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Hay libros que alteran los sentidos y alientan el fanatismo. Hay lecturas desenfrenadas, perturbadoras, obsesivas. En estas páginas, Mariana Enriquez navega entre las agitadas mareas de la literatura, se detiene en islas ocultas repletas de personajes, escenas fantasmales, ruinas góticas, sensibilidades eróticas o suicidas. En este viaje también hay trabajo en la lectura, ansias de saber, largas horas de búsqueda. No faltan los secretos de lectora que camina por galerías mortuorias, ni los truculentos paisajes que pueblan los textos y se encarnan en la propia memoria. Archipiélago es la suma literaria de una formación intensa, entregada al magnetismo de las palabras, la mirada incisiva y los fetiches del cuerpo.
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Seitenzahl: 317
Veröffentlichungsjahr: 2026
Mariana Enriquez
Archipiélago
Una formación lectora en veintinueve islas
Buenos Aires
Lector&s Colección dirigida por Graciela Batticuore
“La obsesión por la lectura me lleva a sentir de vez en cuando que toda vida es ficción. Y la ficción, por supuesto, es amoral.”
Hay libros que alteran los sentidos y alientan el fanatismo. Hay lecturas desenfrenadas, perturbadoras, obsesivas. En estas páginas, Mariana Enriquez navega entre las agitadas mareas de la literatura, se detiene en islas ocultas repletas de personajes, escenas fantasmales, ruinas góticas, sensibilidades eróticas o suicidas.
En este viaje también hay trabajo en la lectura, ansias de saber, largas horas de búsqueda. No faltan los secretos de lectora que camina por galerías mortuorias, ni los truculentos paisajes que pueblan los textos y se encarnan en la propia memoria. Archipiélago es la suma literaria de una formación intensa, entregada al magnetismo de las palabras, la mirada incisiva y los fetiches del cuerpo.
Graciela Batticuore
Enriquez, Mariana
Archipiélago / Mariana Enriquez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ampersand, 2026.
(Lector&s / Graciela Batticuore; 20)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6558-34-3
1. Lectura. 2. Géneros Literarios. 3. Memoria Autobiográfica. I. Título.
CDD A860
Ediciones Ampersand
Ombú 3091 (C1425CFF)
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
www.edicionesampersand.com
Colección Lector&s
Primera edición, Ampersand, 2025
Derechos exclusivos de la edición en español reservados para todo el mundo.
© 2025 Mariana Enriquez / Casanovas & Lynch Literary Agency S.L.
© 2026 de la presente edición en español, Esperluette SRL, para su sello editorial Ampersand
Edición al cuidado de Diego Erlan
Corrección: Fernando Segal
Diseño de colección: Thölon Kunst
Diseño de tapa: Tender
Maquetación: Silvana Ferraro
Conversión a formato digital: Estudio eBook
ISBN 978-631-6558-34-3
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante el alquiler o el préstamo públicos.
Un libro gris sobre la mesa blanca del comedor. La casa de mi infancia en Lanús no tenía living, solo dos habitaciones además de la cocina. Era amplia pero incómoda. Si recibíamos gente, siempre era alrededor de esa mesa redonda de fórmica.
La biblioteca, en mi casa natal, quedaba en un espacio de transición. Mi abuela vivía en la casa de atrás, cruzando un patio al que se abrían dos habitaciones. Un puente. No era de esas casas que se conocen como “chorizo” ni una típica propiedad horizontal, sino una de esas viviendas “estilo acumulado” del conurbano: un terreno grande donde la familia iba construyendo, como en capas, durante años, a medida que podía. En esas habitaciones estaban todos los libros.
El recuerdo de mi primer libro es sobre la mesa de fórmica, con un televisor Zenith colorado enfrente y mi tía Chela, que me lo dio de regalo. Era del Círculo de Lectores al que estaba suscripta: nunca supe bien de qué se trataba ese Círculo, porque ella no era una gran lectora, pero, de la misma manera que mis padres, aprovechaba las oportunidades económicas de acceso a la cultura, proyecciones de películas en sociedades de fomento, colecciones de libros que se vendían en kioscos, fascículos de enciclopedias. Este libro, me dijo, no era de su estilo pero estaba segura de que a mí si iba a gustarme. El rumor en la familia era que yo tenía mucha imaginación y que me gustaban los cuentos de hadas y las mitologías: tenía varios libros ilustrados de mitos griegos, nórdicos y latinoamericanos, los cuentos de los hermanos Grimm, versiones adaptadas para la infancia de la Odisea y la Biblia para Niños, que me parecía divertidísima. Además, sabía leer desde los tres años y mi madre solía pedirme que exhibiese la habilidad en el kiosco del barrio, espectáculo que, según ella, me encantaba dar.
El libro que me regaló la tía Chela era La historia interminable de Michael Ende. Todavía conservo el mismo ejemplar y está impecable: es una edición impresa en Barcelona en 1983, tapa dura, ilustrada y a dos tintas. El libro es largo, cuatrocientas páginas, pero no tengo un solo recuerdo de sentirme intimidada ante su tamaño. La tapa me parecía hermosa: unicornios rojos corriendo hacia una torre blanca, el dibujo enmarcado en dos serpientes que se muerden la cola. Las primeras palabras estaban escritas en espejo, porque así las veía Bastián, el protagonista-lector, que las miraba desde adentro de una tienda: una librería de viejo donde consigue –se roba– La historia interminable. Es complejo explicar la obra maestra de Ende, pero leerla es muy fácil y es como un par de grilletes. No te deja soltarla, no te deja dormir. El libro usa tinta de dos colores porque tiene dos planos, el rosa oscuro es para el plano de Bastián, el lector, y el verde es para el plano de la ficción, la novela. La trama es inquietante: la Nada, una especie de niebla borradora, una amnesia que se lleva consigo ciudades, personajes, historia, lenguaje, amenaza Fantasía y a su soberana, la Emperatriz Infantil. Los dos planos están separados hasta que Bastian se da cuenta de que los personajes rompen la cuarta pared de verdad, le hablan, le piden ayuda. Entonces él ingresa en la ficción como protagonista. La historia interminable es una novela sobre la posibilidad de perderse en la lectura y sobre la memoria. Es la entrega absoluta a la narración, sin distancia y con candor. Ende escribe que le resultará imposible entender la pasión de Bastián a “quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a los personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido”.
Cada vez que lo releo o lo repaso, me doy cuenta de cuánto influyó en mi educación estética, y me sorprende que lo leído en la infancia deje semejante cicatriz. Los títulos de los capítulos me siguen gustando muchísimo hoy: “La voz del silencio”, “La ciudad de los espectros”, “La mano vidente”, “El monasterio de las estrellas”. La Nada se parecía a la soledad de las calles del conurbano de noche, a la mirada en los ojos de mi papá cuando se anunció el desembarco en Malvinas, a la depresión e inmovilidad de mi madre en la habitación de cortinas anaranjadas. La Nada era una devastación íntima, era lo irrecuperable. No pensé esto entonces, pero me queda muy claro años después.
La historia interminable es, en mi vida, la explosión de las posibilidades y una especie de texto sagrado.
La biblioteca principal de la casa de Lanús tenía un piano negro y muñecas antiguas sobre sillas de cuero, muñecas de piel verdosa y ojos que nunca se cerraban. Podía investigar esos estantes sin interferencias ni censura previa: a mis padres les daba igual o no me prestaban atención.
Estaba formada principalmente por dos colecciones de libros: la Biblioteca Básica Salvat y Club Bruguera. Los de Salvat tenían color por género (narrativa era anaranjada, dramaturgia azul), y los de Club Bruguera tenían cada uno un color distinto. Y estaban numerados. El 1 era A sangre fría de Truman Capote, y era rojo. Las colecciones estaban completas. Mi padre tenía pasión por lo coleccionable: también compraba fascículos para encuadernar y por eso había unas cuantas enciclopedias y diccionarios en la casa, desde Lo sé todo hasta el Larousse.
Con esas dos colecciones me armé un canon de favoritos. En mi formación lectora nunca hubo, y no hay, bibliotecas públicas, librerías o libreros con quienes haya establecido una relación especial o memorable. Mis lecturas empezaron en la biblioteca de casa, siguieron con las lecturas institucionales en la escuela y la universidad y continuaron con una red de recomendaciones por fuera de los lugares tradicionales del libro, entre amigos, revistas no literarias como Caín y Cerdos & Peces, o entrevistas de mis músicos favoritos, que mencionaban qué leían o llevaban remeras con, por ejemplo, la cara de Poe.
Creo que el gusto literario no se elige. Ignoro de dónde viene, es una conexión esotérica y estética que no podría explicar. Aquella primera biblioteca tenía una colección de libros sumamente ecléctica. Podría haber elegido cualquiera como mi favorito. De hecho, tenía grandes amores: Las aventuras de Tom Sawyer, Mujercitas, Áyax, Dailan Kifki. Pero lo que me sacudió en esa habitación fueron los relatos fantásticos, góticos y de terror. No me convencen las explicaciones sencillas como la que invoca a la imaginación infantil y tampoco creo en la explicación ambiental: crecí en la dictadura y los tensos años posteriores, de manera que el horror exterior se conjuraba con el horror de la ficción, que es un lugar seguro; pero si esa conexión existía era subterránea, porque como niña percibía la tensión en el ambiente y la casa: si buscaba un espejo ficcional, era inconsciente.
Es cierto que en la infancia y la primera adolescencia la ficción suele llegar por la vía del mito y el fantástico, pero también es un prejuicio considerar que esa sensibilidad le corresponde solo a los primeros años, o pensar que gustan los “géneros” en bloque. A mí no me gustaba ni me gusta Lewis Carroll: me irrita el nonsense, me provoca un malhumor cercano al odio. Tampoco Julio Verne, y cada vez que me sugerían leer a Emilio Salgari quería morir. Me gustaban María Elena Walsh y Elsa Bornemann, pero, en general, no podía soportar la literatura infantil de luciérnagas a las que se les apagaba la batería, sirenitas o princesas: ni siquiera puedo dar ejemplos porque no me acuerdo de esos libros. Tampoco tiene que ver con que, por ejemplo, Salgari fuese “para varones”: para muchas de mis amigas, el primer amor es Sandokán, y a mí me encantaba Nippur de Lagash, de Robin Wood y Lucho Olivera, y me parecía repugnante Anne, la de tejados verdes.
Esa afinidad inmediata, el gusto primero y permanente, es inexplicable pero está fuera de duda. ¿Cuáles fueron mis impactos de origen? Los libros que me electrizaron, que leí de principio a fin y que recuerdo al detalle, todos tomados de la biblioteca de mis padres, fueron Un cuento de Navidad de Charles Dickens, Cumbres borrascosas de Emily Brönte y Jane Eyre de Charlotte Brönte. Una novela de fantasmas, una demonología familiar y un melodrama gótico. Sé que no me fasciné por los títulos: en mi casa la Navidad no era una festividad siquiera, esas cumbres borrascosas no me decían nada, porque nunca había visto una montaña y Jane Eyre era apenas un nombre. Fue otro tipo de alumbramiento, lejos de la identificación con lo conocido real. Esas historias y esos autores entendían mi sensibilidad. Podía hablar con ellos. Leer es una conversación con alguien que te entiende. Heathcliff, cruel y dañado, se convirtió primero en un enigma –¿por qué es tan atractivo si es el villano?–, después en una idealización platónica, más tarde en el ángel caído que reescribo una y otra vez en mis propios textos. Berta Mason riendo en las noches de Thornfield, probándose el velo de novia de Jane, era quien temía encontrar cuando esperaba el sueño en la cama; además, reproducía esos orfanatos de crueldad indecible jugando con mis muñecas, a las que acostaba en el patio una al lado de la otra, como chicos desamparados. La injusticia que regalaba Scrooge me hacía llorar y a uno de mis muñecos le doblé la pierna y lo bauticé Tiny Tim.
Y las palabras. La edición de Bruguera de Cumbres borrascosas no traduce “moor”, el paisaje que rodea las casas de los protagonistas. El diccionario inglés-español no me ayudaba: daba una descripción imprecisa y decía “páramo”, pero si no lo traducían –pensaba– tenía que ser un paisaje particular. Y yo imaginaba un paisaje volcánico de tierra negra, como en las fotos de Islandia en las enciclopedias, porque a eso se parecía ese horror de celos y crueldad y maldición que impregnaba la novela. Con los años vi las tediosas moors desde un tren en Inglaterra y me bajé a caminar por esa rara desolación ventosa, pero cuando leo la novela, sigo imaginando un territorio quemado.
Hay otra palabra en Cumbres borrascosas que no puede ser traducida: “haunted”. Heathcliff, cuando muere Catherine, el amor y el espanto de su vida, le pide que regrese como fantasma. “Haunt me”, le pide. Pero no hay nada parecido en español. Una haunted house no es una casa encantada. El encanto tiene que ver con el hechizo, pero son palabras ambiguas, que pueden referirse a la seducción. Un haunt no es maravilloso y en el caso de Heathcliff es el reclamo de una presencia fantasmal. No es embrujo tampoco, no es embrújame. Ni es maldición. Una casa haunted es una casa habitada por fantasmas: no tenemos una palabra precisa para definir esta ocupación en español. Y en inglés es hermoso que una persona pueda estar haunted, como escribe Emily Dickinson: “One need not be a Chamber –to be Haunted”. No es exactamente tener un fantasma adentro o alrededor, es el aire de lo sobrenatural y del miedo, cerca del corazón y la piel. Añorar esa palabra desconocida me obsesionó con el género gótico y de terror, un amor alrededor de una palabra imposible.
En estos libros encontré una sinceridad abierta, me estaban diciendo la verdad de una manera teatral y artificial: la verdad de la ficción. Solo que eran traducciones, así que no se trataba de mi lengua, no del todo. Con frecuencia me pregunto de qué manera se configurará la personalidad literaria de alguien que inició sus lecturas en el idioma propio, como muchos autores en lengua inglesa, menos acostumbrados que los argentinos a la traducción. La lengua literaria natal híbrida, la lengua lectora en traducción, ahora me parece una ventaja, una ventana temprana a mundos desconocidos que llegaban interpretados por otros lectores-traductores, un juego de dobles.
A los libros siempre los compré de manera caprichosa: en librerías de viejo, en los puestos de Plaza Italia, el Parque Rivadavia y el Parque Centenario, en mantas callejeras, en librerías elegantes y en librerías pequeñas. Y muchísimos online. En los años noventa, el acceso a Amazon fue un momento glorioso y hoy sigo consiguiendo la mayoría en Mercado Libre y sitios de reventa internacional. Sé a la perfección que lo ético y romántico y correcto es mencionar a ese personaje del librero que sabe y recomienda, pero ese personaje no existe en mi vida. Tengo amigos libreros que adoro como personas y de alguna manera colegas, pero nunca tuve uno de cabecera. Apenas existe el escritor con el que comparto lecturas, excepto por algunos amigos y no necesariamente con gustos similares. Tampoco uso Goodreads ni sigo a booktubers o influencers. Rodrigo Fresán me recomienda todo el tiempo, y en ese exceso está nuestra relación. María Gainza lo hace poco, pero con precisión. Hace poco el editor de Gris Tormenta me recomendó, hablando de otra cosa, al australiano Gerald Murnane. No hay un interlocutor fijo, y esas sugerencias que vienen de todas partes van a un cuadernito de tapas color rosa donde las anoto, sin mencionar de dónde provienen.
En 2023 viajé a México, y me trasladé desde Ciudad Juárez hasta Chihuahua en coche. Quise hacerlo, entre otras cosas, porque es el recorrido de Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, una de mis novelas favoritas. En El Paso, Texas, la ciudad de Estados Unidos que comparte frontera con Juárez, ya había peregrinado hasta la casa de McCarthy y el hotel en el centro de la ciudad donde vivió y escribió algunas de sus novelas. Todos estos viajes no tienen el aura esperada, pero es hermoso hacerlos; incluso la decepción tiene algo dulce, como visitar una casa donde se fue feliz.
Ni bien entramos a la ruta en el desierto, no fueron McCarthy y sus demonios del polvo los que me vinieron a la cabeza. Fue un cuento de Ray Bradbury, “El siguiente en la fila”, que cuenta el derrumbe psicológico de una mujer después de visitar, en unas vacaciones con su pareja, las momias de Guanajuato. Recordé un diálogo mientras observaba esa inmensidad vertiginosa. Mary, la protagonista, piensa después de ver las momias –que la enfrentan a su mortalidad–: “México es un país raro. Todo selvas y desiertos y extensiones solitarias y aquí y allí un pueblo pequeño como este, con unas pocas luces encendidas que puedes apagar con un castañeteo de los dedos. Es un país grande y hermoso”. Y le pregunta a su marido: “¿No se siente nunca sola esta gente?”.
“El siguiente en la fila” es un cuento sobre la ansiedad, me atrevería a decir que es un relato sobre un ataque de pánico. El disparador son esas momias con la boca abierta, cuerpos muertos que gritan uno al lado del otro. Muchos años después de leerlo, cuando tuve mis primeros ataques de ansiedad pensé en Mary, sola en su cuarto de Guanajuato, tratando de leer revistas sin entender las palabras, tan concentrada en el funcionamiento de su cuerpo que podría escucharlo morir. Ese cuento de Ray Bradbury está en el libro El país de octubre, en una edición de Minotauro. Fue de los primeros libros de otra de mis editoriales fetiche. Durante años armé mi colección del sello, que perdió su coherencia desde que es parte de Planeta; ya no es más el lugar central donde ir a buscar autores magníficos de ciencia ficción y fantástico, como lo era en los años de Paco Porrúa, desde 1955 hasta los noventa. En Minotauro conocí a Alfred Bester, J. G. Ballard, Ursula K. Le Guin, Michael Moorcock, Richard Matheson, H. P. Lovecraft. Tengo muchos ejemplares de los cincuenta que no leo porque las páginas ya están muy frágiles y los lomos a punto de despegarse, así que nunca los abro. Tengo todos los libros de Ray Bradbury editados por Minotauro, en todas las ediciones. Las traducciones de Porrúa, con el seudónimo de Francisco Abelenda, son extraordinarias porque Bradbury es poeta y Porrúa lo entiende. Cada uno de los cuentos es de una delicadeza de últimas noches de verano. Fue Bradbury, en la traducción de Porrúa, quien me hizo entender cómo la dimensión de la nostalgia y la ternura pueden conjurarse en palabras. También hizo evidente que me gustan los textos tristes, y que los cuentos sobre la injusticia y la soledad me dan miedo, como “Todo el verano en un día”. En una escuela de Venus, donde siempre llueve, llega una chica de la Tierra, que tiene el recuerdo del Sol. Es desdichada pero en la escuela nadie se compadece de ella, al contrario. La odian lo suficiente como para que, en el único día en que se ve el sol en el lluvioso planeta, la encierren en un armario. La frustración y el resentimiento de esos chicos sin sol es desesperante: es un cuento sobre el exilio y Bradbury lo escribe como si él mismo hubiese sufrido el destierro hasta los huesos.
Mi libro más querido de Bradbury vía Minotauro es Crónicas marcianas. Jorge Luis Borges escribió el prólogo y es increíblemente preciso. Dice: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?”. Y afirma que revivió “deleitables terrores” que había sentido en el pasado. “Deleitables terrores”. Es delicioso leer terror. Quien no lo comprende es porque nunca lo sintió, y no puede contagiarse.
No estudié Letras, nunca fui a un taller literario y no conocí escritores hasta que yo misma publiqué una novela. Mis conexiones, mis viajes entre islas literarias, se dieron por medios menos convencionales. Llegué a libros por el rock y el cine, y a veces por comunicaciones entre ambos y la literatura. Cuando vi Gothic de Ken Russell –porque se trataba del origen de Frankenstein en la Villa Diodati de Lord Byron, con Mary Shelley como personaje central, y porque la protagonizaban dos de mis actores favoritos, Gabriel Byrne y Julian Sands–, me obsesioné con Byron y Percy Shelley. En la biblioteca de mi casa había una colección de poemas de Shelley, muy breve, pero nada de Byron. Salí en su búsqueda. Cuando vi a Patti Smith con una remera de Rimbaud, fui corriendo a averiguar quién era el poeta de ojos azules, y cuando lo conocí se convirtió en mi dios de adolescencia. Gracias a Nick Cave y sus continuas citas al gótico sureño le di una oportunidad a William Faulkner, que me parecía dificilísimo, aunque cuando leí por primera vez El sonido y la furia algo de ese calor, de ese dolor de cabeza, de esa angustia, me fascinó. También me propuse encontrar los cuentos de Flannery O’Connor, la otra favorita de Nick. En los fanzines y revistas que leía, como Resistencia o Cerdos & Peces, se nombraba seguido a William Burroughs: El almuerzo desnudo, y esto es asombroso, estaba en la colección de Club Bruguera.
La secundaria y la universidad también fueron importantes. Mi profesora de literatura de tercer año de la secundaria, cuyo nombre no recuerdo pero sí sus ojos verdes y el pelo largo y canoso, comprendía que el programa de lecturas tenía que modificarse un poco o los chicos moriríamos de aburrimiento, de modo que con Antígona Vélez de Leopoldo Marechal (que después me gustó, pero entonces me pareció imposible), nos dio la más delicada y pop Antígona de Jean Annouilh. Y gracias a Annouilh y la profesora me atreví a leer las tragedias griegas. En la facultad de Periodismo tuve como docente a Martín Malharro, también escritor, macho indómito y tierno, que nos hacía leer novela negra –Chandler, Hammet– y se salía de programa con algunos textos sugeridos como la desoladora Acaso no matan caballos de Horace McCoy. También nos hacía leer a Hemingway, nos explicaba la teoría del iceberg y decía que Fitzgerald no era tan grande como su rival, con lo que yo (y muchos) fuimos corriendo a leer a Fitzgerald. Todavía conservo fotocopias de algunos de los cuentos que nos dio de Ambrose Bierce, Ring Lardner y Sherwood Anderson. Y recuerdo su picardía para provocar y su obsesión por Carver, a quien amaba y criticaba según la clase y el día.
Era una fotocopia: muchas de mis primeras lecturas ocurrieron en fotocopias que se pasaban de mano en mano. La fotocopia del cuento “La casa de Asterión”, de Jorge Luis Borges, llegó en segundo año de la secundaria. Yo tenía catorce años cuando la profesora de literatura nos dio a cada uno esta hojita: es un cuento muy breve. Es parte de El Aleph, pero eso lo averigüé después, cuando busqué el libro en casa.
Conocía la historia del Minotauro por los libros de mitología: era una de mis obsesiones. Creía, por supuesto, que el laberinto en ruinas existía en Creta, y era mi sueño visitarlo. Sentí real tristeza cuando supe que no era así, aunque existía el Palacio de Cnosos. Lo que nunca se me había ocurrido era que esa historia, ese mito, se podía manipular. No pensaba, hasta entonces, que un mito fuese un relato de apropiación posible. Aunque adoro la idea de que, en todo laberinto, hay un monstruo al final, y de que nadie se va de este mundo sin caminar esos pasajes, sin esa iniciación que supone el encuentro con el hombre y la bestia, también me daba pena el Minotauro encerrado, a quien le habían impuesto ese sacrificio de jóvenes cretenses. Una víctima, al fin y al cabo, como suelen ser los monstruos.
Cuando Borges lo describe entregado y derrotado, y despoja a Teseo de la gloria del enfrentamiento, entendí la profundidad de la ficción: todo podía ser releído, reescrito, desafiado. Esa primera lectura de Borges significó la expansión y revisé la biblioteca para encontrar más de él. Estaban casi todos sus libros, pero en ese encuentro me llevé dos: Ficciones, que con sus ruinas circulares me anticipó a Lovecraft, y El libro de los seres imaginarios, que sigue siendo mi Borges favorito, no el mejor sino el atesorado, junto a Siete noches. El libro de los seres imaginarios es un bestiario: ignoro cuáles son los inventados, jamás los googleé, no quiero saber. Ni sé si existen el A Bao A Qu, que aparece cada vez que como o toco un durazno –porque su piel semeja ese tacto de pelusa–, ni el Hidebehind, un ser que siempre está detrás, que por más vueltas que uno dé, siempre se ubica en la nuca. Ni el perro con cara de hombre japonés ni los Lamed Wufniks, esos treinta y seis hombres rectos que justifican el mundo ante Dios. Otros seres, que sí pertenecen a mitologías establecidas, me abrieron puertas a autores y mundos. La banshee me llevó a Irlanda y, eventualmente, a William Butler Yeats; Swedenborg, de quien conseguí libros muchos años después, me llevó a la demonología y el ocultismo; Escila a releer la Odisea. También cerré puertas: Borges incluye en este libro varios seres imaginados por Kafka, pero toda lectura de Kafka ha sido, para mí, y lo escribo con cierto pudor, infructuosa: entiendo su valor e importancia literaria, pero no me gusta. Y lo mismo me pasó con Las mil y una noches, citada hasta el cansancio: es una delicia que mi paladar no anhela.
Cuando leí El azogue, una novela del británico China Miéville, me di cuenta de que estaba basada en “Los animales de los espejos”, el texto más escalofriante del libro de Borges, con ese ejército atrapado en el reflejo que un día desobedecerá, dejará de imitarnos y saldrá del vidrio. Así es mi archipiélago: un libro breve leído una tarde febril me lleva a la ciencia ficción británica y socialista de Miéville, y me abre laberintos más rizomáticos que minoicos.
Otra fuente de acopio de libros fueron y son las dedicatorias y epígrafes de mis favoritos. Si Stephen King le dedicaba un libro a Shirley Jackson, yo iba a por ella. Si Alejandra Pizarnik le dedicaba un poema a Georg Trakl, intentaba dar con él, ¡algo que no logré! También me he decepcionado, porque León Ostrov, a quien Alejandra le dedica uno de mis poemas más queridos, era su psiquiatra. Los epígrafes de Rodrigo Fresán eran esenciales –por eso leí a Cheever–, y sin El padrino de Mario Puzo y su epígrafe de Balzac no sé si me hubiese animado a la extensa Comedia humana. El momento que más disfruto de escribir un libro es buscar epígrafes.
Quise tanto que esa cara fuese más bella, diría Silvina Ocampo. Lo deseo hasta hoy. La portada de la biografía de Lord Byron (1987, Javier Vergara), de Gilbert Martineau que conseguí en una mesa de usados después de ver Gothic de Russell, tenía una pintura en la tapa en la que Lord Byron –subtítulo “el genio maldito”– parecía más un querubín radiante que un beaux ténébreux: no tenía ningún otro retrato. En nada se parecía a Gabriel Byrne. El libro comenzaba con citas fuera de contexto y sin referencia. “Soy extravagante por naturaleza”; “Aquellos a quienes los dioses aman, mueren jóvenes”; “Estoy destinado a no ser feliz jamás”. Una especie de decálogo del romanticismo. La traducción de los poemas en el modesto libro es excelente, tanto que cuando me hice de volúmenes para aprender más sobre Byron, todas me parecieron muy flojas y gratuitamente enrevesadas. Leer a Byron en inglés me resultaba trabajoso, pero menos. Con esta biografía empecé a escribir mi primera novela, Bajar es lo peor, en los noventa. Construí al personaje principal, Facundo, con retazos del poeta y llamé a su gato negro Lord Byron, un exceso adolescente que hoy me avergüenza con ternura. Cuando la corregía, una de mis bandas favoritas, Suede, lanzó su segundo disco, Dog Man Star, y en una de las canciones, “Heroine”, citaban “She walks in beauty, like the night”, uno de los versos más conocidos de Byron, pero inefable en su belleza.
Estaba loca por Byron entonces, aunque no lo había leído a conciencia, y tampoco diría que mi lectura actual haya sido demasiado frondosa: la inmersión en Byron es ardua, con libros imposibles de conseguir, poquísimas traducciones, y cartas que ocupan doce volúmenes. Su lectura es fragmentada, o curada por expertos. De todas maneras, creo que el amor por un poeta no se da por acumulación, sino por sugerencia. Es como capturar una imagen inolvidable de reojo.
Mario Praz, el crítico italiano, tenía clara la “situación Byron”, es decir, que no hace falta leerlo de manera extensiva para entenderlo. Escribió: “Byron es una atmósfera, un clima, una disposición de ánimo. […] Se exclama ¡Byron! ante una situación, un contraste de pasiones, una salida sarcástica o irónica”. Parafraseo a Christopher Domínguez Michael: como Sade o Mary Shelley, Byron está más cerca de la mitología que de la literatura. Y reconozco que, en mis lecturas, la mitología suele ser tan importante como el texto. La historia, el chisme, la anécdota, el aura, todo me hace leer diferente y con mayor interés. No me enamoro solo del virtuosismo y la gracia, ni de la buena construcción, ni del ingenio. Necesito el drama, el artificio, la puesta en escena, la leyenda.
La biografía era fascinante porque revelaba a un hombre distinto de los poetas eruditos o afiebrados. Byron nació con pie equino, una deformidad que trataron de corregir con tratamientos brutales. Solía estar excedido de peso, contra lo que luchaba comiendo poco y haciendo deporte, desde boxeo hasta natación –cruzó a nado el estrecho del Helesponto en 1810–. Era diferente a lo que pensaba como escritor intelectual: a mí me gusta el deporte y la idea de un maldito capaz de disfrutar del sol y escribir poesía me parece una maravilla. No me importa el incesto con su hermana Augusta, que lo llevó al exilio, ni el abandono de sus dos hijas, la genial Ada –una matemática bisabuela de la informática– y Allegra, que murió niña de tifus en un orfanato, aunque tuviera madre y padre. Fue muy cruel con Claire Clairmont, la madre de Allegra y medio hermana de Mary Shelley. Muchas veces fue un mal tipo. Pero si se aman malditos, estos deben dar la talla. Hoy, cuando escribo, en 2024, separar la obra del artista es una de las preocupaciones masivas. Mis estándares cambiaron con el tiempo, hay ciertas cosas que me repugnan y me arruinan la obra, pero en contadas ocasiones. Es una falla moral: la obsesión por la lectura me lleva a sentir de vez en cuando que toda vida es ficción. Y la ficción, por supuesto, es amoral: debe serlo.
Su belleza, sin embargo. La escritora irlandesa Edna O’Brien, que escribió sobre él en Byron in Love, de 2009, dice que algunos reyes que lo recibieron, lo vieron como “una mujer vestida de hombre”. Las imágenes de la época me siguen devolviendo al caballero de rulos, andrógino en el sentido menos estilizado. ¿Por qué me preocupa tanto? Porque necesito a la belleza satánica de Milton para completar a mi héroe del mar azul zafiro. Es una frivolidad arbitraria, de la misma manera que lo es mi indiferencia ante sus acciones militares y políticas por la independencia de Grecia.
No tengo ese libro biográfico subrayado. En aquellos años, aunque mi vida era pura intoxicación y desorden, respetaba las páginas, ahora amarillentas, y para marcarlas hacía una estupidez: doblar las puntas. No solo se rompen con el tiempo, sino que no queda claro aquello que es importante. Hoy, hojéandolo, veo para mi sorpresa que las páginas de escándalos tienen menos dobleces que los fragmentos de poemas. Y que todavía los recuerdo, en inglés: “So, we’ll go no more a roving / So late into the night”; “I stood in Venice, on the Bridge of Sighs / A palace and a prison on each hand”. Fui corriendo al Puente de los Suspiros en mi primera visita a Venecia y esos versos fueron lo único que me salvó de la inmensa multitud turística, y esto fue en los años noventa, antes de los celulares y las selfies y el macroturismo como lo entendemos hoy. Buscaba un puente blanco donde pararme y ver el palacio y la prisión, pero hacerlo sola era imposible y, por supuesto, no se puede visitar de noche. Murmurar ese verso, sin embargo, me alegró.
El episodio byroniano que más marqué en el libro, por supuesto, es el de Villa Diodati. Ya lo repasé y además es muy famoso, pero no tanto lo que sucedió con John William Polidori, el médico de Byron. Esa noche, cuando los amigos escritores se propusieron escribir un relato de terror, tuvo un papel secundario que después se volvería central. Escribió un cuento corto y sencillo que resultaría muy importante para la historia del género de terror y la cultura popular. Se llamó apenas “El vampiro” y fue el primer cuento de muertos vivientes publicado en lengua inglesa. Hasta entonces, los vampiros le pertenecían al folklore, a las supersticiones de Europa del Este: eran repelentes, verdaderas sanguijuelas de dos patas que se hinchaban con la sangre de la víctima y olían a cadáver. Eran muy distintos a los humanos, para nada atractivos y solo inspiraban miedo. Polidori inventó un vampiro diferente. El protagonista de su cuento, Lord Ruthven, es un noble de ojos grises que aparece de la nada en los salones más elegantes de Londres, durante un invierno cruel. Nunca se ríe, tiene una belleza turbia, y las mujeres quedan aturdidas ante su mirada intensa. El brutal pero seductor Ruthven decide irse de viaje, y elige como acompañante a un joven caballero, Lord Aubrey. Juntos parten a Italia; en el camino, y especialmente en el tramo griego del recorrido mediterráneo, se revelará la verdadera naturaleza depravada del lord. Esta imagen, la del aristócrata cruel pero atractivo, es la que se mantiene hasta hoy como la más habitual imagen del vampiro en la literatura y en el cine, y es la que me obsesiona. Es Drácula, la novela de Bram Stoker que se publicó en 1897, unos ochenta años después del cuento de Polidori, pero también es el vampiro Lestat de la saga de Anne Rice y la elegante chica lesbiana de Carmilla.
John Polidori no tenía idea de que estaba inventando el arquetipo del vampiro moderno cuando escribió el cuento. Según consta en su diario, tomó la idea de un relato incompleto que había narrado Byron esa noche mítica –y que el propio poeta publicaría mucho más tarde como “A Fragment”–. “El vampiro” fue publicado en 1819 en la revista New Monthly con la firma de Lord Byron. Fue una trampa de los editores que querían aprovechar la fama del poeta para vender más ejemplares. Byron mandó cartas negando su autoría, enojado, y finalmente se supo que el verdadero autor era Polidori y que el poeta era la inspiración del degenerado Lord Ruthven. El cuento fue un éxito total: hasta fue traducido al sueco y adaptado como obra de teatro, el equivalente actual de una versión cinematográfica. Pero Polidori no pudo disfrutarlo. Es posible que solo quisiera el reconocimiento de su admirado ex-paciente, quien por cierto no se lo concedió. Después de ese verano lluvioso, Polidori y Byron se separaron. Byron continuó con sus viajes por Europa y Polidori volvió a Inglaterra. Siguió ejerciendo la medicina y también intentó dedicarse a la literatura. Salvo “El vampiro”, nada de lo poco que escribió tuvo éxito de crítica o de público. Se suicidó a los veinticinco años, atrapado por la depresión e importantes deudas de juego, seguro de que sería olvidado.
No puedo leer en autos, me mareo hasta el vómito, de modo que no puedo aprovechar viajes largos como copilota. Sin embargo, puedo en colectivos, micros o trenes. De hecho, leer en los colectivos de Buenos Aires es una de mis actividades favoritas, y muchas veces me pasé de parada. El mejor lugar para empezar un recorrido lector es la parada del 26 en Avenida Córdoba: llega vacío, y las unidades son muy cómodas. De joven podía leer en aviones, pero ahora la compresión de la cabina me hace doler la cabeza. Y en los intervalos de espera, prefiero escuchar música. Odio los aviones y los aeropuertos, aunque no me dan miedo, solamente una furia de baja intensidad. Y la lectura no me ayuda a evadirme. No puedo leer si estoy de malhumor.
De chica solía pasar algunas navidades en casa de mi tío Mario, hermano de mi padre, en Longchamps, conurbano sur. Después de la fiesta nos quedábamos algunos días en su casa, que recuerdo enorme y con varias habitaciones a medio terminar, escaleras que eran solo de cemento, sin ningún tipo de revestimiento, paredes con ladrillo a la vista y que, tal vez, si la viera hoy, sería mucho más modesta de lo que conserva mi memoria. Ahí leí por primera vez, un 25 de diciembre, a Stephen King. El libro era Cementerio de animales, editado por Emecé y en traducción de César Aira. No conservo ese libro, no sé si lo perdí en una mudanza o en manos de algún novio. Recuperé la primera edición hace pocos años, gracias al regalo de un lector amoroso, Lucho Guzmán.
El comienzo del libro es ominoso y terrible. “La muerte es un misterio y la inhumación un secreto”, dice King, en un breve prólogo. Entendí a qué se refería. Ya había tenido algunas muertes, ya había escuchado historias de entierros: mi abuela materna, además, tenía una pequeña caja negra donde conservaba fotos de funerales y algunas de familiares post mortem
