nuestra reinterpretación de Agatha Christie y nuestra good old England. Pero oye, a veces hay que cortar con lo anterior de forma radical para crear algo nuevo, y las mejores series se ruedan en las ruinas de antiguos palacios… Anyway, estamos metidos en un majestuoso marrón. La pregunta es: ¿cómo deberíamos reaccionar?

Christian dejó el abrigo rojo sobre un perchero Thonet como un perfecto mayordomo y luego corrió a situarse junto a Jeremy:

–He preparado un plan de diez puntos con el que evitar movidas, pero como ya es tarde para eso, servirá para apagar fuegos. Primero: nada de llamar a Agatha la «reina del crimen»...

–Yo estaba pensando más bien en hacer un juego de palabras con «cadáver» y «real» –lo interrumpió Jeremy.

–¿Qué? –exclamó Durga, y se preguntó a quién le recordaba Jeremy.

Este le guiñó el ojo con complicidad.

–Por supuesto, tenemos que asegurarnos de que el comunicado de prensa suene patriótico.

–¿Patriótico? –repitió ella desconcertada.

El dueño del abrigo rojo cruzó los brazos que llevaba enfundados en una chaqueta de raya diplomática rosa.

–Se ha muerto una mujer que llevaba sombreros muy caros. ¿A mí qué más me da?

–Y hablando de cosas que llevaba en la cabeza: ¿cuándo pensaba devolver el Koh-i-Noor? –añadió Shazia–. Ese diamante no debería estar en la corona de la reina, sino en el Punyab.

–¿Te has enterado de que Camilla llevará una corona distinta en la ceremonia de Charlie-Boy? –preguntó el de la chaqueta rosa–. En palacio tienen miedo de que se produzcan ataques de gente como nosotros, a la que le parecería una falta de respeto que luciera objetos robados. You bet it would!

–«¡La reina del colonialismo ha muerto!» –exclamó Shazia–. ¿Eso te parece lo bastante patriótico?

–¿Qué os parece «The Queen is dead, long live the Queen»? –propuso Christian con un graznido de pánico.

–Olvidaos de David –declaró Jeremy dos horas después, durante las cuales había obrado el milagro de transformar una tropa recelosa en un equipo entusiasta que estaba impaciente por empezar a escribir guiones.

–¿Quién es David? –preguntó Asaf, el Pink Boy.

–Buen trabajo –elogió Jeremy. Incluso había conseguido que jugaran a presentarse sin que se produjera un motín.

–Es una broma, ¿no? –dijo Asaf.

–Viniendo de Jeremy, yo no estaría tan segura –respondió Maryam, la reina de los misterios de cuarto cerrado y la única mujer negra del equipo-que-cumple-todas-las-categorías-de-diversidad de Jeremy. Desde el primer momento había quedado claro qué tipo de jefe era Jeremy. Ese tipo de jefe. La mitad de ellos lo odiaba y todos intentaban caerle bien.

–Nuestra serie hará por Agatha Christie lo que Sherlock hizo por Arthur Conan Doyle. Lo que Podría destruirte ha hecho por la violencia sexual. Me autocorrijo: por la conversación en torno a la violencia sexual. –Jeremy estaba sentado, cómo no, al escritorio de Poirot y golpeteaba la reluciente madera oscura de nogal con la estilográfica del detective, y de pronto Durga cayó en la cuenta de que todo eso no era una copia, de que aquella era la auténtica vivienda del magnífico detective, de que Florin Court era el lugar donde se había rodado la que para Durga era la mejor adaptación a la pantalla de Agatha Christie, porque David Suchet interpretaba a la perfección hasta los andares del detective privado belga. Jeremy prosiguió–: Recordad que, cuando Agatha Christie mató a Poirot durante su último caso en 1975, el New York Times publicó una necrológica. ¡En portada! ¡Así de alto está el listón! Si el público nos va a odiar de todos modos, ¡que nos odie como es debido!

–Pues vale –dijo Durga, mientras a su alrededor la sala se descomponía en sus distintas partes y luego se rehacía, más art déco que el propio art déco, más como Jeremy–. Pero ¿qué novelas de Agatha Christie se supone que vamos a rodar?

–Empecemos por el piloto. Para este primer capítulo no vamos a adaptar una novela de Agatha Christie –respondió Christian con vehemencia–, sino LA novela de Agatha Christie.

Se abrió la puerta y un hombre de pantalón vaquero blanco y piel blanca dijo con el acento indio más impostado que Durga había oído jamás:

–Asesinato en el Orient Express.

–No, aún mejor que Asesinato en el Orient Express –contestó Jeremy al hombre blanco con una sonrisa–. Os presento: este es Carwyn, nuestro experto para las tres D: dudas, druidas y drogas.

Durga se corrigió a sí misma: no era acento indio, sino galés.

La estancia seguía palpitando e intentó concentrarse en Shazia, que se había desparramado sobre una butaca cuyo tapizado de ajedrez transformaba su glamur descolonizado en el estilo de una flapper de charlestón.

–¿Muerte en el Nilo? –propuso Shaz, y formó anillos con el humo de una boquilla imaginaria.

–Aún mejor.

–¿Diez palabritas que empiezan por N? –sugirió Maryam con sequedad desde la chimenea, en la que se apoyaba como el colega de Poirot, el inspector Japp de Scotland Yard. La discreta superioridad de aquellos muebles de diseño dominaba la sala de tal manera que todos caminaban, se sentaban o hablaban diferente. Aquí «diferente» quería decir brandy y Eton y un poco, bueno, mucho clasismo. Durga tuvo que controlarse para no decir todo el rato «toodle-pip» y «jolly good», porque su única referencia para la opulencia que la rodeaba era la época dorada de la literatura policiaca británica y solo podía intuir los sutiles mensajes que transmitía aquel mobiliario a los demás. En ese entorno, una adaptación antirracista de Agatha Christie no parecía simplemente una buena idea, sino algo urgente.

–¡Mucho, muchísimo mejor! –exclamó Jeremy.

–Ehmm, ¿El tren de las 4:50? –dijo titubeante Asaf, que claramente había tenido la sensación de que le tocaba, y Durga se vio inundada por la ternura. ¿Por qué ya no era capaz de tener sentimientos normales? Era como si la muerte de su madre hubiera destruido toda medida y proporción, y la hubiera lanzado al mar de los afectos desatados.

–Todos habéis acertado y fallado –explicó Jeremy–. Estáis aquí para… escribir de cero una trama arquetípica de Agatha Christie.

Shazia soltó una carcajada.

–Ah, bueno, si solo es eso…

–Exacto –dijo Jeremy en tono triunfal.

–¿Y tiene que ser Poirot? –suspiró Maryam–. ¿No se ha repetido ya suficiente? Y, si no queda otra, por lo menos que sea sin esa mierda de trastorno obsesivo-compulsivo, esa necesidad de orden, esos botines de charol impecables.

–¿Te supone algún problema la salud mental, Maryam? –preguntó Christian asustado.

–No, pero hoy en día todos los detectives de la tele están en algún punto del espectro neurodivergente. En los noventa eran todos alcohólicos, y ahora es en plan: vamos a hacer Sherlock, pero que tenga asperger. Para ver algo así no necesito una serie, me basta con lo que tengo en casa. –Maryam hizo una pausa que nadie llenó, y algo obligó a Durga a ponerse de pie.

Dos pasos después seguía sin estar segura de lo que se proponía. Tampoco cuando se puso justo delante de Maryam, cuyos ojos oscuros la miraban desafiantes. Ni siquiera cuando alargó el brazo y, para su propia sorpresa, cogió un despertador de la repisa de la chimenea.

–¿Qué te parece si Poirot deja de enderezar constantemente los objetos como hacía antes y ahora los tuerce porque considera que la simetría es hipócrita? –se oyó a sí misma decir con una voz seductora y demasiado íntima para la situación. ¿Qué le estaba pasando?

En lugar de Maryam, fue Jeremy quien respondió:

–Por ahí van los tiros: quiero algo extravagante pero reconocible.

Durga desconfiaba de los hombres a los que les quedaban bien los trajes. Jeremy llevaba un corte de pelo demasiado preciso, hasta las arruguitas de su cara eran demasiado simétricas. Pero eso no cambiaba el hecho de que le hubiera gustado el elogio y deseara más. Hubo un instante de tal silencio que habrían podido oír el tictac del despertador si lo hubiera habido. Pero el aparato solo emitía un zumbido producido por el segundero, que giraba sin detenerse, y Durga lo devolvió a la repisa lo más rápido posible. No quería experimentar el tiempo como una masa que fluía, sino como una colección de instantes. Entre los minutos anidaba el infinito.

4

–¿Estás segura de que no quieres quedarte a tomar una copa de vino? –preguntó Jeremy al despedirse, y apoyó la mano de nuevo en ese punto entre sus dos omóplatos. Era un fantástico apoyador-de-mano-en-la-espalda: lograba una mezcla perfecta entre la sensación protección, sin dar la impresión de pretender poseerla, y el gesto policial con el que se metía a los delincuentes anglosajones en el coche patrulla, que a su vez era una mezcla perfecta entre la humillación y la elusión de las denuncias por violencia: ten cuidado de no golpearte la cabeza con la lechera.

Cuando iba con Nena en el tren a Londres, Durga había leído un artículo sobre la poeta Diane di Prima, la sexi Di Prima que escribió «what don’t swing / I don’t push». En algún momento de los salvajes años sesenta, Jack Kerouac le había aconsejado a la sacerdotisa beat de cabello oscuro, que estaba a punto de marcharse de una fiesta: «Di Prima, si no dejas de pensar en la canguro todo el rato, nunca serás una escritora de verdad». Por lo visto no había nada más erótico que un poeta paternalista, así que colgó el abrigo en el perchero y poco después también el resto de la ropa, y hasta ahí podía leerse en el epílogo a su antología.

El artículo, en cambio, revelaba que en realidad se había marchado a casa sin pestañear, porque estaba convencida de que alguien que no pudiera cumplir su palabra con una canguro mucho menos podría aguantar el durísimo proceso de escribir poesía. Durga, que había visto cómo su carrera de autora daba un frenazo al nacer Rohan y aún sentía en el alma las agujetas de volver al tajo porteando al bebé y luego la criatura a la que había que recoger de la guardería y después con el niño que necesitaba cuidados las veinticuatro horas del día, sintió una fugaz afinidad espiritual con Di Prima antes de recordarse a sí misma que la copa de vino de Jeremy no era de ningún modo una invitación a una orgía, y que tampoco tenía que volver a toda prisa donde la canguro sino que regresaría al Airbnb que compartía con Nena. A pesar de todo, cuando sus pasos resonaron por las escaleras desiertas, sintió una punzada de arrepentimiento por ser la primera en marcharse, como siempre.

Al menos los manifestantes también se habían ido a casa. Solo quedaba un cartel solitario apoyado en la escalinata de entrada: una foto plastificada de Margaret Rutherford caracterizada como Miss Marple, con el labio inferior abultado y empuñando un palo de golf a modo de arma, esperando a que las protestas continuaran al día siguiente. Durga no consiguió recordar de dónde había venido, así que echó a caminar hacia la izquierda al tuntún, y enseguida comprobó que había sido una mala decisión. Las calles de esa zona no estaban vacías, sino llenas de osos de peluche, cada vez más osos de peluche con sombreros de lluvia amarillos.

–Las calles están llenas de ositos Paddington –susurró Durga por el móvil. Tenía la sensación de haber atravesado el espejo y haber ido a parar a una película de terror de Stephen King.

–Claro, porque Paddington acaba de morirse –respondió Jack, y Durga empezó a notarse el pulso en los oídos–. Ah, no, que ha sido la reina.

–¿Qué?

Una verja de garaje descargó una ráfaga de aire frío sobre ella.

–Eso fue lo último que hizo –explicó Jack de buen humor. De demasiado buen humor para el gusto de Durga–. Beber té con Paddington. Durante el jubileo por sus setenta años de reinado. Everybody loved her for that. No tengo ni idea de qué pensarían los partidarios del Brexit, porque Paddington es un inmigrante de tomo y lomo. Del Perú profundo, que ni siquiera pertenece a la Commonwealth. Si Paddington 2 se rodara hoy en lugar de en 2017, habría sido una película mucho más corta.

–¿Por qué estamos hablando de películas?

–Porque en ella Paddington intenta traer a su tía a Inglaterra. Y ahora eso sería imposible.

–Jack, te quiero, pero a veces me gustaría que pudieras expresar tus sentimientos de alguna otra forma que no fuera el humor. ¿Jack? –Pero Jack ya no estaba.

Durga miró la pantalla oscura del móvil como si fuera una bola de cristal y de pronto estuvo segura de que solo había imaginado que hablaba con él. Uno de esos famosos microsueños que se producían al... al caminar por la calle. Pero los peluches seguían allí, más una reina de cartón a tamaño real –aquel debía de ser un barrio especialmente obsesionado con la realeza–, y de repente se iluminó todo, como si alguien le hubiera hecho una foto con flash. Y otra vez. En cada portal por el que pasaba, el sensor de movimiento encendía la luz de una bombilla LED que zumbaba.

En ese momento vio a su madre al final de la calle.

Aquella persona demostró ser la auténtica Lila porque pasó de su hija y dobló la siguiente esquina. Durga intentó correr tras ella, pero a cada paso sentía que movía las piernas a través de miel. «Mierda, es un sueño, ¡sigo en el despacho de Poirot y me he dormido sobre el hombro de Jeremy!», pensó, hasta que se dio cuenta de que simplemente había tenido un día muy largo y estaba demasiado agotada como para correr. Al llegar al cruce, además de pesarle las piernas también le había dado el flato. Pero no había rastro de su madre.

«Death is not the End», comentó el tono de su móvil.

«Tienes razón, tengo que cambiar el tono del móvil urgentemente», quiso decirle Durga a Jack, pero, en lugar de eso, en la pantalla apareció un whatsapp de Lila, enviado una semana antes. Las palabras se desdibujaron ante sus ojos y formaron nuevas frases y conversaciones que no había llegado a tener con su madre, respuestas que jamás había recibido. Entonces las letras cristalizaron en un mensaje que aparentemente no había pasado hasta ahora por la red de telefonía –¿o por las numerosas manos de las diosas indias?–, escrito por su madre, fallecida desde hacía una semana: «Sé que no me crees. No me crees nunca. Pero ahora puedo demostrar que me están vigilando. Hoy he parado a mi agente de incógnito y le he preguntado: “¿Por qué me está siguiendo?”. Me ha mirado, sorprendido con las manos en la masa, y se ha marchado sin decir ni una palabra. Van a ir hasta el final. HASTA EL FINAL».

  1Las citas en inglés que incluye el texto original alemán se han conservado en esta edición, y su traducción puede consultarse al final del libro. (N. de la T.)

Día D

INTRO:

(((PRIMER PLANO)))

Y hay lluvia en el trébol. Y hay viento en el espino.

Y hay trueno en el roble. Y luz de luna en el endrino.

(((EXTERIR - NOCHE - CÁMARA DE MANO)))

Luna. Sombra. Hierba. Ramas. Hojas. Una columna de cenizas que atraviesa un claro de bosque como una criatura abultada y furiosa, cerca, más cerca, dispuesta a tragarse la CÁMARA, en ese momento la tormenta se apodera de ella, la eleva por encima de las copas de los árboles. ¡Un rayo! Y la ceniza explota en una nube de cuervos negros.

(((EN OFF)))

«The mother stands for madness». Marguerite Duras