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Contra la visión dominante que concibe a cada generación como dueña exclusiva de su presente, separada de las anteriores y posteriores ("Generación Ahora"), el antropólogo Tim Ingold propone una alternativa: ver las generaciones no como capas superpuestas sino como fibras entrelazadas en una cuerda continua, enfatizando la cooperación intergeneracional y la transmisión de conocimiento como un proceso vivo y dinámico. Y argumenta que podríamos afrontar mejor algunas cuestiones fundamentales de nuestro tiempo, como la crisis climática, si reconsideramos nuestra relación con la tradición, la tecnología y el conocimiento heredado y concebimos el futuro no como un proyecto a conquistar, sino como una posibilidad a cultivar en colaboración con nuestros predecesores y sucesores. El camino hacia un futuro sostenible reside en reaprender a "ir junto con" los elementos que sustentan toda existencia, como lo hicieron nuestros ancestros.
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Seitenzahl: 226
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Tim Ingold
La cuerda de las generaciones
Repensar la continuidad en tiempos de ruptura
Traducción de Irene Riaño
Prefacio
1. Las generaciones y la regeneración de la vida
2. Re-pensar el discurrir de la vida humana
3. Recordando el camino
4. Incertidumbre y posibilidad
5. Pérdida y extinción
6. Re-centrar al Anthropos
7. El camino de la educación
8. Tras la Ciencia y la tecnología
Créditos
Este pequeño libro nace de mi participación, a lo largo de estos últimos años, en el grupo de trabajo interdisciplinar «Enfrentando el Antropoceno», organizado por el Instituto Kenan de Ética de la Universidad de Duke, con financiación de la Fundación Henry Luce. A este grupo se le encomendó la tarea de investigar algunos de los problemas más apremiantes que nos plantea la actual crisis planetaria, entre ellos, cómo hemos de plantearnos nuestra propia humanidad en un entorno en el que tienen cabida tantas formas de estar vivo distintas de la nuestra, qué sistemas de distribución y de gobernanza democrática podrían estar a la altura de las necesidades de estos tiempos de crisis y qué suposiciones acerca de las especies y la naturaleza, de la política y la capacidad de agencia, de la economía y el valor, tendríamos que revisar para volver a traer justicia a un mundo que se ha desviado tan cruelmente de su centro de equilibrio. En el curso de estas conversaciones, me fui convenciendo de que buena parte de nuestras dificultades a la hora de abordar el futuro tiene su origen en nuestra forma de plantear las generaciones. Damos por hecho enseguida que cada generación funciona como un estrato autónomo, que toma el control del presente tras reemplazar a la generación precedente y que está destinada, al mismo tiempo, a ser reemplazada por la generación siguiente. Históricamente, esta forma de pensar es una anomalía, si bien en la actualidad suele aceptarse sin cuestionamiento como fondo sobre el que se desarrollan los debates acerca de la evolución, la vida y la muerte, la longevidad, la extinción, la sostenibilidad, la educación, el cambio climático y otros muchos asuntos de acuciante relevancia contemporánea.
En este libro, lo que propongo es volver a una idea más antigua, según la cual la vida no se desarrolla confinada estrictamente dentro de su propia generación, sino que es creada de forma colaborativa por la interacción de las distintas generaciones que coinciden en el tiempo y el espacio. Defenderé que es a través de vivir y trabajar juntas, siguiendo los caminos trazados por sus predecesoras, como las generaciones se aseguran un futuro para ellas mismas y para sus descendientes. Tenemos buenos motivos para mostrar respeto a quienes han trabajado tan duro y han puesto tanto de su vida y de su alma para crear un mundo que podamos habitar. A sus esfuerzos debemos nuestra existencia misma, del mismo modo que quienes vendrán después de nosotros nos deberán la suya. ¿No desearíamos acaso un respeto semejante por su parte? La vida funciona como una carrera de relevos y, mientras continúe, sigue habiendo esperanza para las generaciones futuras. A lo largo de estas páginas he tratado de desarrollar un vocabulario conceptual que nos ayude a dar voz a esta esperanza. Muchas de las palabras más importantes en este vocabulario son ya muy antiguas y nos desarman por su simplicidad. Además, como tal vez no sorprenda, el verbo es la categoría gramatical que predomina entre ellas. Algunas de estas palabras son: llegar [to come] y anhelar [to long] (que a su vez derivan en llegar a ser [to become]y pertenecer [to belong]), envejecer y engendrar, inclinarse sobre y prolongarse en el tiempo, cuidar y atender, desenterrar y experimentar y, como sustrato de todas ellas, «humanar» [to human]. Todas ellas son palabras de proceso.
Con el fin de prevenir posibles malentendidos, permítaseme aclarar, antes de nada, lo que este libro no es. En primer lugar, no se trata de un estudio etnográfico o sociológico orientado a documentar y analizar la experiencia de una generación en concreto en un período determinado o en una región determinada del mundo, ni a explicar la fortuna de sus habitantes. Mi interés es de carácter más filosófico: tiene que ver con el concepto mismo de generación y con cómo podría pensarse de otra manera. Así pues, la «Generación Ahora» que empleo con frecuencia en el libro hace referencia a la idea que una generación tiene de sí misma en virtud del acto de reclamar para sí el presente. Podemos, por tanto, entender su alzamiento y caída en dos sentidos. Por una parte, si a cada Generación Ahora le llega la hora de salir a escena y hacerse cargo de los asuntos de su tiempo, ello implica que primero debe alzarse hasta esa etapa vital, al igual que está destinada a caer otra vez para dejar paso a su sucesora. Por otra parte, esta idea tiene su propia trayectoria histórica: su alzamiento llegó de la mano de la noción de progreso, como parte de ese gran proyecto del pensamiento europeo que se conoce como la Ilustración, y su caída ahora ocurre acompañando a ese mismo proyecto que, asediado por las múltiples crisis sociales y medioambientales que ha desencadenado, se desmorona en pedazos.
En segundo lugar, este no es un libro sobre género. De hecho, es un tema que apenas se toca. Utilizo aquí «engendrar» en su sentido primario de procreación, de traer nueva vida al mundo, y no en su sentido secundario de investir esta vida de cualidades masculinas o femeninas1. Bien es posible que el lector que aplique ese enfoque observe indicios de feminidad en el carácter recíproco del gestar y el nacer y del cuidar y ser cuidado implicados en el engendramiento. Asimismo, puede que encuentre indicios de masculinidad en la determinación de la Generación Ahora por exprimir las oportunidades que brinda el presente con el fin de «hacer historia», como dirían quienes integran la vanguardia de esta generación. Semejantes apreciaciones no estarían erradas. Aun así, me atrevería a sugerir que ello no se debe a que las relaciones generacionales estén inherentemente caracterizadas por aspectos de género, sino, por el contrario, a que nuestra propia comprensión del género está profundamente coloreada por la forma en que pensamos las generaciones. Por lo tanto, un cambio en este segundo sentido podría tener profundas consecuencias sobre el primero. En términos más taxativos, no podrá haber justicia en las relaciones de género hasta que no se aborden y resuelvan las injusticias consustanciales al modelo actualmente predominante de reemplazo y sucesión generacional, especialmente, las que atañen a los jóvenes y a los mayores. Eso es lo que trato de conseguir con este libro. Explorar las consecuencias que una nueva forma de plantear el problema de las generaciones conlleva en términos de género sería, ciertamente, un camino lógico por el que continuar. Por mi parte, no obstante, no tengo inconveniente en dejar este reto a otros académicos mejor equipados para asumirlo que yo.
En este libro expongo mis ideas a la manera de modestas sugerencias, antes que como una gran teoría. No pretendo afirmar que conformen un todo completamente coherente e irrebatible, ni siquiera particularmente original. Lo que sí es cierto es que reflejan un sentimiento que lleva tiempo fraguándose en mí. Estoy convencido de la necesidad de encontrar un modelo alternativo desde el que pensar las generaciones, no solo para mitigar algunas de nuestras inquietudes hacia lo que el futuro deparará, sino, en un sentido más profundo, para sentar unas bases duraderas para la coexistencia. Reconozco que el enfoque que propongo nos obligaría a renunciar a algunas de nuestras convicciones más arraigadas, incluida la fe en la inevitabilidad del progreso y en la capacidad de la ciencia y la tecnología para mitigar el impacto de los fenómenos medioambientales sobre la humanidad. No creo que un mundo perfecto esté a la vuelta de la esquina, ni que vaya a llegar el día en que todos nuestros problemas queden resueltos. Pero, en lugar de achacar esos problemas a los errores de nuestros antepasados y volver a empezar de cero, creo que sería preferible aunar de nuevo a las diversas generaciones en las interminables conversaciones de la vida. El mensaje de este libro es que la vida no consiste —al menos, no principalmente— en lograr objetivos. Consiste en ir tirando, encontrando un camino en ese espacio que se abre entre los medios y los fines. Es ahí donde radica toda posibilidad. Cuando estamos así inmersos en todas estas potencialidades, el futuro que vemos no es uno que viene hacia nosotros, sino uno que se extiende hasta donde alcanza la vista. Se mueve a la par que nosotros. Nunca lo alcanzaremos. Y sin embargo, mientras podamos seguir avanzando, hay motivos para mantener la esperanza.
Solo me queda agradecer a la Fundación Henry Luce por su generosa contribución económica y, en particular, a Norman Wirzba, por su apoyo constante. La confianza de Ellen MacDonald-Kramer, de Polity Press, en los méritos del proyecto me ha hecho perseverar en todo el proceso. Este libro ha crecido gracias a la revisión y comentarios de dos lectores anónimos. Dedico este libro a mis antepasados, sin cuyos esfuerzos yo no estaría aquí para escribirlo, y se lo ofrezco a mis descendientes, con el deseo de que les socorra en tiempos difíciles.
Tim Ingold, Aberdeen, enero de 2023
1 Alude aquí a la ambigüedad de la palabra inglesa engender(N. de la T.).
Imagínate que estás fabricando cuerda. Has recogido en la pradera una cierta cantidad de hierbas largas que serán tu materia prima. La cuerda cobra forma gracias a un doble movimiento. Primero se retuercen los tallos de hierba, alineados longitudinalmente, para formar hebras y, a continuación, se retuercen las hebras entre sí. La clave está en que la segunda torsión de la cuerda debe hacerse en dirección contraria a la primera. Así, las hebras individuales, que de lo contrario se desharían separadamente, incrementan con la tensión de la propia torsión de cada una la tensión que las retuerce conjuntamente, mientras que, a su vez, esta torsión conjunta de la cuerda hace que se intensifique la tensión que retuerce cada una de las hebras. Estas dos fuerzas compensatorias, sumadas a la fricción que se genera por la disposición longitudinal de los propios tallos, evitan que la cuerda se deshaga y la vuelven resistente a la tensión. Naturalmente, los tallos no alcanzan más que una cierta longitud. Sin embargo, al adjuntar nuevos tallos al trenzado a medida que los antiguos comienzan a agotarse, la cuerda en sí puede seguir entrelazándose indefinidamente —o, al menos, todo lo que dure tu provisión de materia prima—. Si esta se agota, puede que tengas que esperar otra estación hasta que vuelva a crecer más hierba. Entonces, con la nueva cosecha, podrás retomar el trabajo allí donde lo dejaste.
Imagina ahora que cada tallo de hierba es una vida. Aunque no tiene por qué tratarse de una vida humana, supongamos por el momento que lo es. Sabemos por nuestra propia experiencia que, generalmente, las vidas humanas no transcurren en aislamiento, sino en la compañía de otras personas. Estas vidas avanzan conjuntamente y, sobre todo en los entornos más íntimos, como el hogar y la familia, se entrelazan unas con otras. Estas agrupaciones más íntimas se entrelazan a su vez unas con otras en los círculos más amplios de la vida social. Una retuerce a la otra, dotando a la vida social de una cierta cohesión, evitando que se abra y se deshilache. La tendencia de cada una de las vidas particulares a seguir un camino propio ejerce una fricción que aprieta los lazos de la comunidad y, en contrapartida, si los lazos de la comunidad se aflojan, ello hace que intensifique la intimidad del contacto entre esas vidas individuales. El contrapunto entre tensión y fricción —lo que los antiguos griegos llamaban armonía— mantiene la unión del todo. Aunque, claro está, nadie vive para siempre, a la misma velocidad a la que unos envejecen y eventualmente desaparecen, otros nacen y se incorporan al trenzado. Así, aunque los participantes individuales van siendo reemplazados, la vida social puede continuar indefinidamente, en un ritmo que emerge del ciclo de las generaciones humanas.
Claro está que esta no es una analogía perfecta. Tal vez la diferencia principal entre la cuerda y la vida social sea que la primera se compone de materiales ya recolectados, mientras que la segunda se va creando sobre la marcha, a partir de las vidas que no cesan de brotar en su extremo. Tal vez sería mejor comparar estas vidas con vides o plantas trepadoras, donde cada una va enroscándose en torno a las demás a medida que se abre camino a través del denso entramado de vegetación. Al igual que en este ejemplo, las nuevas vidas no se insertan desde fuera —como sucede con los tallos al fabricar cuerda—, sino que nacen desde el interior, en un modo muy similar a como, antes de la cosecha, nuevos brotes nacen de los tallos antiguos. La imagen de la cuerda me parece, no obstante, un buen punto de partida para comenzar a pensar en la generación de la vida social. Ese es el tema sobre el que trata este libro. Las preguntas que lanzo son simples. En el paso de las generaciones, ¿qué va antes y qué va después? ¿Los ancestros se sitúan delante o detrás? ¿Y los descendientes? ¿Cómo hace la vida social para asegurar su propia continuidad, o cómo perdura? Las respuestas tendrán consecuencias vitales, especialmente en un tiempo en el que esta continuidad —o pervivencia— parece estar amenazada como nunca antes.
Creo que esta amenaza o, al menos, nuestra percepción de ella, tiene mucho que ver con una acusada tendencia en los tiempos modernos a trasladar el foco de la generación de la vida social hacia las propias generaciones. ¡Este plural implica una gran diferencia! La generación es un proceso: un traer a la vida, no solo a través de la concepción o del nacimiento, sino en cada instante de la existencia. Vivir, como veremos, es lo que hacemos, pero también lo que experimentamos a medida que, en el proceso de entrelazarnos unos con otros, nos generamos activamente a nosotros mismos y recíprocamente unos a otros. Por su parte, las generaciones, en plural, son como tajadas extraídas de ese proceso vital: cada generación es como una cohorte de la humanidad, que ha formado filas en un tiempo o durante un intervalo temporal determinados, cuyos miembros se consideran o son considerados en algún sentido como coetáneos y que echa a andar ya en una formación cerrada y completa. En la marcha de estas cohortes, lo que observamos no es una continuidad, sino un reemplazo en serie, a medida que cada una de ellas sale a escena y, tras disfrutar de su tiempo bajo los focos, es reemplazada por su sucesora y desaparece en el pasado. El proceso de generación continúa, pero las generaciones se van apilando en un montón etapa tras etapa, estrato sobre estrato.
Esta clase de pensamiento estratigráfico está profundamente engranado en la sensibilidad moderna y nos conduce fácilmente a equiparar los estratos generacionales con los estratos de sedimentación en la historia de la tierra, con los depósitos dejados por las sucesivas ocupaciones de un sitio arqueológico, con los documentos de un archivo o incluso con los estratos de la conciencia en la mente humana. Es una forma de pensar que se ha abierto camino, a menudo sin que seamos conscientes de ello, en todas y cada una de las esferas en las que entran en juego el pasado y el futuro humanos, ya se trate de cuestiones relacionadas con la tradición y el patrimonio, la conservación y la extinción, la sostenibilidad y el progreso o el arte y la ciencia. En los capítulos siguientes veremos cómo ha llegado a suceder esto. En todos los casos, pasar de la metáfora de la cuerda a la de la pila hace que estas cuestiones se nos presenten bajo una luz completamente distinta. Mientras que en la metáfora de la pila, como vemos en la Figura 1.1, cada generación aparece ya dispuesta para sustituir a su predecesora, en la de la cuerda las vidas más jóvenes y las más antiguas se superponen, y la propia vida se regenera a través de su colaboración. Esta colaboración no es exclusiva de las vidas humanas, ya que se aplica también a las relaciones entre seres vivos de toda clase. Sostengo que solo replanteándonos el proceso de generación en estos términos podremos crear una base duradera sobre la que coexistir.
Figura 1.1. La cuerda y la pila, a lo largo de cinco generaciones.
Según el libro del Génesis, todo comenzó con Adán. «Este es el libro de las generaciones de Adán», proclama la frase que da comienzo al capítulo cinco del libro. Fue a la respetable edad de 130 años cuando Adán engendró a su hijo, Set, si bien después de esto vivió todavía ocho siglos más, a lo largo de los cuales engendró a muchos más hijos e hijas. Durante todo este tiempo, Adán y Set vivieron sus vidas conjuntamente. A los 105 años, Set engendró a su hijo Enós, pero también él vivió otros 807 años antes de morir. Y así sucesivamente: Enós engendró a Cainán, que engendró a Mahalaleel, que engendró a Jared, que engendró a Enoc, que engendró a Matusalén, que engendró a Lamec, que engendró a Noé2. Cada uno de los personajes nombrados, con la excepción de Set, fue el primogénito y pasó a disfrutar de una vida extraordinariamente larga, durante la cual engendró a numerosos hijos e hijas. Fueron hombres poderosos y de renombre, y sus numerosos descendientes se multiplicaron sobre la faz de la tierra. Aun así, esta estaba plagada de violencia y corrupción. No interesa hablar aquí de lo que pasó después. En su lugar, lo que llama mi atención es el uso de un verbo ligeramente arcaico, «engendrar». ¿Qué significa, exactamente, que un ser humano engendre a otro?
Literalmente, es poner en marcha una nueva vida. Implica dar existencia a otro ser con la promesa de que este, a su vez, hará lo mismo cuando le llegue el momento. Se aprecia aquí la noción de un traspaso de la vida a la manera de un relevo, que se mantiene en marcha gracias al impulso siempre renovado que pueden proporcionarle los recién llegados, aun cuando las energías de los corredores anteriores comienzan a desfallecer. En una carrera de relevos, el testigo pasa de una mano a otra sin que haya un cambio de dirección, de forma harto distinta al cambio de manos que tiene lugar, por ejemplo, en la compraventa de bienes o, como veremos, cuando estos se heredan. En otras palabras, un rasgo crucial del engendramiento es que pertenece al mismo movimiento vital que la vida engendrada. Hay una continuación, no un cruce, y por lo tanto no sucede en un instante, sino que se prolonga a lo largo del tiempo. Engendrar puede comenzar en la unión sexual, pero este es solo el principio de un proceso que perdura, especialmente a través del trabajo cotidiano de crianza y cuidado por el que los progenitores gestan y crían a sus vástagos y estos, a su vez, a los suyos propios. Es un trabajo que implica transporte y levantamiento.
El relato de Adán y sus descendientes, aunque decididamente patriarcal, dista mucho de ser un ejemplo único. Numerosos pueblos de todo el mundo recitan con orgullo largas genealogías que van desde los ancestros fundadores del linaje hasta las generaciones actuales. A menudo, como en el caso bíblico, esta enumeración sigue la línea paterna, pero también hay sociedades que trazan su linaje a través de la sucesión de sus mujeres, mientras que otras llevan paralelamente los registros correspondientes a los linajes masculino y femenino. Una cosa, sin embargo, es común a todas estas enumeraciones, y es que se componen de historias sobre el hecho de engendrar y ser engendrado. Esto es lo que los antropólogos llaman «filiación»: la relación fundamental entre progenitor y vástago. Esta palabra procede del latín filius y filia: respectivamente, hijo e hija. Ambos, sin embargo, son derivaciones personificadas del término filium, «hilo». Cada engendramiento introduce un hilo nuevo. Este, una vez introducido al mundo con los trabajos del parto, procede a enroscarse en torno a los hilos parentales a medida que van avanzando juntos; más adelante, a medida que los hilos antiguos vayan desapareciendo, él mismo producirá nuevos hilos. Así pues, la filiación es un entrelazamiento de hilos. Recitar una genealogía, enumerando los nombres que la conforman, implica remontarnos siguiendo el cordel que estos hilos forman al entrelazarse. Ciertamente, el hecho mismo de dar nombre forma parte del proceso de engendrar, de introducir a la persona e indexar sus filiaciones. Cada nombre, en su enunciación, pasa a formar parte de la historia3.
Si consultamos cualquier texto clásico de antropología sobre el parentesco y la descendencia, sin embargo, veremos que no es así como ilustra la filiación. Estos textos están llenos de cuadros genealógicos en los que las personas aparecen representadas convencionalmente mediante pequeños iconos: triángulos para los hombres y círculos para las mujeres. Si el cuadro representa una relación para la cual el género de los individuos que se relacionan resulta indiferente, la convención indica el uso de un diamante4. Una línea recta que conecta dos iconos representa la existencia de una relación entre ellos: horizontal si pertenecen a la misma generación, como en el caso de hermanos procedentes de una misma unión; vertical si pertenecen a generaciones sucesivas. La filiación se manifiesta, pues, en la forma de una línea recta y vertical que conecta al progenitor (madre o padre) con su vástago (niño o niña). Esto puede verse en el diagrama en la parte izquierda de la Figura 1.2. En este caso, la línea que aparece dibujada no es una línea vital. Por el contrario, tanto en este diagrama como en un cuadro típico de parentesco, la vida de toda persona queda condensada en un punto, ya sea en forma de círculo, triángulo o diamante. Este punto está inmóvil, fijado por su posición en el marco genealógico. La línea, a pesar de conectar estos puntos, marca la distancia que los mantiene irrevocablemente separados.
Figura 1.2. La filiación: tal como se representa en un cuadro antropológico (izquierda) y como un hilo que brota de otro (derecha).
Aquí no hay engendramiento, no hay una continuidad que se transmita, como un relevo, de una vida a la siguiente. Mientras vivan, la distancia entre progenitor y vástago se mantendrá constante. Sea cual sea el contacto práctico o afectivo entre ambos, este no tendrá el poder de acercarlos ni de alejarlos. Están donde están, ubicados por medio de un cálculo que determina su posición con independencia de las idas y venidas que puedan tener lugar en el transcurso de sus días. Se trata del cálculo de la relacionalidad. Cuando decimos, en este sentido, que entre progenitor y vástago existe una relación de parentesco, ello no nos da ninguna información sobre la calidad de su relación ni sobre cómo desarrollan su vida en común. Solo nos dice que ciertos atributos o propiedades del progenitor se ven replicados en el hijo. Compárese este modelo con el diagrama de la parte derecha de la Figura 1.2, que muestra cómo la vida del vástago brota de la del progenitor, en una relación de filiación que se prolonga durante el resto de su existencia simultánea. En este caso no vemos un hueco que hay que cruzar, sino que la distancia entre el hijo y su progenitor va aumentando en función de la disminución gradual del contacto afectivo entre ambos, conforme el primero, al sobrevivir al segundo, pasa a vincularse con su propia descendencia.
Permitid que retome la metáfora de la cuerda y la pila. Como vimos, en el caso de la cuerda, la vida se transmite a través de las generaciones. De hecho, al ser tantos los hilos que se superponen, es imposible determinar en qué punto termina una generación y empieza la siguiente. Solo podemos afirmar que, una vez transcurrido el tiempo suficiente, cada uno de esos hilos que antes discurrían conjuntamente acaba por desaparecer, dejando paso a los que se han incorporado de forma más reciente. La cuerda continúa. Por el contrario, en el caso de la pila, la vida de cada generación permanece confinada dentro de su estrato correspondiente. Gradualmente, a medida que su potencial se va agotando, un nuevo estrato comienza a cristalizar por encima, al cual le sigue otro, y así sucesivamente. La renovación solo puede producirse por superposición, incorporando nuevos estratos a la pila. Con cada estrato que se añade, los anteriores se hunden un poco más. ¿Qué es, entonces, lo que se transmite de un estrato a otro? No se trata de vida, sino de los recursos para vivirla, ya sean estos recursos materiales o de información. Al rebanar la conexión entre cada generación y la siguiente, la metáfora de la pila incorpora una discontinuidad intrínseca, al separar la vida, que se desarrolla en el interior de las generaciones, y la transmisión de recursos de una generación a otra. Esta separación está en la base de lo que en adelante llamaré el modelo genealógico.
Naturalmente, una cosa es elaborar un modelo de las genealogías y otra muy distinta es performarlas. La gente que recita los nombres y los hechos de sus antepasados, enumerando quién engendró a quién y celebrando sus hazañas, presenta un relato ininterrumpido que conduce desde los ancestros fundadores del linaje hasta sus descendientes actuales. El modelo genealógico, sin embargo, reproduce la historia como una secuencia de episodios independientes pero relacionados5. Podríamos pensar estos episodios como si entre todos compusieran una serie de televisión donde el comienzo de cada nuevo capítulo no enlazase con una historia preexistente, sino que su guion estuviera construido a partir de fragmentos del episodio anterior. Además, el axioma definitivo en el modelo genealógico es que todos los elementos del guion, así como el mensaje que encarnan, deben presentarse y resolverse dentro de cada capítulo, antes y con independencia de la historia que se desarrollará en el episodio siguiente. Cada generación tiene su propia historia, si bien esta se escribe utilizando materiales recibidos del pasado y, a su vez, contribuye al futuro aportando sus propios materiales. Esta refundición de elementos de un episodio al siguiente es lo que sucede cuando se divide la vida de las generaciones, como sucede en un cuadro antropológico, convirtiéndola en una sucesión de estratos. Esta operación no es en absoluto exclusiva de la antropología. La encontramos también en el modelo de la genealogía de la vida propio de la biología.
