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Fruto de un año y medio de trabajo, y de cientos de horas de entrevistas con los principales actores y protagonistas de la escena musical y empresarial, "¡Bacalao!" es el primer libro que aborda de manera exhaustiva, seria y rigurosa el panorama musical y de ocio nocturno valenciano del periodo que se extiende desde principios de los ochenta a mediados de los noventa. Tras la muerte de Franco, y en plena Transición, España vivió un periodo de esplendor cultural underground que, influido por la eclosión del punk británico, sentó las bases de una nueva escena artística, sobre todo musical, que, en Valencia, a partir de la iniciativa de unos pocos emprendedores y visionarios, fraguó el alumbramiento de algunas de las discotecas más innovadoras y avanzadas de Europa. Allí empezaron a operar los primeros DJ del país, mezclando los vinilos que importaban de Londres o que traían las intrépidas tiendas de discos que empezaron a proliferar en la ciudad. Nacía así una cultura de clubs cuyos bastiones fueron discotecas como Barraca, Chocolate, Espiral, Spook Factory, Puzzle, A.C.T.V o N.O.D. Los primeros años de espíritu vanguardista y transgresor, y los pioneros conciertos que se organizaron en algunas de estas salas, desembocaron en la consolidación de un modelo de ocio nocturno que explotó el frenesí de una juventud que buscaba encontrar sus propios referentes y halló en el esparcimiento frenético de la noche una forma de liberación. Liberación que propiciaron las drogas -al principio la mescalina, y luego el éxtasis, la cocaína y el speed- que cientos de jóvenes consumían en las diferentes discotecas, algunas de las cuales abrían en horario de after hours, en un circuito que se podía prolongar ininterrumpidamente durante el fin de semana, y a veces más allá. Pronto, el fenómeno se tornó masivo, y las fiestas de la llamada "Ruta del Bakalao" o "Ruta Destroy" se hicieron multitudinarias.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Diseño: Pablo Benito
Composición digital: Pablo Barrio
Primera edición: Diciembre de 2016
Primera edición digital: Julio de 2017
© 2017, Contraediciones, S.L.
C/ Elisenda de Pinós, nº 22
08034 Barcelona
www.editorialcontra.com
© 2016, Luis Costa
Derechos reservados de todas las imágenes incluidas en este libro, excepto en los casos indicados.
ISBN: 978-84-946833-9-8
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
A Montse,que le hubiera gustado leer este libro.
Cuando en la primavera de 1987 el productor y DJ francés Laurent Garnier acudió por primera vez al legendario club The Haçienda de Manchester y se quedó alucinado con la excitante selección de su DJ residente, Mike Pickering, que pinchaba una mezcla de funk, hip hop, electro y el primer house de Chicago, la revolución de la escena de baile en Europa ya llevaba más de un lustro en marcha en Valencia. Para Tony Wilson, el propietario de The Haçienda y del sello Factory Records, Manchester y Valencia compartían idéntica capacidad de gestar las explosivas escenas que allí se dieron. El verano de ese mismo año, el DJ inglés Paul Oakenfold aterrizó en la discoteca Amnesia de Ibiza junto a unos amigos y experimentó una suerte de revelación bajo los efectos del éxtasis y de la mezcla musical «baleárica» de su DJ residente, Alfredo Fiorito; una epifanía que llevaría al británico a organizar las primeras fiestas de acid house en Inglaterra, abonando el terreno del poderoso movimiento rave inglés. Son dos de los momentos culminantes de la historia de la música de baile que han trascendido en los ensayos y reportajes de prensa que se han ocupado de este asunto. Sin embargo, apenas hay rastro de la escena valenciana de los años ochenta y los primeros noventa. Un fenómeno que, partiendo de la más absoluta vanguardia musical, llegó a registrar, en su momento álgido, una asistencia de cincuenta mil personas dispersadas por su entramado de discotecas en aquellos largos fines de semana. Sirva este libro para enmendar esta flagrante omisión literaria.
A la mayoría de invitados que han tenido la amabilidad y la paciencia de participar en esta historia oral no les hace demasiada gracia la palabra «bacalao», hasta el punto de torcer ligeramente el gesto cada vez que la he mencionado. Haciendo amigos, vamos. ¿Por qué entonces escoger como título para este libro precisamente ¡Bacalao!? Por varios motivos. En primer lugar, porque no me he podido resistir. A mí lo de bacalao siempre me ha gustado: es una manera de decir «aquí hay tema, aquí hay percal», de que algo interesante se está cociendo. En segundo lugar, porque el origen de su uso, dentro de esta historia, siempre me fascinó. Obviamente, no lo voy a desvelar ahora, pero puedo decir que estamos hablando de un origen tan popular como espontáneo. A fin de cuentas, bacalao es una palabra bien nuestra, y «partir el bacalao», «aquí hay bacalao» o «¡toma bacalao!» son expresiones tan propias de un valenciano, un manchego, un gallego, un canario o un catalán. Pero lo que realmente me acabó de convencer fue concluir que semejante aversión venía fatalmente condicionada por una ka. ¡Exacto! ¡La ka en lugar de la ce! Cuando empecé con las entrevistas para este libro, hace ahora más de un año, organicé mis preguntas cronológicamente: ¿Cuándo empezaste a comprar discos? ¿Dónde pinchaste por primera vez? ¿Cuándo escuchaste por primera vez la palabra «bacalao»? Y hasta aquí todo más o menos bien. De maravilla, de hecho. Pero a alguno ya le empezaba a cambiar la cara por momentos. «¿Qué habré dicho?», pensaba yo, que seguía a lo mío: ¿Cuándo escuchaste por primera vez lo de Ruta del Bakalao? Y entonces, en ese preciso instante, la mutación facial de mi entrevistado ya se hacía evidente. Era automático. Algo había truncado la fluida y agradable marcha de la entrevista. Y no cabía duda de que aquello se debía a la entrada en escena de esa ka. De una sola letra. Una minúscula alteración, en principio, que pronto pude constatar que había hecho mucho daño. La incursión gráfica de un solo elemento que, en su momento, había perseguido radicalizar por completo su ingenuo y simpático origen. Tampoco voy a desvelar esto ahora, todo se andará. Pero sí puedo decir que el origen de esta perversión nominativa no fue de carácter popular, sino que procedía de los propios medios de comunicación que cubrieron esta historia, a lo largo del primer lustro de la década de los noventa. Por fortuna, esa incómoda pregunta que yo tenía preparada formaba parte ya del tramo final de una larga entrevista que, en varias ocasiones, tuve que fragmentar y activar en diferentes momentos.
Tuve el privilegio y la ocasión de conocer el lado oculto de esta historia, de la que apenas conocía secuencias dispersas. Oculto por desconocido. Había leído el ensayo de Joan Oleaque, En Èxtasi, el libro de referencia sobre este asunto. Y, por supuesto, me había chupado todos los vídeos relacionados, habidos y por haber. Por lo menos, todos los que pude encontrar: el mítico reportaje de Canal Plus de 1993, del programa 24 Horas, titulado Hasta que el cuerpo aguante, presentado por un entonces jovencísimo Carles Francino; o el documental 72 Horas. La Ruta a València, que yo había pillado por banda en el año 2008, cuando salió en DVD en una edición de Blanco y Negro junto con dos CD recopilatorios de música de aquella época gloriosa. Todos los himnos estaban allí. El «This Is a Seagull» de Snake Corps, el «Vagabonds» de New Model Army, el «Commando (Remix)» de Front 242 o el «Es imposible, no puede ser» de Megabeat. Yo los conocía, porque los había bailado en discotecas de Barcelona, como Verdi o KGB, y los había pinchado, cuando empecé a interesarme por los asuntos del baile, pero no había bajado a Valencia por aquellos movidos días, cuando muchos de mis amigos volvían de allí y me hablaban de su loco fin de semana, con toda esa música que a mí me fascinaba y que sonaba en todas partes. Las historias que me llegaban de discotecas con nombres tan enigmáticos como Chocolate, Spook Factory o A.C.T.V, la increíble calidad de la música que allí sonaba, el sonido absolutamente perfecto de sus equipos y del alucinante ambiente y buen rollo de sus gentes solo podían ponerme los dientes —a mis dieciocho años— como los de Nosferatu. Y probablemente este sea el principal motivo de que finalmente me haya embarcado en este proyecto. De acuerdo, en su día no había podido disfrutar de todo aquel festival, pero pensaba cobrármelo; no sabía cómo, pero pensaba hacerlo en algún momento. Y aquí me tienen, saldando una especie de cuenta personal, una deuda contraída conmigo mismo, y que mi editorial, Contra, me sirvió en bandeja hace ahora dos largos años. ¡No podía decir que no!
Desde el principio, lo tuve claro: tenía que ser un libro sobre la escena de baile de Valencia en los ochenta y los primeros noventa, y tenía que ser una historia oral. Allí había una historia que nadie nos había contado y que había quedado sepultada bajo los escombros de la fiesta, tras el colapso, a mediados de la década de los noventa, de una escena que antaño había sido pura vanguardia musical. Me propuse retirar aquellos escombros para desenterrar ese momento único de nuestra cultura, que había quedado congelado en el tiempo. Y a cada paso que daba, no podía estar más convencido del sentido de este libro: el proyecto periodístico más excitante y ambicioso al que jamás me haya enfrentado. Lo primero sería investigar el asunto y manejar la información disponible sobre los protagonistas —DJ, empresarios, músicos, periodistas, disqueros— y sobre los escenarios —las discotecas, pubs, salas de conciertos, parkings y tiendas de discos donde toda esta historia transcurrió—. En su día, lo que había trascendido de todo aquello era la imagen sesgada y sensacionalista de la Ruta del Bakalao, la imagen que, a partir del fatídico año 93, había perjudicado claramente al entonces boyante negocio del ocio nocturno en Valencia, que, según los medios, recibía cada fin de semana una ingente masa de miles de personas en su circuito de discotecas. Para mí, había dos líneas claras de investigación a seguir: una, la de averiguar los precedentes que habían permitido a esta escena crecer hasta esos colosales e incontrolables niveles, y conocer de primera mano el carácter vanguardista que la había identificado y definido. Y la otra, desentrañar las claves de su colapso, más allá del devastador impacto de las explícitas imágenes televisivas que la condenaron.
Pronto descubriría una escena musical —la de los ochenta— de una calidad apabullante. No daba crédito: ¿Soft Cell tocando por primera vez en España en Valencia en 1983? Pues sí. Durante años había estado escuchando aquello de que muchos grupos, que a mí me volvían loco, tenían mucho más éxito aquí que en su país, y que además tocaban a las tantas de la madrugada, con las salas reventadas. Hablar con David «el Niño» —DJ de la discoteca Isla— y descubrir que Clan of Xymox habían tocado allí en 1985 para unas cuatro mil personas, o tener delante al también DJ y promotor de conciertos Toni «el Gitano» hablándome sobre aquel primerizo concierto de Killing Joke en la discoteca Chocolate —que se hizo sin anunciar y en medio de la sesión y a las tantas— fue absolutamente revelador. Todo empezó a encajar, y de qué manera.
Tras esa primera concienzuda y exhaustiva investigación general, revisando artículos de prensa, reportajes, documentales, sesiones grabadas de DJ y peinando todo tipo de webs y foros de internet (cientos), pasé a preparar las entrevistas. Como tenía claro que seguiría un orden cronológico de los hechos, empezé por los primeros protagonistas: Juan Santamaría, Carlos Simó, Toni «el Gitano», Juanito «Torpedo», Vicente Pizcueta… Cuando puse en orden las transcripciones, supe que teníamos algo gordo entre manos. Y aquí lo tenéis, entre las vuestras. Luego vinieron muchas más entrevistas, y fueron desfilando por mi grabadora otros tantos testimonios de esta historia oral cuyo apasionante relato estáis a punto de conocer. Puede que el lector llegue a echar en falta el testimonio de Chimo Bayo, mencionado en algún momento de la historia: a pesar de que fue repetidamente invitado a participar en él, y tras marear la perdiz durante varios meses, finalmente rehusó hacerlo. Del mismo modo, destacados y veteranos DJ de la escena electrónica nacional que tuvieron algún tipo de vinculación más o menos directa con esta historia tampoco han querido intervenir. Al margen de estas ausencias, quiero aprovechar la ocasión para agradecer aquí la implicación de todos los protagonistas involucrados en este proyecto. Tampoco ha sido tarea fácil la de reunir imágenes para este libro, esto es, fotografías documentales de esta historia. Y es que, probablemente, todo el mundo estaba tan metido en el frenesí del baile colectivo que se olvidó de que llevaba la cámara encima.
He procurado facilitar la lectura y comprensión de esta historia creando tantas notas informativas —sobre discotecas, discos, artistas, conciertos, años, y hasta sobre sustancias psicotrópicas— como la disponibilidad de información me lo ha permitido. Espero que sean de utilidad.
¡Aquí hay bacalao!
Luis Costa, noviembre de 2016
En aquellos días en blanco y negro, las Islas Baleares y la Costa Blanca dan la nota de color a los últimos coletazos del franquismo. Las suecas y las teutonas lucen sus minúsculos bikinis en las playas, mientras sus maridos arrasan cuantos bares encuentran a su paso. Sin prisa, sin horarios, otra ronda. Los DJ se aprietan algo para cenar entre el pase de la tarde y el de la noche. En nada se juntan maridos y mujeres en la pista y hay ganas de fiesta.
INTERVIENEN: JUAN SANTAMARÍA (CAP 3000), CARLOS SIMÓ (BARRACA), ALFREDO FIORITO (AMNESIA, IBIZA), MIGUEL JIMÉNEZ (ZIC ZAC) Y LUCAS SORIA (VDA. MIGUEL ROCA).
Juan Santamaría pinchando en la cabina de Cap 3000. Foto cedida por Juan Santamaría.
Alfredo Fiorito en la cabina de Amnesia, Ibiza, 1988.
JUAN SANTAMARÍA: Nací en Castellar [Valencia] en 1949. Fueron años muy felices en una familia de cinco hermanos. Estudié en la escuela pública de Castellar, donde éramos unos cuarenta por clase. Sobre las once de la mañana nos daban leche en polvo americana, para alimentarnos un poco, lo cual ya era un éxito. Aunque en casa no había problemas, porque teníamos campos de verduras y los vecinos se iban intercambiando las de unos y otros. Un día comías en casa de un primo, de un vecino, siempre estaban las puertas abiertas. Luego mi hermana se casó y se fue a Francia, su marido trabajaba en Poitiers. Resulta que los dueños de la casa donde vivían eran cazadores y vinieron a cazar un año con el alcalde y el médico de Poitiers. Cuando tuve por aquí a los franceses, les comenté, «oye, que a mí me encantaría aprender francés, que me voy pallá». Mi hermana y mis padres estuvieron de acuerdo y en un mes salía hacia allí, con todos los papeles en regla para ingresar en la escuela y en el instituto. Pasé el baccalauréat [bachillerato] en Francia —tres años—, de los catorce a los diecisiete.
CARLOS SIMÓ: Nací en Valencia, en el barrio del Carmen, en el año 1955. Mi padre nació en París y mi madre era malagueña, supongo que por eso ya salí un poco rebotado. Entré a estudiar en los jesuitas a los seis años y me retrasaron un año porque por lo visto iba adelantado. En aquella época no se podía hablar valenciano; de hecho, a mí un día se me ocurrió decir «magrana» en lugar de «granada» y me tiraron un cepillo a la cabeza. En Valencia capital no se hablaba valenciano. Se hablaba si salías seis u ocho kilómetros alrededor. Y en ese mundo vivía yo.
JUAN SANTAMARÍA: Cuando volví de Francia, me puse a trabajar con mi tío en Benidorm, que tenía un par de hoteles. Allí hacía de todo: de intérprete, de maître, cogía las comandas… Tenía dieciséis años, iba cada verano. A los dieciocho, mi tío se hizo cargo del hotel Lido, que estaba en Torrent, y quiso que fuera con él. Entonces empecé a estudiar inglés. Yo necesitaba salir de Valencia, necesitaba más apertura. En ese momento, un amigo de mi padre era socio capitalista de una cadena de hoteles que se llamaba Interhotel. Iban a construir un hotel aquí en Valencia, en Los Viveros, lo que luego fue Distrito 101, pero resulta que no pudieron porque Meliá, que en aquella época era el rey del mambo y colega de Franco, dijo que no, que aquí no se hacía ningún otro hotel más que el suyo. Esto es lo que había. Y al mes inauguraban otro en Granada, el Luz Granada, y estuve un año allí. Pero yo no aguantaba eso de tener que afeitarme todos los días. Me querían meter en cintura, y no. Tenía veinte años y tenía que cortarme el pelo todas las semanas. Era el único que podía cortarse el pelo dentro del hotel y el único que podía bajar a la discoteca. Cuando venía el amigo de mi padre —que era uno de los mayores accionistas de la cadena—, llegaba a la recepción y me decía, «¡hala, venga, sal de ahí, vámonos!». Y nos íbamos arriba, «al mulacén» que decía él, a tomarnos unas copas. Todo el mundo mirándome y diciendo, «¿y este quién es?».
CARLOS SIMÓ: En casa no había mucho ambiente musical, lo mío fue más de barrio. Hacíamos mucho deporte, la verdad; porque si estudiabas en los jesuitas, tenías que hacer mucho deporte, te obligaban: atletismo, baloncesto, fútbol… De hecho, yo era infantil de primer año de baloncesto y era base titular de los juveniles, hasta que me pasaron a júnior y el entrenador me dijo, «Carlos, tú no puedes pasar a júnior». Entonces me di cuenta de que las nuevas generaciones eran mucho más altas que yo, que me había quedado en una estatura un poco ridícula para jugar al baloncesto. Poco después descubrí la música.
JUAN SANTAMARÍA: Yo allí en Granada estaba bien, hacía de primer recepcionista del hotel y ganaba un buen sueldo. Cuando llegó el verano, o un poco antes, que hacía un año y algo que estaba allí, empecé a bajar abajo a la discoteca. El disc-jockey era valenciano, era estudiante y también pinchaba en la discoteca del hotel, que era preciosa. Allí vi a Miguel Ríos, a Los Ángeles…, no actuando, sino como público, tomando copas y escuchando música. El disc-jockey tenía muy buen gusto, ponía muy buena música. El asunto es que un día me dice, «mira, es que tengo que irme, pon tú la música, por favor». No recuerdo por qué ni lo que pasaba, el caso es que me puse y pensé, «bueno, esto está chupao, es lo que me gusta a mí». Poníamos mucha música americana, Crosby, Stills, Nash and Young, Dobbie Brothers, Flying Burrito Brothers, también a los Beatles, cosas así. Tenían buena música, porque venía mucho americano por allí, a ver la Alhambra y tal, y entonces había bastante intercambio de discos. Sobre todo con los de Torrejón, que luego me los encontré también en Benidorm. Esos sí que me surtían de funk americano: Parliament, Bootsy Collins, toda esa gente.
CARLOS SIMÓ: A mí la música siempre me había gustado. Mi madre me compraba algunos disquillos en un sitio que se llamaba Lanas Aragón, algunos elepés. Y empecé a escuchar a gente como Led Zeppelin; creo que el primer disco me lo regaló mi madre. Y a partir de aquí empecé a coger afición. Muy cerca de donde yo vivía se concentraban los músicos, los de mi generación. Gente que posteriormente montaría bandas como Paranoia, Amanda, Anaconda y así, que eran grandes músicos. Nos juntábamos y hacíamos festivales matinales los domingos, y conciertos, y venía la gente joven a escucharnos. Los hacíamos en centros medio parroquiales, porque entonces polideportivos no había. Nos juntábamos tres o cuatro bandas y tocábamos, y allí empezó un poco el tema.
JUAN SANTAMARÍA: Me fui de Granada y, al llegar a Valencia, dije, «yo ya no vuelvo más allí». Y me fui a Ibiza, directamente, con veintiún años. Y no veas, Ibiza: empezaba entonces la época hippy, hippies con pasta, casi todos americanos, que manejaban una pasta increíble. Cuando cerraban las discotecas, ibas a las parties que organizaban, y allí comías, bebías y hacías lo que querías, by the face. Luego me puse a trabajar en el Lola’s, porque conocía a uno de Valencia que se llama Lobo que me introdujo allí.
ALFREDO FIORITO: Los primeros locales donde pinché fueron el Be Bop, luego el Lola’s y el Amnesia. Pinchaba súper ecléctico: desde jazz a rock, pasando por música latina, española, italiana, pop inglés, flamenco, reggae, funk, de todo un poco. A mi manera, ¡eso sí! Me vine a vivir a Ibiza porque me tuve que ir de Argentina. Llegué en el 76, que fue el año en que los militares dieron un golpe de estado en mi país que provocó treinta mil desaparecidos y no sé cuántas muertes. Me detuvieron, también a mi mujer en aquel entonces, y decidimos irnos. En Ibiza teníamos amigos que nos habían escrito diciéndonos que en la isla había paz y libertad, y fuimos a comprobarlo. Era cierto.
JUAN SANTAMARÍA: Un día pillé un mal viaje de un porro que me hice, de estos de un hippy que vino de la India y que se trajo una cosa que… Yo creía que, por muy mal que estuviese, se me pasaría, pero me tiré tres horas tomando duchas frías sin parar, y nada. Le pedí a un amigo alemán su Vespa para ir a Ibiza, porque yo estaba en San Antonio. Y me salí de la carretera, y eso que iba a veinte o treinta kilómetros por hora, aunque a mí me parecía que iba a ciento veinte. Se pararon unos catalanes, un chico y una chica que iban en un Citroën, y me llevaron a San Antonio. Unos amigos fueron después a recoger la moto. En ese momento aquello fue una apertura para mí.
ALFREDO FIORITO: Comencé en el Amnesia2 como DJ residente en el mes de abril de 1984, y allí estuve seis años. Pinchaba una mezcla muy ecléctica que luego se llegó a llamar «balearic» pero que para mí era la manera en que yo mezclaba los discos en aquel momento. Fue el lugar que más me marcó en mi vida profesional, el que me dio un nombre. Me influenció mucho un DJ francés que vivía en Bruselas y que pinchaba en una discoteca que se llamaba Mirano, Jean-Claude Maury. Él venía a hacer los veranos al Glory’s, otra sala de la isla, y su estilo era también ecléctico. Me gustó mucho cómo lo hacía. Por supuesto me sentí influenciado por la música del Pachá, donde pinchaba César, un chico catalán que venía de pinchar en Sitges. Y por el sonido de la isla en general, un sonido que me mostró el funky, el reggae, el soul. Yo era más rockero, y el descubrimiento de la música negra fue algo maravilloso y permitió que comenzara a mezclarla con la blanca, de una forma que muchos consideraron especial.
JUAN SANTAMARÍA: Luego me vine de Ibiza, estuve por Valencia muy poco tiempo y me fui a Sitges con un par de amigos. Allí había un pub en la calle del Pecado, el dueño era un tío muy simpático, muy cachondo, un tío de puta madre. Nos vio y nos dijo, «vosotros tenéis que trabajar por aquí, hombre, seguro que encontráis trabajo. Mira, ahora están buscando un disc-jockey en La Galera y van a abrir el Pachá de Sitges, seguro que necesitan gente». Total, que me fui a La Galera, que estaba en el club náutico de Sitges. Había una piscina y, debajo, por la parte de la arena, había una entradita que daba a un club, con unas ventanas en forma de ojo de buey, todo de madera. Por allí estaba Jaime de Mora y Aragón tocando el piano de vez en cuando, cuando se acordaba de hacerlo. Que, por cierto, tuvo que salir de allí por patas, debiendo una pasta increíble a todo el mundo. Allí estuvo también Tete Montoliu tocando casi todo el verano, muy buena persona y muy cercano. Me lo pasé muy bien allí, estuve desde Semana Santa. Esto era el año 71. Vino también un grupo americano que se tiró todo el verano tocando, eran todos negros y un chino. Eran seis en el escenario, que no era muy grande, y hacían un funky increíble, tío, maravilloso. Estos traían discos americanos, y cada vez que venían turistas también me daban discos. El del Pachá era un disc-jockey muy bueno, un chaval alto, también muy buena persona. Un amigo común se fue a trabajar allí, y después de La Galera nos íbamos todos a Pachá a terminar la noche.
MIGUEL JIMÉNEZ: Nací en Fuentealbilla [Albacete] en 1957. Cuando tenía siete años mi padre tuvo un accidente con el carro y se fracturó tres vértebras en la zona lumbar. Como consecuencia, los médicos le recomendaron que abandonara las faenas del campo, y la familia le facilitó la emigración a Valencia para trabajar en una fábrica de vidrio. Mi llegada a Valencia desde el pueblo supuso un cambio vertiginoso.
En casa no había afición musical. Los primeros discos que recuerdo de esa época son el Tapestry de Carole King, Cat Stevens, «Long Cool Woman» de los Hollies, y un poco más tarde Fleetwood Mac, Slade, Queen, los Stooges… Los veranos suponían la vuelta al pueblo de vacaciones y las salidas a las fiestas de los pueblos de alrededor: Alcalá del Júcar, Casas-Ibáñez, Villamalea… En esas fiestas se bailaba con los grupos de moda tocando en directo. Recordándolo ahora, fue un privilegio disfrutar del directo de grupos que he visto varias veces: Los Módulos, Los Bravos, Fórmula V, Modificación, Charly Búffalo. O artistas tipo Juan Bau, Nino Bravo o Lorenzo Santamaría.
JUAN SANTAMARÍA: El encargado de la Galera se fue a Holanda con una chica a la que doblaba en edad y que estaba muy buena. Allí él también tenía una discoteca, y me fui con un amigo para allá. Nos vinimos a Valencia, cargamos las maletas y salimos. Al principio, al llegar, estuve limpiando oficinas. A las cinco de la tarde nos plantábamos un equipo de diez o doce personas y estábamos una hora y media o dos limpiando. Y el fin de semana pinchaba en la discoteca. Estábamos en un hotel donde pagamos el primer mes, por tontos. Unos turcos que supuestamente estaban a cargo del hotel nos cobraron un mes por adelantado, pero el resto de meses ya no pagamos ni un duro. Eran unos piratas de mucho cuidado; también querían comprarnos el pasaporte. Lo pasamos muy bien. En aquella época Ámsterdam era un tripi todo el día: veías a los policías con unos pelos recogidos con una red. Se bajaban de la bicicleta, se metían en el pub donde estábamos nosotros y ¡pam-pam!, a darle al canuto. Luego cogían la bicicleta de nuevo y a poner multas. Yo creo que no debían multar nunca, esta gente, porque los veías siempre muertos de la risa.
MIGUEL JIMÉNEZ: En el ambiente de Valencia de ese momento se manifestaba ya el germen de la vanguardia musical que siempre granó en esta tierra. Por allí pululaban grupos de finales de los sesenta y principios de los setenta, todos ellos valencianos: Paranoia Dea, Hydra, La Masa, Bambinos, Els 5 Xics. Aquellas versiones de «Rock and Roll» de Led Zeppelin o «Mother and Child Reunion» de Paul Simon…
Al principio íbamos a los llamados entonces pubs, en los que se ponía música extranjera de actualidad y a los que acudíamos a darnos el lote con alguna novia primeriza. O a ver cómo fumaban porros los mayores. Lugares como Barro, Bass, Yes, Génesis, Christopher Lee, Anomia. Era la época del rock progresivo. En los casales falleros o fiestas de barrio el ambiente era más popular y escuchabas y disfrutabas de Los Chichos o Peret.
LUCAS SORIA: Entré a trabajar en Vda. Miguel Roca3 un 9 de diciembre de 1970, como aprendiz. Entonces no había discotecas profesionales ni competencia. Eran salas pequeñas para parejas de dieciocho años donde encontrar algo de intimidad y bailar agarrados. Los que no teníamos la edad para entrar, nos buscábamos la vida e íbamos un día a mi casa, otro a la de un amigo, y allí hacíamos nuestro guateque. Eran muy populares las gramolas, que se ponían en los recreativos, en los bares o en los clubs de alterne. Se introducía una moneda —de cinco pesetas— y podías elegir dos canciones. Yo tenía varios clientes que tenían alrededor de entre cuarenta y cien máquinas cada uno. Me decían, «Lucas, dame uno de cada de las novedades que más se oigan». En ese tiempo eran ventas importantes. Las gramolas nos daban una referencia del mercado y de los gustos de la gente. Para mí era perfecto, porque yo recomendaba los discos y, dependiendo de la repercusión que tuvieran, compartía esa información con las discográficas. A partir del año 76 o 77, todos los lunes me enviaban unos dosieres para votar los discos más vendidos de la semana. Las gramolas fueron muy relevantes a la hora de sacar los números uno. En esa época las tiendas que votábamos éramos Vda. Miguel Roca y El Corte Inglés. Nosotros éramos mayoristas en toda la Comunidad Valenciana, y nuestras ventas eran muy importantes. Las tiendas como Melómanos, Oldies o Ámsterdam fueron posteriores, y eran tiendas más especializadas.
JUAN SANTAMARÍA: Luego dejé Ámsterdam, estuve un tiempo aquí en casa y me fui a Benidorm. Me fui a vender grupos de música a los hoteles. Porque un vecino mío de Castellar llevaba grupos y me propuso moverlos por allí. Y eso hice. Un día, mirando cómo jugaban unos al billar, que me gusta mucho, me preguntaron si yo jugaba, que les faltaba uno para jugar. Eran franceses y, como yo sabía francés, nos pusimos de charleta. Resulta que mi pareja era el dueño del Cap 30004, y ganamos. Quiso saber qué hacía yo allí y le dije que me estaba buscando la vida por los hoteles y tal. «¿Haces de disc-jockey?», me preguntó, y yo le dije que eso era lo mío. Y me llevó al Cap 3000. La cabina del DJ era una cabina de helicóptero, flipabas. La discoteca se llamaba así por su capacidad: cabían tres mil personas. A las once y media, doce de la noche, ya estaba completamente llena y no se cabía. Mucho antes de que abriera, había un montón de gente con el dinero en la boca, preparada para entrar. Abría todos los días, entonces el verano se alargaba muchísimo. Me acuerdo de estar allí pinchando hasta noviembre, volver en diciembre por Navidades y abrir de nuevo en Semana Santa. Se abría primero la parte interior, lo que era el platillo volante, y a primeros de junio ya se abría el jardín. Yo entré en abril, sería el año 72 o 73, y estuve pinchando allí dos años. En invierno me iba por ahí porque no soportaba Benidorm.
Valencia, las fallas, la fiesta. Los casales falleros como escenario de los primeros sorbos de vino, de escaqueo, o para ponerse unos discos, cuando tu casal es de los que también tiene una discoteca… Es una forma como cualquier otra de empezar a pinchar, y algunos la aprovechan. Otros lo harán en la discoteca del pueblo, o en la del pueblo de al lado, donde sea. Joy Division, los Clash, el post-punk, el ska o el primer synth-pop suena en las cabinas de selectores que se abren paso, como Toni «el Gitano», Quique Serrano o Juanito «Torpedo»; música nueva que ahora pueden encontrar, por fin, en la amplia sección de discos de los almacenes Vda. Miguel Roca.
INTERVIENEN: TONI «EL GITANO» (GIGOLÓ), QUIQUE SERRANO (GALAXY), JUANITO «TORPEDO» (GIGOLÓ), LUCAS SORIA (VDA. MIGUEL ROCA), MIGUEL JIMÉNEZ (ZIC ZAC), FRAN LENAERS (DREAMS VILLAGE), CARLOS SIMÓ (BARRACA) Y JUAN SANTAMARÍA (CAP 3000).
Toni «el Gitano» (al fondo con cresta) en un concierto de Glamour en la discoteca Molí de Sueca en 1982. Foto cedida por Rafa Cervera.
TONI «EL GITANO»: Nací en Valencia el 30 de diciembre del 56. Fue un año muy bueno porque fue el año en que nació Ian Curtis, de Joy Division; el ídolo de toda mi vida, que creo que me marcó ya de nacimiento. Fui un chaval muy normal, de una casa bien, mi padre trabajaba en una hidroeléctrica, y yo tenía una buena relación con mis padres. Nunca me gustaron los estudios. Tengo una hermana y en parte puede que la afición por la música me viniera por ella, porque ella era muy de Los Brincos y de todo lo que había en aquella época, en el año 65 y el 66, cuando yo tenía nueve o diez años. Escuchaba lo que le gustaba a ella: Los Brincos, Los Mustang, Los Diablos.
Cuando a los doce años pasé de la escuela primaria a la superior para estudiar bachillerato, me dedicaba a ir asiduamente a El Corte Inglés a escuchar música. Como no teníamos dinero, un colega y yo teníamos la costumbre de ir allí y llevarnos todos los discos que podíamos. Recuerdo que aquello era incomprensible, porque llegabas con una bolsa vacía de plástico y salías con la bolsa llena y nadie te decía nada. Nos llevábamos setenta u ochenta discos: Led Zeppelin, Jefferson Airplane, Jethro Tull, Ten Years After, no sé, casi todo americano. Los Rolling Stones nunca me han gustado; los Beatles, más, pero nunca me he sentido inclinado por ese tipo de música, sino más tipo The Who y bandas más cañeras. El rock americano en aquella época era lo que más entraba. Hasta que un día nos pillaron. Nos metieron una caña que te cagas y, bueno, a partir de aquí ya tuvimos que empezar a comprar los discos.
QUIQUE SERRANO: Nací en Valencia en 1957. Estuve un año y medio viviendo en Holanda porque mi padre se trasladó a trabajar allí en el año 63. De allí mi madre y yo nos fuimos a París, a pasar una temporada a casa de un tío mío, y mi padre se quedó en Holanda. Más tarde entré en la escuela profesional La Salle —creo que es el segundo colegio que se abrió en Valencia de lo que se conoce como Formación Profesional— para aprender un oficio. Yo ya le había explicado a mi madre que mi ilusión era ser periodista, pero entonces el periodismo no era una carrera universitaria en Valencia, había que irse a Barcelona o a Madrid. Mi objetivo siempre fue la radio, siempre fue mi ilusión. Lo que ocurrió es que mi madre no se atrevió a dejarme marchar, porque estaba aquí sola conmigo y mi padre estaba en Holanda; tuvo miedo. Elegí automovilismo porque es lo que me parecía menos malo. Acabé esa formación, me dieron mi título de oficial de primera de automovilismo y dejé de estudiar, con dieciséis años. Mi primer trabajo fue en una empresa de rotulación, en el taller. Eran los comienzos de la Feria de Muestras en Valencia, con muchísimo auge.
JUANITO «TORPEDO»: Nací el 30 de diciembre del 58 en un pueblecito pequeño que se llama Chera, que está en el interior, por Requena. Estudié solamente lo básico, hasta sexto de bachiller. Mis inquietudes musicales vinieron a través de mi hermano mayor. Entonces en las discotecas no había ni si quiera mezcladoras, tenían como un come-discos donde se ponían varios singles, porque no existía el maxi-single todavía. Era la época de las gramolas, de las que ponías dos pesetas y escogías una canción de…, pues no sé…, de los Shocking Blues, de los Pop Tops, Bruno Lomas, Los Brincos, Los Salvajes, Los Sírex o Los Bravos.
QUIQUE SERRANO: En Benimàmet, que es el pueblo donde vivo yo, había una falla que tenía una discoteca en propiedad. Entonces era costumbre que las fallas, para sacar unos ingresos extra, tuviesen o bien una discoteca o bien un pub. Allí todo el trabajo lo hacían los falleros: los camareros eran falleros, los porteros eran falleros, los disc-jockeys eran falleros… Me consta que Toni [«el Gitano»] empezó también así. Entonces, decidí que el camino más corto para entrar en el mundo de la música era apuntarme a la falla. A mí, ser fallero, si te digo la verdad, me daba exactamente igual. Me dijeron que era muy difícil ser disc-jockey, y que podía empezar de camarero. Y me dije que perfecto, que empezaría de camarero, pero que donde yo quería estar en cuanto pudiera era allí arriba en la cabina. Y tardé, nada, meses en liarme y enrollar al que había, Chimo, y decirle, «mira, yo quiero ser disc-jockey, quiero estar aquí contigo». Y el tío, en lugar de repeler un poco la situación y decir «no, no, aquí el disc-jockey soy yo», me enseñó todo lo que pudo. Recuerdo que teníamos una mesa de la marca Musicson y dos platos Lenco.
TONI «EL GITANO»: Coincidiendo con que a mi padre, que era el presidente de la falla Ángel del Alcázar, se le ocurrió hacer un casal más grande, se pensó en poner una discoteca. Era una época en la que muchos casales hacían discotecas, eran locales falleros que hacían sesiones los domingos. Entonces, el casal este abrió la sala, la amplió e hicieron una especie de cabinita con una barra y empecé a poner música allí. Mi padre me decía, «¡va, que te gusta, métete en la cabina». Y pim-pam, pim-pam, iba poniendo música. Esto sería el año 70, y ya en aquella época empezaban Alice Cooper, T. Rex, Slade, Gary Glitter, David Bowie… Allí empecé a pinchar música.
QUIQUE SERRANO: Empecé a comprarme música para mi colección a principios de los años setenta, cuando tenía entre catorce y quince años. Música de Slade, T. Rex, Gary Glitter; es la época del glam rock. Compraba más que nada singles, no tenía dinero suficiente para comprar elepés. Los compraba en Vda. Miguel Roca, y también había algunas tiendas así, pequeñitas, en Valencia, donde podías comprar algunas cositas. Pero básicamente era en Vda. Miguel Roca donde se comparaba todo. Me iba allí con lo poco que podía ahorrar. Yo trabajaba, pero entonces había costumbre de entregar el dinero en casa. Luego, aparte, comprábamos la música para la falla. Los sábados íbamos el otro disc-jockey y yo y nos metían en una cabina, nos iban enseñando temas e íbamos escogiendo. Siempre singles, todavía no había nacido el maxi-single, y el elepé era complicado, no llegaban muchos. Lo que llegaba era el single, el que se editaba aquí, por supuesto.
