Azami - Aki Shimazaki - E-Book

Azami E-Book

Aki Shimazaki

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Beschreibung

En las páginas de Azami, la primera novela de una pentalogía, Aki Shimazaki habla de una familia como muchas otras, retratando sentimientos íntimos, relaciones rotas vividas en las sombras y mentiras. Mitsuo Kawano, de treinta y seis años, divide su tiempo entre su familia y su trabajo como redactor en una revista de actualidad, y para compensar la inexistente vida sexual con Atsuko, la madre de sus hijos, frecuenta un lujoso club. Allí, se encontrará con la hermosa y misteriosa Mitsuko, excompañera de clase, que fue su primer amor secreto. Los recuerdos resurgen y pronto empieza una relación entre los dos en la que Mitsuo redescubre una pasión inesperada y que lo abarca todo. Sin embargo, el aparente equilibrio entre la vida cotidiana y los encuentros furtivos está destinado a resquebrajarse…

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Seitenzahl: 104

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Aki Shimazaki

Azumi,

el club de Mitsuko

Bajo las escaleras consultando el reloj. Son las tres pasadas. Acabo de comer a deshora en la planta alta del restaurante.

Esta mañana he entrevistado al señor L. para presentarlo a los lectores. A partir de ahora llevará un consultorio de autoayuda en nuestra revista. Luego he pasado un buen rato en mi despacho transcribiendo la grabación de la entrevista. Necesitábamos el texto final antes de las dos de la tarde. Enfrascado en mi redacción, me olvidé por completo de ir a almorzar.

Todavía me quedan treinta minutos de pausa. Mientras contemplo la madera natural que cubre la pared exterior del restaurante, me pregunto cómo puedo matar el tiempo.

Me meto en la calle comercial con soportales, desde donde puedo volver directamente a la oficina. Hay mucha gente, porque son las vacaciones de la Semana Dorada.[1] Camino sin rumbo entre la multitud.

Dos mujeres de mediana edad me adelantan, parloteando a voz en grito. Un fuerte olor a perfume me cosquillea en la nariz. El color de su pelo teñido es similar: violáceo. Por su aspecto inusual, tengo la impresión de que son chicas de alterne en un bar o cabaret. Entran en el pachinko-ten[2] situado al final de una fila de tiendas a mi izquierda. El pachinko me tienta, pero sigo andando.

Unos metros más allá, me paro delante de un escaparate. Es una tienda especializada en plumas estilográficas de alta gama. Atraído por una pluma negra de la marca P., barajo comprármela más tarde si mi mujer está de acuerdo.

Al pasar por una tienda de música, oigo una canción popular de los años setenta. Me paro y aguzo el oído. Al escucharla, me acuerdo de Azami, la nana de mi abuela.

De nuevo esta noche tu almohada está bañada en lágrimas.

¿Con quién sueñas? Ven, ven a mí.

Me llamo Azami y soy la flor que mece la noche.

Llora, llora en mis brazos. Aún queda lejos el alba.

Salgo de mi ensimismamiento cuando oigo:

—Mitsuo.

Alguien susurra mi nombre. Una voz masculina. Debe de ser una coincidencia, así que lo ignoro.

—Kawano-san.

«¡Es mi apellido!». Me vuelvo hacia la voz. Delante de mí hay un hombre de estatura y complexión medianas, con gafas de montura negra. Su chaqueta elegante y su corbata a rayas atraen mi atención. Pienso: «¿Lo conozco?». Parece de mi edad. Con la cabeza ligeramente inclinada a un lado, el desconocido me pregunta:

—Eres Mitsuo Kawano, ¿verdad?

—Sí…

Me quedo perplejo ante ese individuo que me conoce y que incluso me tutea.

—Soy Gorô Kida —se presenta—. Éramos compañeros en la escuela primaria.

—¡Ah, Gorô! ¡Qué sorpresa! —exclamo al instante.

Gorô sonríe. En ese momento pienso en la tarjeta de invitación que me manda cada año. Él es quien organiza las reuniones de antiguos alumnos del colegio T. Nunca he asistido a esas reuniones, pero recuerdo el nombre de Gorô que aparece cada año en la tarjeta.

—¿Cuánto hace? —pregunto—. ¿Más de veinte años?

—Veinticuatro —precisa.

—¿Tanto? ¡Increíble! —exclamo.

Gorô mira a su alrededor, como si observara a la multitud.

—¿Cómo me has reconocido? —le pregunto mirándole fijamente.

Él se toca la nuca y responde:

—Hace un rato me encontraba en el restaurante donde estabas comiendo y te he seguido para asegurarme de que eras tú.

Estoy sorprendido. «¿Me ha seguido?». Atento a la menor de mis reacciones, se disculpa rápidamente.

—Perdona mi indiscreción. Solo quería saludarte.

Veo su mirada huidiza y siento curiosidad.

—¿Por qué has susurrado mi nombre?

—Todo el mundo distingue su nombre cuando lo oye. Estaba seguro de que tú reaccionarías si yo estaba en lo cierto.

Me echo a reír sin querer.

—¡Qué interesante! Lo probaré si se presenta la ocasión.

Gorô propone invitarme a una copa.

—Lo siento, estoy ocupado —digo tras echar un vistazo al reloj—. Tengo que volver a la oficina dentro de un cuarto de hora.

—¿A qué te dedicas? —me pregunta.

—Trabajo en la revista N.

—¡Ah, la conozco! Es una buena revista de información general.

Sonrío.

—¿Eres periodista?

—No, soy redactor.

Cuando le doy mi tarjeta, exclama:

—¡Qué chulo! Mucha gente sueña con trabajar en el mundo del periodismo.

Me echo a reír.

—Está lejos de ser chulo. Es un trabajo como en cualquier otro campo —replico.

Él se queda callado y también me da su tarjeta. Las palabras «presidente» y «sakaya Kida» me sorprenden de inmediato.

—¡Ahora eres el presidente del sakaya Kida! —exclamo.

Gorô asiente, orgulloso. Todo el mundo conoce esa empresa que importa licores de primera calidad e incluso destila whisky. Desde hace un tiempo está más activa que nunca. La revista N. le ofreció espacio publicitario, pero no ha recibido respuesta.

—La heredé de mi padre, que murió hace cinco años —me explica.

Al examinar su tarjeta, pienso: «Entonces, ¿ha sido Gorô quien ha hecho que esta empresa prospere tanto?». Impresionado, elevo la mirada hacia este antiguo compañero que sigue hablando.

—Hoy he venido a este barrio para ver al gerente de un bar, uno de nuestros clientes más importantes. Como en tu caso, yo no tengo vacaciones.

Hablamos de la familia. Él tiene una hija de seis años y un hijo de tres, y yo una hija de siete años y un hijo de cuatro. Me cuenta que su mujer y sus hijos están en el campo durante la Semana Dorada. Cuando se entera de que los míos también están en el campo, me suelta en tono de broma:

—¡Entonces estamos solteros! ¡Hay que aprovecharlo!

Tengo que irme. Gorô promete llamarme pronto. Nos despedimos y él se va en dirección opuesta a la mía.

Delante del pachinko-ten, me cruzo con las mujeres que me adelantaron hace un rato. Siguen hablando igual de alto. Sus cabellos violáceos recuerdan a la flor del azami. Canturreo: «De nuevo esta noche tu almohada está bañada en lágrimas. ¿Con quién sueñas? Ven, ven a mí…».

Me vuelvo un instante. Ese encuentro fortuito me ha dejado una sensación extraña. Rara vez almuerzo fuera. Me suelo llevar un bentô o, si no, como en la cantina del trabajo. Además era la primera vez que entraba en el restaurante donde Gorô me vio. «¡Qué curiosa coincidencia!».

Salgo de los soportales de la calle comercial. El cielo se nubla y va a llover, de modo que apuro el paso.

Agotado de mi jornada, por fin estoy en casa. Son casi las diez y media.

Tengo sed y tomo una botella de cerveza bien fría. En la mesa de la cocina está la nota habitual de mi mujer: «Cariño, he preparado estofado de ternera y ensalada para esta noche. ¡Que aproveche! Espero que no bebas demasiado. ¡Hasta el sábado! Atsuko». Sonrío.

Mi mujer y los niños se han ido esta tarde a la casa de campo, donde van a pasar cinco días. Atsuko tiene que limpiar el huerto antes de sembrar. Heredó esa casa de su padre, que murió hace tres años de un cáncer de hígado. El pueblo se halla muy cerca de M., la ciudad donde ella creció. Se tarda casi cincuenta minutos en coche en llegar allí.

A Atsuko le encanta cultivar verduras ecológicas. La cosa ha ido creciendo y ella prefiere quedarse en el pueblo todos los fines de semana y los días festivos. Naturalmente, los niños se van con su madre y yo a veces me reúno con ellos, sobre todo después del cierre mensual de la revista.

Entro en el salón. Encima de la mesa veo la pequeña bolsa de mi hijo donde guarda sus animales de plástico. Sentado en el sofá, hojeo rápidamente el periódico de hoy, sobre todo la sección política y el deporte. Nada particular. Enciendo la televisión, pero tampoco echan nada interesante.

Vuelvo a la cocina y me tomo la ensalada mientras espero a que se caliente el estofado de ternera.

La casa se halla en completo silencio. Echo de menos las voces animadas de los niños. Se estarán divirtiendo en el campo con sus amigos del pueblo. Mejor así, porque no tienen amigos en nuestro barrio. Ayer les prometí que pronto los llevaría al zoo Higashiyama.

Suena el teléfono justo cuando voy a coger el estofado de ternera. Es Atsuko. Me pregunta si ya he cenado y le respondo que iba sentarme a la mesa. Está de buen humor y me habla del huerto que ha empezado a escardar.

Le cuento mi entrevista de la mañana con el señor L. Atsuko conoce a este consejero de autoayuda y está deseando leer mi artículo sobre él. Le menciono también mi encuentro fortuito con Gorô Kida, un compañero de la escuela primaria. Ella sabe que se trata del organizador de las reuniones de antiguos alumnos.

—¿Después de veinticuatro años? ¡Es sorprendente! —exclama.

Me pregunta por la profesión de Gorô. Impresionada por el nombre del sakaya Kida, cuya publicidad tiene mucha presencia en los medios, me hace preguntas sobre su familia. Le repito lo que me ha dicho Gorô.

—¿Una niña y un niño? Además, son casi de la misma edad que los nuestros —señala ella—. Cariño, ¿qué te parece si invitáramos un día a esa familia a nuestra casa?

—No sé. Él y yo no teníamos mucha relación.

—¿Ah, no?

No insiste y cambia de tema.

—A propósito de las verduras ecológicas…

—¿Sí?

—Me gustaría cultivarlas en serio.

—¿Quieres decir para venderlas?

—Sí. Pediré un préstamo al banco hipotecando esta casa. ¿Qué te parece?

—Me parece que ya lo tienes decidido. ¿Qué puedo decirte? Hagas lo que hagas, tengo confianza en ti. Haz lo que quieras.

Atsuko continúa explicándome su proyecto. Me habla de una joven pareja que estaría dispuesta a colaborar con ella. La escucho sin interrumpirla. Antes de colgar, me pide que les lleve la bolsa que mi hijo ha olvidado en la mesa del salón.

Después de esa cena tardía, me doy una ducha y bajo al patio trasero.

Corre una ligera brisa. Sentado en el banco, enciendo un cigarrillo. El humo se esfuma con el viento. Con la mirada puesta en el cielo despejado de estrellas, me sumerjo en mis reflexiones.

Llevamos ocho años casados.

Atsuko también estaba empleada en la revista N. Tras sus estudios de tandaï, trabajó seis años en el departamento de ventas. Empezamos a intimar con ocasión de la cena de despedida de uno de nuestros compañeros de trabajo y un año después nos casamos. En ese momento ella dejó la empresa.

Es una mujer sólida e inteligente. Sensata a la vez que paciente, es una madre excelente, justo lo que yo desearía para mi futura esposa. Los niños están bien educados y crecen sanos, y eso me hace feliz. Además, Atsuko se ocupa eficazmente de las tareas domésticas y yo puedo dedicarme a mi trabajo con total tranquilidad.

Mis horarios de trabajo son largos e irregulares y siempre llego tarde a casa. A pesar de todo, Atsuko no se queja. Al contrario, está orgullosa de lo que hago. Me escucha atentamente, sobre todo cuando anuncio un nuevo proyecto sobre la historia regional. Sueño con fundar mi propia revista y ella me anima a pensar seriamente en ello.

Atsuko es sociable y activa. Trabaja a media jornada en un supermercado, de nuevo en el departamento de ventas. Además, es la presidenta de la AMPA del colegio de nuestra hija. Me parece que tiene las cualidades que hacen falta para dirigir. Teniendo en cuenta su pasión por el cultivo de verduras ecológicas, no me sorprende que quisiera montar su propia empresa.

Mi mujer y yo nos entendemos muy bien. Salimos juntos a pasear, al cine, a restaurantes o de viaje. Hablamos de forma amistosa sobre la educación de nuestros hijos. No hay desacuerdos ni conflictos entre nosotros.

Todo parece ir bien en nuestro matrimonio.

Sin embargo no tenemos relaciones sexuales, pese a ser todavía treintañeros y gozar de buena salud. Hace casi tres años que no hacemos el amor.

Unos meses después de nacer nuestro hijo, le propuse a mi mujer que volviéramos a hacer el amor, pero dijo que no, cansada tras su dura jornada. Es normal. En esa época el bebé cogía muchos catarros y lloraba por la noche. Además, nuestra hija solo tenía tres años.

A decir verdad, durante el segundo embarazo de mi mujer empecé a frecuentar los salones rosas,[3] lo que no había ocurrido en el primero. Mi mujer pareció muy afectada cuando se enteró.