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Nueve años es una cifra importante, eso piensa Becca Savard, una exitosa basquetbolista que ha ganado las olimpiadas y un par de campeonatos de la WNBA. Nueve años son los que ha compartido con su novia, Isabelle Forti, una periodista que ambiciona llegar muy alto en el salvaje entorno mediático de la Gran Manzana. Ambas parecen el matrimonio perfecto. El problema es que no están casadas. Pero Becca pretende remediarlo y para ello le pide ayuda a Emma Lerroux, la vocalista de su grupo favorito, pues quiere que la proposición sea inolvidable. Por desgracia, desconoce el romance prohibido que Isa y Emma compartieron hace tiempo, el cual terminó de la peor manera, y que Forti ha luchado por olvidar. A partir del reencuentro entre cantante y periodista, la Isabelle que Becca conocía comienza a desdibujarse y es una desconocida quien toma su lugar. Un apasionado huracán de apellido Lerroux amenaza con arrancar nueve años de un tajo y revivir un peligroso pasado al que deberán hacer frente. Un pasado que las obligará a cazar el caos. Cazar el caos es la última entrega de una trilogía absorbente, cuyos misterios han atrapado a miles de lectores alrededor del mundo. Stef León ha logrado una obra caleidoscópica con personajes que pueden ser capaces de jugarse la vida por una causa justa, pero también de cometer las peores atrocidades. La pregunta es: ¿todos son los que creemos? Bajo las sombras y Armonía secreta, primera y la segunda parte, completan la trilogía. -- En este libro se abordan temas sensibles (ver aviso interior).
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Seitenzahl: 909
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Stef León nació en Ecuador, un país repartido entre hemisferios. Eso le hizo sospechar que una línea invisible dividiría sus aficiones. De pequeña era tan inquieta que su madre tenía que inventar cuentos para mantenerla enfocada. Es muy probable que aquel fuera el comienzo de su amor por las historias. A los once años, mientras pintaba un mural y escribía su primer cuento, descubrió que la clave para vencer su timidez estaba en el arte. Sin embargo, una inesperada habilidad en matemáticas desvió sus pasos hacia la carrera de Matemática Pura.
En 2016, compartió su primera historia en una plataforma online y, para su sorpresa, recibió una cálida acogida. Hoy en día, combina su afición por escribir con su lado más científico, ha sido madre de innumerables felinos y corre el rumor de que uno de ellos es el escritor fantasma de sus novelas, cuyos misterios han puesto en jaque a miles de lectoras alrededor del mundo.
@stefy_leonn
@stefy_leonn
Ilustración de portada: Lucía Antru
Nueve años es una cifra importante, eso piensa Becca Savard, una exitosa basquetbolista que ha ganado las olimpiadas y un par de campeonatos de la WNBA. Nueve años son los que ha compartido con su novia, Isabelle Forti, una periodista que ambiciona llegar muy alto en el salvaje entorno mediático de la Gran Manzana. Ambas parecen el matrimonio perfecto. El problema es que no están casadas. Pero Becca pretende remediarlo y para ello le pide ayuda a Emma Lerroux, la vocalista de su grupo favorito, pues quiere que la proposición sea inolvidable. Por desgracia, desconoce el romance prohibido que Isa y Emma compartieron hace tiempo, el cual terminó de la peor manera, y que Forti ha luchado por olvidar.
A partir del reencuentro entre cantante y periodista, la Isabelle que Becca conocía comienza a desdibujarse y es una desconocida quien toma su lugar. Un apasionado huracán de apellido Lerroux amenaza con arrancar nueve años de un tajo y revivir un peligroso pasado al que deberán hacer frente. Un pasado que las obligará a cazar el caos.
Cazar el caos es la última entrega de una trilogía absorbente, cuyos misterios han atrapado a miles de lectores alrededor del mundo. Stef León ha logrado una obra caleidoscópica con personajes que pueden ser capaces de jugarse la vida por una causa justa, pero también de cometer las peores atrocidades. La pregunta es: ¿todos son lo que creemos? Bajo las sombras y Armonía secreta, primera y segunda parte, completan la trilogía.
Primera edición: junio de 2022
© Stef León, 2022
© Letras Raras Ediciones, S. L. U., 2022
© Lucía Antru (IG @lucia_antru), ilustración de la portada, 2022
© weirdowithluv y naian_art (ilustración interior y árbol genealógico), 2022
LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S. L. U.
www.leseditorial.com
ISBN: 978-84-17829-80-3
IBIC: FRD
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Advertencia de contenido: se abordan temas sensibles, como suicidio y distintas violencias sexuales.
Para mi madre, mi padre y mi hermano;«de alguna manera, siempre añoré aquello, intentando, en vano, regresar».1
Para S. V., por bajar al pozo conmigo y sostenerme la mano. Este libro es tan tuyo como mío.We got it, baby!
1. Versos de Margaret Atwood.
El agua se aprende por la sed.
La Tierra —por los Océanos atravesados.
El Éxtasis —por la agonía—
La Paz —la cuentan las batallas—
El Amor, por el Hueco de la Memoria.
Los Pájaros, por la Nieve.
EMILY DICKINSON, Poema 133
Cuando todo lo que antes latía — se detuvo —
y el Espacio miró a su alrededor —
las Horribles heladas — de las albas de Otoño —
derogan el Latido del Terreno
— y todo como un Caos – Imparable — frío —
sin Mástil, ni Esperanza —
ni siquiera un Informe desde Tierra —
que justifique — el Desespero.
EMILY DICKINSON, Poema 510
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Nueva York. Septiembre, 2018.
Cerró los ojos y respiró profundo. El sudor le crispaba el rostro y tras la máscara plástica y transparente le ardía la piel. Podía escuchar su corazón estallando en los oídos, desesperado por bombear sangre a sus músculos exhaustos; también parecía llevar el ritmo secreto de la multitud, el alma de la expectativa, las respiraciones contenidas. Se esperaba un milagro o lo contrario a este; el universo debía inclinarse hacia resultados opuestos y Becca era la responsable de que fuese a su favor.
Abrió los ojos. Miró los números rojos. Recordó las palabras de su padre como una cacofonía: «Atorado entre tus costillas está un reloj. Justo aquí —su dedo huesudo le había picoteado el pecho—. No te puedes desprender de él, porque cuando al fin lo logras ya es muy tarde. No pierdas el tiempo, Becky. Así que toma ese maldito balón y corre hacia el aro…».
La muy idiota estaba haciendo lo que su padre le había advertido no hacer: dejar pasar milésimas de segundos en exceso valiosas. Su equipo necesitaba un tiro de tres puntos. Era eso o perderían. Su corazón, su reloj, seguía en marcha y el balón acababa de llegar a sus manos. Lo sostuvo con determinación. Luego pensaría en lo mucho que le hubiera gustado encontrar a Isa entre la multitud, encontrar su sonrisa hermosa y segura del resultado, que eso fue lo que le otorgó la inspiración que necesitaba, pero una grandulona venía hacia ella cubriéndole el campo de visión, por lo que su cerebro les dijo a sus pies que debía moverse antes de ser arrollada.
Lo hizo.
Dio un paso a un lado, luego una vuelta que protegió el preciado balón.
Un rebote.
Dos.
Vio a Stui alzando la mano, pidiendo un pase desde la mitad del área, el lugar perfecto para encestar, pero no el que les daría la victoria. Becca tenía que arriesgarse. Saltó y sintió cómo el balón dejaba sus dedos temblorosos, lo vio hacer un arco perfecto que lo coló limpiamente por la canasta.
Cuando el balón tocó el suelo, Becca también lo había tocado. Alguien la empujó en el último segundo, pero eso ya no importaba. El sonido que daba por finalizado el partido se perdió en una ovación que le atravesó los oídos mientras Stui y las demás se echaban sobre ella gritando a todo pulmón, intentando arrancarle un pedazo de su cuerpo sudoroso.
Stui decía algo ininteligible y gimoteaba.
—Lo siento, chicas, pero me estoy ahogando —alcanzó a decir con la voz estrangulada y un mínimo de aire en los pulmones. Por fin sintió cómo el peso la abandonaba, literal y metafóricamente.
Suspiró.
Había sido la temporada más difícil de su vida.
Había sudado sangre para llegar a esa final.
Por ser considerada una leyenda, el peso de un equipo de novatas había caído sobre sus hombros, pues se suponía que era la única con la experiencia suficiente para llevarlas al campeonato. No era una queja, pero diablos, había sido aterrador sentir el peso de la ciudad de Nueva York taladrándole los omóplatos en cada partido.
Pestañeó ante las luces del Madison Square Garden. Sonrió. Era libre. Libre al fin. Sintió que se elevaba, una conclusión mística para el más mundano de los deportes, pero solo era Stui, que la había tomado por las manos y la ayudaba a ponerse de pie. La abrazó entonces y Becca le palmeó la espalda.
—Lo siento, lo siento, lo siento… —gimoteaba Stui.
—Ya pasó… Ya pasó todo…
Stui siguió disculpándose, pero los ojos de Becca buscaban aquel punto entre el público que tanto había querido encontrar antes y no dudó en alcanzarlo finalmente.
Se alejó de Stui y salió del rectángulo que la había mantenido enclaustrada los últimos meses a pesar de no contar con barrote alguno. Dejó atrás la máscara plástica y se limpió el sudor con la camiseta. A grandes zancadas subió los graderíos y se refugió en los cálidos brazos de Isabelle.
—Lo lograste —le dijo ella al oído. La dulzura en su voz calmó el desbocado corazón de Becca—. Lo lograste, mi amor…
Entonces Becca la tomó por las mejillas y la besó. Sintió cómo Isa se ponía rígida, cómo sus labios dudaban y sus brazos aflojaban su agarre, pero entonces escuchó que lanzaba un suspiro de satisfacción y le devolvía el beso con entusiasmo.
Hasta entonces, Becca no había hablado de su sexualidad en público, pero aquel beso equivaldría a una rueda de prensa saliendo del armario. Y sintió que era lo correcto, que había llegado el momento, que el miedo a ser juzgada por su sexualidad, y no por su talento, había desaparecido. Estaba lista para soltarlo al mundo. Para dejarse caer.
Se separó de los labios de Isabelle con lentitud. Le hubiera gustado perderse en los ojos de su novia, pero ella llevaba lentes de sol. De todas formas, tenerla cerca, compartir ese momento con Isa, era el mayor triunfo de la noche. El público aplaudía. ¿A ellas? No importaba realmente.
El resto del equipo la arrastró de vuelta a la cancha. Una voz masculina anunciaba que la presentación del trofeo 2018 del campeonato de la WNBA estaba por comenzar. Ana Dávila, la entrenadora del equipo, se acercó a recibirlo y más ovaciones se dejaron escuchar. Una reportera de ESPN le puso su micrófono enfrente y dijo entusiasmada:
—Ana, esta ha sido una temporada simplemente maravillosa. ¡Diez victorias más que el año pasado! Eso es increíble. Has tomado muchos riesgos para llegar hasta aquí. Sé que algunos cuestionaron tu plantilla de novatas y todos fuimos testigos de la ferocidad con la que defendiste tu elección. Aunque también conservaste algunas jugadoras clave. ¿Cómo ha sido colocar esas piezas tan dispares en este hermoso rompecabezas final?
Dávila era una mujer alta y maciza, sostenía el trofeo de seis kilos con una sola mano y tenía una expresión de seriedad absoluta. Llevaba la gorra del equipo embutida hasta las cejas y daba la impresión de querer hacer de todo menos hablar con la reportera, pero de todas formas se acercó y respondió:
—Ha sido asombroso ver cómo las chicas encontraban su equilibrio como equipo y se convertían en las Storms de Nueva York…
—Sabemos que hubo una pieza clave para que esto ocurriera y que tiene nombre y apellido.
—Por supuesto, Bec Savard… —El nombre levantó un rugido entre la multitud—. Se convirtió en la líder indiscutible del grupo.
—Las mantuvo juntas incluso antes de que comenzara la temporada, ¿no es así? ¿Cómo describirías el impacto que ha tenido Savard en el equipo?
—No tengo palabras para expresar lo que ha sido tanto dentro como fuera de la cancha. Honestamente, Bec es el centro de por qué estamos aquí esta noche…
—Becca es el centro de por qué están aquí, pero ella no está siendo el centro de esta entrevista. Por favor, si ella pudiera acercarse…
Becca pasó de choque de mano en choque de mano, de palmada en palmada en la espalda. Stui gritó: «¡Sí, Becca!». El público la aplaudió y ella sonrió al mirar el trofeo. La reportera dijo:
—Estábamos hablando del compromiso que has tenido con este equipo desde el día uno. Estableciste un tono y un ritmo con tus jugadoras como toda una directora de orquesta. Cuéntame el secreto, Becca, ¿qué les pediste que hicieran por ti?
Becca no pudo evitar sonreír y pensar en las miles de palabras que había intercambiado con las chicas en los últimos meses. No estaba segura de lo que imaginaban la reportera o el público, pero el discurso que utilizó con sus compañeras no era aquel motivador u optimista que sale en los comerciales de coaching. Habían tenido momentos duros —en realidad, casi todos lo fueron—, momentos en los que habían gritado y llorado, en los que habían tirado la toalla literalmente. Momentos en que Becca sentía que hablaba en otro idioma, uno extraterrestre tal vez y, decepcionada de sí misma y de las demás, pedía al cielo que acabara con esa tortura y que por fin, ¡por fin!, actuaran como un equipo y no como los eslabones rotos de una cadena.
Por suerte, lo habían conseguido.
Pero nadie, nunca, ninguna de las personas que las miraban desde los graderíos o aquella reportera ávida de información, sabría cómo o a qué costo habían escalado la montaña hacia el trofeo.
—No les pedí que hicieran nada por mí —se escuchó diciendo Becca, y su mente añadió «no se los pediste, se los rogaste, se los gritaste y se los exigiste»—, esto no fue acerca de mí, esto fue cien por cien sobre ellas. Solo intenté que crecieran rápido, que completaran la brecha lo antes posible y han sido maravillosas. Confiaron en mí y eso es todo lo que necesitaba…
Se pasó la mano por el nacimiento del cabello rubio e intentó sonreír, porque tenía la impresión de que se había puesto demasiado seria.
—Han sido cuatro años desde el último campeonato, ¿qué se siente diferente entre este y aquel? —preguntó la reportera.
—Solo que nunca sabes cuándo vas a estar de vuelta alzando el trofeo… Y también… También que… —Becca sintió que las lágrimas le subían por la garganta y la reportera levantó una ceja, intrigada—. Hace dos años tuve aquella lesión. Me sobresforcé, no me cuidé lo suficiente y me hice daño. Estaba tan decepcionada conmigo misma que pensé que nunca volvería a los torneos profesionales. Lo que había en mi cabeza, todos esos pensamientos lúgubres sobre mi recuperación, tiraban de mí cuando mis pies querían pisar la cancha. Pero Isabelle… —Becca levantó el rostro, la buscó una vez más entre la multitud y esta vez sonrió de verdad—. Mi novia, Isabelle, estuvo conmigo. No se alejó de mi lado en todo el tiempo que duró mi recuperación. Me cuidó, tuvo paciencia en mis peores momentos, me animó a que volviera…
—¿Escuché bien? —indagó la reportera, estupefacta, como si no se creyera ser la primera en conseguir la primicia—. ¿Has dicho «mi novia»? ¿Entonces los rumores son ciertos…?
—Lo cierto es que la amo y que sin su apoyo no estaría aquí esta noche. Así que además de a todas mis compañeras, a mi entrenadora y a todo el equipo que conforma las Storms de Nueva York, le dedico este campeonato a ella. No tengo palabras para agradecerle todo su amor y sus cuidados…
Aplausos. Euforia. Becca los aprovechó para apartarse del foco de atención y la curiosidad de la reportera. De todas formas, el trofeo MVP estaba por ser presentado y Becca escuchó el promedio que la ganadora había alcanzado: veinticinco puntos, seis puntos por juego, seis rebotes.
—Ella es una jugadora olímpica, una estrella y ahora una ganadora del título de la WNBA… —dijo la encargada de presentar el trofeo—. ¡Jessica (Stui) Stewart!
Stui pasó al frente y el camarógrafo tuvo que alejarse para tomar una foto donde cupiera en todo el cuadro. Los flashes detonaron y la reportera se acercó a ella:
—Recuerdo que en abril me dijiste que estabas cansada de perder y que comenzabas la temporada con una mentalidad completamente distinta —le dijo—. Y ahora, meses después, como una campeona de la WNBA, ¿cómo describirías el camino que te trajo hasta aquí?
Stui puso las manos en jarras y se agachó sobre el micrófono.
—Honestamente, aún no se siente real. Pienso que lo que hicimos como equipo en estos meses fue concentrarnos en la meta y apoyarnos mutuamente para lograrlo. Es decir —puso cara de estupor absoluto y alzó los hombros—: nosotras somos las campeonas, pero no estoy muy segura de cómo lo logramos…
Becca rio por lo bajo. Esa era Stui, tan honesta como siempre.
—También me dijiste que la meta del equipo era ganar junto a una leyenda como Becca Savard…
—¿Estás segura de que dije eso? —Stui se rascó detrás de la oreja mientras la reportera soltaba una carcajada—. ¿Fue antes o después de romperle la nariz por accidente? —Miró a Becca con culpabilidad, pues aún mostraba sombras moradas bajo los ojos y protección en el tabique. Al menos se había desecho de la máscara—. Lo siento, Bec, eras la más guapa de la liga y ahora solo mírate… Tendré que hacer los comerciales por ti, la gente no quiere ver… eso.
Esta vez las risas hicieron eco por todo el Madison Square y Becca lo dejó pasar con un movimiento de mano que significaba «ya no importa».
—¿Cómo describirías lo que ella ha hecho por el equipo y por ti? —prosiguió la reportera.
—Becca ha significado todo para mí, incluso un gran dolor de cabeza… —Más risas—. Ella es la razón de estar aquí y, como dijiste, si hay una persona en el mundo con la que quería ganar el campeonato, es ella, y espero que podamos hacerlo muchas veces más…
La mandíbula de Becca se apretó con fuerza. No quería llorar, pero Stui se lo estaba poniendo difícil.
Maldita Stui.
Por suerte, se vio arrastrada hacia la celebración. El trofeo se paseó entre todas y lo alzaron: se suponía que representaba un balón entrando en una canasta, pero en realidad parecía una luna plateada, lisa y brillante; lo reflejaba todo y a la vez nada con suficiente claridad.
Y Becca se preguntó, como suelen preguntarse los mortales, si esa sería la última vez que ganaría el campeonato. El trofeo pasó de mano en mano hasta llegar a ella y sus compañeras insistieron en alzarla en hombros para pasearla por la cancha muy al estilo estadounidense. Becca era canadiense y estaba acostumbrada a las victorias recatadas, por lo que se sintió aliviada cuando la devolvieron al suelo y el trofeo fue a parar a manos de otra persona.
Una vez concluidos los festejos públicos, el dueño del equipo y su esposa —ambos con la gorra de las Storms y una gran sonrisa— las invitaron a un festejo privado. Habían organizado una fiesta en su departamento de TriBeCa y todas iban a asistir por más cansadas que estuvieran, incluso Becca, quien tan solo deseaba los brazos de Isa, una ducha caliente y una cama mullida.
***
Lo que Becca recordaría con mayor claridad de esa noche sería el tiempo que compartió con sus compañeras en las duchas: la euforia, las bromas de Stui, las risas, el aroma a jabones, cremas y perfumes indistintos. Esa mezcla irrepetible que representaba el triunfo y la intimidad entre aquellas mujeres que lo habían dejado todo en la cancha. «Un hermoso rompecabezas final» era el nombre que les había otorgado la reportera de ESPN. Tenía razón.
Cuando salió del Madison, se tomó varios minutos para observar el enorme cartel que anunciaba la final, y donde ella y sus compañeras lucían imponentes. Dejó escapar un suspiro y sonrió. Estaba agradecida de que todo hubiera acabado.
Poco después, sus ojos se desviaron hacia las luces del Empire State, cuya aguja apuntaba a un cielo sin rastros de Vía Láctea. En cambio, eran las constelaciones terrestres las que brillaban suspendidas de los espléndidos rascacielos, marcando el camino para aquellos navegantes urbanos que perseguían el triunfo en la Capital del Mundo. La primera noche en que Nueva York se reflejó en los grandes ojos azules de Becca, ella había añorado a su familia y el cielo de Canadá, que estaba más limpio. Por desgracia, en su país no había encontrado su estrella.
Regresó la mirada a Isabelle, que estaba a su lado. Notó que tenía los labios apretados y las cejas espesas parecían algo fruncidas; mantenía ocultas las manos dentro de la enorme sudadera de las Storms y se había quitado la gorra, dejando que su larga cabellera azabache le cayese sobre los hombros y que las luces de la ciudad se sirvieran de ella para reflectarse.
Estaban en el coche y se habían dicho todo poco antes: las jugadas memorables, los tiros de mayor tensión, los errores del árbitro; la grandulona que se pasó el partido haciendo faltas y que estuvo a punto de lesionar a Stui.
Isa había hablado con entusiasmo —le apasionaba el deporte e incluso una vez tuvo la oportunidad de jugarlo profesionalmente, pero la rechazó—, sin embargo, su tono ocultaba un tinte de molestia. Después de ocho años de relación, Becca podía leer la letra pequeña bajo las frases que escogía su novia. Y aunque ambas sabían el alivio que a veces significaba la ausencia de palabras, la basquetbolista estaba segura de que en cualquier instante Isabelle terminaría expulsando el huracán que se arremolinaba en su pecho.
Encendió el estéreo.
Los quince minutos que separaban Midtown Manhattan de TriBeCa se estaban haciendo larguísimos. Buscó la playlist de su grupo favorito. Se llamaba The Marquise and the Rock Princesses y tocaban una mezcla de entre indie rock y punk que había volado la cabeza al mundo entero. Esfera de nieve resonó en la camioneta y el rostro de Isabelle giró de inmediato en su dirección.
—Por favor, no —soltó con un dejo de fastidio.
Becca había encontrado el detonante.
—¿De qué hablas? —le dijo, fingiendo inocencia.
—Tú sabes a lo que me refiero.
—En realidad no lo sé.
Isa expulsó aire con fuerza y señaló la pantalla del estéreo aún sin sacar la mano de la manga de la sudadera.
—¿Puedes cambiar de canción? —pidió.
—Pero me gusta esta canción.
—Es deprimente.
—¿Y qué tiene que lo sea?
Becca le subió al volumen y entonó:
Estamos atrapadas en una esfera de nieve,
alguien nos agita y nos engaña.
No te muevas,
quédate estática y abrázame,
puede que el terror se marche
si esperamos lo suficiente.
—Deprimente —canturreó Isa y Becca pudo imaginar cómo ponía los ojos en blanco—. ¿Por qué quieres escuchar algo así la noche en que ganas el campeonato? ¿No te viene mejor una de Queen?
—¿Te refieres a We Are the Champions…? —Becca soltó una carcajada.
—Cualquier cosa menos THE M.A.R.P.
—En serio no te entiendo…
—No tienes que entenderme —soltó Isabelle en el tono de quien había perdido la paciencia—, solo quita esa canción, por favor.
Becca arrugó el entrecejo y pausó el estéreo.
—¿Es eso o estás molesta por otra cosa? —preguntó. Vio de reojo cómo su novia dejaba caer la cabeza contra el asiento y la miraba fijamente. El pecho de Isabelle subía y bajaba como si estuviera a mitad de una carrera y sus manos continuaban ocultas en la sudadera, seguramente apretadas en forma de puño.
—Lo siento —pronunció dulcificando el tono—. No me corresponde decirte lo que debes escuchar. Pon la música que quieras…
—Dime qué te molesta —insistió Rebecca—. Que odies a mi grupo favorito no es el problema, siento que hay algo más…
El coche se detuvo frente a un semáforo y Becca volteó hacia Isabelle. Las luces del SoHo perfilaban los rasgos afilados de su novia: sus pómulos altos y fuertes, hermosos pero tal vez un poco amenazadores; sus ojos dorados no ayudaban demasiado a suavizar esa impresión, pero cuando le devolvieron la mirada, Rebecca sintió que intentaban hallar sosiego.
—Lo que me molesta no importa ahora —respondió Isa—. Esta es tu gran noche. Hay una fiesta en tu honor. Lo hablaremos después.
—No dejaré de pensar en ello, así que dímelo…
Era la tercera vez que Isa tomaba una gran cantidad de aire y lo dejaba salir de a poco.
—Es algo que ni siquiera debería molestarme… —acotó.
—Entonces dímelo.
—Tú… hablaste de nuestra relación frente a miles de personas y en televisión en vivo.
Becca sospechaba que se trataba de eso.
—Lo sé, fue un impulso. Debí preguntarte si estabas de acuerdo, pero no pensaba con demasiada calma en ese momento…
—Sabes lo mucho que cuido mi privacidad —dijo Isabelle, deteniéndose en cada palabra como si le costara un mundo pronunciarlas—, lo que mi trabajo implica, el peligro al que me expones…, al que nos expones…
—Estoy consciente de ello.
—Y ahora estoy en la televisión nacional e internacional —pronunció con una mezcla de rabia y temor—. Mi rostro se va a pasear por las cadenas quién sabe hasta cuándo. ¿Ya viste las redes sociales? Nos exhibiste…
Becca no pudo reprimir una carcajada y dijo:
—Lo lamento, amor, pero recordé el meme. —Isa gruñó y se cruzó de brazos mientras miraba por la ventana—. Entiendo tu punto, estoy al tanto de los peligros que entraña tu trabajo y sabes que agradezco que nos protejas de ellos. Siempre vas a mis partidos con un kilo de ropa encima, gafas y gorra, así que dudo que alguien pueda reconocerte. Además, me aseguré de que mi espalda nos ocultara de las cámaras…
—Pero luego me agradeciste y dijiste mi nombre.
—¿Sabes cuántas Isabelles debe de haber en el mundo? —acotó Becca y cortó en seco el siguiente argumento de Isa—: Pero te repito, entiendo lo que intentas expresar. Te prometo que no diré nada más al respecto de ti o nuestra relación. Te dejaré al margen de esto. Seré sincera con mi sexualidad a partir de ahora, pero eso no significa que debas verte envuelta en el asunto. No nos van a entrevistar ni nada parecido y evadiré cualquier pregunta que implique revelar tu identidad. ¿Te parece bien?
Isa no dijo nada. Becca volteó y notó que tenía la mirada perdida en la calle. Alargó la mano y la puso en su muslo con el afán de tranquilizarla.
—Lo lamento, amor, pero lo podemos arreglar. Por favor, deja de preocuparte. Seré más cauta en adelante…
Fue la cuarta ocasión en que Isabelle dejó escapar aire como si llevara todo el oxígeno del mundo atrapado en los pulmones. Volteó y Becca pudo percibir, por la forma en que sus hombros cayeron, que se rendía.
—Confiaré en que las cosas sucedan como dices.
Se tomaron de la mano y Becca, aunque intentó sonreír, se preguntaba una vez más si aquel afán de una vida discreta que su novia tanto perseguía se atribuía a las incidencias de su trabajo o provenía de un motivo oculto.
¿Y qué cosa podía ser?
Becca buscaba la respuesta desde hace años.
Porque incluso antes de que Isa comenzara con aquel peligroso trabajo, era reticente a las apariciones en público. Casi nunca hablaba de su vida antes de Becca y, con los extraños, tenía mucho cuidado de lo que decía sobre su vida con Becca, quien sí que había insistido en conocer las minucias de la niñez y la adolescencia de su novia. Pero al ver cómo la expresión de Isabelle se oscurecía y se alteraba, cómo su tono se tornaba huraño y distante y sus respuestas eran monosílabas, fue desistiendo poco a poco. ¿Por qué preocuparse por el pasado mientras en el presente se amaran como se amaban? ¿Para qué destapar pozos que no vienen a cuento por la simple curiosidad, por el egoísta afán de poseer los secretos de una persona? Sepultarlos en el fondo de un río mantenía el equilibrio en su relación.
Eso pensaba Becca.
Eso debió haber tenido en mente cuando todo empezó a derrumbarse.
Barcelona. 24 de diciembre, 2018.
La calma antes de la tormenta. ¿Quién no ha usado ese manido cliché? ¿Quién no se ha aferrado a su balsa metafórica cuando el viento deja de soplar y una quietud sospechosa se instala en su vida? ¿No hemos vuelto la vista al cielo y esperado que las nubes negras repten por el horizonte, directas hacia nosotros, porque así debe ser, porque así es y será hasta el final de los tiempos, de nuestros tiempos?
Aceptar la calma es difícil cuando sabes que no durará para siempre.
Aquella Nochebuena en Barcelona una vasta quietud inundaba las calles. La calma antes de la tormenta. Solo que la tormenta había sobrevenido dos días antes, durante las manifestaciones que agitaron la ciudad desde el paseo de Gràcia hasta la Gran Via. De ellas apenas quedaban rescoldos, maderos quemados en la enorme chimenea política, efervescencias que salían a flote dentro de las casas, en discusiones que dividían familias y separaban amigos, que hacían de esa una noche no tan buena.
En el último piso de un edificio en el barrio de Sant Pere, otra clase de tormenta estaba a punto de estallar, una que tenía nombre y apellidos y unos ojos grises que alguien, hace mucho tiempo, había calificado de turbulentos, y que años después los medios de todo el mundo tildaban de icónicos.
Tras los ventanales abiertos y las cortinas de satén que se agitaban tanto como los pies de quienes bailaban, Lena y Joana daban vueltas entre los muebles de su salón al son de Bella Ciao. La primera incluso cantaba, sosteniendo una copa y la mano de la segunda, quien era fan de la serie que había revitalizado aquel himno. Ambas se reían de la absurda danza que estaban inventando y señalaban los pasos más graciosos de la otra. Meses después ese momento sería recordado con una profunda melancolía. Mientras bailaban ignoraban que esa canción era una advertencia de los acontecimientos que sucederían más tarde.
E seppellire lassù in montagna,
o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
E seppellire lassù in montagna,
sotto l’ombra di un bel fior.
Cava una fosa en la montaña,
oh, bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.
Cava una fosa en la montaña,
bajo la sombra de una bella flor.
Daban vueltas tomadas de la mano como un par de niñas. Quien las viese no adivinaría que se acercaban a los treinta años. Lena había derramado una importante cantidad de vino sobre el piso de madera y, después de echar un vistazo al camino rojo oscuro que había dejado a su paso, cayó rendida en uno de los sofás. Jadeando y riendo, Joana intentó levantarla para que siguieran bailando —la canción se repetía en bucle—, pero Lena, que soltaba carcajadas ante el infructuoso esfuerzo de su esposa, intentó mantener la copa en vertical y le dijo:
—Estoy exhausta, bella. —Tiró de Joana, la miró con sus deslumbrantes ojos celestes y estiró el cuello para dejarle un beso en los labios—. Tengo una mejor idea de cómo podemos pasar el tiempo antes de que lleguen los invitados…
Joana arqueó una ceja y sus ojos almendrados repararon en el personal de banquetes. Hombres y mujeres apartaron las miradas y siguieron con sus labores. Lena giró el rostro de Joana, perdió los dedos entre su cabello corto al estilo Peter Pan y le sonrió traviesa.
—¿Quieres…? —murmuró.
Demoraron tres segundos en llegar a la habitación.
La brisa invernal azotaba las cortinas. Lena tiritó y se apresuró a cerrar los postigos. Antes de girarse, sintió cómo Joana le rodeaba la cintura y le decía al oído:
—Pronto necesitaremos aire fresco.
—¿Por qué…?
—Tu piel lo pedirá a gritos.
Lena jadeó cuando las manos de Joana se afianzaron a los bordes de su vestido y comenzaron a levantarlo.
—Vamos a la cama —sugirió.
—No. Quiero que bailemos un poco más.
—¿Bailar?
—Tus caderas contra mis dedos…
El tacto de Joana se perdió entre sus muslos. La acarició por encima de las bragas con una delicadeza tan insoportable que las caderas de Lena hicieron lo que su esposa tanto ansiaba.
—Llévame a la cama —pidió con la voz ahogada.
—Aún no. —Joana hizo a un lado las bragas y deslizó sus dedos de abajo hacia arriba con extrema lentitud—. Te quiero más húmeda…
—¿Más…? —gruñó Lena.
La respuesta de Joana fue desnudarla por completo y desnudarse a su vez. Quedaron frente a frente, piel con piel, y mientras se besaban Joana deslizó su mano entre ambas.
—Por favor… —rogó Lena—, llévame a la cama…
—¿Por qué? —jadeó Joana y la acarició con más firmeza. Lena gimió y tuvo que apoyar la espalda contra los postigos. Joana también se apoyó: una mano contra la madera y la otra firme entre las piernas de su esposa.
—Te necesito dentro, bella —gimió Lena.
—¿Quieres correrte en mis dedos, cariño?
Lena asintió, la rodeó con sus brazos y notó cómo Joana accedía a sus demandas. Intentó mantener las piernas firmes por más que sus rodillas se sintieran de gelatina.
No pudo sostenerse en pie mucho tiempo, pero tampoco tuvieron oportunidad de llegar a la cama…
Poco después, con los postigos abiertos de par en par para que la brisa nocturna se llevara el calor que emanaban, ambas yacían bocarriba sobre la alfombra. Estaban tomadas de la mano y miraban las luces del techo preguntándose si los del banquete habrían escuchado el revuelo.
—¿Crees que esta noche —preguntó Lena aún con la respiración agitada— Patricia por fin se declare a Noelia?
Joana lanzó una carcajada seca.
—Me sorprende hacia dónde se han desviado tus pensamientos.
—Mis esfuerzos como celestina podrían concretarse esta noche —dijo Lena y sonrió traviesa—, es un tema de suma importancia.
—Oh, sí, muy importante. Nadie quiere interponerse entre tú y tus trascendentales deberes de celestina.
Lena gruñó y le dio un pellizco en la palma. Joana emitió un ronco quejido, demasiado exagerado para sonar convincente.
—¿Entonces qué piensas? —insistió la malvada mujer de los ojos celestes—. ¿Crees que Patri se decida finalmente?
Joana se lo pensó mientras observaba las intrincadas molduras del techo.
—La pregunta es si a Noelia le mola Patri. Creo que han tenido demasiadas oportunidades de enrollarse estos meses y Noe no ha aprovechado ninguna. Patricia está loca por ella, pero es demasiado tímida para decirle algo…
—¿Y si las ayudamos…?
—Ah, no, eso no —soltó Joana en tono reacio—. Otra vez no…
—Es nuestro deber.
Joana se rio.
—Nuestro deber es quedarnos al margen…
—Tú le das un empujoncito a Patricia y yo se lo doy a Noe. Tal vez terminen enrollándose esta noche.
Joana se giró sobre su hombro para mirarla.
—Cariño —le dijo con suavidad—, ¿recuerdas que acordamos no volverlo a hacer? Martín y Hugo terminaron muy mal…
—Ya… pero ellos tenían ex muy tóxicos. Es un caso aislado…
—¿Y qué dices sobre Yahir y Jessica? ¿También son un caso aislado?
—Es que no teníamos información suficiente. De haber sabido que él era un obseso de la limpieza y que Jessica era tan descuidada al cortarse las uñas…
—Además están Camila y Lauren…
—¡Hasta tú creías que eran perfectas la una para la otra!
—Todas lo creíamos, pero mira lo que pasó.
—Esta vez será diferente. —Lena entrelazó sus dedos—. Se han estado conociendo por más tiempo, no es algo apresurado. Puedo apostar a que a Noelia también le gusta Patri, pero… —Su voz se tornó seria de pronto y apretó la mano de Joana—, fue criada bajo estándares religiosos muy estrictos y todavía le cuesta dejar eso atrás. Yo sé lo difícil que es…
Joana entendió por qué a Lena le importaba tanto el asunto: su esposa había sido criada en el seno de una familia ultrarreligiosa. Aceptarse le había costado muchísimo, casi tanto como aceptar lo que sentía por Joana. Probablemente se veía reflejada en Noelia y ansiaba ayudarla.
Pero, de todas formas, Joana hizo una mueca. Lo de meterse en la vida de los demás no era lo suyo. Sin embargo, Lena sonaba tan esperanzada —y se veía tan preciosa con las mejillas encendidas y el cabello desparramado a su alrededor como el de una sirena— que terminó cediendo a sus caprichos, como sucedía casi siempre.
—Y para hacerlo más interesante —canturreó Lena y Joana supo que aprovecharía la oportunidad para sacarle todo el jugo al asunto— hagamos una apuesta.
—¿Qué… tipo de apuesta?
—Apostemos sobre quién hará el primer movimiento. Yo gano si Noelia se acerca a Patricia primero y el premio será elegir dónde celebraremos Año Nuevo…
—¡Ah, que era eso! —saltó Joana recriminándose por no haberlo visto venir—. Sigues sin conformarte con el retiro en las montañas. Ya te he dicho que los osos no van a molestarnos.
—Eres muy tonta…
El tema sobre dónde recibirían al 2019 llevaba en discusión desde septiembre y Joana no pensaba ceder al respecto: quería pasarlo lejos de todo. De ser posible, lejos de cualquier red telefónica o de wifi. Su trabajo como programadora la mantenía frente a una computadora el día entero y necesitaba desintoxicarse de eso. Lena había accedido a regañadientes, pues la habían invitado a una fabulosa fiesta en uno de los hoteles más exclusivos de Barcelona y le dolía en el alma perdérsela.
—Si convences a Patricia de que haga el primer movimiento, no tienes nada de qué preocuparte, bella —añadió Lena y le pasó las uñas por el brazo de esa forma que a Joana la hacía temblar—. Vamos, será divertido.
—Lo será para ti, para mí significa que puedo ir despidiéndome de mi paz y tranquilidad en las montañas… Y de los osos…
—No si convences a Patricia…
—Ni siquiera yo estoy convencida de que debamos meternos en esto. Siempre sale mal, cariño. No podemos obligar a las personas a que tengan algo como lo que tenemos nosotras.
—Pero podemos encaminarlas, ¿no es así? Confía en mí, ellas lo necesitan. Noelia lo necesita.
Joana se mordió el labio y Lena lo liberó con el pulgar y se lanzó a aprisionarlo con su boca. Después de una ronda de besos que aumentaron la temperatura en la habitación, Joana terminó cediendo.
—Pero si yo gano —alzo la voz—, nos iremos al fin del mundo. Sin móvil. Sin música. Sin nada…
—¿Sin osos?
—Eso depende de los osos.
—¿Y sin Bella Ciao? ¿Resistirás una semana sin tu canción favorita?
Joana se echó a reír.
—Ni siquiera Bella Ciao.
Lena hizo un puchero y se puso a horcajadas sobre su esposa. Movió las caderas contra ella y provocó una riada de jadeos.
—¿Sin esto? —le preguntó.
Los dedos de Joana le acariciaron los muslos mientras sonreía maliciosa.
—Esto lo quiero siempre…
***
Las reuniones que Elena Ponce organizaba en el departamento de San Pere eran famosas entre sus amistades. La mayoría pertenecía al estrato más alto de la ópera barcelonesa, donde Lena era de las voces más jóvenes y reconocidas. A esas mismas reuniones Joana invitaba a sus compañeros de trabajo, quienes laboraban en un ámbito completamente opuesto: la informática. Había algo sugestivo en observar cómo el frío entorno de los ceros y los unos chocaba y se enredaba con la efervescencia del ambiente del espectáculo. A ambas las fascinaba.
Sobre todo a Lena.
Aquella Nochebuena se paseaba entre los invitados disfrutando del vino que había escogido para la ocasión mientras ese vestido rojo, con detalles en verde y dorado que tanto la favorecían, ondeaba bajo sus rodillas; sus ojos celestes destellaban, como si el impulso eléctrico que crecía en su corazón se le extendiera por todo el cuerpo y detonara en sus iris.
Joana la admiraba en la distancia y sonreía cada que la encontraba con un grupo distinto. Ella y sus colegas, en cambio, comentaban los problemas de procesamiento de los computadores cuánticos: máquinas que, en vez de utilizar bits —donde un bit puede ser 0 o 1—, utilizan cúbits, que pueden ser 0 y 1 al mismo tiempo, además de 0 y 1 por separado. Lena —pensó Joana con una sonrisa dulce— era un cúbit: el centro de atención por ser la anfitriona y, al mismo tiempo, una fiel oyente de las historias de los demás o la protagonista de las mismas.
—No te olvides de la apuesta —murmuró Lena pasando por su lado y dejándole un suave beso en el hombro—. ¿No querías escapar del wifi y celebrar el 2019 con los osos? No te veo luchar por esa paz que tanto anhelas…
Joana gruñó y chasqueó la lengua. Había olvidado la apuesta por completo. Regresó la mirada hacia Patricia, quien estaba siendo una de las oradoras más apasionadas acerca de las computadoras cuánticas. Apartarla de eso no parecía viable. Así que decidió desviar la atención soltando una bomba.
—¿Y qué pensáis sobre las manifestaciones independentistas?
La discusión se tornó acalorada.
Joana notó cómo Patricia se sacaba las gafas y las limpiaba con frustración. Odiaba la política. De hecho, odiaba hablar de casi todo excepto música e informática. Joana esperó un tiempo prudente —no podía marcharse si había sido ella la que sacó el tema—, pero cuando Fabio empezó con una larga perorata sobre lo que estaba mal en Catalunya, le hizo señas a Patri y la condujo a la barra de cócteles. Se pidieron un par de Manhattans y se marcharon a conversar cerca de un ventanal.
—Llevas la noche entera mirando a Noe —dejó caer Joana sin perder el tiempo. Sintió un retortijón de culpa en el estómago.
—¿He sido tan obvia? —se lamentó Patricia y se tapó la cara con la mano que tenía libre—. ¿Crees que ya se ha dado cuenta?
—Supongo que sí, porque ella también te ha echado miradas toda la noche.
—¿Me tomas el pelo?
Joana no mentía, pero tampoco las miradas de Noelia habían sido tan insistentes como las de Patricia. Sin embargo, existían, y si existían, había una razón. Joana se sintió mal por maquillar la realidad, pero intentó convencerse de que estaba actuando por el bien de su amiga.
—Te lo juro —aseguró y volvió a sentir el tirón en el estómago—. ¿Por qué no vas a hablar con ella? En la última reunión os vi muy juntas y pensé que os iríais igual.
—No me atreví. Ella… sugirió algo, pero yo…
—¿Qué sugirió?
—Que fuéramos a su casa a tomar una copa.
—¡Pero si entonces está clarísimo!
—¿Clarísimo… qué?
—Que le molas.
—No sé… Está fuera de mi alcance…
—¿Por qué dices eso?
—Mírame. —Señaló el vestido que llevaba, uno cerrado de color gris oscuro, muy conservador—. Y mírala… —El de Noelia dejaba la espalda al descubierto y un corte lateral mostraba desde su muslo hasta su tobillo—. Tal vez solo quería que tomáramos una copa para seguir contándome sus problemas. Tiene muchos. Y yo tengo una mente muy lógica y la ayudo a solucionarlos, ¿sabes? Sobre todo si se trata de estrategias de optimización…
—La única estrategia de optimización que quería Noelia era la de tu lengua en su…
Patricia se rio compulsivamente y Joana la acompañó.
La verdad es que tenía algo de razón: a primera vista Noelia parecía un poco fuera de su liga. Tenía los rasgos simétricos de una belleza canónica, se maquillaba y proyectaba una imagen cuidada hasta en el último detalle. En cambio Patricia odiaba tomar decisiones que para ella no valían la pena como qué ropa ponerse al despertar, así que se vestía igual todos los días —¡al estilo de Mark Zuckerberg!—, también llevaba el mismo peinado casi siempre y pocas veces se maquillaba. Era bonita, inteligente y una chica muy centrada. Un gran partido para alguien que no buscara algo… convencional.
—Si Noelia intentó dar el primer paso y tú la rechazaste —dijo Joana, pensativa—, es poco probable que se atreva a hacerlo otra vez.
—Si nos basamos en la estadística…
—Entonces tendrás que ser tú.
—¿Yo? —se atragantó Patricia y sonrió nerviosa. Se acomodó las gafas y suspiró—. No puedo. No…
—Claro que puedes. Solo necesitas llevarla a un sitio más privado. Al balcón, por ejemplo…
—¿Pero con qué excusa podría hacerlo?
—Noelia fuma, ¿no?, y ahora mismo debe de estar muriendo por un piti. Invítala a fumarse uno…
—Pero ella sabe que yo no fumo.
Joana hizo una mueca y se sintió mal por formular las siguientes palabras, tan mal que su estómago ardía dolorosamente:
—Pues dile que has empezado a fumar.
—Es que yo no sé ni fumarme la pipa de la paz.
Y se sintió aún peor cuando dijo:
—Pues finge, pero tienes que dar el primer paso sí o sí.
—No tengo cigarrillos que ofrecerle.
—Eso se arregla fácil.
Joana llamó a un mesero y este le entregó una de las cajetillas que llevaba en el delantal y un encendedor.
Patricia los recibió como si se tratara de los implementos de un agente secreto y, con un ligero empujoncito por parte de Joana, se acercó a Noelia, que en ese momento se reía de la broma del comediante de turno.
Joana no pudo escuchar lo que decían, pero supo por la gestualidad de ambas que algo había salido mal. Patricia regresó con los hombros caídos y una mueca de decepción.
—Que no fuma —le informó a Joana.
—¿Cómo que no fuma?
—Que lo ha dejado.
—¿Cuándo?
—Hace una semana… —Patri suspiró y se terminó su cóctel de golpe. Lo dejó en la barra y añadió—: dijo que es una promesa que le hizo al Niño Jesús.
—¿Al Niño Jesús? —remarcó Joana estupefacta—. Vaya putada, tía… El Niño Jesús te acaba de joder las Navidades…
Ambas se echaron a reír ante lo absurdo que sonaba eso. Se rieron tanto que no notaron el abrupto cambio en el ambiente. Las conversaciones se habían convertido en murmullos y poco a poco se fueron apagando para ser reemplazadas por frases impetuosas:
—¿Es ella?
—No puede ser ella. Lo último que supe es que pasaría las fiestas en Las Vegas…
—Pero sí es, mira sus ojos, son inconfundibles… ¡Y los tatuajes!
—Puede ser una imitadora, hay tantas en el teatro musical.
—Pero es que es idéntica.
—Imposible que sea ella.
—¡Pero que es igual!
Lena fue por Joana y la tomó del brazo —su esposa aún se reía de lo del Niño Jesús— y le dijo algo que Joana no entendió a la primera:
—Ella está aquí.
—¿Ella?
—Finalmente acude a nuestra invitación.
—¿De quién hablas…?
Joana siguió a Lena entre los invitados que ya se arremolinaban ante el arco del vestíbulo e incluso se paraban de puntitas para ver mejor. Al percatarse de la identidad de la mujer que acababa de llegar, Joana mudó de expresión: primero sorpresa, luego una alegría absoluta. Porque ahí, en la entrada al salón, luciendo tan imponente y surreal como siempre, se encontraba ni más ni menos que su amiga de toda la vida.
Emma Lerroux.
La Marquesa.
Inevitable. Los medios alrededor del mundo calificaban a Emma Lerroux con ese adjetivo: inevitable; y nadie que la viese en persona lo habría negado. Cuando entraba en un lugar, las personas dejaban lo que estuvieran haciendo y la observaban. Ni el más desdeñoso podía salvarse. No era solo que desprendía un halo de belleza y misterio imposible de ignorar, era que al mirarla, más allá de la crisálida que la contenía, sentías una punzada en el corazón, un desgarro fascinante. Emma era la gravedad hecha mujer: la misma atracción que impulsa los objetos hacia el centro de la Tierra impulsaba a las personas hacia la órbita de la Marquesa y les hacía preguntarse qué gran tristeza escondían aquellos ojos grises.
Ni siquiera Joana, que conocía a la Emma que se escondía tras la que sus invitados miraban embelesados, se convencía de que estuviera allí. Fue tal la impresión, que posó la mano en el hombro de su amiga, temiendo que aquel cuerpo esbelto se convirtiera en humo. Emma sonrió, casi la misma sonrisa hoyuelada que tenía desde niña, y colocó su mano sobre la de Joana.
Se abrazaron.
Joana sintió los omóplatos sobresalientes en la espalda de Emma y se dio cuenta de lo delgada y frágil que estaba. Temió que si la estrechaba con fuerza se quebraría de alguna forma.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó al separarse.
Los ojos grises de Emma escrutaron los alrededores y gran parte de las miradas fijaron su atención en el suelo o voltearon, indecisas, hacia otro punto del salón.
—Decidí aceptar tu invitación —respondió la Marquesa.
—Te hemos invitado muchas veces en estos años —intervino Lena y deslizó sus dedos entre los de Joana con aire posesivo—, ¿por qué te ha dado por aparecer ahora?
—Porque no he podido antes y tal vez no pueda hacerlo después. —Emma volvió a sonreír, solo que en esta ocasión fue una sonrisa ladeada, un tanto retadora. Dio un paso hacia Lena, que era unos centímetros más baja que ella, y escrutó su rostro con una intensidad que pocos habrían soportado—. Pareces muy feliz de verme.
—¿Se nota? —preguntó la aludida con sarcasmo.
—Mucho. Apuesto a que has colocado un plato en la mesa esperando mi llegada durante todos esos años que mencionas.
—Por supuesto…
—Lamento haberte dejado esperando, querida Elena, pero aquí me tienes. Me tienen, en realidad. —Le guiñó a Joana y sus profundos ojos grises repasaron el salón. Los invitados intentaban reanudar sus conversaciones, pero no se perdían detalle de lo que Emma hacía—. ¿Qué suelen hacer esta noche? ¿Cantan villancicos?
—No es una mala idea. —Joana rio y se desembarazó de la sujeción de su esposa. Antes de que Lena pudiese abrir la boca, se llevó a Emma lejos de la multitud—. Dime la verdad —le susurró mientras salían al balcón y cerraba los postigos a sus espaldas—, ¿por qué has venido?
—Tenía tiempo y quería verte.
—¿Solo eso?
—¿No me crees?
—No es que no te crea, solo que siempre hay algo más…
Emma asintió, dejó caer los hombros y dijo:
—Me conoces muy bien.
La pose despreocupada que había estado usando se desvaneció, se quitó la máscara jovial, apoyó los antebrazos en la barandilla y pasó de ser una diosa griega a una mujer al final de la veintena en una noche de fiesta. Llevaba un vestido negro, que le entallaba la figura delgada y dejaba al descubierto la pronunciada clavícula y los brazos llenos de tatuajes, una composición única de símbolos que solo para Emma tenía sentido. Suspiró y estiró el cuello, que dio la impresión de ser aún más largo, hacia donde debían estar las estrellas.
—Mi vida es un desastre —le confió a Joana, quien no se mostró sorprendida. Emma aparecía seguido en las noticias de la farándula y casi nunca debido a sus logros. Poco importaban los Grammys que hubiera ganado o el trabajo social que había emprendido en Ruanda. Cada persona en el mundo quería devorar las minucias personales de la famosísima Emma Lerroux y lo cierto era que su vida íntima estaba repleta de altibajos—. Tú siempre has sido mi ancla —continuó diciendo la Marquesa—. Quería verte. Recordar lo que fuimos…
—M&M —dijo Joana, era el apodo que le había dado a Emma desde el internado—, ese es el problema: no se vive en el pasado.
—Incluso aunque no quiera, siempre regresa. —Emma intentó pasarse la mano por el cabello cobrizo, pero llevaba un moño intrincado y se lo tocó como si hubiera olvidado que estaba ahí—. El pasado vuelve y me golpea como un búmeran. Y es casi ineludible cuando estoy sobria…
—¿Y lo estás ahora?
—Intento estarlo. —Bajó la cabeza hasta que su frente se posó en el frío barandal de hierro forjado—. Lo intento de verdad, pero… —Suspiró y su mirada se perdió en las luces de la ciudad—. Quisiera ser como Barcelona, ser así de ordenada, que alguien me hubiera trazado y planificado para que mis calles crearan una cuadrícula perfecta. Así no me perdería en el laberinto de mi mente, no tomaría un camino que pienso que me llevará a un lugar y termina por arrojarme a otro…
Joana la vio acariciarse las muñecas y entonces entendió los sombríos pensamientos que cruzaban la mente de su amiga. Tal vez por eso había ido esa noche, para recordar que cualquiera que fuese el camino, siempre podría tomar la desviación hacia Joana y su amistad, hacia ese lugar donde no tenía que pretender ser fuerte y enmascarar sus temores, donde podía derrumbarse.
—Puede que ser como Barcelona tenga sus ventajas, pero en algún punto se vuelve aburrido. Sé tú, Emma, tan laberíntica y tormentosa como siempre, solo tienes que aprender a no perderte. Conócete tanto que puedas contrarrestarte a ti misma, a eso que te hace daño, a eso que ocultas en tus laberintos, olvida el camino para llegar ahí. Bórralo. Traza sendas hacia cosas mejores…
Emma sonrió un poco.
—¿Quieres contarme qué es exactamente lo que ha estado pasando? —añadió Joana.
—Tú lo sabes mejor que nadie. —Emma se irguió, dio media vuelta y apoyó su talle contra el barandal—. Fuiste testigo de cómo empezó…
—M&M…
—Sé lo que me vas a decir, lo sé. Y quisiera ser como tú. De grande quiero ser como tú…
Joana soltó una carcajada.
—Estoy segura de que hay millones de niñas en el mundo que sueñan con ser tú, la superfamosa Emma Lerroux.
—Es que no te han conocido.
—El espectáculo no es lo mío.
—Sin embargo, te casaste con Elena.
—¿Me vas a decir qué ha sido lo de hace un momento? —inquirió Joana, recordando las palabras que Emma y su esposa habían intercambiado.
—A Elena le encanta jugar a que no me odia.
—No te odia.
—Por supuesto que sí me odia. No soporta la idea de que me quieras…
—Pero si no te quiero.
—Lo sé, querer es poco. Me adoras. Pero por el bien de Elena vamos a decir que solo me quieres…
Siguieron así por un rato hasta que escucharon el rumor de villancicos y se decidieron a entrar.
***
Los invitados estaban congregados alrededor del piano mientras las manos de Lena se deslizaban sobre las teclas. Una cortina de personas se apartó para que Joana y Emma accedieran al centro de la congregación, y tímidas peticiones sobre que la Marquesa compartiera los villancicos que conocía se hicieron escuchar.
—Dudo que tenga algo nuevo que ofrecer al respecto —pronunció Emma con su voz aterciopelada y una sonrisa tímida.
—Te lo piden integrantes de la ópera de Barcelona —remarcó Lena, disimulando su molestia y sin dejar de tocar—. Algún valor debe de tener eso, supongo.
Lerroux no pretendía negarse. Tomó asiento junto a la esposa de Joana, cruzó las piernas y permitió que el público se deleitara con el arco de su espalda antes de que sus largos dedos acompañaran la tonada. Sus talones fueron los primeros en llevar el ritmo de la música; luego, su voz, profunda y melancólica, se unió a las demás.
«Su virtuosismo vocal es incuestionable y se está convirtiendo en una de las voces más magnéticas de los últimos tiempos. Los melismas que Emma Lerroux alcanza en la mayoría de sus presentaciones no tienen par. Nada mejor que ir a un concierto y disfrutar con los matices que entrega en cada interpretación…». Joana recordó haber leído aquellas palabras en la revista Vanity Fair del mes de agosto, donde Emma aparecía sosteniendo el micrófono en medio de un concierto en Irlanda. Las recordaba tan bien porque resultaron ser tan solo la «introducción amistosa» de un artículo que vapuleó a la cantante mencionando su más reciente escándalo: el de cómo había destrozado las botellas de la suite presidencial en el Hôtel Plaza Athénée y cómo las chicas que la acompañaban, cinco supermodelos francesas, se habían lastimado los pies debido a los vidrios rotos.
Parecía que ninguno de los invitados recordaba el incidente mientras la Marquesa cantaba. Ella no proyectaba la voz o siquiera intentaba destacar, pero los demás cantaban más bajo para escucharla. Todos menos Lena, cuya voz —que también poseía algo fuera de la norma— se elevaba creando una armonía con la de Emma que mucho distaba de la rivalidad que se tenían sus dueñas.
Interpretaron cuatro villancicos y entonces alguien —a Joana le sorprendió que fuese Noelia— le pidió a Emma que cantara alguna de sus canciones.
Emma sonrió, pero Joana pudo ver lo que ocurría tras esa sonrisa mecánica: era la sonrisa que utilizaba en público, con los medios, ante los fans, una sonrisa aprendida a base de años de usarla. Notó que la petición de Noelia caía como peso muerto sobre los hombros de su amiga, pero no se atrevió a intervenir. Lena se había levantado del banco —un poco a regañadientes— para dejar el espacio exclusivamente a Lerroux. Joana la vio colocar los dedos sobre las teclas y dudar, como si de repente el código que tenía en su cabeza para tocarlas se hubiese perdido. Sus largas pestañas aletearon, entreabrió los labios y mordisqueó el inferior como si de verdad estuviera haciendo un esfuerzo por recordar qué era lo que hacía el instrumento que tenía enfrente.
Tocó una única nota.
Y esa dio paso a las demás.
Los invitados estaban encantados. Emma comenzó por una de las canciones más populares de su grupo, El disparo en la nieve, y prosiguió con otro de sus grandes éxitos, Un túnel bajo el agua.
Cruza el túnel,
porque ahogándote te salva,
por dentro te purifica.
Luces de colores te esperan,
hojas de otoño que flotan sobre el agua
y unos ojos tan dorados como ellas.
Joana no reconoció la tercera canción y eso que se consideraba fan del grupo de Emma. Tenía todos los discos de The Marquise and the Rock Princesses y solía estar atenta al lanzamiento de los nuevos singles. Por cómo intercambiaban miradas los invitados, estaba claro que tampoco reconocían la canción. No tenía letra, solo era una tonada simple en el piano, pero Emma la interpretaba con una melancolía que erizaba la piel.
¿Era una nueva composición?
Todos debieron de llegar a esa conclusión porque sacaron sus teléfonos y comenzaron a grabar. Joana intentó detenerlos —como los había detenido durante los villancicos—, pero Emma intervino y dio su consentimiento para que grabaran, incluso prometió compartirlo en sus redes si la etiquetaban.
—¿Estás segura? —le murmuró Joana.
—Lo estoy —aseguró Emma y continuó—. Dejemos que sea una especie de regalo navideño para mis fans.
Joana se acercó a Lena, quien le susurró a su vez:
—¿Cuánto crees que crezcan las redes de todos para mañana a esta hora?
—¿Me preguntas por el porcentaje exacto?
—Para algo debe de servir la mujer informática que tengo en casa.
—¿Que folle bien no es suficiente?
—Es que folla incluso mejor cuando me da datos exactos sobre cualquier cosa…
—Entonces tendremos que ir a la habitación, porque tu mujer informática necesita su portátil para hacer algunos cálculos.
—Perfecto. —Lena le acarició el brazo con la uña—. De todas formas, tengo que enseñarte algo…
Ese algo era el conjunto de encaje escarlata que Lena tenía bajo el vestido. No era el mismo que terminó en el suelo antes de la fiesta y Joana se arrodilló a sus pies con solo verlo.
—Es tu regalo de Navidad adelantado —jadeó Lena cuando Joana pasó su lengua por el encaje. Menos de un minuto después, le rogó que le quitara las bragas…
Cuando regresaron a la fiesta descubrieron que Emma y Noelia hablaban crípticamente en una esquina del salón. Lo peor no era la expresión de Patricia, que observaba la escena con cierto rencor, sino que Emma sostuviera una copa de vino en la mano.
—Me dijo que estaba intentando mantenerse sobria —acotó Joana.
—¿Y la creíste? —dijo Lena y soltó una risotada escéptica—. ¿No salió de rehabilitación en septiembre?
—Iré a hablar con ella…
—No es una niña ni tú su niñera —la detuvo Lena.
—Pero al menos debería cuidarla mientras está aquí.
—¿Y quién va a cuidar de ella cuando se marche? —Lena movió la cabeza negativamente y miró a su esposa con un deje de preocupación—. Ya hablamos de esto. No puedes detener el huracán que es Emma Lerroux. No quiero que volvamos a eso, que lo que hace o no hace vuelva a afectarte…
Joana hizo una mueca angustiada, pero sabía que Lena tenía razón. Alguna vez había intentado intervenir tanto en la vida de su amiga que habían terminado haciéndose daño y alejándose. No quería que volviera a pasar.
Así que trató de disfrutar de la fiesta, aunque su mirada se desviaba hacia Emma y Noelia. Estaban muy juntas y, aunque Emma siempre había evitado el contacto físico con extraños, no parecía importarle que Noelia pasara las uñas por sus tatuajes mientras le decía algo al oído. En algún momento las perdió de vista y, cuando las volvió a encontrar, Noe tenía una marca en el cuello que no estaba ahí antes. Por la tensión en el rostro de Patricia, ella también lo había notado y sufría.
Se sirvió la cena y, para entonces, Emma había vaciado su copa ocho veces y se sentía más cómoda respondiendo las preguntas que los valientes se atrevieran a formular. En secreto, Joana les pidió a los meseros que le ofrecieran bebidas donde pudiesen disimular la falta de alcohol y al principio el plan funcionó a la perfección.
