Hôzuki, la librería de Mitsuko - Aki Shimazaki - E-Book

Hôzuki, la librería de Mitsuko E-Book

Aki Shimazaki

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Beschreibung

Mitsuko tiene una librería de lance especializada en obras filosóficas. Allí pasa los días serenamente con su madre y Tarô, su hijo sordomudo. Cada viernes por la noche, sin embargo, se convierte en camarera en un bar de alterne de alta gama. Este trabajo le permite asegurarse su independencia económica, y aprecia sus charlas con los intelectuales que frecuentan el establecimiento. Un día, una mujer distinguida entra a la tienda acompañada por su hija pequeña. Los niños se sienten inmediatamente atraídos entre ellos. Ante la insistencia de la señora y por complacer a Tarô, a pesar de que normalmente evita hacer amistades, Mitsuko aceptará volver a verlos. Este encuentro podría poner en peligro el equilibrio de su familia. Aki Shimazaki sondea aquí la naturaleza del amor maternal. Con gran sutileza, cuestiona la fibra y la fuerza de los lazos. "Un libro de gran belleza, con tono ambiguo y sutil, que anima al lector a seguir pensando mucho después de cerrarlo. Elegante y cautivador". Valérie Gans, Madame Figaro

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Hôzukila librería de Mitsuko

Aki Shimazaki

Título original: Hôzuki

© 2015, Leméac Éditeur (Montréal, Canada)

© De la traducción: Íñigo Jáuregui

Edición en ebook: julio de 2017

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-16830-74-9

Diseño de colección: Filo Estudio

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Maquetación ebook: [email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Aki Shimazaki

(Gifu, Japón, 1954)

Novelista y traductora canadiense de origen japonés. Se mudó a Canadá en 1981, y ha vivido en Vancouver y Toronto. Actualmente vive en Montreal, donde enseña japonés.

Escribe y publica sus novelas en francés desde 1991.

Su segunda novela, Hamaguri, ganó el Premio Ringuet en 2000. Su cuarto libro, Wasurenagusa, recibió el Premio Literario Canadá-Japón en 2002, y su quinta obra, Hotaru, el Premio Gobernador General 2005 de ficción en lengua francesa. Sus libros han sido traducidos al inglés, japonés, alemán, húngaro y ruso.

Contenido

Portadilla

Créditos

Autora

 

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Glosario

Contraportada

1

Coloco en el escaparate unos libros de ocasión que acabo de comprar. Son más o menos las cuatro de la tarde y empiezan a caer copos de nieve.

Tarô permanece fuera pese al frío. Sentado a la mesa bajo el tejadillo, juega con sus animales de plástico. Absorto en su juego, no repara en la nieve. Balancea lentamente la cabeza, como si reflexionara. Mi mirada se detiene en el color de su pelo: castaño. Distraída, rememoro la escena en que yo corría estrechando un bebé entre mis brazos.

De pronto, Tarô levanta la cabeza y se lanza corriendo a la acera. Extiende sus manitas para atrapar los copos, con la boca abierta hacia el cielo. Sonrío. Cuando se vuelve hacia el escaparate, nuestras miradas se encuentran. Me llama en lengua de signos:

—¡Mamá, la primera nevada!

Le respondo articulando cada sílaba:

—Sí, es el ha-tsu-yu-ki.1

De nuevo en la mesa, mi hijo mete los juguetes en la bolsa amarilla confeccionada por mi madre. Cuando entra, le digo:

—La abuela está preparando takoyaki.

Abre los ojos como platos. Es su merienda favorita. Me dice por signos:

—¿En serio? ¡Tengo hambre!

Sube rápidamente al piso, mientras yo sigo colocando libros en el escaparate: filosofía, religión, bellas artes, historia, novela policíaca. No vendo libros para niños ni mangas, ya sean para jóvenes o para adultos. Pongo también estuches de lápices y marcapáginas decorados con flores secas que ha hecho mi madre. Bonitos y útiles, estos objetos artesanales son muy populares.

Hay pocos transeúntes por la calle. Es martes. En general, es el día más tranquilo en la tienda. Decido aprovechar este respiro para limpiar los escaparates por fuera.

Cuando vuelvo a la puerta de entrada con un trapo y un cubo de agua, me topo con una mujer a la que no he visto antes, acompañada de una niña pequeña. La mujer me saluda inclinando la cabeza:

—Buenos días. Vengo a buscar unos libros.

Me digo: «¡Ah, una nueva clienta!». Dejo el trapo y el cubo junto al mostrador, mientras oigo a las dos hablar.

—Mamá, esta librería es como el despacho de papá.

—¡Sí, es cierto! Llena de libros antiguos.

La madre rondará los treinta y pocos. Lleva un kimono de alta calidad en colores pastel muy refinados, y la hija una capa rojo oscuro de igual calidad. Tengo la impresión de que van a una reunión oficial. La niña parece tener unos años menos que mi hijo, que tiene casi siete. Con mirada curiosa, observa el interior de la tienda.

—No tenemos libros para niños —le advierto a la mujer.

En sus labios se dibuja una sonrisa.

—Lo sé. Busco libros de filosofía.

Su última palabra me sorprende: no tiene pinta de filósofa. Echo un vistazo a su rostro ligeramente maquillado. Lleva el pelo negro bien arreglado, con un estilo digno de su kimono. Desprende perfume del bueno. Sin duda es un ama de casa acomodada. Sin embargo, percibo tristeza en su mirada. Me tiende un papel.

—Ésta es la lista de títulos. Mi marido me ha enviado con la esperanza de que tenga estos libros.

La miro por el rabillo del ojo. «Ah, para su marido. Eso lo explica todo». Examino los títulos. Son siete, y todos me suenan. Levanto la vista.

—Espere un momento, señora. No tardaré mucho.

La sección de Filosofía está situada enfrente de la escalera. Mientras busco los títulos, la mujer hojea un grueso libro de psicología. La niña, por su parte, se pone delante del muestrario que hay debajo de la caja. Allí es donde están los marcapáginas y los estuches de lápices.

Se oye un ruido en el piso de arriba. Poco después, Tarô baja las escaleras con su bolsa amarilla llena de juguetes. La madre y la hija se vuelven a la vez hacia él, que me llama con las manos:

—Mamá, los takoyaki estaban riquísimos. ¡Me he comido diez!

La mujer manifiesta una gran sorpresa, como mucha gente, no sólo porque mi hijo hable en lengua de signos, sino también porque es mestizo. Su hija le sigue en silencio con la mirada. Contesto a Tarô en la misma lengua:

—¡Diez! ¿Tantos? Espero que me quede alguno.

—No te preocupes, mamá. La abuela ha hecho muchos.

—¡Qué bien! Luego los comeré.

Tarô advierte la presencia de la niña, que continúa mirándolo. Le digo:

—Nieva todavía, así que juega dentro.

La madre observa nuestro diálogo silencioso sin despegar la vista de mi hijo. Estoy acostumbrada a reacciones semejantes. Tarô se sienta a la mesa situada detrás de la escalera. Arriba, en el piso, tiene papel y su caja de lápices de colores.

Al cabo de un rato, consigo encontrar seis de los siete títulos de la lista. Se lo digo a mi clienta, que me responde con tono satisfecho:

—¡Lo tiene casi todo! Mi marido se pondrá muy contento.

Voy a la caja pensando: «¿Por qué tiene que repetir siempre “mi marido” delante de una desconocida? ¿Cómo sabe su marido que existe mi librería?».

La pequeña ya no está delante del muestrario. Sin que me diera cuenta, se ha ido a la mesa donde Tarô juega con los animales de plástico. Sentada frente a él, dibuja. Mi hijo parece cómodo con esa niñita a la que nunca antes ha visto. El silencio los envuelve.

Mientras apunto los títulos en mi cuaderno, la mujer regresa con otros libros.

—Éstos también, por favor.

Son cinco: tres de psicología y dos sobre bellas artes. Le confirmo que suman once en total. Me pide que saque del muestrario tres marcapáginas y un estuche de lápices. Los examina y murmura:

—Qué trabajo tan fino…

Le propongo una cosa.

—Mandaré traer el libro que falta de aquí a una semana, si lo encuentro.

—Sí, por favor —responde ella sin vacilar.

—En ese caso, necesito su nombre y número de teléfono.

—Por supuesto. Me llamo Kako Sato y mi número es…

Apunto primero su nombre mientras la oigo deletrear en kanji: Sato, pueblo o comarca; Kako, niña guapa o excelente. «Desde luego —pienso—, su nombre concuerda perfectamente con su porte elegante». Vuelvo la mirada a los niños, que siguen jugando y dibujan con las cabezas muy juntas. Tengo una extraña sensación de déjà vu.

Los libros pesan, así que los meto en dos bolsas resistentes. Al pagar, la señora Sato me pregunta:

—Kitô… ¿Cómo se escribe en kanji?

La observo, confundida por esa pregunta inesperada. Kitô es el nombre de mi librería, escrito en hiragana en el rótulo.

—Es un nombre registrado, como un nombre propio. No hay más escritura que la hiragana —le respondo.

—¿Kitô es su apellido? —prosigue ella.

—No.

No le explico por qué he elegido ese nombre. Mi silencio parece incomodarla, pero hago caso omiso. Mientras coge las dos bolsas, me pregunta educadamente:

—¿Podría llamar a un taxi?

—Ningún problema, señora.

La mujer va a buscar a su hija a la mesa. Mientras llamo a un taxi, la veo hablar con Tarô, sordomudo, que la «escucha» leyendo sus labios. La niña se levanta y sigue a su madre, que vuelve a la caja.

La señora Sato me dice:

—Su hijo es adorable. Muchas gracias por haber dejado a mi hija que jugara con él.

Llega el taxi y salen las dos. El olor a perfume permanece.

Tarô se acerca con una hoja.

—Mamá, se llama Hanako.

—¿Cómo sabes su nombre?

Me enseña un dibujo hecho por la niña: una flor naranja y un cachorro blanco. El nombre Hanako está escrito en hiragana en la parte inferior de la hoja. El taxi ya no está. Mi hijo sube de nuevo al piso, llevándose el dibujo y su bolsa de animales de plástico. La tienda se queda otra vez tranquila.

Vuelvo a coger el trapo y el cubo que había dejado junto al mostrador. La acera está casi desierta y empiezo a limpiar los escaparates por fuera.

Sigue nevando. En un instante, elevo los ojos hacia el cielo gris. La misma escena me viene de nuevo a la mente: corro en la nieve estrechando a un bebé entre los brazos. Es un recién nacido y está envuelto en una manta beige. Su manita sostiene firmemente un tallo de hôzuki con dos frutos.

1 Las palabras en cursiva se han agrupado en un glosario al final del libro. (N. del E.).