Suisen - Aki Shimazaki - E-Book

Suisen E-Book

Aki Shimazaki

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Beschreibung

En un armonioso tejido de referencias y correspondencias, Aki Shimazaki ahonda en heridas de la infancia nunca cicatrizadas. Al frente de una próspera empresa fundada por su abuelo, Gorô está casado con una mujer de buena familia y es padre de dos hijos, para los que tiene claras ambiciones. Tiene dos amantes, se rodea de importantes clientes en bares y exhibe con orgullo fotos suyas con celebridades. Aun creyendo que siempre merece más, Gorô piensa que ha tenido éxito en la vida. Sin embargo, el día en que sus convicciones se tambalean una a una, se ve obligado a mirarse francamente al espejo, probablemente por primera vez.

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Seitenzahl: 138

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Aki Shimazaki

Suisen,

el gato de Gorô

Me miro en el espejo insertado en la puerta del armario.

Examino mi corbata a rayas amarillas de seda fina. Me queda muy bien, aunque es un color poco frecuente para mí. Es un regalo que me hizo Yuri K. el año pasado por mi cincuenta cumpleaños. Esta actriz es mi amante favorita.

Mi reloj marca las seis y veinticinco. Dentro de un rato debo ir a buscar a mi hija a la residencia universitaria. Esta noche me acompaña a una recepción de la productora H., cuya estrella será Yuri. Hace poco ha ganado un premio prestigioso por su papel de madrastra en la película titulada No te vayas nunca, mamá. Yuri todavía no conoce a mi hija, de modo que se quedará sorprendida por su presencia.

Estoy impaciente por encontrarme de nuevo con mi amante, a la que no he podido ver en los últimos dos meses. Ella estaba en Okinawa para el rodaje de su próxima película. Esta larga ausencia me ha frustrado mucho y me ha hecho darme cuenta de hasta qué punto podía echar de menos su cuerpo sensual. Tras la recepción de esta noche, le propondré pasar la noche en nuestro love-hotel habitual y ella estará encantada.

Yuri es una mujer en la cúspide de su belleza. Estoy orgulloso de tenerla como amante, pero también celoso de los actores que trabajan con ella, en particular los jóvenes. Tras años de carrera, por fin ha conseguido este premio. Convencido de que algún día se convertiría en una estrella, la ayudé económicamente, sobre todo al comienzo de nuestra relación. Fui yo quien la presentó al presidente de la productora H., uno de mis clientes más importantes. Yuri me lo debe todo. Espero que siga soltera el mayor tiempo posible, pero aun si se casa, continuaremos nuestra relación amorosa.

Releo por un momento la tarjeta de invitación dirigida a «Señor y señora Kida» y mis labios se crispan.

Yuri nunca ha visto a mi mujer y no tiene ninguna gana de conocerla. Al recibir la tarjeta, la llamé al móvil cuando aún estaba en Okinawa.

—¿Por qué también a mi mujer? —le pregunté—. Sabes bien que no le gustan las fiestas.

Yuri me respondió:

—Os la mandó el productor. No es más que una fórmula de cortesía. Puedes venir con quien quieras, o bien solo.

—No te alegrarías si me presentara allí con mi mujer —le repliqué en tono burlón.

La recepción empieza a las siete, así que tengo que salir ya. Mientras me pongo la chaqueta, oigo que suena el móvil. Es mi hija Yôko. Le pregunto sin más preámbulos:

—¿Estás lista?

—Sí, papá —responde rápidamente—. Estoy deseando conocer a Yuri K. Ha hecho un trabajo excelente en su papel de madrastra. Me encanta el niño pequeño, también es estupendo.

—¿Te gusta esa película?

—¡Pues claro! ¿Y a ti, papá?

—No la he visto.

—¿No? ¿Y cómo así?

—Para empezar, el título no me gusta. ¡No te vayas nunca, mamá! Es demasiado sentimental.

Mi hija se ríe. Su buen humor me alegra y exclamo:

—¡Estoy contento de que al final salgas conmigo!

Su madre está al corriente de la recepción de esta noche. Fue ella quien le pidió que me acompañara en su lugar.

—No puedo perderme una ocasión así —prosigue Yôko—. Yuri K. es ahora una actriz muy famosa. ¿Cómo la conociste?

Sonrío sin querer.

—Es amiga de uno de mis clientes. Gracias a mí pudo conocer al presidente de la productora H. Ambos me deben su éxito, así que esta noche nos tratarán bien.

—¡Date prisa, papá! —me corta—. Te espero a la entrada de la residencia.

Me apresuro a añadir:

—Lleva la cámara…

Yôko cuelga antes de que pueda terminar la frase. Eso me molesta, pues me gustaría que en la recepción hiciera fotos bonitas de Yuri y de mí. Tiene una cámara de buena calidad, que le compré hace poco.

La casa se halla en completo silencio. La tranquilidad siempre me hace sentir incómodo. Es sábado.

Mi mujer está pasando este fin de semana en el campo. Mi hijo Jun, el hermano pequeño de Yôko, ha salido a ver una película con sus primos, el hijo y la hija de mi media hermana Aï. Luego dormirá en casa de estos y mañana volverá por la tarde, como de costumbre. No me gusta que Jun vaya a casa de Aï. Sin embargo le dejo hacer, pues me gusta aún menos que ande de noche por la ciudad con sus compañeros, a los que no conozco.

Me miro otra vez en el espejo.

La chaqueta azul oscuro, la camisa blanca y la corbata a rayas amarillas me sientan de maravilla, sobre todo la corbata. Yuri estará encantada. Al tocarme la mejilla bien afeitada, preveo una foto cautivadora de nosotros dos, como una pareja perfecta.

De pronto, detecto algunas canas en mi sien derecha. Las examino de cerca: «No puede ser…». Me acuerdo de mi padre, muerto a los sesenta y un años. Su cabello se mantuvo negro hasta el final. A mi edad, no me haría gracia tener la cabeza blanca. Mientras me acaricio el pelo, murmuro: «Más vale ser calvo».

Apago la luz y salgo de mi habitación. El silencio me ahoga.

Bajo la escalera. De pronto, me viene a la mente la imagen de Sayoko. Me quedo parado en el rellano intermedio. Era una chica con la que había salido hasta la víspera de mi boda. Iba a un instituto nocturno al tiempo que trabajaba durante el día en una verdulería. Me había olvidado completamente de su existencia.

Sayoko también me regaló una corbata. Recuerdo que tenía flores de suisen estampadas en la tela azul oscuro, del mismo color que la chaqueta que llevo hoy. Incómodo con ese patrón femenino e infantil, así como por el tejido barato, nunca me la puse. Debí de arrumbarla en alguna parte.

En la entrada, me calzo mis zapatos negros más elegantes y apago la luz. En la oscuridad, aún me desasosiega el recuerdo de Sayoko. La cara sonriente y despreocupada, como la de una niña protegida y feliz. Me vienen a la mente sus palabras: «Gorô, eres un niño herido». Instintivamente, sacudo la cabeza para ahuyentar esos pensamientos.

Al salir de casa, me obligo a pensar en Yuri, actriz espléndida y famosa, digna enteramente de mi estatus de presidente.

La vida me va muy bien en general.

Soy el presidente del sakaya Kida, una empresa que importa alcoholes de primera calidad y además destila un whisky reputado. Tenemos más de trescientos empleados. Nuestros negocios marchan bien a pesar de la recesión. Confío en mantener este puesto hasta una edad avanzada. Eso es lo más importante para mí y también lo mejor para nuestra compañía.

Mis padres ya no están entre nosotros. Si vivieran, mi padre tendría ochenta y un años y mi madre, setenta y seis. Ella murió de un cáncer de útero cuando yo tenía tres años. Un año más tarde, mi padre se volvió a casar y siguió trabajando de firme con su nueva esposa, pero a los sesenta y un años murió de una crisis cardíaca.

Mi madrastra ahora tiene ochenta años. Activa y ambiciosa, se mantiene como administradora.

La empresa fue fundada por mi abuelo paterno aquí, en Nagoya, al poco de acabar la guerra. Al principio no era más que una pequeña tienda de cervezas y de sake. Más tarde, mi abuelo se puso a vender al por mayor a los organizadores de eventos, tales como las grandes fiestas regionales en los alrededores de Nagoya. Sus ventas subieron como la espuma. Luego empezó a importar licores europeos de primer orden. Los embalaba en cajas elegantes para regalar, lo que tuvo mucho éxito.

Mi padre, el único varón de la familia Kida, sucedió naturalmente a mi abuelo. Tenía ideas originales, una detrás de otra, y la empresa se expandió. Fue él quien puso en marcha la destilería de whisky. El número de empleados aumentó rápidamente. Siendo el único hijo varón de la familia, era normal que yo me convirtiera en el presidente. Tras haber estudiado Comercio, entré oficialmente en la compañía.

Cuando mi padre cumplió sesenta años, le pedí que me preparara para sucederle. «Solo tienes treinta años —me respondió—. Espera un poco». Un año más tarde falleció y, desde entonces, estoy al frente del sakaya Kida.

Su muerte repentina me perturbó. No fue a causa de su marcha prematura ni de mi edad precoz para convertirme en el jefe de la compañía. Temía que mi padre hubiera designado como sucesor a alguien que no fuera yo, a su segunda mujer, por ejemplo, que había sido su socia desde que se casaron. En ese caso habría sido posible que ella legara un día la presidencia no a mí, sino a su hija Aï, y yo no habría podido soportar semejante situación.

En esa época, hace veinte años, Aï tenía veintiséis. Madre de dos hijos, trabajaba también en el sakaya Kida, concretamente en el departamento de planificación. Mi padre la adoraba. «Aï es inteligente y brillante como su madre. Siempre tiene buenas ideas como su abuelo», repetía. Cuando corrió el rumor de que pensaba en ella como su futura sucesora, me puse furioso. Fue por eso por lo que le pedí que me preparara desde ese momento para reemplazarlo.

Tras el funeral, supimos que mi madrastra heredaba la mitad de las acciones del sakaya Kida y que el resto quedaba dividido a partes iguales entre Aï y yo. Según el abogado, el testamento respetaba la ley y era plenamente válido.

Yo temía que mi madrastra se pusiera al frente de la empresa. Mientras ella cavilaba sobre el futuro, traté de convencerla:

—Siendo el único hijo varón, soy yo quien debe tener el cargo de presidente y más de la mitad de las acciones.

Ella me escuchaba en silencio. Insistí en la importancia de que la imagen de la compañía se asociara a mi nombre de pila masculino: la mentalidad de Japón, especialmente en Nagoya, es muy conservadora y poco favorable a las mujeres de negocios. Al verla dudar, repetí:

—Confía en mí. Trabajaré con más tesón que nunca.

—Tienes razón, Gorô —respondió finalmente—. Lo importante es la estabilidad de nuestra empresa. Puedes ocupar el puesto de presidente. Nos ayudaremos mutuamente, como hicieron tu padre y tu abuelo, para que el sakaya Kida prospere.

Me sentí aliviado. No obstante, ella conservó la mitad de las acciones.

Durante los últimos veinte años, siempre se ha mostrado cooperadora. Las ventas de nuestra marca de whisky empezaron a subir y el nombre y la imagen del sakaya Kida se han vuelto más sólidos que nunca.

En mi casa, todo marcha bien igualmente.

Mi hijo Jun, de dieciocho años, está en el último curso del instituto. Es el futuro heredero del sakaya Kida. Empezará la universidad el año que viene. Todavía no ha elegido carrera, pero yo le insisto para que estudie Economía o Comercio. Primero me ayudará y cuando me jubile, me sucederá. Espero que tenga tanta envergadura como yo.

Mi hija Yôko está en tercer año de universidad, donde cursa estudios de Música Clásica y Piano. Dotada para las lenguas, habla bien inglés y español. Guapa e inteligente, ya tiene muchas ofertas de miaï. Todos los candidatos proceden de buenas familias y yo elegiré un yerno digno de nuestro apellido.

Por otro lado, Yôko tiene un carácter demasiado fuerte, muy diferente al de su hermano pequeño. Me gustaría que fuera más femenina. Por suerte, no le interesan los asuntos de la empresa. Desde el año pasado vive en la residencia universitaria. Espero que no salga libremente con chicos, como las demás chicas de su generación.

Mi vida conyugal también transcurre satisfactoriamente. Mi mujer ha de estar orgullosa de mí: rico, amable y generoso. Vivimos juntos desde hace veintitrés años sin ningún problema particular. Ella no sabe lo de mis amantes. Poco importa. Para mí, esas relaciones extraconyugales no son más que aventuras y no tengo intención de divorciarme, pase lo que pase, pues el divorcio es una deshonra.

Soy sensible a la belleza. En este momento, aparte de la actriz Yuri, tengo otra amante, O., una viuda. Acostumbro verme con dos, por lo menos. No siento remordimientos. Es la prerrogativa de los hombres viriles y poderosos, y hay que aprovecharse. Necesito amantes para que nuestro matrimonio permanezca estable.

Frecuento a mucha gente mundana, en especial a famosos: actores, escritores, periodistas, políticos. Coincidimos en bares o fiestas. Juego al golf con ellos regularmente. Se trata de relaciones públicas, indispensables para la empresa, por lo que está bien que yo sea de natural sociable.

También se me da bien organizar reuniones. La gente con la que me pongo en contacto raramente declina la invitación. Cada año, invito a antiguos compañeros de primaria, del colegio y del instituto. Me gusta especialmente la reunión de la escuela primaria T., que, por cierto, aún existe en la pequeña ciudad donde crecí. Empecé estas actividades el mismo año que me convertí en presidente. Todo el mundo admira mi éxito y aprecia mi generosidad.

Así pues, llevo una vida satisfactoria. Será perfecta cuando mi madrastra se retire por completo de la dirección y me pase sus acciones para que yo sea el socio mayoritario.

Ya está oscuro y se pone a llover.

Mi hija y yo llegamos al hotel N., donde tiene lugar la recepción de la productora H. Estoy alborozado. ¡Por fin voy a ver nuevamente a Yuri! Para mi sorpresa es un hotel banal, muy alejado de la imagen que me hacía de él, por lo que me siento insultado.

Yôko está muy bella esta noche. Lleva un ves-tido verde amarillento que veo por primera vez. Seguramente se lo ha comprado su madre. Ese color va bien con mi corbata a rayas amarillas. Advierto que últimamente mi hija se ha puesto más guapa y femenina que antes. Estoy orgulloso de presentársela a Yuri y sé que congeniarán.

Antes de nada, Yôko quiere dejar su impermeable y su bolso en el guardarropa.

—Has traído tu nueva cámara, ¿no?

—¿La que me compraste?

—Sí.

—No, papá.

—¿No? ¿Y eso?

La miro de reojo y ella me responde sin embarazo:

—Es un objeto pesado y de gran valor. No me gusta llevarlo encima, sobre todo en un lugar tan concurrido.

Su brusca respuesta me irrita. Debí habérselo preguntado cuando fui a recogerla a la residencia universitaria.

—Querías que te hiciera fotos con Yuri K., como las que decoran tu salón y el despacho, ¿verdad?

Lo ha adivinado, y eso me escuece.

En mi casa y en la oficina, exhibo las mismas fotos: yo con el periodista N., con el escritor U., con el actor S., con el político K., con el embajador de Italia R. Todas esas fotos se hicieron en bares de alto copete. Quienes me visitan se quedan impresionados de mi popularidad y yo esperaba añadir una con Yuri K.

Sonrío forzadamente.

—La verdad es que no. Solo que me gustaría tener una con el presidente de la productora H.

La sala de eventos ya está llena con los numerosos invitados. Hay un estrado situado contra la pared. La gente no me resulta familiar y no identifico a los periodistas. Por otra parte, nadie viene a recibirme. Un joven nos reparte a cada uno el programa: «La hermandad de Aïchi». Le pregunto dónde está el presidente H. «Shachô no se encuentra aquí esta noche», responde.

Descontento, leo el programa. Primero escucharemos la canción de la película No te vayas nunca, mamá, seguida de un breve discurso del director S. y, por último, una charla con los actores principales.

—¿Hay periodistas? —le pregunto al mismo hombre.

—No, porque la productora ya dio una rueda de prensa en Tokio.

Estoy sorprendido: «¿Ningún periodista, ni tampoco el presidente H.?».

Otra decepción. Pero, después de todo, no tiene importancia. Es una buena ocasión para entablar relaciones y a mí se me da bien trabar conversación con cualquiera.

—¡Papá, estoy deseando ver a Yuri K.!

Los invitados charlan animadamente, con una copa de alcohol en la mano. La mayoría lleva ropa más bien informal. Algunas mujeres van vestidas con kimonos de gala. Tomo un vino blanco. Ligero y seco, no tiene mal sabor pero no es de calidad. Yuri debería haberle mencionado nuestras marcas al organizador de la velada. Yo habría podido suministrarle excelentes vinos con descuento.