Aventura en Grecia - Cara Summers - E-Book

Aventura en Grecia E-Book

Cara Summers

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Beschreibung

Las exóticas playas de Corfú son un lugar inigualable para encontrar el amor verdadero... ¡o al menos para tener un fabuloso romance! Y eso es exactamente lo que Philly Angelis necesita. Después de todo, ha sobrevivido a un amor no correspondido... y a una proposición sexual vergonzosamente rechazada. Volar a Grecia para empaparse de su sensualidad, así como para encontrar a un hombre apasionado que le haga olvidarse de su enamoramiento de largos años, parece el antídoto perfecto. Roman Oliver no puede creer lo que está haciendo. Philly es la hermana pequeña de su mejor amigo, ¡definitivamente está fuera de su alcance! Entonces, ¿por qué está siguiéndola a Corfú? ¿Y por qué está planteándose seriamente su atrevida y deliciosa proposición sexual?

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Seitenzahl: 252

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2009 Cara Summers

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Aventura en Grecia, Elit nº 478 - diciembre 2025

Título original: Lie With Me

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. N ombres, c aracteres, l u g ares, y s i t u aciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370008789

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

Las dudas me retuvieron ffrente a la habitación de Roman Oliver en el hospital.

Era el peor momento para vacilar, pero el impulso que me había llevado al centro de Traumatología de Saint Jude al amanecer amenazaba con evaporarse.

Necesitaba ese ímpetu si quería convencer a Roman de que hiciéramos el amor.

«No te pongas nerviosa, Philly. Has tomado una decisión y, una vez que lo haces, nunca te echas atrás», me dije.

Eso era muy cierto en cuanto a los negocios. Desde que había terminado la universidad el año anterior, había avanzado algo en mi plan para abrir mi negocio de psicóloga de animales. Además de trabajar a tiempo parcial como jefa de sala en el restaurante de mi familia, era ayudante del veterinario en una clínica veterinaria de la zona y había creado mi propia página web. Pero mis planes relacionados con Roman Oliver no sólo eran más inmediatos, además para llevarlos a cabo dependía de que él accediera.

«Deja de divagar. Las mujeres Angelis saben lo que quieren y cómo conseguirlo. Y tú quieres a Roman Oliver».

A través de la ventanilla de la puerta podía verlo sentado en el sillón junto a su cama mirando por la ventana. Con sólo verle todo mi cuerpo se encendía.

¿Que por qué le deseaba? Era increíblemente atractivo, si a una le gustaban los rostros de rasgos marcados, el cabello oscuro y despeinado, la boca firme y el tipo de cuerpo musculoso pero fibroso que los escultores clásicos habían capturado una y mil veces. Y no sólo me atraía su aspecto. Su callada determinación también me seducía.

Se me aceleró el corazón. Roman Oliver, director de Oliver Enterprises y mejor amigo de mi hermano Kit desde la universidad, me producía ese efecto desde que yo tenía dieciséis años y él me salvó la vida mientras navegábamos en el mar. Entonces se produjo mi primer gran enamoramiento de él, el típico caso de amor fantasioso que sólo existía en mi mente y exclusivamente por mi parte. Después de todo, yo tenía dieciséis años y él era un adulto de veintidós.

Hacía un año que mi respuesta hacia Roman había cambiado drásticamente. La garganta seca, el aire repentinamente denso y el calor que ofuscaba mis sentidos siempre que me hallaba cerca de él eran una señal muy clara de que yo ya había sobrepasado el estado de enamoramiento y me había adentrado en el territorio de la lujuria en lo referente a Roman. Aun así, podría haber ignorado la respuesta de mi cuerpo si no estuviera convencida de que la atracción que yo sentía era mutua. No me había imaginado las miradas ardientes que él me lanzaba cuando creía que yo no le veía. Y desde luego no me había imaginado lo que había sucedido en aquella habitación de hospital hacía dos días.

Había transcurrido una semana desde la casi fatal caída que le había llevado a aquella clínica. Él había resultado herido en la iglesia Saint Peter al salvarle la vida a su hermana Juliana. Habían sido necesarios tres días hasta que recuperó la consciencia y otros tres más antes de que los médicos estuvieran seguros de que su columna vertebral no había sufrido daños.

Yo le había visitado tan a menudo como había podido. Antes de aquello, me había sentido tímida en presencia de Roman. Pero el haber estado a punto de perderlo me había motivado a cambiar mi proceder.

Dos días atrás, me encontraba a solas con él en su habitación. Él dormía. Sin poder contenerme, había entrelazado mi mano con la suya como hacía desde que él estaba inconsciente. No había sabido que estaba despierto hasta que él de pronto me había apretado la mano.

Atónita, le había mirado a los ojos y el fuego que había visto en ellos se había equiparado al mío. Nunca había experimentado una ola de deseo tan poderosa. Todo mi cuerpo se había derretido mientras en mi mente sólo existía Roman.

—Ven aquí —había dicho él con voz ronca, hambrienta y con cierta incertidumbre que yo había disipado sentándome en la cama, a su lado.

Con presteza, él se había incorporado, me había sujetado por la nuca y me había acercado a él hasta que nuestras bocas casi se tocaban.

El tiempo había parecido ralentizarse conforme todo él inundaba mis sentidos. Sus ojos eran tan oscuros… Y olía a jabón, sencillo y básico. Maravilloso. Yo podía sentir cada uno de sus dedos en mi nuca.

No supe quién se movió primero, pero nuestras bocas se unieron. No fue un beso, tan sólo un suave roce de labios, pero el placer fue tan intenso, la necesidad de algo más tan poderosa que, cuando él de pronto retiró su mano y se alejó, quise protestar a gritos. Pero antes de que pudiera decir nada, alguien había hablado a mi espalda.

—Buenos días, Philly. Empiezo a creer que la recuperación de Roman tiene mucho que ver con tus visitas.

El padre de Roman. Yo había necesitado un momento para recuperar la compostura antes de girarme hacia él con una sonrisa.

Después de eso, llevaba dos noches sin poder dormir reviviendo esos tórridos momentos y fantaseando acerca de qué habría sucedido si no nos hubieran interrumpido…

Aunque había visitado a Roman cada día, no habíamos vuelto a estar solos. Por fin, aquella mañana, yo había tomado una decisión. Ya era hora de actuar. Yo no era una adolescente con un enamoramiento juvenil; era una mujer y sabía lo que quería.

Quise entrar en la habitación y tocarle, quitarle esa fina bata de hospital y pasear mis manos por su piel suave, sus músculos firmes…

Roman se levantó súbitamente del sillón. Vislumbré sus glúteos desnudos a través de la bata ligeramente abierta antes de apartarme apresuradamente de la puerta y apoyarme, jadeante, de espaldas contra la pared. Intenté centrarme y recuperar el ímpetu que me había llevado allí. Me recordé todos los argumentos que me había dado a mí misma en los últimos dos días: él había estado a punto de morir; podría haber perdido para siempre mi oportunidad de hacer el amor con Roman Oliver. Pero el destino le había perdonado. Los Angelis siempre habían confiado mucho en el destino. Sin duda el hecho de que Roman siguiera con vida era una señal de que yo debía hacer algo.

No era la primera vez que yo deseaba haber heredado la capacidad de mi tía Cass de ver el futuro. Siempre había habido poderes mentales en nuestra familia, especialmente en las mujeres Angelis. Tía Cass creía firmemente que ese don se remontaba hasta el oráculo de Delfos. Hasta mis tres hermanos poseían cierta clarividencia. Pero mi capacidad psíquica parecía limitada a mi trabajo con los animales: podía comunicarme con ellos mentalmente. Algunas personas eran muy escépticas respecto a mi conexión tan especial con los animales, pero gracias a las mascotas a las que había logrado ayudar en la clínica veterinaria donde trabajaba, mi reputación estaba creciendo más y más.

A los animales los comprendía. Con las personas me resultaba más difícil. Así que no tenía ni idea de qué ocurriría cuando le propusiera mi plan a Roman Oliver.

Tenía el estómago hecho un nudo por los nervios. Una parte de mí quería salir corriendo. Pero yo tenía veintitrés años, Roman veintinueve. ¿A qué estábamos esperando? Inspiré hondo, abrí la puerta de la habitación y entré.

Roman estaba tumbado de nuevo, con la mayor parte del cuerpo discretamente cubierto por la sábana, y leía lo que parecían unos informes de negocios.

—Philly —saludó con una sonrisa.

Era el tipo de sonrisa fraternal que me había dirigido durante tantos años. Con el estómago en un puño, me acerqué a la cama.

—¿Interrumpo?

Él contempló el montón de papeles.

—Se me ha amontonado el trabajo en la oficina, así que he sobornado a mi secretaria para que me trajera un poco —respondió él y me miró a los ojos de nuevo—. Aunque siempre tengo tiempo para mi visitante más frecuente.

Durante un instante, nos miramos a los ojos y me pareció ver una chispa de algo en los suyos. El corazón me dio un vuelco.

«Es ahora o nunca, Philly. A por ello».

—He venido a decirte que… quiero que sepas algo.

Me había preparado una pequeña charla. Pero siempre que estaba con Roman me costaba pensar con claridad. ¿Y si simplemente me acercaba a la cama y lo besaba?

—¿Sí?

Me sorprendí entrelazando los dedos, algo que había dejado de hacer cuando era pequeña. Me invadió una ola de ira contra mí misma. ¿Por qué seguía dudando?

—He venido a hablar de nosotros y de lo que ocurrió hace dos días antes de que tu padre entrara.

Roman abrió la boca, pero le detuve con un gesto.

—Por favor, déjame terminar. Sé que nos conocemos desde hace mucho tiempo. Y gran parte de ese tiempo he estado enamorada de ti como una colegiala. Pero mis sentimientos hacia ti han cambiado: me siento muy atraída por ti y quiero hacer el amor contigo.

Durante un instante, Roman no dijo nada y yo no conseguí leer nada en su expresión. Finalmente, habló:

—Philly, quiero que sepas que me importas mucho. Igual que me importan mis hermanas, Juliana y Sadie.

Fue como si me hubiera dado un puñetazo en el estómago. No habría sido capaz de decir nada, de no ser por la ira que me invadió. Me puse en jarras y me acerqué a la cama.

—No fue afecto fraternal lo que vi en tus ojos hace dos días, ni me imaginé que tus labios rozaron los míos. Si tu padre no hubiera entrado en la habitación en aquel momento, nos habríamos besado y mucho más.

Vi otra chispa en sus ojos. ¿De deseo? ¿O de pena?

—Lo siento. Temía que hubieras malinterpretado eso y debería haber dicho algo antes. Estaba despertándome y por un instante creí que eras otra persona. Alguien con quien yo salía.

Me quedé en blanco, sin respiración. Aquella segunda bofetada era demasiado dolorosa. Me había llegado directamente al corazón.

Pero no tuve que decir nada: Roman seguía hablando. Vi moverse sus labios, pero sólo capté algunas palabras, algo de que para él yo era como de su familia, que me quería como a una hermana. Y que no correspondía a mis sentimientos, pero que le parecía muy bien que hubiera sacado el tema para que pudiéramos aclararlo. Y luego se disculpó.

Yo estaba a punto de explotar. Llevaba veintitrés años aprendiendo a controlar mi genio. En aquel momento me alegré de tenerlo porque me ayudó a soportar el dolor. Roman tenía razón en que había sido buena idea que yo sacara el tema. Porque así ya tenía mi respuesta, aunque no fuera la que yo deseaba.

Los Angelis nos caracterizábamos por nuestro orgullo y yo nunca lo había necesitado tanto. Me cuadré de hombros.

—No volveré a molestarte —dije.

Y luego, no sé cómo, logré salir de la habitación.

 

 

Roman se quedó mirando a la puerta que acababa de cerrarse. Philly Angelis le había dejado desconcertado y estaba intentando recuperarse. Durante dos días no había conseguido olvidarse de lo que había estado a punto de suceder en aquella habitación. Casi la había besado y, si lo hubiera hecho, no se habría detenido en eso.

Él nunca acudía a una reunión de negocios sin haberla preparado, pero el reciente encuentro le había pillado desprevenido. De no ser así, habría manejado mejor la situación. Ni siquiera sabía muy bien qué le había dicho a ella porque había empleado toda su energía en no abalanzarse sobre ella, tomarla en sus brazos y hacer realidad la proposición que ella le había hecho. ¿Cuántas veces se la había imaginado debajo de él, y él penetrándola una y otra vez?

La había herido, justo lo último que deseaba. Pero era por su bien, y también por el suyo propio, pensó él. Elevó sus manos para peinarse con ellas. Al ver que temblaban, las dejó caer de nuevo sobre la sábana. Le invadió cierto temor.

Ninguna otra mujer le había afectado de aquella manera. Durante años, había deseado en secreto a Philly Angelis, reprochándoselo al mismo tiempo. Desde que ella tenía dieciséis años. Había aprendido a vivir con el rumor del deseo siempre que se hallaba cerca de ella. Y durante años había conseguido controlarlo recordándose que ella era demasiado joven para él. Pero desde que ella había regresado de la universidad hacía un año, él había visto evaporarse toda su disciplina y su control. Cada vez que ella estaba cerca, el deseo se le disparaba hasta límites incluso dolorosos. Durante un incidente en el restaurante de la familia Angelis, el Poseidon, él estaba seguro de que Kit le había sorprendido mirando a Philly. Había algo en la mirada de Kit, ¿una pregunta? ¿Una advertencia? Justo entonces Theo y Nik se habían reunido con ellos y Kit no había dicho nada.

Pero él no necesitaba ninguna advertencia de Kit. Incluso sin que existiera diferencia de edad, nunca podría hacer nada con su atracción hacia ella. Los Angelis eran como su familia. Kit, Nik y Theo eran los hermanos que él nunca había tenido. Tener una relación sexual con su hermana estaba fuera de toda posibilidad. Su padre, Spiro, como un segundo padre para él, era un griego a la antigua usanza: esperaba compromiso, matrimonio.

Philly esperaría lo mismo. ¡Por supuesto, se lo merecía! Y él había decidido tiempo atrás que casarse no entraba en sus planes. Su empresa, Oliver Enterprises, siempre sería su prioridad. Desde niño soñaba con dirigir el negocio que su padre había creado. Pero había que pagar el precio. Una mujer y una familia quedarían desatendidos. Él y sus hermanas lo habían experimentado en carne propia. Su padre se había dedicado completamente al negocio cuando ellos estaban creciendo y todavía más tras la muerte de su madre. Roman había pasado más tiempo con sus hermanas pequeñas que su padre. Mario Oliver ya iba por la tercera esposa y ella también se quejaba de que apenas le veía.

Me siento muy atraída hacia ti y quiero hacer el amor contigo.

Cielos. Esa vez, Roman consiguió peinarse el cabello aun con manos temblorosas. Las palabras siempre hacían que las cosas fueran más reales. Cuando ella le había mirado a los ojos y las había pronunciado, él había estado a punto de perder el control. Podría haberla poseído en aquella misma cama de hospital. O en el suelo. O en el sillón en el que había estado sentado fantaseando sobre ella. Habría sido salvaje, loco y tal vez con una vez hubiera sido suficiente. Pero seguramente no.

Él había hecho lo correcto, lo único que podía hacer. El dolor que Philly hubiera podido experimentar aquel día no sería nada en comparación con el daño que podría causarle si él hacía caso a sus sentimientos. Ahora ella guardaría las distancias. Él se mantendría alejado del Poseidon, el restaurante de la familia de ella, y poco a poco los sentimientos se irían disipando.

O eso deberían.

Contempló los informes de negocios que había estado leyendo antes, pero pasó mucho tiempo antes de que realmente los viera.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Un mes después

 

—De acuerdo, llámeme en cuanto tenga información sobre los vuelos.

Terminé la conversación con mi agente de viajes y me giré hacia mis dos gatos curiosos.

Bueno, Pretzels era curioso. Y un poco aprensivo. Siempre percibía cuándo estaba pensando en separarme de él por el tiempo que fuera. Tampoco sucedía muy a menudo. Peanuts, su hermana, era de una naturaleza más confiada. Aunque por fuera se parecían mucho con su pelo gris plata y sus patas blancas, tenían personalidades bien diferentes.

En aquel momento, los dos gatos estaban acomodados en el asiento del ventanal del pequeño apartamento que ocupaba en la mansión que mi tía Cass había heredado de su padre. La casa era enorme y se requería mucho dinero para mantenerla, por lo que cuatro años atrás la familia había decidido remodelarla y dividirla en apartamentos. Tanto mis hermanos como yo pagábamos el alquiler del nuestro. Mi padre y mi nueva madrastra, Helena, vivían en la antigua casa del jardinero. Cuando llegara el momento de mudarnos, tía Cass podría seguir teniendo unos buenos ingresos alquilando los apartamentos.

—Voy a viajar a Grecia —anuncié a mis dos mascotas.

Decir las palabras en voz alta me ayudaba a ver mi plan como algo más real y me recorrió un escalofrío. No se lo había dicho a nadie todavía, Pretzels y Peanuts estaban siendo mi público de prueba. Muchas veces desempeñaban esa función. Mi familia tenía tendencia a ser demasiado protectora conmigo y no estaba segura de cómo reaccionarían ante mi viaje. Por supuesto, una vez tomada la decisión, iba a marcharme a Grecia por encima de todo, pero lo pasaría mejor si ellos no se quedaran demasiado preocupados.

Pretzels se acurrucó junto a mí en el sofá. Su aprensión se había disparado hasta una elevada ansiedad. Me lo puse en el regazo y comencé a acariciarlo.

—Te quedarás con tía Cass y Kit. Te cuidarán bien.

Me imaginé primero uno de los apartamentos y luego el otro. Y visualicé a tía Cass y a Kit. Pretzels suspiró algo más calmado y se arrellanó en mi regazo. Peanuts se lamía las patas junto a la ventana. Percibí que ella estaba anticipando los regalos que recibiría de tía Cass y Kit.

Los gatos se habían tomado la noticia bastante bien. Esperaba que sucediera lo mismo con el resto de la familia.

Mientras subía las escaleras hacia la habitación de la torre donde tía Cass pasaba gran parte de su tiempo, intenté poner en orden mis pensamientos. Algo que cada vez me resultaba más difícil desde que había salido de la habitación de Roman en el hospital hacía un mes. Ese día me había jurado que dejaría de pensar en él de una vez por todas. Mi completo fracaso al respecto era lo que había alimentado mi decisión de viajar a Grecia.

En el último mes, Roman y yo sólo nos habíamos visto una vez, en el banquete de bodas que mi padre, Spiro, y su nueva esposa, Helena, habían ofrecido en el Poseidon. No podíamos faltar, así que habíamos logrado guardar las distancias.

De lo que no conseguía liberarme era de los sentimientos que él desataba en mí. Al verle bajar las escaleras hacia el salón principal del restaurante ese día, me había dado cuenta de que le deseaba más que antes. Nada había cambiado. Frustrada y enfadada conmigo misma, me había refugiado en mi trabajo, pero eso tampoco me había ayudado.

El veterinario Wilson, para quien trabajaba informándole de qué preocupaba a sus pacientes, había comentado que yo estaba distraída últimamente. Ahí había decidido yo que era necesaria una acción drástica. Viajaría a Grecia.

Al llegar a la puerta de la habitación de la torre, vacilé. Tía Cass nos había criado a mis hermanos y a mí desde que yo tenía cuatro años y su marido y mi madre nos habían sido arrebatados en un trágico accidente marítimo. En muchos sentidos, ella era la única madre que yo había conocido.

La puerta se abrió de pronto y tía Cass sonrió.

—Te estaba esperando.

Miré hacia la sala de estar y vi una tetera y tazas en la mesita del café. Por supuesto que ella estaba esperándome. Tía Cass era una de las más famosas y reconocidas médiums del área de San Francisco desde antes de que mi hermano mayor Nik se prometiera con J. C. Reilly, la hija del alcalde, y su negocio se viera aumentado casi en un cincuenta por ciento.

Junto a la bandeja del té vi los cristales que ella solía utilizar para ver el futuro. Hacía más de un mes había previsto la peligrosa aventura que mis hermanos iban a vivir durante un aciago fin de semana y también había sabido que cada uno de ellos hallaría a la mujer de su vida.

Extrañamente, la buena suerte de mis hermanos para encontrar a sus amores verdaderos había tenido eco en otros miembros de la familia Angelis: mi padre se había prometido por fin con Helena y mi tía Cass había conocido a dos hombres y había empezado a salir con ellos: Mason Leone, el jefe de seguridad de la familia Oliver, y Charlie Galvin, el inspector de policía. Roman y yo parecíamos los únicos a quienes los acontecimientos de ese fin de semana no habían afectado a nivel romántico.

Tía Cass me condujo al sofá y comenzó a servirme té.

—Sufres.

—Sí —dije, tomando la taza que me tendía—. Pero no quiero hacerlo. Odio hacerlo.

—Se trata de Roman.

Miré los cristales y luego a ella.

—Tú lo sabes.

Ella asintió mientras bebía un sorbo de té.

—Todas las heridas se curan.

Abrí la boca y volví a cerrarla. Si alguien sabía de eso, era tía Cass. Ella había perdido a su marido, Demetrius, su amor verdadero, hacía diecinueve años. Y su hijo, Dino, llevaba dos años fuera de casa sirviendo en el ejército.

—De acuerdo, eso puedo aceptarlo. Pero quiero ayudar a que la curación sea más rápida. Estoy distraída. Anoche mezclé dos reservas para cenar en el Poseidon. Y esta mañana no he podido concentrarme cuando la señora Trumble ha traído a su gata a la consulta. Quiero olvidarme de Roman Oliver y seguir con mi vida.

Tía Cass me estudió sonriente.

—De todos los hijos de Penelope, tú siempre has sido la más impaciente. ¿Le has contado a Roman lo que sientes por él?

—Sí. Hace un mes le dije que quería hacer el amor con él.

—No me parece raro —murmuró ella—. Siempre eres muy resuelta.

La miré y, por primera vez, vi un rastro de duda en sus ojos. Tía Cass nunca parecía dudar.

—¿De qué se trata? ¿Crees que hice algo malo?

—No, estaba pensando en que ojalá yo pudiera tomar decisiones y ponerlas en práctica con tanta facilidad como tú.

—Te refieres a Mason Leone y Charlie Galvin, ¿verdad?

Ella suspiró.

—No puedo pasarme la vida jugueteando con ellos, no es justo. Y no consigo ver nada en los cristales.

Estudié a mi tía con interés. Estaba ruborizándose y parecía aturullada. La así de las manos.

—Creo que no deberías precipitarte. Llevas sin salir con nadie desde que falleció tío Demetrius. Tómate tu tiempo. Disfruta de ambos. Apuesto a que por eso no ves nada en los cristales. Cuando llegue el momento, lo harás.

Tía Cass se inclinó hacia adelante y me besó en la mejilla.

—Gracias. Y ahora háblame más acerca de Roman. ¿Cómo reaccionó cuando le dijiste que querías hacer el amor con él?

La ira y la frustración se apoderaron de mí como sucedía siempre que recordaba aquel momento. Me puse en pie y empecé a pasear cerca de uno de los ventanales.

—Dijo que sus sentimientos hacia mí eran meramente fraternales. Y que aunque no lo fueran, no podría tener una… relación sexual conmigo porque soy la hermana de Kit. Eso dijo, o algo igual de estúpido. Y que no quería hacerme daño.

—Suena a que se preocupa mucho por ti.

Me giré y regresé al sofá.

—Se preocupa por mí igual que por sus hermanas. Y yo sé lo que ellas significan para él. Sadie y Juliana me contaron cómo él intentó llenar el hueco dejado por sus padres cuando su madre murió. Apenas veían a su padre, pero Roman siempre estaba ahí para ellas. El problema es que mis sentimientos hacia él no son nada fraternales. Nunca lo han sido. Y me niego a ser una de esas mujeres que se pasan la vida languideciendo por un hombre que no las ama.

—¿Y cuál es tu plan?

Por primera vez desde que había entrado en la habitación, me relajé un poco. Cómo no, tía Cass sabría que yo tenía un plan. Me senté junto a ella en el sofá.

—He decidido viajar a Grecia y tener un romance con un griego sexy.

—¿Por qué Grecia? —preguntó ella sin inmutarse.

Me incliné hacia adelante.

—Porque ahí fue donde mamá y tú encontrasteis a papá y a tío Demetrius. Fue amor a primera vista. Y ahí fue donde papá conoció a Helena, así que debe de haber algo mágico relacionado con Grecia en lo tocante a nuestra familia. Creo que, si algo puede sacarme de esta obsesión por Roman, es un viaje a Grecia.

Cass bebió otro sorbo de té y esa vez yo la imité.

—Así que quieres viajar a Grecia para encontrar a tu amor verdadero.

—Nada de eso —dije frunciendo el ceño—. Sólo quiero encontrar a alguien sexy con quien tener una aventura y así poder olvidarme de Roman Oliver. Hoy he hablado con una agente de viajes y me está buscando un vuelo barato. Cuanto antes tenga eso solucionado, mejor.

Cass Angelis se reclinó en el sofá y estudió a su sobrina. Qué maravilla que los planes de Philly coincidieran con lo que ella había visto en los cristales la noche anterior: unas pequeñas vacaciones, un viaje a Grecia.

—¿Que te parece si llamo a Miranda, la prima de tu padre? Ella regenta un pequeño hotel, el Villa Próspero, en la costa de Corfú.

A Philly se le iluminaron los ojos.

—¿No es ése el lugar al que papá y Helena fueron en su luna de miel?

Cass asintió.

—Estoy segura de que a ella le encantará acogerte.

Y, al ser pariente, Miranda cuidaría de Philly. Su sobrina tenía tendencia a lanzarse precipitadamente a las cosas, así que su padre y sus hermanos estarían más tranquilos si ella estaba con alguien de la familia.

—¿Cuándo podré marcharme?

Cass sacudió la cabeza y sonrió.

—Siempre has sido una impaciente. En cuanto hable con Miranda, podrás comprar tu vuelo.

Philly abrazó con fuerza a su tía y le dio las gracias.

Una vez que su sobrina se hubo marchado, Cass agarró algunos de los cristales que estaban en la mesa. Esperaba no haber cometido un error al sugerirle Villa Próspero a Philly. En los cristales, había visto a su sobrina en una playa de arena blanca. Pero también había visto sangre y percibido peligro, casi igual que lo que había presentido hacía un mes respecto a sus sobrinos.

También había sentido intensamente que Philly debía ir a Corfú. En los cristales había visto más imágenes: un pájaro blanco elevándose en un cielo azul y un hombre que ella había reconocido inmediatamente y que sospechaba que era el destinado a Philly. Pero ambos deberían decidir si aceptaban o no lo que el destino les ofrecía.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Si ambos aceptaban, Philly encontraría su amor verdadero en Grecia igual que les había sucedido a Penélope y a ella.

 

 

Con un suspiro de frustración, Roman dejó caer los papeles sobre su escritorio. Era la tercera vez que intentaba leer el plan de negocio de Gianni Stassis y la tercera vez que se desconcentraba.

Había salido del hospital hacía un mes y físicamente estaba casi como antes. La caída no había provocado ningún daño permanente a la columna y los médicos estaban asombrados de lo rápidamente que su cuerpo había respondido a la terapia.

Pero su mente no estaba recuperándose tan rápido como su cuerpo. No conseguía concentrarse. Se recostó en su silla mientras se pasaba las manos por el cabello.

Trabajar con su padre y algún día dirigir Oliver Enterprises había sido su sueño desde siempre. La empresa se dedicaba a desarrollo inmobiliario comercial y, antes del accidente, él había dedicado cada minuto de su tiempo al proyecto que Stassis, un emprendedor griego, le había propuesto. Se trataba de que Oliver Enterprises y Stassis Ltd. adquirieran participaciones en un selecto número de pequeños hoteles griegos gestionados independientemente. Ellos les ayudarían a modernizarse y luego compartirían un porcentaje de los beneficios. En cinco años, esperaban poseer una cadena de pequeños hoteles exclusivos repartidos por las islas griegas.

Si Stassis y él llegaban a un acuerdo, sería la primera vez que Oliver Enterprises funcionaría fuera de los Estados Unidos. El proyecto era la criatura de Roman. No sólo quería dirigir la empresa que su padre había creado, quería expandirla.

Se había ilusionado con el proyecto con Gianni Stassis, seguro de su éxito pero, según se acercaba el momento de reunirse, no conseguía reunir el mismo nivel de entusiasmo.

Agarró un pisapapeles, lo lanzó al aire y lo recogió. Suspiró de frustración y dominó su impulso de lanzarlo contra la pared. Su caída no era la culpable de su situación; Philly Angelis sí.

¿Qué le había sucedido a ella para decirle aquel día que quería hacer el amor con él? Había transcurrido un mes y él no había conseguido sacarse sus palabras de la mente.

Antes de aquello, había logrado convencerse de que ella era demasiado joven, de que poseerla estaba fuera de todo planteamiento. Antes, él había sido capaz de encontrar la felicidad y una satisfacción total en su trabajo. Contempló su oficina. Desde que podía recordar, aquél era el lugar en el que siempre había deseado estar. Pero en aquel momento estaba inquieto, le costaba concentrarse y nada de lo que había intentado hasta entonces le había ayudado.