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Es otoño de 2005 y la vida de Yzayana está destrozada. Su madre ha muerto y no le queda nada a lo que pueda llamar familia. Servicios Sociales amenaza con llevársela, pero gracias a la intervención de una anciana excéntrica, Yza consigue un lugar en el internado femenino más prestigioso del país. A Yza no le importa encajar, pero sí descubrir los secretos que giran en torno a la muerte de su madre. Sin embargo, un conflicto está por desatarse y amenaza con enredarla en un misterio más apremiante: ¿por qué la chica más popular de la academia la odia tanto? Emma Lerroux aborrece perder el tiempo en tonterías. Es hermosa y arrogante, resulta difícil escapar de su magnetismo. Su objetivo es graduarse y librarse del control de su familia, pero cuando su madre cae enferma, sus planes se tambalean. Y la chica nueva, a la que detesta, podría colarse en su corazón sin que Emma lo note. Ambas emprenderán un camino donde la inocencia y la crueldad se intercambiarán los rostros, y los secretos del pasado volverán para sepultarlas bajo las sombras. Bajo las sombras es una novela ambientada en México en la que su autora aborda, entre otros temas, la homofobia, el racismo, los lazos familiares, y cuyos personajes —dolorosamente humanos— nos guían entre cimas y abismos hacia una tragedia que parece irremediable, pero al mismo tiempo reivindican la capacidad de amar incluso en los contextos más difíciles. Es la primera parte de la trilogía El misterio de la Escritora. -- En este libro se abordan temas sensibles (ver aviso interior).
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Seitenzahl: 543
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Stef León nació en Ecuador, un país repartido entre hemisferios. Eso le hizo sospechar que una línea invisible dividiría sus aficiones. De pequeña era tan inquieta que su madre tenía que inventar cuentos para mantenerla enfocada. Es muy probable que aquel fuera el comienzo de su amor por las historias. A los once años, mientras pintaba un mural y escribía su primer cuento, descubrió que la clave para vencer su timidez estaba en el arte. Sin embargo, una inesperada habilidad en matemáticas desvió sus pasos hacia la carrera de Matemática Pura.
En 2016, compartió su primera historia en una plataforma online y, para su sorpresa, recibió una cálida acogida. Hoy en día, combina su afición por escribir con su lado más científico, ha sido madre de innumerables felinos y corre el rumor de que uno de ellos es el escritor fantasma de sus novelas, cuyos misterios han puesto en jaque a miles de lectoras alrededor del mundo.
@stefy_leonn
@stefy_leonn
Ilustración de portada: Lucía Antru
Es verano de 2005 y la vida de Yzayana está destrozada. Su madre ha muerto y no le queda nada a lo que pueda llamar familia. Servicios Sociales amenaza con llevársela, pero gracias a la intervención de una anciana excéntrica, Yza consigue un lugar en el internado femenino más prestigioso del país.
A Yza no le importa encajar, pero sí descubrir los secretos que giran en torno a la muerte de su madre. Sin embargo, un conflicto está por desatarse y amenaza con enredarla en un misterio más apremiante: ¿por qué la chica más popular de la academia la odia tanto?
Emma Lerroux aborrece perder el tiempo en tonterías. Es hermosa y arrogante, resulta difícil escapar de su magnetismo. Su objetivo es graduarse y librarse del control de su familia, pero cuando su madre cae enferma, sus planes se tambalean. Y la chica nueva, a la que detesta, podría colarse en su corazón sin que Emma lo note.
Ambas emprenderán un camino donde la inocencia y la crueldad se intercambiarán los rostros, y los secretos del pasado volverán para sepultarlas bajo las sombras.
Bajo las sombras es una novela ambientada en México en la que su autora aborda, entre otros temas, la homofobia, el racismo, los lazos familiares, y cuyos personajes —dolorosamente humanos— nos guían entre cimas y abismos hacia una tragedia que parece irremediable, pero al mismo tiempo reivindican la capacidad de amar incluso en los contextos más difíciles. Es la primera parte de la trilogía El misterio de la Escritora.
Bajo las sombras
El misterio de la Escritora I
Stef León
Primera edición: junio de 2022
© Stef León, 2022
© Letras Raras Ediciones, S. L. U., 2022
© Lucía Antru (IG @lucia_antru), ilustración de la portada, 2022
© @weirdowithluv y @naian_art (ilustraciones interiores y fichas de las alumnas), 2022
LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S. L. U.
www.leseditorial.com
ISBN: 978-84-17829-74-2
IBIC: FRD
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Advertencia de contenido: se abordan temas sensibles como bullying, suicidio o abuso, pero no se incluyen escenas gráficas de los dos últimos temas.
Para Angélica, por luchar a mi lado
contra todos los monstruos.
Y para Canek, el de la buena suerte.
Tu ausencia me empujó a escribir esta historia.
Tú salías y entrabas a tu antojo,
pero en invierno te quedabas dentro,
orondo con tus pieles de director de funeraria;
soñabas con la luz del sol,
soñabas con gorriones degollados,
gato negro, que ya no estás aquí.
MARGARET ATWOOD, La puerta
Hay una cierta Luz Sesgada,
en las tardes de Invierno —
que oprime, igual que el Peso
de la Música en una Catedral —
Una Herida Celeste nos inflige —
y no encontramos cicatriz,
sino un cambio por dentro,
en el lugar de los Significados —
Nada puede explicárnosla — ni Nadie —
es el Sello de la Desesperanza —
el dolor imperial
que nos viene del Aire —
Cuando llega, el Paisaje presta oído —
y las Sombras — contienen el aliento —
Al irse, se parece a la Distancia
con que mira la Muerte —
EMILY DICKINSON, Poema 258
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Ofelia Barozzi observó el entierro desde la última fila. Medio oculta bajo las sombras del luto, contempló el curso de la ceremonia sin moverse ni pronunciar sonido. Cuando el sacerdote les pidió rezar por el alma de la difunta, la anciana mantuvo la mandíbula apretada. «¿Qué clase de salvación encontraría Ylari Amaru en el más allá?», pensó. La rabia reverberaba en su interior, aunque por fuera se mostrara serena, una estatua jorobada y vieja, casi indiferente, una estatua de mármol en medio del cementerio. Nada inusual.
Ofelia Barozzi había cometido errores en la vida, pocos, pero errores garrafales. Sus grandes triunfos tenían esa contraposición catastrófica. Asistir al entierro de su peor enemiga se contaba entre ellos, porque significaba aceptar que la muerte le había arrebatado su tan ansiada venganza.
Le dolía la espalda, como todos los días después de que despertara en el hospital con la columna deformada. La dosis de morfina que había tomado por la mañana no estaba siendo suficiente, así que se tragó dos pastillas, pero, a diferencia de la punzada en las cervicales, la rabia tal vez nunca disminuiría.
Marcharse e intentar vivir con el regusto amargo de una tarea inacabada parecía ser la mejor opción a esas alturas, pero la anciana tenía una razón poderosa para seguir soportando la silla desvencijada: la muchacha.
Ofelia la distinguió como la única ocupante de la fila dispuesta para los familiares de la difunta. Tan estática como la anciana, la joven mantenía la mirada baja y se distinguía el cuello mal doblado de su vestido negro. El sacerdote tuvo que llamarla dos veces para captar su atención: «Yzayana, Yzayana». La anciana la siguió con la mirada mientras la chica se paraba frente a todos y pronunciaba un discurso.
Las palabras de Yzayana provocaron en Ofelia Barozzi un escalofrío, una anomalía en su voluntad. La voz de aquella chica le picó el corazón como un pájaro carpintero y tocó un nervio profundo y sensible. Le arrebató la tranquilidad, la frialdad, todo…
«Debo repudiarla», se dijo, porque era lo natural, porque había odiado a la madre, y madre e hija encajaban en el cliché de las gotas de agua: eran idénticas. La misma cabellera negra recogida en un par de trenzas, la piel marcada por el mestizaje, los pómulos casi felinos, las cejas desafiantes. Ambas tenían ese algo salvaje que a cualquiera le provocaba retroceder un paso. No obstante, cuando se colocó bien las gafas y la examinó con más atención, encontró en los rasgos de la muchacha los de Marcus Barozzi, el hijo de Ofelia. Presentes estaban en el rostro de Yzayana, como presentes siempre estaban en los pensamientos de la anciana. Eran las facciones de un joven ingenuo que las garras de un monstruo habían destrozado.
Y los ojos…
«No puedo ignorar esos ojos dorados», se dijo, porque eran el par de estrellas jóvenes que a Marcus le habían sido arrancados de las cuencas. Eran la prueba del lazo de sangre que muchacha y anciana compartían. Yzayana Amaru era, indudablemente, la hija de Marcus, la nieta de Ofelia. La última heredera de una maldición.
La anciana quiso odiar al fruto de la maldad de su enemiga, pero no pudo. Yzayana era una víctima y Ofelia se preguntó si podría protegerla de las sombras que se cernían sobre ella. ¿Sería capaz de presentarse como su abuela y revelarle la dolorosa tragedia que se ocultaba tras su nacimiento?
El abogado le había dicho que la muchacha desconocía las circunstancias infames en las que había sido concebida. Revelarle un secreto como ese no solo era cruel, la marcaría para toda la vida. Lo más piadoso era abandonarla a su suerte y que nunca descubriera la verdad.
Ofelia se levantó. A sus espaldas esperaba un Cadillac reluciente que la llevaría de regreso al hostal y al silencio que sepultaría el secreto más doloroso de su existencia. Dos caminos. Una decisión. Enfrentar o escapar. Ir hacia adelante o retroceder. Retroceder o ir hacia adelante…
Caminó, de eso fue consciente. Se apoyó en su bastón y caminó por el césped amarillento. Sus pasos se detuvieron junto a la tierra que esperaba ser arrojada sobre el féretro. Se encontraba tan cerca de su enemiga que le repugnaba, pero, al mismo tiempo, estaba tan lejos de ella que la eternidad no bastaría para volver a encontrarlas.
—¿Cómo te sientes?
Yzayana estaba tan absorta mirando la tierra que ni siquiera se giró hacia quien le hablaba. Era una pregunta absurda, de todas formas, tan absurda que a continuación sucedió lo que Ofelia temía. La muchacha cayó de rodillas como si hubieran dejado de aguantar su peso. La anciana le puso la mano en el hombro, intentando reconfortarla, y sin saber qué más hacer o decir, como si la adolescente fuese ella y no su nieta, dejó escapar aquello que la atormentaba.
—Tu madre vivirá en ti, no morirá jamás.
—Ese es el problema —pronunció Yzayana sin dejar de temblar—. Se ha marchado para quedarse por siempre.
Los temblores crecieron, los asistentes las rodearon, murmuraron mil consejos, pero nadie actuó. Ofelia enjugó la frente de su nieta y notó que tenía fiebre. Pidió un doctor. Los temblores cesaron, pero solo porque Yzayana se desmayó.
***
Estaban en un salón privado del hostal. Los ojos dorados de Yzayana, antes perdidos en la oscuridad de sus propios párpados, examinaban la habitación como descifrándola.
A la anciana, esa mirada la asustaba.
¿Había sido un error traerla consigo?
Ver a su nieta desmadejada al borde de la fosa, con los ojos dorados cerrados al mundo, fue recordar a Marcus, sus soles apagados para siempre. Al final, el miedo la empujó a actuar. Fue el miedo de que la muchacha compartiera el destino de su padre.
Sin embargo, cuando Yzayana despertó, Ofelia no tuvo el valor para contarle la verdad. No pudo decirle: «Soy tu abuela. He venido por ti. No estás sola». Guardó silencio sin saber el peso que tendría esa decisión a futuro. Lo que sí sabía era que debía llamar al abogado e informarle de que no le contaría la verdad a la muchacha, no todavía.
El abogado era un hombre alto con la mitad del cráneo atacada por la calvicie. Vestía de negro y, cuando llegó, no tardó en extender los papeles sobre la mesa y los leyó en voz alta.
—Te heredó todo… —le dijo a la muchacha.
Aunque con «todo» se refiriera a una cabaña destartalada en las montañas, a un viejo jeep que día arrancaba y día no, y a las regalías por unos libros que nunca habían figurado, ni de lejos, en la lista de los best sellers.
—… pero lamento decirte que pasarán a tu nombre cuando cumplas los dieciocho años. Están en un fideicomiso. Como sabes, tu madre tenía muchas deudas y no quiso arriesgarse a que la embargaran a su muerte.
—¿Y eso significa…?
—Significa que tienes dos opciones: puedes quedarte en el pueblo y esperar a que Servicios Sociales se haga cargo de ti o puedes marcharte con la señora Barozzi, aquí presente. —La anciana intentó sonreír—. Ella es la directora de la Academia Barozzi de Artes y Ciencias…
—¿La qué?
—La Academia Barozzi de Artes y Ciencias —repitió la anciana—. Imagino que nunca has escuchado de ella.
La muchacha lo confirmó.
—Es una de las instituciones educativas más prestigiosas de todo México —añadió el abogado como si esa información la conociera todo el mundo—. El fideicomiso contiene una cláusula donde se especifica que, si la señora Barozzi se convierte en tu tutora legal, los bienes de tu madre pasan a ser el pago por los años que se hará cargo de tu educación. Terminarás tus estudios como interna de la academia y ella te ayudará a conseguir una beca en la universidad de tu preferencia.
La muchacha traspasó a la anciana con una mirada sospechosa.
—¿La Escritora la escogió como mi tutora? —preguntó.
—¿La escritora?
—Mi madre, Ylari. No le gustaba que le llamara «madre», prefería que usara su nombre o que le dijese «escritora».
—La Escritora, como la llamas, me escogió para tu tutela, así es.
—¿Por qué? —insistió Yzayana—. ¿Qué tiene que ver usted con ella?
—Ylari estudió en la Academia Barozzi. Allí nos conocimos. Supongo que, como antigua interna, pensó que era el mejor lugar para que continuaras tus estudios. Me gustaría darte una respuesta más concreta, pero la verdad es que tu madre no detalló sus motivos. Le dejó, al abogado aquí presente, una carta muy escueta.
—¿Puedo verla?
Los adultos se miraron entre sí y la anciana asintió. El hombre extrajo el documento del maletín y se lo entregó a Yzayana. La adolescente lo examinó. La carta redactada en máquina de escribir daba instrucciones específicas sin recaer en ningún sentimentalismo.
La muchacha se la devolvió al abogado y dejó caer la nuca contra el filo del respaldo de la silla. La anciana notó que tragaba saliva y los ojos se le habían empañado.
—¿Es cierto que me ayudará a entrar en la universidad que yo elija? —preguntó con la voz temblorosa.
—Siempre que mantengas un buen promedio —recalcó Ofelia.
—¿Pero lo hará?
—Lo haré.
—¿Lo promete? No importa la carrera que escoja.
—Lo prometo.
La muchacha se quedó pensativa y la anciana casi deseó que declinara la propuesta, así no tendría que decirle la verdad, podría huir y enterrar el secreto una vez más, tal vez para siempre.
—Iré a la academia —decidió Yzayana. No sabía que estaba sellando el contrato de una tragedia. Ofelia tampoco lo sabía.
—Perfecto. —El abogado sonrió mecánicamente—. Necesito que firmen aquí y aquí.
Más tarde, fuera del alcance de los oídos de Yzayana, el hombre interrogó a Ofelia:
—¿Cuándo piensa decírselo?
—¿Qué cosa?
—Que es su abuela.
—Se lo diré cuando sea oportuno.
—Pero señora…
—¿No cree que la muchacha ha sufrido lo suficiente?
—No tiene que decirle toda la verdad si no quiere. En este momento nada la reconfortaría más que conocer a su abuela y al resto de la familia.
Ofelia casi bufó.
—¿No se dio cuenta de lo inquisitiva que es? —soltó—. Es tan inquisitiva y desconfiada como lo fue su madre. Si le revelo una parte de la verdad, no descansará hasta llegar al fondo y eso solo la dañará. Es muy joven para entender ciertas cosas. Le pido que haga el favor de confiar en mí y mantenga la boca cerrada.
—Así lo haré, señora. De todos modos, Ylari Amaru tampoco estaba interesada en revelar sus secretos.
La anciana se estremeció al oír aquel nombre.
—Ylari Amaru estaba loca —siseó—. Huyó todos estos años para qué, ¿para terminar ofreciéndome a su hija en bandeja de plata? ¿Por qué me dejó la tutela si me odiaba tanto?
—Tal vez confiaba en que usted no odiase a su nieta. —El abogado se abotonó el abrigo. Estaban fuera de la posada y el viento frío calaba en los huesos.
—No lo sé, pero aquí hay gato encerrado.
—Lo que hay es una muchacha que ha vivido en las montañas toda su vida. Este pueblo es lo único que conoce. Es huraña, como una flor del páramo. Necesita tratarla con tacto.
—¿Cree que no sé cómo lidiar con una adolescente?
—No he dicho eso, señora…
—Le pido que no se entrometa en mis asuntos y se preocupe por trabajar en lo que acordamos. Necesitamos contactar a las personas adecuadas.
Cuando el hombre se marchó, la anciana aprovechó para llamar a Liliam. Había postergado el momento tanto como había podido, pero ya no podía dilatarlo más.
Liliam se mantuvo en silencio. Solo su respiración, a ratos entrecortada, era la prueba de que estaba al otro lado de la línea. Al final, dijo:
—El pasado siempre regresa por nosotros.
Fue un susurro apenas audible, pero la anciana se estremeció. Se dio cuenta de que había algo más de qué preocuparse. El pasado no regresa, se repite, y Ofelia Barozzi no estaba segura de poder hacerle frente una vez más.
Poco recuerdo de mis últimas horas en la cabaña. Hice un centenar de cosas, de eso estoy segura, pero ninguna se registró en mi memoria con la claridad que hubiera querido. Hay destellos, como burbujas de gaseosa que escalan raudas a la superficie y explotan.
Solo eso.
Momentos.
Yo era una burbuja en ese entonces, vacía y silenciosa. Buscaba salir de un mar de tormento y no sospeché que al final naufragaría.
Ofelia Barozzi me vigilaba de cerca. Tal vez intuía que yo era una bomba de tiempo. Se movía por la cabaña como una bailarina deforme en una caja de música gigantesca. De sus labios arrugados se escapaban palabras que mis oídos registraban, pero mi mente no comprendía. Hablaba en la lengua de las cosas comunes y yo había perdido la capacidad de descifrarla.
—¿Vas a llevarte esto? —decía y yo asentía sin darle importancia.
Nada importaba lo suficiente.
Abandonar el pueblo era algo que había querido hacer desde que la maestra nos hizo colorear un mapa, pero la decadencia de la Escritora me había impedido alejarme de su lado. Siempre me decía:
—¿Qué quieres del mundo? ¿Libertad? Afuera no hay libertad, es una ilusión creada por el capitalismo. A mi lado tienes toda la libertad que necesitas. ¿No lo entiendes todavía? Pronto lo entenderás…
Entendí que de su mano había salido la última frase de su historia y que en unos documentos legales había dejado un nuevo comienzo para la mía. Era una ironía que se hubiese preocupado por mi futuro cuando, a pesar de que mi cuerpo proviniese de su vientre, odiaba que la llamase madre. Su única hija era la literatura, su única responsabilidad, redactar. Paría letras, cobijaba cada una tras la máquina de escribir, las amaba o las odiaba, las nutría no con leche, sino con subterfugios de su mente, dialogaba con ellas. Si yo la interrumpía, montaba en cólera.
Pero fue decayendo con el tiempo. En sus ojos se consumió la chispa, las musas se escaparon por la ventana, se perdieron en el bosque; dejó de teclear hora tras hora, tampoco hacía gran cosa. Al llegar de la escuela, la encontraba ojeando un libro mientras caminaba de un lado a otro de la habitación como si estuviera nerviosa. Releía una página por semanas. Luego comprendí que no leía en absoluto, que ya no había nada que quisiera hacer. Si antes la inspiración la había devorado, fue un monstruo diferente quien la engulló después, otro el que consumió su mente y su alma.
—¿Estás bien? —le preguntaba.
—Nadie está bien, nunca.
Intenté sacarla de la cabaña, llevarla al pueblo, a la biblioteca destartalada, a la feria itinerante, que platicara con alguien más que conmigo, pero mis esfuerzos terminaban con ella diciéndome que las personas eran galletas en un empaque, que todas sabían igual, aunque tuvieran sus ligeras diferencias, que cada una era una digna representante del grupo y que a esos grupos los conocía de memoria. Le aburrían.
No pude luchar contra su continuo hastío por todo y por todos. Era como intentar caminar a través de un manto de nieve que te ha sepultado hasta los hombros. Terminé dejándola en casa. Cuando la furgoneta de la escuela pasaba por mí, la Escritora me despedía desde la puerta con una sonrisa y un movimiento de mano, supongo que no por gentileza, sino porque se alegraba de que la dejara sola, que la dejara en paz.
Y así pasó el tiempo…
Aquella tarde pudo ser como cualquier otra: la Escritora tendida en el sofá, con un libro sobre el regazo, los ojos perdidos, el silencio flotando entre nosotras. Pudo ser una tarde normal si las páginas del libro no se hubieran desangrado.
Parada en la puerta, con la mochila al hombro, el suéter del colegio arrugado, los zapatos manchados de lodo porque la mañana había estado lluviosa, aspiré lentamente el aroma de la sangre.
Metálico.
Hilos rojos corrían por el libro como si la historia entre sus páginas se desangrara. Lo tomé con las manos temblorosas. Leí un párrafo que estaba marcado con una huella roja: «Una mujer que se gana la vida como mujer pública, se merece más respeto que una mujer que se rebaja a escribir folletines o tal vez libros».
Corrí al pueblo, aunque sabía que era tarde. La ambulancia se abrió paso por el camino escarpado. Todo fue inútil. La hallaron tan muerta como la encontré yo. Tan fría y silenciosa como había estado desde hacía tantos años.
***
Nos marchamos de la cabaña a mediodía.
El coche traqueteó colina abajo y mi hogar se perdió de vista entre los árboles. Al pasar por el pueblo, me despedí de las calles con la misma indiferencia con la que las había recorrido. Unos compañeros del colegio me vieron pasar, estaban en el parque jugando basquetbol. Recordé los partidos que habíamos disputado, el único lazo que compartíamos. Al reconocerme tras la ventanilla, levantaron la mano a modo de despedida, quién sabe si intuyeron que los dejaba por mucho tiempo o no, pero siguieron con sus vidas.
Intenté bajar el vidrio y aspirar por última vez el aire de la cordillera, pero la anciana me advirtió que el viento frío le provocaba dolor en los huesos. Suspiré y contemplé el mundo tras el cristal, les dije adiós a los pequeños detalles. Una extraña melancolía punzaba en mi corazón. En los últimos años todo lo que había querido era dejar atrás esas montañas, era ridículo comenzar a añorarlas en el momento que lo conseguía.
Nadie añora una jaula.
La anciana viajaba conmigo en el asiento trasero. Me soltaba frases genéricas, pero sus palabras se descosían en mis oídos. La miraba fijamente, como si en verdad me interesara lo que estaba diciendo, pero lo único que registraba mi cerebro era el color de sus ojos tan verdes que rivalizaban con el bosque. Examiné la cicatriz que le partía la cara y hacía juego con su prominente joroba y su cojera. Parecía una criatura de cuento de hadas, pero nada estaba más alejado de la realidad.
—¿Qué le pasó en la cara? —No me contuve.
—Un accidente —soltó severa.
Subimos, bajamos y seguimos bajando hasta que la carretera se convirtió en avenida y los coches se multiplicaron. Nos engulló la penumbra y cientos de luces bailotearon al ritmo de una danza desconocida pero ordenada que a momentos me cegaba. Las montañas se convirtieron en gigantes azulados, dormidos en el horizonte.
—Demasiado tráfico —murmuraba Josef, el chofer.
Una llovizna se transformó en tormenta. Una brisa en ciclón. Otras fueron las montañas que se iban acercando a nosotros. ¿Había escapado de unas para internarme en otras? ¡Qué ironía! La ciudad surgió en medio de la cordillera, imponente y larga como un cuchillo. Aplasté la nariz contra el vidrio helado y observé los edificios que tocaban las nubes. Comenzaba a impacientarme. ¿Dónde estaba la academia? ¿Cómo era? ¿Cuánto faltaba para llegar?
Ascendimos por una colina de calles empinadas. Las propiedades se espaciaban cuadra tras cuadra, sus altos muros parecían indicar que resguardaban grandes tesoros. Casi en la cima, las casas desaparecieron y se extendió un bosque de sombras arboladas. De la nada, apareció un portón enrejado que se partió en dos para dejarnos entrar. El coche se deslizó entre setos y árboles; se abrió paso por olas de agua encharcada hasta rodear una fuente y detenerse frente a una escalinata. Los rayos esbozaron la fachada de una hacienda mexicana de dos pisos, con los muros infestados de enredaderas, los techos a dos aguas y los ventanales rematados por arcos de medio punto.
Josef nos abrió la puerta y extendió un enorme paraguas sobre nuestras cabezas. Subimos por las escaleras y nos internamos en un vestíbulo de paredes de piedra, techo alto rematado por enormes travesaños de madera oscura, columnas blancas que terminaban en arcos y una suntuosa escalera bicéfala que se perdía en pasillos del segundo piso que apenas pude observar. Del techo colgaban candelabros que lo iluminaban todo, pero lo que logró llamarme la atención fueron las estatuas de bronce de tres mujeres que extendían los brazos al cielo, sosteniendo entre ellas una lira dorada. Debajo, en el piso de mármol, estaba el escudo de la academia, que tenía la siguiente leyenda:
«Nam et ipsa scientia potestas est».
—El conocimiento es poder —recitó la anciana cuando le pregunté el significado y sus ojos verdes me traspasaron, como si esperase que de mí brotara alguna cosa, pero yo era tierra estéril, un desierto de sal—. Debes de estar hambrienta —añadió ante la ausencia de palabras, pero la presencia de ruidos estomacales—. Vamos al comedor. —Consultó su reloj—. Llegamos a mitad de la cena.
Quise decirle que no tenía hambre, que ni siquiera sabía si volvería a tenerla alguna vez, pero, con palabras severas y paso decidido, me condujo por debajo de la escalera bicéfala y salimos a un gigantesco jardín interior que rodeamos por el perímetro de columnatas que nos protegían de la lluvia.
Un murmullo de voces femeninas precedió nuestra entrada al comedor, un salón alargado de grandes ventanales por donde se filtraban los rayos de la tormenta. La anciana golpeó tres veces el suelo con el bastón —toc, toc, toc— y fue como si el sonido se extendiese igual que una ola silenciadora. Segundos después, todas las chicas se habían levantado —luciendo sus elegantes trajes plomizos— y, cuando el ruido de sillas cesó, saludaron casi al unísono:
—Buenas noches, directora Barozzi.
—Buenas noches, alumnas. Prosigan, por favor.
Las chicas se sentaron —la espalda recta, las rodillas juntas, la servilleta blanca sobre las piernas— y reanudaron la cena. Los murmullos volvieron poco a poco, aunque menos vivaces que antes. Ojos de diversos colores me examinaron, pieles más pálidas que la mía dominaban el paisaje. La anciana me llevó hasta el self-service y atiborré mi bandeja con lo que me pusieron enfrente. Una vez en la mesa, me perdí en el fondo de la sopa humeante. Bien podría haber sido una sopa de letras, pues las palabras que murmuraba la anciana caían en el líquido al igual que todos mis pensamientos.
—… lo que hizo tu madre fue terrible —la escuché decir y levanté la mirada por primera vez desde que nos sentamos—. Nunca encontraré las palabras adecuadas para consolarte, tal vez nadie las posea, pero debes saber que no tienes la culpa de lo que pasó.
Los ojos me escocieron.
—La academia es tu nueva casa —continuó diciendo sin percatarse de mi reticencia—, somos tu familia. Ese peso que cargas no tienes por qué cargarlo sola. Ponlo en mis hombros y en el personal docente. Vamos a ayudarte…
Ansiaba decirle que se detuviera, quería que me enviara a mi nueva habitación y me dejara en paz. Eso sí que iba a ayudarme. ¿De qué otra forma podría? Nadie puede ayudarte a cargar un vacío. Tal vez el peso de una vida, ¿pero el vacío? Cuando todo se ha esfumado, ¿quién soporta la nada? En mi mente contaba, una y otra vez, las gotas cayendo del libro abierto, marcaban el ritmo de un tiempo que se detenía, se doblaba, se derrumbaba sobre mí.
—… irás a terapia con la psicóloga de la academia…
A eso se resumía todo, a terapia, a pastillas, a no sentir. La Escritora decía que era mejor sentir cualquier cosa a no sentir nada, pero también decía que le aterraba la sangre y se había abierto las muñecas en canal. Me recordé apretándolas, intentando detener el goteo. La Escritora decía tantas cosas… Mi madre decía tantas cosas. Mi madre… Era mi madre y había muerto. Yo la había dejado morir. La había visto decaer, marchitarse, y no había podido ayudarla.
Clavé la mirada en la sopa.
«La comida no sabe a nada, la vida no sabe a nada. ¿Cuál es el sabor de las cosas? Dime, Yzayana, ¿tú aún lo notas?».
Estaba llorando. Los sollozos me golpeaban el pecho, mis dedos se movían sin destino.
—Por favor, quiero salir de aquí —mascullé, no como una petición, sino como una advertencia. Algo que iba más allá de mi cuerpo levantándose con violencia: la silla resonó contra el mármol, las miradas se giraron hacia el estruendo, mis pies encontraron la salida y atravesaron el jardín, mis ojos observaron el cielo a pesar de las gotas de lluvia. Seguí el curso de la tormenta y de los rayos. Deseaba brillar como ellos y desaparecer de igual manera, tan rápido, en un instante, sin dolor alguno. Caer a la tierra y esfumarme.
—Señorita Amaru, ¿está prestando atención?
Pestañeé y enfoqué la mirada en la profesora de Literatura. Asentí y me envaré en la silla. Las demás me observaban.
—¿Qué acabo de preguntar a la clase? —inquirió la profesora.
—No lo sé —murmuré.
—Hable más fuerte, señorita Amaru.
—Que no lo sé.
—Pues espero que lo sepa antes del examen o va a reprobar.
Asentí sin convicción y traté de concentrarme en el pizarrón, pero mi mente echó a volar con la misma rapidez con la que la profesora me dio la espalda. Miré por la ventana. Los terrenos de la academia amarilleaban.
Había pasado semanas hundida en la nada, en el letargo indiferente de un fantasma. Era como estar medio despierta o medio dormida. Las personas y las escenas de lo cotidiano transcurrían desfasadas. A menudo olvidaba cómo había llegado a un sitio. Parpadeaba a media clase y me preguntaba qué hacía oyendo sobre escritores que habían tenido vidas tan trágicas como la de mi madre. El impulso de huir, largarme, vivir a mis anchas o recluirme en cualquier sitio solitario era cada vez más apremiante. Tampoco conseguía respirar con normalidad. El aire ya no era aire, era algo más pesado, un líquido, una melaza, una cosa que se endurecía en mis pulmones y hacía que inhalar o exhalar resultara difícil y doloroso.
Eso no se lo decía a la psicóloga, claro que no. Una vez por semana arrastraba los pies hacia su oficina, me sentaba, intentaba que la conversación versara sobre temas banales. La mujer —cuyos ojos negros se parecían demasiado a los de mi madre y su piel morena contrastaba con el resto del personal— me escuchaba con paciencia, pero en algún punto parecía recordar que estábamos ahí por el suicidio de mi madre y lo mencionaba. Bastaba eso para que mi garganta se cerrara sin remedio.
—Tranquila —decía entonces la doctora González—. No es necesario que tratemos el tema si aún no estás lista.
Yo asentía como toda respuesta, intentando controlar mi respiración.
—¿Cómo te va en las clases? ¿Te estás adaptando bien al internado?
—Sí… Creo que sí…
No mentía del todo. La rutina era simple. Por la mañana resonaban melodías clásicas en los pasillos. Mozart, Schubert o Strauss nos servían de despertador. Salíamos de la habitación bostezando, aún en pijama, con la toalla en el hombro, el albornoz y el neceser bajo el brazo. La gobernanta del piso, una mujer conocida como la Misionera, pero cuyo nombre era Gazmira Tabat, se mantenía atenta a cualquier indisciplina. Sin embargo, las risas ahogadas, agudas y joviales no se hacían esperar y me atacaban los oídos como mosquitos.
En las duchas la intimidad no existía. Las chicas se paseaban desnudas frente a mí y entorpecían mis pasos.
—¿Qué te pasa? —se burlaban las mayores y más descaradas—. ¿Nunca has visto un par de tetas?
Teníamos un tiempo determinado para lavarnos y salir. La Misionera nos cronometraba como en una carrera de relevos y, si nos demorábamos de más, había un castigo.
La disciplina en la academia era tan rígida como la pasta del Libro Azul que entrañaba sus normas. La falda tenía que mantenerse a cierta altura, el uniforme debía estar limpio y bien planchado. Dentro de las aulas no se permitía llevar maquillaje excesivo ni adornos estrafalarios. Faltarle al respeto a una profesora o incordiarla con palabras groseras se castigaba duramente.
Éramos señoritas finas, limpias y bien portadas, o en eso intentaban convertirnos a las buenas o a las malas. Sobre todo, a las malas. No había manera de escapar de los castigos, ni siquiera en la privacidad de tu habitación. No dependía de qué tan buena eras encubriendo tus travesuras, tu roomie —palabra que aprendí en el internado— tenía la obligación, ¡el deber!, de delatarte. Si te dejaba pasar una falta y alguien se enteraba —alguien como la Misionera—, el castigo aplicaba a ambas.
Mi roomie era una muchacha china de nombre Mei Yang1. Daba la impresión de que jamás se había cortado la cortina de cabello negro y que sus pequeños labios habían sido tomados de una muñeca, pero siempre se encargaba de que su voz se hiciera escuchar.
Los domingos por la noche, Mei regresaba con una dotación de comida casera que sustituía a la porquería baja en calorías que nos daban en el internado. Tenía un pequeño microondas y la habitación se llenaba de olor a fideos y soya. Algunas chicas eran crueles —sobre todo las que no eran residentes— y se tapaban la nariz cuando Mei pasaba.
—Alguien apesta a restaurante chino —decían.
Mei mantenía la barbilla en alto, inmune a sus palabras.
En el teléfono al final del pasillo hablaba con sus padres en un rápido mandarín. Supuse que su familia la empujaba a estudiar arduamente, porque después de cada llamada se obsesionaba revisando libros y apuntes. Tenía decenas de fichas desperdigadas en su escritorio, cada una de un color diferente. Estaban escritas con la misma letra estrecha que había usado para trazar su nombre en el pizarrón de nuestra puerta. El mío, con letra más grande y alargada, estaba bajo el suyo.
Álgebra se le daba fatal y se pasaba horas intentando resolver problemas. De reojo, la veía fallar una y otra vez, colocar la frente sobre el libro y suspirar. Luego se golpeaba contra él como si sus neuronas requiriesen de una sacudida para entender las fórmulas.
Una tarde en que yo miraba el techo y sus golpeteos frustrados comenzaban a irritarme, salí de la cama y me senté a su lado. Le expliqué cómo resolver el problema en el que se había estancado. Me miró con los ojos como platos.
—No me mires así —mascullé, eludiendo su mirada—. El álgebra es lo único que se me da bien y es lo que puedo hacer para agradecerte.
—¿Agradecerme por qué?
—Que me saques de la cama todas las mañanas y me arrastres entre el desayuno, las clases y el almuerzo.
De no haber sido por Mei Yang, me habría quedado en la cama mirando el techo.
—Soy tu compañera y es lo que se espera de mí —repuso, como si le restara importancia—. Está escrito en el Libro Azul —y citó—: «Ayudar a tu compañera es ayudarte a ti misma y a la sociedad».
Asentí sin ganas de protestar. De ese libro no había leído ni la primera página. La anciana directora me había dado una copia y yo la había lanzado bajo la cama sin echarle ni siquiera una ojeada.
Mei era mi remolcadora, la que me empujaba a salir y hacer lo mínimo que se esperaba de mí, pero, aunque caminara, hablara, me mantuviera en la silla durante la clase y respondiera a ciertas preguntas, yo me estaba disolviendo. Era como bicarbonato en agua y pronto dejaría de burbujear.
Para mí, los soleados días de septiembre eran sombríos. Después de las clases, me refugiaba en sitios apartados, oscuros, en aulas abandonadas, en baños sin uso, en pequeños jardines de hierba crecida. Me sentaba bajo cornisas atascadas de hojas podridas e insectos rastreros.
La otra Yzayana, la que quería marcharse del pueblo a toda costa, la que se pasaba los días entre el colegio y la cabaña, aburriéndose en su pequeño mundo hermético, se hubiera entusiasmado con el universo del internado. Pero yo, la que había visto morir a la Escritora, la que había apretado sus venas en un intento por salvarla, la que había intentado encontrar un rastro de vida en el fondo de sus ojos vidriosos, estaba vacía. Nada me entusiasmaba. Ni la autonomía, ni los rincones donde las demás reían y jugaban, ni los jardines coloridos, ni las clases, ni lo que me deparaba el futuro. ¿Había futuro acaso? ¿No eran los días una sucesión de segundos que se despeñaban hacia un abismo sin fondo?
Estaba sola.
La Escritora había sido lo único que tenía en el mundo y me había abandonado. Mei se esforzaba por ser mi amiga, pero yo no estaba en condiciones para forjar un lazo con nadie. Mantener una amistad, socializar, requería de un entusiasmo que me faltaba. No estaba dispuesta a cruzar el puente tambaleante que me separaba de las refinadas chicas de la academia. Mientras ellas luchaban para parecerse a las adolescentes de las revistas, yo llevaba a rastras la herencia indígena de mi madre y había crecido en el bosque, en una cabaña a las afueras de un pueblo en medio de la nada. El colegio había sido lo único normal en mi vida, pero incluso entonces era una paria, la niña de ojos dorados que vivía con su madre aún más extraña.
Cuando era pequeña, mis compañeros pensaban que la Escritora era una especie de bruja. Le tiraban huevos a la cabaña o nos dejaban excrementos de perro en la entrada. Pude encajar cuando comencé a jugar basquetbol y me esforcé lo suficiente para ser buena, pero incluso entonces me miraban con recelo.
En la academia, el zumbido de las conversaciones distaba de todo lo que yo conocía. Las chicas hablaban de jeans descaderados, de música descarada, de cantantes aún más descarados, de los mejores antros de la ciudad, del Instituto Militar que estaba plagado de chicos guapos, de posiciones sexuales y cómo evitar quedar embarazada. Todo giraba a velocidad vertiginosa y en mí se había detenido el tiempo. Una pregunta no dejaba que avanzara mi reloj: ¿por qué la Escritora se había quitado la vida sin dejarme una nota, nada, sin un consuelo?
Y pude haber caído para siempre en una espiral de preguntas, pude haberme dejado arrastrar hacia un final parecido al que había tenido mi madre, pero sucedieron dos cosas que me desviaron de ese camino.
***
Ocurrió el sábado de mi tercera semana en la academia. No estaba obligada a nada, así que me arrebujé entre las sábanas y me salté el desayuno a pesar de la insistencia de Mei por que pusiera algo en mi estómago. Regresó a eso de las diez y comenzó a vestirse con más fervor del habitual. La entreví con un vestido celeste, muy bonito, que le entallaba la cintura y le otorgaba un aire maduro.
—Es la inauguración del Torneo de Otoño —se excusó como si necesitara una razón para arreglarse más de lo normal. Se sentó al borde de la cama para ponerse los tacones y me miró esperanzada—. Deberías venir. Será en el estadio.
Gruñí como toda respuesta. El torneo había sido el tema de conversación de la semana entera, pero la sola idea de salir al sol, al griterío y a la algarabía me revolvía el estómago.
—Falta media hora para que comience —insistió antes de salir—. Todavía puedes cambiar de opinión.
Escuché el eco entusiasta proveniente del pasillo y me tapé la cara con la almohada. Quería dormir. Estaba agotada. El insomnio me asfixiaba. La puerta se cerró y mi mente se deslizó hacia el letargo.
Entonces escuché una melodía. Habían pasado años desde la última vez. Recordé a la Escritora, sentada fuera de la cabaña, una de esas tardes en que el sol anaranjado, suspendido sobre el horizonte, nos bañaba con esa luz tan distinta a cualquier otra. La Escritora sostenía una lira entre sus brazos; no el instrumento antiguo de cuerdas, parecido a un arpa, sino el xilófono portátil, el de teclas de metal cuyo sonido evocaba el tintineo de pequeñas campanas. «Debo de estar soñando», pensé, pero el leve fulgor de la realidad traspasaba mis párpados y me di cuenta de que no estaba dormida.
Pestañeé, clavé la mirada en el techo, la melodía no desapareció. No la había soñado. Me levanté de la cama a trompicones, como si estuviera a punto de ver un fantasma o, incluso, como si lo que había pasado desde que encontré a la Escritora sin vida hubiese sido una broma de mal gusto y ella me llamase con la música para decirme «estoy bien, no me he ido, sería incapaz de abandonarte».
Me asomé por la ventana entreabierta. Cinco chicas caminaban metros más abajo, junto a los macizos de flores, rozando la sombra de los árboles frente a mi habitación. Cargaban liras entre los brazos y una de ellas interpretaba la melodía de mi madre, la melodía imposible…
De mi boca escapó un lamento, una frase inconclusa, una pregunta ahogada, un rezo que llamó la atención de aquella extraña. Levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron. Sentí que los latidos de mi corazón, antes golpes inaudibles y secos, se convertían en un frenético aleteo. Del abismo emergieron los segundos de mi tiempo estancado y el universo se invirtió para mí: la oscuridad fue luz y la luz una profunda tiniebla. La mirada de aquella muchacha era tormenta de estrellas fugaces, una telaraña de hilos cósmicos que amenazaron con atraparme…
Y lo consiguieron.
Pero su expresión cambió en un instante. Me miró con enfado, contrajo la frente, sus labios se apretaron y, como si mi presencia la molestara, aceleró el paso, sus cabellos cobrizos danzaron al viento, y siguió su camino.
No logré seguir con el mío.
Fui incapaz de regresar a la cama, recluirme en mi crisálida y continuar mi metamorfosis hacia un ser desvaído. Una extraña curiosidad reverberó en mi pecho, aquella melodía había hecho vibrar una tecla oculta en mi interior. Me vestí con lo primero que encontré y corrí en dirección a los jardines. Quería hablarle, preguntarle cómo es que conocía esa canción. No la hallé. Intuí que estaría en el estadio, como el resto del alumnado, y me encaminé en esa dirección.
Los graderíos estaban a reventar, pero el vestido de Mei fue fácil de encontrar entre la multitud y me senté junto a ella.
—Qué bueno que viniste —me sonrió.
La anciana directora dio inicio al evento. Mientras nos aburría con un discurso sobre el deporte y los valores que impulsaba, perdí la mirada en el pasto recortado. Destellando bajo el sol de una tarde despejada, aguardaba una banda de música. Formadas en filas y columnas alineadas con prolijidad, esperaban decenas de chicas ataviadas con vestidos blancos cuyos detalles en dorado y escarlata relucían. Eran las portadoras de toda clase de instrumentos: tambores y redoblantes, bombos y platillos, timbales y tubas, trombones, saxofones, trompetas, flautines, clarinetes y, por supuesto, liras. Estas últimas destacaban. Irradiaban elegancia, chispa, cierto desdén hacia lo mundano. Se me secó la garganta cuando noté quién las lideraba.
—Mei… —carraspeé, indecisa—. ¿Cómo se llama la chica de cabello cobrizo, la que sostiene la lira dorada?
—¿Lira dorada? Debe de ser Emma Lerroux.
Repetí el nombre en voz baja mientras las demás aplaudían. El espectáculo estaba por comenzar. De la banda se levantaron voces, algo parecido a un grito de guerra. Un bombo resonó a continuación.
Bum, bum, bum.
Emma Lerroux marchó a su ritmo y, con paso marcial, se apartó del resto para colocarse frente a la academia entera. Su determinación y seguridad me erizaron la piel. Levantó el brazo e hizo girar un largo y delgado mazo entre sus dedos como si en realidad el mundo rotara por acción de su muñeca. La banda se mantenía atenta al movimiento, el público no apartaba la vista de los giros. Cuando cesaron, el espectáculo empezó.
Apenas pude soportar el embate de la música. El redoble de los tambores escondía la promesa de un regreso a lo primitivo, a mi instinto de supervivencia, el retorno al yo, al ser, al no dejar de ser. Por el contrario, el vibrante canto de las liras resonaba contra las paredes de mi vacío y me hacía consciente de cuán inmenso era.
Me tapé la cara. Estaba mareada.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Mei.
Negué.
«Nadie está bien, nunca».
—¿Qué sucede? —insistió.
—Está llorando… —dijo alguien.
—¿Qué le pasa?
—No lo sé.
—Toma mi pañuelo.
Más que un torrente de lágrimas, tenía en la garganta palabras que intentaban salir y no podían, letras que se deformaban como vidrios rotos en mi lengua.
Cuando el espectáculo terminó y la banda dejó el estadio para dar paso a los equipos de futbol, me limpié la cara, inhalé profundo y, reuniendo todo mi valor, fui tras la muchacha de la lira dorada.
Necesitaba saber…
Me costó pronunciar su nombre.
—¡Emma! ¡Emma Lerroux!
No volteó. Corrí y la detuve por el hombro. Dio un respingo y se deshizo de mi agarre con un movimiento brusco.
—Lo siento —balbucí.
Era más alta que yo y, como estaba de espaldas al sol, su sombra amenazaba con engullirme. Una mueca de enfado le tiñó el rostro, levantó una ceja y esperó una explicación por mi extraño comportamiento
—Lo siento —repetí, tomé aire y evité la intensa acometida de sus ojos grises—. ¿Me puedes decir cómo conoces la melodía que tocaste hace rato en los jardines?
—¿En los jardines? —inquirió en tono gélido.
—Sí… Nos miramos, ¿recuerdas? Soy la chica que estaba en la ventana del segundo piso.
—No sé de lo que hablas.
Intentó marcharse, pero le corté el paso.
—Esa melodía significa mucho para mí. Te parecerá una locura, pero es que mi madre me hizo pensar que solo ella la conocía. Me resulta muy extraño escuchar que la interpreta alguien más…
—¿A qué melodía te refieres?
—Una que va así. —Tarareé un poco y las chicas que estaban cerca soltaron carcajadas—. ¿Te suena?
—¿Te refieres a Llanto de lira?
—No lo sé. Nunca supe si tenía un nombre. ¿Podrías tocarla?
Las chicas se rieron más fuerte.
—¿Ya das conciertos privados? —comentó una.
—Te debes a tus admiradoras —soltó otra con malicia.
—Pero cuidado con que te vea ya sabes quién —dijo una tercera en tono confidencial—. No querrás que comiencen los rumores…
Emma me lanzó una mirada implacable que me dejó de una pieza. Sus ojos tormentosos destellaron con furia.
—Tengo prisa —gruñó, me dio la espalda y se alejó dando grandes zancadas.
***
Esa noche, la melodía todavía resonaba en mi cabeza y el insomnio continuaba asfixiándome.
Mientras Mei dormía, deslicé la cortina, miré los árboles tras la ventana y examiné el lugar donde Emma Lerroux se había detenido y levantado la mirada. Sus ojos grises. Su cabello cobrizo. Su cambio repentino de expresión. Estaba intrigada.
La Escritora me había asegurado que esa melodía era de su autoría, pero con el paso de los años se había negado a tocarla para mí. En ningún otro lugar la había escuchado. ¿Cómo es que aquella chica la conocía?
Suspiré. Una ráfaga de viento hizo danzar las copas de los árboles y tirité. Pensé en mi hogar, en la cabaña vacía, tan vacía como yo, tan llena de recuerdos deformados. ¿Seguía siendo mi hogar si nadie me esperaba? ¿Cuál era mi hogar? ¿Alguna vez había existido, siquiera, algo a lo que llamar hogar?
Mei se movió entre sueños y se quejó. Cerré la cortina y me senté al filo de mi cama. Me miré las manos.
Había existido un hogar, me lo recordó la melodía. Hubo un tiempo en el que la Escritora se esforzó por ser mi madre y las notas de su lira me arrullaron. En algún punto algo debió de haber cambiado para que nos despeñásemos hacia el silencio. Ni ella ni la mujer en la que se había convertido estaban ya, pero la música regresaba a mí, alumbraba los pensamientos que se pudrían en el rincón más oscuro de mi cabeza. El hedor me cortaba la respiración. Estaba segura de que, de seguir así, la podredumbre terminaría matándome.
Escuché el inconfundible sonido de algo deslizándose. Examiné la habitación, pero la penumbra no me reveló gran cosa. Fue mi curiosidad la que me impulsó a buscar el origen del sonido. Era un sobre. Lo habían lanzado bajo la puerta.
Bajo la luz de la luna leí que yo era la destinataria. Carecía de remitente. Cuando me asomé a revisar encontré el pasillo vacío.
El sobre contenía dos hojas. La primera estaba escrita a máquina y parecía reciente. La segunda era una hoja cuadriculada y amarillenta, la de un viejo cuaderno. Estaba escrita a mano, con una letra que reconocí al instante.
Leí la primera.
Yzayana,
Si recibes esta carta, es porque tomé la decisión de dejarte. La idea ha rondado mi cabeza por tanto tiempo que ha echado raíces y la única forma de arrancarla es que muera conmigo.
Luché contra lo que soy por muchos años. Cuando viniste al mundo una lucha todavía más grande comenzó. Quería ser para ti lo que nadie había sido para mí. Te fallé. Fallé porque naciste de algo que nunca ha dejado de atormentarme. Escribir me ayudó a sobrellevarlo, pero perdió efecto con el tiempo. Vivir por ti no hubiera sido justo para ambas, nos hubiera sumergido en un lago de resentimiento que te habría convertido en mi copia. No quiero que seas como yo, no quiero envenenarte. Si hay una posibilidad de que seas feliz es esta. Créeme. Lo mejor es marcharme y que no puedas alcanzarme.
Sin embargo, temo que una partida silenciosa cree en ti un vacío insalvable. La falta de respuestas también puede consumirnos, lo he vivido. Los suicidas dejan una nota, lo sé, pero entraña una mentira. No hay explicación sencilla, nunca la hay para aquello que nos empuja hacia la muerte.
Te advierto que las respuestas que quizá buscas son fichas de dominó. Están dispuestas de tal forma que si cae una, caen todas. Por años he vivido con el dilema de si vale la pena empujar la primera y exponerte a lo que eso implica. ¿Para qué someterte a la crueldad de ese modo? Mi deber fue protegerte, hacer lo que no hicieron conmigo. Quería alejarte del dolor y tarde entendí que el dolor era yo. Te oculté las cosas por tu bien, no te hablé de tu padre para que no sufrieras. Ahora que has crecido y te he dejado, tienes el derecho a decidir si quieres saber o no…
Pero te advierto que saberlo te dañará, tal vez irremediablemente.
Esta es una encrucijada. Confío en ti. Te has destacado por tu lógica.
Tienes dos caminos a seguir. Escoge con cuidado.
Si eliges el de la ignorancia, basta con que quemes el contenido de este sobre y dejes las cenizas frente a tu puerta.
Si eliges el del conocimiento, hay detalles esenciales que debes asimilar sin prisa. Para ello, le he confiado mi diario de adolescencia a alguien que te facilitará fragmentos en fechas establecidas. No revelará su identidad ni tendrá contacto contigo, no es necesario. Adjuntará el primero a esta carta. Los siguientes te llegarán sin interrupciones si acatas las siguientes reglas:
1. No compartas el contenido del diario.
2. No busques al remitente de las cartas.
3. No dejes la Academia Barozzi.
Si alguna vez ya no quieres recibir los fragmentos, haz como en el camino de la ignorancia, quémalos y deja las cenizas frente a tu puerta.
Ten paciencia. Desentrañarás la verdad cuando tengas el diario al completo en tus manos y, una vez ocurra, quiero pedirte una cosa: que me olvides. Habrás comprendido mis razones para dejarte y te exhorto a hacer lo mismo, cerrar el libro que lleva mi nombre y proseguir. Da un paso adelante y luego otro y otro, y así seré un punto en el pasado, un punto final. No te atrevas a dejarme como unos puntos suspensivos, no es lo que mereces, no es lo que quiero para ti.
Te amé de una manera que tal vez nunca logres comprender. No es necesario. Mi amor, de todas formas, siempre fue egoísta y silencioso, un amor que tuve que guardar en una caja fuerte para que no explotase y te destruyera.
Te amé y nada de lo que ha pasado es culpa tuya. Salvar a alguien no es tarea de nadie. La culpa es del mundo y mía, por no haber tenido la fuerza para luchar contra él.
Tu mamá
13 de mayo de 1982
Soy un ser humano, y tengo derecho a morir…
Tengo derecho a quitarme la vida si quiero,
tengo derecho a regalarle a la muerte
mi bien más preciado
sin miramientos ni facturas…
Tengo derecho a dejarme llevar
por la oscuridad de ojos que ya no percibirán la luz,
por la insensibilidad de manos que ya no tocarán objeto alguno,
mis pies no se levantarán más que para ser colocados en el ataúd…
Tengo derecho, ¿o no?, a morir.
Un problema menos en este mundo,
un lugar vacante para alguien que desee permanecer en esta tierra.
Reclamo ese derecho, lo reclamo y pienso que es justo…
Quiero morir, y no necesito que nadie me detenga…
Deseo morir, Ylari… lo deseo…
Encontré el poema en mi zapato y ahora lo transcribo. Estaba en el bosque cuando me di cuenta de que algo me molestaba en la punta del pie. Cuando lo leí, regresé corriendo. Llegué tarde. Las monjas estaban bajando a Lucía, las demás lloraban.
Lucía era mi mejor amiga. Cuando pienso en el recuerdo más antiguo que tengo, ella está a mi lado, caigo en el pozo de sus ojos, me acaricia su piel canela, me roza su cabello ensortijado. Crecimos juntas. Aprendimos juntas a leer y a escribir. El orfanato era menos siniestro con su presencia, sus sonrisas destruían las sombras y las historias que inventaba en susurros me llevaban a universos resplandecientes.
Solíamos andar en bicicleta mientras perseguíamos a los gatos del bosque. Ella sostenía el manubrio a pesar de su mano atrofiada. Íbamos despacio por esa razón. Una vez se cayó y se golpeó la cabeza. Sangró. No se lo dijimos a nadie. Aquí en Santa Lucrecia el silencio es mejor que cualquier cosa. Hay menos palizas cuando guardamos silencio. Lu era más silenciosa los domingos después de confesarse. Yo sabía por qué. Su silencio era el mío, el de muchas.
El único clamor que está permitido es el de la música. Cuando toco la lira digo lo que pienso sin palabras. A Lu le gustaba. Sonreía cuando me escuchaba tocar y hasta trataba de imitarme. En su entierro toqué Llanto de lira y las monjas me castigaron. ¿Intuyen lo que significa?
Releo las líneas que dejó en mi zapato. Me aturden, me enojan, me dan ganas de caminar hasta su tumba y gritarle a pleno pulmón: «¡No tenías derecho! ¡No tenías derecho a dejarme sola!».
También pienso en seguirla. ¿Qué me queda en el mundo si ella no está, si no se acurruca a mi lado en las noches de tormenta? ¿Por quién soportaré los días? Es tan fácil marcharse… Si ella logró hacer el nudo con su mano atrofiada, ¿por qué no puedo hacer lo mismo? Otro domingo en el confesionario podría matarme de todas formas y tal vez no tenga que dejarme caer por el altillo, ni orinarme sin querer, ni dejar atrás mis últimas palabras en un zapato.
Pero pienso que una vez que yo muera Lu desaparecerá para siempre. Nadie la recordará. Las historias que me susurraba por las noches serán olvidadas. Todo lo que era, lo que fuimos, carecerá de sentido, su vida y la mía serán más pequeñas que un grano de sal. Mi música se perderá y yo con ella.
Pensar en eso me detiene. Sus historias, mi música, me detienen. Si encontré consuelo en sus palabras, si ella lo encontró en mis melodías, entonces también puedo hallar algo que mitigue este dolor. Una copa de cristal puede estallar en mil pedazos si encuentra el sonido adecuado, entonces el vacío estallará también si encuentro la melodía precisa.
Solo debo encontrarla.
_______________
1. Al final del libro hay fichas de algunas de las alumnas de la Academia Barozzi.
No tenía intenciones de despertar a Mei, pero no fui consciente de lo que me estaba pasando hasta que sentí su mano helada en mi frente. Me quejé. La escuché salir con estrépito. Regresó en compañía de la Misionera y le dijo con una mezcla entre preocupación y recelo:
—Desperté y la escuché murmurando. Creo que delira…
La mujer estaba acostumbrada a que las estudiantes la engañaran con enfermedades ficticias, así que sugirió un baño de agua helada que me provocó escalofríos y estornudos, pero fue inútil para bajar la fiebre. Esperaron hasta el amanecer antes de despertar a la enfermera, que me tomó el pulso, escuchó mi corazón y mis pulmones, escrutó el fondo de mi garganta, vio mis ojeras y me dio unas pastillas para dormir. Dijo que iba a estar bien, que necesitaba descansar, pero cuando la Misionera le preguntó qué enfermedad me aquejaba, no supo responder.
—Parece exhausta —comentó simplemente.
No atinó a decir: «Está sudando las sombras que tiene dentro».
—Me quedaré contigo —dijo Mei cuando las adultas se marcharon.
—No te preocupes por mí —murmuré somnolienta y le di la espalda—. Es domingo. Ve con tus padres…
Cerré los ojos. Me concentré en las partículas de mi cuerpo. Se sentían aceleradas, saltarinas, como si quisieran escaparse al viento y dejarme expuesta. Lo mismo sucedía con las palabras mecanografiadas de la carta: se escapaban del papel, volaban, no podía atarlas a mi memoria. Las había leído una y otra vez para convencerme de que eran reales. ¿Y si no pertenecían a la Escritora? La firma bajo ellas parecía la suya, pero ¿y si alguien me gastaba una especie de broma cruel?
No. Imposible. Nadie me conocía lo suficiente. Nadie se tomaría la molestia de hacerme algo así.
«Te amé y nada de lo que ha pasado es culpa tuya».
Quería convencerme de que las palabras eran ciertas.
«Salvar a alguien no es tarea de nadie».
Pero era difícil deshacerme de la culpa. No podía dejar de pensar que si yo me hubiera esforzado, si hubiera sido una mejor hija, si hubiera buscado ayuda, la Escritora seguiría con vida.
***
El aroma a fideos me despertó. Había dormido el día entero. Mei estaba de regreso y traía consigo su usual provisión de comida casera. Cuando bostecé y me senté de piernas cruzadas entre las sábanas, me alargó un tazón de sopa humeante.
—Le dije a mi madre que estabas enferma y envió esto para ti —explicó sin mirarme a los ojos—. Come antes de que se enfríe.
—Gracias —le dije, conmovida por su gentileza.
Intentó enseñarme a usar los palillos, pero desistió cuando se dio cuenta del temblor de mis dedos y prefirió sentarse a repasar los apuntes de Química.
Me dieron ganas de hablarle sobre la muerte de mi madre, pero al igual que ella con los palillos, abandoné la idea enseguida. Estaba segura de que, una vez abriera el grifo de mi pecho, reventaría una cascada que no podría controlar. Además, tenía asuntos más urgentes que atender.
No dejé una gota de sopa en el tazón. Me sentí vivificada.
—¿A dónde vas? —me preguntó al ver que me quitaba el pijama.
—A dar un paseo.
—Está helando y acabas de recuperarte de una fiebre.
—Por eso llevo el abrigo.
—¿Has visto el cielo? La lluvia no tardará en caer…
Sus advertencias me siguieron hasta que cerré la puerta.
