Arquitectura y poder - Sergi Miquel Valentí - E-Book

Arquitectura y poder E-Book

Sergi Miquel Valentí

0,0

Beschreibung

«Un libro fundamental para entender las relaciones entre poder y arquitectura». Joan Roig, arquitecto Europa acumula a pasos agigantados templos católicos casi vacíos, mientras los cultos emergentes construyen iglesias camufladas que parecen edificios de oficinas. El poder económico convierte nuestras ciudades en escaparates de marcas omnipresentes, mientras las élites esconden sus residencias y el poder político juega con la tradición y la vanguardia arquitectónica para modelar la identidad colectiva. La arquitectura ha sido siempre una herramienta de cohesión, imaginación y sometimiento. Pero ¿qué tipo de arquitectura necesita el siglo XXI? ¿Cómo puede contribuir a garantizar la democracia y afrontar desafíos como el cambio climático o la convivencia en nuevos espacios públicos? Sergi Miquel Valentí recorre los ejemplos más reveladores, de Stalin a Berlusconi o Trump, de Venecia a Brasilia o Tel Aviv, para mostrar que la historia de la arquitectura está repleta de gestas técnicas y estéticas, pero que hoy nada funciona por sí solo. Con una mirada crítica y erudita, Miquel Valentí nos invita a repensar la arquitectura como herramienta política en un mundo globalizado, donde poder y espacio urbano están cada vez más entrelazados.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ARQUITECTURA Y PODER

 

 

© del texto: Sergi Miquel Valentí, 2025

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: julio de 2025

ISBN: 979-13-87833-08-4

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: El Taller del Llibre

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Sergi Miquel Valentí

ARQUITECTURA Y PODER

 

 

Als meus pares, a les meves germanes, a en Pablo.

Tots ells murs de càrrega, contraforts i rosetons. Tot a la vegada.

 

 

«We shape our buildings and afterwards our buildings shape us».

WINSTON CHURCHILL, House of Lords, 28 de octubre de 1943.

Discurso a favor de reconstruir la cámara parlamentaria con la misma estructura tras los bombardeos alemanes de 1941

«Architettura, nel passato, era espressione di una politica, anzi dello splendore di una politica».

GIO PONTI, «Politica dell’architettura» en Amate l’architettura

Índice

Cubierta

Créditos

Título

Índice

INTRODUCCIÓN. DAR FORMA A LAS IDEAS

1. URBANISMO Y SOCIEDAD

Lo divino y lo terrenal

La villa y la ciudad

2. ARQUITECTURA E IDENTIDAD

193 parlamentos

Arquitectura sin arquitectos

Casas sin habitantes: Barbie y el Case Study House Program

3. ARQUITECTURA Y PODER POLÍTICO

Cuatro dictadores

Jugar al

SimCity

Arquitectura defensiva

4. ARQUITECTURA Y PODER RELIGIOSO

La batalla por la nueva presencialidad

La gestión de los espacios vacíos

5. ARQUITECTURA Y PODER ECONÓMICO

Jacobs y Moses: David contra Goliat en la Gran Manzana

Shibuya, Piccadilly y Times Square

6. ¿QUÉ ES LA ARQUITECTURA PROPIA HOY EN DÍA?

Berlusconi jugando a ser Dios

Vita e morte a Venezia

Los Pritzker y la arquitectura local

He visto la ciudad del futuro

Un habitar poético, de un buen habitar

AGRADECIMIENTOS

NOTAS

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

DAR FORMA A LAS IDEAS

Si pudiéramos sentar alrededor de una mesa a Silvio Berlusconi, Le Corbusier, Cosimo de Medici y Oscar Niemeyer, ¿de qué hablarían? Pues seguramente de lo que, de forma consciente o inconsciente, los une a pesar de los siglos y las ideologías: la creencia de que la arquitectura no es solo construir casas, catedrales o ciudades, sino también sociedades, naciones e identidades. También podrían hablar de su determinación a la hora de explotar ese potencial constructor. Cada uno, desde su punto de vista, pondría acentos particulares en distintas cuestiones. Es probable que Niemeyer intentara situar el foco en una arquitectura social, mientras el Cavaliere destacaría su impulso empresarial. Me imagino a Cosimo, sorprendido, reprochándole a su compatriota que la arquitectura es una forma de arte y que, como tal, ha de ser creada con la misma atención y el mismo cuidado que cualquier otra disciplina artística, impactando además en lo público. Le Corbusier, fumando su pipa, sorprendería al florentino afirmando que sus palacios llenos de ornamentos solo sirven para distraer a las máquinas de habitar de su función principal. La arquitectura es mejor si es eficiente, podría sentenciar.

La conversación se alargaría durante horas y quizá surgirían puntos de acuerdo. A pesar de obras y trayectorias diferentes —incluso opuestas— podrían confluir en la idea de que la arquitectura, si eres listo, da poder. En los últimos siglos, los políticos han jugado a ser arquitectos y los arquitectos se han lanzado a los brazos del poder para ejecutar sus ideas. Dos mundos aparentemente alejados han trabajado juntos para planificar nuestras ciudades, construir los edificios en los que trabajamos o diseñar las plazas en las que pasamos las tardes. En muchos casos, ni la arquitectura ni el poder podrían haber llegado donde han llegado el uno sin el otro. El propósito de este libro es recorrer la historia de esta relación y reflexionar sobre su evolución hasta nuestros días, cuando el poder sigue bailando con la arquitectura, y preguntarnos qué le pedimos a ese tándem tan bien avenido.

De la misma manera que, especialmente a partir de las revoluciones liberales, hemos exigido derechos, instaurando democracias y limitando los poderes del Estado, debemos preguntarnos si no va siendo hora también de reclamar una relación diferente con la arquitectura. Sabemos que se han diseñado estilos para atemorizar, que se han construido catedrales para intimidar y que se ha utilizado el urbanismo para guiar nuestras vidas. Tenemos claros los límites que queremos para el poder político, el económico y el religioso, pero dedicamos poco tiempo a reflexionar sobre el poder que queremos concederle a la arquitectura que configura nuestro entorno físico más inmediato. Si hemos exigido a la política herramientas para ser mejores ciudadanos, debemos mirar a la arquitectura y al diseño y hacer lo mismo.

El 20 de enero de 2025, el mismo día en que Donald Trump era investido presidente de los Estados Unidos de América, se aprobaron un conjunto de órdenes presidenciales con las cuestiones prioritarias para la nueva administración. Entre ellas se encontraba la Promoting Beautiful Federal Civic Architecture, que manifestaba que «los edificios públicos federales deben ser visualmente identificables como edificios cívicos y respetar la herencia arquitectónica regional, tradicional y clásica, con el fin de embellecer los espacios públicos y enaltecer tanto a Estados Unidos como a nuestro sistema de autogobierno».

Lo que Trump pretende es, en definitiva, apartar la arquitectura moderna y recuperar la clásica. Quiere fijar, a través de la arquitectura, una visión muy concreta de la historia del país. Pretende «respetar la herencia arquitectónica regional, tradicional y clásica» o, en otras palabras, impulsar la arquitectura neoclásica, como si el Imperio romano o la Grecia antigua hubieran renacido dentro de sus fronteras.

Cuando el país consiguió su independencia, el 4 de julio de 1776, Europa estaba recuperando los ideales clásicos en el arte y en la arquitectura. Esa influencia llegó a Estados Unidos cuando se tuvieron que construir, literalmente, las instituciones del país: el Capitolio o la Casa Blanca, obras de arquitectos de origen francés, irlandés o estadounidense, ejemplos todos neoclásicos. Así, la independencia institucional estuvo acompañada de un fuerte vínculo cultural con el continente. Nada sorprendente puesto que Estados Unidos es un país construido y levantado también por hijos de irlandeses, italianos, ingleses, etc.

Trump habla tres siglos después de respetar la «herencia arquitectónica» para crear y consolidar un vínculo cultural concreto, válido como cualquier otro, pero vinculando ideas de forma extraña. Si el presidente sintiera de verdad la necesidad de impulsar una arquitectura regional, podría revisar la historia del territorio que ocupa su nación. Aunque, seguramente, lo que encontraría no le serviría.

Muchos grandes líderes se han presentado como grandes patriotas manipulando la idea de arquitectura «históricamente vinculada a su territorio». Lo que no es tan habitual es ver esta actitud tan descarada en un contexto democrático. Veremos más adelante cómo resolvieron Stalin o Hitler ese dilema.

La relación entre arquitectura, poder e identidad tiene miles de años, pues los humanos buscamos instintivamente refugiarnos en un nosotros que puede adquirir muchas formas. Un nosotros genera siempre un ellos; la necesidad de formar parte de algo más grande es incluso anterior a todas las civilizaciones que conocemos. A veces ha sido una tribu, otras una religión. Hoy podemos encontrar sentimientos de pertenencia a escala continental. Entre construir una identidad en un club privado con mil socios y sentirse parte de la sociedad occidental existen un sinfín de escalones de diferentes dimensiones que permiten a cada uno encontrar su lugar. Según Aristóteles:

La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. […] La palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.1

Gracias a la ciencia sabemos algo que no sabía Aristóteles: no somos los únicos animales que nos comunicamos. Pero si en algo tenía razón el filósofo es que la palabra nos ha permitido llegar a lo que somos hoy. Sin embargo, ¿qué tiene que ver la palabra con lo que pretende abordar este libro? Mucho más de lo que parece a simple vista.

La comunicación entre miembros de la especie y la revolución cognitiva cambiaron el rumbo de los Homo sapiens hace setenta mil años; aparece con los mitos o las creencias. Con un imaginario colectivo que permitió construir grupos más grandes unidos bajo una idea. Nuestros antepasados solo conocían lo que veían: animales, colegas, árboles, ríos… y esto limitaba su capacidad de conocer y relacionarse con los demás. Pero, de repente, alguien introduce en una tribu un mito, una creencia, una construcción artificial que supera lo material. Surge la idea de creer en algo que no se puede ni tocar ni ver. Los mitos fueron primero de orden religioso o espiritual, luego, locales, nacionales. El sentimiento de pertenencia de un espartano o el «Make America Great Again».

Crear un vínculo entre aquellos que creen o sienten lo mismo favoreció el crecimiento de los grupos, al reconocerse como miembros de la misma unidad sin necesitar conocerse. Hoy no importa que diez miembros al azar de la Iglesia católica estén separados por miles de kilómetros e ignoren sus nombres. Forman parte de una comunidad, puesto que están unidos por una fe que los vincula. De igual manera, dos ciudadanos de la misma nación no necesitan conocerse para defender conjuntamente lo que consideran su territorio, su cultura o sus intereses.

La expansión de esta revolución permitió la creación de comunidades que se han mantenido, en algunos casos, durante siglos. Con el paso de los siglos se ampliaron las ideas, el apoyo material para las identidades, y la construcción de símbolos que las representaban: cruces, estrellas, escudos, etc. Símbolos de Estados, regiones, colectivos o equipos de fútbol. Las primeras banderas servían para identificar a cada uno de los bandos de los ejércitos en las batallas o para acompañar los desfiles de personajes importantes. Con la aparición de los Estados-nación en Europa, aparece la necesidad de buscar una representación superior a los escudos de las familias que habían ostentado el poder. La búsqueda de esta identidad visual colectiva se convierte en un ejercicio de branding a gran escala para conseguir que los ciudadanos se vinculen a una paleta de colores y unas formas geométricas concretas.

Una identidad visual colectiva ayuda a la reafirmación del grupo, sea este de la categoría que sea. Es difícil explicar si en el campo de las identidades lo material blinda la importancia de las identidades en el contexto de nuestras sociedades o si los símbolos son importantes en la medida que lo son también nuestras identidades. Sin embargo, incluso en las sociedades contemporáneas, sigue vigente la necesidad de reivindicar identidades colectivas a distintas escalas. La Unión Europea es un claro ejemplo: estamos dispuestos a trabajar para difuminar las fronteras económicas o de tránsito, pero no cedemos ni un milímetro cuando se trata de disolver los elementos que nos definen como Estado o como grupo.

Amin Maalouf escribió al respecto, en su ensayo Identidades asesinas, que «si afirmamos con tanta pasión nuestras diferencias es precisamente porque somos cada vez menos diferentes. Porque, a pesar de nuestros conflictos, de nuestros seculares enfrentamientos, cada día que pasa reduce un poco más nuestras diferencias y aumenta un poco más nuestras similitudes». Francesc Muñoz, introduciendo el libro De lo extravagante a lo esencial de Llàtzer Moix, señala que «una de las definiciones sin duda más sugerentes de la arquitectura es aquella que se refiere a su capacidad para comunicar sentido colectivo. Es decir, sus propiedades como máquina efectiva de producción y comunicación de identidad, referida a la comunidad que habita un territorio».

Comparto una anécdota para completar la reflexión: la sorpresa que sentí cuando, en un viaje a Azerbaiyán, me fijé en el sello con el que marcan tu pasaporte al cruzar la frontera. Debajo de la fecha de entrada en el país, estampan el dibujo del Centro Cultural Heydar Aliyev, que se encuentra en su capital, Bakú, y que es obra de la arquitecta Zaha Hadid. El edificio estaba en mi ruta de viaje, puesto que se ha convertido en un icono de la arquitectura contemporánea por las formas orgánicas características de Hadid. La arquitecta, que murió en 2016, era de origen iraquí, y pasó parte de su vida en Reino Unido. El estilo del edificio no es propio de Azerbaiyán, ni los materiales utilizados tampoco son locales. Entonces, ¿cómo una exrepública soviética singulariza un edificio completamente desvinculado de su identidad? ¿Acaso no tienen elementos que los representen mejor que un edificio inaugurado en 2012, diseñado por una arquitecta extranjera y con una morfología ajena a su cultura?

La conclusión a la que llegué es que, después de su independencia, hace poco más de treinta años, Azerbaiyán necesitaba construir una identidad nueva. El gas y el petróleo habían disparado la economía, y el país, liberado del socialismo, quería jugar un papel internacional relevante. Encontró en la arquitectura una forma de expresarlo. El skyline de Bakú había cambiado radicalmente con la incorporación de grandes torres y edificios, dando una inevitable sensación de transición entre dos mundos. En ese proceso de transformación, Zaha Hadid se había convertido en un elemento sobre el que proyectar los valores de una sociedad moderna, de comunicar una aspiración colectiva.

Por esa senda va a transitar este libro: de qué manera se ha utilizado la arquitectura para representar en el campo de lo material determinadas ideas, transmitir valores, trasladar mensajes o condicionar a los ciudadanos, y cómo nos va a condicionar en el futuro. Los casos seleccionados responden bien a su interés y su peso en la historia, o bien a su singularidad, que nos permite entender algo nuevo. Es posible que el lector identifique una sobrerrepresentación de la península itálica en el texto. Le chiedo scusa. He sentido durante años, y sigo sintiendo hoy, una fascinación por ese país, que me ha llevado a estudiarlo y conocerlo.

Esperando que esta cuestión resulte interesante, los invito a seguir.

1

URBANISMO Y SOCIEDAD

Para entender el origen de las primeras ciudades, tenemos que desplazarnos a los inicios del Neolítico, hace aproximadamente diez mil años. Hace miles de años que ya se han extinguido todas las especies de homínidos menos nuestros antepasados, los Homo sapiens. Estos llevan un tiempo estudiando e investigando el funcionamiento de los ciclos de la naturaleza y gracias a eso pueden llevar a cabo el mayor cambio cultural de la historia: el paso de una vida predadora, donde se caza y se recoge para sobrevivir, a una vida productora. Esta transformación les permite empezar un nuevo estilo de vida sedentario en el que ya no es necesario desplazarse para buscar alimento o cazar, puesto que ahora pueden cultivar el trigo y criar sus animales.

Al asentarse, nuestros antepasados crean, sin saberlo, una nueva disciplina, el urbanismo. Al principio improvisan, pero con el paso de los años descubren el potencial que tiene si uno sabe usarlo.

Este paso de un estilo de vida nómada a una vida sedentaria tuvo consecuencias en la evolución de la especie. Es fácil pensar que este cambio de hábitos modificó también su dieta, que a su vez alteró su fisonomía, convirtiendo a esos individuos en más altos, con una piel más clara y unos ojos más oscuros según estudios sobre la evolución de la población europea. Incluso, según un estudio reciente de la Universidad de Radboud de Nimega, este cambio también nos hizo más propensos a sufrir accidentes cardiovasculares. Esto sí que nos lo podíamos haber ahorrado. Las consecuencias que esta revolución agrícola tuvo para nuestros antepasados quedaron fijadas en su genoma y han llegado hasta nuestros días. Es evidente el impacto que esta revolución tuvo sobre la evolución de nuestra apariencia, pero este cambio también fue el origen de múltiples cambios tecnológicos y, como hemos dicho, de los primeros asentamientos urbanos.

Según A. E. J. Morris, «la producción de alimentos y sobre todo de un excedente que llegó con la revolución agrícola es un requisito indispensable para entender la revolución urbana». Las primeras evidencias sobre domesticación animal y vegetal las encontramos en el siglo IX a. C. en la zona montañosa de Zagros (actual Irak). Las primeras «víctimas» de nuestra intervención son el perro, el cerdo, la cabra, el buey, así como el trigo, los guisantes o las lentejas, entre otros. Pero, si lo que queremos es hablar de urbanización, tenemos que avanzar unos siglos sin movernos de la zona. En la baja Mesopotamia, por el año 3500 a. C., donde grupos procedentes del norte empiezan a colonizar y a construir sus poblados en las planicies aluviales ubicadas entre los ríos Tigris y Éufrates.

Una de las ciudades más importantes de la baja Mesopotamia hace cinco mil años es Uruk, ciudad que da nombre a la revolución cultural que tiene lugar en la zona entre los años 3400-3100 a. C. Desde un punto de vista arquitectónico, hay dos elementos destacables en esta etapa: el crecimiento de los asentamientos y la consolidación de la arquitectura religiosa-monumental con la llegada de los primeros templos elevados, los zigurats. Se construían con grandes terrazas sobreponiendo pisos de tierra, que terminaban formando una torre escalonada con un templo en la parte superior.

Anteriores a las pirámides, los zigurats recuerdan a ellas, situados en las zonas altas de las ciudades para estar más cerca de los cielos —el propio nombre zigurat tiene su origen en la palabra acadia zaqaru, que se podría traducir como «en lo alto»—. Una investigación del Instituto Smithsoniano ha revelado, a partir de una tablilla del siglo VIa.C., que la Torre de Babel mencionada en la Biblia era posiblemente un zigurat. La tablilla relata los retos y las dificultades surgidas durante la construcción. Dada la dimensión de la obra, fue necesario recurrir a otras regiones para juntar el máximo de personas posibles. Los diferentes orígenes de los trabajadores, sus diferentes lenguas y las dificultades a la hora de entenderse podrían ser el origen del mito de la Torre de Babel, según los investigadores.

LO DIVINO Y LO TERRENAL

Centrándonos en el desarrollo urbanístico, en ciudades de Mesopotamia se podía identificar cierta zonificación. En algunos casos, dos dentro de la muralla y una en el exterior. Dentro encontramos la ciudad antigua y el temenos, que alojaba los espacios sagrados. Fuera, el resto de la ciudad, donde vivían la mayoría de los ciudadanos, separados por unos muros que podían alcanzar los ocho metros de altura. Hasta donde sabemos, esta configuración es más imputable a la improvisación que a algo parecido a nuestra planificación.

En contraposición a este crecimiento orgánico de las ciudades sumerias, existía no muy lejos de Mesopotamia un modelo donde sí primaba la planificación y la organización. Las primeras ciudades egipcias eran tan antiguas como las sumerias, pero no sus procesos de construcción, que necesitaban avanzar rápidamente para acoger numerosas familias, lo que no podía dejarse en manos de la improvisación o de un crecimiento orgánico. Además, en algunos casos cada faraón fijaba su residencia cerca del lugar donde se debía construir su templo fúnebre. Una vez elegida la ubicación, se construía una ciudad nueva para desplazar a sus ocupantes, que vivirían allí hasta el fallecimiento del faraón, cuando se abandonaría para desplazarse a una nueva ubicación y así continuar el ciclo. Uno de los ejemplos más destacados de esta actividad lo encontramos en la ciudad de Tell-el-Amarna, entre El Cairo y Lúxor, que se cree que fue ocupada durante solo cuarenta años.

Por este motivo, y a diferencia de las ciudades de otras civilizaciones, las ciudades egipcias quedaron sepultadas bajo la arena al ser abandonadas. En las sumerias o, más tarde, las griegas y romanas, se edificó sobre ellas, lo que facilitó localizarlas llegada la era moderna. Encontrar una ciudad egipcia en el desierto es un reto añadido a los propios de las excavaciones. Descubrimientos como el de Tell-el-Amarna han permitido recrear barrios enteros que se han mantenido intactos, caso de un barrio obrero con una retícula perfecta. Aunque el hallazgo no permite dar por hecho que exista una teoría urbanística detrás. Como afirma A. E. J. Morris, «no hay indicios de que la utilización de la retícula tanto en Tell-el-Amarna como en El Lahun sea más que un medio para lograr un fin: proporcionar alojamiento a los obreros cualificados del modo más rápido posible».1

Tendrá que transcurrir un milenio hasta que las culturas micénica y minoica culminen con la aparición de la civilización griega, formada por ciudadanos libres (siempre que no seas mujer o esclavo) y con un modelo y una estructura urbana que dé cabida a su nuevo orden social. La aparición de la democracia estuvo acompañada de una reflexión sobre lo que era una ciudad. En palabras de Aristóteles: «Es el número total de ciudadanos que basta para la suficiencia de la vida». La democracia necesita apoyarse en un plano físico y espera de la arquitectura y la planificación urbanística una respuesta a la altura. En torno al ágora se construyeron elementos para asambleas, y centros de reunión para las cámaras de representación. Como los gobernantes no tenían la consideración de seres divinos, vivían en las ciudades como el resto de sus conciudadanos, dando lugar a palacios en el centro ocupados por personas destacadas.

La ciudad griega también incorpora elementos para el ocio y la diversión, como los teatros al aire libre o los estadios olímpicos. Fernando Chueca argumenta que «la ciudad había pasado de ser el amasijo de viviendas humildes dominadas por el palacio-templo de un rey divinizado, para convertirse en una estructura más compleja en la que dominaban aquellos elementos que eran de disfrute general: plazas, mercados y pórticos».2 Una suerte de paralelismo entre la descentralización del poder y la diversificación del espacio público. En la medida en la que el poder se encontraba más repartido, también disponían de más metros cuadrados para su uso y disfrute.

LA VILLA Y LA CIUDAD

Las primeras ciudades griegas no contaban con murallas, pero las fueron incorporando. Y con ellas, las polis griegas crean un patrón que se va repitiendo. Hacia el año 450 a. C. se establece una retícula al servicio de un modelo de sociedad donde el poder reside en la política y la religión. La querencia por la filosofía y otros saberes también tiene su impacto en ese desarrollo, inexistente hasta entonces.

Ese planeamiento urbanístico incipiente tiene un padre: Hipodamo de Mileto. Se ganó el título cuando diseñó la organización de la ciudad de Pireo con lo que más tarde se conocería como plan hipodámico. Diseñó un sistema de calles que se cruzaban entre sí formando ángulos de noventa grados y manzanas perfectamente rectangulares. Aristóteles le atribuye «haber dejado la teoría y haber puesto en práctica la doctrina de una lógica distribución de la ciudad». Chueca insiste en que «podemos considerar a Hipodamo de Mileto como el primer urbanista con criterio científico riguroso que ha conocido el mundo».3

Desde sus primeros usos, la retícula ha sido utilizada en distintos momentos de forma más o menos premeditada. Salvador Tarragó, reflexionando sobre el Eixample de Barcelona de Ildefons Cerdà, escribiría: «La ciudad cuadriculada, como modelo urbanístico, ha sido una de las grandes conquistas históricas que ha costado milenios de evolución de los asentamientos urbanos, por lo que podemos decir que es el resultado de un largo proceso de decantación, experimentación y de tanteos sucesivos hasta llegar a su formulación más acabada, la cuadrícula. Resolución perfecta para un aprovechamiento máximo de una superficie terrestre».4 Si Mileto no fue el primero en utilizar la retícula, sí imaginó los elementos propios de una ciudad de forma integrada en un nuevo planteamiento, o lo que es lo mismo, un apoyo material para una estructura social que precisaba de unos elementos arquitectónicos específicos para desarrollarse. También Aristóteles de nuevo: «Hipodamo de Mileto fue el primero que, no siendo hombre de Estado, se planteó cuál era la mejor forma de gobierno».5 Se pueden encontrar ciudades que utilizan una retícula diferente en las que no está clara su influencia, pero hay dos cuestiones que nadie pone en duda: la planificación reticular que se fue extendiendo por las polis griegas durante las etapas clásica y helenística tiene una vocación democrática. Las casas tenían las mismas dimensiones y se encontraban alineadas con una salida directa a la calle. La segunda cuestión es el paisaje urbano: la ubicación de los edificios públicos creaba un escenario visualmente agradable para quienes paseaban y habitaban la ciudad.

En su libro Construir y habitar, Richard Sennett indica que «los individuos son más fuertes juntos que separados. Por eso, en tiempos de guerra, Atenas dio protección a diversas tribus que huyeron del campo y trató como exiliados a los que luego se quedaron en la ciudad».6 Sennett pone el foco en una segunda cuestión: una ciudad grande tiene un mayor potencial comercial. La voluntad de los griegos de construir ciudades ordenadas no responde únicamente a organizar su crecimiento, sino también a sacar el máximo progreso mercantil.

Aristóteles ya apuntaba tal reflexión, a la par que reafirmaba que «el ciudadano sin más por nada se define mejor que por participar en la administración de justicia y en el gobierno».7 La necesidad de que los ciudadanos participen es coherente con un modelo de polis que apuesta por las aportaciones de Hipodamo de Mileto, concepto que Sennett traslada a la distinción que la lengua francesa introdujo entre los conceptos de ville y cité.

A pesar de que en un inicio la diferencia entre ambos términos tuviera una relación estrictamente vinculada a la dimensión (ville se refería a todo el conjunto de la ciudad, mientras que cité designaba un lugar concreto de la ciudad),8 a partir del siglo XVIcité pasa a significar todo aquello no físico que tenía lugar en la ciudad fuera del plano material. Sennett define la cité como «la naturaleza de la vida de un barrio, los sentimientos que la gente alberga acerca de los vecinos y los extraños así como su apego al lugar».9 Un conjunto de cuestiones no materiales que definen la ciudad a otro nivel.

En este libro vamos a utilizar esta distinción como dos conceptos base para determinar aquellos momentos de la historia en los que se ha utilizado uno para influir sobre el otro, así como las interacciones que se han establecido entre ellos.

Los romanos son una de las primeras civilizaciones que hace compatible un discurso mítico con uno lógico. El discurso religioso o espiritual se reservaba para la vida privada, mientras que lo lógico protagonizaba los ámbitos institucionales, académicos, sociales y políticos. Merece la pena esta observación para entender una de las grandes aportaciones de los romanos vinculadas a la planificación: el reparto de tierras. Su discurso lógico se aplicó a la organización de un imperio en expansión con la fórmula de la división del territorio en centurias: un sistema de ejes paralelos y perpendiculares que generaban, sobre un terreno, parcelas que permitían asignar lotes de tierras a aquellos ciudadanos que las podían adquirir por diferentes vías.

Desde Roma, el modelo y la evolución de las ciudades sufren pocas variaciones hasta la Edad Media, en la que podemos distinguir tres grandes grupos de ciudades, según su origen: una evolución orgánica de los asentamientos romanos (Barcelona, por ejemplo), urbes de nueva creación en lugares de interés agrícola (Monpazier), y puntos de interés comercial a proteger (Friburgo). En todos los casos, la jerarquía de la sociedad medieval establecía vínculos con el urbanismo y la planificación. El feudalismo, la iglesia y el comercio atendían el crecimiento demográfico ayudándose de las murallas, y de tres elementos imprescindibles:

• La iglesia/monasterio: epicentro urbano en el que vivían importantes comunidades religiosas con gran influencia sobre la población y los nobles.

• El mercado: o la zona comercial, que se extendía por las calles y las plazas principales.