Arte en la era digital - Javier Correa Román - E-Book

Arte en la era digital E-Book

Javier Correa Román

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La revolución digital ha aumentado este abismo: ¿qué sentido tiene ir al museo cuando podemos ver los cuadros por el ordenador? ¿Podrá una inteligencia artificial crear arte? ¿Cómo afecta nuestra continua exposición a pantallas y estímulos a nuestra experiencia estética actual? Este libro es una respuesta coral a estas preguntas. Una respuesta que abarca diferentes formatos, desde el ensayo hasta la ilustración, pasando por el poema o el relato. No hace únicamente un análisis sobre el estado actual del arte, sino que crea también un espacio en el que los distintos formatos dialoguen entre sí. Con las voces de Paula Ducay, Myriam Rodríguez del Real, Javier Correa Román, Javier Calderón, Paula Melchor, Marta Martínez, Alba Mezcua, Marcin Bartosiak, Julia Isasti, Mara Sancho, Pepe Tesoro y Pablo Caldera.

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Javier Correa Román y Julia Isasti (eds.)

Arte en la era digital

© de la edición, FILOSOFÍA&CO, 2023

© Javier Correa Román y Julia Isasti (eds.), 2023

Diseño de cubierta: Estudio Laia Guarro

Edición digital: José Toribio Barba

ISBN epub: 978-84-17786-96-0

1.ª edición digital, 2023

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

Índice

Introducción

I. Sobre el museo

En el museo, por Paula Ducay

¿Van a morir los museos? Hacia espacios artísticos y culturales más democráticos en la era digital, por Myriam Rodríguez del Real

II. Nosotras ante el arte en la era digital

Espectros, por Javier Correa Román

Y si resulta que después de todo te quería porque no estabas, por Javier Calderón

Toda mi vida he tenido miedo de los alacranes, por Paula Melchor

III. El hastío y la sobresaturación

Ficciones de pantalla, por Marta Martínez

Feed, por Alba Mezcua

IV. La mirada

Alerta visual. Despertar la mirada para la era digital, por Marcin Bartosiak

Una estrella y un demonio amuletos de lo bueno, Mara Sannia

V. Nuevas tecnologías, nuevos paradigmas

La revolución tampoco será generada por IA, por Pepe Tesoro

Una estética para TikTok, por Pablo Caldera

Autores

A mi madre, Marisa, por llevarme al museoA Javi, por compartir su amistad, amor y sabiduría

Introducción

¿Por qué este libro?

En 1936, en la Alemania nazi, Walter Benjamin publicó La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica. En este ensayo, uno de los últimos antes de su muerte, Benjamin se preguntó por el estatus ontológico del arte, esto es, por la propia realidad del arte y su esencia una vez que la fotografía había llegado para quedarse.

Así, si el núcleo del arte se basó tradicionalmente en la unicidad, en el aura de objeto único que rodea a las piezas artísticas, ¿qué ocurría entonces con la llegada de la fotografía y sus múltiples copias?¿Cómo modificaba la esencia del arte una técnica que se basa, principalmente, en la multiplicación infinita? ¿Tiene sentido hablar de una copia de una fotografía como hablamos de una reproducción de un cuadro? ¿Es que acaso en la fotografía hay un original? Y, sobre todo, ¿cómo afecta esto al arte?

Estas preguntas, nacidas al albor de la modernidad tecnológica, son hoy más acuciantes que nunca por el evidente hiperdesarrollo tecnológico. Nuestra época es una época hiperacelerada, tecnológicamente revulsiva, donde uno sale cada día a descubrir el mundo que habita, un mundo siempre distinto a la noche anterior. Nuestra vida es completamente digital, nuestro lenguaje ha incorporado elementos propios del ciberespacio (gifs, emoticonos, stickers...) y nuestra forma de relacionarnos con las imágenes (selfies, hiperabundancia, memes...) es radicalmente distinta a la de generaciones anteriores. ¿Por qué este libro? Porque nosotros, con Benjamin, nos preguntamos: ¿cómo afecta esto al arte?

Varios siglos antes de la publicación del texto de Benjamin, Immanuel Kant escribió su célebre ensayo ¿Qué es la Ilustración? (1784). Hace apenas unas décadas, Michel Foucault releyó el texto y afirmó, con acierto, que el elemento fundamental del texto kantiano no eran tanto las respuestas que daba a la actualidad que le había tocado vivir, sino la capacidad de preguntarse por el propio presente, por la particularidad histórica que uno vive. El valor de ¿Qué es la Ilustración?, creía Foucault, reside en analizar las líneas históricas que nos atraviesan, las fallas que nos constituyen, los cambios que se advierten (y que advienen) y que anuncian movimientos intempestivos... En fin, pensar el presente en su radical particularidad, permitiendo una cartografía que desvele los flujos y líneas que marcan nuestro tiempo. A esto, y como es sabido, el pensador francés lo llamó una «ontología del presente».

Así todo, con las inquietudes de Benjamin y el espíritu que Foucault leyó en Kant, creemos que hacer hoy una ontología del presente pasa, sin lugar a dudas, por reflexionar sobre el arte y la era digital.

El primero parece secuestrado por un sistema económico que extrae plusvalía de cualquier dimensión humana y que adorna sus proclamas ideológicas con diseño gráfico e imágenes en alta definición. Tiempo hace de la simpleza estructural del capitalismo basada en la (des)posesión de los medios de producción. En su fase tardía, el capital genera acumulación con el mero consumo y ha mostrado un gobierno de los cuerpos que es mucho más rentable económicamente que cualquier fábrica. Todo esto ocurre en un entorno digital, sea lo que sea que eso signifique. La digitalización de nuestra vida ha traído muchos cambios, pero ha supuesto fundamentalmente un vuelco en toda nuestra esfera social: nuevos lenguajes, nuevas formas de relacionarse, nuevos ritmos, nuevas identidades…

Ante este panorama, creemos que hacer una ontología del presente pasa por buscar las líneas e intersecciones que recurren al arte y a lo digital. Nos preguntamos entonces: ¿cómo son los circuitos de circulación del arte en el espacio digital? ¿Qué función social cumple? Si pensamos el arte como un lenguaje, ¿qué mutaciones digitales han ocurrido en las últimas décadas? Y viceversa: ¿se ha integrado el arte en los lenguajes digitales? ¿Desde dónde pensar el arte en la era digital? ¿Qué paradigmas quedan obsoletos y cuáles se abren? ¿Cómo afecta la digitalización masiva a la separación entre cultura popular y arte minoritario? Aceptar este reto es nuestro objetivo.

Antes de pasar al contenido de los capítulos, creemos importante señalar que la forma de los textos es deliberadamente plural: desde el ensayo hasta la ilustración, pasando por el poema o el relato. No pretendemos hacer únicamente una ontología del presente artístico, sino también crear un espacio en el que los distintos formatos narrativos dialoguen entre sí en su variedad de lenguajes: del denso y profundo ensayo a la apertura del poema, del mundo del cuento a la silueta de la ilustración.

El museo

Por cómo se han ido configurando los espacios de circulación del arte en los últimos doscientos años, si cualquiera tuviera que decir cuál es el espacio predilecto del arte, todas diríamos sin pensarlo dos veces que es el museo. Desde sus inicios, los museos no se han comportado únicamente como grandes almacenes de arte, en el sentido de meras instituciones receptores, sino como verdaderos poderes instituyentes: con la selección de obras que guardan han dibujado la frontera entre lo que debe ser considerado arte y lo que no. Como dice Myriam Rodríguez del Real en su ensayo ¿Van a morir los museos? Hacia espacios artísticos y culturales más democráticos en la era digital: «Los museos en su desarrollo performativo generan exclusividad: objetos exclusivos, élites intelectuales».

Este poder había sido históricamente naturalizado y, por tanto, invisibilizado. Sin embargo, en los últimos años no ha escapado a la crítica de multitud de autores. El hecho de ampliar la experiencia estética más allá de los formalismos de la propia obra ha obligado a preguntarse cuál es la experiencia estética que posibilita el museo (de contemplación, de cierta sacralidad hacia lo artístico), qué tipo de espectador dibuja (pasivo, muy fácilmente derivable en consumidor) y cómo se conecta con otras estructuras de poder (el museo no es algo etéreo, sino que incluye trabajadores, excluye a mujeres en sus colecciones y se aprovecha de la historia de saqueo colonial para sus exposiciones).

Pero la crisis de los museos no es una crisis únicamente de legitimidad, sino que tiene también que ver con su difícil inserción en la sociedad tecnológica y de masas. Respecto a lo segundo, es paradigmático el protagonista de En el museo, el relato de Paula Ducay, que «apenas guarda un recuerdo tenue de la última vez que pisó un museo en persona, pero rememora casi con dolor cómo el ruido de las conversaciones y el trajín de las visitas guiadas anidaba en sus sienes y le martilleaban el cerebro». Y es que ¿cómo disfrutar del arte si no tenemos espacio para respirar entre una multitud que nos asfixia? Las ciudades cada vez son más grandes y la densidad de nuestra vida (y sus espacios) es cada vez más alta, con ritmos más acelerados. ¿Cómo disfrutar de una obra de Van Gogh entre sudores y codazos? ¿Es que es acaso posible tener una experiencia estética ante estas condiciones?

Por todo esto —por las críticas a sus efectos de exclusividades, a su relación con el poder y ante la crisis de su espacio por la sociedad de masas— podemos decir sin tapujos que el museo es una institución en crisis. Los caminos que se pueden resolver son varios y tanto En el museo como ¿Van a morir los museos? exploran, directa o indirectamente, algunas de ellas. En el relato de Paula Ducay, por ejemplo, se explora la vía en la que parecen estar los museos en nuestro tiempo: digitalizarse (literalmente). El protagonista del relato va al museo a través de su pantalla. ¿Cómo es esta experiencia estética? En el texto leemos, por ejemplo, que el protagonista «se pregunta si habrá más personas sentadas frente a sus pantallas a esa hora de la noche». ¿Qué sujeto dibuja esta forma de experiencia estética? ¿Resuelve la crisis o profundiza en ella?

En ¿Van a morir los museos?, en cambio, no se explora tanto la actualización digital de los museos, sino si, efectivamente, serán destronados por el propio mundo digital; en concreto, por las redes sociales:

El asunto que nos interesa atender en las próximas líneas es cómo construir espacios para la creación y desarrollo artístico más democráticos y si internet y las redes sociales en la nuestra era digital pueden contribuir o ser una herramienta de ayuda para encaminarnos hacia otros modelos de creación, participación y disfrute del arte.

Su objetivo será, entonces, analizar si, por un lado, las redes sociales pueden acaso ocupar el espacio en crisis del museo y, si la anterior respuesta es afirmativa, si este trasvase es algo deseable o, en cambio, trae nuevos problemas.

¿Asistiremos, pues, al derrumbe de uno de los iconos de nuestra modernidad ilustrada? ¿O, por el contrario, estamos ante el enésimo anuncio de un derrumbe y una muerte que nunca acaba de producirse? ¿Estamos ante un cambio de época o, en cambio, nos pasará como al protagonista de En el museo, para el que «siempre hay un momento en el que cree que escuchará algo, un intruso, un daño por venir, pero nunca sucede»?

Nosotras ante el arte en la era digital

Lo que ocurre en la experiencia estética, sacralizada en la normativa experiencia museística, es el encuentro de un sujeto con un objeto artístico. La propia consistencia ontológica de este objeto ha sido objeto de experimentación y ulterior debate en las últimas décadas, especialmente a raíz de los juegos vanguardistas y las experimentaciones en los ismos. Sin embargo, y a diferencia de lo que a veces pueda parecer en muchos análisis, no ha sido el único polo cambiante en la relación estética. El nuevo sujeto estético (o con menos grandilocuencia, el individuo que hoy accede a la experiencia artística) es un individuo tremendamente fracturado por una sociedad atomizada y atomizante, rebosante de neoliberalismo y grandes distancias en metros y demás no-lugares.

Así, resulta casi paródica la promesa revolucionaria del arte que prometían algunas vanguardias. El sujeto del capitalismo tardío —y especialmente después de la experiencia pandémica— es un sujeto que se siente solo, con la salud mental resquebrajada ante la multitud de estímulos. En Espectros, de Javier Correa Román, el protagonista escribe en su móvil «¿cómo va alguien a quererme?» y la historia de su encuentro con el arte es la historia de la soledad. Una soledad que las redes sociales en particular, o la tecnología en general, habían prometido suplir. «¡Ahora estaremos más conectados!», prometían, como si fueran la compensación al aislamiento de las macrociudades. Pero no fue así. Como dice Javier Calderón en el poema que escribe para este volumen: «necesito que me mires / y eso solo puedes hacerlo desde ti y no / desde la representación de ti». Y es ante esta ausencia, como en el caso del protagonista de Espectros, que volvemos a las pantallas más por consolación que por disfrute. Otra vez las notas del móvil en nuestra experiencia cotidiana: «no he podido evitar / abrir las notas del móvil y escribirte».

Pero esta mirada, nos recuerda Paula Melchor en Toda mi vida he tenido miedo a los alacranes, es una mirada demasiado centralista, demasiado cosmopolita. Una mirada que, desde Madrid o Barcelona, cree hablar en nombre de todas las experiencias de la actualidad. Y lo cierto es que hay un afuera enorme que cuestiona esta presuntuosidad. El texto de Melchor parte de la misma premisa, la soledad, pero desde coordenadas radicalmente distintas. El yo que habla es un yo aislado no por las redes sociales o las dinámicas de las grandes urbes, sino por los procesos territoriales que vacían las ciudades pequeñas y los pueblos. Aquí el espacio digital tiene una función completamente distinta. No son las redes sociales las que llenan de falsa cercanía un espacio densamente poblado (como una capital); más bien al contrario: es precisamente gracias a esas comunidades digitales que una puede salir de su aislamiento (estético, en el caso del texto de Melchor):

Lo que empezó siendo un modo de distracción, una forma de estar en contacto con la gente a la que conocía; acabó convirtiéndose en una mirada a la realidad mucho más amplia de la que en un primer momento pude imaginarme. De repente, cayó en mis manos un altavoz enorme desde el que podía traspasar las fronteras de mi casa, de mi pueblo y de la ciudad en la que iba al instituto: había todo un mundo de posibilidades al que podía acceder rápidamente, lleno de gente como yo con la que podía comunicarme como si estuvieran a mi lado. Igual que los mitos, las redes sociales desplegaron para mí una realidad alternativa —solo que mucho, mucho más cercana y verdadera— en la que, de repente, no estaba sola.

El hastío, la sobresaturación

En nuestra época, nuestros sentidos y costumbres están inundados de una manera de la que no podemos escapar. Para sobrevivir tanto al mundo como al aluvión de estímulos constantes, el sujeto contemporáneo entumece sus sentidos, sus reflexiones, sus reacciones. Es en este contexto social y cultural en el que debemos situar la presencia del arte fuera del museo, un arte que se extiende por doquier.

Por un lado, podríamos pensar que la multiplicación exponencial de los lugares por los que circula el arte (pensemos, por ejemplo, en las redes sociales) es algo positivo, asumiendo que el arte se difunde más y mejor, escapando del elitismo museístico y desocultando las obras para que estén a la vista de todos los que las quieran ver. Sin embargo, debemos situar esto en el contexto de anestesia sensitiva que comentábamos antes: la megaproducción y exposición a través de todos los canales posibles dificulta la observación plena.

Y es que siempre habrá algo nuevo, algo que, como personas sujetas al capitalismo tardío, debemos disfrutar en los resquicios de ocio y reflexión: una película en el bus yendo al trabajo, un podcast mientras hacemos ejercicio, un libro con los ojos cerrándose antes de dormir. El ruido blanco de las redes sociales nos ayuda, sino, a colmar el cansancio. En este sentido, Marta Martínez Rodríguez nos escribe desde el metro en Ficciones de pantalla, un ensayo intimista donde el vicio de las redes y la añoranza de los likes se encierran en sí mismos para mostrarnos un arte constante en nuestra percepción visual (una percepción donde el arte está —a su vez— ausente). Es aquí donde arraiga la culpa que circula alrededor de la producción artística: ¿cómo consumir todo lo que se crea cada día? ¿Cómo consumirlo «bien», sin culpa por no tener tiempo en un capitalismo que nos incita a no perdernos nada?

Ficciones de pantalla nos invita a tener en cuenta aquello que las redes invisibilizan, ya que además vemos constantemente —aunque sea de manera superficial— como todos somos capaces de hacer todo. Y es que el capitalismo, más que una igualdad de condiciones, dice abiertamente defender una igualdad de consumo, donde todos podemos consumir libremente el arte. Pero esto no significa que tengamos todos el mismo acceso a él. De hecho, su privatización en la sociedad nos dice lo contrario y dibuja un contexto llenos de faltas, baches y fallos, dentro del mundo artístico y cultural. Esta falsa idea de igualdad es similar a la falsa horizontalidad característica de la meritocracia neoliberal, lo cual, finalmente, nos frena ante la idea de imaginar nuevos escenarios.

En fin, y en el otro lado de la balanza, los artistas y diseñadores no se ven exentos de la presión creadora de compartir y mostrar sus creaciones de manera constante y estratégica. Al hacerlo, las dudas sobre el estatus de artista se mezclan con la necesidad de vivir del arte. Ser artista hoy supone en gran medida exponerse digitalmente para recibir likes, para ser compartido, para ser viral. Es este el tema que trata Alba Mezcua en Feed, una ilustración en la que mezcla técnicas digitales con lo analógico. Con ella busca mostrarnos el hastío de la entrega de lo artístico con el objetivo de recibir a cambio validación o la esperanza de reconocimiento.

La mirada

La mirada y su relación con la estética, el arte y su historia, ha cambiado progresivamente a través de los siglos, llevándonos hoy hacia una mirada que debe estar atenta a todo sin mirar nada con detenimiento. Es físicamente imposible asimilar la cantidad de estímulos visuales que nos entrega el mundo contemporáneo, que se posan ante nuestros ojos para ser cambiados por el siguiente estímulo diez segundos después. Marcin Bartosiak lo expone a través de la historia del arte como la cultura visual y nuestra manera de mirar ha cambiado en su ensayo Alerta visual. Despertar la mirada para la era digital, desde Cézanne a los NFTs, de David Hockney a los píxeles de nuestro móvil. La mirada concibe un lugar clave dentro de la vivencia humana, donde la historia del arte nos reafirma que esta, desde su uso artístico, desde la contemplación, tiene una responsabilidad inherente.

Pero mirar significa también asumir todas las consecuencias que este acto implica, pues mirar tiene su precio. El precio que tuvo que pagar Vincent Van Gogh fue la soledad. El de Ernst Ludwig Kirchner fue enfrentarse a los recuerdos horrorosos de la primera guerra mundial. El de Mark Rothko fue sumergirse en el abismo y pagar el precio más alto.

La economía de la atención empieza a jugar un rol fundamental en el arte y cómo miran los espectadores. Bartosiak cita a Remedios Zafra: «¿Cómo es posible integrar la experiencia visual del individuo en el contexto donde solo parece haber lugar para la voracidad del instante como insaciable necesidad de ahora?».

Esta economía de la atención a la cual estamos sujetos nos invade con sus estímulos constantes, como Marta Sannia retrata en su ilustración desde su punto de vista de artista y creadora: ¿cómo influye en la forma de producción del artista la saturación informática? ¿Cómo afecta al valor de la obra, a su proceso, al artista mismo? Las redes devienen no solamente una fuente de inspiración a la vez que de agobio, sino una fuente de trabajo, de contacto con otros artistas, de comparación y documentación constante de los procesos artísticos. Desde sus perspectiva, replantearnos nuestra relación con las redes es necesario: la mirada sobresaturada crea un arte sobresaturado.

Nuevas tecnologías, nuevos paradigmas

Por último, no podríamos terminar este libro coral sin un análisis de la situación actual de las nuevas tecnologías desde un punto de vista más amplio, más general, bien sea desde una teoría estética —como hace Pablo Caldera en Una estética para TikTok—, o desde la sociología —como parece hacer Pepe Tesoro en La revolución tampoco será generada por IA—. En ambos casos observamos un choque entre aquello que imaginamos que debería o podría ser la sociedad y aquello en lo que, de hecho, se convierte. Así, frente a la fantasía sci-fi de los años noventa, el público de hoy en día se topa de cara con la realidad de las redes y aparatos y no puede menos que perder toda esperanza. Ahora bien, ¿cómo ocurrió este desvío? ¿Cómo pasamos de las tecno-utopías a la saturación tecnología actual? ¿Cómo pasamos de pensar que son la panacea a señalarlas como nuestras cadenas? Tesoro ofrece una respuesta en esta línea, señalando que la humanidad está condenada por su condición «miserable y conflictiva», cargando con una culpa semejante a la culpa bíblica que nos expulsa del Paraíso:

Al fin y al cabo, este proceso no se ha debido tanto a la naturaleza de la tecnología particular sino a la medida precisamente en que la tecnología no está predeterminada y por ello no es neutral, sino que responde a los incentivos del modo de producción de su contexto.

No hay, pues, hueco para el progreso. Se acabó el mito. La tecnología no viene a sacarnos de nada, sino que —al no ser neutra— profundiza en todas las contradicciones que ya tenemos: complejiza nuestras relaciones laborales, trastoca nuestras relaciones personales, modifica los regímenes de atención. Así, el arte y las creaciones culturales en esta época tienen una base material muy concreta, como bien señala Tesoro, una base material que es, sobre todo, tecnológica, o que al menos está localizada en un momento en el que la tecnología es protagonista. Las preguntas que deberían resonarnos, entonces, y que Tesoro recoge con acierto, deberían ser las siguientes: ¿cómo afecta esto a aquellos dedicados a la producción artística y cultural? ¿Cómo afecta el nuevo paradigma tecnológico, aliado intrínsecamente al capitalismo, a nuestra visión artística y la sacralización del arte?

Por supuesto, este cambio de paradigma ha afectado a la propia estética y teoría del arte. La propia materialidad de TikTok, con sus ritmos rápidos de creación, sus vídeos cortos, sus planos, sus códigos, ha transformado por completo la forma que tenemos de relacionarnos con las imágenes, como analiza Caldera en su ensayo. Estamos en una época de abundancia de imágenes, de sobresaturación, donde algunas de nuestras estrategias subversivas (como el détournement situacionista) ya no valen, no funcionan:

El impulso de todo détournement, ya fuera en la obra de Guy Debord, Farocki o Barbara Kruger, obedecía a una puesta en cuestión de la imagen que, sacada de su contexto original, se sometía a una dispersión de sentido que desnudaba sus aspectos ideológicos o mostraba la artificiosidad industrial de su producción; en el caso de las imágenes de TikTok, sometidas a una difusión que ya las modifica, el desvío del canal no supone gran cambio. No se desvían imágenes procedentes de anuncios de TikTok (los hay, y muchos), sino vídeos de la propia plataforma, en los que agentes individuales participan, a veces, de una estética común. Parece que las formas más radicales del apropiacionismo actual se han replegado en la parodia.

¿Qué efectos puede tener esto? ¿Es todavía pronto para pensar los efectos de TikTok en la estética en general? ¿Cómo conciliar lo popular de la creación colectiva que vemos en TikTok con que sea una aplicación central para el mantenimiento del tardocapitalismo, representando a la perfección su funcionamiento? Estas son algunas de las preguntas centrales de nuestro tiempo, preguntas que encuentran sentido en el ensayo de Caldera.

Para no terminar

De hecho, más bien lo contrario: ahora solo queda comenzar a leer. Esperamos con este libro no solo poder aportar nuestro (el de todas) granito de arena a un debate que creemos actual y crucial, sino generar también un diálogo que vaya más allá de las aportaciones individuales de cada una. Esperamos que surjan contradicciones, puntos de vista diferentes, pero también complementarios. Creemos firmemente que la diversidad de formatos ayuda a ello y que, además, no subsume la diferencia en una falsa homogeneización. Ojalá, querida lectora, tu diálogo con este libro sea rico. Ojalá disfrutes tanto leyéndolo como nosotras.

Javier Correa Román y Julia IsastiMadrid, a 3 de Julio de 2023

I. SOBRE EL MUSEO

En el museopor Paula Ducay

Víctor baja las pestañas poco a poco, despacio. Como cada día, deja para el final la herramienta que controla cuánto tiempo le dedica a sus tareas a lo largo de la jornada laboral. Se detiene un momento a observar las listas pendientes, los colorines de las barras de avance y las fotos de perfil de los compañeros. Tiene que frenar el impulso de hacer un corte de mangas a la pantalla, sabe que su jefa le mira por el rabillo del ojo. Víctor apaga el ordenador, baja la pantalla y recoge sus cosas en silencio. El resto de los puestos de la oficina siguen ocupados, sabe que tendrá que murmurar un «hasta mañana» al que su jefa responderá con un gruñido y podrá respirar cuando escuche el clac de la puerta al cerrarse a sus espaldas. Llueve, y Víctor despliega el paraguas en el umbral del portal tras encender el bluetooth y colocarse los cascos. El podcast que estaba escuchando se reproduce automáticamente, vertiendo palabras como «trazo», «tonalidad» o «magenta» en sus oídos.

Las palabras favoritas de Víctor son «cian» y «añil». A veces las busca en el diccionario. Le gusta que ambas tengan cuatro letras, que compartan vocales y que designen distintos tipos de azul. El hecho de que «azul» tenga cuatro letras también le provoca cierto placer, pero nada comparable a encontrar el cian y el añil juntos en un cuadro. De camino a casa, esquivando charcos, intenta deshacerse del cosquilleo que siente cada vez que se levanta de su asiento y ficha la salida del trabajo antes que sus compañeros. Se va antes porque entra antes, él y su jefa lo saben; pero, aunque Víctor cumpla rigurosamente con el horario establecido en su contrato, no puede evitar cierto sentimiento de traición cuando apaga el ordenador antes que nadie. Justo después, un leve sabor ácido en la boca, algo que se concentra entre las muelas y el paladar. Cuando el aire fresco le da en la cara se ha olvidado de todo lo que sucede en la oficina y solo puede pensar en llegar a casa.