Armonía secreta - Stef León - E-Book

Armonía secreta E-Book

Stef León

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Beschreibung

Yza y Emma están enamoradas, pero lo mantienen en secreto. Se besan en los rincones escondidos del internado, escapan de las sombras de sus madres y hacen planes para un futuro en donde no dependan de nadie. Pero su armonía se verá sacudida por las páginas de cierto diario, lo que provocará que una de ellas tome una decisión desgarradora. «La memoria es cruel. Nos juega malas pasadas: aquello que anhelamos resguardar es lo primero que se pudre y eso que ansiamos olvidar es lo que subsiste toda la vida. ¿Cómo cambiarle el orden a las cosas? ¿Cómo conservar entre los dedos las arenas escurridizas de los momentos más preciados?». Armonía secreta es la segunda entrega de la trilogía El misterio de la Escritora de Stef León, en la que la autora narra la historia de amor entre dos chicas a principios del siglo xxi en un país donde que te llamen «lesbiana» es peor a que te llamen «prostituta». -- En este libro se abordan temas sensibles (ver aviso interior).

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Seitenzahl: 547

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Stef León nació en Ecuador, un país repartido entre hemisferios. Eso le hizo sospechar que una línea invisible dividiría sus aficiones. De pequeña era tan inquieta que su madre tenía que inventar cuentos para mantenerla enfocada. Es muy probable que aquel fuera el comienzo de su amor por las historias. A los once años, mientras pintaba un mural y escribía su primer cuento, descubrió que la clave para vencer su timidez estaba en el arte. Sin embargo, una inesperada habilidad en matemáticas desvió sus pasos hacia la carrera de Matemática Pura.

En 2016, compartió su primera historia en una plataforma online y, para su sorpresa, recibió una cálida acogida. Hoy en día, combina su afición por escribir con su lado más científico, ha sido madre de innumerables felinos y corre el rumor de que uno de ellos es el escritor fantasma de sus novelas, cuyos misterios han puesto en jaque a miles de lectoras alrededor del mundo.

@stefy_leonn

@stefy_leonn

Ilustración de portada: Lucía Antru

 

Yza y Emma están enamoradas, pero lo mantienen en secreto. Se besan en los rincones escondidos del internado, escapan de las sombras de sus madres y hacen planes para un futuro en donde no dependan de nadie. Pero su armonía se verá sacudida por las páginas de cierto diario, lo que provocará que una de ellas tome una decisión desgarradora.

«La memoria es cruel. Nos juega malas pasadas: aquello que anhelamos resguardar es lo primero que se pudre y eso que ansiamos olvidar es lo que subsiste toda la vida. ¿Cómo cambiarle el orden a las cosas? ¿Cómo conservar entre los dedos las arenas escurridizas de los momentos más preciados?».

Armonía secreta es la segunda entrega de la trilogía El misterio de la Escritora de Stef León, en la que la autora narra la historia de amor entre dos chicas a principios del siglo XXI en un país donde que te llamen «lesbiana» es peor a que te llamen «prostituta».

Armonía secreta

 

 

Primera edición: junio de 2022

© Stef León, 2022

© Letras Raras Ediciones, S. L. U., 2022

© Lucía Antru (IG @lucia_antru), ilustración de la portada, 2022

© weirdowithluv y naian_art (ilustraciones interiores y fichas de las alumnas), 2022

LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S. L. U.

www.leseditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-17829-77-3

IBIC: FRD

 

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

  Advertencia de contenido: se abordan temas sensibles como bullying, suicidio o abuso, pero no se incluyen escenas gráficas de los dos últimos temas.

Índice

Cubierta

Stef León

Sinopsis

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Poema

Playlist

Diario

1   Nadie debe enterarse

2   Insignias sobre la mesa

3   El Colegio Darwin

4   Amenaza

5   La habitación de Emma

6   Liberación

7   Efectos colaterales

8   Das más sed que el sol

9   Todas las chicas de mi agenda

10  Cumpleaños

11  ¿A qué costo?

12  Una voz inaudita

13  Esfera de nieve

14  Porno

15  Hermanos

16  Caterinas

17  Si los muertos hablaran

18  ¿Fuimos felices?

19  La bestia alada

20  We Belong Together

21  El bosque, la niña, el hombre

22  Bola de billar

23  La stalker de mi pasado

24  El alcohol, las tormentas y los incendios

25  Cuenta regresiva

26  Confía en mí

27  Sobre el futuro, el presente y el pasado

28  El secreto de Liliam

29  Mientes tan bien

30  Punto sin retorno

31  El fantasma que nos acecha

32  Tú nos condenaste

33  El vaivén de la marea

34  Ni ahora… ni nunca

Fichas de las alumnas de la Academia Barozzi

 

 

Para mis lectoras de Wattpad,por haber superado con valentía la «agonía secreta».Sin ustedes nada de esto sería posible.

 

Me quieres — estás segura —

No temo equivocarme

No me despertaré engañada

Una complaciente mañana

y descubriré que el Sol se ha ido

¡que los Campos — están desolados

y que mi Amor — se ha marchado!

No debo inquietarme —estás segura.

Nunca llegará la noche

En la que, asustada, corra a tu casa

Y encuentre las ventanas oscuras

Y mi Amor se haya ido —dime

¿Nunca llegará?

Claro que estás segura —sabes

Que lo soportaré mejor ahora

Si me lo dices así

Que si —cuando la Herida

haya sanado

¡Me hieres —otra vez!

EMILY DICKINSON, Poema 156

 

 

 

 

¿Quieres escuchar la banda sonora de esta historia?

20 de diciembre de 1982

Querida Lu,

He comprobado en las últimas semanas que la soledad nos empuja a emprender acciones desesperadas.

Quisiera mentirte, quisiera decirte que diciembre lo devora todo: desde las hojas de los árboles hasta la luz del sol y las horas del mundo; que corre acelerado y choca con la Navidad y que eso me ha impedido escribirte, sobre todo si tengo encima los desfiles de la Banda y los exámenes del final de trimestre. Quisiera mentirte, Lu, pero ha sido otra situación la que me ha impedido regar tinta en este cuaderno.

Y tengo que ser sincera, te lo debo.

No te he escrito porque siento que te he traicionado de alguna forma y me avergüenza. La conciencia pesa más que los libros de texto, lo he comprobado, pero antes de que te enfades quiero que recuerdes algo: decidiste dejarme. Me abandonaste y pusiste como excusa que tenías derecho a hacerlo.

¿Puedes juzgarme por intentar escapar de la soledad en la que me sumiste?

Entre más tiempo pasa sin que estés entre los vivos, mejor entiendo a las personas que buscan con desesperación alguien que las escuche. ¿Recuerdas a la hermana Paulina, la que vagaba por los jardines llamando a su prometido, el que había muerto? Ahora sé por qué enloqueció y no voy a regodearme en mi propia miseria, sabes que no soy así, pero al menos considera que no hay nadie, absolutamente nadie, que quiera escucharme o siquiera prestarme un hombro para llorarte.

Pero te debo una explicación.

Para que puedas entender las circunstancias que me impulsaron a actuar, tengo que hablarte de algo que sucede en la academia. Hay tradiciones extrañas como el lazo de hermandad, que consiste en que una estudiante mayor te toma bajo su tutela. También están las fraternidades, que son grupos de chicas que se reúnen una vez a la semana. Por lo que averigüé, hace unos años era una práctica que estaba permitida, pero cuando las fraternidades se tornaron conflictivas entre ellas, se prohibieron y se cambiaron por lo que ahora se conocen como los clubes extracurriculares. La cuestión es que los clubes son vigilados o liderados por una profesora y tienen un área específica de acción, mientras que las fraternidades contaban con varias libertades; así que ahora trabajan en secreto: se reúnen y hacen lo que les viene en gana.

Te preguntarás cómo lo sé. Lo sé porque me invitaron a la reunión de una fraternidad. La invitación me llegó en un sobre dorado con franjas negras donde estaba escrita una fecha, una hora y un número de habitación. La que duerme en esa habitación es la chica a la que le robé los borradores, la que me llevó un pedazo de pastel a los sanitarios. ¿Recuerdas que te hablé de ella? Con las miradas que me lanzó los días siguientes me abstuve de preguntarle los detalles de la invitación, pero a ti puedo decirte un dato sobre ella que tiene más valor del que imaginas. Su nombre. Caterina Ferrer.

Asistí tan emocionada como cohibida. No quería meter la pata, no cuando ella y yo habíamos «avanzado» desde mi cumpleaños. Me mantuve despierta hasta las dos de la mañana. ¿Imaginas faltar por quedarme dormida? Nunca me lo perdonaría.

Cuando llegué, me abrieron la puerta sin que tuviera que tocar. La habitación tenía velas por todos lados, pero no creas que me encontré frente a un escenario de terror, donde la protagonista es el inocente tributo de una secta sanguinaria. Nada más alejado de la realidad. Había velas, pero ningún pentagrama invertido entre ellas, te lo aseguro, solo cinco chicas que regresaron a mirarme como si yo hubiera llegado al lugar equivocado. No diré sus nombres, porque sé que este diario —por más precauciones que tome— puede llegar a manos de la gobernanta de piso (y si usted, gobernanta, lee esto algún día, debería sentir vergüenza por no respetar la intimidad de las personas).

Como decía, dado que puede hacerse público, nombraré a las chicas como si nombrase a una pandilla de felinos: Rayada, Timorata, Peluda y Soñadora. Rayada y Peluda parecían las menos felices de tenerme allí, hasta podría decir que, de haber sido unas gatas de verdad, habrían levantado la cola y me hubieran gruñido.

Caterina Ferrer estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas y entre almohadones que asemejaban un trono. Las demás estaban en el suelo, sobre cojines. Ocupé el que estaba vacío. Cat mandó a que Timorata me sirviera una taza de té y alargó una caja de chocolates hacia mí. El que tomé me supo tan extraño que estuve a punto de vomitar. Debí de haber puesto una cara muy graciosa, porque las demás se echaron a reír.

—Tiene whisky por dentro —me informó Peluda.

(Intentaré transcribir lo que me dijeron, para que te hagas una mejor idea de todo).

—No la juzguemos por no ser una borracha como nosotras —dijo Soñadora—. Ya le enseñaremos a valorar ciertos brebajes.

—Lo que me gusta de Ylari —intervino Cat, y todas miraron en su dirección— es exactamente eso: que no está manchada.

—¿Manchada? —pregunté.

—Eso mismo me pregunto yo —dijo Rayada—. ¿A qué te refieres con manchada? ¿Te refieres a que es más ingenua que la mayoría de la gente?

Se enfrascaron en una extensa discusión en la que intervine poco. Me concentré en las miradas que Cat me lanzaba y, te lo juro, parecía que las llamas que le iluminaban los ojos también se los iban oscureciendo.

—Me refería —dijo Caterina hacia el término de la discusión—, que Ylari no está manchada por el pensamiento burgués con el que hemos crecido nosotras. —Y añadió en mi dirección—: Admiro lo que has compuesto para la lira y me agrada lo que dices en la clase de Filosofía, por eso decidí invitarte.

—¿A qué exactamente? —Yo no tenía idea.

Entonces me explicaron lo de las fraternidades secretas y me dijeron que la suya tenía años de haber sido fundada y que había contado con chicas que, después de egresar, se habían convertido en escritoras, filósofas, pintoras, activistas o catedráticas de renombre.

—Nos hacemos llamar Le conquistatrici —señaló Peluda—. Las conquistadoras.

—Pero no de chicos —apuntó Rayada—. Hay fraternidades que se la pasan hablando de penes y de sexo, pero nosotras…

—También lo hablamos —interrumpió Soñadora.

—Es verdad —aceptó Cat—, pero no es el monotema. Discutimos sobre los libros que nos prohíben leer, sobre lo que la sociedad nos prohíbe hablar. Estudiamos las obras de Simone de Beauvoir y Betty Friedan.

—Vamos en contra de lo establecido —intervino Soñadora—. Estamos cansadas de que nos digan cómo tenemos que pensar o lo que debemos sentir, ya sabes, esa mierda de los roles de género.

—Aprendemos a tener una opinión —dijo Cat—, pero una opinión fundamentada en lo que leemos y analizamos.

—La ignorancia subyuga al mundo y a las mujeres nos subyuga el doble —intervino Timorata por primera vez.

—Hacemos más trabajo del que nos mandan en clase. Leemos más libros de los que leeríamos al año con las asignaturas normales.

Me había imaginado de todo, Lu, todo menos que aquellas chicas se reunieran para estudiar a altas horas de la madrugada, que aquellas reuniones las hicieran para cultivarse y leer las ideas y consignas que los profesores de la academia nos prohibían. Me sorprendió y me agradó al mismo tiempo. Sin embargo, unirse al círculo permanente, el que se reunía sin excepción una vez por semana, no era tan sencillo.

—No admitimos a cualquiera —dijo Peluda.

—En realidad —señaló Cat y sonrió—, tenemos una regla de admisión: pedimos una cuota de inscripción.

—No tengo dinero —solté.

Se rieron e intercambiaron miradas misteriosas.

—Pedimos algo más valioso que el dinero. Pedimos información.

—¿Información?

—Exacto. Información. Pero no cualquier información. Debes compartir con nosotras tu mayor secreto.

—Si eres capaz de hacerlo, te aceptaremos en la fraternidad y las demás compartiremos nuestros secretos contigo. De lo contrario, esta será tu primera y única reunión.

—Y no nos salgas con eso de que no tienes secretos —escupió Rayada—. Una persona sin secretos es aburrida y no queremos aburridas por aquí.

—Queremos chicas que aporten al grupo. Si dos personas piensan igual, una sale sobrando, ¿entiendes?

—Puedes pensártelo —añadió Cat—. No es algo que tengas que compartir ahora mismo.

Un secreto para desembarazarme de la soledad.

Lo pensé por unos días, aunque sabía de antemano que por más que escarbara hondo, muy hondo en mi vida, llegaría a la misma conclusión: ese gran secreto que me pedían como moneda de cambio tenía que ver contigo. Compartirlo con un grupo de extrañas no iba a ser agradable. No lo fue. Fue traicionarte. Pero debes entender —sé que lo entenderías— que no lo hice solamente porque estoy cansada del autodestierro. Lo hice porque también estoy cansada de llevar a cuestas este fardo que me lanzaste antes de huir.

Y les dije, Lu, les conté…

Lo que te hacía el sacerdote cuando ibas a confesarte, lo que había estado haciendo durante años a tantas niñas, lo que te hacía despertar gritando por las noches, lo que me hizo una vez, y solo una, porque al final dijo que las indias le dábamos asco… Les dije eso, Lu, se los confesé. Les dije que no aguantaste, que terminaste marchándote para siempre, que ya me habías dicho que estabas muerta, pero que, incluso muerta, él seguía abusando de tu putrefacción.

Se horrorizaron.

Caterina Ferrer, que en ese momento no era todavía Caterina Ferrer, intercambió una mirada conmigo, como si entendiera…

Cuando habló, fue para confesarme su gran secreto.

Ylari

1

Nadie debe enterarse

—No puedo creer que me hayas convencido para esto —resoplé.

—Parecías muy contenta cuando empezamos —jadeó a su vez.

—Duele…

—No seas una debilucha. Falta poco. Dame tu mano.

Limpié la palma en mis shorts.

—Estoy sudando —me excusé, azorada.

—¿Sudas? Nunca lo hubiera imaginado.

Puse los ojos en blanco, pero, al tomar su mano, borré el gesto irónico. Temblé ante la sonrisa dulce que me ofreció antes de conducirme a la cima de las escaleras. Semanas atrás, en aquellos últimos metros, Natalia casi se había desmayado durante la segunda prueba. Con mis dedos hormigueando entre los suyos, contemplé lo que había dejado atrás: la academia. Los edificios desperdigados parecían el desastre de un niño gigante que, después de jugar con ellos, los había abandonado a su suerte en la montaña.

—Es hermoso —murmuré, y señalé las hojas matizadas de rojo, dorado y naranja que aún estaban adheridas a los árboles. Al bailar con el viento le infundían vida a la ladera.

—Es el otoño que agoniza.

Tiró de mi mano con suavidad y me llevó por un sendero casi invisible entre el mar de hojas caídas que la tormenta había reblandecido. Mientras los árboles nos guarecían del sol, las pisé con la esperanza de hacerlas crujir, pero apenas logré que desprendieran un aroma primitivo.

—¿Falta mucho? —pregunté.

—¿Estás cansada?

—Ayer desfilamos por varios kilómetros, ¿recuerdas?

—Recuerdo varias cosas —aseguró.

—¿Sí? ¿Como cuáles?

—Tú sabes cuáles —dijo, evasiva.

—Podrías refrescarme la memoria.

Detuvo la marcha y sus ojos plomizos me observaron con detenimiento; me pusieron nerviosa. Fue imposible no enrojecer. Era la primera vez que coqueteaba con alguien y sentía que lo estaba haciendo fatal. Quizá Emma pasaría por alto mi torpeza, entendería que yo pertenecía al grupo de las neófitas en cuestiones románticas y me ayudaría. Cuando acortó las distancias, se humedeció el labio inferior con la lengua y su mirada escrutó el fondo de mis pupilas, pensé que había logrado un avance, pero entonces dijo:

—Recuerdo que llorabas, estabas moqueando y tenías los ojos hinchados. Parecías un sapo.

Sonreí como si me hubiese hecho gracia, pero en cuanto se dio la vuelta, descuidando su espalda, le tiré encima un puñado de hojas. No pude escapar de su venganza —tampoco quería— y me resigné a que las hojas blandas y coloridas también adornaran mi cabeza.

—Acabo de recordar otra cosa —dijo, modulando su tono a otro que me erizó la piel. Tragué saliva mientras retiraba de mi mejilla un pedazo minúsculo de hoja—. Recuerdo que te equivocaste varias veces durante el desfile. Debes practicar más.

Resoplé mientras se reía.

—Todas las novatas nos equivocamos —refunfuñé, y le tiré otro puñado de hojas—. No me regañes.

—Nunca en la vida pensaría en regañarte. Pincharte el orgullo es como pinchar un globo lleno de agua helada.

—Un poco parecido a cuando a ti te pinchan el ego, Lerroux.

—¿Cuál ego?

Se quitó las últimas hojas del pelo y me sonrió. Tenía ganas de meter los meñiques en los hoyuelos que le adornaban la sonrisa. Debió de intuirlo, porque echó a andar como si huyera. Fui tras ella. Había aprendido que la Marquesa soportaba la cercanía cuando sucedía en sus términos y no cuando yo la forzaba, cuando ella lo quisiera y soportara, cuando era decisión suya y no de alguien más.

—Falta poco —dijo, y no supe si se refería al camino o a mis esperanzas de repetir el beso de la noche anterior—. ¿Serás valiente?

—¿Debo ser valiente?

—Mucho.

—Me estás asustando.

Guardó un silencio enigmático.

—¿A dónde me llevas? —insistí.

—No quiero arruinar la sorpresa.

No me quedó de otra que disfrutar del camino y de las vistas, que consistían en la camisa a cuadros y de franela que, atada a su cintura, ocultaba los shorts de mezclilla. La camiseta de las Storms dejaba al descubierto sus delgados hombros, bronceados por los ensayos, y las pecas que le salpicaban los brazos.

Cuando empezamos a bajar en diagonal, el camino se estrechó de tal manera que fue imposible colocar los pies sin que uno estuviera a centímetros de resbalar. Emma me indicó que me apoyara en las hendiduras de la pared de roca que iba creciendo a nuestra derecha. Minutos después, escuché el tenue rumor del agua.

—¿Es una cascada?

Era una pequeña, apenas una película de agua cristalina que descendía entre las rocas y se convertía en un riachuelo ladera abajo. Estaba helada. Emma me salpicó el rostro y yo le saqué la lengua.

Señaló hacia arriba.

—Escalaremos alrededor de cinco metros —comentó mientras ajustaba los tirantes de su mochila.

—¿Escalar? ¿Cómo?

—Mira con atención cómo cae el agua. —Señaló el camino que seguía el fluido—. La erosión ha construido una escalera natural. Hay rocas planas donde puedes pisar. Yo te guiaré, pero no te confíes. Un paso en falso y estarás rodando montaña abajo.

Asentí con aprensión. Había escalado árboles, pero nunca me había aventurado en la roca, menos en la húmeda. Cada vez que llegaba el verano a mi pueblo, las montañas se llenaban de escaladores entusiastas y siempre había el que no se tomaba la seguridad en serio y terminaba con un in memoriam al pie de alguna pared escarpada.

—Es sencillo si te concentras —comentó Emma al notar mi reparo. Puso su mano en mi hombro como si quisiera reconfortarme—. Sé que lo vas a lograr.

Asentí y, cuando se dio la vuelta, tragué saliva. Cuando alcanzamos la cima —que no era otra cosa que una terraza en la roca— me mostré incólume, como si el ascenso no me hubiese aterrado.

El misterioso origen del agua era una fisura en pared de roca, tan alta y tan ancha que una persona podía adentrarse sin problema. Ese detalle acudió a mi mente con naturalidad, pero apenas si le di crédito cuando Emma dijo que haríamos eso: irrumpir en las profundidades de la montaña.

—¿Qué…? —articulé temerosa—. ¿Por qué?

—Quiero enseñarte algo.

—¿Una familia de murciélagos?

Se encogió de hombros, como si mi sarcasmo la hubiese molestado, y se internó en la oscuridad sin mediar palabra.

—¡Yza! —llamó desde el túnel.

—¿Por qué quieres que entre ahí? —grité de vuelta.

—Ya te dije: quiero enseñarte algo.

—Dime qué.

—No me obligues a arruinar la sorpresa.

Acudí derrotada. Emma extendió una linterna en mi dirección y chapoteamos por el riachuelo.

—Ten cuidado con esa saliente —dijo, y un poco más adelante añadió—: Baja la cabeza, porque hay una roca puntiaguda justo ahí. —Y luego—: Tendrás que pasar de lado, porque en unos metros el camino se estrecha más.

—¿Cuántas veces has entrado aquí? —le pregunté.

—Perdí la cuenta.

—¿Alguien más conoce este lugar?

—No que yo sepa.

Entonces era un lugar secreto que había elegido compartir conmigo. Jamás le confesaría que me sentía afortunada.

—Tendremos que gatear un poco —indicó cuando la luminosidad de la entrada se había perdido por completo—. Ten mucho cuidado con tu cabeza y sostén la linterna con la boca.

Mi linterna alumbró su camisa de franela, que probablemente se había amarrado a la cintura para ese preciso momento.

Las rodillas me dolían cuando por fin extendió la mano y me impulsó hacia arriba. Con un gesto teatral —poco común en ella— hizo pasear la luz por el lugar. Estábamos en una caverna. El haz dividió la oscuridad y me mostró un estanque interno.

—¿Es muy hondo? —pregunté.

—Debe de tener unos cuatro metros de profundidad —explicó, dejando la mochila en el piso—, pero no siempre está lleno.

Se quitó botas y calcetines antes de sentarse al borde. Sus pies delgados se sumergieron en el agua como un par de peces plateados. La escuché suspirar de alivio.

—Deberías intentarlo.

No tuvo que repetirlo. El agua helada fue un gran consuelo para mis tendones fatigados. Aspiré profundo. Mezclada con el aroma de la roca fría y húmeda estaba la fragancia de Emma: una mezcla de su perfume y las minúsculas gotas de sudor que había visto brillar sobre sus hombros.

—¿No te aterra venir sola? —quise saber.

—Siempre.

—¿Entonces por qué lo haces?

Sus pies chapotearon en el agua.

—Porque me gusta ponerme a prueba, sentir que estoy viva, que no soy la marioneta de nadie, ni siquiera del destino. ¿Nunca has hecho algo como eso?

—¿Algo peligroso y arriesgado solo porque sí? —repuse pensativa—. Creo que mi situación nunca me lo ha permitido. No todos podemos lanzarnos a la aventura así nada más. Tenía una madre que cuidar y unos compañeros que me hacían la vida algo difícil. Si he tomado ciertos caminos, no ha sido con la consciencia de probarme a mí misma que soy capaz de recorrerlos, sino porque no he tenido otra opción.

Sus pies dejaron de chapotear y perdí su fulgor en el agua. El silencio nos envolvió y comencé a sentir mucho frío. Dejé caer la mano sobre la roca helada y noté el calor de sus dedos deslizándose entre los míos.

—Yzayana —murmuró—, un camino se abre frente a nosotras y parece complicado. No tienes la obligación de seguirlo, ni yo de probarme que puedo ser valiente y hacerlo también.

Apreté sus dedos, angustiada.

—Para mí no hay otro camino —le aseguré—. Hace tiempo que tomé la decisión de no resistirme a lo que siento por ti. Y si sientes… —Tomé aire—. Si tú sientes lo que yo siento, no me dejes recorrer este camino sola…

—Es un camino con muchos riesgos.

—Soy consciente de ello.

—Es un camino que podría destruirnos.

—El no recorrerlo tampoco sería sencillo —murmuré—. Al menos para mí.

La sentí temblar.

—Hice de todo para que no tuviéramos que llegar a este punto —confesó—. Te hice cosas horribles en un intento por alejarte de mí. Estaba aterrada. Estoy aterrada. Tanto que incluso intenté lesionarte.

—Te refieres al partido.

No era una pregunta.

—Quería que te marcharas de la academia a toda costa. Te quería lejos. Temí llegar a un punto sin retorno.

—¿Lo temías desde entonces?

—Desde antes. Cuando te vi en esa ventana, cuando me llamaste en esa lengua extraña… Te odié. Tu mirada… Lo que me provocó tu mirada… Yza, te odié y te quise desde entonces. Me has revuelto la cabeza de una manera que no te imaginas.

—Lo imagino. Me pasa lo mismo.

Levanté la mano e intenté tocar su mejilla, pero sostuvo mi muñeca y me mantuvo lejos de ella.

—Antes parecías tan consciente de lo horrible que era contigo —siseó con rabia—, ¿por qué no lo eres ahora? Deberías odiarme.

—Debería, pero no es así como me siento.

—¿Por qué no? Recurre a la lógica. Piensa en todas las cosas malas que te he hecho. Enumera de nuevo mis errores. Recuerda que por mi culpa te maltrataron. A nadie le dije que te hiciera daño, pero estaba consciente de lo que los rumores podían desencadenar y no los detuve…

Relajó el agarre de mi muñeca y al final la soltó.

—He sido horrible —recalcó, abatida—. Le dije a Leeza que te había invitado por lástima. No quería que sospechara… que todas sospecharan lo que sentía por ti. Mi desviación…

—No es una desviación.

—El mundo lo cree así.

—El mundo creía que el Sol giraba a su alrededor.

—Y mataron a personas por pensar lo contrario. —La voz le tembló y comprendí la magnitud del terror que sentía. Si ese terror la había llevado a hacerme todo lo que me hizo, no podía juzgarla con tanta dureza. Mi corazón no podía.

—Te quiero, Emma. Si ahora puedo confesártelo es porque emprendí una batalla a muerte contra mí misma, contra mi lógica y hasta mi orgullo. Perdí porque he decidido perder, porque lo que siento por ti es más intenso que cualquier otra cosa y vale la pena perder, perderme, por ti…

—¿Piensas que es tan fácil como estar juntas y ya? —interrumpió con brusquedad—. Incluso si logramos vencer al mundo, yo no estoy preparada para algunas cosas. He puesto tantos muros a mi alrededor que he olvidado cómo salir de ellos.

—Encontraré la manera de entrar.

—Yza… ¿Es que no entiendes la magnitud de esto? Cuando me tocas sin avisar es como si quemaras mi piel con tus dedos. Cuando me besas se siente tan bien, pero al mismo tiempo…

Se le quebró la voz. Respiró fuerte. Temblaba mucho.

—No te tocaré a menos que me lo permitas —prometí—. No te besaré a menos que tú lo quieras…

Guardó silencio. Escuché que intentaba controlar su respiración. ¿Tanto le costaba hablar del tema?

Con mucho cuidado me acarició la mejilla con sus nudillos. Estaban helados.

—¿Puedo tocarte ahora? —pedí en un susurro.

Asintió. Tomé su mano entre las mías y me la llevé a los labios. Intenté infundirle calor con mi aliento, mientras que ella tenía la mirada perdida en mi regazo. Las linternas iluminaban la aureola incandescente de su cabellera cobriza.

—Hemos librado batallas imposibles —murmuró.

Sus nudillos rozaron mi boca y al principio pensé que lo habían hecho por error, pero luego, y con la sutileza de una pluma, advertí que se movían entre mis labios entreabiertos. Tragué saliva y se me cortó la respiración. Intenté aplacar la punzada en mi vientre que amenazaba con desatar todos mis deseos. No pude contenerlos. Besé su mano, deslicé mis labios entre sus nudillos y Emma tembló.

—Despacio —pidió sin aliento.

Fue una tortura no sucumbir al frenesí que invadía mi cuerpo, acatar su única petición de llevarlo pausado, de consumirnos con la parsimonia del Sol, que tarda millones de años hasta perecer en una catástrofe fascinante. Luché contra mis dedos, que querían trazarle la expresión del rostro, contra mi lengua que ansiaba, con violencia, jugar con la suya. El suave y detenido roce de sus labios me tenía temblando de manera incontrolable. Suspiré cuando capturó mi labio inferior y tiró de él con una lentitud desesperante pero absolutamente deliciosa.

—¿Tanto te gusta? —murmuró contra mi boca.

Decir que me encantaba era poco.

—Tu arrogancia ha vuelto —suspiré.

—¿Se marchó alguna vez?

La envié al agua para que reflexionara sobre el asunto.

Emergió para halar mi pierna y consiguió hundirme en el líquido oscuro. Nos enzarzamos en una batalla que nos arrastró hasta un extremo de la caverna. Una plataforma hundida nos ayudó a mantenernos en pie.

—Moriremos de hipotermia si no salimos pronto —comenté, intentando controlar el castañeteo de los dientes.

—¿Tienes frío?

Su sarcasmo se diluyó conforme me acercaba por la cintura. Mis manos fueron a parar sobre sus hombros y, nerviosa, repasé con el índice las líneas de su camiseta mojada.

—Hay otro lugar que quiero enseñarte —murmuró.

—¿Iremos a conocer a la familia de murciélagos?

—Muy graciosa.

Empujó mi frente usando la suya de manera juguetona, pero su proximidad disparó mis deseos y no pude contenerme.

—Quiero besarte —jadeé.

—No más besos hasta que te lleve a donde quiero —murmuró, cerca de mi oído.

—Entonces llévame lo antes posible.

Su risa hizo eco en la oscuridad y me condujo hasta la abertura de un túnel que probablemente era la vertiente de aquel estanque. Había una cuerda que se perdía en las sombras y me indicó que la tomase.

—No te vayas a soltar —advirtió—. Aquí la corriente no es muy fuerte, pero más allá lo será. Tendremos que bucear alrededor de diez segundos. No desesperes, deja que te guíe la luz.

—¿Al más allá?

Casi pude ver cómo ponía los ojos en blanco.

Los primeros momentos bajo el agua y en la oscuridad total fueron una experiencia aterradora. Pensé que me perdería, terminaría ahogándome y Emma tendría que buscar mi cuerpo convertido en cubo de hielo. O peor, que una criatura acuática nos estaría esperando con la boca abierta y que acabaríamos en su estómago. Casi podía sentir sus fauces cerrándose alrededor. Pero, contra todo pronóstico, un rayo de luz atravesó la oscuridad, y luego otro y otro.

Emergimos en una galería iluminada. El sol entraba a raudales por un gran agujero en el techo, que también les concedía el mismo beneficio a las raíces de algunos árboles. Centenares de hojas flotaban sobre el agua: rojas, amarillas, naranjas y verdes. Creaban un efecto de caleidoscopio que a veces me persigue en sueños, como la visión de un paraíso perdido.

Fue maravilloso cerrar los ojos y flotar mirando el cielo. Dejé que mis preocupaciones se dispersaran como las hojas que tenía alrededor. Emma insistió en que trepáramos por las raíces colgantes y nos dejáramos caer.

—¿Y si se cae el árbol primero?

Dijo que no pesábamos tanto y, para probarlo, trepó por una de las raíces más gruesas y luego se impulsó en el aire para entrar en el agua con los brazos extendidos y las manos juntas, como una clavadista experta.

—Te doy un siete en ejecución —le dije cuando emergió.

Entrecerró los ojos.

—Supérame —me retó.

Me costó impulsarme para agarrar la raíz, pero mis brazos se habían fortalecido tanto en las últimas semanas que resultó sencillo trepar por ella. Lanzarme se me complicó. Dudé demasiado y terminé cayendo con los pies por delante.

—¿Quieres mi puntuación? —preguntó Emma con una sonrisa maliciosa.

—Puedes ahorrártela. —Le tiré encima algunas hojas—. ¿Lo hacemos de nuevo, juntas esta vez?

Hacia el término de aquella tarde asombrosa, Emma me pidió que la acompañara a la orilla y desde ahí señaló las raíces más viejas y oscuras que se pegaban a la roca como si fueran las venas del mundo.

—¿Logras ver algo más que solo raíces? —preguntó.

Yo estaba más concentrada en el roce de nuestros muslos y me costó reconocer las siluetas que formaban las raíces: eran las de dos mujeres voluptuosas que se entrelazaban en un abrazo eterno.

—Pensé que era la única que las veía —me dijo.

Nos recostamos y miramos el pedazo de cielo que se asomaba por el gran agujero de la caverna.

—¿Qué pasará de ahora en adelante? —murmuré. Temía hacer la pregunta y que la respuesta me decepcionase—. ¿Qué pasará entre tú y yo?

Guardó silencio mientras nos sobrevolaban cientos de aves que huían del invierno inminente.

—Todavía intento descifrarlo —dijo. Su voz resonó en las paredes como el eco de un pensamiento al que se le ha dado vueltas mil veces—. ¿Qué te gustaría que pase?

«Todo, Emma, todo».

—¿Podremos besarnos más? —articulé.

Estalló en carcajadas melódicas.

—¿Es lo único que ha capturado tu interés?

No había reproche en su voz, pero sí una calidez maliciosa. Encontré su mirada intensa, casi abrasadora, y me perdí en esos ojos grises mientras se lo confesaba todo.

—Quiero que este día se repita para siempre en diferentes versiones. Que pase el tiempo y, sin importar el momento que yo escoja, pueda ver esa sonrisa que tienes ahora. No quiero verte triste. Eres la primera persona por la que siento algo que me supera en todos los sentidos…

—¿Y eso no puede pasar si solo somos amigas?

Fue mi turno de reír.

—¿Amigas que se besan? —pregunté.

Despegó una hoja de mi pierna y la dejó caer al agua. Luego se inclinó hacia mí y murmuró, mirándome la boca:

—Sí, amigas que se besan.

Después de un largo tiempo dejando en claro ese punto, dijo sobre mis labios:

—Nadie debe enterarse.

2

Insignias sobre la mesa

—Lo rescaté de tu abandono.

Sonreí de oreja a oreja cuando sacó a Chewie de su mochila.

—No era mi intención abandonarlo —aclaré, para que el peluche también lo escuchara y no me guardase rencor—. Leeza acababa de decirme que me habías invitado por lástima y solo pensé en huir.

—¿Y a dónde fuiste?

—A los jardines.

—¿Ahí te emborrachaste?

Tuve el impulso de confesarle lo que había sucedido después, cuando su querida prima me interceptó en el pasillo y entre artimañas me condujo a los vestidores; pero no solo no encontré las palabras para expresarlo, sino que pensé que una confidencia de esa categoría destruiría nuestra felicidad tan reciente. Se lo diría, pero en el momento oportuno y con pruebas en la mano.

—No hablemos de eso —sugerí, adelantándome para que no advirtiera lo que me costaba guardar aquel secreto—. El pasado se queda en el pasado. Ese era el trato, ¿verdad?

—Es un buen trato.

Caminamos en silencio, disfrutando de nuestra compañía y de la brisa. Llegamos a mi residencia antes de lo que hubiera querido. Despedirme me iba a costar, pero el acuerdo también consistía en ser cuidadosas y ya era peligroso que nos vieran vagando por el campus una junto a la otra.

—Te veo mañana —me dijo.

—¿No irás a cenar? —le pregunté, esperanzada—. Tal vez podamos encontrarnos en el comedor más tarde…

Unas chicas risueñas interrumpieron mis palabras y sus risas para saludar a Emma antes de perderse dentro del edificio.

—Se supone que mañana debo presentar un ensayo y apenas tengo escrito el primer párrafo —indicó con una nota de fastidio en la voz y mirando el cielo como si aquel fuese un castigo divino—. Pasaré por un sándwich y lo llevaré a mi habitación.

—Entiendo. —Pero en realidad no entendía y me sentía muy idiota. Despedirme de ella nunca había resultado tan complicado. ¿Era tan difícil agitar la mano, decir adiós y dar media vuelta?—. Suerte con el ensayo… Y con el sándwich.

Logré que riera un poco. Dibujó una sonrisa torcida antes de que su mirada intensa y lo que diría a continuación convirtieran en mariposas las orugas que había en mi estómago.

—Tendré suerte si logro concentrarme.

Mientras subía los escalones, sorteando a las chicas que se marchaban a disfrutar de las últimas horas de sol, me sentía ingrávida.

Tenía la habitación para mí sola. Mei había ido a casa de sus padres como era su costumbre dominguera. El sobre que estaba en el piso casi me hace resbalar.

¡Era una parte del diario!

Lo abrí de inmediato y comencé a leer: «Querida Lu, he comprobado en las últimas semanas que la soledad nos empuja a emprender acciones desesperadas…», pero apenas pude pasar del primer párrafo. Las mariposas en mi estómago se comían el vacío que la Escritora había dejado en mi pecho y no quería que sus palabras lo avivasen. Así que guardé la hoja en el sobre y lo escondí con los demás. ¿Por qué sumergirme en el pasado cuando mi presente resplandecía? Los ayeres eran oscuros y no quería volver a las sombras.

Colgué a Chewie de uno de los cierres de mi mochila y disfruté de los minúsculos fulgores que se encendían y apagaban en medio de mi pecho como meteoritos entrando a la atmósfera. Nunca había experimentado algo que me consumiera de una forma tan placentera. Resultaba inexacto describirlo como una euforia constante. Me miré al espejo, intentando hallar las señales físicas de lo que me estaba pasando, pero mi reflejo me devolvió una sonrisa tonta. Me tumbé, sumergí el rostro en la almohada y me eché a reír. ¿Estaba loca? Seguramente lo estaba, porque deseé que la tela se transformara en el rostro de Emma, que se convirtiera en sus labios.

Poco después, busqué la bandana que en la remota primera prueba le había quitado. Tenía el aroma del suavizante barato que utilizábamos en la lavandería, pero de todas formas me hacía sentir más cerca de su dueña.

Mei me encontró en ese estado y me miró con extrañeza cuando le dije que no tenía hambre. Por lo general engullía con deleite el tallarín salteado con chop suey que me enviaba su madre.

—¿Estás bien? —me preguntó con una ceja levantada, sacando el resto de la comida de su mochila.

—Muy bien. ¿Y tú?

Suspiró y escuché sus quejas sin prestar demasiada atención.

Di vueltas en la cama esa noche. Por primera vez desde la muerte de la Escritora, el insomnio no era una carga ni sentía la angustia de un nuevo día que iluminase mis horas vacías. Anhelaba seguir despierta, codiciaba cada segundo de lo que estaba sintiendo, quería guardar aquel amor en una caja fuerte donde permaneciera inalterable, donde, con el paso del tiempo, pudiera encontrarlo y experimentarlo con la misma intensidad. Repasé una y otra vez sus palabras, sus miradas, los besos que nos habíamos dado. Volví a sentir cómo perdíamos el aliento y lo recuperábamos.

En algún momento de esa madrugada febril concilié el sueño.

Cuando desperté, la euforia se había debilitado. Aunque me sentía feliz porque vería a Emma, ansiosa por hablarle y estar a su lado, cierto temor había anidado en mi corazón, como si un pájaro nocturno hubiera aterrizado a picotear mis anhelos y hubiera hecho su nido con ellos. Mei acentuó mi angustia cuando me preguntó algo sobre la tarea de álgebra. ¡Lo había olvidado por completo y teníamos clase a primera hora!

Tuve que hacerla en el desayuno, manchando las páginas del libro con la mantequilla del pan tostado. Busqué a Emma con la mirada, pero no la encontré.

—Pensé que era la única que hacía tareas en el desayuno —comentó Natalia dando un bostezo.

—¿Las haces? —La pinchó Mei—. Pensé que las copiabas.

Discutieron hasta que entramos al auditorio para la usual asamblea de los lunes. Divisé a Emma a tres filas de donde estábamos. Su cabello recogido en una coleta me distraía de los problemas de álgebra, lo mismo que Natalia y sus intentos por bromear conmigo sobre la soporífera intervención de la directora Barozzi.

—Hoy miras mucho a Lerroux —siseó ante mi desinterés.

—No es verdad.

—¿Dónde estuviste ayer, por cierto?

—¿Amaneciste preguntona?

—Y tú misteriosa.

Al final de la asamblea, Emma se marchó junto a Joana. No hizo ademán de encontrarse conmigo o siquiera buscarme. Tuve el impulso de ir tras ella y hablarle, pero recordé que debíamos ser cuidadosas, mucho más con Rousse vigilando, detalle que Emma desconocía. Así que aplaqué mis ansias y me impuse el recuerdo de los buenos momentos del día anterior. Sumergida en ellos, salvé casi toda la mañana.

Esperaba que nos encontráramos en el almuerzo, pero la profesora Barozzi pasó por nuestra aula poco antes de que sonara el timbre y llamó a todas las aspirantes a liras. Nos condujo por el pasillo a un paso tan lento que hicimos de todo para no aventajarla.

Leeza y Veronik me echaban miradas sospechosas. Mei me agarraba del brazo con el rostro preocupado. Nadie decía nada, pero yo tenía un mal presentimiento.

—Tomen asiento —nos ordenó la directora cuando entramos a la sala de reuniones. En su tono no había ni un gramo de amabilidad—. Tenemos asuntos muy graves que tratar esta tarde.

Seis sillas ya estaban ocupadas. Joana, las gemelas, Romina y Emma nos miraron al pasar. Rousse no levantó la vista, pero encontrarla ahí disparó todas mis alertas.

—Señorita Amaru —pronunció la directora, y la formalidad con la que se dirigió a mí me asustó aún más—. Haga el favor de contarme lo que pasó el día sábado antes del comienzo del desfile. Tengo entendido que hubo un incidente con un estudiante del Colegio Darwin.

—Tropecé —dije con mi corazón latiendo a prisa. Las palabras salieron atropelladas y sin convicción— y la lira fue a parar a la cara de un chico.

—¿Con qué tropezó?

—Había riachuelos y no me percaté de una piedra.

—¿Dónde estaba la piedra exactamente?

—En la acera.

—¿Había riachuelos en la acera?

—Quise decir en la calle. Estaba en la calle y tropecé…

—¿Y cómo fue a parar la lira a la cara del chico? ¿Voló? Las liras son instrumentos pesados que no salen disparados con facilidad.

Miré a Emma, pero ella mantenía los ojos fijos en su abuela. Tenía los brazos cruzados y la mandíbula tensa, al contrario de Rousse, que parecía estar a punto de prorrumpir en carcajadas.

—Las respuestas están en su cabeza, señorita Amaru, no escritas en los rincones de esta sala —advirtió la directora con sequedad—. Le advierto que si me miente, agravará su situación, lo que podría terminar en expulsión. No me tome por ingenua. Los testimonios sobre el incidente son contradictorios. Si me ayuda a descubrir la verdad, el castigo que le impondré será menos severo.

Las palabras de la anciana me confirmaron lo que ya temía. Así que asentí, resignada, y le dije:

—No tropecé.

—Yzayana… —murmuró Emma.

—Deja que hable —soltó la directora y, con un brusco ademán de su mano arrugada, me indicó que continuase.

—Los chicos del Colegio Darwin nos estaban acosando verbalmente —expliqué con la voz trémula—. Uno de ellos haló a Emma. Otros la rodearon y comenzaron a manosearla… —Aquí paré, advirtiendo el estremecimiento de la aludida, la incomodidad de las demás, la furia resurgiendo desde el fondo de mi estómago—. Cuando me di cuenta, había golpeado a uno de ellos con la lira.

—Entonces es verdad —dijo la anciana y miró a su nieta con preocupación—. Aquellos muchachos te faltaron al respeto.

Emma asintió. La profesora Barozzi, que había tomado asiento al final de la sala, murmuró algo confuso.

—Yza me salvó —afirmó la Marquesa.

—Y casi mata a un chico —arremetió la anciana y me clavó sus ojos boscosos y hostiles—. El muchacho en cuestión fue a parar al hospital. ¿Piensa, señorita Amaru, que actuó de la mejor manera?

Negué sin mirarla, pero por dentro no estaba arrepentida.

—Me alegra que sea consciente de la gravedad de sus actos —continuó diciendo—, porque no solo está la cuestión del muchacho y sus lesiones, que son graves y requerirán un largo tratamiento. Nuestra banda podría ser vetada de futuros desfiles por culpa de este incidente.

—Esos cerdos de Darwin iniciaron una pelea campal cuando terminó el desfile. ¿Y nos van a vetar a nosotras? —bufó Natalia—. Es la estupidez más grande que he escuchado.

—Le ruego que se abstenga de darnos sus opiniones, señorita Santander —soltó la directora con aquella severidad que hacía temblar a media academia. La cicatriz que le partía el rostro se le acentuó—. Lo que esos muchachos le hicieron a Emma es lamentable y me encargaré de que los implicados sean sancionados. Las autoridades decidirán sobre el futuro de su Banda Marcial, pero eso no justifica lo que hizo la señorita Amaru. La violencia no es la solución a un conflicto y menos cuando la imparte una estudiante de esta academia. —Sus ojos traspasaron los míos como cuchillos de jade—. Por eso, señorita Amaru, irá mañana al Colegio Darwin y presentará una disculpa pública…

—¿Una disculpa…? —Arrugué el entrecejo sin creerme lo que estaba escuchando—. ¿Ellos manosearon a Emma y soy yo la que tiene que disculparse?

—Es absurdo… —intervino la Marquesa.

—Le recuerdo, señorita Lerroux —continuó la anciana—, que no solo mintió sobre este asunto, sino que ordenó a sus subordinadas que hicieran lo mismo. Es una vergüenza que la aspirante a Lira Principal, la próxima líder de la banda, incurra en una falta de ética tan grave. —Ofelia Barozzi había enrojecido de ira—. Por eso queda suspendida de la banda por tiempo indefinido.

—Pero si Emma no tiene la culpa… —articulé.

—¡No está en posición de defender a nadie, señorita Amaru! Usted queda expulsada de la banda irrevocablemente.

—¿Expulsada? —Casi me reí—. ¿Defendí a Emma de esos cerdos y va a expulsarme de la banda? ¿Le suena lógico?

—¿A usted le suena lógico que una estudiante, que ha presentado continuos comportamientos violentos, siga en la carrera por convertirse en un miembro activo de un grupo tan respetable? ¿O va a negarme que golpeó a la señorita Barozzi durante uno de los ensayos? ¿Va a decirme que no le dio puñetazos hasta que le dejó los brazos rojos? ¿Lo niega, señorita Amaru?

Entonces era eso. Apreté la mandíbula y paseé la mirada entre Romina y Rousse. La primera miró a otra parte, la segunda me devolvió un gesto de suficiencia.

Suspiré y bajé la mirada. No había salida.

—No lo niego —murmuré.

—Merece la expulsión de la academia, pero como sé que no cuenta con una familia que la reciba, el castigo que le impondré será menor. Por el momento, despídase de un puesto en liras…

—Directora, si me permite hablar… —terció Emma.

—Hablará frente a toda la academia, señorita Lerroux. Se disculpará por lo que hizo y se comprometerá a servir a la banda de otras formas. Vienen los desfiles más arduos y necesitamos voluntarias que repartan agua a las chicas de la banda. Usted e Yzayana harán de aguateras.

—¿Aguateras? —pronunció la Marquesa.

—¿No le parece digno de su persona? —ironizó la directora.

—¡Esto es ridículo! —explotó Natalia—. Tal vez Yza haya cometido algunos errores, pero usted no presenció cómo Rousse la trató en las prácticas. ¡Se ensañó con ella! ¿Por qué no recibe un castigo por esos maltratos? Además, ¿qué debía hacer Yza si vio que estaban manoseando a una compañera? ¿Tenía que cruzarse de brazos viendo la escena? ¿Tenía que pedirles amablemente que dejaran de hacerlo?

—Había profesoras presentes…

—¿Profesoras? —Nat soltó un bufido—. Profesoras que estaban intentando que los profesores de esos cerdos los mantuvieran a raya. Pregúnteme si funcionó. Yza tuvo los ovarios que las demás no tuvimos…

—La señorita Amaru destrozó una nariz, dislocó una mandíbula y rompió unos cuantos dientes. El muchacho en cuestión podría quedar desfigurado para toda la vida. ¿Sabe las repercusiones legales que eso puede tener?

Natalia se echó a reír.

—¡Esto no es objeto de broma, señorita Santander!

—Perdón, pero que ese imbécil quede desfigurado me importa una mierda. Es un violador en potencia y ahora lo tendrá reflejado en su cara. Emma debería demandar a esos imbéciles y no al revés.

—Cuide su vocabulario…

—No lo voy a cuidar, porque usted no deja hablar a Yza y no sabe lo que nos hemos esforzado… ¡Lo que Yza se ha esforzado para pasar las pruebas de la banda! ¿Y ahora viene a decirnos que queda expulsada por defender a Emma de esos patanes?

—La señorita Amaru tiene un comportamiento violento reiterado y eso es inaceptable.

—Pues entonces renuncio. —Natalia se quitó la insignia de plomo y la lanzó sobre la mesa—. Sé que no hago gran diferencia, que no soy una pieza crucial en la banda, pero no quiero pertenecer a un grupo que castiga a una de sus integrantes por defender a otra. Tampoco quiero juntarme con chicas que traicionan a su líder para hundir a una de sus compañeras.

Les echó un vistazo a Romina, Leeza y Veronik, que me lanzaban miradas triunfantes.

—Nat, no lo hagas —murmuré.

—Lo siento, directora, pero Natalia tiene razón —intervino Joana y dejó su insignia sobre la mesa—. Emma pidió nuestra comprensión y apoyo porque Yza la defendió. Ambas son víctimas y no deberían ser castigadas.

—No tienen que hacerlo —repuse, preocupada.

Joana me dedicó esa sonrisa triste que ya le conocía.

—Quiero hacerlo —dijo sin vacilar.

—Espero sean conscientes de que no podrán dar marcha atrás —les advirtió la directora, recuperando el aplomo—. Si renuncian a la banda, es definitivo.

—Soy consciente de ello —dijo Joana.

—Y yo —acotó Natalia—. Aunque de todos modos todavía no doy ni la tercera prueba.

—El desfile era la tercera prueba —informó la directora, y esa revelación exaltó a las aspirantes—. Pero bueno, señorita Santander, nunca sabrá si aprobó o no. —Se colocó los anteojos con un gesto glacial—. Romina, quedas a cargo de las liras hasta nueva orden.

El sonido de otra insignia nos tomó por sorpresa. Vi el destello dorado y comprendí que era la de Emma.

—No lo hagas —le rogué con un hilo de voz.

—Romina puede hacerse cargo hasta que se gradúe —dijo, ignorándome por completo—. Renuncio.

Estallaron murmullos. Emma salió de la sala con pasos largos. Su abuela la llamó sin éxito.

—No lo entiendo —dije con la voz temblorosa. La anciana miró en mi dirección—. Usted me obligó a presentarme a las pruebas de la banda. Usted hizo hincapié en que mi madre perteneció a las liras y me metió en la cabeza que yo debía pertenecer también. Me he dejado la piel en cada ensayo. Nos hemos dejado la piel —indiqué, señalando alrededor—. Admito que actué sin pensar, que fue un impulso, que a Rousse no debí golpearla como lo hice, pero no es justo que me quite algo por lo que he luchado tanto. No es justo…

Me limpié la cara y me levanté.

Alcancé a Emma en los jardines.

—Acabas de renunciar a convertirte en Lira Principal —pronuncié en voz alta porque no podía creerlo.

Emma estaba en una banca. Tenía las manos en la cara y por un instante pensé que estaba llorando, pero solo se apretaba los párpados como si le dolieran.

—Estoy muy cansada —murmuró cuando tomé asiento junto a ella—. He pasado la vida cumpliendo las expectativas de mi familia. Estoy harta. Entré a la banda porque era el deseo de la abuela, porque quería complacerla y demostrarle que era la mejor entre sus nietas. ¿Y ahora pretende castigarme por lo que esos animales me hicieron? ¿Y a ti por defenderme?

—El chico fue a parar al hospital —rumié.

—Se lo buscó. No te sientas culpable.

Lo cierto era que, entre más lo pensaba, más consciente era de la violencia que había estallado en mi interior.

—Natalia tiene razón —dijo Emma—: no quiero liderar un grupo que me traiciona para hundirte. Les di una orden que debieron acatar. ¿Era tan difícil cuidarnos las espaldas? No les estaba pidiendo que ocultaran un crimen. Estoy segura de que Romina abrió la boca. Que le aproveche. Siempre ha querido ser la Lira Principal.

Dejó caer las manos y sus ojos grises me encontraron. Estaban preocupados, pero dibujó una sonrisa a pesar de todo.

—Anhelaba verte —declaró.

Sonreí mucho, tal vez demasiado.

—No más que yo —murmuré.

Me contuve de abrazarla y me conformé con poner mi mano muy cerca de la suya sobre el metal de la banca.

—¿Crees que la directora aceptará tu decisión así nada más? —le pregunté.

—Tendrá que hacerlo. Lo de la suspensión fue su idea, yo solo la volví definitiva.

—¿Y la profesora Barozzi? ¿No te va a regañar?

Su rostro se ensombreció.

—¿La escuchaste opinar? —soltó en tono brusco.

—No, pero…

—Le importo poco. La banda le importa poco. Todo le importa poco. Así que puedo considerarme liberada —lo dijo como si fuese un alivio, pero había dolor en sus palabras.

—Seremos las mejores aguateras que ha visto la academia —acoté—. Agua pura y helada siempre a la orden.

Sus carcajadas terminaron por calmarme.

—Pura y helada —repitió despacio—. Eso me recuerda algo.

—¿A que eres mala con los clavados?

—No tanto como tú.

Entrecerré los ojos y ella me sonrió muy pagada de sí misma.

—La banda me hubiera parecido vacía sin ti —confesó.

Con tan poco me tenía con el corazón a mil.

—¿Leeza no basta? —aguijoneé.

—Leeza es lenta para aprender, en cambio tú asimilas las cosas bastante rápido. Cuando digo despacio vas despacio.

Ladeó la cabeza, como un gesto de segundas intenciones, y ya no supe de qué estábamos hablando. ¿Por qué era tan difícil mirarle la boca sin que me atacaran tantos impulsos?

Respiré profundo.

—Quería entrar a la banda. —Fue mi turno de confesar cosas—. Y aunque tú eres una razón de peso, me estaba gustando mucho tocar la lira. Me mantenía alejada de ciertos pensamientos. Puede que me haya equivocado durante el desfile, que haya llovido y que haya pasado aquello con ese cerdo, pero, a pesar de todo, incluso de las bombas lacrimógenas, fue maravilloso. Pude sentir la euforia de la gente. La música tiene ese poder fascinante.

—No sabía que la banda era algo tan importante para ti —repuso, pensativa.

—Tu abuela me forzó a inscribirme, pero poco a poco se convirtió en algo significativo.

Emma se levantó.

—Iré a hablar con la abuela —dijo con aspecto derrotado—. Tal vez si me disculpo y me ofrezco a acatar lo que me diga al pie de la letra te dejará regresar a la banda.

—No lo hagas. Acabas de decir que estás cansada de cumplir con las expectativas de tu familia y no quiero ser la responsable de que sigas haciéndolo. Tampoco es que quiera estar en la banda ahora mismo, no con Romina en el grupo —bufé.

Dudó un momento y entonces añadí:

—Además, tal vez no sea tarde para entrar al equipo de básquet. No estaba muy segura de poder seguir un entrenamiento riguroso, pero después de mi paso por liras creo que será pan comido.

Dejó escapar una carcajada.

—Hablando de pan, tengo hambre —dijo—. Almorcemos juntas. Creo que estamos a tiempo.

Sacó su teléfono, pero enseguida le cambió la expresión, le puso mala cara a la pantalla. Le pregunté si era muy tarde, pero me dijo que no se trataba de eso, sino de las once llamadas perdidas que tenía de Margo.

—Lo sabe —soltó y se levantó con teléfono en mano—. Adelántate. Tengo que hablar con ella o hará algo como venir hasta aquí e intentar que cambie de opinión.

3

El Colegio Darwin

A la mañana siguiente, Josef me sacó de la clase de Álgebra.

—La directora te espera —dijo como toda explicación.

Lo seguí por el pasillo desierto hasta el viejo Cadillac. La anciana esperaba sentada en el asiento trasero. Por un momento temí que me llevara de vuelta al pueblo, que me abandonara en la cabaña de la Escritora y me dijera: «Cometí un error, no puedo hacerme cargo de ti», pero lo único que hizo fue recordarme que teníamos un asunto pendiente en el Colegio Darwin.

—Te he preparado un discurso —anunció en tono monótono y me entregó un documento escrito con letra rimbombante—. Dirás lo que está aquí y ni una palabra más.

Asentí y la guardé en el bolsillo.

Había alguien en el asiento del copiloto y por un momento me alegré pensando que se trataba de Emma, pero me llevé un chasco.

—¿Qué hace ella aquí? —siseé.

Rousse Barozzi volteó y sonrió con fingida inocencia.

—Te acompañaré en tu tormento —anunció.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y reprimí las palabras que pendían de la punta de mi lengua.

Dejamos la academia y cruzamos la ciudad. Abandonamos los altos edificios del norte, sus lujosos centros comerciales, sus zonas de entretenimiento, sus museos y galerías de arte. Entre más nos adentrábamos en el sur, más pobres y pequeñas eran las construcciones. Las calles tenían baches y en las aceras florecía la maleza y el comercio informal. Los puestos de comida ambulante echaban vapores especiados mientras las ventanillas del Cadillac se mantenían firmemente cerradas. En los semáforos estallaban espectáculos: mimos, payasos, malabaristas, niños que se subían en los hombros de otros y jugaban con una pelota. Una mujer indígena golpeó la ventana de Josef y le pidió unas monedas. El chofer ni siquiera volteó. La mujer regresó al bordillo donde tres niños rodaban por pasto mal cuidado. Sus cabezas quedaban tan cerca de la vía que me parecía inverosímil que la mujer no los alejara del peligro.

El Colegio Darwin, más que un instituto, parecía una cárcel. Su muro era una alabanza grotesca al arte callejero. Bajo las decenas de grafitis apenas se adivinaba el color original. Las frases, los nombres, los dibujos obscenos, los trazos sin dirección se superponían como monstruos hambrientos abriéndose paso hacia una cima de cadáveres. Sobre él, como una corona continua, había alambre de púas y pedazos de botellas.

El portón enrejado estaba deformado en su centro. Alguien lo había golpeado con un martillo o usado una palanca para abrirse paso entre el metal. Dos guardias nos pidieron identificaciones. Parecían muy jóvenes con el uniforme al menos cuatro tallas más grandes que ellos, hasta daban la impresión de ser estudiantes del colegio. Otro, más viejo, con bigote y cuya camisa estaba a punto de reventar debido a su prominente barriga, los regañó y los obligó a devolvernos los documentos.

—Lo lamento, directora Barozzi —dijo, asomándose por la ventanilla que Josef mantenía abajo—. Son chicos nuevos, apenas conocen el procedimiento.

La anciana asintió levemente, como si el hecho no le importara en absoluto.

Ingresamos a una masa de hormigón con jardineras mal cuidadas. El otoño había quemado el pasto y drenado las buganvilias. Aparcamos en un estacionamiento sin líneas de división donde el Cadillac desentonaba como helado de vainilla sobre caca de gato. Josef lo abandonó con un gesto preocupado.

La secretaría parecía el cubículo blindado donde te registras para entrar en una cárcel. Yo nunca había estado en una, pero había visto documentales. En la escuela los pasaban cada tanto para que los chicos más revoltosos entendieran lo que les esperaba si perseguían una vida alejada de la ley. Pero ni siquiera ellos —a los que temí por años— eran tan desagradables como los estudiantes de Darwin.

—El director la está esperando —anunció el secretario, un hombre robusto que debía de rozar los cincuenta años. Salió de su oficina blindada y nos condujo por los pasillos, donde también abundaban los grafitis, solo que de menor tamaño: frases escritas con plumón, trazos de penes y vulvas, insultos. Se notaba que habían tratado de borrarlos, pero con la aparición de otros tantos se habían dado cuenta de que era una empresa infructuosa. Los casilleros estaban abollados, carcomidos por el óxido e igual de pintarrajeados. De los baños salía un efluvio insoportable que me produjo arcadas. Rousse mantuvo la nariz pegada a su pañuelo durante todo el recorrido.

Pasamos por aulas repletas. Después me enteraría de que hasta sesenta alumnos cabían en un espacio ínfimo. Algunos se levantaron para vernos, sin que les importasen los gritos de sus profesores sobre que regresaran a sus asientos. Se escucharon silbidos y la clase de obscenidades que habíamos oído en el desfile.

—¿No les dirá nada a los alumnos? —soltó Ofelia Barozzi.

—Ese no es mi trabajo —señaló el secretario en tono monocorde—. Los profesores son los encargados de la disciplina.

Pero ellos no hacían mayor cosa y entre nosotras crecía la tensión. Era como transitar entre jaulas de hienas hambrientas. Incluso sentí compasión por Rousse, a quien iban dirigidas las lascivias, pero cambié mi postura cuando me di cuenta de que ella, a pesar de mostrarse tímida e incómoda ante las palabras que le llovían, se bamboleaba y guiñaba el ojo cuando su abuela no la miraba.