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Luis Eduardo Aute vivió muchas vidas en una sola. Poeta que se nutría de su experiencia, pintor precocísimo, cantautor reacio al éxito que, sin embargo, llegó a disfrutar en los años ochenta, su época más creativa. También compuso himnos generacionales como "Al alba", particularmente celebrado y simbólico. A lo largo de su vida se debatió muchas veces entre el lienzo y el poema, entre la canción y el sueño audiovisual. Creador polifacético, libre, gozoso en la manera de sentir el arte, Aute fue un artista infinito. No cultivó nunca la presunción ni la vanidad. Encontró en la expresión artística su refugio. Pocos cantautores ofrecen una discografía tan exquisita y rotundamente lírica y expresiva como la de Aute, edificada muchas veces a contracorriente, de Rito a Templo, de Espuma a Segundos fuera, discos recorridos por el perfume de lo sagrado, amorosos, eróticos, carnales, impredecibles y auténticos, que implicaron un riesgo al fraguarse contra las convenciones de la industria musical. AUTE. infinito, de Luis García Gil atiende a las múltiples facetas de este artista singular a través de un relato tan riguroso como personal, escrito desde la intimidad y el conocimiento de la persona retratada. Ampliamente ilustrada, con una selección de vídeos comentados y una playlist de Spotify seleccionada por el autor, esta biografía permite un acercamiento completo a la música, la creatividad y la vida de Luis Eduardo Aute.
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Seitenzahl: 569
Veröffentlichungsjahr: 2025
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1. «El niño que miraba el mar»
2. «Somnis de la Plaça Rovira»
3. «Es más fácil encontrar rosas en el mar»
4. «La poesía es palabra que debe alumbrar»
5. «Velázquez pintó el aire, Goya, su ausencia»
6. «De alguna manera tendré que olvidarte»
7. «Seamos un cuerpo enamorado»
8. «Vendrá la noche más larga»
9. «El pueblo está muy contento, made in Spain»
10. «Que aquí tú ya lo ves es Albanta al revés»
11. «Queda la música»
12. «A través del dolor y el placer»
13. «Como mar en fuga»
14. «Silvio, Teddy, Pablo y Joan»
15. «Sin el alma de tu cuerpo sin tu latido»
16. «El sueño de la razón produce monstruos»
17. «Cada vez que me amas es un milagro»
18. «No rozaron ni un instante la belleza»
19. «Mas polvo enamorado»
20. «La luna en tu pupila era una perla flotando en el mar»
21. «Mira que la negra luna brilla como huevo de serpiente»
22. «Y los relojes huyeron del tiempo»
23. «La vida al pasar las vueltas que da»
24. «Días de amores… un viento que fue»
25. «Si todos estamos al albur de la intemperie»
26. El niño que miraba el mar
27. «Cuando no cante más»
Bibliografía
Obra completa de Luis Eduardo Aute
Playlist comentada de Spotify
Agradecimientos
Créditos
Todo en la vida tiene un comienzo y un final. Entre medias suceden todas aquellas cosas que configuran un relato. Luis Eduardo Aute vivió muchas vidas en una sola. Pintor precocísimo y cantautor renuente a las mieles del éxito, que llegó a transitar en su década más clamorosa, los ochenta. Compuso algunos himnos, uno particularmente celebrado y simbólico: «Al alba». Se debatió muchas veces entre el lienzo y el poema, entre la canción y el sueño audiovisual. Aute fue un creador polifacético, libre, gozoso en la manera de sentir el arte. Con todo, para él, antes que la canción siempre estuvo la pintura: «Lo de escribir canciones es algo accidental. Podría vivir sin hacerlo, pero no podría vivir sin pintar»1.
No cultivó nunca la presunción ni la vanidad. Encontró en cada expresión artística su refugio. Pocos cantautores ofrecen en nuestro país una discografía tan exquisita y rotundamente lírica y expresiva como la de Aute, edificada muchas veces contracorriente, de Rito a Templo, de Espuma a Segundos fuera, discos amorosos, eróticos, carnales, pero también recorridos por el perfume de lo sagrado. Una serie de discos que también implicaban un riesgo, que abofeteaban las propias convenciones de la industria. ¿Qué fue Templo sino una refutación del artista masivo de Cuerpo a cuerpo o Nudo?
La historia de Luis Eduardo Aute comienza en Manila, capital de las islas Filipinas, el 13 de septiembre de 1943. Ahí radica el principio, el nacer, el existir, el alumbramiento. Su padre se llamaba Gumersindo Aute Junquera. Aute sentía adoración por él y le hizo revivir en El niño y el basilisco, poema filmado en el que lo evoca junto a él sentados en el malecón de Manila en 1945. Gumersindo vino al mundo en Barcelona. Hijo de andaluces, la vida laboral lo llevó a los 18 años hasta Manila para trabajar en la Compañía de Tabacos de Filipinas, donde tuvo como jefe al poeta Jaime Gil de Biedma.
Gumersindo conoció a una muchacha llamada Amparo y apellidada Gutiérrez-Répide, hija de una valenciana y un santanderino, que poseía una subyugante belleza oriental. De esa relación nació Luis Eduardo Aute, durante los bombardeos estratégicos de las fuerzas de liberación al mando del general MacArthur que cercaron la ciudad de Manila durante treinta días.
Las tristes guerras ofrecen siempre el frío recuento de los muertos. En este caso la cifra ascendió a 150.000 civiles. Aute fue un niño de aquella guerra. Por el malecón, Gumersindo y su hijo solían pasear y hallaban refugio en una librería que había sobrevivido al asedio. El niño mostraba ya su dominio del dibujo e iba al encuentro revelador de libros en donde figuraran reproducciones de obras de arte. En uno de ellos descubrió la voluptuosa grandeza de La maja desnuda de Goya.
El padre de Aute era jefe de la sección de compra de aceite de coco en la Compañía de Tabacos de Filipinas, y el poeta Jaime Gil de Biedma, hijo del director de la compañía, viajaba frecuentemente a supervisar la tabacalera, hasta que acabó instalándose en Manila en el año 1956. Por aquel entonces Gumersindo había dejado Filipinas para irse a Barcelona. Tiempo después, Aute y Gil de Biedma coincidirían en la discoteca Bocaccio, en las noches conspirativas y etílicas de la gauche divine. Aute admiraba al poeta por su búsqueda de la esencia del poema. Con el tiempo hubo posibilidades de trabajar en algún proyecto conjunto, ya que a Gil de Biedma le interesaba mucho que sus poemas pudieran ser cantados por Pepa Flores, y Aute le había producido a la otrora Marisol un disco a principios de los años ochenta. Hubo conversaciones y una carpeta abierta con poemas que empezaron a trabajarse, pero al final el proyecto quedó en un cajón olvidado, ya que Marisol no atravesaba su mejor momento con Antonio Gades. «Ha venido a esa hora», «La vida a veces» o «A una dama joven, separada», son poemas que cabe imaginar en la voz madura de Pepa Flores o incluso en la voz de Aute, que también puso música al poema «Contra Jaime Gil de Biedma», trabajo que no hizo público pero que formaría parte de un proyecto de poemas póstumos, o con voluntad de serlo.
La imagen de la ciudad destruida por las bombas de la Segunda Guerra Mundial forma parte de la primera memoria del niño Aute. Por fortuna, el conflicto y sus estragos concluyen en 1945. El mismo año que Aute nació Joan Manuel Serrat, niño de posguerra en una Barcelona que será el paisaje de la sonora adolescencia de Luis Eduardo, cuya primerísima memoria es filipina:
Yo nací en Filipinas de padres españoles y recibí una educación americana. Los recuerdos de esa infancia son los normales de los niños de esa época después de una guerra, en un país tropical. Estudié en un colegio de los Hermanos de la Salle y recibí una educación católica, pero mucho más abierta que la que recibí cuando vine aquí2.
La primera vocación de Aute es la pintura. Aquel niño precoz quiere ser antes que nada pintor, y a esa ardua tarea se encomienda. La España de los años cuarenta, sórdida y gélida, vibra todavía como acorde lejanísimo. Los tranvías de la posguerra, el estraperlo, el nacionalcatolicismo o el racionamiento son conceptos que le son ajenos al habitante de la isla filipina cuyas primeras enseñanzas escolares recibe en inglés. Esa familiaridad temprana con la lengua inglesa se concretará llegado el momento en el disco bilingüe Aire / Invisible.
La banda sonora de la España de posguerra está protagonizada por la copla, que ha recibido un tratamiento injusto por parte de quienes la asimilaban con evidente desconocimiento a los usos y abusos del franquismo. En aquella Filipinas, también de posguerra, nadie sabe quién es Concha Piquer, pero sí están al tanto de toda la música que viene de Estados Unidos y que constituye la primera referencia musical para Aute. Más tarde llegarán los cantautores franceses: existencialistas, bohemios, algo desesperados, cuyo ejemplo de poesía hecha canción será muy importante.
En la adolescencia descubre el cine, bálsamo y refugio para muchísima gente. «Ver aquellas películas tan felices, tan llenas de color, comparadas con la realidad de Manila justo después de la guerra, era fascinante.»3 Entre esas películas estaba Cantando bajo la lluvia, clásico incontestable del Hollywood dorado. El cine también es deseo adolescente personificado en Marilyn Monroe en Niágara. Marilyn fue también una aparición rutilante en los cines de la España franquista y agitó aquel universo autárquico en blanco y negro. José Luis Garci reflejó su mito en un cortometraje titulado Mi Marilyn. La voz en off de José Sacristán señalaba Niágara como la película que había revelado al mito:«El descubrimiento de Marilyn nos llegó con Niágara […]. Lo cierto es que gracias a ella muchos millones de españoles descubrimos dos maravillas juntas: las cataratas y Marilyn […]. La Marilyn fue la primera artista que nos hizo hablar de mujeres, de besos, de culos, de todo eso, en clase o en los futbolines».
Marilyn aparece como una obsesiva presencia que ilumina los tonos grises de los días escolares. El Aute adolescente peca de pensamiento y acción al manipular una fotografía de Marilyn Monroe en traje de baño a la que desviste con un lapicero y un tubo de pasta de dientes. Con esos elementos ciertamente rudimentarios el futuro pintor cometió delito de impureza y esto casi le cuesta la expulsión del colegio:
Tendría yo 6 años, o por ahí, mis padres me llevaron a ver Niágara, cuando todavía vivíamos en Manila. Al ver a Marilyn fue la primera vez que descubrí que me gustaba esa señora rubia, que sentía cosas extrañas en mi cuerpo, en fin... Mi padre coleccionaba revistas de cine, y al llegar a casa tomé una de esas revistas Modern Screen con unas fotos de Marilyn. Ella posaba con un bañador entero y yo tuve la imperiosa necesidad de desnudarla. Tenía pinturas de acuarela, pero no tenía blanco, entonces agarré una pasta de dientes y la desnudé, ¡antes de que existiera el Photoshop! Aquello era pura artesanía. Guardé esa foto en el libro de geografía y, ya en clase, al abrir el libro se me cayó al suelo. Mi compañero de pupitre me traicionó: en vez de devolvérmela, se la llevó al cura. Llamaron a mis padres, estuve a un tris de la expulsión. Lo concreto del recuerdo es que hubo una relación muy directa entre el descubrimiento del erotismo, del placer carnal, y el castigo. Supongo que eso me marcó4.
La infancia de Aute debe explicarse a partir de la presencia constante del séptimo arte. Esa cinefilia penetrará con absoluta naturalidad en su cancionero convirtiéndolo en un cantautor cinéfilo que cita a James Dean y Al este del edén en «Las cuatro y diez» o a Steve McQueen y La huida en «Mira que eres canalla». Todo ello desemboca en ese himno de cinefilia que es «Cine, cine», que viaja hasta el trávelin histórico que clausura Los cuatrocientos golpes, la ópera prima de François Truffaut y pieza cinematográfica clave de lo que se dio en llamar la «Nouvelle Vague»: «Cine, cine» (Cuerpo a cuerpo, 1984) es una oda al séptimo arte que tomaba como referencia al cineasta que mejor podía encarnar el sentimiento cinéfilo, la salvación por el arte, le plaisir des yeux, que puede traducirse como el placer de los ojos que miran, que hallan en la pantalla la armonía que no existe en la vida. Aute le canta a Antoine Doinel —eterno Jean-Pierre Léaud, alter ego de Truffaut—, cuya infancia duele y se retrata en ese mar con forma de paredón, de trávelin angustioso, de playa a través. Las citas al operador Henri Decaë, a la revista Cahiers du Cinéma o al Mac-Mahón no son otra cosa que formas de culminar un canto al cine a través de la rebeldía que abanderaron los muchachos de la Nouvelle Vague. Ninguna cita de Aute será casual ni en el libreto de sus discos ni en sus canciones.
La etapa filipina de Aute finaliza a la edad de 11 años. Es entonces cuando su familia se instala en España con el fin de contactar con la familia paterna.
Madrid es todavía una ciudad conmocionada por las consecuencias de la guerra. Son años autárquicos en los que la dictadura franquista ejerce su omnipresencia.
Antes de instalarse en Madrid, la familia Aute reside en Barcelona. Tanto una ciudad como la otra serán relevantes en la propia biografía del cantautor. Para un recién llegado al país lo realmente difícil será adaptarse a la nueva disciplina escolar, ya que apenas se maneja con el castellano. Pese a ello, se matricula en segundo de bachillerato en el colegio Nuestra Señora de las Maravillas y allí empieza a sufrir los rigores del nacionalcatolicismo. Aute no se siente feliz en aquel contexto de misa diaria y oraciones, y se rebela ante las circunstancias. Como medida ejemplarizante, es enviado a hacer ejercicios espirituales, lo que, lejos de convertirle a la fe, contribuye a distanciarlo aún más del credo católico. En las canciones de Aute no faltarán referencias teológicas o espirituales ni un marcado existencialismo, pero será preponderante en ellas la visión del agnóstico que canta en «De paso» que el pensamiento no puede tomar asiento porque el pensamiento es estar siempre de paso.
Aute ama el cine y la pintura como a sí mismo. Como pintor, pinta y expone, viaja del expresionismo a las formas personales, expresivas y alargadas de El Greco o de Modigliani. Lo que le interesa en estos momentos es pintar:
Al margen de los estudios, lo que realmente me interesaba en aquellos tiempos era la pintura. Quería pintar y quería, sobre todo, profesionalizarme en la pintura. Hasta el punto de que hice mi primera exposición a los dieciséis años, aquí en Madrid; me presenté también a concursos y casi logré realizar una exposición al año5.
Durante estos años de formación, Aute lee mucho. Descubre a Lorca, Miguel Hernández, Albert Camus o Jean-Paul Sartre. La poesía leída, habitada, le influirá a la hora de decantarse por la búsqueda del poema y de una canción que dialogue también con la propia poesía. Hay un momento en que su curiosidad le lleva a pedirle a su padre una guitarra, y ahí empezará de manera autodidacta su diálogo con el instrumento, paso previo a la formación de un primer grupo musical. Elvis Presley, el rey, ya está desatando una tormenta musical a la que Aute no será ajeno a través del programa de radio Caravana musical, que presenta Ángel Álvarez. Aquella música le inspira porque está alejada de las trasnochadas melodías del momento, de crooners afectados y sentimentales, de tonadilleras que difunden un andalucismo canoro, en el decir de Vázquez Montalbán. Para Aute el rock es importante, conforma su identidad musical, una conexión con esa efervescencia sonora que le viene ya de sus años en Filipinas. El cantautor llega a definir el rock como una cuestión visceral y la compara por su dimensión popular con las rancheras que marcaron a una generación anterior:
Sí, fundamentalmente era una cuestión visceral. Era una conexión directa con un sonido que tú querías hacer o que querías oír. Fue un encoñamiento con el ritmo y eran canciones que uno podía tocar en casa. Esto es importante, tú podías hacerlo en tu casa con una guitarra […]. Se conectaba con el rock porque eran cuatro acordes y aparte de esos acordes era otra dimensión, era una dimensión urbana, la ciudad, los tubos de escape, los coches. Y el baile, porque era muy importante que el rock se bailara6.
El niño prodigio de la pintura se va haciendo mayor. Transita con fervor de espectador atento el cinefórum del colegio y descubre el neorrealismo italiano, el musical americano o el cine francés de la mano de José María Pérez Lozano, director de la revista Film Ideal. En el cine Capitol de la Gran Vía madrileña puede ver por fin Al este del edén, la aclamada película de Elia Kazan protagonizada por James Dean, cuya rebeldía e inconformismo muchos trataron de hacer suyos. «Las cuatro y diez» recupera la memoria de un cine y la presencia en la cartelera madrileña de esa película. La primera parte de aquella canción, clave en su obra, evoca un tiempo pretérito (tempus fugit), las huellas de los amantes debutantes que acunaron su pequeña historia en la sala de un cine, una historia recobrada en el latido memorable que marca su melodía desencadenada. La segunda parte de la canción reencuentra a quienes se amaron en los cálidos e inciertos rincones de la adolescencia. Los amantes ya no son los mismos. Hacen recuento de lo que son, de los hijos que tienen, de esa vida que ya no comparten. Todo es nostalgia asumida, memoria que vuelve, reloj de pulsera o de pared que da las cuatro y diez como frontera temporal agónica que marca la separación inevitable de quienes se amaron y tuvieron el mundo en sus manos: «¿Quieres helado de fresa / o prefieres que te pida ya el café? / Cuéntame cómo te encuentras / aunque sé que me responderás: muy bien».
Los horarios y el contexto represivo imponen su particular dictadura en las relaciones amorosas. «Las cuatro y diez» es una de esas canciones superlativas de Aute en las que letra y música logran armonizarse hasta alcanzar la perfección. Esta pieza de orfebrería sería uno de los muchos hallazgos incluidos en el disco Rito, que Aute graba en 1973.
Para alcanzar la concentración poética que rezuma el elepé Rito fue necesario un proceso previo de aprendizaje que incluyó el paso de Aute por conjuntos musicales como los Tigres y Los Sonor. Aute había descubierto el rock con 15 años, en una época en que su primer objetivo artístico seguía siendo la pintura. Pese a ello, Carlos Guitart lo introduce en Los Sonor, donde desarrolla una vertiente marcadamente roquera y con una absoluta falta de pretensiones. Una foto de la época lo retrata con guitarra eléctrica y ademanes roqueros. Tony Luz —componente de Los Pekenikes— le prestará la guitarra eléctrica con la que aparece en 1961 en el programa Salto a la fama de TVE, pero dicho salto al estrellato aún tendría que esperar. Aute no estaba especialmente ilusionado por tocar en Los Sonor, pero al menos sabía que como integrante de un grupo musical las posibilidades amorosas se multiplicaban.
Los Sonortenían bastante proyección y un estilo fuertemente deudor del que desarrollaban The Platters. Además de Aute y Guitart, el grupo lo integraban José Luis González, futuro miembro de Los Pasos, y Manuel Escobar. La etapa de Aute en Los Sonor tiene fecha de caducidad, que coincide con el momento en que intuye la profesionalización del grupo y se percata también de las dificultades de sacar adelante el curso preuniversitario. Los Sonor, ya sin Aute, serán rebautizados como Los Bravos. El cambio de nombre trae consigo un cambio de solista, y es ahí donde entran en escena Mike Kennedy y Alain Milhaud como productor.
Aute expone sus pinturas a principios de los años sesenta en la Galería Quixote de Madrid. Es tiempo de amorosas revelaciones, de buscar las respuestas de la vida en el viento que desordena papeles y sueños. El futuro autor de «Al alba» pasa el verano de 1963 en Sitges, en cuya playa conoce a una muchacha francesa que es la viva imagen de Jeanne Moreau. El verano es un trozo de vida que no vuelve. La nostalgia de ese tiempo perdido llega con las hojas dormidas del otoño y sume al artista en ciernes en una depresión que engarza con su tediosa vida universitaria en la escuela de aparejadores.
Aute resuelve esa encrucijada vital poniendo tierra de por medio y marchándose a París, la ciudad de la luz convertida tantas veces en travesía literaria de muchos escritores. Aquel joven —todavía imberbe— recala en el Barrio Latino y se reencuentra con su musa francesa de Sitges. París no se acaba nunca —como bien sabe Enrique Vila-Matas—, y para Aute supone un aprendizaje continuo. El mundo parisino se le ofrece en toda su luminosa extensión. Aute recorre las mismas calles por las que anduvo Antoine Doinel, niño prófugo en busca del mar en un trávelin antológico de Truffaut. Es también ese mismo París que filmó Godard en Al final de la escapada, donde para muchos se produce el nacimiento de una nueva ola cinematográfica. Otro lugar mítico es el Olympia, en cuyo escenario un catártico Jacques Brel construyó parte de su leyenda. La canción francesa, la bella flor de la posguerra, aquietaba sus melodías, la fiebre de sus acordeones a orillas del Sena por donde también se paseaba el fantasma de Hemingway o el de algún poeta exiliado con un cuaderno de versos bajo el brazo. El cine que no puede exhibirse en España conforma la cartelera parisina para disfrute de quienes buscaban algo de libertad y huían de un país que sigue sumido en el amordazamiento, como ratificará Max Aub en su libro-testimonio La gallina ciega.
Hay todo un universo de referencias parisinas muy presentes en Aute, que tendrá en cierto momento algo de cantautor afrancesado, heredero de una forma de sentir poéticamente la canción. Ese mundo no estará tan alejado de la Cataluña que Aute descubre en la adolescencia. Barcelona se presenta como una ciudad cargada de significados muy concretos. En ese contexto urbano surge la Nova Cançó, cuyos integrantes se confiesan herederos de la canción francesa.
Los años sesenta son testigos de la aparición de Bob Dylan, que revoluciona el ámbito de la canción popular. Con el tiempo, su influencia será también considerable con discos como Blonde on Blonde que acabarán ocupando un lugar fundamental en la mitología pop. Para el propio Aute, Bob Dylan se convertirá en una figura clave al representar el tipo de canción que concede valor a la palabra y al texto y cuyo surrealismo le termina inspirando. Aute suele englobar dentro de ese surrealismo marcadamente dylaniano la canción «A Hard Rain’s A-Gonna Fall», pieza alucinada y brillante de Dylan incluida en su segundo álbum de estudio, titulado The Freewheelin’ Bob Dylan (CBS, 1962):
Lo que me sorprende es el texto más que la música. En aquellos años yo estaba pintando cuadros un poco surrealistas, no totalmente surrealistas, pero con muchas reminiscencias de ese movimiento, entonces aparece un señor en Estados Unidos que me canta unas canciones, unas imágenes —surrealistas también. […] ¿Y qué pasa? Hasta entonces, jamás vi ningún paralelo entre la pintura y la canción que se venía escuchando usualmente. De repente veo que conectan unas imágenes con otras. Me interesa por ese lado. Sobre todo, lo que más me toca de Dylan son esos textos caóticos, un tanto apocalípticos7.
1 Micheletto, K. (2004): «La obra jamás está cerrada», en Página 12, 17/10/2004.
2 Trecet, R., y Moreno, X. (1978): Me queda la palabra, Barcelona, Dédalo, págs. 273 y ss.
3 Olea, P., y Aute, L. E. (2009): «Cantando bajo la lluvia», en Las películas de nuestra vida, Madrid, TCM.
4 Micheletto, K. (2011): «Entrevista a Luis Eduardo Aute», en Clarín, 23/8/2011.
5 López Barrios, F. (1976): La nueva canción en castellano, Oviedo, Júcar.
6 Trecet, R., y Moreno, X. (1978): op. cit.
7Ibid.
«Plaça Rovira, vella plaça Rovira, del meu barri de Gràcia.»
«Somnis de la Plaça Rovira», Luis Eduardo Aute
Luis Eduardo Aute vivió en una torre con jardín en el número 42 de la calle de Massens de Barcelona. El mal llamado «progreso» convirtió aquel lugar en un aparcamiento, pero a Aute aquel espacio le trasladaba, por los conductos de la memoria, a la casa de sus abuelos. Gumersindo Aute Junquera, el padre del artista, había nacido en Barcelona en 1913. Por tanto, para Aute Cataluña constituía un lugar de su memoria y de su propio itinerario vital y sentimental, que incluía el barrio de Gràcia y la plaza Rovira, citada, por cierto, por otro barcelonés, el novelista Enrique Vila-Matas en su novela El mal de Montano8.
Parte de la infancia y adolescencia de Aute, recogida en la canción «Recordándote», transcurre entre la plaza de Rovira i Trias y la calle de Massens, en el corazón palpitante de Gràcia. En el álbum familiar de Aute figura una foto del año 1959 en la que, espigado y adolescente, aparece retratado en la playa de Sitges, estampa estival frente al mar.
Gràcia y la pertenencia al barrio barcelonés nunca le fueron ajenas, y esa pertenencia le llevó a componer «Somnis de la Plaça Rovira», fuente de inspiración del cantautor barcelonés Joan Isaac cuando grabó un hermoso disco titulado Auteclassic con canciones de Aute traducidas al catalán por el también cantautor Miquel Pujadó.
Hay otra foto de 1951, un primer plano en blanco y negro del niño Aute en el jardín de la torre de la calle de Massens. De ese mismo año es otra foto del álbum familiar tomada en una plaza de Cataluña atestada de palomas y en la que aparece junto a su madre con ropa de invierno. Es justo en la época —tiene 8 años— en que llega a Barcelona, adonde su padre se traslada por trabajo tras su experiencia tabaquera en Filipinas. Todo está por pintar y por cantar. El niño Aute empieza a familiarizarse con el catalán que la gente habla desafiando la prohibición del régimen franquista. En Barcelona encontrará, a pesar de los pesares, una ciudad abierta y cosmopolita. De aquellos años barceloneses evocaba las fiestas de Gràcia o los paseos dominicales con su padre, que también incluían la parada en la terraza de algún bar como el Vall —con sus horchatas casi proustianas—, situado en la propia plaza Rovira, de los sueños de infancia desplegados en forma de canción.
Aute vivirá muy de cerca el surgimiento de la Nova Cançó y las producciones del sello Edigsa. En los brevísimos recesos del servicio militar, que le lleva hasta las provincias de Lleida y Girona, Aute pasea por la ciudad condal, joven inquieto en constante crecimiento que en las librerías y tiendas de discos descubre los llamativos discos sencillos de Raimon o de Quico Pi de la Serra, con quien termina grabando «Cançó mansa» para el álbum Qui té un amic, directo de 1989. En esas travesías barcelonesas no faltan ni la plaza Real ni la calle de Escudellers, todo ese mundo de esparcimiento noctámbulo que configura el Barrio Gótico.
En 1967, el año de la explosión de la «Cançó de matinada» de Serrat, Aute graba en catalán para RCA «Al×leluia n.º 1» y «Roig damunt el negre». Josep Maria Andreu es quien se hace responsable de estas adaptaciones.
La relación de Aute con Cataluña tiene también mucho de complicidad con otros artistas. Marina Rosell, cantante catalana, encontrará en Aute una referencia concreta y temprana. Rosell lo conoce en un concierto de Pablo Guerrero en Madrid a mediados de los años setenta. Ya entonces se le revela como alguien cercano del que tenía una imagen de poeta maldito y afrancesado y con el que terminará grabando a finales de los años noventa una canción, «Cómo te olvidaste de eso», incluida en el disco de Rosell Y rodará el mundo. Marina nació en un pueblecito llamado Gornal, entre el mar y la montaña, en el Bajo Penedés. Con apenas 13 años, ya sentía inquietud musical y había iniciado su aprendizaje con la guitarra y el solfeo. Su madre cantaba mientras lavaba la ropa, y también se cantaba en el campo mientras las mujeres iban a la vendimia. Rosell consumía todas las revistas semanales de música, primero Fans, luego Mundo Joven. Y en una de ellas descubrió a Aute a través de unas fotografías tomadas en Sitges, lugar donde Marina contempló por vez primera el mar. A la futura cantante, epígono de lo que fue la Nova Cançó, le llamó la atención ver a un cantante de éxito en un lugar que ella conocía:
Yo siempre situaba a los cantantes en lugares inaccesibles. Y de pronto veo a un artista que pasa los veranos en Sitges. Y empecé a seguir a este cantante. Una de estas revistas regalaba un pequeño disco con la canción «Rosas en el mar» y «Aleluya». Yo lo escuché y vi que era un cantante distinto a todos los que yo escuchaba. Yo escuchaba a Adamo, a Raphael y algo más tarde a The Beatles, que me abrieron un mundo, y todas las canciones de la radio y la Nova Cançó. Pero a Aute lo vi distinto, taciturno, hablaba de unos temas con una gota de surrealismo. «Rosas en el mar», «Aleluya». Eran canciones que me absorbían, que me hacían viajar desde mi inocencia a lugares que yo desconocía. Aute fue un gran impacto por la atracción de que él vivía en un lugar cercano. Yo no podía dejar de escuchar esas canciones hipnóticas. «Rosas en el mar» no era ni romántica ni melódica. No tenía un desarrollo habitual. Era ya un poco Philip Glass. Una canción repetitiva que me hacía viajar a un lugar distinto. Y esto es para mí lo importante de Aute, que te lleva a lugares inesperados. Y este sello nunca lo ha perdido. Su música, sus palabras, son muy importantes, pero también lo es su voz, la textura que es muy bella y su fraseo. Me gusta mucho el lugar donde él pisa. Uno cuando camina deja una huella. Me interesan esas huellas que él deja sobre mí a través de sus canciones, como cuando alguien pasea en un bosque y deja huellas sonoras al caminar. El sonido de Aute al pisar deja esas melodías. Esa es la esencia. Él camina hacia un lugar y deja en mí esa resonancia que uno encuentra al caminar cuando nace el otoño o la primavera. Ese es para mí Aute. Siempre me he sentido querida por él y la vida es reciprocidad.
La misma admiración de Marina Rosell la sentía otro notabilísimo epígono de la Nova Cançó: Joan Isaac. Solo partiendo de esa admiración y complicidad puede entenderse un disco como Auteclassic, en el que el cancionero de Aute fluye en catalán de una manera natural. La selección atendía a clásicos incontestables de Aute: «De alguna manera», «Las cuatro y diez», «Pasaba por aquí», «La belleza», «Dos o tres segundos de ternura», «Una de dos», «Siento que te estoy perdiendo», «Cine, cine» y «Al alba». Más allá de los hits, había tiempo para recrearse en el repertorio menos común con revisiones de «Autotango del cantautor», «Volver a verte» o «Giraluna». Auteclassic vio la luz en 2009, el mismo año en que Aute graba la tercera y última entrega de sus Auterretratos. Previamente Isaac había versionado en catalán «La belleza» para su disco Joies robades, aparecido en 2002. La relación de ambos venía de lejos, ya que Aute había colaborado con Isaac en su disco Inesperat, el álbum con el que el cantautor barcelonés cerró en 1984 una primera etapa musical y que produjo —para reforzar las sutiles correspondencias entre ambos— Luis Mendo.
Con otro catalán ilustre, Joan Manuel Serrat, que partió de Els Setze Jutges y la Nova Cançó, Aute establecerá también una conexión profunda y afectiva, de admiración mutua, plasmada en el disco en directo Entre amigos, donde aquel empezaba a hacer suya «De alguna manera» y este cantaba un fragmento de «Paraules d’amor», uno de los himnos del cantautor catalán.
Toda la reminiscencia catalana de Aute se termina plasmando en ese capítulo del disco Intemperie que es «Somnis de la Plaça Rovira». Aute se sumergió poéticamente en las aguas sonoras del tiempo perdido. En esa construcción brumosa y emocional, concedió gran relevancia a la enumeración de espacios y lugares que vinculaba a su memoria barcelonesa y al entorno de la plaza Rovira. En esa geografía aparecían el bar Comulada, el palacio de Climent, donde servían una exquisita ensaladilla, o el cine Rovira, que proyectaba películas de Charlot. Todo ello presidido por la imagen del padre, sobre el que Aute asienta este canto a la ciudad habitada por los sentidos y por la memoria: «I entre el pou i les pedres / del jardí de Massens / la galàxia ens plorava / pluges de Sant Llorenç / I el meu pare em parlava / assenyalant-me el cel / “Fes-li, abans dels teus somnis / un petó al teu estel”»9.
Una canción como «Somnis de la Plaça Rovira» no hay que entenderla como una anécdota en el cancionero de Aute, sino como parte de un viejo deseo suyo de grabar un disco en catalán cuyo trayecto sentimental comenzaría en aquella plaza donde estaba el bar Valls de las horchatas y el Climent que servía ensaladillas. Todo ese paisaje olfativo y gustativo de sonidos y vivencias revive en la voz de Aute, quien también buscó a través de su canción el ayer luminoso de las playas de la costa del Garraf, en Sitges, donde conoció sus primeras experiencias amorosas.
No acabarán ahí las relaciones de Aute con la música catalana. De absoluta rareza cabe calificar su versión en catalán de «Streets of Philadelfia» de Bruce Springsteen, que grabó para La Marató, proyecto solidario impulsado por 3Cat y la Fundación La Marató.
En cuanto a las versiones de Aute en catalán, cítese como ejemplo la que grabaron Els Amics de les Arts de «Las cuatro y diez» en otro disco de homenaje que se le dedicó, en este caso Giralunas, editado por el sello Sony en 2015.
Aute dio muchísimos conciertos en Barcelona. Su último recital en el Palau de la Música, señero escenario otrora consagratorio, lo ofreció dentro de la gira con la que celebraría en 2016 sus cincuenta años de carrera musical. Corría el mes de febrero en la ciudad condal y Aute abría el festival Guitar BCN acompañado de una banda dirigida por Tony Carmona10. Aute trataba de resumirse en una treintena de canciones, desde «Me va la vida en ello» hasta «De paso», «Rosas en el mar», «Hafa café» o «Dos o tres segundos de ternura». En «Slowly» se dejó acompañar por la voz cómplice de Cristina Narea, reforzando ese vínculo del cantante con las voces femeninas desde aquellos tiempos con Olga Román. Luego, en la progresión del recital, llegaron en oleajes sutiles «Dentro», «No te desnudes todavía» y «Mojándolo todo», territorios donde el onanismo podía mezclarse con la sensualidad de los preámbulos amorosos. El recital tuvo también su momento de compartir con artistas invitados, y así entraron en escena Els Amics de les Arts, para interpretar juntos «Las cuatro y diez», Miguel Poveda con «Prefiero amar» y Estopa con «Una de dos». Todos sentían a Aute como un artista singularísimo en cuyo espejo mirarse, con un repertorio inmaculado que en aquella noche barcelonesa no dejó de crecer al ritmo de «De alguna manera» o «Anda» —Aute a solas con su guitarra—, y también «Sin tu latido», «Cada vez que me amas» —guiño al osado Templo—, «La belleza» y la inevitable «Al alba» antes del final, y luego vuelta al escenario en la ceremonia de los aplausos con «De la luz y la sombra» y «Albanta». Nadie podría imaginar que sería aquella la última vez de Aute en Barcelona cuando en el verano de ese año llegaría el fatídico contratiempo de salud, antesala de su muerte en el pandémico 2020.
Al día siguiente del último Palau de Aute, el artista presentaba el libro Aute, lienzo de canciones, de Luis García Gil, en la librería Jaimes de Barcelona, donde también sonaron sus canciones en las voces de la colombiana Marta Gómez («El niño que miraba el mar») y del napolitano Alessio Arena («Latido a latido»).
8 Vila-Matas, E. (1994): «Recordé mi infancia en la Plaza Rovira de Barcelona en años de grisalla y miseria moral que atravesé disfrazado con bata colegial, perfecto idiota entarimado con una tiza boba entre los dedos y un irresistible aire de cataplasma», en El mal de Montano, Barcelona, Anagrama.
9 «Y entre el pozo y las piedras del jardín de Massens, la galaxia nos lloraba lluvias de San Lorenzo, y mi padre me hablaba señalándome el cielo: “Dale, antes de tus sueños, un beso a tu estrella”.»
10 Bianciotto, J. (2016): «Todos los colores de Aute», en El Periódico, 19/2/2016.
En la primavera de 1966 Aute había terminado su compromiso con la patria del franquismo, una, grande, libre e indivisible. Comenzó el servicio militar en marzo de 1965 en el Pirineo leridano, con mucho frío, nieve y una instrucción durísima. Un compañero de mili, Josep M. Arbues, evocaba a aquel Aute uniformado en una carta al director del periódico La Vanguardia publicada en sus páginas. En aquel ambiente castrense rememoraba las charlas sobre pintura y las dotes musicales que Aute ya revelaba:
Tuve la suerte de conocerte en Talarn, en el pabellón Bruch, 3.ª Cía. Compartimos muchos desayunos junto con dos o tres reclutas más, lesionados como yo, en la cantina del campamento. Nuestro capitán de Caballería, al saber de tus dotes de pintor, te preguntó si podías hacerle un cuadro de su hijo, partiendo de una foto que llevaba en la cartera. Fui testigo de tu obra, que quedó magnífica. Luego creo que tú le sugeriste hacer una estatua del Timbaler del Bruc a tamaño natural. Y el resultado fue una escultura perfecta, tanto que, en el día de jura de la bandera, el capitán general de Lleida, que presidía el acto castrense, vino a verla con toda la compañía formada y te felicitó.
También quiero resaltar tus dotes de poeta, pues compusiste una canción que luego se transformó en el himno de la compañía. Al trasladarme al hospital de Lleida y luego al de Barcelona perdí el contacto contigo, pero guardo con mucho cariño el recuerdo de nuestras charlas sobre pintura11.
En la mili, Aute le cae en gracia a aquel capitán, que le facilitó una habitación para pintar sus cuadros y así seguir desarrollándose pictóricamente. Pero la música también ocupa su tiempo, y coincide en aquel periplo militar con Santi Carulla, voz de Los Mustang, grupo barcelonés de los años sesenta. Los Mustang y Aute terminan grabando juntos en 1999 «Suspira la niña», incluida en el disco con el que el grupo celebró su cuarenta aniversario.
Hay un momento importante en estos primeros pasos de Aute en la música: su encuentro con la cantante Massiel, para la que escribe algunas canciones. El artista sopesa grabarlas él mismo, pero en su cabeza la prioridad absoluta sigue siendo pintar. Solo contempla las canciones como divertimento impulsado por el azar. Aute no podía contar con el impacto de temas como «Aleluya» o «Rosas en el mar», en las que subyace una vibración folk indudable. El surrealismo de «Aleluya» era más bien deudor de Bob Dylan.
El genio de este Aute primerizo en el mundo de la música deja su impronta en 24 canciones breves, que no deja de ser una obra de quien, emergiendo en la canción, se despide de ella. Por tanto, hay algo en ese disco de precoz testamento artístico, y así se lo comunicó Aute a la discográfica. El álbum 24 canciones breves fue un disco barato que mostraba fehacientemente las inquietudes de nuestro protagonista y su deseo de fijar en una canción breve el relámpago de su propio paso fugaz por la música. Reticente al estatus de cantante melódico tradicional aupado por una discográfica, Aute abraza la idea de desaparecer, de romper con lo que era un camino nada apetecible para su visión del arte.
No deja de ser curiosa la percepción que de Aute podía tenerse entonces, incluso más allá de este momento concreto de finales de los años sesenta. Algunos no lo veían como un cantante protesta que subrayara su antifranquismo, sino más bien como un esteta algo decadente. Él se definía como esteticista, verso libre e independiente en aquel contexto pop de la música española:
A mí no me consideraban uno de ellos. Yo escribía canciones de amor y canciones conceptuales con reflexiones sobre el ser. Por eso me consideraban un decadente. Un pequeñoburgués que hacía canciones sobre las frustraciones de su clase social. Un compositor más bien enfermizo. Yo no era capaz de escribir panfletos sobre los mineros o los campesinos, porque era algo que no había vivido y no me salía12.
Con el tiempo no va a modificar esta manera de entender su repertorio. Para Aute lo esencial fue y será el ser humano, y el intento filosófico de comprender la vida, el secreto mismo del universo y hasta de ese Dios silente e inabordable al que se busca infructuosamente. En ese intimismo existencial irá desarrollando su obra.
Durante este periodo de tiempo, breve pero intenso, Aute graba dos discos de larga duración, Diálogos de Rodrigo y Gimena y, el más interesante, 24 canciones breves, en los que agrupa treinta y seis canciones. A ello suma algunas canciones que pueden aparecer en single pero no en elepé y otras que escribe para otros artistas.
Diálogos de Rodrigo y Gimena ve la luz en 1968, y agrupaba sus sencillos «Rosas en el mar» y «Aleluya n.º 1» como estandartes de éxito. Ese mismo año vio la luz 24 canciones breves, y se casa con Maritchu Rosado, ecuatoriana de nacimiento, a la que conoció cuando tenía 19 años en la fiesta que las primas del cantautor habían organizado para celebrar la Nochevieja de 1962. Ahí nació el amor que culminó años después en el enlace: «Me casé en el 68, el año en el que no se casaba nadie. Por eso lo hice». Maritchu influye en su obra y en sus estados anímicos, que él le traslada. Cuando fallecen sus suegros, en 1970, Aute tiene una crisis existencial, lo que influye en el tono de su poemario La matemática del espejo. Pero la vida es nacimiento y muerte. y en 1970, como contraste, nace el primer hijo de la pareja, Pablo, destinatario de «Albanta». Luego nacerían Laura en 1981 y Miguel en 1987.
Luis Eduardo Aute retratado en su estudio de Madrid en marzo de 1967. Gorki, Mao, la guerra de Vietnam y la revolución cultural china adornan su estancia junto a las corridas de toros, Antonio Ordoñez, Ernest Hemingway, el erotismo y los interiores de su primer álbum, Diálogos de Rodrigo y Jimena (1967).Album / EFE / jgb
El Aute pintor fue antes que el músico, pero la música siempre estuvo ahí, latente, desde que era un niño:
Mis padres me compraron una guitarra cuando tenía ocho o nueve años y aprendí a acompañarme poquito a poco, lo suficiente para cantar canciones de otros. Más tarde, cuando estaba aquí en España, me juntaba con otros compañeros de clase y formábamos grupos. Sobre todo, de rock and roll.
Empecé a escribir canciones porque me gustaba la canción francesa y por el elemento percutor que significó para mí el personaje de Bob Dylan; lo que más me emocionaba de él eran sus textos, porque su voz era y es bastante desagradable y musicalmente no es nada del otro mundo. Eran textos surrealistas, imaginativos, extraños, muy largos, los que me impactaron. A mí me movía un poco esa misma inquietud por esa escritura caótica, a modo de collage13.
Los años sesenta ofrecen todo un fresco de posibilidades musicales que para Aute incluía fenómenos como The Beatles o figuras ya consagradas en el folclore de la América de habla hispana como Atahualpa Yupanqui, todo un precursor, con el que llega a coincidir y a grabar «En el patio de mi casa» para el disco Yo tengo tantos hermanos, homenaje al cantautor argentino grabado en 2001. La difícil sencillez de Atahualpa, sublimador de lo pequeño, conectaba muy bien con la sensibilidad de Aute y con la sutileza de su interpretación vocal. En una foto, fechada en 1992 y tomada en Buenos Aires, puede verse a Aute en compañía de Silvio Rodríguez y del propio Yupanqui en una de las últimas imágenes que se le pudieron tomar con vida, ya que fallecería ese mismo año.
«Rosas en el mar» y «Aleluya» tenían un potencial inesperado para el propio Aute. El surrealismo de «Aleluya» es dylaniano, y «Rosas en el mar» nace al amparo del folk americano. Las primeras influencias de Aute están bastante definidas desde sus inicios. Su escritura poética es absolutamente personal y se concretará en su segundo elepé, que titula 24 canciones breves. Ahí está implícito su deseo de ser canción y sobre todo ya revela cómo quiere que sea esta canción con mucho de poesía. Así me lo dirá:
Mi propósito siempre ha sido que la letra de una canción pudiera tener la dignidad del poema. Todo mi propósito era rescatar a la canción, que era como la asistenta de la poesía y de la música. Para los poetas, un letrista era un poco subgénero, y para los músicos las músicas de las canciones eran también subgénero. La canción estaba ubicada en un espacio que no le correspondía. Ese propósito mío de intentar elevar los textos de las canciones a nivel del poema y la música también —evidentemente— surgió a partir de conocer, cuando era muy joven, a los franceses Jacques Brel, Léo Ferré o Georges Brassens. Me parecía muy sorprendente que aquellos textos fueran auténticos poemas. Eran poetas, músicos y cantantes.
Aquellas primeras canciones fueron para Aute parte de un aprendizaje, pero sucedió lo inesperado: el éxito de mano de la ya citada María de los Ángeles Félix Santamaría, Massiel para el mundo artístico, nacida en Madrid un 2 de agosto de 1947 y, por tanto, cuatro años más joven que Aute.
Massiel será la primera intérprete de ese meteoro folk llamado «Rosas en el mar» y de otra serie de canciones inaugurales, más o menos inspiradas, fechadas en otoño de 1966. Aute ha regresado de la Costa Brava y quiere componer a la manera de Dylan, pero el resultado puede parecer ingenuo y quizá algo disperso. Ya empieza a plantear temas universales que le son propios, como el amor, al que cantará sucesivamente. También están la libertad, la injusticia, todo aquello que es parte de la reivindicación de la juventud que recorre los años sesenta. Massiel, integrante del elenco de artistas que nutren la compañía Zafiro, viaja a Milán, donde también grabará Serrat algunos de sus discos más legendarios, como el de Antonio Machado o Mediterráneo.
Massiel se lleva a Milán canciones de Aute con la idea de grabarlas. Por otro lado, Manuel Escobar López, quien fuera cantante de Los Sonor, tiene la intención de grabar un disco con el nombre de «Emmanuel» con dos canciones de Aute. Finalmente grabará una de ellas, titulada «Ama», en un single de 1967 en el que también figuraba una canción de Manolo Díaz. El arreglo lo firma Juan Carlos Calderón, que ya va labrándose un prestigio como músico, productor y arreglista pop, vinculado al mundo del jazz y a las noches madrileñas del Bourbon Street, el local donde tocaba y cuyo ambiente jazzístico Aute conoce.
Calderón, cuyo destino terminará cruzándose con los de Nino Bravo o Serrat, había puesto ya el oído en aquella ocasión en que Escobar tuvo la intención de grabar dos canciones firmadas por un autor desconocido del que solo sabía que se apellidaba Aute. Este se presentó ante Calderón como el autor de ambas canciones, y el santanderino lo animó a interpretarlas él mismo, sin intermediarios. La propuesta en firme llegaría de la mano de Ele Juárez, director artístico de RCA. También Alain Milhaud, otro productor importante de la época del pop español, había mostrado interés por Aute.
Mientras todo eso acontece, Massiel graba un disco de cuatro canciones —lo que entonces era un EP—, tres de ellas firmadas por Aute: «Rosas en el mar», «Las estrellas lo sabrán» y «Hasta mañana». El cuarto tema se titulaba «Ruidos» y estaba firmado al alimón por la propia Massiel y Luis de Pablo. Como arreglista figuraba el santanderino Juan Carlos Calderón. En la contraportada, Aute incluía un texto muy descriptivo dedicado a Massiel:
Massiel tiene la piel muy blanca. Sus ojos siempre buscan algo. Son unos ojos inquietos, casi negros. Su boca, como el resto de su cuerpo, expresa mil sugerencias. Massiel es una mujer. Es una mujer profundamente española. Su voz y sus palabras llevan la música que requieren unos versos de Valle-Inclán o de Lorca. Su voz es grave como la tierra y roja como la sangre. Massiel es primitiva y culta, niña y mujer. Nadie mejor que ella podía interpretar mis canciones. Nadie mejor que ella puede interpretar la impotencia humana de «Las estrellas lo sabrán» y «Rosas en el mar», la desilusión y la esperanza de «Hasta mañana». Creo que esta grabación ha sido un paso muy importante en la carrera de Massiel, en cuanto a que define con más fuerza el estilo que ella ha creado.
«Hasta mañana» y «Las estrellas lo sabrán» son canciones cargadas de ingenuidad y buenos sentimientos, aún verdes e inmaduras. Con todo, representan para Massiel un modo de definirse. De hecho «Las estrellas lo sabrán» le sirve de carta de presentación del especial que TVE le dedicó en 1972 con el título de ¡Massiel vuelve!, que dirigió el cineasta Claudio Guerín Hill apenas unos meses antes de perder la vida durante el rodaje de su película La campana del infierno.
Además del encuentro con Massiel, Aute se vincula también en esta época con la cantautora murciana Mari Trini, cuyo primer single incluye «Guitarra», compuesta por ella misma, y «El alma no venderé», original de Luis Eduardo. Mari Trini, con su punto melancólico y afrancesado, encajaba muy bien en la particular sensibilidad del pintor y cantante. «El alma no venderé» es un manifiesto personal bastante ingenuo que dura más de tres minutos y expone la inexpugnabilidad de Aute como artista que no quiere someterse a la industria musical con la pérdida de libertad que ello supondría. La primera estrofa ya es suficientemente esclarecedora: «El alma yo no venderé / aunque me vengan a ofrecer / la eternidad y la riqueza / me quedaré con la pobreza». Casi un ingenuo himno hippie o folk, herencia simplificada del primer Dylan. La canción reserva lo mejor para el final, de atrevido y resuelto feminismo en tiempos nada feministas y que constituye un borrador inconsciente del histórico «Yo no soy esa» que compusiera Mari Trini algunos años más tarde: «Y si algún día la vendiera / al mismo diablo yo lo hiciera, / prefiero el fuego del infierno / a que un mortal fuera mi dueño».
Otra canción que Aute escribe para Mari Trini es «No sé qué pasará», con arreglo de Juan Carlos Calderón, producción de RCA y fechada en 1968. El primer reportaje de Mari Trini en la revista de pop joven Fonorama, a finales del mes de noviembre de 1967, venía firmado por Félix Arboli. En ese mismo número, Eladio Ramos firmaba un reportaje titulado «Aute en 16 porqués». Los caminos de Aute y Mari Trini se cruzaban en este número, y no por casualidad.
«No sé qué pasará» supone un avance con respecto a «El alma no venderé». Es más consistente desde el punto de vista musical y el arreglo de Calderón brilla especialmente. Suele citarse como la primera canción escrita por Aute que rescató de su escritorio y entregó a Mari Trini; canción protesta sobre un mundo vanidoso que no sabe amar, con versos explícitamente críticos: «No hay más rey que el dinero / ni más ley que la maldad / y con ello el deseo / de comprar la libertad». Al ser servida en un arreglo pop, el discurso se suaviza, pero ahí queda, propio de este Aute de espíritu libre, inconformista y sesentayochista.
Pero el cruce de caminos de Mari Trini y Aute no acaba con «Mi alma no venderé» y «No sé qué pasará». En 1975, la murciana recrea para su disco Transparencias el tema «Cuéntame una tontería», con un arreglo más luminoso que el firmado por Carlos Montero en la grabación de Aute que formó parte del disco Rito.
Como se ha señalado previamente, Diálogos de Rodrigo y Gimena asienta unas bases líricas pese a su bisoñez. Es un trabajo de tanteo cuya canción homónima se mira en el mito del Cid Campeador. Una escucha atenta de este primer trabajo revela la búsqueda de un estilo que aún está por depurar y en el que se perciben ciertas influencias. «Los burgueses», por ejemplo, tiene mucho de canción francesa, de crítica social en los albores del mayo francés. La novela Las cosas de Georges Perec puede darnos una idea del cuestionamiento de una sociedad de consumo cuyo único valor parece ser el dinero. Desde el primer momento, Aute es un cantautor que a su introspección une también un discurso crítico con el mundo que lo rodea. Ese sustento ético vibra en una canción menor de las características de «Los burgueses», definida por el propio Aute como una sátira burlesca, desenfadada y trivial de la sociedad burguesa y sus costumbres. Hay quien quiso emparentarla con la magistral «Les bourgeois» de Jacques Brel, grabada en 1962. Aute explicaba las diferencias entre ambas en una entrevista para la revista Discóbolo: «La canción de Brel es cómica —como la mía— pero con una sátira que en el fondo quizá es más mordiente y amarga que la mía. Por otra parte, él satiriza el aspecto social de la burguesía y yo me fijo más en lo puramente humano»14.
Aute venía de la burguesía, pero esto no le impedía cuestionarla:
Nací en un medio burgués y, sinceramente, me resulta difícil abandonar una serie de ideas y costumbres que había adoptado como propias. Pero, por ejemplo, mi círculo de amistades ha variado sensiblemente desde hace unos años. Intelectualmente he rechazado esa herencia de clase, y eso se traduce en mis ambiciones personales: profesionalmente, únicamente deseo ganar el suficiente dinero como para poder seguir trabajando; no para poder «vivir» sino para poder trabajar. Y por supuesto poder expresarme con entera libertad. Ni siquiera me interesa tener un coche, entre otras cosas porque no me gusta conducir15.
Con «Rosas en el mar», Aute compone una especie de «Blowin’ in the Wind» en castellano con la que intenta romper con los textos y músicas que sonaban habitualmente en las radios. Entre Dylan y la canción francesa nace «Rosas en el mar». El cancionero ético de Dylan importa a la hora de forjar un discurso que mete el dedo en la llaga de un mundo injusto e incívico. Aute termina clamando en su canción por la libertad como derecho de la humanidad. Esa mezcla de lirismo con canción protesta se ensambla perfectamente en un tema cuya sencillez e ingenuidad forman parte del encanto de sus tres estrofas y de su estribillo, correspondiente con versos oxítonos heptasílabos, octosílabos y eneasílabos. El hablante es un idealista que busca un amor que quiera comprender, que busca la razón de tanta falsedad en un mundo entretejido de mentiras, pero es más fácil encontrar rosas en el mar. Aute concluye pidiendo libertad, esa palabra negada por el régimen franquista: «Voy pidiendo libertad / y no quieren oír / Es una necesidad / para poder vivir. La libertad, la libertad / derecho de la humanidad».
En el recuento de versiones de «Rosas en el mar», destaca la primera de Massiel, pero también la que en inglés grabaría la estadounidense Peggy March con el título «Roses of the Sea». Otra versión estimable y personal la firmó el grupo Tam Tam Go! para el disco Mira que eres canalla, dedicado a Aute.
Massiel convenció a Aute para que grabara sus propias canciones, y entre ellas figura el retrato del acordeonista vagabundo Don Ramón, personaje errabundo y callejero que muere un jueves de otoño o de invierno, como César Vallejo, y que está inspirado en una persona real a la que conoció en el Pirineo leridano. Aute interpreta este dramón de canción en el programa Tele-Ritmo de TVE en 1967. El cantante, con una mano en su chaqueta, pasea por un decorado escueto con un candelabro de pie, una planta y una vistosa silla de salón burgués en la que termina sentándose. Destaca un cuadro de grandes dimensiones que representa al personaje, con lo que Aute funde la representación pictórica con la canción. La etopeya es certera, con versos de arte menor que bucean en el alma marinera de este «bardo de la tasca» por el que terminarán doblando las campanas de una iglesia. No anda lejos la canción francesa en la forma de plasmar en el papel y en el pentagrama la travesía de este personaje. El arreglo de Calderón hace el resto, con una cuidada orquestación a base de instrumentos de viento y de percusión a los que se suma una guitarra española.
La discográfica RCA insistió a Aute para que grabara un primer sencillo, que incluía «Don Ramón» y la caricaturesca «Made in Spain», muestra del gusto por la sátira del cantante en la que dibuja una España cargada de tópicos, de viejos atavismos mecidos ella arrullo del desarrollismo ensordecedor de los años sesenta. Se cita al censor, que ya no corta Tom y Jerry, y al pueblo, que está feliz con el fútbol y el seiscientos, dos símbolos del adormecimiento social de un país que vendía su imagen de veinticinco años de paz. En este caso, la base rítmica del arreglo recaía en el piano, la batería y el bajo, a los que se sumaba un coro femenino y un combo de metales.
La portada de este single la protagonizaba un autorretrato de este Aute que atraviesa la veintena y siente que estas primeras canciones son aún borradores de lo que aspira a componer:
Yo estaba en mi estudio organizando exposiciones, muy concentrado en pintar, y las canciones las hacía por curiosidad, por divertirme, y tocaba la guitarra un poco. Me gustaba la poesía y en ese momento estaba muy imbuido de la poesía surrealista francesa, sobre todo de Paul Éluard y su poesía erótica. De pronto mis canciones tienen éxito en todo el mundo. Eso me aturulló, me abrumó y me escribían de todas partes. Aquello no lo controlaba.
En marzo de 1967, Discóbolo se hacía eco, en una portada que ocupaban Sonny y Cher, de un nuevo valor llamado Aute: pintor, cantante, poeta, todo un artista. De este modo se le promociona en un reportaje firmado por Luis Pintado16. Lo describe como un muchacho alto, sobrio, de buena conversación y que viste casi siempre de sport. Ya muestra su gusto por los canes, y de hecho en la entrevista se cita un foxterrier. Aute es fotografiado en Madrid, caminando por el paseo del Pintor Rosales. Habla de su etapa parisina, de su trabajo como meritorio en la magistral Fuego fatuo de Louis Malle. Define su pintura como abstracta y monumental, y sus canciones, como sencillas, humanas y un poco satíricas. Ese era el registro de «Made in Spain», un homenaje —citando al propio Aute— al cantante francés Antoine, entonces en primer plano y cuya figura iría cayendo pronto en la más absoluta irrelevancia artística. Cuando se le pregunta por su escritor favorito, Aute escoge a Ray Bradbury, gran poeta del espacio según sus propias palabras.
El caso es que Aute irrumpe, sobresale y triunfa. Su «Aleluya» cala entre la audiencia con una fuerza inusitada, con su discurrir circular y monótono que da vueltas sobre sí mismo y que recuerda en sus formas a la música góspel. El arreglo de Juan Carlos Calderón para Aute difiere del que trazó para Massiel. La instrumentación es muy sutil, como modo de arropar la letanía y la voz de Aute. La canción asciende en el estribillo con una sección de metal y coros femeninos.
Del «Aleluya» circularon multitud de versiones que iban de lo pintoresco e inenarrable, cuando cayó en manos de los Hermanos Calatrava, a la variante más solemne, convertida en un himno con repercusión internacional, pues llegó a sonar hasta en inglés al conseguir penetrar en el difícil mercado estadounidense en la versión que interpretó Ed Ames con el título «Who Will Answer?». En Estados Unidos tuvo tal éxito que se cantaba incluso en templos protestantes.
Mucho antes de que Leonard Cohen grabara su «Hallelujah» en 1984, Aute concibió su primer «aleluya», palabra abierta y esperanzadora que le gustaba fonéticamente, además por su significado. La canción en sí misma poseía una paradoja o una contradicción, ya que los aleluyas coronaban una concatenación de elementos negativos, desde esa lágrima suicida hasta la vida que se acaba, del mañana incierto a la nube desgarrada que evoca aquella del poema machadiano de «Soledades» que grabó Hilario Camacho.
Entre las adaptaciones destacó la que el propio autor hizo en catalán y la que grabó Massiel por las mismas fechas que la original de Aute, codeándose ambas en las listas de éxitos del momento, en las que, por cierto, también aparecía por derecho propio «Rosas en el mar». Todo ello sería un aviso de lo que estaba por venir, de ese ámbito de la canción de autor que aspiraba a conjugar con la mayor dignidad letra y música pero en el que también figuraban artistas de escasísimo vuelo que contribuían a forjar una imagen distorsionada del término. En el caso del «Aleluya», Aute no pretendió otra cosa que jugar con las palabras partiendo de pareados más o menos afortunados, con ripios de mayor o menor envergadura. Lo que Aute no podía imaginar era el alcance de esa aventura lúdica en la que una llaga se cerraba, una herida se enterraba y dos palabras en la arena eran arrastradas por una ola. Lo interesante del juego propuesto por Aute eran sus referencias literarias, como la que aludía a la Divina Comedia
