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Un compendio de narraciones sobre hechos reales y personales en pro de la ética moral y justicia social. Los años fueron pasando Con sus largas temporadas Sembrando, arando o segando Día y noche trabajando Interminables jornadas. Unas riendo, otras llorando Pero pocas descansando Y muchas sin ganar nada. Vida desilusionada De una juventud dorada Que sin culpa condenada Pasó su vida soñando Hasta que fue despertando De una sinrazón atada Con una razón quemada Que el tiempo fue desatando. París, 1965
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Veröffentlichungsjahr: 2017
© Derechos de edición reservados. Letrame Editorial. www.Letrame.com [email protected] Colección: Relatos cortos y Poesía © Olegario González Prado Edición: Letrame Editorial. Maquetación: Juan Muñoz Céspedes. Diseño de portada: Antonio F. López. Fotografía de cubierta: © Fotolia.es ISBN: 978-84-17161-30-9 Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor. Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas. «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)». Este libro colabora con:
IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA
Prólogo
Tras la publicación del libro la Ventana del Rey, he tenido el privilegio de recibir el borrador del que será el segundo de los libros que Olegario González Prado tiene la intención de publicar en breve. Lo cierto es que no me extraña en absoluto que Olegario haya querido darle continuidad a su producción literaria, pues tengo la certeza de que posee una indudable vocación por la narrativa y que, por fortuna, y para regocijo de aquellas personas a las que nos gusta lo que cuenta, y la forma en la que lo cuenta (mitad prosa, mitad lírica), creo que tiene aún mucho recorrido.
He de confesar que lo primero que me ha sorprendido de este libro es su exordio, en el que el autor hace un juicio ético-moral en el que teoriza brevemente sobre algunos aspectos de la conducta humana en relación con sus congéneres. Bajo estas premisas, Olegario trata de analizar las razones por las que algunas personas, en determinadas ocasiones, son tan sensibles a la hora de relacionarse con las demás y, en otras, por el contrario, actúan de una forma inversa, incluso en un contexto de sociedad avanzada como el actual. Y Olegario no habla de oídas, sino que para fundamentar su tesis recurre en su libro a lo empírico, experiencias que ha vivido en primera persona, o a la fábula, cuentos que brotan de su fantasía. A través de unos y otros ejemplos, se compendian las mejores y peores versiones del género humano: personas que muestran una profunda humanidad, así como el de otras que permanecen muy alejadas de esta condición.
Estas profundas reflexiones no son de extrañar en una persona que se caracteriza por su bonhomía, sensibilidad y carácter afable y que, para mayor mérito, vive, por decisión propia, en ese incomprendido medio rural del que solo se acuerda la actual sociedad, cada vez más urbanita, a la hora de usarlo como espacio recreativo durante sus fines de semana. Y esto último no es malo, no, pues supone un trasvase de flujos económicos que el medio rural necesita para su supervivencia. Lo negativo se sitúa en el sentido de que en la mayor parte de las ocasiones el urbanita desaprovecha la oportunidad de comprender y empatizar con las formas de vida de los espacios rurales, y se permite el lujo de enjuiciar formas y estilos de vida que le son muy ajenos. Y claro, como el poder económico y la toma de decisiones se sitúan en los ámbitos urbanos, en muchas ocasiones se legisla y se hacen juicios de valor sin escuchar con detenimiento, ni tener en cuenta, las peculiares condiciones de vida bajo las que viven las personas que habitan en el medio rural. Grave error.
De alguna forma, en los relatos que contiene este libro, que son dichosamente aderezados con paremias y versos de delicada factura, se aprecia con inusitada brillantez el mensaje sobre el que el autor quiere enfatizar, y que sintetizo en una de sus frases que entiendo es una auténtica sentencia:Me sonroja ver cuando alguien acaricia a un perro desconocido, y luego no es capaz de dar una limosna a un pobre.
Sin duda, a la luz de esta máxima, resulta fácil entender que en los relatos y cuentos que Olegario ha escrito, aparezcan como hilos conductores conceptos de tan excelsa trascendencia como la justicia, el amor y la compasión. Desgraciadamente, como el bien no puede entenderse, ni asimilarse, sin el mal, en el libro también aparecen reflejados sus opuestos: la injusticia, la indiferencia y el desprecio. Todos estos aspectos subyacen en un texto que responde a la tipología de narrativa breve. En total, 15 relatos cortos que nacen de experiencias vividas hace años en las que se describen hechos que retratan el costumbrismo de hace décadas (tiempos pasados de formas de vida que nunca volverán, tanto en lo bueno como en lo malo), y de vivencias singulares que solo pueden ser recordadas con nitidez por personas que se caracterizan por sus muchas ganas de vivir y de conocer mundo. Por supuesto, no podemos ignorar el apéndice poético que contiene el libro. Un ramillete de versos hilvanados en varias etapas de su vida, como la adolescencia, que es el periodo de la vida de una persona en el que afloran muchas sensibilidades, tal y como es factible comprobar.
Ahora, tras la lectura del libro, no entiendo muy bien si su título, ascuas de juventud, es el más apropiado. Lo digo porque estoy seguro de que aquel fuego que puso incandescente su parte inmaterial (el espíritu) durante su juventud, se sigue manteniendo al rojo vivo en la actualidad.
Olegario, espero que no haya dos sin tres.
Juan Ignacio Rengifo Gallego
Profesor de la Universidad de Extremadura
INTRODUCCIÓN
En “LA VENTANA DEL REY,” escribí una frase que decía.- ¡”Me sonroja ver cuando alguien acaricia a un perro desconocido, y luego no es capaz de dar una limosna a un pobre”!
Cuando diseñé la idea de escribir esta humilde obra, vino a mi mente esa misma frase que me sorprendió a posteriori, viendo que aún no estaba terminada del todo.
La esterilidad de nuestras apariencias no tendría mayores consecuencias si no se me hubiese ocurrido escribir después. ¡Y no quiero ni pensar en el día, en que dudando del pobre, le demos nuestra confianza, en forma de galleta al perro!
Un rincón de mi mente, conectó con el espacio ovular de mi conciencia que fue fecundada con una casi eclosionada idea, y ahí comenzó el proceso de gestación de esta sencilla, pero humana obra, (si en algo merece serlo).
Al parecer ya han descubierto de que somos lo que comemos. ¿Cuándo se nos podrá juzgar verdaderamente, por lo que hacemos?
Nuestra flamante sociedad ha nacido baja de defensas filantrópicas, y tal vez necesite una revacunación con una buena dosis erasmática (de Erasmos) de coherencia espiritual, si no queremos que nuestro débil patrimonio de ética moral, degenere en una peligrosa e irreversible pandemia de misantropía.
Los anticuerpos inmunizantes se adquieren por dos procedimientos: el vertical y el horizontal. El vertical es adquirido a través de nuestra descendencia (sin duda es el más seguro) y el horizontal es el desarrollado a través de procedimientos bioquímicos directamente. Este segundo es el más usual, pero solo da buen resultado si se aplica en programas profilácticos, y muy escasos en casos de emergencia. Esto se sabe, se aplica, funciona y salva miles de vidas.
Secuenciados los más de 3.500, millones de elementos químicos que constituyen el testo genético del hombre en sus cromosomas, lo primero que se pensó fue en el levantamiento de una cartografía exacta del patrimonio genético humano. Esto también se sabe, se aplica, funciona pero no resuelve el gran problema de la humanidad.
Sabemos todas las complejidades del ser humano y, sin embargo sigue siendo un misterio lo más sencillo de nuestra corta existencia:”Vivir dejando vivir.” ¿Qué es lo que estamos haciendo mal…?- ¿En qué nos estamos equivocando?
Tal vez estemos abusando del laboratorio de la ciencia en pro de la vida, en detrimento de una mínima revisión de salud de conciencia.
Difícilmente conseguiremos rentabilizar nuestra investigación científica, si por un lado estamos obsesionados en salvar vidas, y por otro no prestamos la suficiente atención a la patología, de los que se obstinan en destruirlas.
La configuración de las principales virtudes en nuestra genética moral se están anquilosando y en muchos casos están mutando, para lo cual no existe ningún antígeno aplicable, pero sí la posibilidad de reactivar nuestra tasa antigénica de sensibilidad moral heredada, si la sabemos aplicar con habilidad, en pequeñas dosis de sensibilización social, sobre todo, en nuestra etapa infantil fundamentalmente, con ejemplos fáciles de entender, en nuestra primera toma de conciencia. Algo que en inmunología se denomina como el efecto “booster,” y en sociología deberíamos conocer todos, como el efecto “basta.”
-“Basta” de pensar de que el mundo es mas mío que tuyo.
-“Basta” de intentar hacer creer en lo que yo no creo.
-“Basta” de arrancar tu semilla para plantar la mía.
-“Basta” de acaparar todas las razones, si tengo que robar espacio a las demás para colocar las mías.
-Pero sobretodo, “basta” de intentar conseguir detener el tiempo, porque el tiempo no se detiene para nadie por muy “alguien” que seas, y en la brecha de la posible utopía de la cuestión, está la posible conclusión, pero no la solución.
Nadie nace con un doctorado, como tampoco nacemos buenos o malos, nos determina el laboratorio de la vida, que desgraciadamente no puede formular un antídoto sin utilizar el propio veneno, entre otras cosas, porque permanece opaco en el reservorio de nuestra propia hipocresía.
Este ejemplo tal vez sea, el que desde muy joven hizo mella en mí, ya que por circunstancias de la vida mis defensas se desarrollaron, a consecuencia de varios contactos con diferentes contaminantes afines y, tal vez por eso, también esté tan convencido de que nuestra inmunidad neonatal, en algunos casos no sea suficiente para protegernos el resto de nuestras vidas. Para ello hemos de tener la oportunidad de sensibilizar nuestra adolescencia con dosis incipientes vivas o atenuadas de moral social que sean capaces por sí solas de desarrollar nuestro verdadero instinto de ser humano.
Pero el gran problema es que ese programa no hace parte de nuestras circunstancias que a cada uno de nosotros nos ha tocado vivir por separado, pero que en cambio sí puede ser aplicable si sabemos poner de lado“los intereses creados”que nos condicionan y nos obligan a alejarnos cada vez más de nuestra condición humana, obsesionada en conseguir cosechar el máximo, pero intentando sembrar el mínimo.
Un buen principio es enseñarnos a querer a los animales de nuestro entorno, por supuesto que sí, pero sin olvidar a las personas que nos necesitan aunque estén muy lejos. ¡Eso debería ser siempre lo primero!
Olegario González Prado- 26 – O6 – 2.O16
CAPÍTULO – 1
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LA MAGIA DE MI PUPITRE.
Solía decime mi madre a una edad demasiado joven como la mía: “Hay veces que Dios se distrae y pone barbas demasiado grandes, en caras demasiado pequeñas”. En aquel momento todavía no conseguía comprender exactamente qué era verdaderamente lo que ella me quería decir con aquello.
Lo que si comprendía perfectamente era, que me lo decía con una gran carga de tristeza, sobre todo, cuando me veía con una enorme afición por aprender sin poder ir a la escuela del pueblo, basando su misterioso argumento, supongo yo, a sabiendas de quehabía algunos padres que intentaban hacer estudiar a sus hijos, y a duras penas lo conseguían.
Pero las cosas en las familias del campo en aquella época eran así, y aunque mi ansia por ir al colegio del pueblo, (que no quedaba a más de dos kilómetros de la finca donde residíamos) era casi patológica, porque solo pude ir una corta temporada para prepararme adecuadamente, y poder hacer la primera comunión, con lo cual, pasábamos más tiempo con el cura que con el maestro, y esto dio como consecuencia el que tuviésemos mejores notas en religión que en matemáticas.
Aun sí, fue una etapa maravillosa que me permitió dilucidar muchas cosas, pero entre todas, una fundamental, que fue la de poder instaurar en parte de mi conciencia, los principios básicos de mi identidad como persona.
Aunque muy joven, pero sin un tutor rígido a mi lado en quien poder apoyarme para poder crecer recto, tuve el privilegio de poder crecer en el campo, donde las plantas y los seres necesitan poco tutelaje para poder crecer con naturalidad, ya que todo crece recto, y hasta las ideas se guían con dirección al sol, sin más abonos ni dogmas, que el de la pura y sabia naturaleza: salvaje en sus raíces, pero doctora en todos los campos, cuando se sabe interpretar y comparar, con lo que la parte obscura y sombría de la vida, intenta enseñarte después.
Pero esa etapa de colegio, aunque corta, me permitió empezar a formular mis propias disquisiciones a medida que fui creciendo y madurando como persona, y he de agradecer, que en la religión basé algunos de mis principios como ser humano, pero a mi manera, porque unas veces me servía del catecismo, y otras de mi entorno y de mis vivencias. Unas veces miraba las estrellas, y otras veces miraba los aviones que solían pasar con frecuencia, y aunque esto pueda parecer una digresión absurda para alguien, no lo era en absoluto para mí, y tenía un significado de contrastes muy importante, ante la ignorancia de un niño de campo como yo.
Jesús me parecía una persona maravillosa, pero no comprendía por qué le habían añadido tantas cosas, tanto antes, como después de nacer, encontraba en él gran cantidad de buenos ejemplos y valores, y quise apropiarme de muchos de ellos para orientar mi instinto en lo que yo pensaba que era la buena dirección, yo también quería ser una persona sencilla y humana como él, lo único que no estaba dispuesto era a dejarme traicionar y sacrificar como él
Aquel hombre tenía muchos valores acordes con la mísera vida que yo vivía y compartía, y si además era Dios,-¡ mucho mejor!- porque yo hasta ahí no quería llegar, me negaba a admitir de que un Dios hubiese hecho a la mujer, de la costilla de un hombre, pues el Dios que me habían descrito era infinitamente inteligente, y de ninguna manera podía haber metido la pata, utilizando una tierna costilla que se parte con suma facilidad, y luego le saliese una mujer, que suele ser un hueso mucho más duro de roer.
Pero el espíritu de los niños en su infancia y parte de nuestra adolescencia, suele ser mas receptivo a las cosa fáciles y divertidas, que a las cosas serias y difíciles, pero no todos los niños de aquella época podíamos elegir nuestros juguetes espirituales, y algunos teníamos que aceptar desde muy jóvenes la herramienta para trabajar como juguete, y dejar nuestro espíritu en casa junto a nuestra imaginación como posibles herramientas, hasta que pudiésemos utilizarla sin restricción.
Ese era mi caso, pero con una peculiaridad y era, que a pesar de mi corta edad yo intuía que para poder averiguar todas mis incógnitas, a las que la naturaleza por sí sola, ni yo podíamos llegar, había que estudiar algo más que el catecismo, y así conseguí mi primera enciclopedia ALVAREZ.
Pero me faltaba el profesor, me faltaba el tiempo, me faltaban cuadernos y lápices, y me faltaba el pupitre para poder escribir, porque la mesa que teníamos para comer, era demasiado baja y pequeña para poder escribir y dibujar.
Pero en cambio, me sobraban ganas para estudiar, e irresistibles ganas por aprender, por saber, por dilucidar, por razonar, pero curiosamente, siempre con un tremendo respeto a prejuzgar las cosas de Dios, sin saber antes quien era de verdad, y es que en las cosas que contaban de Jesús, me apoyaba muchas veces y me sentía cómodo y a gusto, pero en las que me habían contado de Dios, las respetaba, pero no me atrevía ni a tocarlas. Y eso había que solucionarlo cuanto antes, pero estudiando.
Y sobre todo, porque las referencias que daban sobre Dioses físicos que habían andado entre nosotros, me parecían muy divergentes, en particular sobre lo que contaban de Buda, me parecía que estaba demasiado gordo para que hubiese andado tanto como decían, a pesar de que decían que también había sido buena persona. En cuanto a Mahoma, poco podía opinar porque hablaban mas del Corán que de él, aunque también decían que él, como tal, también era buena persona, pero me extrañaba de que no se hubiese dejado hacer ni un retrato, una estatua, o algo que le representase, con lo cual tendría que espera hasta ver crecer, lo que había sembrado como ser humano. Pero eso yo prefería que lo juzgase antes el resto del mundo.
Por esa y otras razones, me deshice de mis polivalencias religiosas, me sentía satisfecho con la obra del “gran maestro”, a pesar de que en algunos aspectos me parecía que la habían distorsionado un poco, pero comprendía también de que eso no había sido culpa suya, ni con su permiso.
A posteriori me alegré de haber tomado aquella decisión basada en conclusiones, tal vez demasiado arcaicas para mis flamantes ideas espirituales, sobre todo cuando descubrí el verdadero sentido de la filantropía que había difundido Jesús, y lo comparaba con los indicios de misoginia discriminatoria que aparecían en otras religiones, pero claro, mi corta edad y mi ignorancia en aquella época, justificaron mis dudas durante mucho tiempo.
El primer paso ya estaba dado, ya tenía por dónde empezar, ya tenía mi enciclopedia que me la había leído tres o cuatro veces, al derecho y al revés, y como había muchas cosas que yo no las comprendía por mucho que las leía, comprendí de que aquello había que organizarlo en serio, y aproveché la gran suerte de que mi madre, aunque era ya una auténtica mujer de campo, era también nieta de una profesora de escuela de pueblo, y eso me ayudaría mucho.
La profesora y la enciclopedia ya las tenía en casa, los cuadernos y lápices me los agenciaba y me los regalaba mi tía Rufina, una hermana de mi madre que tenía un pequeño ultramarino en el pueblo. (A mi tía Rufina la recordaré toda mi vida porque era la mejor persona que ha pisado la tierra, solo le faltaba escarbar de genio para que mis padres me pusiesen a estudiar,) el tiempo, tenía toda la noche para mí, hasta que se agotaba la mecha o el aceite de el candil, pero también cuando llegaba a las matemáticas, que era cuando me entraba sueño de verdad, y el tema de el pupitre para escribir, pero sobre todo para dibujar que me encantaba también, eso me lo solucionaría yo mismo, y por consiguiente me puse manos a la obra.
Decidido a solucionar aquel pequeño inconveniente, comencé a buscar lo necesario en las inmediaciones, en los cobertizos, las cuadras, y hasta en el huerto y el gallinero, pero solo conseguí encontrar un palo de castaño no muy grueso, una tabla vieja de un trillo, y un trozode alambre grueso, pero ni clavos, ni martillo, ni una simple barrena para hacer agujeros, solo una sierra vieja, una tenaza y una navaja que yo tenía.
Pero estaba tan decidido, y tenía tanta ilusión, que debe ser la que activa la imaginación y pensé: Si con menos recurso aún que yo, inventaron el fuego nuestros antepasados. ¿Por qué razón yo no voy a poder hacer mi pupitre?, y me lancé.
Primero lo diseñé ajustándome a los escasos materiales de los que disponía, eso era fundamental para poder tener para todo, así que lo primero que hice fue serrar el palo de arriba abajo, así tendría el doble con lo cual tuve lo justo para las patas y el soporte.
Después hice algo parecido con la tabla que haría la base de apoyo para escribir como pupitre, y de unos trozos sobrantes a costa de recortar, conseguí lo suficiente para hacer el cajón para los cuadernos y los lápices.
¿Pero cómo ensamblar todo aquello sin un solo clavo? Pero para eso estaba la navaja, la tenaza, el alambre y la ilusión de hacerlo.
Para hacer los agujeros y poder unir todas las pequeñas piezas, utilizaría un trozo de alambre al rojo vivo, que me serviría de barrena, aunque había que repetir la operación continuamente hasta perforar la madera, y para hacer el gran agujero con el que unir todo el conjunto, utilizaría la navaja.
Pero necesitaba bisagras para articular el conjunto y cierre del cajón del material, y por más quebuscaba, siempre iba a parar a unos zapatos algo viejos de mi hermana. No lo pensé más veces, los cogí, y ahora por fin, sí que avanzaba bien la navaja.
Los zapatos de mi hermana eran decuero autentico, y como entonces las cosas que teníamos eran escasas pero naturales, la parte de arriba estaba usada pero bien, y la parte de abajo o suela, o lo que quedaba de ella, también,- y pensé que utilizándolos haría una buena obra doble, una la mía, y otra de caridad,- primero solucionándome la carencia de las bisagras, y segundo porque esa sería la única manera de que por fin le comprasen a mi hermana unos zapatos nuevos. No obstante, no podía eludir la preocupación por el enorme disgusto que se llevaría mi pobre hermana, cuando encontrase sus zapatos destrozados, a pesar de que ya estábamos acostumbrados a cosas parecidas, pues esa era la época también, en que nos compraban los zapatos tres o cuatro tallas más grandes, para que nos durasen tres o cuatro cumpleaños, con lo cual al principio se nos salían de los pies cuando corríamos, y al final cuando se suponía que ya nos quedarían bien, se nos salían los pies por los agujeros.
Por fin mi pupitre terminado, y bien rematado a mi gusto y a mi medida. La noche que lo estrené a la luz del candil fue como cuando me compré mi primer coche, la gran diferencia era que con el coche solo podía viajar por las carreteras, y mi pupitre me hizo tan feliz y me parecía tan mágico, que hasta parecía que pudiese hacerme viajar por encima de las nubes, sobre todo cuando atizaba el candil, imaginándome que tal vez fuese un hermano negro, de la lámpara mágica amarilla de Aladino.
Por eso le sigo llamando mi pupitre mágico, porque como aún lo conservo y sigo dándole utilidad, hay veces, cuando pienso, que me sigue pareciendo tan verdaderamente mágico que me obliga a pararme para mirarlo, y tengo que hacerlo dos veces, una porque me provoca risa y otra porque me provoca lástima, pero es una lástima atípica, porque nunca deriva en tristeza, todo lo contrario.
Qué bonito es recordar
cosas agrias de la vida,
cuando sanada la herida
consigue cicatrizar.
Y hasta puede inmunizar
a una mente agradecida,
que supo sacar partida
jugando limpio en la vida.
¡Y al juego sucio ganar!
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“El que siembra entendimientos, cosecha voluntades”
CAPÍTULO- 2
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EL ECO DEL SILENCIO
Era el día 24 de diciembre de 1.958. Yo tenía ya 14 años y era obrero trabajando en una finca vecina de donde vivíamos, que era en la que mi padre estaba empleado de guarda de la finca.
El trayecto lo hacía a pie todos los días, lo que suponía una hora para ir y otra para volver andando, hiciese calor, frio o lloviese.
El horario lo llamaban “De sol a sol” (aunque estuviese nublado), es decir, que cuando salía el sol tenías que estar en el trabajo, y cuando se ponía también. Con lo cual el paseo diario era siempre casi nocturno, aunque con distintos matices según las etapas del día, y la época del año, pues no eran iguales los amaneceres que los atardeceres, sobre todo si los comparabas el vivirlos siguiendo una vereda en plena naturaleza, con los vividos en el metro de París, años después. Pues mientras el alba provocaba una auténtica sensación de euforia y dinamismo en plena naturaleza, completamente distinta a la que se reflejaba en las caras de los que cogíamos el metro a las seis de la mañana, el ocaso provocaba una sensación distinta que parecía secularizar el ánimo sumergiéndolo en la lentitud de los siglos, tal vez por el efecto del cansancio, o quizás porque el sosiego de la actividad nocturna en el campo cambia el ritmo de la naturaleza creando otra atmósfera completamente distinta, pausada y relajante, que te ofrece la posibilidad de contemplar y acariciar las cosas nobles de la vida, muchas de ellas elementales, a las que desgraciadamente terminaremos finalmente, perdiéndolas para siempre.
Esa mañana había helada, y la vereda con los primeros rayos de sol se volvía resbaladiza y se marcaban las huellas de los zapatos, por lo que pude observar que Manolo, que venía del pueblo a trabajar donde yo, aún no había pasado.
Cuando me fui acercando al chozo de paja donde vivía solo el “tío Paco,” (porquero oficial de la finca,) me extrañó no ver salir el humo de la lumbre, como todas las mañanas, a través de la paja. Esta escena se repetía todas las mañanas cuando me iba acercando, pues siempre cuando llegábamos el tío Paco ya tenía la lumbre encendida y la puerta del chozo abierto para que entrásemos a calentarnos las manos y hacer las migas. Todo eso después de soltar las matanzas y “varear” un par de encina, para que fuesen comiendo bellotas, mientras nosotros desayunábamos las migas.
Me preocupó el no ver salir el humo, la puerta cerrada y el silencio en el interior del chozo. Durante un par de minutos dudé, entre llamar o esperar a que llegase mi compañero Manolo que era algo mayor que yo, por si había sucedido lo peor.
Finalmente me decidí y opté por llamar, pero retirado de la puerta a causa del temor que me provocaba tan extraña situación, reacción normal, a mi edad casi infantil.
Una voz confusa, ronca y medio apagada, me respondió desde el interior del chozo, era la voz irreconocible del tío Paco que aún me preocupó más, aunque me armé de valor, abrí la puerta y entré, encendí el candil y vi al tío Paco en su camastro de paja, con la única chaqueta que poseía puesta, que cabían tres Pacos dentro, seguro que como obsequio de algún don Francisco, al que le sobrarían todos los kilos que al pobre canijo del tío Paco le faltaban.-¡Qué mal repartido estaba, y sigue estando el mundo de las grasas, que cuando nos faltaban no las teníamos, y ahora que nos sobran no conseguimos eliminarlas!
Intentó levantarse pero no pudo, se volvió a echar y se arropó hasta las orejas con la única manta que tenía al tiempo que me decía: Olegarillo, cuando llegue Manolo sacad también mis matanzas, y os las arregláis para darles de comer hoy, porque yo me encuentro muy mal y no puedo.
No se preocupe usted ahora por eso, le dije para tranquilizarle, ya lo arreglaremos nosotros, ahora lo primero que voy a hacer es una buena lumbre para que se caliente el chozo, porque yo creo que lo que usted tiene es una pulmonía de caballo, y luego haré las migas para que pueda desayunar usted también.
¡Ni gloria bendita que me diesen ahora sería capaz de comer!- fue su contestación.
Era una situación angustiosa y verdaderamente patética, sobre todo para un niño como yo, en una zona desolada y una época donde aún no existían los teléfonos móviles, e intenté animarle con una risa fingida diciéndole: “La gloria bendita” tío Paco, solo se encuentra de contrabando, y los que especulan con ella no suelen venir por estos sitios tan míseros, entre otras cosas porque antagoniza con la miseria, que es considerada una mercancía más barata y propia del “infierno”, por consiguiente ahora lo que necesita usted son unas buenas migas con torreznos, ibérico de bellota, que es de lo único que andamos bien, y después intentaré ir a mi casa a por algún medicamento,- porque allí el pobre hombre no tenía de nada- ¿ qué le podíamos dar,? por no tener, no tenía ni un poco de leche para podérsela calentar.
En esas andábamos, cuando se escuchó el motor de un coche que bajaba por el camino con dirección al chozo.
Efectivamente, era el coche del dueño de las matanzas que solía venir cada quince días, a ver las arrobas que habían engordado las matanzas, y de camino le traía algunos comestibles al tío Paco que le enviaba su mujer, siempre escasos, y a la que nunca conseguimos ver por allí.
¡Gracias a Dios, estamos salvados! Fue lo primero que pensé enormemente aliviado.
El coche paró justo delante de la puerta del chozo, la persona bajó o más propiamente dicho el “individuo” bajó de su coche con una bolsa de tela en la mano, la puso al lado de la puerta y antes de dar los buenos días, lo primero que hizo fue preguntar desde el exterior ¿por qué no habíamos sacado ya las matanzas de las zahúrdas para comer?
Visto que se mantenía en el exterior agachado en la puerta del chozo, (que no era más de 1,20 x 0,80 cm) para hablar con nosotros, pero sin ánimo de entrar en el chozo, fui yo el que decidí salir y explicarle la situación.
