Argentina y sus clases medias - Sergio Visacovsky - E-Book

Argentina y sus clases medias E-Book

Sergio Visacovsky

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Para un país que ha presumido desde hace mucho ser "de clase media"; donde ciertas expresiones públicas son caracterizadas como "clase media"; y, aún más, la "clase media" es objeto de invocación frecuente, su estudio sistemático a través de diferentes disciplinas se ha tornado crucial si se espera trascender tanto el sentido común como los discursos más evaluativos y normativos. Esta es la pretensión principal de este libro: ofrecer un conjunto de estudios empíricos acerca de la clase media en la Argentina. Se despliega así, a través de sus nueve capítulos, una línea amplia y heterogénea de investigación que trata de entender cómo actúan y piensan determinados sectores en diferentes zonas del país, a través de los modos en que interactúan, se definen y diferencian de otros, apelando a una amplia batería de prácticas, lenguajes y narrativas.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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ARGENTINA Y SUS CLASES MEDIAS

Para un país que ha presumido desde hace mucho ser “de clase media”; donde ciertas expresiones públicas son caracterizadas como “clase media”; y, aún más, la “clase media” es objeto de invocación frecuente, su estudio sistemático a través de diferentes disciplinas se ha tornado crucial si se espera trascender tanto el sentido común como los discursos más evaluativos y normativos. Esta es la pretensión principal de este libro: ofrecer un conjunto de estudios empíricos acerca de la clase media en la Argentina. Se despliega así, a través de sus nueve capítulos, una línea amplia y heterogénea de investigación que trata de entender cómo actúan y piensan determinados sectores en diferentes zonas del país, a través de los modos en que interactúan, se definen y diferencian de otros, apelando a una amplia batería de prácticas, lenguajes y narrativas.

Sergio E. Visacovsky es doctor en Antropología Cultural por la Universidad de Utrecht (Países Bajos) y graduado en Ciencias Antropológicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es investigador principal del Conicet y director del Centro de Investigaciones Sociales (CIS) del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y Conicet. Es profesor de la Maestría y el Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de General Sarmiento e IDES y en la Maestría en Antropología Social del Instituto de Altos Estudios Sociales (Idaes) de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) e IDES.

Enrique Garguin es magíster en Historia por la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook y profesor y licenciado en Historia por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), en cuya Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FAHCE) se desempeña como docente de Historia de la Historiografía e Historia Argentina. Es investigador del Centro de Investigaciones Sociohistóricas (CISH)-Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IDIHCS), FAHCE, UNLP/Conicet y forma parte del comité editorial de Sociohistórica. Cuadernos del CISH.

SERGIO VISACOVSKY ENRIQUE GARGUINcoordindores

ARGENTINA Y SUS CLASES MEDIAS

Panoramas de la investigación empírica en ciencias sociales

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortadaIntroducción, por Sergio Visacovsky y Enrique Garguin1. Clase media, género y domesticidad: el hogar como espacio de negociación de las distancias sociales en la Argentina de mediados del siglo XX, por Inés Pérez2. De inquilinos a propietarios: la construcción del mercado de la propiedad horizontal en Buenos Aires, 1947-1970, por Rosa Aboy3. La clase media como lenguaje y los lenguajes de las clases medias en tres ciudades del interior bonaerense, por Gabriel D. Noel4. Un campo inesperado de inclusión social: negociaciones identitarias y movilidad socioeconómica en un equipo de triatlón en Santiago del Estero, por Sara Kauko5. Universitario y de barrio: la construcción de un nosotros de clase media en un club social y deportivo platense, por Julia Hang6. La corrupción como categoría clave para pensar la clase media argentina, por Sarah Muir7. El pasaje por la crisis: diferencias generacionales, valor y trabajo en la Argentina, por Sonia Prelat8. ¿Orientaciones políticas de la “clase media”, o la “clase media” y sus orientaciones políticas?, por Fernando Toyos9. Entre el esfuerzo y el confort: autonomía y cambio cultural, por Patricia B. Vargas y Nicolás ViottiBibliografía generalÍndice temáticoAcerca de los autoresCréditos

Introducción

Sergio Visacovsky y Enrique Garguin

Difícilmente pueda decirse que el interés por la clase media (o las clases medias, cuando se enfatiza en su diversidad) sea un asunto totalmente nuevo para las ciencias sociales en la Argentina. Entre las décadas de 1940-1960, el padre de la sociología científica local, el italiano Gino Germani (1911-1979), la hizo objeto de estudio privilegiado, casi al mismo tiempo que se imponía la imagen de un país que desde mediados del siglo XX fue presentado como “de clase media”, caso atípico en América Latina. El cuadro de una Argentina caracterizada por vigorosas corrientes inmigratorias europeas (la Argentina aluvial del historiador José Luis Romero), cuyos descendientes ascenderían socialmente poco después, ha dominado los estudios académicos y el sentido común. Una vez establecido el modelo de Germani como programa de investigación, preponderaron los estudios empíricos centrados en estimar las variaciones cuantitativas de la población; por ejemplo, cuánto creció o disminuyó en un período de tiempo para un determinado territorio, en qué zonas había mayor o menor concentración, qué ocupaciones estaban representadas y en qué proporción, qué niveles educativos estaban representados, etc. Pero la idea de un país de una amplia clase media, resultado del ascenso social, con buenos niveles de vida y calidad en materia educativa y sanitaria entró en crisis en la década de 1990. Los procesos de desindustrialización, los continuos programas de ajuste estructural, el creciente desempleo y empobrecimiento de la sociedad desde mediados de la década de 1970 introdujeron una nueva problemática: el descenso social de sectores medios. Ya no solo las posibilidades de ascenso social se veían comprometidas, sino que el temor a la caída se volvía real, tal como lo pusieron de manifiesto los estudios sobre la nueva pobreza.

Desde la profunda crisis socioeconómica de inicios del siglo XXI, diferentes expresiones públicas fueron tipificadas como “de clase media”, desde los cacerolazos de diciembre de 2001, el apoyo que sectores urbanos dieron al paro agropecuario en 2008 (ver Noel en este volumen), las protestas contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, la marcha a favor del esclarecimiento de la muerte del fiscal Alberto Nisman el 18 de febrero de 2015 o las diferentes muestras de apoyo a Mauricio Macri, antes, durante y después de su presidencia. Así, la clase media se presentó no solo como un sector de la sociedad, visible a través de los números de un diagrama, sino especialmente presentado por los medios de comunicación como un actor que ha ocupado el centro de la escena pública, con sus propios intereses y valores, ponderado o denostado (Visacovsky, 2009). Está claro que para un país que desde hace mucho ha presumido de ser “de clase media”, donde una mayor parte de la población se percibe como tal sin importar demasiado su condición económica objetiva (ver Toyos en este volumen), donde ciertas expresiones públicas son caracterizadas como “clase media” y, aun más, es objeto de invocación frecuente por parte de los políticos, su estudio sistemático a través de diferentes disciplinas de las ciencias sociales se ha tornado un asunto crucial, si se espera trascender tanto el sentido común o los discursos más evaluativos y normativos.1 Esta es la pretensión principal de este libro: ofrecer un conjunto de estudios empíricos acerca de la clase media en la Argentina en cuanto objeto, que por un lado muestren cuáles son los modos como está siendo estudiada, mediante qué enfoques teóricos, a través de qué métodos, qué preguntas configuran una posible agenda de investigación, en qué difieren estas y los resultados alcanzados hasta el momento de las perspectivas legas y expertas más conocidas y, finalmente, cuál es el potencial de estos estudios para el afianzamiento de un campo de investigación futura.

Ante todo, es preciso aclarar que la omnipresencia de la clase media se refiere menos a su estudio científico que a su lugar en el discurso público. Esto no quiere decir que no se pueda constatar en paralelo un crecimiento del interés por la clase media como objeto de indagación histórica, sociológica o etnográfica. No obstante, este interés (que fue bastante significativo hasta mediados de la segunda década del presente siglo) nunca alcanzó el desarrollo de otros campos de investigación que han tenido un crecimiento sostenido y se han afianzado en los últimos años. Además, los estudios sobre clase media presentan algunas peculiaridades, empezando por algo tan crucial como resolver cuáles resultan admisibles o no como tales. Desde una perspectiva amplia, numerosos estudios empíricos emprendidos desde mediados de los años 90 hasta hoy son presentados por sus autores como “estudios sobre una población de clase media”. En estos casos, la clase media es vista como una parte existente de la población, delimitada principalmente por criterios objetivos (como sus niveles de ingreso), a la cual se le pueden atribuir adhesiones políticas, valores o comportamientos (ver Toyos en este volumen).2 Es imprescindible diferenciar esta línea mucho más frecuente de otra, en la que “clase media” deja de ser una población conocida para convertirse en algo a interrogar: una categoría social a la que se pretende conocer por sus usos diversos y sus efectos constitutivos de la realidad social. Esta visión ha emergido mucho más recientemente no solo en la Argentina, y su propósito primordial reside en intentar resolver algunos de los problemas que ha presentado históricamente el campo de investigación sobre las clases sociales. A través de nueve capítulos, este libro explora una línea amplia y heterogénea de investigación que trata de entender cómo actúan y piensan determinados sectores de la sociedad argentina a través del modo en que se definen y diferencian de otros apelando, por caso, a la asignación de cualidades virtuosas o deshonestas, a las maneras de justificarse o tornar inteligibles los actos propios o los ajenos, a las formas de contar los orígenes, narrar el pasado e imaginar el futuro. Ciertamente, un camino muy distinto al de atribuir las acciones e ideas de los grupos sociales a una supuesta condición objetiva (“clase media”), que produciría los mismos efectos en cualquier tiempo y lugar.

En consecuencia, nuestro interés aquí es ofrecer una muestra de la potencialidad de esta línea de investigación (aun en pleno desarrollo), a través de estudios empíricos efectuados por investigadoras e investigadores argentinos y no argentinos sobre la Argentina. Como se verá, el nuevo programa de investigación sobre clases medias ha dado lugar a una comprensión renovada, tanto en lo que respecta a los enfoques teóricos como a una diversificación de las temáticas asumidas como vitales. Si bien las autoras y los autores no comparten un enfoque común, sí comparten una serie de intereses, una conciencia de los problemas que posee el campo, así como ciertos núcleos estratégicos que resultan puertas de acceso reveladoras de lo que espera a quien se atreva a emprender estos estudios. Así, los modos de definir la identidad, apelando de manera explícita o no a la categoría “clase media”, se tornan cruciales, en directa relación con las formas de diferenciación y el trazado de fronteras sociales y simbólicas (particularmente en los capítulos de Pérez, Noel y Kauko). Y en estrecha relación con el estudio de las identidades, se presenta la preocupación por el abordaje de la moralidad, la cual atraviesa todos los capítulos: en la construcción de distancias sociales a través de las relaciones establecidas en el espacio del hogar (Pérez), en la construcción del mercado de la propiedad horizontal (Aboy), en los usos del lenguaje en la definición identitaria (Noel), en las aspiraciones de ascenso e inclusión social (Kauko), en las disputas por las imágenes de las instituciones (Hang), en el rol de la corrupción como un lente para definir la historia nacional y dar sentido al futuro (Muir), en la organización diferente de las experiencias generacionales en cuanto respuestas a las crisis recurrentes (Prelat), en la relación entre autoadscripción de “clase media” y orientaciones ideológico-políticas (Toyos), en la autorrealización y el confort como valores de nuevas “clases medias” (Vargas y Viotti). En todos los capítulos sobresale un mismo interés por explorar los caminos abiertos más recientemente y contribuir al desarrollo de un campo que, pese a todo, reclama con avidez más investigación.

No obstante, también se podrá ver que este camino no desprecia ni ignora las contribuciones pioneras que ayudaron a crear tanto una comprensión experta como lega de la clase media en la Argentina. Antes bien, se trata de poner de manifiesto que la bibliografía clásica constituye una referencia obligada para quien quiera comenzar a caminar estos terrenos, que cualquier nuevo desarrollo debe necesariamente conocerlos y entrar en diálogo con ella. Por ello, dedicaremos los apartados siguientes a exponer un cuadro histórico de los estudios en nuestro país.

Los inicios

Germani comenzó a desarrollar estudios empíricos sobre la clase media a comienzos de la década de 1940. Integrado al Instituto de Sociología de la Universidad de Buenos Aires (creado en 1940), Germani (1942, 1943, 1944) llevó a cabo una serie de indagaciones acerca de la composición de la población, la opinión pública y la situación de la clase media. En el flamante Boletín del Instituto de Sociología, creó y dirigió una sección denominada “Datos sobre la realidad social argentina contemporánea”, en la que se presentaba información estadística sobre la economía, la demografía, y los niveles de escolarización e instrucción de la población (Blanco, 2003: 48-49).

Hacia 1950 la Oficina de Ciencias Sociales de la Unión Panamericana impulsó un programa de investigación sobre la clase media en América Latina, considerándola clave en razón de que su fortaleza ayudaría a sostener la estabilidad social y la económica de la región (Carli, 2000: 3). Para tal fin, resolvió compilar un volumen dedicado al tema, y para ello convocó como autores de contribuciones particulares a Germani y a otras dos figuras del medio académico argentino: Sergio Bagú (1911-2002) y Alfredo Poviña (1904-1986). A pesar de sus diferencias, los tres autores coincidieron en la necesidad de abordar el estudio de la clase media no solo en términos económicos, sino también psicológicos y culturales. De ahí que Bagú (1950) hablase de la existencia de una “psicología” de la clase media, Germani (1950: 21) señalase que la clase media portaba una específica “personalidad” y Poviña (1950: 73-74) le atribuyese un patrón cultural distintivo, un “estado de espíritu”, que marcaba el nivel intelectual de la sociedad, pero que carecía de “conciencia de clase” y “unidad”. Lo que revelaban estos estudios era la necesidad de buscar la cualidad distintiva de estos sectores en aspectos tales como los niveles de instrucción y la valorización de la educación y la “cultura” como fuentes de progreso, entendido este como movilidad social ascendente.

Pero aquello que diferenciaba crucialmente las perspectivas de Poviña y Bagú de la de Germani era la importancia que concedía este último a los estudios empíricos de largo aliento. Germani y su equipo iniciaron los estudios adoptando el enfoque de la estratificación social. Sus trabajos influyeron especialmente en la sociología cuantitativa, debido a su insistencia en el diseño de cuestionarios y en la identificación de indicadores objetivos de clase y de autoidentificación y ubicación social, metodología que entendía imprescindible para conocer las relaciones entre estratificación y movilidad social (Germani, 1955, 1962). Su trabajo estableció la interpretación de la clase media argentina en vigencia durante la segunda mitad del siglo XX, al destacar su origen inmigratorio europeo, la movilidad social ascendente a través del comercio y la educación; esta última transformada en un valor capital que posibilitaba el progreso individual (Germani, 1971 [1963]). Germani sostuvo que la Argentina debía romper con las rémoras tradicionalistas que impedían la modernización y el desarrollo, siendo la clase media el agente modernizador por excelencia, dado que por su naturaleza estaba orientada al progreso, basado en la adquisición de conocimiento y en la pretensión de ascenso social (Visacovsky, 2008; Adamovsky, 2009; Garguin, 2006, 2007; Visacovsky y Garguin, 2009a; Visacovsky, 2014).

En el curso de la década de 1960 y decididamente en la de 1970, la creciente difusión del marxismo en las ciencias sociales en la Argentina, junto a un creciente proceso de radicalización política de estas, postergó en buena medida los estudios empíricos en general y, en especial, los centrados en aquellos sectores que dichas disciplinas denominaban “clase medias”, “sectores medios” o “pequeña burguesía”. Sin embargo, algunos trabajos centrados en el ámbito de la educación enfatizaron en el rol político y la orientación ideológica de estos sectores; desde una lectura marxista, estos trabajos atribuyeron a la clase media una inclinación por los valores de las clases dominantes (Graciarena, 1971; Tedesco, 1971).3

Pese a todo, durante los años 70 se llevaron a cabo algunas investigaciones empíricas que pudieron constituir el preámbulo de un campo disciplinario específico de la antropología social, el cual quedó trunco en parte por la profundización de la violencia política y el terrorismo de Estado, en parte por peculiaridades de la conformación del campo antropológico local (Guber y Visacovsky, 1999: 25, 2000: 307). Estos estudios fueron importantes porque se realizaron fuera del ámbito de la ciudad de Buenos Aires (una cualidad que también poseen los trabajos de Pérez, Noel, Kauko, Hang y Prelat, en este volumen), la región a partir de la cual se forjó el modelo predominante del desarrollo y que confirió ciertas características estereotipadas a la clase media argentina: entre colonos friulanos productores de algodón en el norte de la provincia de Santa Fe (Archetti, 1975; Archetti y Stølen, 1974) y colonos descendientes de ucranianos y polacos en Apóstoles, en el sudeste de la provincia de Misiones (Bartolomé, 1991). Los debates incluían la pertinencia de su caracterización, sea como pequeña burguesía (Archetti, 1975) o como una “clase media rural”, ubicada entre los proletarios y los terratenientes (Archetti y Stølen, 1974, 175; Bartolomé, 1991), así como el papel de las identidades étnicas y su relación con las elites locales y las ideologías (Bartolomé, 1991).4

Mientras Germani y su equipo llevaban a cabo sus estudios empíricos sobre la clase media de Buenos Aires y un tiempo antes de que Eduardo Archetti, Kristi Anne Stølen y Leopoldo Bartolomé iniciaran sus investigaciones etnográficas sobre sectores medios rurales del interior del país, aparecieron una serie de trabajos usualmente comprendidos en lo que se dio en llamar “ensayo sociológico” o “de interpretación nacional” (Saítta, 2004; Altamirano, 1997). Como esta caracterización había sido usualmente efectuada por la autodenominada sociología científica fundada por Germani, “el ensayo” se presentaba como lo opuesto a la ciencia, en razón de que esta última era el producto de investigaciones empíricas basadas en una metodología explícita y clara, así como apelaba a enunciados y conceptos teóricos, no ideológicos. Desde el lado del ensayo, la sociología de Germani era vista como expresión del “cientificismo” académico “elitista” y de un pensamiento contrario a los intereses nacionales. Su propósito era polemizar e intervenir en los debates ideológicos y políticos (Neiburg, 1998). Así, Juan José Hernández Arregui (1960) hablaba del “hombre promedio”, “conservador y reaccionario”, atrapado en las cuestiones mundanas. Juan José Sebreli (2003 [1964]) apelaba a su propia experiencia y subjetividad, reconociendo ser parte de la clase media, para describirla, incurriendo en generalizaciones y fórmulas ideológicas incuestionadas (Altamirano, 1997). Julio Mafud (1965, 1985) sostuvo que la movilidad social que llevó a los inmigrantes europeos de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX a crear la clase media argentina fue producto de sus valores de origen, tales como la “sed de dinero” y el “utilitarismo”. Ante esto, los nativos criollos habrían adoptado la “picardía” o “viveza”, una manera de obtener ventajas que pronto se extendió también a los inmigrantes, convirtiéndose en algo “típicamente argentino”. Finalmente, la obra de Arturo Jauretche (1966) ha sido quizá la de mayor impacto político, la más duradera en cuanto a su presencia en el discurso público, muy en especial del peronismo, con el concepto de “medio pelo”, esto es, una pequeña burguesía que tendía a adoptar los valores y estilos de vida de la “oligarquía” en lugar de su real condición. Los estudios más recientes han puesto su atención en esta producción, en la medida en que ha expresado concepciones colectivas sobre la clase media en la Argentina que tienen plena vigencia en el discurso público (Garguin, 2007; Adamovsky, 2009; Fava y Zenobi, 2009).

Resumiendo, los estudios inaugurados por Germani constituyen sin lugar a dudas no solo una fuente permanente de consulta, sino a la vez un modelo en cuanto a la importancia decisiva de la investigación empírica, lo cual compartía con los estudios etnográficos mencionados, pero no así con el “ensayo”. Los estudios etnográficos plantearon la relevancia de indagar otras realidades del país, fuera de la Buenos Aires urbana, lo cual constituye un desafío vigente. El “ensayo”, por su parte, llamó la atención respecto de los vínculos posibles entre las perspectivas autodefinidas como “científicas” y las concepciones políticas e ideológicas, una inquietud que exige de cualquier programa científico en ciencias sociales estar alerta.

La clase media reaparece

Durante la década de 1980, junto a la reestructuración de los espacios de investigación en ciencias sociales tras el fin de la última dictadura militar en 1983, recibieron inicialmente mayor atención por parte de las ciencias sociales los sectores más postergados de la sociedad. Pero a partir de la década de 1990, las políticas neoliberales que condujeron al aumento de la pobreza y el desempleo hicieron que la clase media fuese objeto de un renovado interés. Se desarrolló así una línea de estudios focalizados en el deterioro de sus condiciones de vida, mostrando a través de información preponderantemente cuantitativa cómo determinadas fracciones de la llamada clase media urbana se habían pauperizado; entre las razones, estaban el incremento de la desocupación y la subocupación, la reducción de sus ingresos y la propagación de los puestos de trabajo precario e inestable, por lo cual formaron parte de un estrato de pobreza reciente, el de los “nuevos pobres” (Minujin y Kessler, 1995; González Bombal, 2002; Lvovich, 2000; Minujin y Anguita, 2004). Estos trabajos evidenciaron que la tipificación de la Argentina como un país de oportunidades era empíricamente inadecuada: podía existir clase media sin ascenso social y, más aún, con descenso a la pobreza.

Simultáneamente, otros estudios se focalizaron en la emergencia de una fracción de la clase media enriquecida, que adoptó estilos de vida próximos a los estratos altos. Desde aproximaciones predominantemente cualitativas, estos trabajos abordaron la aparición de nuevas formas de residencia (Arizaga, 2000; Svampa, 2001, 2002) y consumo, que expresaban la recepción de objetos y significados globales (Wortman, 2003) que legitimaban determinados estilos de vida (Arizaga, 2004). También se llevaron a cabo estudios sobre el mundo de valores, actitudes y opiniones considerados característicos de la clase media (Sautu, 2001), a partir de la elaboración de datos obtenidos a través de entrevistas estructuradas.

Durante la misma década de 1990, Emanuela Guano (por entonces estudiante doctoral de la Universidad de Texas, Austin, y luego profesora de antropología en la Universidad Estatal de Georgia, Estados Unidos) estudió los efectos de las políticas neoliberales, analizando los movimientos sociales porteños que ella definió como “de clase media”, y que se oponían a las reformas educativas impulsadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el gobierno de Carlos Menem. Entre varios aspectos a destacar, Guano (2002, 2003, 2004) mostró cómo los residentes porteños caracterizados como “de clase media” se esforzaron por dar sentido a su propio empobrecimiento negando su derecho a la ciudadanía a los pobres.

La crisis económica y política de inicios del siglo XXI constituyó un período propicio para el desarrollo de trabajos centrados en algunas formas específicas de protesta urbana, tales como los “cacerolazos”, las asambleas vecinales o barriales y los clubes de trueque (González Bombal, 2002; Hintze, 2003). Fue también ocasión para el desarrollo de algunos trabajos con perspectiva de género, tal como lo fue el estudio de las antropólogas Claudia Briones y Marcela Mendoza y un equipo de colaboradores, que se ocuparon de mostrar las respuestas de mujeres caracterizadas como “de clase media urbana” a la crisis a través de observaciones en concentraciones, protestas callejeras, cacerolazos, asambleas barriales y entrevistas, así como fuentes documentales tales como artículos de diarios, revistas, publicaciones académicas y páginas de internet (Briones, Fava y Rosan, 2004; Briones et al., 2003).

Un estudio a destacar para el período 2001-2002 es el de Jon Tevik, por entonces estudiante de la Universidad de Bergen (Noruega), quien realizó un trabajo de campo entre abogados, ingenieros, arquitectos y contadores que, por su nivel socioeconómico, no acusaron un impacto significativo en su situación. Influenciado por el enfoque de Pierre Bourdieu y haciendo foco en la circulación global de bienes y servicios, Tevik (2006, 2009) abordó las prácticas y significados asociados a ciertos consumos de estos sectores que, en una situación de crisis, tenían la propiedad de producir distinción, delimitaciones que afirmaban las diferencias respecto de los sectores populares.

En síntesis, la clase media fue objeto de una atención especial por parte de las ciencias sociales durante los años 90 y los tiempos signados por la crisis socioeconómica de inicios del siglo XXI. Sin embargo, aunque estos estudios han sido sin duda relevantes, no problematizaban la índole histórica y contextual de la categoría misma de clase media, sus condiciones de producción y de uso, su variabilidad. En general, se la consideraba una población predefinida por el investigador a través de criterios estimados como objetivos, desdeñándose el carácter sociocultural de la categoría. Para ello, era indispensable estudiar la naturaleza práctica de la categoría, las perspectivas que los actores ponían en juego y el abordaje de dimensiones poco contempladas hasta entonces, como los gustos y los juicios morales, encarnados en las identidades étnico-nacionales o las apariencias corporales y espaciales.

Las nuevas perspectivas

En el curso de la primera década del presente siglo, se produjo en gran parte de América Latina un proceso de crecimiento económico, el cual permitió a vastos sectores (merced a un incremento sensible de los niveles de ingreso) acceder a bienes y servicios que transformaron significativamente sus estilos de vida. Diversos estudios académicos y organismos como el Banco Mundial caracterizaron este proceso como “crecimiento de la clase media”; lo que resultaba remarcable era que este aumento transformaba profundamente la realidad de países que, históricamente, habían tenido una clara polarización entre ricos y pobres (como Brasil) o que, si bien se habían caracterizado históricamente por una fuerte clase media, también habían sufrido una reducción aguda de esta en la década de 1990. Este último era el caso de la Argentina. Precisamente, tanto desde organizaciones financieras, gobiernos e incluso la academia se impuso la noción de “clase media global”, la cual supone que la pobreza a escala global se ha reducido progresivamente y esa será la tendencia irremediable en el futuro (así, todo estancamiento o retroceso sería visto como transitorio). En suma, que la globalización ha impulsado la incorporación de amplios sectores a los mercados de trabajo, que los ingresos han aumentado significativamente para amplios sectores de la población mundial y, por ende, participan en consumos globales de bienes y servicios, tales como marcas transnacionales de electrónicos, vestimenta, alimentos, informática, turismo, etc. Como se advierte, se trata de una concepción teleológica del desarrollo: determinados países o regiones son considerados modelos a los que otros deben tender. La noción de “clase media global” constituye, pues, una creencia según la cual la mejora de los niveles de vida de la población mundial será algo indudable, que el acceso cada vez mayor a bienes y servicios de circulación global conducirá a una homogeneización en los estilos de vida e identidades, los cuales perderán sus vínculos locales y se tornarán, en tal caso, globales (López-Pedreros y Weinstein, 2012: 1-5; véase también Knauss, 2019).

En contraposición, emergieron programas de investigación empírica que, por un lado, acentuaron la dimensión comparativa al abordar la emergencia tanto de las “clases medias europeas” como de las “nuevas clases medias”, caso India, China, Nepal, Egipto o los países que surgieron tras la caída del bloque soviético, entre otros. El ambicioso proyecto para el estudio comparativo de las clases medias europeas, dirigido por el historiador alemán Jürgen Kocka,5 puede considerarse pionero en cuanto al estudio de la formación de clases medias específicas a partir de las diversas prácticas sociales, tales como las formas de reproducción familiar, el trabajo, el consumo o la constitución de asociaciones voluntarias. A su vez, diversos estudios realizados sobre las clases medias por fuera del mundo noroccidental señalaron no solo el carácter contradictorio de la modernidad periférica sino que revelaron el sesgo “fracturado” del propio proyecto de la modernidad, sea en Europa, Asia, África o América (Joshi, 2001; Liechty, 2003; Gunn, 2012; Heiman, Freeman y Liechty, 2012).

La clase media siempre constituyó una piedra en el zapato para las teorías de las clases sociales, especialmente para las diferentes variantes del marxismo, pero también para las teorías de la estratificación social. Entre las razones, podemos señalar la heterogeneidad económica, política y cultural de los sectores que la integran; la consiguiente vaguedad de la categoría, cuyos límites se tornan frecuentemente imprecisos, y la pretensión científica de establecer un criterio objetivo y universal de delimitación. Desde el comienzo, los estudios sobre el sistema de clases en el capitalismo debieron afrontar el problema de cómo explicar la existencia de un vasto segmento conformado, básicamente, por comerciantes, profesionales y burócratas, indistintamente propietarios o asalariados. Como hemos señalado, la solución predominante fue emplear la noción como una categoría objetiva y universal, que clasificaba a determinados segmentos de la población en los países capitalistas, homogeneizando sus variaciones empíricas merced a criterios seleccionados por el observador o analista, tales como el nivel de ingreso, la ocupación o el nivel educativo. Ahora bien, como quienes usualmente han sido clasificados en cuanto “clase media”, aun bajo condiciones análogas, actúan y piensan de modos muy disímiles, es necesario preguntarse qué sentido ha tenido la unificación de conductas e ideas disimiles bajo una misma categoría. Frente a esto, la teoría de la estratificación social ha insistido en que la solución consistiría en establecer buenos criterios clasificatorios desde el punto de vista del observador. Pero rápidamente nos percataremos de que los límites son problemáticos, porque siempre podemos preguntarnos qué justifica que alguien esté de un lado u otro de la frontera. Claro está que la sectorización o división por estratos de la sociedad para diseñar un modelo basado en los niveles de ingreso tiene una gran utilidad para el diseño de las políticas públicas, por ejemplo. Pero lo que estamos poniendo en foco aquí es cómo logramos entender formas específicas de actuar y pensar o, dicho de otro modo, la clase (media) como una categoría social (Visacovsky, 2008, 2018b).

Los nuevos desarrollos emergentes en el curso de los primeros años del siglo XXI fueron acompañados de una renovación teórica y metodológica intensa del estudio de las clases sociales en general y de las clases medias en particular, que incluyó las obras de Pierre Bourdieu (1998 [1980]), Edward Thompson (1989 [1963]), Leonore Davidoff y Catherine Hall (1994 [1987]) o Erik Olin Wright (2018 [2015]), e incluso la del crítico literario Philip Nicholas Furbank (2005 [1985]). El propósito central consistió en comprender cómo determinados conjuntos sociales se constituían como clases medias bajo condiciones locales específicas. Esto obligó a prestar atención de manera muy especial a las prácticas concretas en la vida cotidiana. Dicho de otro modo, lo que resultaba imprescindible era conocer los procesos específicos de constitución que hiciesen inteligibles determinados modos de acción y adhesión política, así como orientaciones relativas al consumo, las pautas residenciales o las formas de presentar públicamente la persona, variables en el tiempo y el espacio (Adamovsky, 2009; Visacovsky y Garguin, 2009b; Adamovsky, Visacovsky y Vargas, 2014; Cosse, 2014a). Estudios etnográficos como el de Mark Liechty (2002) sobre Nepal o el de Leela Fernandes (2006) sobre la India abrirían un nuevo camino para el estudio de las clases medias como objeto plural y en abierta disputa con los defensores de la idea de la “clase media global” a partir de enfoques etnográficos (Donner, 2017), que combinaron el abordaje de la cotidianeidad con el de los medios de comunicación, con la pretensión de entender fenómenos complejos y multidimensionales en los que sistemas de identificación clasistas emergían en contextos locales donde prevalecían, simultáneamente, cuestiones religiosas, de casta y género profundamente arraigadas (Heiman, Freeman y Liechty, 2012; López-Pedreros y Weinstein, 2012).

Para América Latina, el punto de partida lo constituyó The Idea of the Middle Class: White-Collar Workers and Peruvian Society, 1900-1950, del historiador David Parker (1998). Parker investigó cómo y por qué los empleados en las oficinas, los bancos y las tiendas de Perú comenzaron a definirse como miembros de la clase media a principios del siglo XX. Él se propuso cuestionar ideas bien establecidas en la historiografía occidental acerca de la incompatibilidad entre concepciones y lenguajes estamentales y la moderna política clasista. Y lo que encontró fue que detrás de un lenguaje clasista y combativo, los empleados de Lima perseguían no solo defenderse de ciertas amenazas propias del capitalismo, sino también preservar determinadas prerrogativas adquiridas en tiempos de la sociedad de castas. De modo singular, la persistencia de figuras retóricas propias de una sociedad estamental no fue vista por Parker como mero vestigio, sino como parte integral de la constitución de una identidad de clase media. Por su parte, centrándose en el período 1920-1950, Brian Owensby (1999) mostró cómo hombres y mujeres brasileños reformularon el significado del trabajo y el hogar basándose en legados de jerarquía y mecenazgo y, a la vez, orientándose hacia el ideal de clase media de la modernidad occidental, para diferenciarse de los que estaban debajo de ellos y proyectar, así, un sentido de superioridad moral sobre “los de arriba”.6

En la Argentina, el inicio de una nueva perspectiva lo constituyó el libro Historia de la clase media argentina: apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003, de Ezequiel Adamovsky (2009). Hay dos cuestiones fundamentales que permiten comprender la enorme relevancia de esta obra. La primera de ellas reside en la discusión que propone el autor respecto de qué entender sobre “clase media”. En lugar de ver en ella la expresión de una condición estructural, Adamovsky plantea que se trata de una identidad que, como tal, se define no solo por aquello que quienes alegan pertenecer “son”, sino por aquello que “no son”. En consecuencia, los aspectos económicos son relevantes, pero están estrechamente relacionados con lo moral, lo político y lo étnico. Una vez comprendido esto, es posible pasar al otro aspecto fundamental del libro, que es la discusión de una suerte de creencia muy arraigada en la Argentina, según la cual la clase media sería el producto del ascenso social de los inmigrantes europeos llegados de Europa a fines del siglo XIX y principios del siglo XX (y, en especial, de las generaciones subsiguientes); clase media emergente que se habría expresado en la Unión Cívica Radical, que llegaría al poder en la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen entre 1916 y 1922. Adamovsky afirma que esta versión de los orígenes sociales y políticos de la clase media (así como la íntima relación de esta última con el radicalismo) se debe a Germani, pero que carece de base histórica cierta. En su lugar, sostiene que la clase media, como identidad, tuvo un origen más tardío; en concordancia con los estudios de Enrique Garguin (2007, 2009), ubica su nacimiento durante el primer peronismo (es decir, en la segunda mitad de la década de 1940), siendo empleada por diversos sectores sociales para diferenciarse de, y oponerse a, quienes constituían la base de apoyo del gobierno de Juan D. Perón. En esta diferenciación, fueron politizados el origen étnico y el color de piel, desafiando el relato de la Argentina blanca y europea. Hasta ese momento, la expresión “clase media” había sido utilizada por algunos intelectuales y dirigentes en la década de 1920 con propósitos políticos, en una sociedad en la que predominaba una imagen binaria de sí misma, con “la gente bien” por un lado, y el “populacho” por otro. En suma, Adamovsky reformula las interpretaciones vigentes atacando la idea de la clase media como una clase social, así como la versión más difundida sobre su origen y desarrollo económico, social y político.

En paralelo al trabajo de Adamovsky o adoptando y explorando sus tesis, se desarrolló el Programa de Investigación Histórica y Etnográfica sobre las Clases Medias (o, simplemente, Programa de Estudios sobre Clases Medias) con sede en el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Originado en 2004 bajo la coordinación de Sergio Visacovsky, formaron parte del mismo el ya mencionado Adamovsky, Enrique Garguin, Patricia Vargas e Isabella Cosse.7 El grupo desarrolló una intensa labor académica, que incluyó la realización de un seminario-taller periódico (que al comienzo estaba limitado solo al ámbito nacional, pero que en sus últimas ediciones ha convocado a investigadores de otras partes del mundo) y la conformación de una red internacional, de la que participan, entre otros, los historiadores Ricardo López-Pedreros, David Parker, Mario Barbosa Cruz, Claudia Stern y Azun Candina Polomer, y el antropólogo Moises Kopper. Además de aportes individuales que tuvieron una línea de investigación propia, como los de Cosse (2014a)8 y Vargas (2014),9 es importante destacar lo que, en gran medida, fue producto del trabajo colectivo del grupo. En este sentido, la compilación Moralidades, economías e identidades de clase media: estudios históricos y etnográficos, bajo la coordinación de Visacovsky y Garguin (2009b), permitió no solo difundir la producción de algunos de los miembros del grupo local que estaban desarrollando sus tareas desde un enfoque novedoso, sino también la de los ya mencionados historiadores Ricardo López-Pedreros y David Parker, más Juan Pablo Silva y los antropólogos Jon Tevik, Maureen O’Dougherty y Mark Liechty. En la introducción, Visacovsky y Garguin (2009a) presentaron en el medio local una discusión general de los problemas inherentes a la conceptualización y a la metodología de abordaje empírico de la clase media, analizando los debates sociológicos e historiográficos en torno a la cuestión, así como los aportes de la moderna historiografía y los estudios etnográficos. Una nueva compilación coordinada por Adamovsky, Visacovsky y Vargas (2014) prolongó los esfuerzos por difundir la producción del grupo, más la de otros investigadores nacionales y extranjeros, como los historiadores Klaus-Peter Sick y Geoffrey Crossick, el sociólogo Jorge Raúl Jorrat y el antropólogo Ruben George Oliven.

En diálogo o no con este programa de investigación, con mayor, menor o ninguna influencia de él, algunas obras locales han abordado cuestiones que, sin duda, han contribuido al enriquecimiento del campo. Nos referimos a estudios sobre el consumo, la familia y el ámbito doméstico, el género, la moral sexual, el turismo y la vida cotidiana. Tales son los casos de Isabella Cosse (2010), quien problematizó la visión usual que atribuye a la década de 1960 un carácter revolucionario, entre otras cosas, respecto de los mandatos sobre moral sexual y familiar, ofreciendo un panorama más contradictorio y matizado, haciendo foco especial en la relación de la domesticidad con la identidad de la clase media en ascenso, principalmente en Buenos Aires; Elisa Pastoriza (2011) y sus estudios sobre el turismo y su impulso por el primer peronismo, extendiendo estilos de vida y produciendo conflictividad en los usos del espacio;10 el texto de Inés Pérez (2012a) sobre cómo la llegada de la tecnificación al ámbito doméstico influyó en las transformaciones de la familia entre las décadas de 1940 y 1970; el libro de Natalia Milanesio (2014) sobre el papel del Estado durante el primer gobierno peronista para estimular el consumo popular y, así, generar un mercado de consumo moderno; el análisis biográfico de la más célebre cocinera y figura de medios argentina, Petrona Carrizo de Gandulfo (1896-1992), que permitió a Rebekah Pite (2016) articular las dimensiones de etnicidad, clase y género al abordar temas relacionados con la historia de las mujeres en el siglo XX, la cotidianeidad, el consumo y el mundo del trabajo; o la “paradoja de la empleada” y las tensiones entre clase y estatus analizadas en la obra de Graciela Queirolo (2018) sobre la historia de las empleadas administrativas durante la primera mitad del siglo XX (donde cobra relevancia la perspectiva de género). Asimismo se han realizado valiosos aportes en otros campos conexos, como el de las religiosidades y las moralidades (Semán, 1998; Viotti, 2009, 2010; Vargas y Viotti, 2013), las relaciones entre patronas y empleadas de casas particulares (Canevaro, 2013, 2015; Pérez y Canevaro, 2016), las prácticas deportivas y el uso del tiempo de ocio de sectores identificados como de clase media (Rodríguez, 2016; Iuliano, 2013; Hang, 2018) o distintas estrategias y narrativas de movilidad social (Bartolucci, 2009; Da Orden, 2004; Visacovsky, 2010, 2014).

Como señalamos previamente, nuestra intención ha sido centrarnos en aquellos trabajos que han interrogado los procesos de conformación de lo que se conoce como “clase media”, no dando por sentada su existencia como solo un segmento socioeconómico al que se ha predefinido como efecto de una serie de mediciones. Vale la pena insistir en que el enfoque enfatizado aquí no pretende desentenderse de las dimensiones propiamente económicas, de las restricciones y condicionamientos de las acciones y formas de pensar que operan sobre los conjuntos sociales. En su lugar, queremos poner el acento en la naturaleza propiamente social de la clase media, esto es, tipos de acción social multidimensionales que deben comprenderse como parte de los procesos históricos y en las prácticas de la vida cotidiana.

Organización del libro

Como adelantamos, nuestra pretensión es ofrecer a lo largo de los nueve capítulos que conforman este volumen un panorama heterogéneo de los estudios sobre clases medias en nuestro país. Estos capítulos no comparten necesariamente ni un enfoque ni una literatura en común, pero sí son plenamente conscientes de los problemas que presenta el campo de investigación. Por otra parte, como ya hemos indicado, tocan una serie de cuestiones empíricas y temáticas concretas diversas, como el hogar y el espacio doméstico, el mercado inmobiliario, las localizaciones urbanas, el deporte y sus formas de organización institucional, la corrupción, el emprendimiento, las orientaciones políticas o el diseño. Sobre ellos, las autoras y los autores indagan, entre otros aspectos, en los procesos de conformación identitaria, en las moralidades, en la dimensión significativa y los usos lingüísticos, las creencias y la delimitación de fronteras sociales.

En el capítulo 1, “Clase media, género y domesticidad: el hogar como espacio de negociación de las distancias sociales en la Argentina de mediados del siglo XX”, Inés Pérez parte de las lecturas que han buscado trascender las miradas objetivistas, enfocándose en diversos procesos de construcción identitaria. Mas lo hace abandonando parcialmente la esfera pública, tantas veces privilegiada, para centrarse en el espacio doméstico y en los modos en que un modelo de domesticidad definido como “de clase media” fue difundido y apropiado por nuevos sectores gracias, en buena medida, al impulso dado por las políticas públicas del primer peronismo, política inclusiva que estuvo, a su vez, atravesada por diversas desigualdades y exclusiones, lo que facilitó que el consumo de bienes durables, por ejemplo, estuviera también “marcado por búsquedas de distinción de sujetos de distintos sectores sociales que tomaban la domesticidad de clase media como modelo” (nuestro subrayado). Centrándose en el caso de Mar del Plata, Pérez muestra cómo la clave para la búsqueda de la respetabilidad asociada al modelo de familia “de clase media” en el plano del consumo no radicaba solo en la posesión de determinados objetos (muchos de los cuales eran, incluso, publicitados poniendo un fuerte énfasis en su función distintiva, tal el caso de los bienes de consumo durables), sino que también se rodeaban de un discurso moral que distinguía prioridades y sancionaba los modos legítimos y oportunos de su adquisición y su uso. El capítulo plantea, así, el peso de la cultura material hogareña y los modos de significarla, a los fines de la construcción de identidades de clase media, y hace lo propio también con las relaciones establecidas en el espacio del hogar, fundamentalmente aquellas basadas en principios de diferenciación de clase entre mujeres. También revela cómo la figura de la empleada doméstica y las relaciones estructuradas en torno al trabajo doméstico remunerado adquirieron un lugar importante con relación a la construcción de las distancias de clase y, en particular, en la configuración de la identidad de clase media.

En el capítulo 2, “De inquilinos a propietarios: la construcción del mercado de la propiedad horizontal en Buenos Aires, 1947-1970”, Rosa Aboy se centra en la producción social del espacio, rastreando posibles fundamentos materiales de una construcción identitaria diferenciada para las clases medias, identificadas, a su vez, de manera creciente a medida que nos acercamos a la década de 1960 con la sociedad porteña en su conjunto. Muestra cómo la sanción de la Ley de Propiedad Horizontal en 1948 permitió por vez primera en la Argentina combinar los anhelos de “ser propietario” y de habitar un departamento moderno y, quizá, céntrico. La ley posibilitó un cambio de paradigma que afectó no solo la materialidad del tejido urbano, sino también su organización social y cultural. Así, sus efectos fueron asombrosos: en la ciudad de Buenos Aires los propietarios de la vivienda que habitaban pasaron del 17,6% en 1947 al 45,6% en 1960. Los departamentos, que en 1944 representaban el 20% de los hogares, llegaron al 75% en 1970. La ley abrió, pues, un nuevo mercado inmobiliario que incorporó al departamento al horizonte de aspiraciones y consumo de los porteños. El crecimiento en el número de propietarios estuvo, en buena medida, mediado por la creación de un nuevo mercado inmobiliario, dirigido principalmente a las clases medias. Diversos actores (arquitectos, desarrolladores, constructores, agentes inmobiliarios, muchas veces combinados todos ellos en una misma empresa familiar) fueron dando forma a ese mercado, que muy pronto se fue fragmentando simbólica y materialmente no solo respecto de distintos tipos de departamentos, sino también de los destinatarios de sus intervenciones. Así, si por un lado el gran incremento de propietarios y de habitantes de departamentos modernos facilitaban la creciente identificación de la mayoría de los porteños con la clase media, por el otro el mismo fenómeno tendía a fragmentarla en razón de la gran distancia, material y simbólica, que separaba a algunos proyectos inmobiliarios de otros. Desde su proyección, la diversidad de materiales, el espacio, los sistemas de financiación y las publicidades para su venta, Aboy muestra una clara contraposición entre dos modelos de distribución espacial, social y simbólica: por un lado, los departamentos “para las altas clases medias”, por el otro, “los departamentos mínimos”. Distancias abismales que, como concluye la autora, debieron funcionar “como ámbitos catalizadores de nuevas y diferenciadas identidades sociales de las clases medias participantes del mercado”.

En el capítulo 3, “La clase media como lenguaje y los lenguajes de las clases medias en tres ciudades del interior bonaerense”, Gabriel Noel compara analíticamente sus experiencias de trabajo de campo etnográfico en Tandil, Villa Gesell y Verónica (cabecera del partido de Punta Indio). Noel destaca especialmente las disímiles imágenes que los habitantes de estas tres localidades proyectaban sobre ellas y, a su vez, las diferentes formas de identificación entre los habitantes de cada una de las ciudades, según su ubicación en el espacio urbano y situación social. Así, en Tandil en 2003, los habitantes del centro presentaban a la ciudad como un lugar próspero que usualmente se asocia con el estereotipo de la clase media (aunque no fuese nombrada explícitamente), en razón de los niveles y la calidad de los consumos de bienes y servicios o por la seguridad frente al delito que ofrecía. En contraposición, en un barrio popular, Las Tunitas, sus pobladores (considerados “extraños” por los habitantes del centro) se identificaban con una clase media en crisis, empobrecida. A su vez, en Villa Gesell en 2008, los sectores populares urbanos no se concentraban en barrios marginales, sino que eran una presencia significativa en toda la ciudad. “Los notables” (que invocaban una genealogía cuyo origen se remontaba a los “fundadores”) poseían una relativa hegemonía respecto de la representación de la ciudad y se presentaban como “autóctonos”, frente a las acusaciones políticas del gobierno del Frente para la Victoria, que había ganado la intendencia en 2007, según las cuales se trataba de un sector que tenía a la ciudad de rehén para su propio beneficio, condenando a la miseria al resto. Finalmente, en 2014, Noel encuentra que, de acuerdo con los relatos de sus habitantes, Verónica era presentada como un lugar en el que no había segmentaciones o quiebres como los que encontró en Tandil y Villa Gesell (pese a que las asimetrías y diferencias socioeconómicas eran reconocidas), siendo consideradas algo accidental, esto es, personas que atravesaban una “mala situación”. De tal modo, en Verónica las diferencias y desigualdades no responderían a “clases” ni “clases medias”, sino a asuntos fortuitos del dominio de lo individual. De manera relevante, Noel cuestiona tanto los usuales análisis de la clase media basados en estudios de la Ciudad de Buenos Aires y su conurbano proyectados acríticamente al conjunto del país, como el no tener en cuenta las formas de identificación especificas a las que apelan los conjuntos sociales para establecer sus fronteras, las cuales son, como lo ha señalado Philip Furbank, enunciados morales.

“Un campo inesperado de inclusión social: negociaciones identitarias y movilidad socioeconómica en un equipo de triatlón en Santiago del Estero” es el capítulo 4, cuya autora es Sara Kauko. Se trata de un trabajo etnográfico donde pone su atención en un escenario: un gimnasio y su equipo de triatlón. Tal como ella lo presenta, en ese espacio se producía el encuentro entre deportistas considerados de clase media acomodada (“gente bien”, en su mayoría profesionales) y jóvenes provenientes de familias de bajos recursos (“negros”), que suplantaban sus carencias materiales y culturales con destrezas y esfuerzo físico, accediendo a becas para entrenar. Kauko ve en ese “campo deportivo” la posibilidad de analizar el cruce de dos mundos sociales radicalmente distintos, donde la identidad de clase media de unos se ve fortalecida, al tiempo que promueve las aspiraciones y posibilidades de movilidad social de los otros. El mundo del triatlón santiagueño se muestra, así, como un terreno en el que es posible apreciar tanto el papel activo de las jerarquías raciales y clasistas como la posibilidad de que ciertas formas de convivencia y solidaridad puedan emerger. Y, en particular, la difusión de las aspiraciones de ascenso social a través del esfuerzo individual a través del cual salir de la pobreza. El caso resulta particularmente instructivo, ya que revela que las prácticas de distinción de los sectores más favorecidos no solo afirman fronteras sociales que los separan de otros sectores sociales, sino que estos pueden disputarlas no contraponiendo otros valores, sino apropiándose de ellos. Y debido a la lógica misma del campo, pueden hallar allí reconocimiento social.

El interés por el deporte como un campo o escenario social se prolonga en el capítulo 5, “Universitario y de barrio: la construcción de un nosotros de clase media en un club social y deportivo platense”, de Julia Hang. Ella pone su atención en el Club Universitario de la ciudad de La Plata, fundado oficialmente en 1937. A través de un trabajo de campo etnográfico realizado entre 2013 y 2018, Hang muestra cómo una situación de crisis económica del club, que le exigía incrementar sus ingresos y ampliar la masa societaria, llevó a diferentes actores involucrados a (re)definir la identidad institucional. Hang sostiene que en el período estudiado se configuró un nosotros de clase media (de la clase media platense) en el cual se aunaron moralidades heterogéneas y hasta contradictorias. Así, los dirigentes promocionaron al club tanto como un lugar donde fuese posible practicar deportes y, simultáneamente, gozar de un “estilo de vida”, basado en un pasado deportivo glorioso pero con “espíritu barrial”: un lugar de encuentro de la clase media. En el club, sostenían, se preservaban valores “originarios”, como la humildad, lo universitario, el esfuerzo, la mesura y la familia. Pero otros impugnaron estas virtudes morales, calificándolas de “elitistas”. Estas definiciones convivirían de manera compleja con la presentación de la institución con aquellos valores que había estudiado Maristella Svampa en la década de 1990, con el surgimiento de los countries y barrios cerrados: como un espacio donde resultaba posible llevar un “estilo de vida verde y natural”. De tal modo, el requerimiento de un incremento de la masa de socios entraba en tensión con una representación de la institución como un espacio distinguido y exclusivo, que para algunos debía mantenerse, mientras que para otros era necesario disputar.

En el capítulo 6, “La corrupción como categoría clave para pensar la clase media argentina”, Sara Muir postula una interpretación acerca de cómo se conformaron los escenarios políticos recientes en la Argentina, caracterizados por la conflictividad entre opuestos irreconciliables. La autora rechaza la idea de que esto provenga de antiguos antagonismos (es usual atribuirlos a la segunda mitad del siglo XX, o incluso a diferentes momentos del siglo XIX); en su lugar, sostiene que es algo relativamente reciente, que responde a la configuración de la clase media tras la salida de la crisis de inicios del siglo XXI. A tal fin, Muir sostiene que lo que caracteriza a ese sector que se ve como “clase media” es el hecho de que las promesas de prosperidad han sido desmentidas, en razón de la instalación de una convicción: la crisis en la Argentina es una situación rutinaria. Aborda la corrupción etnográficamente, esto es, tratándola como una categoría social que opera en la vida cotidiana, la cual permite a quienes se perciben como miembros de la clase media describir y evaluar prácticas en cuanto “ilícitas”, “inmorales”, “espurias”. Tal categoría, señala, permite a quienes la asumen orientarse frente a las ambigüedades de orden ético-moral con las que deben tratar cotidianamente. La importancia del análisis de Muir es crucial para comprender las interpretaciones de la historia reciente en la Argentina, así como buena parte de lo acontecido en la esfera política.11 Así, a través de la autobiografía de un funcionario que aparece como una versión reducida de la historia nacional, la corrupción constituye el recurso interpretativo central, en particular para dar sentido a una versión fatalista de la historia (la crisis rutinaria). Muir sostiene que cualquier clase media puede ser vista como una configuración temporal y sociomoral; en el caso de la idea de la “clase media global”, esta moralidad está marcada por el optimismo respecto del progreso. Sin embargo, el caso argentino revela algo muy distinto, en la medida en que es el pesimismo lo que prevalece respecto del futuro frente al cual opone su pureza moral.

La problemática de la crisis recurrente vuelve en el capítulo 7 de Sonia Prelat, “El pasaje por la crisis: diferencias generacionales, valor y trabajo en la Argentina”. Prelat no hace de la clase media un objeto especial de indagación; ella prefiere referirse a pequeños propietarios, emprendedores o comerciantes de la ciudad entrerriana de Concordia, que es al momento de escribir esta introducción la ciudad más pobre del país. No obstante, no es la pobreza el eje de su análisis, sino cómo las crisis recurrentes que han caracterizado a la Argentina condicionan el trabajo de emprendedores y comerciantes de la ciudad. Prelat sugiere que no solo se deben tener en cuenta las restricciones resultantes de las situaciones de crisis, sino también las experiencias, los recuerdos, en la medida en que pueden servir de orientadores, precisamente, cuando el futuro resulta incierto. Señala que las crisis dan lugar a una memoria colectiva; ella encontró que las narrativas en las cuales se manifestaba la memoria diferían en función de las generaciones. Aquellas personas de más edad, que habían sobrellevado la crisis de inicios del siglo XXI, veían su práctica como una lucha personalizada para enfrentar adversarios como la inflación y la recesión. Prelat diferencia esta versión –a la que define como “no moral”– de la de los más jóvenes, influidos por los discursos de autoayuda tendientes a la autorrealización, que conferían al esfuerzo, al trabajo duro y a la disciplina una índole moral. Esta generación, que no había experimentado de manera directa la crisis de inicios de siglo, veía las interpretaciones de sus padres como algo arcaico. En su lugar, ponderaban la individualidad y la responsabilidad personal (como veremos enseguida, estos resultados de las indagaciones etnográficas de Prelat parecen entrar en conflicto con las de Vargas y Viotti, ya que, a diferencia de estos últimos, aquí la autorrealización conviviría con el esfuerzo y el trabajo duro entre los más jóvenes). En conclusión, la autora muestra cómo las memorias colectivas de crisis se estructuran diferencialmente en función de las experiencias generacionales, dando lugar a formas distintas de orientación práctica.

En el capítulo 8, “¿Orientaciones políticas de la «clase media», o la «clase media» y sus orientaciones políticas?”, Fernando Toyos estudia la relación entre la autopercepción de clase media y las orientaciones ideológico-políticas, haciendo foco especialmente en las formas de concebir la corrupción. En lugar de una etnografía de las prácticas cotidianas (como había sido el caso de Muir), Toyos basa su examen en la información derivada de grupos focales de residentes en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires entre 2017 y 2018, es decir, durante el gobierno de Cambiemos presidido por Mauricio Macri, a menudo señalado como “un gobierno de clase media”. Toyos también utilizó información proveniente de la encuesta Latinobarómetro, para América Latina y Argentina, entre 2011 y 2017, y de la Encuesta Nacional de Estructura Social (ENES-PISAC) realizada en 2017. Una de las conclusiones importantes del estudio es que prevalecen las personas que imaginan su ideología como “de centro” y, simultáneamente, se autoperciben como miembros de la “clase media”. Al mismo tiempo, entre quienes manifestaron su apoyo al gobierno de Macri también prevalecía un fuerte discurso sobre la corrupción como un mal. Si bien el estudio tiende a mostrar una conexión entre la autopercepción de clase media, la orientación “de centro”, el discurso contra la corrupción y la adhesión al macrismo, Toyos no concluye que de ello se desprenda necesariamente una idea homogénea de la identidad de clase media. Justamente, la información de los grupos focales abona la tesis de la heterogeneidad ideológico-política.

Finalmente, en el capítulo 9, “Entre el esfuerzo y el confort: autonomía y cambio cultural”, Patricia Vargas y Nicolás Viotti prolongan las inquietudes de Prelat respecto de las diferencias en las perspectivas generacionales y algunos elementos ya presentes en el estudio de Hang. Vargas y Viotti se plantean la necesidad de reparar en las transformaciones que se han producido en el mundo de los valores de las clases medias. Más específicamente, señalan que a los valores tradicionales del esfuerzo y el sacrificio que han sido propios de estas clases, es indispensable ahora tener en cuenta una serie de prácticas más vinculadas a valores como la autonomía, lo emotivo y el desarrollo personal, donde lo que se priorizaría sería el confort. Vargas y Viotti definen esto como una corriente cultural que tiene la cualidad de organizar la experiencia de ciertos conjuntos sociales identificados con la clase media. La médula del texto reside en exponer un caso de lo que llaman “modo de vida alternativo”, a través de la historia de vida de una empresaria de cuarenta años, Anabela. Con esta historia de vida pretenden exponer el lugar que tienen estos nuevos valores, poniendo de manifiesto que Anabela no separa o establece diferencias entre su realización personal, laboral o económica; al contrario, sus interpretaciones incluyen preguntas y respuestas en torno al significado del éxito, el trabajo o la vida. Es más, este proceso de transformación puede corroborarse poniendo atención en la importante circulación a través de los medios de comunicación de cuestiones tales como el consumo de alimentos orgánicos, actividades laborales no convencionales, el neorruralismo, las terapias alternativas, las prácticas de la Nueva Era, etc. En definitiva, Vargas y Viotti están convencidos de que esta transformación en el mundo de valores está aconteciendo, en una escala que futuros estudios deberán precisar y que, por consiguiente, demandará un replanteo de los análisis, posiblemente, como también lo señalaba Prelat, estimando la relevancia de las experiencias generacionales divergentes.

Obviamente, los temas tratados aquí no son una muestra representativa de los estudios sobre clases medias en nuestro país, ni sobre los que se llevan a cabo sobre otras partes del mundo, ni mucho menos agotan los temas que todavía no se han desarrollado. En buena medida, la bibliografía que ha servido para redactar esta introducción, así como aquella con la que entran en diálogo los autores de los capítulos, puede ayudar a los lectores a elaborar una cierta aproximación al horizonte de posibilidades temáticas que los estudios sobre clases medias comprenden. Como hemos insinuado, aun nuestro país está en los albores en cuanto a la constitución de un campo de investigación, siendo mucho lo que hay por hacer. Poco sabemos todavía acerca del papel que juegan los usos idiomáticos, los modismos, las jergas en la fabricación de fronteras sociales y simbólicas. Nos falta mucho por conocer respecto de la manera en que se construyen las imágenes corporales en relación con determinados tipos de persona social (algo iniciado por Alejandro Damián Rodríguez), las variables articulaciones entre clase, etnicidad y género (algunos aportes al respecto pueden encontrarse en los capítulos aquí publicados de Pérez y Kauko) o las actividades de consumo cotidiano (como los estudiados por Daniel Miller, 1999). Sin embargo, a través de los capítulos pretendemos estimular la investigación de estos y otros campos, que ayuden a entender mejor a este país que, como podemos ver a diario, oscila entre insistir con su imagen estereotípica de “clase media” y, al mismo tiempo, rechazarla sin contemplaciones, denunciando en su lugar la realidad de un país profundamente pobre y desigual.

 

1. En Gabriela Benza et al. (2016) puede hallarse un interesante y exaustivo análisis de los estudios desarrollados entre 2003 y 2014 sobre las clases sociales en general, con un apartado especial dedicado a las clases medias.

2. Ejemplos de esta perspectiva pueden ser, entre otros, Ruth Sautu (2001), Ana Wortman (2003) y Sebastián Carassai (2013). También la compilación de Rolando Franco, Martín Hopenhayn y Arturo León (2010) sobre América Latina. Este enfoque es semejante al que suele exponerse en los medios de comunicación, en el discurso público, en la boca de políticos, consultores, analistas de opinión e incluso expertos como economistas o politólogos.

3. Llamativamente, estas afirmaciones emergían en el mismo momento en que se estaba produciendo una inusitada incorporación de jóvenes procedentes de familias identificadas como de “clase media” a las filas de la militancia política peronista, de izquierda y revolucionaria (Gillespie, 1998, 87-99; Altamirano, 1997, 2001; Tortti, 2006).

4. También, debemos considerar dos estudios sobre poblaciones reconocidas como de “clase media urbana”: el de Rubén Reina (1973), sobre la ciudad de Paraná, Entre Ríos, y el de la antropóloga norteamericana Julie M. Taylor (1979, 1981) sobre “los mitos de Eva Perón”, una indagación de las concepciones sobre género, sexualidad y moralidad de la clase media urbana en Buenos Aires.

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