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"El intercambio de ideas hace historia con tanta certeza como el intercambio de disparos. Bajo tres banderas. Anarquismo e imaginación anticolonial es un relato de las conexiones improbables que conformaron la política y la cultura de finales del siglo XIX. Benedict Anderson examina los vínculos entre los anarquistas militantes de Europa y América y los levantamientos antiimperialistas de Cuba, China y Japón. Contada a través de las complejas interacciones intelectuales de dos grandes escritores filipinos –el novelista político José Rizal y el pionero folclorista Isabelo de los Reyes-, esta es es una obra brillantemente original sobre cómo las redes mundiales dieron forma a los movimientos nacionalistas de la época. «Una historia curiosa y fascinante... emocionante e trascendental». The Guardian «Una visión fascinante del flujo global de ideas anarquistas y anticoloniales». Publishers Weekly «Un estudio formidablemente erudito». The Independent «Feroz y conmovedoramente local, concentrado en un puñado de hombres notables y años fatídicos, pero también expansivamente global. […] Anderson está cada vez más convencido de que la historia de ninguna nación tiene sentido si no es desde la óptica más amplia y abarcadora del mundo, pero ¿que sus nacionalismos particulares sean híbridos hasta la médula y estén siempre en movimiento? Esta es la pregunta de este libro». T. J. Clark, London Review of Books"
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Seitenzahl: 510
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Akal / Reverso. Historia crítica / 17
Benedict Anderson
Bajo tres banderas
Anarquismo e imaginación anticolonial
Traducción: Cristina Piña Aldao
El intercambio de ideas forja la historia en la misma medida en que lo hace el estruendo de las armas. Bajo tres banderas. Anarquismo e imaginación anticolonial describe con brillantez las insólitas conexiones establecidas entre la política y la cultura de finales del siglo XIX. Benedict Anderson examina los vínculos anudados entre militantes anarquistas de Europa y América con los levantamientos antiimperialistas acaecidos en los restos del imperio colonial español, en China o en Japón.
Apoyándose en el elaborado intercambio intelectual protagonizado por dos notables escritores filipinos –el gran novelista político José Rizal, ejecutado en 1896 por las autoridades españolas, y el innovador folclorista Isabelo de los Reyes, quien, deportado a la Península y confinado en el castillo de Montjuïc, trabaría contacto con anarquistas catalanes–, Anderson entreteje una obra tremendamente original acerca de cómo las redes globales dieron forma a los movimientos nacionalistas que marcaron toda una época y que tantas enseñanzas encierran para nuestro propio presente.
«Una historia interesante a la vez que cautivadora… excepcional y apasionante».
The Guardian
«Una visión fascinante del flujo global de las ideas anarquistas y anticoloniales».
Publishers Weekly
Politólogo y ensayista de prestigio internacional, Benedict Anderson (1936-2015) fue profesor de Estudios internacionales en la Universidad de Cornell. Entre sus numerosas publicaciones destacan The Spectre of Comparisons (1998), Language and Power (1990), A Life Beyond Boundaries: A Memoir (2016) y, sobre todo, el ya clásico Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo (1993).
Diseño de portada
RAG
Motivo de cubierta
Antonio Huelva Guerrero / Instagram: @sr.pomodoro
Director
Juan Andrade
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Título original
Under Three Flags. Anarchism and the Anti-Colonial Imagination
© Benedict Anderson, 2005
© Ediciones Akal, S. A., 2024
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-5601-0
Reconocimientos
Es un mundo común, mancomunado, en todos los meridianos.
Nosotros los caníbales debemos ayudar a estos cristianos (Queequeg).
En homenaje a Herman Melville
En recuerdo de Tsuchiya Kenji
Para Kenichiro, Carol y Henry
Muchas personas e instituciones me han proporcionado la ayuda indispensable para preparar este libro. Entre las personas, a quien más debo es a mi hermano Perry por recoger incansablemente materiales para ampliar y complicar mi pensamiento y por sus críticas característicamente meticulosas y perspicaces. Tras él, Carol Hau y Ambeth Ocampo. También me gustaría dar mi más sincero agradecimiento a Patricio Abinales, Ronald Baytan, Robin Blackburn, Karina Bolasco, Jonathan Culler, Evan Daniel, Neil Garcia, Benjamin Hawkes-Lewis, Carl Levy, Fouad Makki, Franco Moretti, Shiraishi Takashi, Megan Thomas, Tsuchiya Kenichiro, Umemori Naoyuki, Wang Chao-hua, Wang Hui, Susan Watkins, Joss Wibisono y Tony Wood.
Las cuatro instituciones que han puesto a mi disposición materiales raros son el Internationaal Instituut loor Sociale Geschiedenis de Ámsterdam, la Biblioteca Nacional de Filipinas, la Biblioteca de la Universidad de Filipinas, y la Biblioteca del Ateneo de la Universidad de Manila, en especial al personal encargado de la Colección Pardo de Tavera. Tengo con ellos una enorme deuda de gratitud.
Introducción
Si observamos de noche un cielo tropical, sin luna, en la temporada seca, vemos un reluciente dosel de estrellas estáticas, conectadas tan solo por la oscuridad visible y la imaginación. La serena belleza es tan inmensa que requiere un esfuerzo de la voluntad recordarse a uno mismo que estas estrellas se encuentran de hecho en un movimiento perpetuo y frenético, impulsadas de aquí para allá por la fuerza invisible de los campos gravitacionales de los que forman parte ineludible y activa. Tal es la elegancia caldea del método comparativo que, por ejemplo, me permitió en otro tiempo yuxtaponer el nacionalismo «japonés» con el «húngaro», el «venezolano» con el «estadounidense» y el «indonesio» con el «suizo». Cada uno de los cuales brilla con su propia luz separada, constante y unitaria.
Cuando la noche cayó en el Haití revolucionario, las tropas polacas enfermas de fiebre amarilla enviadas por Napoleón bajo las órdenes del general Charles Leclerc a restaurar la esclavitud, oían cantar de cerca a sus adversarios La Marsellesa y Ça ira! Respondiendo a este reproche, se negaron a cumplir la orden de masacrar a los prisioneros[1]. La Ilustración escocesa fue decisiva para enmarcar la insurrección anticolonial estadounidense. Los movimientos independentistas y nacionalistas de Hispanoamérica son inseparables de las corrientes universalistas del liberalismo y el republicanismo. A su vez, el Romanticismo, la democracia, el Idealismo, el marxismo, el anarquismo e incluso, a última hora, el fascismo se entendieron en general como movimientos globe-stretching y nation-linking. El nacionalismo, el elemento con la mayor valencia de todos, se combinó con todos los demás de diferentes modos y en distintos momentos.
Este libro es un experimento de lo que Melville podría haber denominado astronomía política. Intenta cartografiar la fuerza gravitacional del anarquismo entre nacionalismos militantes de lados opuestos del planeta. Tras el fracaso de la Primera Internacional y la muerte de Marx en 1883, el anarquismo, con sus formas característicamente variadas, fue el elemento dominante de la izquierda conscientemente radical e internacionalista. No fue meramente que en Kropotkin (nacido veintidós años después de Marx) y Malatesta (nacido treinta y tres años después de Engels) el anarquismo produjera un filósofo convincente y un líder activista carismático y pintoresco de una generación más joven, no igualada por el marxismo convencional. No obstante el enorme edificio del pensamiento de Marx, del que a menudo bebía el anarquismo, el movimiento no desdeñaba a los campesinos y a los jornaleros agrícolas en una época en la que los proletarios industriales serios se limitaban principalmente al norte de Europa. Estaba abierto a escritores y artistas «burgueses» (en nombre de la libertad individual), algo que en aquellos días no admitía el marxismo. Igualmente hostil al imperialismo, no tenía prejuicios teóricos contra los nacionalismos «pequeños» y «ahistóricos», incluidos aquellos del mundo colonial. Los anarquistas fueron también más rápidos en aprovechar la enorme migración transoceánica de la época. Malatesta pasó cuatro años en Buenos Aires, algo inconcebible para Marx o Engels, que nunca salieron de Europa Occidental. El Primero de Mayo celebra la memoria de inmigrantes anarquistas –no marxistas– ejecutados en Estados Unidos en 1887.
El enfoque temporal de este libro, en las últimas décadas del siglo XIX, tiene también otras justificaciones. La práctica simultaneidad de la última insurrección nacionalista del Nuevo Mundo (Cuba, 1895) y la primera de Asia (Filipinas, 1896) no fue casual. Los nativos de los últimos restos importantes del legendario imperio planetario español, los cubanos (así como puertorriqueños y dominicanos) y los filipinos no leían meramente unos sobre otros, sino que mantenían cruciales relaciones personales y, hasta cierto punto, coordinaron sus acciones: la primera vez en la historia mundial que una coordinación transplanetaria de ese tipo se hacía posible. Ambos fueron finalmente aplastados, con pocos años de diferencia entre sí, por la misma brutal potencia hegemónica en ciernes. Pero la coordinación no se produjo directamente entre el país montañoso de Oriente y Cavite, sino que estuvo mediada por «representantes», sobre todo en París, y secundariamente en Hong Kong, Londres y Nueva York. Los nacionalistas chinos lectores de periódicos siguieron los acontecimientos de Cuba y Filipinas –así como la lucha nacionalista boer contra el imperialismo británico, que los filipinos también estudiaron– para aprender a «hacer» la revolución, el anticolonialismo y el antiimperialismo. Tanto filipinos como cubanos encontraron, en diferentes anarquistas franceses, españoles, italianos, belgas y británicos, cada uno de ellos por sus propias razones, a menudo no nacionalistas.
Estas coordinaciones se hicieron posibles porque las dos últimas décadas del siglo XIX contemplaron el comienzo de lo que podría denominarse una «mundialización temprana». La invención del telégrafo fue seguida rápidamente por muchas mejoras, y el tendido de cables submarinos transoceánicos. El «cable» se dio pronto por sentado por los habitantes urbanos de todo el planeta. En 1903, Theodore Roosevelt se envió a sí mismo alrededor de todo el mundo un telegrama que le llegó en nueve minutos[2]. La inauguración de la Unión Postal Universal en 1876 aceleró enormemente el movimiento fiable de cartas, revistas, periódicos, fotografías y libros por todo el mundo. El buque de vapor –seguro, rápido y barato– posibilitó enormes migraciones inauditas de país a país, de imperio a imperio y de continente a continente. Una red cada vez mayor de ferrocarriles movía a millones de personas y mercancías dentro de los límites nacionales y coloniales, enlazando en sí interiores remotos y con puertos y capitales.
Durante las ocho décadas transcurridas entre 1815 y 1894, el mundo se mantuvo en general en una paz conservadora. Casi todos los países situados fuera de América estaban dirigidos por monarquías, ya fuesen autocráticas o constitucionales. Las tres guerras más largas y sangrientas del periodo tuvieron lugar en la periferia del sistema mundial: guerras civiles en China y Estados Unidos, la guerra de Crimen en el litoral norte del Mar Negro, y la horrible guerra en la década de 1860 entre Paraguay y sus poderosos vecinos. Las derrotas aplastantes de Bismarck al Imperio austrohúngaro y Francia se alcanzaron con velocidad de vértigo y sin enormes costes en vidas. Europa tenía una superioridad tal en recursos industriales, financieros y científicos que el imperialismo de Asia, África y Oceanía siguió adelante sin mucha resistencia armada efectiva, excepto en el caso del Motín de India. Y el propio capital se movía con rapidez y mucha libertad entre límites nacionales e imperiales.
Pero a comienzos de la década de 1880 se dejaron sentir los temblores preliminares del terremoto que recordamos en general como la Gran Guerra o la Primera Guerra Mundial. El asesinato del zar Alejandro II en 1881 por un grupo terrorista radical que se autodenominaba La Voluntad del Pueblo fue seguido en los siguientes veinticinco años por el asesinato de un presidente francés, un monarca italiano, una emperatriz austriaca y su aparente heredero, un rey portugués y su heredero, un presidente español, dos presidentes estadounidenses, un rey de Grecia, un rey de Serbia y poderosos políticos conservadores de Rusia, Irlanda y Japón. Por supuesto, un número mucho mayor de atentados falló. Los primeros y más espectaculares de estos asesinatos fueron efectuados por anarquistas, pero los nacionalistas pronto siguieron su estela. En la mayoría de los casos, la consecuencia inmediata fue una masa de draconiana legislación «antiterrorista», ejecuciones sumarias y un drástico ascenso de la tortura por parte de las fuerzas policiales, públicas y secretas, así como de los ejércitos. Pero los asesinos, algunos de los cuales bien podrían calificarse de terroristas suicidas precoces, consideraban que actuaban para un público mundial de agencias de prensa, periódicos, organizaciones religiosas progresistas, obreras y campesinas, etcétera.
La competencia imperialista, hasta 1880 todavía en gran medida entre Reino Unido, Francia y Rusia, empezaba a verse intensificada por recién llegados como Alemania (en África, noroeste de Asia y Oceanía), Estados Unidos (a lo largo del Pacífico y en el Caribe), Italia (en África) y Japón (en Asia Oriental). La resistencia también empezaba a mostrar su rostro más moderno y eficaz. En la década de 1890, España tuvo que enviar la hasta entonces mayor fuerza militar al otro lado del Atlántico para intentar aplastar la revolución de Cuba. En Filipinas, España se enfrentó a un levantamiento nacionalista, pero no consiguió derrotarlo. En Sudáfrica, los boers dieron al imperio británico el susto de su larga vida.
Tal es el proscenio general en el que los actores principales de este libro interpretaron sus diversos papeles nómadas. Podría presentarse este argumento más gráficamente, quizá, diciendo que el lector encontrará italianos en Argentina, Nueva Jersey, Francia y el territorio vasco original; portorriqueños y cubanos en Haití, Estados Unidos, Francia y Filipinas; españoles en Cuba, Francia, Brasil y Filipinos; rusos en París; filipinos en Bélgica, Austria, Japón, Francia, Hong Kong, y Reino Unido; japoneses en México, San Francisco y Manila; alemanes en Londres y Oceanía; chinos en Filipinas y Japón; franceses en Argentina, España y Etiopía, y así sucesivamente.
En principio, podría abrirse el estudio de esta enorme red rizómica en cualquier parte: Rusia acabaría llevándonos a Cuba, Bélgica conduciría a Etiopía, Puertos Rico nos llevaría a China. Pero este estudio particular parte de Filipinas por dos razones sencillas. La primera es que yo siento un profundo apego a las islas, y las llevo estudiando, de manera intermitente, veinte años. La segunda es que, en la década de 1890, aun estando situadas en la periferia exterior del sistema mundial, desempeñaron brevemente una función mundial que desde entonces las ha eludido. Una razón subordinada es el material del que dispongo. Los tres hombres cuyas vidas sostienen el estudio –nacidos con una diferencia de tres o cuatro años a comienzos de la década de 1860– vivieron en el tiempo sagrado anterior a la llegada de la fotocopia, el fax e internet. Escribieron copiosamente –cartas, panfletos, artículos, estudios académicos y novelas– en pluma y tinta indelebles, en papel que se esperaba que tuviese una vida casi infinita. (En la actualidad, los archivos estadounidenses se niegan a aceptar nada fotocopiado –se volverá ilegible en veinte años– o en forma electrónica, que será ilegible, o legible solo mediante un coste prohibitivo, aún antes, debido al ritmo vertiginoso de la innovación tecnológica).
No obstante, un estudio que, aunque superficialmente, nos lleve a Río de Janeiro, Yokohama, Ghent, Barcelona, Londres, Harar, París, Hong Kong, Smolensko, Chicago, Cádiz, Port-au-Prince, Tampa, Nápoles, Manila, Leitmeritz, Cayo Hueso y Singapur exige su propio estilo narrativo combinatorio. En este estilo hay dos elementos fundamentales: el segundo (históricamente) es el montaje de Eisenstein, mientras que el primero es el de la roman-feuilleton de la que Charles Dickens y Eugène Sue fueron precursores. Pido, por lo tanto, al lector o a la lectora que imaginen que están viendo una película en blanco y negro o viendo una novela manqué cuya conclusión se encuentra por encima del cansado horizonte del novelista.
Hay una nueva carga sobre el buen lector. A finales del siglo XIX se dio un «lenguaje internacional» todavía no horrible y comercialmente envilecido. Los filipinos escribían a los austriacos en alemán, los japoneses en inglés, entre sí en francés, español o tagalo, con intervenciones liberales del último idioma internacional hermoso, el latín. Algunos sabían un poco de ruso, griego, italiano, japonés y chino. Podía enviarse un cable alrededor del mundo en cuestión de minutos, pero la verdadera comunicación exigía el verdadero y difícil internacionalismo del políglota. Los líderes filipinos estaban peculiarmente adaptados a este mundo de Babel. La lengua de su enemigo político era también su lengua personal, aunque entendida por menos del 5% de la población filipina. El tagalo, el idioma nativo usado en Manila y su periferia inmediata, no lo entendía la mayoría de los filipinos, y en cualquier caso era inútil para la comunicación internacional. Muchos hablantes nativos de las lenguas locales, en especial el cebuano y el ilocano, preferían el español, a pesar de que esta lengua fuese, en Filipinas, un claro marcador de elite, incluso de categoría colaboracionista. Para dar al lector una percepción más viva de un mundo políglota ya desaparecido, este estudio cita liberalmente en los distintos idiomas en los que estas personas se escribían entre sí y a los no filipinos. (Todas las traducciones del libro son mías, a no ser que se indique lo contrario).
La estructura formal del libro se rige por su método y sus objetos. Tiene un comienzo preciso, aunque arbitrario, en la tranquila y remota Manila de la década de 1880, y después se extiende gradualmente por toda Europa, América y Asia hacia un finis aún más arbitrario para el que ninguna «conclusión» parece factible. Está anclado, si esa es la mejor palabra, en las vidas jóvenes de tres destacados patriotas filipinos nacidos a comienzos de la década de 1860: el genial novelista José Rizal, el pionero de la antropología y polémico periodista Isabelo de los Reyes, y el organizador y coordinador Mariano Ponce.
Los capítulos 1 y 2 son dos estudios contrastados sobre dos libros notables: El folk-lore filipino de Isabelo (Manila, 1887) y la enigmática segunda novela de Rizal, El Filibusterismo (Ghent, 1891). Investigan de qué modos: (1) el antropólogo desplegaba abiertamente el trabajo de los etnólogos y los folcloristas europeos contemporáneos, junto con su propia investigación local, para debilitar la credibilidad intelectual de las autoridades coloniales, tanto clericales como laicas; (2) el novelista se inspiraba alquímicamente en figuras claves de las vanguardias literarias francesa, holandesa y española para escribir la que probablemente fuera la primera novela anticolonial incendiaria escrita por un súbdito colonial fuera de Europa.
El siguiente capítulo empieza con el alejamiento de la crítica literaria aficionada para acercarse al campo de la política. El Filibusterismo sigue siendo el tema principal, pero se explica a través del filtro de las lecturas y las experiencias de Rizal en Europa entre 1882 y 1891, así como las secuelas de su primera y brillante novela, Noli me tangere, que lo convirtió en símbolo de la resistencia filipina al gobierno colonial y lo convirtió en objeto de una amarga enemistad en las altas instancias. También trata de los conflictos políticos que se agudizaron entre los activistas filipinos en España. Se sostiene que El Filibusterismo es una especie de novela planetaria, en contraste con su predecesora. Sus personajes ya no son simplemente los españoles y sus súbditos nativos, sino que incluyen nómadas de Francia, China, Estados Unidos, Europa e incluso, sospechan algunos personajes, Cuba. En estas páginas aparecen las sombras de Bismarck en Europa y Asia Oriental, de la innovación de Nobel en los explosivos industriales, del nihilismo ruso y del anarquismo de Barcelona y Andalucía.
El capítulo 4 cubre los cuatro años transcurridos entre el regreso de Rizal a su país en 1891 y su ejecución al final de 1896. Analiza sobre todo las transformaciones que se producen en Cuba y en las comunidades de emigrados cubanos en Florida y Nueva York, que permitieron a Martí planear y lanzar una insurrección revolucionaria armada en 1895 (y el éxito de sucesor en mantener con un enorme coste la gigantesca fuerza expedicionaria enviada para aplastarla). El comienzo de este ataque se produjo una semana después de que se firmase el Tratado de Shimonoseki (tras la victoria japonesa en la Guerra Chino-Japonesa de 1895), que, al entregar Taiwán a Tokio, puso a la primera potencia asiática a un día de navegación de la costa norte de Luzón. Se dedican sustanciales fragmentos al plan fracasado de Rizal de crear una colonia de filipinos en el noroeste de Borneo (que en algunos ámbitos importantes se interpreta como una continuación del ejemplo del libro de Tampa de Martí), y a sus difíciles relaciones con los katipunan clandestinos que lanzaron un levantamiento armado contra el dominio español en 1896.
El capítulo 5 es el más complicado. Dos meses antes de que estallase el levantamiento de los katipunan, tuvo lugar el más sangriento de los múltiples atentados anarquistas en Barcelona en tiempos de guerra. El régimen conservador del primer ministro Cánovas respondió con la ley marcial en la propia ciudad, detenciones masivas de izquierdistas y la práctica de las más terribles torturas en el lóbrego castillo de Montjuïc. Entre los encarcelados se encontraba el notable anarquista criollo cubano Tarrida del Mármol. Una vez liberado, se dirigió a París, donde lanzó una extraordinaria cruzada contra el régimen de Cánovas, principalmente a través de las páginas de La Revue Blanche, entonces la revista de vanguardia más importante de Francia, quizá del mundo. La larga serie de artículos escrita por Tarrida, que empezó poco antes de la ejecución de Rizal, relacionó las feroces represiones en Cuba, Puerto Rico, Barcelona y Filipinas. La cruzada de Tarrida se extendió con rapidez por la prensa anarquista de Europa y del otro lado del Atlántico, y pronto obtuvo un firme respaldo de muchas otras organizaciones y revistas progresistas. En París, sus aliados clave fueron Félix Fénéon y Georges Clémenceau: Fénéon, la fuerza motriz intelectual de La Revue Blanche, era un brillante crítico de arte y teatral, pero también un comprometido anarquista antiimperialista que no dudaba en lanzar él mismo una bomba. Clémenceau, también antiimperialista comprometido, había sido alcalde Montmarter durante la Comuna de París, era amigo de muchos anarquistas encarcelados y trabajaba con firmeza, como periodista y político, a favor de los derechos de los trabajadores. Ambos participaron de manera muy activa en el asunto Dreyfus que estalló en el otoño de 1897.
El capítulo analiza después los antecedentes del asesinato de Cánovas el 9 de agosto de 1897 por el joven anarquista italiano Michel Angiolillo, el cual auguró la caída del imperio español al año siguiente. El personaje clave fue el Dr. Ramón Betances, el legendario conspirador puertorriqueño para la independencia de las colonias antillanas y enemigo tanto de España como del voraz Estados Unidos. El doctor no era en modo alguno anarquista, pero encontró los aliados europeos más enérgicos para su causa entre los anarquistas italianos y franceses. Las dos últimas grandes secciones giran en torno a las actividades del íntimo amigo de Rizal, Mariano Ponce, y de Isabelo de los Reyes. Ponce huyó de España en el otoño de 1896, y pronto empezó a trabajar como agente diplomático y propagandístico fundamental para el gobierno revolucionario filipino, primero en Hong Kong y después en Yokohama. El libro analiza la notable correspondencia de Ponce con los filipinos y otros muchos extranjeros de Ciudad de México, Nueva Orleáns, Nueva York, Barcelona, París, Londres, Ámsterdam, Shanghai, Tokio y Singapur, y considera diversos indicios de su influencia, en especial en Japón y en la comunidad china allí residente. Isabello, por su parte, fue encarcelado poco después del levantamiento de Katipunan, y al volver a Manila para enfrentarse al nuevo régimen colonial estadounidense, llevó con él los primeros ejemplares de libros de Kropotkin, Marx y Malatesta que llegaron a ese país. Practicó lo que los anarquistas le habían enseñado organizando la primera central sindical seria y militante de Filipinas.
Solo queda decir que si los lectores encuentran en este texto una serie de paralelos y resonancias con nuestro propio tiempo no estarán equivocados. En la convención republicana de 2004 en Nueva York, vigilada por muchos miles de policías y otro personal de «seguridad», la policía metropolitana declaró a los periódicos que el peligro no procedía de los comunistas, ni siquiera de los musulmanes fanáticos, sino de los anarquistas. Casi al mismo momento, se erigía en Chicago un monumento a los Mártires de Haymarket. The New York Times comentaba con suficiencia que «solo ahora se han apaciguado suficientemente las pasiones» como para que se produjera esa inauguración. Es cierto que Estados Unidos es un continente.
[1] Véase la conmovedora descripción de C. L. R. James, The Black Jacobins, ed. rev., Nueva York, Vintage, 1989, pp. 317-318.
[2] La transmisión telegráfica de fotografías llegó inmediatamente después del periodo cubierto por este libro. En 1902, el científico alemán Alfred Korn demostró que podía hacerse y, en 1911, los circuitos de foto por cable ya conectaban Londres, París y Berlín.
1. Prólogo. El huevo del gallo
En 1887, en la Exposición filipina en Madrid, un indio[1] de veintitrés años llamado Isabelo de los Reyes, residente en la Manila colonial, obtuvo una medalla de plata por un extenso manuscrito en español que tituló El folk-lore filipino. Compuso este texto en involuntaria unión con José Rizal (que tenía entonces 25 años), quien, tras viajar un tiempo por el norte de Europa, publicó su incendiaria primera novela, Noli me tangere, en Berlín ese mismo año. Este libro le valió el martirio en 1896 y, más tarde, la categoría eterna de padre de la patria y primer filipino.
¿QUIÉN FUE ISABELO[2]?
Nació en 1864 en la ciudad arzobispal, todavía atractiva, de Vigan, al norte de Luzón –frente a Vietnam, al otro lado del Mar de China– de padres pertenecientes al grupo étnico de los ilocanos, la mayoría de los cuales eran en aquellos días analfabetos. Sin embargo su madre, Leona Florentino, era evidentemente una poeta de cierta calidad, de forma que en la exposición de Madrid y en otras posteriores su poesía se presentó a los españoles, los parisinos y los habitantes de San Luis[3]. Este logro no salvó su matrimonio, e Isabelo fue confiado con seis años a un pariente rico, Mena Crisólogo, que lo envió a una escuela de primaria adjunta al seminario local regido por los agustinos. Parece que el comportamiento abusivo de los frailes católicos españoles despertó en el muchacho un odio hacia las órdenes religiosas católicas que persistió toda su vida y tuvo serias consecuencias para su trayectoria profesional posterior. En 1880, a los dieciséis años, escapó a Manila, donde enseguida se tituló en el Colegio San Juan de Letrán; después estudió derecho, historia y paleografía en la antigua Universidad Pontificia (dominica) de Santo Tomás, entonces la única universidad en todo el este y el sureste de Asia.
Isabelo de los Reyes (sentado, derecha).
Mientras tanto, el padre de Isabelo había muerto, y el joven, obligado a mantenerse, se sumergió en el floreciente mundo del periodismo, colaborando con la mayoría de los periódicos de Manila, e incluso, en 1889, publicando su propio periódico, El Ilocano, el primer periódico en una lengua vernácula filipina. Pero cuando todavía era adolescente, Isabelo leyó un llamamiento en un periódico de Manila publicado en español, La Oceanía Española (fundado en 1887), en el que se solicitaba a los lectores que aportasen artículos para avanzar en una nueva ciencia, denominada el folk-lore, seguido de un sencillo esquema sobre cómo se debía hacer esto. Inmediatamente se puso en contacto con el director español, quien le dio una colección de «libros de folklore», y le pidió que escribiese sobre las costumbres de su Ilocos natal. Dos meses más tarde, Isabelo comenzó su trabajo, y poco después comenzó a publicar, no solo sobre Ilocos, sino también sobre la ciudad natal de su esposa, Malabon, sobre las afueras de Manila, sobre la provincia de Zambales, Luzón central, y en términos generales sobre lo que él denominó el folk-lore filipino. Se convirtió en una de las grandes pasiones de su vida.
Plaza de Binondo en Manila, hacia 1890.
LA NUEVA CIENCIA
La cuestión, naturalmente, es por qué. ¿Cuál era el significado del folk-lore para un joven nativo, que había recibido educación religiosa, en la década de 1890? Se puede obtener mucha información en la Introducción y en las primeras páginas de esta obra maestra de juventud[4]. En ella, Isabelo describe el folk-lore, si bien con ciertas dudas, como una ciencia nueva, quizás haciéndose conscientemente eco de la Scienza Nuova de Giambattista Vico, que había irrumpido en la escena transeuropea a mediados del siglo XIX, gracias a los esfuerzos de Michelet y otros. Isabelo explicó a sus lectores, tanto en Filipinas como en España, que la palabra «folklore» –que él tradujo ingeniosamente como saber popular– la había inventado tan solo en 1846 el anticuario inglés William Thoms, en un artículo publicado en el Athenaeum de Londres. La primera sociedad de folclore del mundo no se había organizado en Londres hasta 1878; únicamente seis años antes de que Isabelo comenzase su propia investigación[5]. Le siguió la francesa ya en 1886, cuando Isabelo comenzaba a escribir. A los españoles les había cogido intelectualmente adormecidos; cuando llegó su turno adaptaron sin pensárselo dos veces el término inglés al castellano como el folk-lore. Como su contemporáneo Rizal, Isabelo se situaba al lado del pionero Reino Unido, por delante de la lenta metrópolis colonial. Era como un rápido surfista en la cresta de la ola del avance mundial de la ciencia, algo nunca antes imaginable para un nativo de lo que él mismo denominaba esta «remota colonia española en la que la luz de la civilización brilla solo tenuemente»[6]. Esta postura la reafirmó de diversas formas instructivas.
Por una parte, se apresuró a mencionar en la Introducción que parte de su investigación había sido traducida ya al alemán –entonces el idioma del pensamiento erudito avanzado– y publicada en periódicos (Ausland y Globus) que, afirmaba, eran los principales órganos europeos en este campo. El folk-lore filipino analizaba también diplomáticamente las opiniones de importantes contemporáneos anglosajones sobre el estado de la ciencia nueva, sugiriendo así amablemente que eran más serias que las de los folkloristas españoles peninsulares. También debe de haberle divertido comentar que «Sir George Fox» había incurrido en un error conceptual al confundir folclore con mitología, y también algunos contemporáneos castellanos al trabucar mitología y teogonía[7].
Por otra parte, la novedad de esta ciencia tenía un especial aspecto colonial que él no dudó en subrayar. Dedicó su libro a «los folk-loristas españoles de la Península, que me han dispensado toda clase de atenciones». Su introducción hablaba cálidamente de los «colegas» de España –los directores de El folk-lore español y del Boletín de la Enseñanza Libre de Madrid en la capital imperial, y del Boletín Folklórico de Sevilla– quienes lo habían mantenido al día sobre la investigación realizada en la Península que corría paralela a su propio trabajo sobre El folk-lore filipino.
La peninsularidad, por así decir, de estos colegas se subrayaba regularmente, así como la peninsularidad de su investigación. Sin decirlo explícitamente, Isabelo insinuaba (correctamente) que ningún español colonial o criollo estaba haciendo nada comparable en Filipinas. Esta sugerencia, por supuesto, le permitía situarse como un pionero de la nueva ciencia universal, muy a la cabeza de los señores coloniales. Para explicar esta situación peculiar, Isabelo recurrió a un ingenioso artificio, ciertamente necesario dado el carácter violento y reaccionario del régimen colonial del momento, dominado por la clerecía. Describió una serie de distinguidos intercambios en la prensa de Manila con un doctor en medicina y literato aficionado, de tendencia liberal (casi ciertamente peninsular), que había colaborado en los periódicos locales bajo el pseudónimo de Astoll[8]. Este sistema le permitió citar al peninsular como admirador del coraje y la imaginación de Isabelo, pero con un profundo pesimismo sobre las posibilidades de su éxito, en vista de la abrumadora indiferencia, indolencia y estupor mental reinantes en la colonia. «Aquí lo único que crece con exuberancia son el camgón y el molave –dos tenaces malas hierbas locales–»[9]. Y cuando Astoll finalmente rompió desesperado su intercambio, Isabelo, que había planteado indirectamente la pregunta de por qué «ciertas corporaciones» (en referencia a las órdenes religiosas) no habían contribuido en absoluto, comentó que en esas circunstancias «la prudencia no le podía haber dictado otra cosa». Isabelo se consideró entonces como la persona que introduce la luz de la Europa moderna en la oscuridad mental del régimen colonial.
La novedad, sin embargo, tenía todavía otro aspecto en El folk-lore filipino, y este estaba relacionado con la idea de ciencia. La Introducción contiene un análisis muy interesante sobre el debate más amplio entre los científicos acerca de la categoría de los estudios del folclore. Isabelo disfrutaba señalando que una facción de los folkloristas peninsulares estaban tan impacientes por convertir el folk-lore en una ciencia teórica que pronto no se podrían entender entre sí; abría de esta manera el camino a una discusión internacional muy necesaria, en la que los anglosajones parecían más modestos y prácticos. En el otro extremo se encontraban aquellos folcloristas españoles que eran meros coleccionistas sentimentales de costumbres y concepciones a punto de desaparecer, para algún futuro museo sobre el pasado. Isabelo dejó clara su opinión acerca del objetivo del folclore, y cuál era en su opinión el valor social del mismo. En primer lugar, ofrecía la oportunidad de reconstruir el pasado indígena, lo que en Filipinas era imposible de realizar por cualquier otro medio, dada la ausencia de monumentos, inscripciones prehispánicas o, en realidad, la práctica ausencia de registros escritos. (Cuando Rizal intentó hacer lo mismo poco después, no vio otra forma de proceder que leer entre líneas en los mejores escritos de los primeros administradores españoles de la época de la conquista). Una investigación seria sobre las costumbres, creencias, supersticiones, refranes, trabalenguas, conjuros, etcétera, arrojaría luz sobre lo que él denominaba la «religión primitiva» del pasado prehispánico. Pero –y aquí se distinguía netamente de los costumbristas aficionados– también subrayaba la importancia de las comparaciones. Confesó que antes de terminar esta investigación, había creído firmemente, debido a sus diferentes idiomas, fisionomías, conducta, etcétera, que los vecinos tagalos y los ilocanos eran razas distintas. Pero la comparación le había demostrado que estaba equivocado y que las dos etnias derivaban claramente de un origen común. El título, El folk-lore filipino, daba a entender que una investigación más amplia demostraría que todos los habitantes indígenas del archipiélago tenían un origen común, independientemente de los idiomas que hablasen ahora o de la diferencia de costumbres y religiones que tuviesen en ese momento. Todo esto significaba que en contra de los historiadores oficiales de la colonia, que comenzaban sus narraciones con la conquista del siglo XVI, la historia real del archipiélago y de su pueblo/pueblos (aquí dudaba a menudo) se retrotraía mucho más en el tiempo, y no se podía ceñir a la época colonial.
RIQUEZAS DEL CONOCIMIENTO LOCAL
Por otra parte –y aquí Isabelo hizo un movimiento que lo distanció radicalmente de sus colegas peninsulares– la nueva ciencia no podía y no debía confinarse a excavaciones sentimentales de lo pintoresco. El folk-lore filipino es sobre todo el estudio de lo contemporáneo, en especial de lo que él denominó el saber popular [hoy, usaríamos la expresión «conocimiento local»]. Este saber hacía referencia al verdadero conocimiento, no a la tradición [lore], con sus connotaciones de desfasado y anticuado. Isabelo ofreció el ejemplo hipotético de un salvaje de los bosques cercanos a su región natal del sur de Ilocos que podría, cualquier día (accidentalmente, decía Isabelo) descubrir que cierta fruta local proporcionaba un mejor antídoto contra el virus del cólera que el fabricado en ese momento a instancias del Dr. Ferrán, un científico médico español[10]. El marco de tales afirmaciones era la ausencia de un conocimiento científico serio sobre casi todo lo referente a Filipinas. La recopilación Flora de Filipinas, publicada recientemente por los agustinos, distaba mucho de ser completa, por ejemplo[11]. Los indígenas tenían un conocimiento mucho más profundo de las plantas medicinales, de la flora y la fauna, de los suelos y las variaciones climáticas que los colonialistas, y esta enorme reserva de conocimientos, contenida en el saber popular, era todavía desconocida para el mundo. Filipinas aparecía así no meramente como una región que contenía una masa de elementos exóticos desconocidos para los europeos, sino también el emplazamiento de una significativa contribución futura a la humanidad derivada del saber del pueblo, de sus propios idiomas, pero del que los españoles no tenían idea. Era exactamente la falta de conocimientos sobre Filipinas la que daba a su folclore un carácter futuro que estaba necesariamente ausente en el folclore de la España peninsular. Era también, sin embargo, la especificidad viviente de Filipinas la que le permitía ofrecer a la humanidad algo paralelo e igual a lo de cualquier otro país. Esta es la lógica que mucho más tarde haría posible y plausible la Organización de Naciones Unidas. Hasta el momento, todo claro. Demasiado claro, de hecho. Porque el texto de Isabelo, bajo la brillante luminosidad de sus temas principales, tampoco carece de oscuras complicaciones. Podríamos meditar sobre ellas bajo tres apartados.
En primer lugar, ¿qué era Isabelo para sí mismo? Para comenzar, es necesario subrayar la ambigüedad del término filipino en español. En la época de Isabelo este adjetivo tenía dos significados diferentes en el habla común: 1) perteneciente, situado u originario de las islas Filipinas; 2) criollo, del grupo social nacido en Filipinas, pero «español puro». Lo que no significaba es lo que hoy en día significa filipino, una etnia nacional indígena. Se puede ver cuánto han cambiado las cosas a lo largo del siglo pasado comparando solo una frase de la Introducción de Isabelo con su reciente traducción al inglés americano de dos estudiosos filipinos. Isabelo escribió: «Para recoger del saco roto la organización del folk-lore regional filipino, juzgué oportuno contestar al revistero de El Comercio y, aprovechando su indirecta, aparenté sostener que en Filipinas había personas ilustradas y estudiosas que pudieran acometer la empresa»[12]. La traducción publicada –completamente anacrónica– reza: «I tried to defend the establishment of Filipino Folklore by answering the accusation of the columnist of El Comercio, by bravely stating that there are indeed filipino scholars ready and capable of undertaking the task»[13]. Mientras que Isabelo estaba pensando en una especie de folclore global que incluyese la porción regional de las islas Filipinas, y hablaba de personas ilustradas de Filipinas –sin especificar etnia– los traductores han omitido el adjetivo «regional» para crear un folclore de los filipinos, y sustituido «personas ilustradas» por un novedoso «estudiosos filipinos».
LOS HERMANOS SELVÁTICOS
En El folk-lore filipino, Isabelo nunca se describió como filipino, porque el uso moderno no existía realmente en su época. Además, un filipino era entonces exactamente lo que él no era: un criollo. Sí se describía a sí mismo de otras maneras: a veces, por ejemplo, como indígena (pero nunca con el término despectivo de indio), y a veces como ilocano. En un párrafo notable escribió: «Y hablando de patriotismo, ¿acaso no se ha dicho varias veces en periódicos que para mí solo son buenos Ilocos y los ilocanos? […] Cada uno sirva á su pueblo según su manera de pensar, y yo con el folk-lore ilocano creo contribuir á esclarecer el pasado del mío». En otras partes, sin embargo, insistía en que su objetividad había sido tan estricta que «he sacrificado a la ciencia el cariño de los ilocanos, pues que se quejan de que he sacado a relucir sus prácticas no muy buenas». Afortunadamente, sin embargo,
he de advertirles que he recibido entusiastas plácemes de varios sábios de Europa, cuales dicen que con el folk-lore ilocano, dejando á un lado patriotismo mal entendido, he prestado señalado servicio á Ilocos, mi patria adorada, pues con él he dado materiales abundantes á los doctos para que puedan estudiar su prehistoria y otros problemas científicos, referentes á aquella provincia[14].
Rizal comenzó su enfurecida novela, Noli me tangere, con un celebrado prefacio dirigido a su madre patria, que incluía estas palabras: «Deseando tu salud que es la nuestra. Y, buscando el mejor tratamiento, haré contigo lo que con sus enfermos los antiguos: exponíanlos en las gradas del templo, para que cada persona que viniese á invocar a la Divinidad le propusiese un remedio»[15] y, en el último poema que escribió antes de su ejecución, en 1896, habló también de su patria adorada. ¿Pero era la de Isabelo?
Hay una hermosa frase en la Introducción a El folk-lore filipino en la que Isabelo se describía a sí mismo como «hermano de los selváticos, aetas, igorrotes y tinguianes». Estos pueblos supuestamente primitivos, la mayoría de ellos paganos antes de que amaneciese el siglo XX, y muchos nunca subyugados por el régimen colonial español, vivían y viven en la elevada cordillera que flanquea la estrecha llanura costeña de Ilocos. En su niñez, Isabelo debió de verlos bajar de la selva con su «extravagante vestimenta» a intercambiar sus productos por mercancías de la llanura. Todavía hoy, en la Gran Cordillera se habla una forma de ilocano como lengua franca. Ningún otro en tiempos de Isabelo, y ciertamente nadie que se considerase ilustrado, habría hablado en tales términos de estos habitantes de la selva que parecían, en su indómita fortaleza, enormemente remotos para cualquier habitante de medio urbano, hispanizado, católico. (Y por aquellos tiempos, Isabelo nunca habló de ningún otro grupo de Las Filipinas como sus hermanos). Aquí uno empieza a comprender que era posible que él considerase a su provincia como un gran pueblo y como una patria adorada, dado que de la forma más concreta vinculaba como hermanos a los paganos «salvajes» de las montañas con un hombre que obtenía premios en Madrid. Aquí también se detecta una razón subyacente por la que, en sus esfuerzos protonacionalistas, Isabelo se decidió por el folclore, más que por la novela o el periodismo. El folclore –folclore comparativo– le permitía establecer un puente sobre la más profunda sima de la sociedad colonial, que no se encontraba entre colonizados y colonizadores: todos ellos vivían en las llanuras, todos eran católicos, y se trataban todo el tiempo. Era el abismo entre todos estos y aquellos a quienes hoy denominaríamos «minorías tribales»: habitantes de las montañas, cazadores y recolectores, «cazadores de cabezas»; hombres, mujeres y niños enfrentados a un futuro –posiblemente violento– de asimilación, incluso de exterminio. A partir del folk-lore, hijo de William Thoms, emergió, por lo tanto, una hermandad nueva y extraña, y un padre/madre patria adorada para el joven Isabelo.
EXTRAÑAS BELLEZAS
¿Cuáles eran los propósitos más profundos del trabajo del folklorista en las islas Filipinas? Aparte de sus potenciales contribuciones a las ciencias modernas y a la reconstrucción del carácter del «hombre primitivo», podemos detectar tres con claro carácter político. En primer lugar, está la posibilidad –la esperanza– de un renacimiento cultural. Con cierta prudencia taimada, en este aspecto, Isabelo permitió que fuese Astoll quien hablase en su nombre:
Además, en el folk-lore podría quizás tener origen la poesía filipina; es decir, la poesía inspirada en asuntos filipinos, y nacida en la mente de vates filipinos. Y aquí oiga ya, Sr. de los Reyes, las burlonas carcajadas de alguno de esos faroles, que tanta gracia le han hecho á usted. Pero déjelos que se rían, porque esos mismos se reían también de otras manifestaciones del ingenio de este pueblo, y luego bajaron la cabeza, confundidos ante los laureles de Luna y Resurrección. Y no hay que dudarlo, en las tradiciones populares del país brotará algún día la fuente de la inspiración, si esas tradiciones llegan á ser de dominio público. En esas tradiciones y en esas prácticas supersticiosas, que V. va dando á conocer podrán inspirarse algún día vates insignes, amadores entusiastas de las peregrinas bellezas de este rico vergel[16].
En otro lugar, Isabelo cita de nuevo a Astoll:
Y si sus trabajos é investigaciones (los del folk-lore) hacen relación con pueblos como el filipino donde el carácter de los naturales ha sido retratado únicamente por brochas de torpes enjalbegadores, compréndese bien cuanto habría de ser el provecho que de esa institución podría obtenerse.
Aquí la obra de Isabelo, impresa en Manila, podía inaugurar la posibilidad de un gran florecimiento del talento literario y poético para los naturales, un talento ante el que groseros peninsulares y criollos tendrían que bajar la cabeza confusos. Esta es la esperanza y la estrategia normal de los nacionalistas anticoloniales: «Equipararse» al poder imperial.
El segundo propósito de Isabelo sería subvertir el dominio de la reaccionaria Iglesia de la colonia, expuesto en un capítulo maravillosamente inexpresivo titulado «De las supersticiones ilocanas que se han de hallar en Europa». Comienza de esta guisa:
Aprovechando los materiales folk-loricos recogidos en Andalucía por D. Alejandro Guichot y D. Luis Montoto, en Madrid por D. Eugenio de Olavarría y Huarte, en Cataluña por D. José Pérez Ballesteros, en Asturias por D. Luis Giner Arivau, en Portugal por Consiglieri Pedroso en su Tradiçoes populares portuguezas, y otros autores, he formado la siguiente lista de supersticiones, que supongo hayan introducido los españoles en los pasados siglos, lo que no sería extraño, puesto que en los primeros días de la dominación española, estaban en boga en la Península las creencias más absurdas[17].
Maliciosamente, la lista comienza:
Los gallos en llegando á viejo, ó estando siete años en alguna casa ponen un huevo del que nace cierto lagarto verde que mata al dueño de la casa; ó una serpiente que si mira primero al dueño, este morirá: pero si se adelanta en mirarla, ella es la que fina, según los portugueses y franceses. Del huevo nace el basilisco, según los italianos é ingleses, y también en el centro de Europa. El P. Feijóo dice que «es verdad que el gallo, en su ultima vejez, pone un huevo». Los gallegos é ilocanos estan acordes en que es un escorpión el contenido del huevo[18].
Otros ejemplos irresistibles son los siguientes: «Para que las visitas no se prolonguen mucho, los ilocanos ponen sal en sus sillas (las de las visitas). Los españoles colocan una escoba puesta verticalmente, detrás de la puerta: los portugueses un zapato ó banco en el mismo sitio, ó echan sal á la lumbre». «En Castilla como en Ilocos, se tiran los dientes caídos al tejado, para que nazcan otros». «Cuando el gato se lava la cara, anuncia lluvia, según los gallegos, y al decir de los ilocanos, llueve, si bañamos á dicho animal». «Es señal de viento correr mucho los gatos, dicen los gallegos, y los filipinos sustituyen por dichos animales a las cucarachas». Finalmente: «Dormir con la cabecera al Este es malo para los ilocanos. Para los peninsulares (españoles y portugueses) es bueno. El Sur es mala cabecera, para ambos: peninsulares é ilocanos».
Se puede comprender por qué Isabelo sentía un singular placer dedicando su libro a folkloristas peninsulares, dado que ellos le habían ofrecido a él materiales científicos que demostraban las «creencias ridículas» de los conquistadores y probaban que, si los colonialistas veían con desprecio las supersticiones ilocanas, deberían reconocer muchas de ellas como importaciones de las suyas propias: cualquier rareza de las creencias populares ilocanas tenía fáciles análogos en las rarezas de la península Ibérica, Italia, Europa Central e incluso Inglaterra.
El tercer objetivo es una autocrítica política. Isabelo escribió que estaba intentando demostrar, a través de su exposición sistemática del saber popular, aquellas reformas que deben emprenderse de las ideas y prácticas diarias del pueblo con un espíritu de autocrítica. Habló de que su obra trataba de «algo más serio que el ridiculizar á mis paisanos, que ya sabrán corregirse, después de verse retratados». Bajo esta luz, el folclore sería un espejo que se mantiene ante la gente de forma que en el futuro puedan avanzar por la gran senda del progreso humano. Está claro, entonces, que Isabelo estaba escribiendo para un público y medio: los españoles, cuyo idioma estaba utilizando, y su propio pueblo, cuyo idioma no estaba utilizando, y del cual solo una pequeña minoría podía leer su obra.
¿Dónde se situaba Isabelo al emprender esta tarea? En esta coyuntura tal vez estemos llegando a la parte más interesante de nuestra pesquisa. Durante la mayoría de los cientos de páginas de este libro, Isabelo se expresaba como si no fuese ilocano, o al menos, como si viese a su gente desde fuera. A los ilocanos se hace referencia casi siempre como «ellos», no como «nosotros». Por ejemplo: «Es creencia entre los ilocanos que el fuego producido por el rayo y por la centella, no se puede apagar con agua, sino con vinagre». Mejor aún:
Los ilocanos no pueden darnos perfecta idea acerca de la naturaleza de los mangmangkík, y dicen que no son demonios, asegún la idea que los católicos tienen de los demonios»[19].
Aquí Isabelo se situó en las filas de los especialistas en folclore mundial, mirando de arriba abajo a «los ilocanos», y distinguiendo desapasionadamente sus supersticiones de las credulidades paralelas de «los católicos».
Al mismo tiempo hay una serie de pasajes con una tonalidad bastante diferente. Al comienzo de la exposición de sus resultados de investigación, Isabelo escribió:
Los ilocanos (en particular los de Ilocos Norte) al principiar á cortar árboles en los montes, entonan los siguientes versos:
Barí, barí!
Ta pumukan kamí
Iti pabakirda kamí.
Cuya traducción literal es la siguente: barí-barí (interjección ilocana que no tiene equivalente en castellano) no te incomodes, compadre, porque cortamos lo que nos mandan.
Aquí Isabelo se sitúa firmemente dentro del mundo ilocano. Sabe lo que significan las palabras en ilocano, pero sus lectores no: para ellos (y con ellos se refiere no solo a españoles, sino también a europeos, así como a nativos no ilocanos del archipiélago), esta experiencia está vedada. Pero Isabelo es un hombre amable y científico, que desea contar a los extraños algo de su mundo; y, sin embargo, no procede con una suave paráfrasis. El lector se encuentra frente a una erupción del incomprensible ilocano antes de que se le ofrezca una traducción. Más aún, algo se retiene, en las palabras barí-barí, para las que el español no tiene equivalente. Lo intraducible, nada menos; y quizá, más allá, lo inconmensurable.
Isabelo sospechaba, estoy seguro, que su español no era en absoluto perfecto, y que quizá se riesen de él los «torpes enjalbegadores» y los «faroles» de Astoll. Probablemente también era consciente de que la particular metodología folclorista que utilizaba podría no ser demasiado sistemática, y quizá pronto sería reemplazada, con el avance de la ciencia en su gran progreso mundial hacia el futuro. Pero él tenía el barí-barí en particular, y el ilocano en general, seguros en su manga intelectual. En este campo, nadie se le podía enfrentar. Sin embargo, necesitaba mostrar, o mostrar a medias, sus cartas. Esta es la satisfacción de la broma: queridos lectores, aquí tienen el ilocano para que lo vean, pero solo pueden ver lo que yo les permita ver; y hay algunas cosas que ustedes son, en realidad, incapaces de ver.
Hay todavía una tercera postura, que complica de nuevo las cosas. En un capítulo sobre «Música, canciones y danzas», Isabelo escribió:
La letra es digna de conocerse. Se compone de estrofas de ocho versos, que se conciertan entre sí, según la rima especial de los ilocanos, que ya veremos lo que és, con el siguiente estribillo:
Dal-lang ayá daldal-lut
Dal-lang ayá dumidinal-lot.
Lo transcribo, porque no sé traducirlo ni lo entiendo, á pesar de que soy ilocano; parece que no significa nada[20].
Pero todavía «vale la pena conocerlo», porque es auténticamente ilocano, quizá incluso porque es inaccesible hasta para el frustrado autor bilingüe. Isabelo lo deja ahí. No hay conjeturas. Pero hay una indicación, en cualquier caso, de la enormidad del saber popular.
Hay, por lo tanto, tres situaciones que no encajan bien entre sí: fuera (ellos no nos pueden dar una idea completa); dentro (no hay equivalente español de barí-barí); y fuera/dentro (incluso aunque yo mismo soy ilocano, no entiendo este refrán en ilocano; pero esto lo estoy diciendo para «vosotros», no para «nosotros»).
REFLEXIONES COMPARATIVAS
Desde finales del siglo XVIII hasta entrado el siglo XX, los estudios sobre el folclore, incluso aunque no se definiesen como tales, fueron una fuente fundamental para los movimientos nacionalistas. En Europa, proporcionaron un fuerte impulso en el desarrollo democratizador de las culturas nacionales vernáculas, relacionando en especial a campesinos, artistas e intelectuales con las burguesías en sus complicadas luchas contra las fuerzas de la legitimidad. Los compositores urbanos aprovechaban las canciones populares, los poetas urbanos captaban y transformaban los estilos y los temas de la poesía popular, y los novelistas recurrían a la descripción del campo popular. A medida que la nueva comunidad nacional imaginada se dirigía hacia el futuro magnético, nada parecía más valioso que un pasado útil y auténtico.
Las lenguas vernáculas impresas fueron casi siempre fundamentales. Los folkloristas noruegos escribían en «noruego moderno» (no en danés ni en sueco) para recuperar el saber popular noruego, los finlandeses escribían en finés, no en sueco ni en ruso; y este patrón tenía su paralelo en Bohemia, Hungría, Rumanía, Serbia, etcétera. Incluso allí donde no se daba por completo este fenómeno –un ejemplo llamativo es el movimiento de recuperación irlandés, que funcionaba tanto en gaélico como en el inglés colonialmente impuesto, bien comprendido por muchos irlandeses e irlandesas– el objetivo último era la recuperación, el «despertar» y la liberación nacionales.
A primera vista, el esfuerzo de Isabelo parece bastante diferente, porque escribía sobre todo para quienes no compartían su nacionalidad, en un idioma imperial comprendido quizá por el 3% de los indios de Filipinas, y quizá solo por el 1% de sus compatriotas ilocanos. Si en Europa, los folkloristas escribían principalmente para sus paisanos, para mostrarles sus orígenes comunes y auténticos, Isabelo escribía principalmente para el mundo globalizador inicial en el que se encontraba: para demostrar que los ilocanos y otros indios eran plenamente capaces de entrar en ese mundo y ansiaban entrar en él sobre la base de la igualdad y la aportación autónoma.
El estudio de Isabelo también deslinda su país de las numerosas colonias vecinas del sureste asiático. En estas otras colonias, la mayoría de los clasificados informalmente como «estudios sobre el folclore» los llevaban a cabo inteligentes funcionarios coloniales con demasiado tiempo entre las manos, en una edad que no conocía la radio y la televisión; y estaban pensados principalmente para utilidad de los gobernantes coloniales, no para las poblaciones estudiadas. Incluso después de la independencia, estos otros estudios sobre el folclore han llevado una existencia marginal, mientras que en la Filipinas poscolonial han tenido mayor influencia. ¿A qué se debe esto? Una respuesta posible es que en las otras colonias sobrevivieron sustanciales registros escritos de las épocas precoloniales –crónicas reales, cosmologías budistas, inscripciones monásticas, tratados sufíes, escritos de los tribunales– y fueron estos, no el folclore, los que proporcionaron una fuente de autenticidad aborigen y gloriosa cuando comenzaron los movimientos nacionalistas. Las remotas Filipinas nunca habían dispuesto de Estados poderosos, centralizados e ilustrados, y el islam o el budismo las habían alcanzado tan poco que fueron cristianizadas con muy poca violencia o revuelta. Visto desde este ángulo, el folclore podía sustituir a la grandeza antigua.
Otra respuesta, quizá mejor, reside en la naturaleza del imperialismo ibérico del siglo XIX. España y Portugal, antes grandes centros imperiales de Europa, estaban en declive desde mediados del siglo XVII. Con la pérdida de América Latina, el imperio español se había reducido drásticamente a Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Río de Oro. A lo largo del siglo XIX, España se había visto rasgada por los conflictos internos más violentos mientras luchaba por realizar la transición desde el pasado feudal a la modernidad industrial. A los ojos de muchos de sus propios habitantes, la propia España era atrasada, supersticiosa, apenas industrializada. Esta idea estaba ampliamente extendida no solo en Europa, sino también entre los jóvenes intelectuales de las residuales colonias españolas. (Por eso, Isabelo estaba orgulloso de que sus obras se publicasen en Alemania, mientras que sus equivalentes de otras zonas deseaban la publicación en su «propia» metrópolis). El progreso era, por lo tanto, la bandera de una Ilustración que apenas había comenzado a conquistar España. Isabelo se consideraba un ilustrado, nieto de Denis Diderot; y, por lo tanto, sentía que compartía una lucha común con un buen número de españoles de la Península. Este tipo de alianza transcontinental no era en conjunto característica de los nacionalistas que luchaban en la propia Europa. Al joven Isabelo, por lo tanto, le parecía bastante normal dedicar su obra a los colegas de España.
Al mismo tiempo, la «atrasada» Filipinas era la única colonia en el sureste asiático del siglo XIX que disponía de una verdadera universidad, aunque esta estuviese dominada por la orden ultra de los Dominicos. En esta universidad obtuvieron su licenciatura Isabelo y muchos de sus compañeros nacionalistas; he aquí, en último término, la razón de que Filipinas se convirtiese, a finales de siglo, en el ámbito de la primera revolución nacionalista de toda Asia.
La Ilustración llegó a Filipinas a través del idioma de la «atrasada» España, y sus principales agentes, en el completo sentido de la palabra, fueron, por lo tanto, necesariamente (al menos) bilingües. (Muchos de los pertenecientes a la primera generación de intelectuales aprendían también latín y algo de francés en Manila; si viajaban al extranjero, podían adquirir también algo de inglés y alemán). En ningún lugar se detecta una aversión o desconfianza pronunciadas hacia esta lengua romance tan fuertemente marcada por el árabe, que fue vehículo común tanto de la reacción como de la ilustración; el porqué de esto plantea una pregunta muy interesante. Una respuesta es ciertamente que, en completo contraste con casi toda América Latina, el español nunca llegó a ser un idioma «mayoritario» en Filipinas. Docenas de lenguas principalmente locales florecían entonces como de hecho florecen ahora; nada en los escritos de Isabelo sugiere que considerase el español como una profunda amenaza contra el ilocano o su futura supervivencia. Es más, el castellano le parecía no solo el vehículo lingüístico necesario para hablar con España, sino también, a través de España, con todos los centros de modernidad, ciencia y civilización. Era un «idioma internacional» más que colonial. Es llamativo que Isabelo nunca considerase la posibilidad de que, al escribir en español, hubiera traicionado de alguna manera a su pueblo o hubiera sido absorbido por una «cultura dominante». Creo que la razón de esta postura aparentemente inocente es que, en la década de 1880, la futura situación jurídica de las islas Filipinas era visiblemente inestable, y se vislumbraba en el horizonte una especie de emancipación política.
La inestabilidad estaba completamente relacionada con circunstancias locales, pero en última instancia se basaba en la emancipación de América Latina más de medio siglo antes. España fue la única potencia imperial que perdió su imperio en el siglo XIX. En ninguna otra parte del mundo tenían los colonizados ejemplos de liberación. Esta es una situación completamente diferente a la del Nuevo Mundo del siglo XX, en la que el español se ha convertido al mismo tiempo en el «eterno» señor mayoritario de todas las lenguas indígenas de América Latina, y de una igualmente «eterna» minoría oprimida en Estados Unidos. En ninguno de ambos casos hay una emancipación visible en el horizonte.
Aun así, como hemos tenido ocasión de indicar más arriba, hay reticencias instructivas en la obra de juventud de Isabelo, marcada por los incómodos deslices pronominales entre «yo» y «ellos», «nosotros» y «vosotros». Siempre pensaba en dos públicos, incluso cuando escribía para uno y medio. «El peor de los hombres es el desdichado que no está dotado de ese noble y sagrado sentimiento que llaman patriotismo», escribió. El español no era para él un idioma nacional, sino meramente internacional. ¿Pero había un idioma nacional al que se pudiese oponer? No exactamente. Los idiomas locales con más números de hablantes –el ilocano en el norte, el tagalo en el medio y el cebuano en el sur– eran lenguas usadas por minorías relativamente pequeñas, que solo empezaban a irrumpir en los textos impresos. ¿Había una patria bien definida a la que su propia lengua estuviese unida? ¿Una hipotética tierra ilocana? Nunca habló así de ella. Además, estaban también esos aetas e igorotos que eran sus hermanos. Estaban también los tagalos quienes, según le habían demostrado sus investigaciones, no eran una «raza diferente» de los ilocanos; pero él sabía, siendo el descubridor de esta verdad, que por el momento tagalos e ilocanos no eran conscientes de ella. Fue este estado de fluidez el que lo condujo de nuevo, a los veintitrés años, a la cultura oscuramente limitada en la que creció y que sentía que había superado en parte. El saber popular ilocano, o cultura, aparecía ante este joven patriota como algo auténtico, que había que mostrar al mundo entero, si bien algo que debía ser corregido, por supuesto, por los propios ilocanos. Su lengua materna, el ilocano, se convirtió, por lo tanto, en algo que había que traducir, pero también parcialmente intraducible. Y en algunos aspectos incluso se deslizó silenciosamente más allá del horizonte soleado del propio joven bilingüe ilustrado.
[1] Las palabras en cursiva aparecen en su idioma original en la versión inglesa. [N. de la T.]
[2] Aunque la trayectoria de Isabelo fue larga y honorable –algunos de sus aspectos se analizan en el último capítulo de este libro– no existe ninguna biografía profesional remotamente adecuada. El análisis de su juventud aquí efectuado se basa en el libro de su hijo mayor, J. de los Reyes y Sevilla, Biografía del Senador Isabelo de los Reyes y Florentino, Padre de los Obreros y Proclamador de la Iglesia Filipina Independiente, Manila, Nueva Era, 1947, pp. 1-6; en J. L. Llanes, The Life of Senator Isabelo de los Reyes, monografía reimpresa del semanario Manila Chronicle, 24 y 31 de julio y 7 de agosto de 1949, pp. 1-6; y en la entrada de su nombre incluida en National Historial Institute, Filipinos in History, vol. 2, Manila, NHI, 1990, pp. 137-139.
[3] De acuerdo con la minibiografía semioficial, Leona Florentino nació en el seno de una familia rica de Vigan el 19 de abril de 1849. Sus padres tenían el mismo apellido y probablemente fueran primos de algún grado. Parece que ambos eran parientes cercanos del abuelo materno de José Rizal. Fue una niña precoz, y empezó a componer versos a los diez años, en ilocano y en el español que su tutor fraile le enseñó. Se casó a los catorce años y dio a luz a Isabelo a los dieciséis. Por desgracia, murió a los treinta y cinco, dejando cinco hijos. Véase la entrada correspondiente a su nombre en National Historical Institute, Filipinos in History, vol. 5, Manila, NHI, 1996, pp. 141-142.
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