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"—Hola, forastero. ¿Todo bien? Jim no pudo evitar devolverle la sonrisa. Tenía los labios carnosos y llevaba su cabello color castaño recogido en una coleta alta. También tenía una sonrisa agradable, la cual llegaba hasta sus ojos marrones. —Sí, tuve un problemilla, pero ya... ¿Qué te trae por aquí? —Vivo aquí. ¿Y tú? —¿Vives aquí o en Boulder City? —Sí, vivo aquí. Soy antropóloga. Estoy trabajando en un proyecto de investigación con nativos americanos." Jim decide dejar su Kentucky natal para empezar una nueva vida en Nevada después de la trágica muerte de su amada mujer y sus dos hijas. Jim quiere dejar atrás todo el dolor sufrido en el último año, pero nunca se hubiese imaginado que lo podría llegar a hacer junto a alguien.
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Seitenzahl: 40
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Camille Bech
LUST
Bajo el sol de Nevada
Original title:
FRISTELSER - Under Nevadas sol
Translated by Adrián Vico
Copyright © 2017 Camille Bech, 2020 LUST, Copenhagen.
All rights reserved ISBN 9788726498295
1st ebook edition, 2020. Format: Epub 2.0
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Jim iba de camino a Boulder City, Nevada, cuando uno de los neumáticos de su coche explotó en medio del desierto. Hacía calor, por lo que se preguntó qué demonios estaba haciendo allí, pero la respuesta era clara: estaba huyendo. Desde que Ann y sus dos hijas fallecieron en un trágico accidente, su vida había sido un infierno, así que decidió mudarse a otro estado para olvidar el pasado. Sin embargo, durante su viaje se admitió a si mismo el hecho de que, por muy lejos que fuera, el recuerdo siempre quedaría grabado en su mente.
Ya había pasado un año desde el trágico accidente. Había vendido su casa y su camión para dejar atrás su vida como camionero. Pronto pilotaría un helicóptero lleno de turistas sobre el Gran Cañón. Alquiló una casa en Boulder City y ya había enviado las pocas pertenencias que quería allí. Su madre le echó una mana; era una de las pocas personas que veía a menudo. Jim se había aislado completamente durante el proceso de deshacerse de todos los recuerdos que quedaban. Los peores momentos llegaron cuando tuvo que limpiar las habitaciones de Emilie y Janell. Tuvo que detenerse varias veces y, al final, le acabó pidiendo a su madre que se encargase de ello.
En el último año había llorado más de lo que había llorado durante toda su vida, y cuando vació los armarios de Ann se derrumbó por completo. Todavía podía sentir su olor cuando acercaba su rostro a la ropa de ella. Llegó a plantearse varias veces si sería mejor seguirlas. En el camino de Oklahoma hasta Kentucky pensó en diferentes formas de hacerlo, pero finalmente recapacitó: su madre también estaba pasando por una situación difícil, al igual que sus suegros. Hubiera sido lo más fácil, pero no lo correcto.
Jim miró a su alrededor, pero no había nadie, así que decidió cambiar el neumático en medio de aquella carretera polvorienta. Tenía hambre y sed, por no hablar de lo sudado que estaba. Lo único que quería era llegar cuando antes a Boulder City para poder ducharse y meterse en la cama. Después de apretar el último perno de la rueda, volvió a colocar sus herramientas en el coche. Cuando ya se disponía a continuar, vio un coche en la distancia. Había conducido durante tanto tiempo sin ver otro coche que se sintió aliviado. Esperó a que el coche lo alcanzara y vio a una mujer inusualmente atractiva detenerse y bajar la ventanilla.
—Hola, forastero. ¿Todo bien?
Jim no pudo evitar devolverle la sonrisa. Tenía los labios carnosos y llevaba su cabello color castaño recogido en una coleta alta. También tenía una sonrisa agradable, la cual llegaba hasta sus ojos marrones.
—Sí, tuve un problemilla, pero ya... ¿Qué te trae por aquí?
—Vivo aquí. ¿Y tú?
—¿Vives aquí o en Boulder City?
—Sí, vivo aquí. Soy antropóloga. Estoy trabajando en un proyecto de investigación con nativos americanos.
Se quedó impresionado. Lo miró fijamente y Jim bajó la mirada. No solo era preciosa, sino que también era inteligente.
—¿Tu marido también es antropólogo?
Ella se rio. Siempre la misma historia...
—¿Qué te hace pensar que estoy casada?
Jim pateó el suelo y se formó una pequeña nube de polvo.
—Supongo que no vives aquí sola. Estamos muy lejos de la civilización.
—Pues vivo aquí sola. Todavía no me has dicho hacia dónde te diriges.
Le contó que había encontrado trabajo y casa en Boulder City.
—¿Tu esposa no viene contigo?
Fijó sus ojos en él con una mirada bastante traviesa.
—No estoy casado.
Sus hermosos labios se tensaron. Fue entonces cuando ella se preguntó si había dicho algo malo.
—Bueno, será mejor que me vaya. —Se dio la vuelta para caminar hacia su coche cuando ella lo llamó.
—Por cierto, forastero, ¿cómo te llamas?
—Perdona... Jim, —dijo mientras le ofrecía su mano.
—Angelina. Probablemente te veré por Boulder City. Suelo pasar por allí para comprar comida. Ha sido un placer, Jim.
