Argentina y yo - Carlos Troncoso - E-Book

Argentina y yo E-Book

Carlos Troncoso

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Beschreibung

El pueblo argentino ha vivido enormes cambios y tiempos tumultuosos en las últimas décadas: cambios que han malfavorecido a su economía, su industria, y sus ciudadanos. La creciente pobreza y delincuencia han resultado en una gran desmejora en la vida de todo ciudadano, rico y pobre. ¿Cuántas veces y cuánta gente se ha preguntado cómo un país como el nuestro, con todos los recursos naturales que abundan y con una población educada que le favorece, el país que alimentó a medio mundo en un entonces, puede encontrarse en la situación económica en la cual se encuentra? El autor estudia los problemas principales del país con sus raices, y planta un programa nacional que encara francamente los cambios necesarios para triunfar sobre ellos. Lo logra combinando sus observaciones y variadas experiencias de su propia vida, en un tipo de autobiografía. Esto lo trasplanta de su niñez en el campo de sus padres, a su vida como estudiante en Avellaneda y La Plata. Luego, a sus experiencias como médico en Coronel Suárez y en EE.UU. También, sus observaciones como soldado argentino y como teniente coronel en el ejército norteamericano. Sus vivencias le permiten comparar diferentes sistemas de gobierno, educativos e industriales, para ilustrar como ciertos cambios pueden resultar en una Argentina más pudiente, que alce al pueblo entero a niveles socioeconómicos más altos, y de esa forma, poder destacarse como un país del primer mundo, como debe ser.

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Seitenzahl: 298

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Troncoso, Carlos Alberto

Argentina y yo / Carlos Alberto Troncoso. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

252 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-786-4

1. Informes Técnicos. 2. Historia Política Argentina. 3. Política Argentina. I. Título.

CDD 320.0982

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Troncoso, Carlos Alberto

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Presentación del autor

Me siento muy humilde y honrado introduciendo al doctor Carlos Troncoso, al cual yo acompañé en el intento de crear un partido político llamado Control Ciudadano en dos giras que hicimos juntos por la provincia de Buenos Aires y por la Patagonia. En esas dos oportunidades profundizamos nuestros saberes sobre el enorme potencial económico del sur argentino y conocimos ciudades como Chivilcoy y Bragado, en la provincia de Buenos Aires, entre otras; con una historia vinculada a nuestro prócer sanjuanino, el ilustre Sarmiento, la primera, y con su industria del acero, además de la leyenda del potro Bragado, que está descripta en su libro, en el segundo caso.

El doctor Carlos Troncoso, con este libro, a mi juicio pretende llenar el agujero negro del pasado y presente argentino. Este gran campo gravitacional es la cultura argentina, sobre la que el escritor pretende concientizar.

En nuestra tierra del gran Sarmiento, el planteo entre civilización y barbarie no puede mostrarse más elocuentemente que como lo encara Carlos Troncoso.

En este libro y en su lectura, renace un escenario en el que los actores son amantes del país y, unidos, tienen el mismo afán de progreso. La lectura de este libro pone de pie las emociones propias de un patriota en tiempo presente, que ve a la Argentina no dentro de un tubo de ensayo sino desde afuera, como quien mira en el microscopio lo que ocurre dentro de los cimientos de la sociedad.

Argentina tiene todos los factores necesarios para ser un país desarrollado: territorio cultivable extenso, recursos mineros y energéticos, poca población y una gran plataforma submarina. Sin embargo, está catalogada internacionalmente como país subdesarrollado, lo cual refleja un síndrome o una anomalía económica que la diferencia de Japón, nombrado y reconocido como una gran potencia económica sin poseer ninguno de los conceptos recién señalados. Hay algo que estudiar y algo que averiguar, y es el porqué de tales incongruencias.

En las siguientes páginas se transcriben las ideas políticas, filosóficas y económicas del doctor Troncoso, además de un sinnúmero de anécdotas de un médico, aviador (incluso instructor de vuelo) y militar que sirvió en el Ejército argentino y como oficial del norteamericano en Estados Unidos, en donde ejerció un cargo importante en la llamada guerra de Golfo, contra las poderosas fuerzas de Saddam Hussein; pero por sobre todas las cosas, de un gran soñador, que pretende con sus palabras la configuración ordenada de sus ideas, con el único fin de que, si se hacen realidad, puedan llenar ese agujero negro con sinceros ideales patrios.

Dr. C. P. Rogelio Norte

UNIDOS, LOS ARGENTINOS NOS PROPONEMOS CREAR UN PAÍS QUE...

***

Para triunfar, en cualquier disciplina, debes esforzarte como otros no lo hacen; de esa forma, obtendrás resultados que otros no consiguen.

Qué hermoso es tomar el camino difícil, luchar por metas que llevan al progreso, al mejoramiento de la humanidad; obtener triunfos gloriosos, aunque a veces estén igualados con los fracasos. Es mejor que enrolarse en las filas de los pobres de espíritu, que no gozan mucho ni sufren mucho, porque no conocen el sabor de la victoria ni del fracaso.

***

Agradecimientos:

Tal vez en los libros, este sea el capítulo de menos interés para la mayoría de los lectores, pero yo voy a tratár de hacerlo interesante, comenzando con la historia del título original de esta, mi obra, que demuestra a los Argentinos las soluciones a los problemas más serios del país, desde mi punto de vista.

Agradezco al escritór español Juan Ramón Jimenez, de Andalusia, la inspiración que me dió como título para mi libro, de su obra, “Platero y Yo”. Este magistral primer poeta en prosa de la literatura española fue traducido a más de cien idiomas, recibiendo el premio Nobel en el año 1956. Cuando en la escuela elemental, en los últimos grados, los maestros nos contaron la historia , se me quedó grabado en la mente para siempre. Rogelio Norte me recordó de esta obra literaria y me sugirió usar “Argentina y Yo” como título de mi libro.

“Platero y Yo” narra ese vínculo afectivo que establecemos con ciertos animales, que se convierten en amigos, confidentes, y a los cuales amamos, amor y fidelidad que éstos comparten con nosotros. En la actualidad, en la mayoría de los casos son los perros y gatos, aunque a veces se reemplazan con loros y otros del mismo reino. Platero era un burrito pequeño de piel color plateada; describe el autor su piel tan suave como el algodón. Solo sus ojos eran duros, negros como escarabajos. El burrito entonces se transforma, haciendo una reflexión, en un símbolo de ternura, pureza y sinceridad.

Agradezco también a Rogelio Norte, que me acompañó en las giras políticas del año 1997 y 1999, y sigue colaborando.

A Mariano Osvaldo Norte, mi colega en aviación, quien ayudó con su trabajo en la computadora.

A Carl Schreier, que se encargó del escaneo de las fotografías. Tiene más valor por el hecho que se encuentra recuperando de una cirugía cardíaca.

Agradezco a mi esposa, Graziela Elisabeth Villanueva, quien me dió datos inéditos del terremoto en 1944 que azotó la ciudad de San Juán, y se encuentra descripto en este libro, ya que ella es uno de los sobrevivientes de ese terremoto. Ya casados, cuando establecimos la práctica médica en Coronel Suárez, fue el 50% del éxito que obtuvimos. Trajo a esta ciudad una nueva modalidad de detección temprana del cáncer cervical en la mujer, creó la sala de niños en el hospital local, modernizó los servicios de hemoterapia y otras cosas que ayudaron en nuestro prestigio.

A mi hijo José Carlos; fue uno de los que sirvió de enlace con la editorial cordobesa “Tinta Libre” además de estár a cargo de las fotografías publicadas. El hizo una revisión completa de mi libro y agregó nombres que faltaban.

Mi otro hijo Iván, que sirvió en la marina de EEUU, y de él obtuve todos los datos publicados del portaaviones John F. Kennedy (CV-67).

Al matrimonio Regueira, mi sobrina Amanda Bruno de Regueira, Juez en Bragado, Provincia de Bs. As. y él, de nombre Vicente, también abogado en la misma ciudad, quienes estuvieron más allá de acomodarnos confortablemente, y además sirvieron de enlace con el periodismo local.

A la editorial cordobesa “Tinta Libre” que demostró profesionalismo y allanó problemas difíciles.

A mis compañeros de trabajo en el Centro de Veteranos de Clinton, Oklahoma, donde trabajamos juntos los seis últimos años de mi carrera médica, ya que ellos, teniendo conocimiento de mi obra en marcha, me estimularon entusiásticamente.

Muchos otros que me pidieron copia del libro en progreso, algunos de ellos, hace ya varios años, que sirven como estímulo para no claudicar.

Prólogo

Compartamos la tarea de hacer un país donde nosotros, nuestros hijos y las futuras generaciones, gocemos viendo prosperidad para todos los habitantes de este suelo. La unificación de conceptos y la lucha para alcanzar las metas deben ser comunes. Unidos, forjaremos una Argentina grande.

Debemos luchar contra la corrupción de los gobernantes y del pueblo mismo. El ciudadano no puede ser honesto si el gobierno no lo es. En la jungla, hay que vivir con sus leyes para sobrevivir; que la corrupción viene desde arriba es obvio.

Debemos invertir en educación, con personal idóneo y bien pago. ¿De dónde sale el dinero? Del IVA municipal para las escuelas primarias y secundarias y del gobierno provincial o nacional para las universidades, dependiendo de sus respectivas esferas. Para esto se requerirá una reforma constitucional.

Fuerzas Armadas: en este mundo, el pez grande se come al chico; la situación internacional cambia constantemente; depender de las Naciones Unidas, creer que sus integrantes representan a los gobiernos del mundo, es una utopía. Los representantes trabajan para sus gobiernos y sus intereses, no para la paz mundial.

Economía: estará incluida en el capítulo sobre economía.

Debemos estar unidos en estos principios para crear un país grande y donde todos los argentinos tengan la posibilidad de realizarse.

Comienzo con una autobiografía, que tendrá las reflexiones, experiencias y enseñanzas que mi aventurera vida me ha dado.

Autobiografía

Nací en Santiago Larre, provincia de Buenos Aires, partido de Roque Pérez, República Argentina, el tres de marzo de 1931. Mis padres: Justo Troncoso, natural de Galicia, España, e Ida Ferri, nacida en Piacenza, Italia.

Mi padre emigró de España a los veinte años. Tenía completados los estudios primarios, y por haberse criado a orillas del mar Cantábrico, su profesión era pescador de sardinas. Me narró que en su oficio usaban tres veleros livianos, que trabajaban en conjunto y desplegaban una red: se ponían en línea para luego hacer un círculo coordinado, embolsando los peces. Esto requería destreza marina, por supuesto.

Anteriormente, un tío le había ofrecido pagar sus estudios de seminario para ser sacerdote, pero Justo Troncoso no era para eso, y prefirió trabajar en el mar hasta que se presentara una oportunidad más ventajosa. Como tenía más ambiciones para su futuro, no deseaba ser un pescador de por vida. Así que a través de contactos familiares en Argentina, consiguió una promesa de trabajo en la estancia de los Brión, españoles, como peón de campo, y en 1906 se embarcó en un velero que salía rumbo a Buenos Aires. Se pagó el viaje como marinero a bordo.

El trabajo en la estancia fue un mundo nuevo para él. Nunca antes había montado un caballo; los compañeros de trabajo gozaban de la inexperiencia del recién llegado con bromas a veces mortificantes, como dejarle ensillar un caballo mañero, o que corcoveaba al subirlo. Pero al poco tiempo, siendo joven e inteligente, se adaptó y aprendió mucho que le serviría en el futuro.

Mi madre, Ida Ferri, tenía cinco años por el tiempo de su arribo a Buenos Aires. Se crio en la chacra de sus padres; no tengo datos de antes de que se instalara allí. Cursó hasta cuarto grado en una escuela de la ciudad de Las Flores, provincia de Buenos Aires, y después trabajó con su madre en las tareas de la casa.

Cuando mis padres se conocieron la familia Ferri vivía en su propiedad, trabajando el campo. Mi abuela Ana hacía el pan; era buena cocinera, hacendosa, y tenía la habilidad de hacer pastas exquisitas, entre ellas los ñoquis y los ravioles, mis favoritos cuando los hacían ella o mi mamá. Los hijos de mis abuelos maternos fueron seis, dos varones y cuatro mujeres; una, Anita, sufría de ataques epilépticos. Anita creció por lo demás sana, y se casó con un ferroviario de Carlos Beguerie que previamente había sido notificado de la epilepsia de ella. La trató muy bien, lo cual demuestra esa rara cualidad del amor verdadero en contraposición con la atracción sexual que une a la mayoría de las parejas que, después de cierto tiempo, ya satisfecha esa necesidad humana y no teniendo otros valores que compartir, se aburren y se separan dejando hijos traumatizados.

Mis suegros se conocieron a través de sus padres, que se conocían desde jóvenes. El padre de Ana María Padró, mi suegra, los invitó a su provincia, Entre Rios, para que su hijo y Ana María se conocieran. Fue así que, con la guía de sus padres, se encontraron compatibles y se casaron, en un matrimonio asentado sobre una base de igualdad de culturas. Los jóvenes a quienes se los deja solos en estos tiempos se juntan, prueban, se encuentran satisfechos sexualmente y creen que eso es el amor, cuando en verdad están solo satisficiendo necesidades carnales. Tan así es, que al sexo se lo llama erróneamente “hacer el amor “. El amor verdadero se alcanza después de cierto tiempo de noviazgo, preferentemente sin las relaciones íntimas; al menos, hasta llegar a ellas debe dejarse pasar un tiempo. Se necesita hablar del futuro, de la educación de los hijos por venir, y ver si realmente son el uno para el otro. Interesante: las parejas de edad madura construyen matrimonios felices y duraderos fundados en estas bases.

El cinematógrafo y la televisión muestran que el amor verdadero consiste en besarse apasionadamente e irse a la cama, y esto, que es un error, está en la cultura mundial y en nuestro país. La familia debe ser la piedra fundamental de una sociedad, seguida por la comunidad en que vivimos y el país nuestro. Los almuerzos y cenas son oportunidades para engolfarse en estos temas a través de la experiencia de los mayores y los menores; porque sí, a veces los jóvenes tienen la razón. Todo esto manteniendo fuera del alcance los celulares, elemento que yo considero maléfico en una cena o almuerzo familiar.

Ahora, para seguir con la historia de mis progenitores, mi padre, Justo Troncoso, después de un año de trabajar en la estancia, y habiendo ahorrado el salario mensual íntegro, tuvo suficiente para comprar un carro y dos caballos. Mientras los otros habían dilapidado en el juego o en la bebida sus dineros, él los había guardado para su futura inversión. Se hizo proveedor de las familias esparcidas en un radio de más de cincuenta kilómetros: manejaba un carro tirado por caballos y les vendía comestibles y otros elementos necesarios que no se encontraban fuera de una ciudad grande, y les compraba los frutos que producían —tales como huevos, aves, cueros, lana de oveja— y que luego vendía por ferrocarril en Buenos Aires. Tenía un socio, su hermano German, que estaba a cargo de la contabilidad y los contactos comerciales. Casi no se veían, porque mi padre arribaba en la tardecita para cargar los comestibles y encargos de los chacareros, cenar y salir en la mañana bien temprano, pero se escribían notas, a veces jocosas, como esta escrita por Germán: “...dices que andas muy ligero —y con un genio tan profundo—; corres como un sapo y jodes a medio mundo”. Terminaron con la sociedad cuando los dos se enamoraron de la misma dama, mi mamá, y ella lo prefirió a Justo y se casó con él.

Germán, como todos los tíos que tuve en suerte tener, era muy querido por mí. Tuvo cuatro hijos después de casarse con la hija de una excelente familia de campo. Yo fui a la escuelita de Santiago Larre con los parientes de la familia Bellagamba, a la cual pertenecía la esposa de Germán. En las últimas décadas de su vida vivió en la ciudad de Avellaneda, en la calle Belgrano, frente al Hospital Fiorito, y murió sano a los noventa y tres años.

Mis padres se radicaron en Santiago Larre. Fue entonces cuando Justo Troncoso decidió traer a su familia de España: sintió ese llamado de responsabilidad por sus padres. Aunque no era propietario de grandes extensiones de campo —solamente tenía catorce hectáreas—, ganaba lo suficiente para mantener a su esposa y ocho hijos. Le interesaba muchísimo progresar, y tenía ambiciones, pero también esa necesidad de cumplir con su deber de hijo. Había nacido de ellos, se educó en la escuela primaria gracias al trabajo de sus dos padres (mi abuela trabajaba en una fábrica de envasado de sardinas en Galicia); fueron ellos quienes cuidaron de sus hijos y les inculcaron esos valores primordiales de honestidad, perseverancia y generosidad.

Hay gente que al progresar económicamente valora más los bienes personales, sus riquezas, que a las personas; es un hecho mencionado en la Biblia por Jesucristo. Algunos se transforman en egoístas, avaros, y nunca tienen lo suficiente para ayudar a su familia o a la sociedad; piensan hacerlo mas adelante, y siguen posponiéndolo hasta que es demasiado tarde. Es que la riqueza fomenta la avaricia.

Nosotros hemos ayudado con dinero a un familiar en Argentina que padecía de cáncer, y a través de una organización internacional pagamos el mantenimiento y la educación de un niño africano hasta la edad de trece años, que es cuando en Ghana dejan de ser niños y salen a trabajar. Esto lo escribo como un ejemplo, nada más, para estimular ese valor de la generosidad que la sociedad Argentina del futuro necesitará para ser un gran país.

Hecho singular es que los más pobres se ayudan entre ellos. Al vivir en Norteamérica, fui testigo de que los inmigrantes mexicanos trabajan duro, ayudan monetariamente a sus familiares en México y, cuando alguno se enferma, juntan recursos entre la familia y los amigos para pagar por una intervención quirúrgica u otras necesidades mayores.

Mientras tanto, mi padre seguía con el negocio de ramos generales y comenzó a dedicarse a la agricultura y la ganadería en tierras rentadas. Mi hermano mayor, “Tito”, atendía el “almacén” ayudado por su hermano Juan, después de que este terminara su sexto grado, mientras que papá se dedicaba a las tareas de campo con mi otro hermano, José Francisco (apodado “Cholo”). Quiero mencionar que mi padre fue el primero en traer ganado de la raza Aberdeen angus a la zona. Me contó que a los vecinos, que criaban hacienda colorada, no les gustaban esas vacas negras, y que protestaban cuando los toros angus se pasaban a los campos de ellos; pero al poco tiempo, viendo el rendimiento de los angus en calidad de carne y en precio de venta, algunos hasta bajaron los alambrados para que los toros de mi padre sirvieran a su ganado.

Mi madre Ida, a quien yo llamo la heroína de la familia, se dividía en sus quehaceres entre el cuidado de los hijos —bañarnos a los más pequeños, comprarnos las ropas, lavar la ropa a mano—, la cocina para quince personas, incluidos los peones, y —entre otras cosas más— la ayuda a Tito en el almacén y el bar. Mi madre tenía siempre la ayuda de una sirvienta con cama adentro, y en el lavado, que empezaba a las seis de la mañana, mis hermanas mayores —cuando crecieron— ayudaban también. Tenemos que recordar que en esa época no existían máquinas lavadoras de ropa ni de platos, ni heladeras. Como el resto de la gente de campo, nosotros tampoco teníamos electricidad.

Argentina y yo

Mi niñez

El día de mi nacimiento, mi madre —que había tenido ya siete partos— supo que yo iba a venir a ser un habitante más del planeta Tierra. Nunca había sido atendida por ningún médico para estas ocasiones, y mi caso no fue la excepción. Después del almuerzo que preparó para doce personas —contando a la familia y dos peones mensuales— con la ayuda de mis hermanas mayores, llamó a mi padre y le encargó que fuera a buscar a la señora que en sus otros partos la había ayudado. Mi padre, diligentemente, ató dos caballos al carro y se fue a traer a esa mujer. La señora vivía a más o menos cinco kilómetros, y ya estaba avisada del nacimiento inminente. Mi padre dejó que doña María se ocupara de su tarea —mis hermanas estaban en casa por cualquier necesidad— y se fue a trabajar al campo hasta la tardecita. Cuando llegó, se enteró de que su nuevo hijo era un varón. Así de simple, como era en esa época: el padre no compartía, con su presencia, la labor del parto. Así nacieron también San Martín, Sarmiento, Abraham Lincoln y otras figuras de valor internacional.

No conozco ningún otro episodio digno de mención hasta lo que ahora viene. Voy a narrar, intercalándolos en la descripción que estaba haciendo, dos acontecimientos que no puedo olvidar de mi niñez temprana. Tendría cinco años, la edad mínima que requiere el cerebro humano para recordar hechos. Había llovido y en la casa, al fondo, un pozo recién hecho estaba preparado para desagotar el del baño, a donde iban los excrementos humanos. Aún no había comenzado el traspaso cuando llovió y se llenó de agua. Fue entonces cuando se me ocurrió ir a pescar al pozo.

Rápidamente encontré un palo de escoba; me las ingenié para atarle un hilo en un extremo (no pensé en el anzuelo porque yo no sabía que se necesitara) y me ubiqué “de panza al suelo” sobre la orilla donde había un borde con declive, resultado de la reciente excavación. Como había dicho antes, llovió; la lluvia dejó un barro resbaladizo y yo me deslicé cuesta abajo y caí en el pozo, que era bastante más profundo que mi altura.

Lo que ocurrió después: instintivamente, por llamarle de algún modo a mi reacción, me puse de espaldas y esperé hundirme. Pero descubrí que no me hundía; en lugar de irme al fondo, me tomé de un poste de la orilla del pozo que estaba allí. Obviamente hice la maniobra llamada “plancha”, que me mantuvo a flote. Simultáneamente vi que aparecía en mi campo visual mi abuelita paterna, toda de negro como acostumbraban las viudas —la cabeza cubierta por un manto negro, negro el vestido largo como así también las medias y los zapatos—, corriendo hacia mí y pidiendo ayuda. Me tendió una mano y me salvó del trance.

Mi hermana Ana María, alias “Ñata”, que es cuatro años mayor que yo, me dijo hace unos años que ella estuvo presente durante el salvataje. Y así terminó el primero de los muchos espisodios casi fatales que he tenido en mi larga y aventurera vida.

Paso a describir una segunda vez en que el destino me fue favorable. Después del accidente del pozo, probablemente un corto tiempo después, era día de Reyes. Me habían regalado los Reyes Magos, porque yo estaba en esa edad maravillosa en la que creía en ellos, una pelota de goma en colores, número tres. Estaba jugando solo en el escritorio del negocio que administraba mi hermano mayor, Justo Juan, apodado “Tito”. Vendía de todo: ropa, comestibles, bebidas —incluso tenía un bar—, maderas, el alambre de púas usado para división de campos, bicicletas y muchos otros artículos. El vino lo compraba en Buenos Aires, de bodegas mendocinas; venía en barriles grandes. Nuestros clientes tenían sus propias damajuanas, que eran de cinco o diez litros, y nosotros las llenábamos en la trastienda.

Teníamos también una cancha de bochas, y mi hermano Tito, el día del incidente, jugaba con algún amigo. Él usaba una técnica que consistía en dar tres pasos a la carrera para lanzar la bola, con la que trataba de pegarle a la que le estorbara. Mi pelota saltó dentro de la cancha y yo fui detrás, corriendo y sin mirar, justo cuando Tito lanzaba su mortal proyectil. La bocha venía hacia mi cabeza cuando yo estaba agachado recogiendo mi regalo de Reyes. Oí un grito de mi hermano; por el rabillo del ojo pude ver la desesperación y la impotencia de Tito, sentí el roce de la bocha en mi nuca… y la vi golpear al chico que estaba del otro lado.

Hay dos filosofías para explicar esto: una es que cuando el Creador hizo el Universo, lo estableció sobre veinte leyes físicas que son inmutables, que no se pueden cambiar, y el destino nuestro, como así también el del Universo, ya está decidido. Las guerras y todas las maldades, así como los actos de nobleza y las maravillas de la naturaleza, todo eso está en la genética del Universo. Sin embargo, para contradecir esta teoría está el hecho de que en ocasiones personales, ante situaciones de verdadera importancia para mí, recé y mi pedido fue otorgado por Dios. Y no pretendo confundir al lector con esta dicotomía.

Bueno, sigo con mi historia del almacén: proveía nafta, que venía en tambores pesados que contenían doscientos diez litros; en esa época, los automóviles y algunos camiones pequeños tenían un consumo ínfimo, se vendían diez litros promedio por cargada. También vendía kerosén para las lámparas y, posteriormente, los faroles a inyección. Había que presionar el tanque de kerosén que, a través de un sistema de inyección, vaporizaba el combustible y prendía una bolsa de siete centímetros de diámetro, que se iluminaba con una luz equivalente a los focos de ahora de 75 watts.

El almacén proveía además ropa de trabajo, vino y otras bebidas alcohólicas, y tenía bar con mesa para jugar al truco o al mus. Vendía golosinas, yerba mate, bicicletas; alambre para división de potreros, maderas de construcción, chapas de zinc para techar, pólvora y cartuchos para escopetas de caza.

Ferrocarril Provincial Buenos Aires

Como dije, mis padres se radicaron en Santiago Larre; ahora no existen ni la locación ni el ferrocarril, gracias a la barbarie del llamado peronismo y al sindicalismo corrupto. El nombre se le dio honrando al donante de los terrenos por donde iban a pasar las líneas férreas del Ferrocarril Provincial Buenos Aires: Santiago Larre era un español de origen vasco, estanciero, muy progresista, que vio en el proyecto una salida para sus productos agropecuarios. Así lo vieron Juan Blaquier, Carlos Beguerie y muchos otros argentinos visionarios que donaron sus tierras y que, al estilo de un sistema capitalista sano, colaboraron, uniéndose al ambicioso proyecto del gobierno provincial.

Hacia fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, los ferrocarriles en la provincia de Buenos Aires estaban monopolizados por las compañías británicas: Ferrocarril del Sud y Ferrocarril del Oeste. Sin competición en las tarifas, los precios para embarque no dejaban una rentabilidad adecuada a los agricultores y ganaderos. Pero teníamos, en esa época, gobernantes idóneos, y el gobierno provincial sancionó la Ley de Ferrocarriles Agrícolas y Económicos el 31 de diciembre de 1897, que permitía a los particulares construir, bajo el cumplimiento de algunos requisitos legales y técnicos, líneas de trocha angosta.

Marcelino Ugarte, gobernador de la provincia de Buenos Aires, fue quien promovió el proyecto y buscó los capitales en el extranjero para ayudar con aportes financieros a la provincia. Belgas y franceses se unieron para ejecutar la costosa y ambiciosa obra. La construcción se puso en marcha recién en 1912, cuando finalizaron ciertos detalles técnicos que necesitaban ser allanados.

Cuando yo tenía alrededor de nueve años, recibí una educación para el trabajo al mismo tiempo que gozaba de ello. Me hice íntimo amigo del hijo del jefe de la estación ferroviaria Santiago Larre, Juan Carlos Martínez, que era un año mayor. Juan Carlos trabajaba (ad honorem) ayudando en las tareas del telégrafo, y en otras muchas cosas más. Era realmente un trabajo educativo.

Los trenes venían de dos direcciones; las estaciones ferroviarias vecinas eran, de un lado, Carlos Beguerie, y del otro, La Reforma. Cuando salía un tren de cualquiera de estas estaciones hacia nuestra dirección, inmediatamente le telegrafiaban la salida a nuestra estación. El telégrafo era un medio práctico, seguro y sin interferencias eléctricas que transmitía mensajes por cable, como las líneas telefónicas de hoy. Requería un equipo transmisor-receptor que en vez de voz generaba audibles beeps en código Morse. El telégrafo era también un elemento vinculado con el correo, pues en cualquier parte de Argentina se usaba para comunicarse por negocios, felicitaciones de cumpleaños o anuncios de fallecimiento, pagando una suma discreta. La profesión vinculada con su manejo se llamaba telegrafista, y estaba bien remunerada. La policía también tenía su propio telégrafo; un primo hermano mío, Ricardo Giménez, comenzó su brillante carrera en la policía provincial como telegrafista, y otro de mis primos, Juan Aizaguer, se jubiló del Correo provincial también como telegrafista. Los barcos, mercantes y de la marina de guerra, lo utilizaban como medio de comunicación. Todos estos sistemas usaban el código Morse; en el mar era inalámbrico, como lo inventó el italiano Guillermo Marconi.

Volviendo al ferrocarril, cuando salía un tren de una localidad, se le avisaba a la próxima estación para que estuvieran preparados. A cada estación ferroviaria se le había designado un código. Así, por ejemplo, el de Santiago Larre era LR (.-.. .-.); Carlos Beguerie, CB (-.-. -...); La Reforma, LF (.-.. -.-- ); y así. A tres kilómetros de cada estación estaba la señal para hacerle saber al maquinista si tenía “vía libre” y podía seguir avanzando hacia la estación o no. La vía era una sola, de dos rieles —excepto en las estaciones— para cualquier dirección, y siempre existía la posibilidad de que dos trenes en dirección opuesta chocaran, originando una catástrofe de proporciones mayores. Esto fácilmente se evitaba. Si la señal a tres kilómetros de la estación no estaba baja, el maquinista detenía su tren. Esta señal se bajaba desde el andén, donde había una palanca que, a través de cables y un sistema mecánico, hacía bajar el brazo de la señal de vía libre.

El Ferrocarril Provincial daba vida a una gran parte de la población de la provincia. Empleaba a miles de personas con una buena paga, suficiente para cubrir las necesidades de las familias; y el otro beneficio era que el Estado provincial se veía favorecido, ya que los ingresos superaban los gastos. Además, los ferrocarriles ingleses Compañía del Sud y del Oeste no podían ya monopolizar el mercado, lo cual resultaba en una ventaja económica para los agricultores y ganaderos.

Voy a insertar, para demostrar la importancia que en el progreso económico y cultural tuvo el Ferrocarril Provincial Buenos Aires en la provincia de Buenos Aires, una descripción de la localidad llamada Carlos Beguerie, que era un empalme ferroviario.

Esta ciudad o pueblo creció gracias al ferrocarril. Tenía electricidad, incluso alumbrado en las calles. Mi abuelo, don Anacleto Ferri, ya vendida la chacra, era el dueño de la usina eléctrica atendida por su hijo, mi tío “Pichón” (nunca le aprendí el nombre verdadero). La usina tenía dos enormes motores diésel que, por medio de sendas poleas, estaban conectados a los dos generadores que producían la electricidad. Mi tío no tenía ningún empleado, así que estaba a cargo del mantenimiento y también del alumbrado de las calles.

El abuelo Ferri era dueño, además, de las otras propiedades de la manzana; uno de sus inquilinos tenía un negocio donde vendía ropa fina y telas. Don Anacleto Ferri tenía un huerto familiar y un viñedo pequeño, pero lo suficientemente extenso como para tener uvas blancas, exquisitas, y hacer vino para consumo familiar. Vivía por supuesto con mi abuela Ana, sus dos hijos varones y la tía Anita, que ya mencioné antes, hasta que ella se casó.

El pueblo tenía médico, el Dr. Bozzano, que atendía a toda mi familia y era muy dedicado a sus pacientes, con una devoción extrema; utilizaba la Sala de Primeros Auxilios para hacer cirugía menor. No sé si había enfermera que le ayudara; yo era muy niño por ese entonces, y no tengo detalles. A mí me diagnosticó apendicitis y me trasladaron a Roque Pérez, cabeza de partido, que tenía hospital completo y cirujano. El doctor Bozzano nos acompañó y ayudó al doctor Elordi, que me operó, como asistente; la anestesia estuvo a cargo de una monja. En ese entonces no existían anestesistas, Pentotal ni relajantes musculares: me dio éter, que es un gas; la otra alternativa era el cloroformo, que es un gas tóxico. Los antibióticos no existían, como no existían tampoco medicamentos para la hipertensión arterial ni diuréticos.

El famoso presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt murió cuando estaba a cargo de su administración, el 12 de abril de 1945, de hipertensión arterial. Por quince días su presión se mantuvo con una sistólica de 230 y una diastólica de 130. Al final de ese tiempo, falleció de una hemorragia cerebral. Actualmente, en el mercado farmacéutico hay más de veinte medicaciones para tratar la hipertensión, incluyendo los diuréticos, que son la primera línea antihipertensiva, aunque algunos facultativos pareciera que no lo saben. Yo me recuperé de mi operación sin incidentes.

Carlos Beguerie tenía también farmacia —el farmacista era hermano del médico—; taller mecánico automotriz, donde a veces se reparaban máquinas agrícolas y estaba a cargo un señor de apellido Badiola, que trabajaba junto con sus dos hijos; bar y una hermosa iglesia, sin sacerdote que la atendiera, cuyo edificio todavía se conserva frente a una plaza con jardines bien atendidos además de juegos para niños. Pero la actividad principal y que daba vida al pueblo era el ferrocarril, que tenía talleres donde se reparaban locomotoras y vagones. Tenía facilidades para girar ciento ochenta grados la orientación de cualquier parte del tren, una manera de revertir la dirección.

Todo esto que acabo de relatar se terminó con el cierre del Ferrocarril Provincial Buenos Aires. Hoy, en Carlos Beguerie existen unas pocas casas compradas, muy baratas, más que nada por jubilados. La infraestructura se vendió —rieles, tierras, edificios de estaciones, galpones— a individuos particulares, y con ello se creó pobreza y atraso, empobrecimiento de una gran parte de la provincia. La mayoría de los compradores fueron inversionistas, pero no agricultores ni ganaderos con familia.

Esto se debió a la ineptitud de los gobiernos de los últimos setenta años y a las demandas del sindicalismo corrupto, padre de la aniquilación de la industria y prosperidad argentina.

¿Levitación o sueños?

Hasta la edad de ocho o diez años, yo dormía en el dormitorio de mis padres, en una cuna de hierro con barandas que se podían bajar. En muchas oportunidades experimenté episodios de “levitación” a voluntad.

Yo me despertaba o esperaba a que mis padres estuvieran dormidos (no lo sé positivamente hoy) y ponía mi cuerpo tieso, pero sin esfuerzo, en horizontal, tal como había hecho la “plancha” cuando me caí al pozo. Mi cuerpo se levantaba flotando en el aire, subía hasta el cielorraso de tablas veteadas —las veía bien de cerca—, siempre de espaldas, y volvía a voluntad a mi cuna grande, también flotando. Cuando llegaba a la cama, pasaba por encima de la baranda de hierro recobrando mi movilidad y, feliz con la experiencia, me dormía.

Hoy discutí con mi hijo Iván sobre levitación. Él estudió Física y Matemática cuando estaba en la universidad, y cree que aunque el agua y el aire estén clasificados dentro de los fluidos, el agua no es compresible y el aire sí, y no ve la posibilidad de flotar en el aire. Será así desde un punto de vista físico, pero en la India, desde hace varias centurias, la levitación, aunque a veces es un truco de magia, en algunos otros eventos de flotación en el aire no tiene otra explicación que el poder de la mente sobre la materia. Además, a mi edad, yo no sabía de estas cosas.

Mi hijo Iván es la única persona con la cual me he sincerado sobre este tema. Mi hijo cree que eran sueños; pero tomando como base lo que ocurrió en la caída al pozo, cuando estuve de espaldas, en horizontal, yo creo que era levitación.

Han transcurrido varios meses desde que escribí sobre levitación. Desde entonces mi hija Fabiana y mi nieta Nadia Marie, discutiendo sobre este tema, me notificaron haber tenido las mismas experiencias. Solo que Fabiana flotaba bajito por miedo a caerse, y Nadia Marie lo hacía como yo.

Mi educación primaria y secundaria

Mis primeros cuatro grados los hice en la escuela de Santiago Larre, donde mis hermanos habían cursado y mi hermana menor, Isabel, dos años adelantada, seguía estudiando. Ella terminó su primario y se graduó de maestra en el Colegio María Auxiliadora, en la ciudad de La Plata.

Mi escuela había sido construida en el terreno donado por mi padre, que quería educación para sus hijos. Ya lo estás viendo, lector: como en el caso de los ferrocarriles, la gente que tenía algo empujaba y colaboraba con los gobernantes para la riqueza y el engrandecimiento del país. Esto es tener sabiduría.

Mi primer maestro, el señor Peralta, que fue un eximio educador, después de su retiro escribió lecciones de Matemática e incluso quebrados en la revista Billiken, una revista orientada a la educación que casi todas las familias en Argentina compraban.

El edificio de mi querida escuelita constaba de dos aulas y casa para un docente y su familia. Los baños, separados del edificio principal, pero unidos por un patio de ladrillos. Había dos maestros/as dentro del presupuesto. Cuando me tocó el turno, eran dos maestras: una dictaba clases en un aula a alumnos de primero y segundo grado, y la directora dictaba en el otro salón a los de tercer y cuarto grado. Sí, las directoras también daban clase en ese entonces, además de cumplir las funciones administrativas; y con esto economizaban el presupuesto provincial, contribuyendo a eliminar la burocracia. Dividían el pizarrón con una línea de tiza y se las ingeniaban para darles temas diferentes a cada grado.

Lectura, diariamente; el alumno al frente, sobre una tarima. En voz alta, pasando las hojas como enseñó Sarmiento: no mojándolas, sino sujetando con los dedos de la mano derecha la que venía. Los libros, siempre forrados con papel madera, para evitar el deterioro; la postura, erecta; la entonación, adecuada; y especialmente, comprendiendo lo que se leía.

Una vez por día, cinco minutos de Aritmética: esto consistía en que la maestra dictaba a toda la clase una serie de números que hacía sumar, restar, multiplicar y dividir, sin lápiz ni papel, de memoria; y cuando le parecía a ella, preguntaba el resultado.