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«¿Cómo deberíamos vivir?» Con esta pregunta empieza Tim Ingold, uno de los pensadores vivos más originales y radicales, su impecable alegato en favor de una materia que, dañada por la guerra y el colonialismo, y más recientemente por el hundimiento de las humanidades, parece en trance de hundirse. Sin embargo, en un planeta amenazado de una forma tan creciente como seria (lo que equivale a una igual amenaza para los miles de millones de humanos que lo habitan) la antropología, área de conocimiento que pone en común la sabiduría y experiencia de todos los hombres y que confronta las respuestas a esa primera pregunta esencial con realidades palpables, se revela como una herramienta fundamental para afrontar tantos desafíos ya inaplazables. Ingold demuestra en este libro por qué la antropología importa y nos importa a todos. «La meta de la antropología es crear una conversación en torno a la vida humana misma. Esta conversación, esta vida, no es solo acerca del mundo, sino que es el mundo. El mundo en el que todos nosotros habitamos.»
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Seitenzahl: 155
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Tim Ingold
Antropología
¿Por qué importa?
Traducción de Esther Gómez Parro
1. Tomar en serio a los demás
2. Similitud y diferencia
3. Una disciplina dividida
4. Repensando lo social
5. Antropología para el futuro
Lecturas recomendadas
Créditos
¿Cómo deberíamos vivir? Sin duda los seres humanos siempre se han planteado esta pregunta. Puede que sea el mismo hecho de planteársela lo que nos hace humanos. Aparentemente, esta cuestión apenas surge en otras especies de animales, cada una de las cuales está más o menos absorta en su forma de hacer las cosas. Pero las formas de vida humana –las maneras de hacer y decir, de pensar y conocer– no se transmiten fácilmente, no están predeterminadas y nunca quedan finalmente establecidas. Vivir es un asunto de decidir cómo hacerlo, y alberga en todo momento el potencial de ramificarse en diferentes direcciones, ninguna de las cuales es más normal o natural que cualquiera de las demás. El camino se hace andando, por lo que continuamente tenemos que improvisar formas de vida a medida que avanzamos, borrando huellas aunque sigamos los pasos de nuestros antecesores. Sin embargo, nada de esto lo hacemos en solitario, sino en compañía de otros. Al igual que los ramales de una cuerda, las vidas humanas se entrelazan y solapan unas con otras. Caminan juntas y se responden mutuamente unas a otras en ciclos alternativos de tensión y resolución (decisión, determinación, propósito). Ningún ramal dura para siempre, pues, mientras unos se marchitan, otros se entretejen. Por ese motivo la vida humana es social: es el proceso interminable y colectivo de descubrir cómo vivir. Así pues, toda forma de vida representa un experimento comunitario en la manera de vivir. No es una solución al problema de la vida, del mismo modo que el camino tampoco es una solución al problema de cómo alcanzar un destino que aún no se conoce. Pero es un enfoque del problema.
Imaginemos un área de estudio que se dedicara a aprender de una gama de enfoques lo más amplia posible; que persiguiera concentrar en este problema de cómo vivir la sabiduría y experiencia de todos los habitantes del mundo, cualesquiera sean sus antecedentes, sus formas de buscarse el sustento, sus circunstancias y el lugar donde habitan. Este es el campo por el que abogo en estas páginas, y lo voy a llamar antropología. Puede que no se trate de la antropología tal como uno podría imaginarse, o incluso de la antropología que practican muchos de aquellos que proclaman ser antropólogos. La cantidad de ideas y errores generalizados sobre esta disciplina es abundante, y resultaría tedioso revisarlos todos. No voy a disculparme por presentar una visión personal teñida por mi propia carrera como estudiante y después profesor de la materia, quizás menos centrada en lo que es la antropología que en lo que yo pienso que debería aspirar a ser. Puede que otros tengan otro concepto, pero eso sería una señal de vitalidad, no de debilidad. Sea como sea, la antropología será siempre una disciplina en continuo desarrollo, y no puede darse por finalizada, o completa, tal como la propia vida social que estudia. Así pues, la historia de la antropología no se puede relatar como un cuento con un principio y un final. Y tampoco podemos dormirnos en los laureles y suponer que tras siglos de error, ignorancia y prejuicio finalmente hemos encontrado la luz. Queda mucho trabajo por hacer, y este libro está dedicado tanto a la reconstrucción de la antropología para el futuro como a relatar de una manera nueva su pasado.
Ahora bien, podría pensarse que el problema de cómo vivir en realidad pertenece a la filosofía, y no sería desacertado. Al fin y al cabo, es una cuestión que toca los mismísimos cimientos de la existencia humana en este mundo nuestro. Nos llamamos seres humanos, pero ¿qué significa ser humano? El nombre que nos ha dado la ciencia como especie es el de homo sapiens, pero ¿en qué consiste nuestra supuesta sapiencia o sabiduría? ¿Cómo conocemos, pensamos, imaginamos, percibimos, actuamos, recordamos, aprendemos, conversamos en una lengua y vivimos con otros de maneras tan distintas y variadas? ¿Por qué medios, y sobre qué principios, nos organizamos en sociedades, creamos instituciones, administramos justicia, ejercemos el poder, cometemos actos de violencia, nos relacionamos con el entorno, adoramos dioses, cuidamos de los enfermos, nos enfrentamos a la muerte, etcétera, etcétera? La lista de preguntas es interminable, y los filósofos se las han planteado continuamente, lo mismo que los antropólogos, pero ahí radica la diferencia. Los filósofos suelen ser almas solitarias, más inclinados a meditar escrupulosamente en los interrogantes de los textos canónicos escritos por pensadores como ellos mismos –en su mayoría, aunque no exclusivamente, hombres blancos ya desaparecidos– que a involucrarse directamente con las complicadas realidades de la vida común y corriente. Los antropólogos, por el contrario, ejercen su actividad filosófica en el mundo. Estudian principalmente a través de una profunda observación, conversación y práctica de la participación con las personas y pueblos a los que ellos eligen para trabajar. La elección depende de las particularidades de la experiencia y el interés, pero en principio podría ser cualquier persona o pueblo en cualquier lugar del mundo. Yo defino la antropología como filosofía con participación de la gente.
Nunca en la historia de la humanidad ha sido más necesario este tipo de filosofía. La evidencia de que el mundo está en un momento crucial es aplastante y podemos encontrarla en todas partes. Con una población humana estimada en 7.600 millones de personas –que se incrementará a más de 11.000 millones antes de finales de siglo– existen más seres humanos que nunca, y la esperanza media de vida también es mayor que nunca. Más de la mitad de la población mundial actual reside en ciudades, y ya no obtienen su sustento directamente de la tierra, como hacían sus antecesores. Las cadenas de suministro de alimentos y otros productos cruzan el globo en todas direcciones. Los bosques están siendo devastados, terrenos enteros de tierra cultivable se han convertido en centros de producción de aceite de palma y de soja, la minería ha socavado el planeta. La industria humana, y en especial la quema de combustibles fósiles a escala masiva, está afectando al clima mundial, aumentando la posibilidad de sucesos potencialmente catastróficos, y en muchas regiones la escasez de agua y otros elementos necesarios para la vida ha provocado conflictos genocidas. El mundo permanece dominado por un sistema de producción, distribución y consumo que, a pesar de estar enriqueciendo atrozmente a unos pocos, no solo ha dejado inservibles a incontables millones de personas, condenándolas a una inseguridad crónica, a la pobreza y a la enfermedad, sino que también ha provocado la destrucción del medio ambiente a una escala sin precedentes, dejando muchas regiones inhabitables y asfixiando tierras y océanos con residuos indestructibles y peligrosos. Estos impactos humanos son irreversibles y probablemente sobrevivirán a la existencia de nuestra especie en este planeta. No sin razón algunos han declarado el inicio de una nueva era en la historia terrestre: el antropoceno.
Este mundo que vive al filo de la navaja es el único que tenemos. Por mucho que soñemos con la vida en otros planetas, no hay ningún otro al que podamos escapar. Tampoco hay vuelta atrás al pasado para buscar una ruta alternativa hasta el presente. Estamos donde estamos y solo podemos seguir adelante desde aquí. Como observó hace tiempo Karl Marx, los seres humanos son los autores de su propia historia, pero en condiciones que ellos mismos no han elegido1. No podemos optar a nacer en otro tiempo. Nuestras condiciones actuales fueron modeladas por las acciones de generaciones anteriores que no pueden deshacerse, tal como nuestras acciones formarán a su vez irremediablemente las condiciones del futuro. ¿Cómo, por lo tanto, deberíamos vivir ahora para que pueda haber vida para las generaciones que están por venir? ¿Qué podría hacer la vida sostenible no solo para algunos con exclusión de otros, sino para todos? Para enfrentarnos a cuestiones de esta magnitud necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. No es tan sencillo como que las respuestas yacen en algún lugar por ahí y solo es necesario descubrirlas. No encontraremos el secreto en ninguna doctrina o filosofía, en ninguna rama de la ciencia o en una cosmovisión indígena. Tampoco puede haber una solución final. La historia está llena de intentos atroces de poner fin a todo, intentos que necesariamente deben fracasar para que la vida continúe. Encontrar una vía de salida en medio de las ruinas es una tarea que nos afecta a todos. Ahí es donde entra en juego la antropología y por lo que, en nuestro precario mundo, tiene tanta importancia.
El problema no es que estemos privados de información o conocimiento. Al contrario, el mundo está sobrado de ellos, y con el aumento de la digitalización el flujo se ha convertido en inundación. Según un estudio reciente, cada año se publican cerca de dos millones y medio de artículos científicos, y el total publicado desde 1665 ha sobrepasado el récord de los 50 millones2. Los expertos, armados con aparatos especializados en la adquisición de datos y sofisticadas técnicas de modelado (modelling), están ansiosos por ofrecer sus pronósticos. Debemos escucharlos, tal como debemos escuchar a los eruditos que están sumergidos en las diversas disciplinas del arte y las humanidades y cuyas reflexiones nos proporcionan los contextos que nos hacen más capaces de formular nuestra situación actual. Pero todos ellos, científicos y humanistas, tienen algo en común, a saber: la sensación de que pueden valorar el mundo desde algún lugar que está más allá de él, muy por encima o muy lejos, de ahí que puedan mirar atrás y pronunciarse sobre su funcionamiento con una autoridad denegada a aquellos cuyo trabajo está más íntimamente ligado a los asuntos mundanos de la vida corriente. Desde su posición ventajosa, defienden que son capaces de explicar lo que para el resto de nosotros está más allá de toda comprensión. Los físicos explican el funcionamiento del universo, los bioquímicos el funcionamiento de la vida, los neurocientíficos el del cerebro, los psicólogos el de la mente, los expertos en política cómo funciona el estado, los economistas el mercado, los sociólogos la sociedad, etcétera, etcétera. A lo largo de su historia, la antropología también ha proclamado poderes igualmente exaltados, como explicar en detalle los contextos, llamados de distintas formas «sociales» o «culturales», dentro de los cuales la vida y la obra de otras personas podrían ser interpretadas e incluso explicadas.
En las páginas siguientes voy a decir algo más sobre esta afirmación. Sin embargo, no la defiendo. El tipo de antropología que yo propongo aquí tiene un propósito diferente. No se trata de interpretar o explicar las costumbres de otros, ni de ponerlos en su lugar ni confinarlos a lo «ya comprendido». Se trata más bien de compartir en presencia de ellos, aprender de su experiencia en la vida, y llevar esta experiencia para que influya en nuestra forma de imaginar lo que podría ser la vida humana, sus futuras condiciones y posibilidades. Para mí la antropología se desarrolla en esta unión de imaginación y experiencia. No aporta una cierta cantidad de conocimiento para añadirlo a las contribuciones de otras disciplinas, todas resueltas a dragar el mundo en busca de información para convertirla en productos del conocimiento. Mi tipo de antropología, en realidad, no pertenece en absoluto al negocio de la «producción de conocimiento». Aspira a una relación totalmente diferente con el mundo. Para los antropólogos, como para la gente entre la cual trabajan, el objeto de su estudio no es el mundo, sino su entorno (condiciones, hábitat, etcétera). Desde el principio están inmersos en sus procesos y relaciones. Los críticos pueden considerar esto una debilidad o una vulnerabilidad. Para ellos revela una falta de objetividad, pero para nosotros esta es la fuente misma de la cual la antropología toma su fuerza. No es el conocimiento objetivo lo que perseguimos. Lo que buscamos, y esperamos alcanzar, es sabiduría. Y de ninguna manera son lo mismo; puede incluso que sean cosas incompatibles.
El conocimiento busca fijar cosas dentro de los conceptos y categorías del pensamiento, darles solidez y, hasta cierto punto, hacer que sean predecibles. A menudo hablamos de armarnos de conocimiento, o de emplearlo para reforzar nuestras defensas para poder afrontar mejor la adversidad. Nos da poder, control e inmunidad ante el ataque. Pero cuanto más nos refugiamos en la ciudadela del conocimiento, menos atención prestamos a lo que pasa a nuestro alrededor. ¿Por qué molestarse en atender, decimos, cuando ya conocemos algo? Ser sabio, por el contrario, es aventurarse a entrar en el mundo y aceptar el riesgo de exponerse a lo que ocurre en él. Es aceptar a otros en nuestra existencia, prestarles atención y cuidar de ellos. El conocimiento fija y deja nuestras mentes en reposo; la sabiduría es incierta y desestabiliza. El conocimiento arma y controla; la sabiduría desarma y se rinde. El conocimiento tiene sus retos, la sabiduría tiene sus formas, pero mientras los retos del conocimiento se ciernen sobre sus soluciones, las formas de la sabiduría se abren al proceso de la vida. Por supuesto, no estoy sugiriendo que podamos arreglárnoslas sin el conocimiento, pero también necesitamos la sabiduría. En la tesitura actual, el equilibrio se ha inclinado precipitadamente del lado del primero y se ha alejado de la segunda. En realidad, en ningún momento antes en la historia ha habido tanto conocimiento maridado con tan poca sabiduría. Creo que es tarea de la antropología restaurar el equilibrio, suavizar el conocimiento legado por la ciencia y unirlo a la sabiduría de la experiencia y la imaginación.
Entre los eruditos de las diferentes ramas los antropólogos se distinguen por su disposición a aprender de aquellos que, en un mundo obsesionado con los avances del conocimiento, de alguna manera podrían ser tachados de incultos, analfabetos, e incluso ignorantes. Estas son las personas cuyas voces, ignoradas por los medios de comunicación dominantes, permanecerían de otro modo sin ser escuchadas. Como antropólogos hemos demostrado una y otra vez que tales personas son sabias, más allá de sus supuestos superiores en conocimiento. Y con el mundo al borde del precipicio, no nos podemos permitir ignorar su sabiduría. Tenemos mucho que aprender si nos dejamos simplemente enseñar por otros que tienen una experiencia que compartir. Pero estos otros han sido rechazados por eruditos que, en su mayor parte, se han conformado con mencionarlos en sus investigaciones más como informadores que como maestros, interrogándolos para ver qué podían sacar de sus mentes en lugar de buscarlos por lo que nos pueden enseñar del mundo. Se han diseñado complicados métodos para tenerlos al alcance de la mano. Los métodos garantizan la objetividad, se utilizan para asegurar que los resultados de la investigación no deben estar contaminados por un exceso de cercanía o afectividad de los investigadores con las personas objeto de su estudio. Sin embargo, para la antropología esa cercanía es esencial. Cualquier estudio exige observación, pero en la antropología observamos sin objetivizar a los demás, prestándoles atención, viendo lo que hacen y escuchando lo que dicen. Estudiamos con las personas en lugar de hacer estudios sobre ellas. A esta forma de estudio la llamamos «observación participativa», y es una piedra angular de nuestra disciplina.
La observación participativa lleva tiempo. No es raro entre los antropólogos pasar muchos años en lo que ellos llaman «el campo». Instalándose inicialmente en un lugar desconocido como un huésped que posiblemente no ha sido invitado, el trabajador de campo está en deuda con sus anfitriones. Los antropólogos han escrito mucho sobre la institución del regalo, y han demostrado cómo los principios de dar y recibir se encuentran en el núcleo de la vida diaria. Pero estos principios son igualmente fundamentales para la práctica del trabajo de campo antropológico. Es una práctica basada en la generosidad, en recibir de buen grado lo que te dan más que tratar de obtenerlo por medio de engaños o subterfugios. Esto es lo que distingue el campo del laboratorio. En el campo uno tiene que esperar que las cosas ocurran, y aceptar lo que se ofrece cuando es ofrecido. Es por eso que el trabajo de campo dura tanto. Por contraste, el laboratorio es un lugar diseñado artificialmente, equipado con aparatos experimentales mediante los cuales se fuerzan o se manipulan lo que normalmente la ciencia denomina «datos» con el fin de que revelen sus secretos. Aunque literalmente un dato es algo dado (del latín dare), en el vocabulario científico ha llegado a significar algo que está ahí para ser tomado si uno quiere, un «hecho» que ha surgido del flujo y reflujo de vida en los que una vez se formó. Así pues, las cosas solo se pueden cuantificar cuando se han materializado en hechos concretos. Por esta razón tendemos a pensar en los datos, antes que nada, como en algo cuantitativo.
¿Deberíamos considerar entonces la observación participativa, por ser un trabajo de campo y no de laboratorio, como un método para reunir datos que no son cuantitativos sino cualitativos; datos que no pueden ser tabulados en números, expresados con medidas o recopilados en estadísticas? Es así como normalmente la describen los libros de texto de antropología. Pero hay algo que me inquieta sobre la mera idea de «datos cualitativos», ya que la cualidad de un fenómeno solo puede radicar en su presencia, en la forma en que se abre a su entorno, incluyendo a los que lo percibimos. Sin embargo, en el momento en que convertimos la cualidad en un dato, el fenómeno se cierra, queda arrancado de la matriz en la que se formó. Reunir datos cualitativos es como abrirse a las personas solo para después darles la espalda, prestando atención a lo que dicen para después decirlo sobre ellos. La generosidad se convierte en una fachada para la expropiación. Pocos serían capaces de llegar tan lejos en este aspecto como Irenaüs Eibl-Eibesfeldt, el fundador austríaco de la «etología humana», que tenía tal obsesión con reunir datos sobre las personas a sus espaldas que diseñó una cámara con un reflector de noventa grados, lo que le permitía fotografiar a sus sujetos sin que éstos se dieran cuenta mientras enfocaba a alguien o algo diferente. Se trataba de un engaño monstruoso. Pero existe una cierta duplicidad en fingir unirse a la conversación de los anfitriones de uno con buenas intenciones cuando en realidad se utiliza esto como un medio para sentirse más inteligente que ellos (reunir información sobre ellos). En el trabajo de campo los antropólogos destacan con frecuencia la importancia de establecer una buena relación de comunicación. Sin embargo, esto puede significar tanto amistad como informe. ¿Es correcto entablar amistad con personas para luego escribir una reseña o un reportaje sobre ellos?
La palabra que los antropólogos emplean para describir a los pueblos es etnografía. ¿Es entonces la observación participativa un medio para llegar a la etnografía? La mayoría de los antropólogos diría que sí. En realidad, en muchas mentes el método y el resultado se confunden tanto que la práctica misma de la observación participativa viene a ser lo mismo que un trabajo etnográfico. Pero yo no estoy de acuerdo. Lo repito: la observación participativa es una forma de estudiar con las personas. No se trata de escribir las vidas de otros, sino de unirse a ellos en la tarea común de encontrar maneras de vivir. En eso, sostengo, radica la diferencia entre etnografía y antropología, pues para el antropólogo la observación participativa no
