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Estamos perdidos en el amor. Los modelos heredados y las concepciones tradicionales están en crisis. ¿Cómo orientarnos entre tanto cambio? ¿Cómo amar sin sucumbir al consumo de cuerpos que parece imponer nuestro tiempo? ¿El amor sigue siendo posible? Este libro es una brújula en esta travesía: una guía que nos oriente desde todo lo que queremos dejar atrás, como los celos, el falso concepto de media naranja..., y nos lleve a formas de amar más liberadoras, más alegres, que nos hagan crecer. Un ensayo para dejar de pensar el amor como esfuerzo, sacrificio o un lugar donde uno se desdibuja y que apuesta por construir un amor que nos haga más libres. Un libro para los que aman el amor, o para los que no han dejado de creer en él.
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Seitenzahl: 189
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Arder
Un ensayo filosófico sobre el amor
FILOSOFÍA&CO
© Daniel Castaño Zapata, 2024
Diseño de cubierta: Estudio Laia Guarro
Edición digital: José Toribio Barba
ISBN EPUB: 978-84-10086-15-9
1.ª edición digital, 2024
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
FILOSOFÍA&CO
Introducción
El amor como falta
El amor como entrega
El amor como potencia
Obras mencionadas
A Melina
«¿Por qué durar es mejor que arder?»ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso
¿Por qué este libro?
El deseo es una potencia fundamental en la vida de todos nosotros. De ello dan cuenta las numerosas publicaciones dedicadas a su análisis y exposición: intervenciones en redes sociales, libros de autoayuda, novelas, series de televisión… Por no hablar de todos los textos académicos de múltiples disciplinas, tales como la psicología, la filosofía, la biología, la sociología, la historia, la antropología y hasta los estudios realizados en áreas como la química y la neurociencia. Todos estos trabajos buscan responder a dos preguntas fundamentales: ¿qué es el deseo y por qué deseamos?
Siendo objeto de tantas y tan distintas investigaciones1, la respuesta a ambas preguntas no puede ser más que un enigma. Tal y como señaló Freud en El malestar en la cultura, esta falta de respuesta en la cuestión del deseo se debe a su condición elusiva, es decir, a que la educación sentimental de las sociedades occidentales ha hecho del deseo una fuerza vital que es necesario reprimir cuando no es funcional al consumismo o a la guerra. ¿Para qué? Para orientarla acorde a los mandatos de la cultura o, llevando un poco más lejos la reflexión, para permitir que la cultura exista.
Una de las premisas de este libro es que el deseo es el motor de nuestras vidas y que desear es la acción constitutiva de nuestra condición humana. Por eso creemos que es necesario hablar más de él, para comprenderlo y, así, comprendernos. De esta forma, podremos contrarrestar todas las creencias que condenan al deseo a ser una expresión irracional e inmoral, todas esas creencias que conciben el deseo como nuestro lado oscuro2.
Por otro lado, nuestro sentido común sobre el amor —construido a imagen y semejanza del platonismo, el cristianismo y las teorías de Freud— comprende el amor como una forma de canalizar el deseo sexual y de mitigar la angustia producida por una pérdida más antigua que nosotros mismos. A esta pérdida la podemos llamar como queramos: pecado original, separación, pérdida de nuestra otra mitad o castración originaria. Tenga el nombre que tenga, para esta visión que heredamos el amor es una respuesta a esta falta que nos constituye. Según estos postulados, amar consiste, principalmente, en una búsqueda para intentar satisfacer esta falta. Este paradigma del amor ha adoptado muchas formas, aunque quizá la más popular sea la de la media naranja, esa otra mitad a la que nos pasamos buscando toda la vida. Pero esto no está exento de problemas. Como señala Darío Sztajnszrajber en El amor es imposible, resulta al menos objetable «creer que el hallazgo de lo pleno consiste en otro ser carente como nosotros». Este es el hilo que recorre todo el libro: justificaremos por qué consideramos que la noción de amor entendida como unión plena, permanente y perfecta no puede resultarnos satisfactoria, ya que su mismo horizonte normativo supone la conquista de una perfección imposible. La perfección que promete esa unión es imposible, más propia del mundo de las ideas platónicas que de la experiencia inmanente del deseo erótico. Quizá por eso están emergiendo en la actualidad nuevas formas de vínculos que desafían las estructuras convencionales.
Pero no solo nos interesa en este libro criticar esta idea del deseo como falta, sino que queremos explorar la noción contraria: la idea de que el deseo es una potencia. Y queremos explorar esta idea para poder flexibilizar (e incluso liberarnos de) las ataduras que nos llevan a repetir ciertos patrones establecidos en materia del deseo erótico. Ojo, queremos explorar nuevos caminos, pero no para construir nuevas normalidades que fijen de manera estática una nueva forma de desear. Y es que, como veremos a lo largo del libro, estas nuevas miradas sobre el deseo y el amor comparten el rechazo a postular sus propias estructuras como reemplazo de las antiguas. Su intención no es otra que explorar el campo de posibilidades que la cultura contemporánea ofrece para transformar nuestras relaciones y nuestros vínculos. Algunos ejemplos de estas nuevas arquitecturas amorosas son: El normal caos del amor: las nuevas formas de relación amorosa, de Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim; Ética promiscua: Una guía práctica para el poliamor, las relaciones abiertas y otras aventuras, de Easton y Hardy; La monogamia al desnudo. Notas para una crítica feminista, texto liderado por Mayra Leciñana Blanchard; Adiós al matrimonio: parejas en busca de nuevos compromisos, de Luciano Lutereau, y Pensamiento monógamo, terror poliamoroso, de Briggitte Vasallo (publicado en algunos países como El desafío poliamoroso). Todos estos libros, desde sus distintos marcos teóricos y desde sus distintos objetivos, comparten un mismo punto de partida: considerar que el deseo es una fuerza que se mueve en un constante devenir. Todos comprenden el deseo como algo nómada, como algo que siempre busca territorios por explorar.
Pero ¿somos capaces de considerar nuestras vidas como caminos hacia la construcción, siempre constante y cambiante, del placer y la alegría? Porque si buscamos en las redes sociales, en las conversaciones casuales, en los noticieros o en los discursos públicos siempre encontramos pasiones tristes. Todas afinadas en clave de dominación, violencia y dolor. Si alguien nos pidiese ahora mismo que dijéramos alguna palabra, idea o imagen que asociamos con el miedo o el sufrimiento, habría muchas a nuestra disposición. Acudirían a nuestra mente en tropel: el último escándalo, una tragedia reciente, el cinismo de alguien con poder. Pero si nos retáramos a decir aquello que asociamos con el deseo, encontraríamos que la capacidad del lenguaje se ve inmediatamente reducida. A lo sumo, indicaríamos interacciones eróticas, consumo de mercancías o algún plato favorito. Y esto constituye precisamente un diagnóstico de nosotros mismos y de nuestra sociedad que nos tiene que hacer cuestionar nuestra visión del deseo. ¿Por qué salen estas imágenes? Volvemos a traer la pregunta inicial: ¿somos capaces de considerar nuestras vidas como caminos hacia la construcción del placer y la alegría? Este es el horizonte ético de este libro.
Sobre la diferencia entre el amor y el deseo
Antes de seguir, es necesario aclarar lo que entendemos por amor y por deseo, dado que son palabras cercanas y eso puede acarrear cierta confusión. En lo que respecta a esta diferencia, la tradición filosófica ha ofrecido distintas perspectivas que podemos esquematizar en tres posiciones.
La primera, inaugural, tiene su origen en la propuesta platónica, según la cual el amor es un deseo de lo eternamente bello y bueno. En sus escritos, Platón sugería una evolución desde el deseo físico hacia un amor intelectual y espiritual. Para esta perspectiva, el deseo es algo efímero y que se centra en lo físico. Además, para Platón, se desea aquello de lo que se carece, mientras que el amor aspira a ser algo más elevado y perdurable, algo divino, como la conquista de la plenitud. La diferencia entre el amor y el deseo, según esta perspectiva, es la diferencia que hay entre el deseo carnal y efímero de aquello que nos falta y el amor elevado y de divina unión que nos completa.
Muy influido por los textos platónicos, el psicoanálisis (especialmente el freudiano y el lacaniano) ha teorizado sobre el deseo. Para el psicoanálisis, el deseo es una fuerza ligada a nuestro inconsciente y, por ende, ligada a lo reprimido. La diferencia entre el amor y el deseo consistiría para el psicoanálisis en que el amor es una modalidad institucionalizada de sublimación3de dicho deseo.
Frente a estas dos posiciones, encontramos también una tercera posición, representada por Gilles Deleuze, con fundamento en Baruch Spinoza. Para Deleuze, tanto el amor como el deseo son fuerzas productivas, de manera que, desde su perspectiva, el deseo no es una falta, sino una afirmación creativa. La diferencia respecto al amor no sería tanto por ser una unión divina o sublimada, sino que para Deleuze el amor es una extensión de la afirmación que produce el deseo. El amor es una celebración de la vida y del ser del otro más que una posesión o dependencia.
Toda la discusión de este libro se despliega en las conexiones posibles (y rupturas necesarias) que se dan entre estas tres posiciones, manteniendo la relación entre deseo y amor como inescindible. Aunque el deseo haya sido frecuentemente visto como una fuerza más instintiva y a menudo centrada en el yo y el amor haya sido conceptualizado como un vínculo que implica reciprocidad, conexión emocional y a menudo un componente ético o espiritual, consideramos que la interconexión y las tensiones inherentes en su relación nos obligan a trabajar en la intersección, en el medio. Nos obligan, pues, a activar una serie de preguntas, tales como si se puede amar sin desear o si se desea aquello que no se ama. Nuestra respuesta no puede ser más que una incertidumbre: tal vez. Sigamos avanzando para desarrollar la urdimbre que nos permita elaborar una respuesta.
Tres visiones, tres partes
Este libro se divide en tres capítulos. En el primero («El amor como falta») nos acercaremos a esas teorías que han postulado que el deseo es una respuesta a una carencia interna, a esa sensación de no estar nunca plenamente realizados. A la luz del psicoanálisis analizaremos la afirmación que sostiene que deseamos aquello que promete llenar un vacío que nos constituye. Durante este recorrido podremos reconocernos a nosotros mismos, pues es el núcleo de la tradición en la que hemos sido criados y subjetivados y, por tanto, implica un enfrentamiento con nuestra propia herencia. Una herencia que nos ha hecho creer que somos seres sociales incompletos que dependen de otros para poder sentirse plenos. Así, en este capítulo, examinaremos la idea del amor como falta, una idea hegemónica en nuestra cultura occidental y que nos impone la realización de un ideal de fusión y pureza. Un ideal, en fin, institucionalizado, ritualizado, normativizado, monógamo, exclusivista, metafísico, heteronormativo y reproductivista.
Cuando entendemos el amor como una falta, entonces aparece una promesa. Una promesa de superar esa ausencia, de que conseguiremos eso que necesitamos para estar completos. Si pensamos al amor como una promesa, necesito otra polaridad que me complemente y confío en que algún día la encontraré. Para el amor como promesa, somos mitades en busca de su complemento porque estamos incompletos. Así lo es para la narrativa occidental del amor y para la narrativa psicoanalítica del amor. Se trata de narrativas que se estructuran en torno al postulado de la incompletud. En estas narrativas es otro (radicalmente distinto a mí) quien posee la clave para que yo logre resolver mi angustia, mi falta.
El amor que se comprende desde la falta es, entonces, un amor en déficit que implica un deseo amputado. Un deseo cuya realización depende de encontrar a un otro (único e irreemplazable) cuya presencia hará de mí un amante y un ser completo. La literatura está llena de este tipo de amantes que se perciben incompletos el uno sin el otro, pues cada uno ve en el otro la mitad que le falta.
El culmen de esta visión lo encontramos en su mito fundacional: el andrógino platónico, una de las versiones sobre el origen del amor que se narran en El Banquete de Platón. Según esta historia, los humanos éramos originalmente seres compuestos por dos mitades unidas por un vínculo imperecedero. Por asuntos de poder y orgullo que ofendieron a los dioses, los seres humanos fuimos castigados y divididos en dos mitades. Desde entonces, cada mitad busca desesperadamente su otra mitad para sentirse completa. Más adelante, el psicoanálisis lacaniano desarrolló nuevas derivas de esta misma narrativa, hablando del amor como una búsqueda constante de un «objeto pequeño a» que falta. Para Lacan, este objeto representa lo que creemos que nos completará y lo que creemos que resolverá nuestra angustia. Pero la angustia nunca se conjura de manera definitiva porque la totalidad que fuimos, y aquello que perdimos, o no existe, o está irremediablemente perdido.
Que esta falta sea imposible de completar es lo que se encuentra en la base de nuestras angustias como amantes, pues si amamos para encontrar la plenitud nos condenamos a la insatisfacción como sujetos que aman. Y no tanto porque pueda o no pueda existir un amor absoluto fuera de la estructura trascendente y religiosa del amor, sino porque hacer de dicha pretensión la razón de ser del amor es pedirle más de lo que nos puede dar. El amor como promesa de completitud nos aliena, su necesidad de la codependencia encubre profundas asimetrías de poder y dominación y, como ya dijimos, en tanto idealización de las relaciones, deriva en una desilusión frente a las expectativas que no pueden cumplirse. Por estos motivos consideramos necesario cuestionar nuestros mitos sobre el amor.
En la segunda parte de este libro, exploraremos la paradoja del amante que renuncia a sus prerrogativas en función del deseo del otro. Exploraremos la idea de una entrega total, desindividualizante y dolorosa; la idea de que el amor es como un don o un regalo total, un regalo que un sujeto hace en pos del bienestar de aquel o aquello que ama. En esta segunda concepción posible del amor —entendiéndolo como dádiva o entrega— aparece la paradoja del amante soberano que, aunque es dueño de sí, se pierde en honor al amado. Rara soberanía la de aquel que alcanza su paroxismo en la autodestrucción y olvido de sí mismo.
El amor como don o entrega hace referencia a esa modalidad de amar en la que uno se ofrece al otro sin cálculos, sin esperanzas de plenitud ni de crecimiento individual, sino que simplemente se da por el otro para el otro. Es un olvido o renuncia del propio yo. Así, el amor como entrega es una expresión del gasto a fondo y de la soberanía en la cual el deseo se orienta por su vocación de consumarse. Lejos de cualquier cálculo futuro o de conveniencia, el amante que se entrega plenamente, que se dona a sí mismo, no busca potenciarse ni completarse. El amante se da como ofrenda al gozo del otro sin esperar nada a cambio. Tal vez sin saber que perdiéndose a sí mismo, ofreciéndose como ofrenda, se encontrará. El amante que se dona rompe con todo cálculo y suspicacia, actúa desde su soberanía. «Mientras más te doy, más tengo», dice Julieta en la famosa obra de Shakespeare.
En la entrega desinteresada —como aquella que hay detrás de todo amor materno y paterno—, nada importa la libertad y el bienestar personal si no es en función del bien de quien se ama. Desde que Cosette apareció en su vida, Jean Valjean4 nunca más se tuvo a sí mismo como una prioridad. Y retornando a la narrativa cristiana del amor, la figura de Jesucristo, que sacrifica su vida por la humanidad, es un ejemplo clásico de amor como entrega. Pero también lo es Abraham y su disposición a sacrificar a su hijo como prueba de obediencia, renuncia y amor a Dios.
En este último caso podemos ver cómo, si entendemos el amor como don o como una entrega desinteresada, corremos el riesgo de dejar paso a la violencia y a la irracionalidad. Igual que dijimos que el amor no puede ser un ideal trascendente cuya unión es imposible (amor como falta), tampoco creemos que pueda ser un ejercicio de autoanulación y martirio, por mucho que creamos que el amor no puede ser un cálculo racional. ¿Se ama allí donde se pierde la identidad y la autoestima o solo se obedece?
Pero obedecer no es amar, así como «garra no es guante, ni amo es amor. Amo es patrón», como supo cantar Gabo Ferro. Cuando pensamos el amor como entrega absoluta, nos enfrentamos al filo (por riesgo de desbarranque y también de corte profundo) del amor sin medida. Y es que el amor como sacrificio puede hacer que aparezcan relaciones sin equidad, desequilibrios emocionales en los que la recepción unilateral del afecto puede calificarse de explotación emocional. Se trata de una de las modalidades del amor que podríamos considerar más débiles en términos argumentales y, por lo tanto, más fácil de desacreditar como narrativa vigente. Sin embargo, esta romantización del sufrimiento muchas veces ha sido interpretada en las culturas del cristianismo como la medida del verdadero amor.
En ¿Por qué duele el amor?, Eva Illouz critica estas formas tradicionales de concebir el amor (lo que ella llama «ecología de las relaciones amorosas»). La crítica a estas narrativas da paso, en el pensamiento de Illouz, a una nueva comprensión del deseo, entendido como la decisión de construir territorios propios, mundos posibles y nuevas formas de crecer en compañía de aquello(s) que amamos.
Andar ese camino será el objetivo de la tercera parte del libro. Allí exploraremos el deseo como potencia, buscaremos pensar el amor como un ensamblaje que nos hace crecer. Entre la carencia que busca alcanzar el ideal de la totalidad mediante la pareja y la renuncia al deseo propio en virtud del amado, se ubica la noción de amor como potencia o ensamblaje. Comprenderlo de esta forma supone abrir la posibilidad (no directiva ni direccionada) de construir acuerdos y vínculos que asuman la individualidad propia y del otro sin que la brecha que hay entre los dos derive en una pérdida del propio deseo (bien por desindividualización, bien por sacrificio). Cuando entendemos el amor como crecimiento mutuo tenemos dos amantes que se acompañan, pero que no se fusionan. En fin, en la intersección que hay entre las dos primeras visiones sobre el amor se despliega nuestra propuesta, que veremos en la tercera parte del libro.
En esa parte veremos que el amor entendido como potenciano emerge de un deseo que gira en torno a una falta, una falta que necesita ser llenada por el otro, no. El amor como potencia o ensamblaje es la expresión del deseo de un sujeto autónomo que se alía con otro ser autónomo y juntos componen una relación gozosa. En el amor como potencia no buscamos en el otro nuestra salvación, sino nuestra alegría. Por eso, su mitología no es la de la media naranja, sino la del huracán que crece a medida que avanza. En el amor como potencia vemos dos deseos que se acompañan, que componen una situación buena para ambos, pero que no es necesaria para ninguno. Los amantes aquí son aliados, no almas gemelas. Por este motivo lo denominamos amor como ensamblaje. Se causan alegría sin depender. Se agencian sin perder su identidad.
El amor como potencia se puede observar en una amistad profunda y duradera. En este tipo de relación, dos individuos autónomos se unen en una alianza de afecto y compañerismo. No buscan en el otro la salvación ni la dependencia emocional, sino que encuentran alegría en la compañía mutua. Ambos mantienen su identidad y autonomía y su amor se traduce en una relación gozosa que no es necesaria para su supervivencia, pero que enriquece sus vidas. Las relaciones de pareja no tienen por qué ser distintas a las de la amistad. No son cárceles. En una relación de pareja que encarna el amor como potencia, ambos miembros son autónomos y buscan la alegría y el crecimiento personal en la relación. En lugar de depender el uno del otro para la felicidad, los miembros de la pareja se convierten en aliados que trabajan juntos para construir una vida en común. Una vida mediada por el diálogo e inevitables conversaciones incómodas, en las que cada parte expresa sus verdades y necesidades. Así se compone una relación que se asemeja más a una colaboración creativa que a la búsqueda de la media naranja. Cada miembro se alía con el otro sin perderse a sí mismo, ambos se fortalecen en esa relación de colaboración y complicidad que posiblemente no encaje en los tipos de vínculos institucionalizados. Pero no por ello es menos significativa. De hecho, nos animamos a decir que —por no encajar en los tipos de vínculos tradicionales— abre el campo a nuevas posibilidades del amor.
Sin embargo, los riesgos también acechan a quienes optan por construir relaciones de este tipo. ¿Qué tan cerca está esta visión del amor del individualismo y del desapego emocional? En un tipo de relación que sostiene la independencia de los amantes es posible que la autonomía y la autoafirmación se superpongan a la conexión emocional que nos hace vulnerables frente al otro. Y es que este exceso de autonomía puede obviar que el amor no es una transacción racional, es decir, que no es una elección. Y este es uno de los riesgos del amor vivido como ensamblaje, ya que puede derivar en una elección utilitarista. Como dijo Cortázar en el capítulo 93 de su inmortal Rayuela:
Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio […]. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.
En fin, amar como potencia supone romper con los marcos tradicionales a la hora de pensarnos como amantes, implica cuestionar los valores culturales y religiosos que promueven la idea del amor como sufrimiento y renuncia, pero no nos excusa de amar con entrega y compromiso.
Somos sujetos de deseo
¿Y por qué este libro? Decidimos pensar el amor y el deseo con la esperanza de que nuevas formas de amar sean posibles, sin obviar la pesada herencia ideológica que nos ha subjetivado. Este ensayo no es, entonces, un divertimento literario, sino un diagnóstico de posibilidades y un manual de lucha. Sabiéndonos partícipes de un sistema de relaciones limitantes, procuramos entender los mecanismos que nos permitan romper la inercia que arrastramos y construir nuevas formas de ser amantes. Sin dominar, sin envidiar, sin odiar, sin poseer, sin herir. Y es que el impulso del amor solo puede darse en la medida en que me proyecto en otro en el cual estoy dispuesto a exponerme y a quien estoy dispuesto a acoger.
Este libro es, en suma, una reflexión que busca explorar y postular—a partir de dicha exploración— la posibilidad de vivir de manera más lúcida y madura el deseo erótico y las relaciones amorosas. Para ello, el primer paso es entendernos como sujetos del deseo, es decir, comprender que el deseo es algo fundamental en nosotros.
¿En qué sentido somos sujetos de deseo? No somos sujetos porque seamos individuos libres, todo lo contrario: se es sujeto porque se está sujetado. Y ¿cuándo nos convertimos en sujetos? No cuando nacemos, sino cuando nos sujetan. Ese algo que nos sujeta (y que, por tanto, nos concede espesor ontológico) es la cultura. La cultura nos sujeta porque nos da una posición social: una identidad. En otras palabras, no somos sujetos que actúan única y mayormente según la acción racional de aquel que calcula los medios con respecto a los fines, no. No somos sujetos de cálculo y conservación, somos primordialmente sujetos de deseo. Afirmar esto, aunque no sea novedoso en términos teóricos, sí lo es para el sentido común.
