Atrapados en el vacío - Manuel Villegas Besora - E-Book

Atrapados en el vacío E-Book

Manuel Villegas Besora

0,0
13,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

La depresión es una experiencia humana que puede considerarse universal y transversal, tanto en el espacio como en el tiempo, a través de la historia. Se caracteriza por una sensación de vacío que da lugar a sentimientos de tristeza, desesperanza, inutilidad, falta de motivación y sentido. La terapia de la depresión busca significar y revertir esta experiencia de vacío que lleva a la persona a retirarse del mundo y recluirse sobre sí misma en un movimiento de autoprotección que, con el paso del tiempo, se ha ido cronificando y degenerando hasta la impotencia. Para ello, debe promover procesos cuyo objetivo es la transformación profunda de paciente en agente, de impotente en capaz, de dependiente en autónomo, de sumiso en libre, de víctima del destino en gestor de la propia existencia.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 381

Veröffentlichungsjahr: 2025

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Manuel Villegas

Atrapados en el vacío

La depresión

Herder

Diseño de la cubierta: Toni Cabré Edición digital: www.voringran.com

© 2025, Manuel Villegas

© 2025, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN ePub: 978-84-254-5251-2

1ª edición digital: 2025

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

Índice

Cubierta

Portada

1. Sobre la depresión

El demonio meridiano

Etimología y significados de la palabra «depresión»

Atrapados en el vacío

Enfermedad o conflicto existencial

La depresión reactiva

La depresión originaria

La depresión mixta

La regulación depresiva

La perspectiva existencial

2. La experiencia depresiva

La depresión en la historia de la humanidad

La perspectiva evolucionista

Las emociones de la depresión

La impotencia rabiosa

La impotencia triste

Tipología de las pérdidas

3. El vacío ontológico

El déficit ontológico originario

La invalidación masiva puntual

La invalidación sistemática

4. El vacío existencial

El ser y la nada

La búsqueda de sentido

La trascendencia

Soledad y angustia existencial

Depresión y fracaso existencial

5. El vacío simbólico

La pérdida de las creencias

El ocaso del mundo ideológico

Función psicológica del mundo simbólico

6. El vacío relacional

El mundo familiar

El mundo extrafamiliar

El planeta relacional

¿Hay alguien por ahí?

7. Psicogénesis de la depresión

La madeja terminológica

Cambio de paradigma: enfermedad vs. conflicto existencial

A Dios lo que es de Dios, y al César, lo que es del César

8. Psicoterapia de la depresión

Expresar

Comprender

Reparar

Validar

Liberar

Perdonar

Aceptar

Reconstruir

La psicoterapia como camino a la autodeterminación

Muchas técnicas, pero una sola psicoterapia

Bibliografía

Sobre el libro

Sobre el autor

Otros títulos

Lista de páginas

5

6

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

40

41

42

43

44

45

46

47

48

49

50

51

52

53

54

55

56

57

58

59

60

61

62

63

64

65

66

67

68

69

70

71

72

73

74

75

76

77

78

79

80

81

82

83

84

85

86

87

88

89

90

91

92

93

94

95

96

97

98

99

100

101

102

103

104

105

106

107

108

109

111

112

113

114

115

116

117

118

119

120

121

122

123

124

125

126

127

129

130

131

132

133

134

135

136

137

138

139

140

141

142

143

144

145

146

147

148

149

150

151

152

153

154

155

157

158

159

160

161

162

163

164

165

166

167

168

169

170

171

172

173

174

175

177

178

179

180

181

182

183

184

185

186

187

188

189

190

191

192

193

194

195

196

197

198

199

200

201

202

203

204

205

206

207

208

209

210

211

212

213

214

215

216

217

218

219

220

221

222

223

224

225

226

227

228

229

230

231

232

233

234

Hitos

Cover

Table of Contents

1. Sobre la depresión

Pues de repente, a la pobre víctima el día le resultaba intolerablemente largo y la vida desoladoramente vacía. Iba a la puerta de su celda, miraba el sol en lo alto y se preguntaba si un nuevo Josué había detenido el astro a la mitad de su curso celeste. Regresaba entonces a la sombra y se preguntaba por qué razón él estaba metido en una celda y si la existencia tenía algún sentido.

Aldous Huxley

El demonio meridiano

«El día intolerablemente largo, […] la vida desoladoramente vacía[…], la existencia carente de sentido». Con estas sensaciones describe Aldous Huxley (1923) la experiencia depresiva de los monjes del desierto en el siglo iv, que ellos atribuían a las tentaciones del «demonio meridiano». A saber, el demonio que, aprovechando la hora de más calor, minaba el estado de ánimo de aquellos eremitas para hacerles dudar de su fe y de su vocación monástica. Volvía entonces el monje a sus meditaciones, continúa el texto de Huxley, inspirado en los escritos de Evragio Póntico (2013), «para hundirse, entre el disgusto y la fatiga, en las negras profundidades de la desesperación y el consternado descreimiento».

Esta es una de las primeras descripciones psicomísticas de la fenomenología depresiva que encontramos en la literatura. No podemos caer en el anacronismo de pensar que la preocupación de los padres del desierto fuera propiamente psicológica, pero sí llama poderosamente la atención que, al contrario de la medicina antigua, Evragio (345-399) no atribuyera estos estados de ánimo a los humores corporales, sino a representaciones mentales, aunque de origen demoníaco, como cuando escribe: «Si un monje quiere tener conocimiento de los demonios más crueles y familiarizarse con sus estrategias para adquirir experiencia en su arte, debe observar sus pensamientos y emociones».

La depresión, en efecto, llamada según las épocas y los contextos culturales, «melancolía» o «acedia», era atribuida ya desde Hipócrates, en el siglo v a.C., a un exceso de bilis negra. Era considerada una afección del cuerpo, pero que perturbaba al alma. El médico romano Celso, por ejemplo, proponía una serie de recomendaciones para tratar la melancolía: «fomentar la distracción con lectura y juegos, realizar una actividad moderada al aire libre y consumir hierbas medicinales para reequilibrar el exceso de bilis negra».

La psiquiatría actual ha cambiado la perspectiva humoral en la base de la etiología de la depresión por la cerebral, en la que se ven implicados neurotransmisores como la serotonina, la noradrenalina, la dopamina, el glutamato y el gaba, los niveles de citoquinas proinflamatorias, problemas de interacción hemisférica, factores hormonales y hasta estacionales, etc., entre otras muchas causas. Y, aunque se insiste siempre en una etiología bio-psico-social, el acento termina por ponerse fundamentalmente en la etiología y el tratamiento biológicos.

En este texto nos interesa estudiar la dimensión psicológica o experiencial del fenómeno depresivo en función de su comprensión, prevención y psicoterapia. Naturalmente, todas las alteraciones emocionales van acompañadas de cambios fisiológicos sobre los que, sin duda, es posible incidir farmacológicamente. Haremos referencia a estas y otras cuestiones en el penúltimo capítulo de este libro, centrándonos por ahora exclusivamente en el objetivo de la comprensión fenomenológica de la depresión y su psicoterapia.

Etimología y significados de la palabra «depresión»

Se trata de una palabra compuesta por el prefijo de y el verbo latino premere, de donde de-primere, cuyo participio, depressus, ya se intuye que da origen al sustantivo «depresión». El verbo significa apretar de arriba abajo, hundir, rebajar, y, en consecuencia, el participio del que deriva el nombre nos habla de algo que está hundido, como, por ejemplo, la depresión central de Chiapas en México. De este modo, la palabra depresión se utiliza en distintos contextos o campos semánticos, como la economía, la meteorología, la geología o la geografía y, naturalmente, también la psicología, pero siempre con el mismo significado de «hundimiento».

Dado que la palabra «presión» hace referencia a una fuerza, un empuje, como, por ejemplo, el de la presión arterial responsable del sistema circulatorio, la utilización de diversos prefijos cambiará de sig-nificado, según el que se le quiera dar a este impulso. Así, la palabra re-presión hace referencia a la fuerza inhibidora con que se intenta neutralizar una tendencia contraria, como en el caso de una disidencia política. En cambio, llamamos o(b)-presión, al sometimiento al que se sujeta a un colectivo nacional o social al que se quiere dominar. Im-presión designa la fuerza con la que se graba algún elemento sobre una superficie real o figurada, por ejemplo: «la noticia causó una gran impresión en su ánimo». Por el contrario, la palabra ex-presión indica la fuerza con que algo sale o se manifiesta de dentro hacia fuera: «expresó su enfado de forma vehemente». Finalmente, la combinación del prefijo sub- y el sustantivo -presión alude a la aniquilación de toda fuerza impulsiva que resulta de la aniquilación o supresión de la misma, desde la propia raíz.

En esta lógica, la palabra de-presión refleja perfectamente este hundimiento psíquico al que nos venimos refiriendo, ya desde su introducción en el lenguaje psiquiátrico a partir del siglo xviii, cuando el británico Richard Blackmore y el escocés Robert Whytt rebautizan el cuadro melancólico, descrito anteriormente, con este nombre. El lenguaje analógico o metafórico hace hablar al depresivo de caer en un pozo o en el abismo, como si se le abriera la tierra bajo los pies, o en un agujero negro donde no hay nada, sino el vacío, y de donde uno cree no poder salir por sí mismo.

Atrapados en el vacío

Independientemente de la perspectiva etiológica y terapéutica, acorde con los paradigmas conceptuales predominantes en cada época de la historia, existe casi unanimidad en todos ellos en la descripción del estado de desolación y vacío en que se encuentra el deprimido, en términos parecidos a los utilizados por los monjes del desierto, que hemos citado antes. Este se caracteriza por una sensación de impotencia que da lugar a sentimientos de tristeza, de desesperanza, de inutilidad, de falta de motivación y de sentido, entre otros.

Así, por ejemplo, el Manual de Diagnóstico dsm-5, al referirse a la depresión, habla en términos muy parecidos: «estado de ánimo deprimido la mayor parte del día (por ejemplo, se siente triste, vacío, sin esperanza); disminución importante del interés o el placer por todas o casi todas las actividades; sentimiento de inutilidad o culpabilidad; disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, o para tomar decisiones; pensamientos de muerte, ideas suicidas recurrentes», entre otras cosas.

La nevera vacía

Silvia, paciente de 32 años, cuenta así, de manera sencilla y gráfica, a sus compañeras de grupo de terapia la experiencia, por suerte ya superada, de su pasaje por una depresión profunda.

Toda la vida me ha gustado hacer comida. Pero tenía la nevera abierta y no sabía qué hacer para comer. Iba al mercado y no sabía qué tenía que comprar. Volvía a casa con el carro vacío, llorando por la calle. No sabía.

Yo he tenido una depresión profunda. Estaba fatal. Llamaba al médico, «que no estoy bien, que estoy mal». Estaba mal, me ahogaba.

Quería morirme, morirme. En la cama, por la noche, yo siempre he vivido al lado del tren, oía el pitido del tren, que me llamaba. Entonces, por eso, yo puedo decir: ahora sé por qué se mata la gente. Muchas amigas mías se han tirado al tren.

Ahora no oigo nada, porque psicológicamente estoy bien. Si no fuera por el perro, me hubiera tirado del techo. Me subía al techo y el perro a mi lado y yo para tirarme. Lo he pasado tan mal…

Horror vacui

En la historia del arte se ha hecho famosa la expresión horror vacui, que significa, literalmente, «horror al vacío», lo que ha derivado en rellenar los espacios pictóricos o escultóricos de ornamentaciones superfluas y ostentosas, como en el Barroco o el Rococó. Pero, ¿cómo se puede tener pánico al vacío si no hay nada? ¿Cómo es posible percibir la nada, si no existe? La respuesta está en que lo que se percibe no es la nada, sino la ausencia de algo, es decir la falta de ente: (ab)-(esencia), no esencia, no-ente. Nothing, en inglés (no-cosa), en catalán no res (en latín, res significa cosa), o rien en francés,equivalen a nada; niente, en italiano, es la negación del ente, la nada. Si se percibe la au-sencia es porque se detecta la falta de algún ente que debería estar pres-ente, en el lugar donde estoy yo.

¿Y cuál es el ente que debería estar presente y, por el contrario, se halla ausente? Aquel que responde a mi expectativa. En consecuencia, pueden ser muchos, según las expectativas de cada individuo, los elementos o estímulos que se encuentran a faltar. Por ejemplo, se puede echar de menos la presencia humana, lo que deriva en la sensación o el sentimiento de soledad o desolación.

Una tradición somalí, referida por Kapuscinski (2000), describe de forma dramática la percepción de soledad a la que se ve abocado el nómada en busca de agua en el desierto:

Hamed me cuenta que la poesía de su pueblo habla a menudo del drama y la aniquilación de aquellos clanes que, atravesando el desierto, no han conseguido llegar hasta un pozo. Esas peregrinaciones de trágico final duran días, incluso semanas enteras. Las primeras en caer muertas son las ovejas y las cabras. Pueden aguantar sin agua apenas unos pocos días. Luego les llega el turno a los niños. […] Luego, mueren las mujeres […]. Durante un tiempo siguen con vida los hombres y los camellos. El camello puede aguantar sin beber unas tres semanas. […] Esas tres semanas son el límite extremo de supervivencia para el hombre y el animal, si quedan solos en la tierra:

«solos

en la tierra», exclama Hamed. […] El hombre y el camello siguen viaje en busca de agua, de un pozo […].

«

El hombre y el camello mueren juntos», dice Hamed. […] Por lo general al nómada y a su animal les quedan aún fuerzas suficientes como para arrastrarse hasta alguna sombra. Se los encuentra más tarde, muertos, en algún lugar sombreado o allí donde al hombre le había parecido ver una penumbra.

Pero no es necesario que se trate de la ausencia de entes materiales o físicos, como seres humanos o pozos de agua, sino, sobre todo, de entidades capaces de responder a expectativas motivacionales como, por ejemplo, la ausencia de estímulos de diversión, que da lugar al aburrimiento; o la ausencia de ayuda o protección, que origina la sensación de abandono o desamparo. De modo que podríamos ir relacionando la ausencia de muchos otros factores motivacionales internos o externos con sus derivados depresivos como, por ejemplo, la falta de capacidad con la sensación de inutilidad o de impotencia; la de futuro con la falta de proyectualidad o la desesperanza; la de ilusión con decepción; la de sentido con absurdo; la de reconocimiento, con invalidación, y así, hasta el infinito.

Enfermedad o conflicto existencial

Ahora bien, ¿cómo llega una persona a este estado? Sin duda son muchos los caminos que pueden conducir a una persona a una sensación de vacío, inutilidad, desilusión o falta de motivación. En general, no existe una sola causa, aunque un determinado acontecimiento puede ser suficiente para ello si afecta a algún núcleo especialmente significativo para la persona, sino una historia de vida que ha ido configurando una experiencia de fracasos, pérdidas, dolor o frustración, que han llevado a la persona a una percepción de impotencia y desesperanza, que adopta la sintomatología depresiva.

Sufro por mi gente

Margarita es una paciente de 74 años que llega a terapia con un diagnóstico de distimia y depresión mayor recidivante. Sufre también afecciones del sistema músculo-esquelético (cinco operaciones de cadera en los últimos años) que le impiden hacerse cargo de las funciones que ha ejercido siempre en la familia, e incluso a veces, de sí misma. Los primeros episodios depresivos aparecen a los 37 años, a raíz de la muerte de una hija de 13, y se han ido sucediendo en función de otros múltiples sucesos, como la muerte del marido hace siete años y la del hermano mayor hace tres, con quien estaba muy unida desde que en la infancia quedaron abandonados por sus padres y tuvieron que vivir en la calle. En referencia a su demanda terapéutica dice así:

Yo estoy depresiva, pero estoy depresiva por todo lo que estoy explicando, por mis problemas, o sea, mi tristeza. Es por mis problemas… Tiene un sentido, no es una enfermedad, es un sentido de que quiero mucho a mi gente y sufro mucho. Entonces me ilusiono mucho con mis nietos porque, cuando mi hijo cayó en la droga, y su mujer también, hubo un desbarajuste. Y los niños se apoyaron mucho en mí. Y ahora yo veo que mis nietos me necesitan y que yo ya no puedo, y eso me hunde, me hunde mucho. Es algo que tengo como… un sentir, un sentimiento, un sufrimiento aquí, siempre. Siempre pendiente de ellos. A veces, a lo mejor, tengo una etapa en que estoy muy mal, muy hundida, pero tengo mis motivos. A ver, yo lo que me analizo es que si me pasa eso no es porque mentalmente esté tarada, sino que me pasa porque realmente me están pasando cosas que me están haciendo daño, como mi salud y como muchas cosas que, bueno… Cuando yo ya veo que empiezo a bajar, enseguida empiezo a sacar un poquito mi carácter y decir «no, no, no», en vez de hundirme, hundirme. Bueno, ahora estoy en una temporada que me estoy enfrentando bastante a mí, a mí, a mí. A decir «no» y «no» y «tira pa’delante». El riesgo que tengo es que, a lo mejor, de golpe y porrazo, no sé por qué, doy un bajón. Yo ya sé que, a ver, porque lo he leído, cuando hay una depresión mayor como la que yo he tenido, que la he tenido muy mala, con intento de suicidio y todas esas cosas, siempre te queda algo. Pero claro, yo todo esto lo sé y lo estoy luchando.

En este texto, y en palabras de la propia paciente, se resumen, de alguna manera, una serie de conceptos fundamentales que vamos a desarrollar a lo largo de este libro. En primer lugar, la paciente asegura no estar «enferma», sino superada o abrumada por una cantidad ingente de «problemas» de todo tipo, también de «salud física», que la «hunden» en la «impotencia». En segundo lugar, estos problemasson«reales», no invenciones de un «trastorno mental» y la hacen sufrir. En tercer lugar, la naturaleza de estos problemas es de tipo relacional, alude al desbarajuste originado por la drogadicción de su hijo y su nuera y el efecto que esto causó en relación con el cuidado de los nietos, generando un desequilibrio en su sistema de regulación moral, al provocar un predominio de la regulación socionómica oblativa en detrimento del resto de sistemas de regulación (Villegas, 2011, 2015). Finalmente, la paciente refiere a su actitud de resistencia al desánimo, a través de la lucha. Acude, sin embargo, a terapia porque hay cosas que no acaba de poder vencer con esta lucha, como puede deducirse de la referencia a los «bajones» (recaídas), que a veces se producen de «golpe y porrazo».

Los dos primeros conceptos señalados en el texto, la depresión no es unaenfermedad, sino una perturbación del estado de ánimo, causada por problemas reales que nos hacen sufrir, son prácticamente aplicables de forma universal y transversal a todos los casos de depresión psicógena. El tercer concepto, que tiene que ver con la naturaleza del problema, aunque alude igualmente a una cuestión a plantear en todos los casos, presenta una variabilidad idiográfica que obliga a tratar cada caso como único. Eso no impide, sin embargo, tratar de llegar a describir categorías conceptuales, capaces de agrupar distintos tipos de experiencias depresivas, relacionadas con pérdidas, duelos, fracasos, errores, desilusiones, frustraciones, desengaños, traiciones, invalidaciones, abandonos, divorcios, separaciones, maltratos y un larguísimo etcétera, que iremos desgranando a lo largo de este texto.

La depresión reactiva

Existe, sin embargo, otro aspecto interesante a señalar en el texto, y es el que hace referencia a una aparición abrupta de la sintomatología depresiva. Hay un hecho desencadenante que puede situarse en el tiempo y que marca un antes y un después, en este caso, la drogadicción del hijo y la nuera con el consiguiente desamparo de los nietos. Antes se había señalado la muerte de una hija de 13 años. Al margen de una historia mucho más compleja, que tendremos ocasión de analizar con más detalle en el capítulo 7, lo que queremos resaltar aquí es la capacidad de acontecimientos vitales específicos para desencadenar reacciones depresivas por sí mismos, sin necesidad de recurrir a factores predisponentes o a personalidades premórbidas. A este tipo de depresiones las llamaremos reactivas, dado que la posibilidad de producirse puede afectar a cualquiera en circunstancias parecidas, como le sucede a la paciente del siguiente caso.

La rotonda

Pilar, paciente de 36 años, casada, madre de un niño de 11 meses, diagnosticada de depresión mayor, acude a terapia para poder elaborar un duelo complicado. Trabaja en un instituto de bachillerato. En el proceso terapéutico se le pide, como ejercicio para casa, escribir una autobiografía de sus experiencias vitales. Llega a la sesión con un manuscrito de 138 páginas, del que extraemos el siguiente fragmento (Rojí, 2014). En el texto aparece designado con su nombre propio, Jaime, el marido de la paciente.

Jaime y yo, que estábamos aburridos en nuestro encierro, decidimos salir con el chiquillo para tomar un aperitivo. Mi marido al volante, mi hijo en su silla colocada en el extremo derecho del asiento trasero y yo, a su lado. Arrancamos y llegamos al stop. Después de unos segundos nos situamos en nuestro carril y casi de inmediato, justo al salir de la curva, un asesino hizo un adelantamiento inconcebible que nos pegó lateralmente. Gracias a la escasa velocidad a la que circulábamos y a los reflejos de Jaime, que logró no perder completamente el control del coche, no caímos al barranco. Sin embargo, después de dar un par de bandazos en zigzag, acabamos semiempotrados justo al final del doble pretil, con una de las ruedas traseras colgada sobre el abismo.

Oí que Jaime me preguntaba si yo estaba bien, y le contesté que sí. Después me preguntó por el niño, y yo, que sentía su tibieza protegida por mi cuerpo de la maraña de hierros, cristales rotos y fragmentos de tapicería desgarrados, volví a responder afirmativamente. Jaime y yo salimos del coche. Me han contado que yo, desde el exterior, empecé a gritar, como una posesa, la palabra hijo. Yo solo recuerdo, inmóvil y ajena a mí, la imagen de mi hijo quieto con sus ojazos oscuros muy abiertos y el cuello abandonado sobre el pecho, con la irreversible flacidez de un muñeco desnucado. Tenía once meses y cinco días…

Del resto, ¿qué puedo decir? Prácticamente no recuerdo nada de lo acontecido después del accidente. Sé que volví con las clases y con la vida de siempre, que me molestaba mucho la mera presencia de los demás y su interés por animarme haciéndome compañía provocaba una violencia sorda, tan intensa que me entraban ganas de matar… Sé que Jaime intentó acercarse a mí, pero yo no logré reconocerlo como un ser real, de la misma manera que no fui capaz de reconocerme a mí misma, más que como una estela agostada sobre un pedazo de celuloide caduco. Eso fue todo durante varias semanas…

Y sé que en alguno de aquellos momentos asumí que, incluso pese al dolor, mi vida continuaba siendo un privilegio, que la ausencia de mi hijo sería una brecha imposible de saturar; pero también acepté que el tiempo, que todo lo destruye, destruiría al fin su propia destrucción.

A principios de noviembre, Jaime me pidió el divorcio, porque pensaba que lo nuestro no tenía arreglo, y además hacía casi un año que había conocido a una mujer de la que ahora se sentía enamorado. Le respondí de inmediato que le concedía el divorcio… Durante dos o tres días continué haciendo mi vida concentrada en las rutinas de siempre, como si no hubiera sucedido nada que me incumbiese. El sábado por la mañana me desperté llorando. Sentí que algo se había quebrado en mi interior para siempre y la desolación fue un maremoto que me sepultó.

Pero cuando algunos de mis compañeros se acercaron a visitarme sin haberme avisado antes, comprendí que tendría que atajar el duelo fuese como fuese. Para hacerme con las riendas apreté los puños; me tensé tanto como fui capaz.

Aquel esfuerzo dio resultados. Porque en cosa de cuarenta y ocho horas me recuperé y volví al trabajo y me ocupé de la casa y de mi aspecto físico… Pero semejante ejercicio de autocontrol tuvo también una consecuencia inesperada que me amedrentó infinitamente más que el dolor o el llanto. Simplemente, a fuerza de maltratarme el alma, dejé de sentir.

¿Cómo explicarlo? Fue algo así como estar viviendo por fuera de mi cuerpo, dándome perfecta cuenta de cuanto sucedía a mi alrededor,ejecutando todas aquellas acciones que me correspondían, comportándome en todo momento de acuerdo con lo que se esperaba de mí; pero enajenada como un autómata… Además, presentía que, tras aquella quietud, aparentemente imperturbable, se estaba incubando mi aniquilación. No sabía qué hacer, no tenía a quién recurrir, pues los demás llegaron a decirme que me admiraban por mi entereza y, viéndolos tan convencidos de la veracidad de sus propias palabras, permanecí petrificada. Por la noche tuve un sueño terrorífico… A la mañana siguiente pensé en suicidarme, así, a sangre fría, en el interior de la bañera. Supe que extraviada en mi propio laberinto, estaba a punto de perder la razón…

Lo demás ya lo sabes. Tú dices que ahora estoy mucho mejor y es cierto, porque me recobro a mí misma en lo que escribo y puedo conversar contigo. Pero tengo también la certeza de que la vida se me ha roto.

Una experiencia disruptiva como esta, que en cuestión de segundos puede cambiar una vida y tiene como efecto la muerte de un hijo y un divorcio, puede dar lugar a una depresión reactiva, independientemente de si ya se daban antecedentes o predisponentes para ello.

La depresión originaria

Existen otras situaciones en que las personas se encuentran ya desde su nacimiento en condiciones existenciales tan precarias que nos llevan a hablar de una depresión originaria. Tal es el caso de la paciente a la que hemos llamado Heidi, a cuya historia dedicaremos una especial atención, más adelante.

No debería haber nacido

Heidi: Son muchas historias, en mi vida son muchas historias, porque yo no tenía que haber nacido, y entonces he arrastrado problemas ancestrales y costumbres ancestrales de la familia que me han pegado así con pegatinas, que voy despegando poco a poco.

Terapeuta:¿Como cuáles?

H.: Pues, bueno, que no tendría que haber nacido; porque mi padre estaba comprometido con otra mujer y mi madre se quedó embarazada de mi padre. O sea, se enamoraron clandestinamente. Al ser la parte paterna una familia influyente, mi madre tenía poco que hacer. Pero bueno, mira, ellos se enamoraron, y pudo el amor… Sin embargo, ellos, cuando yo ya había nacido, quisieron casarse, pero el cura tampoco los quería casar. Entonces era así en los pueblos. Y bueno, pues al final se casaron por iglesia, porque entonces, si no te casabas por la iglesia, no había papeles. Ellos vivían en un pueblo de 600 habitantes en aquella época, el año 1956. Yo nací al año siguiente, 1957, impuramente, o sea, del pecado, por la parte paterna, una familia que era de la iglesia. Y luego había personas que eran de la iglesia y del ejército de Franco. Y entonces, claro, imagínate el hijo les sale comunista. Y claro, pues a él lo tenían calado…

T.: Dices que iba con tu abuela al río, tu madre, a ver si perdía la criatura.

H.: A mi madre le tiraban piedras a la puerta cada día, la apedreaban, la insultaban, le hacían cosas para que tropezara, para que mi madre abortara.

T.: Vaya que fue un embarazo, no sé si deseado o no, pero sí conflictivo.

H.: Sí. No sé si mi madre, no se lo he preguntado, si en algún momento del embarazo deseó no tenerme; no lo sé, no lo sé… Lo que considero es que mi madre, en el fondo, es una víctima; aunque ella se ha hecho la dura siempre, ha sido una mujer maltratada y lo sigue siendo. Lo que pasa es que… la forma de vivir de ellos, la tiene asumida totalmente. Porque también ha tenido una vida muy dura. A mi padre, en aquel momento, lo desheredaron; es más, su madre murió y murió enfadada con él, eso no se lo ha perdonado jamás. Mi abuela se murió hace tres años, en agosto, con casi cien años, y no perdonó a su hijo, a mi padre, que construyó su casa casi en frente de la de ella.

T.: ¿Y no se hablaban?

H.: Sí, pero era un desprecio constante. Y hacia mí, lo mismo. O sea, me quería y no me quería, y yo siempre he tenido esa ansia de sentirme aceptada. Y yo me esforzaba para que me quisiera, me esforzaba más y más, era lo que buscaba constantemente. Eso me marcó a mí para toda mi vida.

A diferencia del texto anterior de Pilar, más centrado en acontecimientos particulares, desencadenantes de reacciones catastróficas en su momento, cuyos efectos dan lugar a la aparición de una depresión mayor, el texto de Heidi describe una atmósfera de rechazo e invalidación que precede al nacimiento y envuelve todo el ambiente familiar en que se desarrolla su infancia, excepción hecha de los abuelos maternos a los que nos referiremos más adelante, al entrar en el detalle de su caso. Esta atmósfera será el caldo de cultivo que promoverá la actitud dependiente y complaciente hacia los demás en busca de una aceptación originaria, que nunca llegará y sin la cual Heidi se considerará un ser ilegítimo, carente de derechos y de (id-)entidad propia.

Como hemos insinuado ya antes, casos como este nos llevan a hablar de otro tipo de depresión, la originaria. No se trata de un origen basado en la herencia genética, sino en el contexto psicosocial en que una persona llega a este mundo y que resulta un elemento decisivo en el proceso de construcción de una estima ontológica, la que nos da carta de naturaleza o legitimidad existencial (Villegas, 2022; Villegas y Mallor, 2015). El reconocimiento parental, familiar y social, tanto desde el punto de vista jurídico como afectivo, establece las bases del sentimiento de pertenencia. No pertenecer a nada ni a nadie (ni patria ni «matria») es carecer de (id-)entidad, es como llegar a este mundo en patera y sin papeles. De hecho, explica Heidi a propósito de los suyos:

Llegaron a quemar los papeles del matrimonio de mis padres y también nuestras actas de nacimiento. O sea, no tengo ni fecha de nacimiento verdadera y tampoco lo he removido más, lo he aceptado de esa manera. Soy sietemesina, ni llego a sietemesina; pero bueno, es igual. Y con mi hermano hicieron lo mismo.

Sobre estas condiciones de negación al «derecho» de existir se establece una percepción de vacío existencial que Paul Williams (2014), cuyo caso desarrollaremos más adelante, define muy bien cuando afirma sobre sí mismo«sentirse insustancial». La persona literalmente «no existe», cuando no es reconocida por los demás, cuando es objeto de exclusión social. Valeria Ugazio (2012) coloca la exclusión, desde su perspectiva social, sistémica o relacional, en la base de la depresión.

Las personas con organización depresiva provienen de familias en las que predomina la

semántica de la pertenencia,

centrada en dos polaridades semánticas nucleares: inclusión/exclusión, honra/deshonra. Estar incluido en la familia, en la parentela, en la propia estirpe, en la comunidad es lo más importante… La expulsión del grupo, la falta de una pertenencia familiar, son vividas como una deshonra irreparable, mientras el bien más grande es estar enraizados y ser honrados o reconocidos dentro de los propios grupos de pertenencia, de la familia a la comunidad, o incluso en el trabajo.

Si ex-sistir significa etimológicamente estar (sistere) fuera (ex), estar ahí fuera, en el mundo, encontrar el propio lugar en el mundo se hace constitutivo del propio ser.

La depresión mixta

Hemos planteado hasta ahora dos posibles orígenes de la depresión. Una puntual, reactiva a una situación de invalidación masiva y abrupta, y otra más difusa y profusa, presente ya en el origen de la historia vital de la persona, que la envuelve y acompaña en su desarrollo en la infancia y la adolescencia y, frecuentemente, más allá en toda la vida adulta, a veces oculta bajo otros síntomas como los trastornos alimentarios, las obsesiones o la agorafobia, por citar solo algunos.

Naturalmente, ambas condiciones pueden producirse en la vida de una persona de modo convergente, dando origen a una modalidad depresiva que podríamos denominar mixta. Incluso puede afirmarse que en las personas adultas es la modalidad predominante, sin ser la exclusiva. El caso que vamos a considerar ahora pertenece claramente a este tercer grupo, el de la depresión mixta.

La hija rota

Elisa, de 61 años, acude a terapia derivada por su médico de cabecera con una demanda centrada en el dolor crónico que afecta su calidad de vida y bienestar general, acompañada de «falta de ilusión por nada en estos momentos de su vida», que, avanzando la terapia, define de forma más específica con estas palabras:

Me gustaría ir mirando algún enfoque de fortaleza interior, como poder adquirir algunas herramientas para que la salud no me mine el estado anímico, que yo pueda tirar para adelante con un poco de ilusión, con algo más de energía emocional, porque la tristeza se apodera de mí en muchas ocasiones y sé que hay mucha molestia interior por cosas pasadas, y por vivir sola.

En perspectiva, su biografía puede dividirse en tres grandes etapas. La primera corresponde al periodo que abarca la infancia y adolescencia, hasta los 21 años, que podríamos denominar periodo de formación. Elisa es la tercera de cinco hermanos, todos ellos varones. La situación económica de la familia es bastante holgada. La educación recae en la figura materna, mientras que el padre aparece como sostén económico. Entre los 4 años y los 6 años es víctima de abusos sexuales por parte de un tío paterno, que cohabita en la casa. Los episodios pasan aparentemente desapercibidos por parte de los padres. Desde edad temprana, a partir de los 6 años, asume un papel significativo en el cuidado de los dos hermanos nacidos después de ella, ya que su madre comienza a delegar en ella muchas funciones parentales. A los 18 años experimenta un episodio de depresión profunda, que incluye intentos autolíticos con medicamentos. Por un lado, vivenciaba una situación de atrapamiento y ahogo dentro de la familia, al haber dejado los estudios y no concretar ningún proyecto de formación profesional. Por otro, es víctima de un intento de violación por parte de quien era su novio en esta etapa. Su comportamiento se vuelve retraído, se encierra en sí misma y pierde la ilusión y la confianza. El agravamiento de la sintomato-logía depresiva requiere tratamiento médico. Ante la falta de apoyo en el núcleo familiar, se ve obligada a superar con sus propios recursos la crisis depresiva, lo que le supone un ejercicio de autoconocimiento y esfuerzo personal para redirigir su vida. Como resultado de este proceso toma la decisión de realizar un ciclo formativo de administración de empresas, que le abre las puertas de acceso al mundo laboral.

El segundo periodo lo podríamos designar como de emancipación. La entrada al mundo laboral, a partir de los 21 años, le permite ganar independencia, autonomía y confianza en sí misma. Esto le posibilita también abandonar la casa familiar y comenzar a vivir sola. Se desempeña como administrativa en distintos ámbitos profesionales en una carrera ascendente, siempre de mayor responsabilidad. Se siente satisfecha y realizada en el ámbito profesional y laboral hasta los 52 años, cuando la muerte de su jefe y amigo personal desencadena una serie de hechos que acaban con un despido improcedente. Durante esta fase de su vida, entre los 21 y 52 años, se establecen de forma consecutiva tres relaciones de pareja significativas. La primera tiene importantes matices de dependencia y maltrato psicológico, con varios episodios de ruptura y reconciliación. Es una relación que define como apasionada y en la que se sentía «enamorada hasta las trancas». La segunda relación es con una persona 19 años mayor. Es una relación que le aporta estabilidad emocional y apoyo, en la que se siente reconocida y valorada como persona. Después de cinco años decide terminarla ante la negativa de la pareja de formalizar legalmente esta relación por la vía del matrimonio o la pareja de hecho. Sentía que todo iba bien, pero faltaba algo: se refería a ella misma como «una mujer joven, independiente, educada y con solvencia económica» y que deseaba estar casada legalmente. La tercera la establece con una persona casada. Decide iniciarla porque «al menos sabía que no me estaban engañando, porque me puso las cartas sobre la mesa desde el inicio y yo las acepté». Esta relación le proporciona bienestar por las muestras de compañía, afecto y apoyo, pero también le produce insatisfacción y malestar por los mismos motivos. En el momento en que inicia la terapia, le describe como la «única persona que realmente se preocupa por cómo estoy».

El tercer periodo lo podríamos denominar de invalidación. Viene marcado por el cese laboral y la aparición de la problemática ligada al dolor crónico. A los 45 años sufre una histerectomía y tiene que asumir que no tendrá descendencia, aunque igualmente reconoce no haber buscado ser madre de forma activa, porque consideraba que no tenía las condiciones materiales necesarias ni la pareja adecuada para ello. A los 52 años, tras la pérdida de un gran amigo y jefe durante mucho tiempo en el trabajo, comienza a presentar un dolor en la rodilla que requiere baja médica. La vuelta a la oficina es problemática por nuevos cambios en el área de dirección y funcionamiento de la empresa, y termina dejando la empresa con una indemnización económica por despido improcedente. En los siguientes nueve años se configura un cuadro clínico con múltiples padecimientos osteomusculares y tratamientos médicos con diferentes especialistas. Estos hechos condicionan su retiro definitivo del mundo laboral y con ello la reducción drástica del mundo social de Elisa. Progresivamente aparece la sintomatología psicológica que lleva a consulta: estados depresivos, anhedonia, falta de motivación e interés, sentimientos de soledad y vacío, y una pérdida del sentido de su vida.

La fase evolutiva inicial en la vida de Elisa se halla caracterizada por un déficit nutritivo y un atrapamiento parentalizado, que limitan su desarrollo. Como sucede en muchos de esos casos, la persona afectada busca superar estos déficits con una compensación meritocrática, la cual suele funcionar satisfactoriamente, aunque a costa de un precio muy alto en autoexigencia personal y dependencia en las relaciones amorosas, hasta que las vicisitudes de la vida ponen en cuestión todo el sistema, llevando a la conciencia de un fracaso existencial. Sobre este trasfondo vital se configura la depresión mixta.

Estas tres fases, déficit nutritivo  compensación meritocrática y/o dependencia afectiva  fracaso existencial, que hemos descrito hasta ahora y que pueden ser leídas desde una óptica psicosocial, como correspondientes a la infancia y adolescencia (la primera), a la juventud (la segunda) y a la madurez (la tercera) permiten también una lectura en términos de fracaso en el desarrollo de su capacidad de autorregulación moral, que facilita la comprensión del cuadro depresivo.

La regulación depresiva

Acabamos de aludir al fracaso en el proceso de conseguir una autonomía psicológica desde la que regularse en todos los ámbitos de la vida. La gráfica que sigue a continuación representa de manera sintética los sistemas de regulación moral que hemos desarrollado ampliamente en otras publicaciones anteriores (Villegas 2011, 2015). En ella se describe el proceso evolutivo orientado al desarrollo de la autonomía, hasta alcanzar la capacidad de autorregulación moral, a través de etapas sucesivas que lo van jalonando de la infancia hasta la madurez en un contexto psicosocial. La reproducimos aquí para mayor comodidad del lector, aunque aconsejamos acudir a los textos originales referidos en la bibliografía para una mayor comprensión y profundización del modelo del desarrollo moral.

CORRESPONDENCIAS

ETAPA EVOLUTIVA – DESARROLLO MORAL

ETAPA EVOLUTIVA

NIVEL DE DESARROLLO MORAL

PERIODO NEONATAL (0 - 2 AÑOS)

Regulación por necesidades

PRENOMÍA

Previo a la norma social

Depresión originaria

INFANCIA (2 - 6 AÑOS)

Regulación por deseos

ANOMÍA

Carente de norma social

Trastornos de conducta

NIÑEZ (6 - 12 AÑOS)

Regulación por normas

HETERONOMÍA

Sometido a la norma social impersonal

Obsesiones / Narcisismo meritocrático

ADOLESCENCIA (12 - 18 AÑOS)

Regulación por relaciones grupales

SOCIONOMÍA COMPLACIENTE

Acomodado a la norma social grupal

Dependencia afectiva

JUVENTUD (18 AÑOS…)

Regulación por relaciones personales

SOCIONOMÍA VINCULANTE

Acoplado a la norma social relacional

Agorafobia / Depresión reactiva

EDAD ADULTA

Regulación por juicio propio

AUTONOMÍA

Criterio propio o personal

La columna de la izquierda establece los periodos, fases o etapas del desarrollo moral por edades. Añade en la parte inferior a cada etapa el criterio de regulación predominante en ese periodo evolutivo. La columna de la derecha indica el nivel de desarrollo de regulación moral alcanzable en cada uno de estos periodos, que se define en relación con la autonomía, considerada la cúspide deseable de todo el proceso evolutivo. Todas estas etapas toman su denominación en referencia al nomos o criterio con que aspiran a regularse. En consecuencia, la utilización de los prefijos pre, a, hetero y socio antepuestos a la palabra «nomía» significan el mayor o menor grado de aproximación a la auto-nomía. Se indica, además, de forma sucinta, las principales «patologías» atribuibles a disfunciones específicas de cada una de ellas.

Los déficits en el desarrollo de la regulación prenómica se manifiestan a través de la depresión originaria. La persona se siente desvalida por sí misma desde el punto de vista del sustento afectivo o emocional, y, a veces, incluso funcional. Desmotivada, sin fuerzas, ni recursos para hacerse cargo de sí misma, pensando más en morir que en vivir, establece un tipo de relaciones interpersonales de carácter dependiente, con frecuencia pasivo agresivo. En otras ocasiones intenta compensar sus déficits con autoexigencias meritocráticas que merezcan la validación externa, que le confirme en su ser.

En la depresión reactiva el sistema de regulación habitual alcanzado hasta aquel momento a través del desarrollo de la persona se hunde, aunque sea transitoriamente, por un periodo más o menos largo, en condiciones similares a las de la depresión originaria. Así, por ejemplo, la persona se siente incapaz de hacer frente a sus obligaciones o responsabilidades habituales (heteronomía), o incluso del cuidado de sí misma (prenomía) y de los suyos (socionomía), limitándose a centrarse pasivamente en sus necesidades, cuya satisfacción delega en los demás en la medida en que se siente, al menos temporalmente, imposibilitada para hacerlo por sí misma de manera eficiente.

La perspectiva existencial

En términos existenciales se puede considerar la depresión como la «constricción del ser»: Dasein, en términos filosóficos. Como esta expresión puede resultar de difícil comprensión, podemos traducirla como la constricción o limitación del mundo, entendido como espacio simbólico de proyección de la existencia. La palabra ex-sistencia significa literalmente estar (sistere) fuera (ex), de donde surge el concepto heideggeriano de Da-Sein: «el ser ahí», que está fuera. ¿Fuera dónde? En el mundo.

En el contexto de la filosofía existencial, el mundo se entiende como espacio simbólico de proyección propia y de relación con los demás. El ser humano se halla situado en relación con el mundo natural, el Umwelt o mundo de la naturaleza, de la ecología, el mundo de la corporalidad, de la sexualidad, de la salud y de la enfermedad, de la vida y de la muerte; al Mitwelt o mundo de la presencia social y de las relaciones interpersonales, el mundo de la familia, de la pareja, de las amistades, de la profesión o del trabajo, de la fama y de la imagen; y el Eigenwelt o mundo propio, el mundo de la intimidad, la autoconciencia, la identidad personal, la percepción de sí mismo, de la autonomía y la responsabilidad. El fallo, el fracaso, la ausencia, la pérdida, la constricción, la negación, la exclusión o la limitación en cualquiera de estos mundos pueden ser motivo de depresión, es decir, de impotencia o falta de poder ser.

La reacción depresiva responde muchas veces al fracaso existencial como consecuencia de un itinerario vital equivocado, que podríamos calificar de «proyecto existencial frustrado», como percepción de pérdida de sentido o como ausencia de proyección en el futuro. En el momento en que, por la causa que sea, tenemos la sensación de no encontrarle sentido a nuestro existir, eso lleva como consecuencia la reacción depresiva, acompañada muchas veces de ideas de muerte o suicidio, puesto que lo que está en juego es la continuidad del mundo propio (Eigenwelt).

En los capítulos que siguen tendremos la oportunidad de recorrer los distintos caminos por los que el ser humano puede llegar a experimentar el vacío de su existencia en respuesta a los avatares de la vida, gracias a los testimonios de los pacientes que han querido compartirlo con nosotros. Sin su relato, todas las explicaciones teóricas sobre la depresión no pasarían de ser meros enunciados vacíos de significado.

Nota Bene

Vamos a distinguir ya desde el inicio, si eso sirve para centrar mejor la tesis de esta obra, dos tipos de depresiones en virtud de su origen: las de tipo psicosocial y las de tipo orgánico, entendiendo que pueden existir las de tipo mixto, por ejemplo, problemas de salud, que puedan dar lugar a estados de ánimo depresivos, aumentando la sensación de impotencia o de inutilidad. El problema está en que el dsm-5 se refiere a todos ellos como si pertenecieran a una misma categoría nosológica. Trataremos ampliamente este tema en el capítulo séptimo. Como puede deducir el lector, a nosotros nos interesa desarrollar fundamental, por no decir exclusivamente, la dimensión psicológica de la vivencia depresiva, que puede ser objeto de tratamiento psicoterapéutico.