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El mundo es una novela de J. G. Ballard. Profeta de los cuerpos violentados, del capitalismo como accidente en bucle o del colapso climático, el escritor inglés ha sido el último gran artista capaz de engendrar un adjetivo propio, lo ballardiano, en alusión a una mezcla de moralismo perverso y tragedia tecnológica. Beatriz García Guirado y Andreu Navarra remueven las fichas que conforman el puzle de su obra y su vida hasta provocar un tornado de ideas, relatos y sentencias que sirve igual como introducción a sus textos o greatest hits, en el que Derrida convive con Zadie Smith y Nino Bravo. «Ballard Reloaded no es una biografía de J. G. Ballard, ni tampoco un estudio académico de sus obras, sino un collage de atrocidades: paisajes ballardianos, retazos biográficos, depravaciones que beben de la misma herida neurótica y surrealista, acontecimientos históricos enmarañados y mucha bilis… y admiración. Es decir, amor. Y terror.» B&B
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Seitenzahl: 279
Veröffentlichungsjahr: 2023
Primera edición digital: febrero de 2023
© De los textos: Beatriz García Guirado y Andreu Navarra, 2023
© De esta edición:
H&O Editores
C/ Milà Fontanals, 19, 2º
08012 Barcelona
Fotografía de la faja: Getty
Fotografía de la contra: Alamy
Fotografías del interior: Alamy (p. 11, p. 36 p. 54 y p. 165) y Getty (p. 75).
Diseño de colección: Silvio García Aguirre
Corrección: Elena Lobato Vigo
isbn digital: 978-84-126262-4-7
Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, y el alquiler o préstamo público sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, salvo las excepciones previstas por la ley.
Se han intentado hacer wésterns sin tiros,
pero se convierten en historias de perros y leñadores.
«¿Por dónde se va al espacio interior?»
J. G. Ballard
—Algunas personas están locas. Sally, nosotros estamos bien.
—Nadie está bien.
Milenio negro
J. G. Ballard
Ya no tenía sueños, los sueños lo tenían a él.
El mundo sumergido
J. G. Ballard
Zona cero
Hoy, 25 de octubre de 2022, el Ayuntamiento de Alicante anuncia un dispositivo policial digno de la visita de un papa alrededor del cementerio para el Día de Todos los Santos. «La Policía local acudirá con su Unidad de Medios Aéreos y un dron, y en total más de 438 agentes de la Policía local participarán del viernes 28 al martes 1 de noviembre en varios turnos para controlar y habilitar los accesos», dice la nota. También habrá una brigada de ciclistas y cuarenta voluntarios, y se habilitará una carpa de hospital. A B le vuela la cabeza, le parece surrealista este despliegue en un lugar al que se va a ver a los muertos, y los muertos, dice su madre, dan bastante menos miedo que los vivos.
Hace unos días, cuando buscaba billete para visitar la tumba de Mary, había leído que el viejo portón del cementerio de los británicos se abría únicamente el 1 de noviembre o bajo petición expresa, aunque nadie suele visitar el lugar a excepción de algún historiador curioso o el familiar de un jubilado británico cuyo cuerpo no fue expatriado por motivos económicos o como última voluntad del finado. Ni tan siquiera el consulado se ocupa de él, al menos según la prensa. El espacio de seis por trece metros es casi un apéndice protestante —o mejor sería llamarlo obstáculo— del gran cementerio católico de Nuestra Señora del Remedio. Unos años atrás quisieron trasladarlo porque entorpecía el paso del autobús y los familiares de los inquilinos al norte del camposanto tenían que ir andando a verlos. Pero exhumar unos cuerpos es un follón, así que decidieron ignorarlo y de uvas a peras algún funcionario municipal le hace un apaño. Al otro lado del muro hay lápidas decoradas con flores —muchas de plástico, pero flores al fin y al cabo— y fotografías enmarcadas de quienes pasan la eternidad allá abajo. En el cementerio británico, sin embargo, la muerte parece algo ilícito y las tumbas están «amartilladas a un suelo áspero blanqueado por el sol, apartado de todo —especialmente del mundo ahí afuera». Así lo describió J. G. Ballard en algún punto de los años 90, cuando escribía una obra menor, Noches de cocaína.
B se imaginó metiendo la mano a través del viejo portón —un sobrante de la rehabilitación del cementerio en los años 50— y señalando en dirección a las pocas lápidas tristes entre los matorrales. «Aquí —pensó B que diría—, aquí acabó y empezó todo». Entonces habría de explicarle al Otro B que habían viajado a Alicante para visitar la zona cero de un cataclismo personal, probablemente el más importante en la vida de Ballard: la muerte de su esposa. Le hablaría de cierto septiembre de 1964 en que los Ballard y sus tres hijos disfrutaron del verano bañándose en la playa de San Juan, donde habían alquilado un apartamento, y de cómo se rieron cuando Jim se cayó del patinete acuático, de los restaurantes playeros donde comieron o los pubs que visitaron, de los turistas también británicos con los que coincidieron y de todos los viajes que pensaban hacer juntos. Y luego le hablaría de la repentina muerte de Mary, que cayó como un obús en mitad de la felicidad de una familia cualquiera. Muchos años más tarde, cuando Jim, enfermo de cáncer, trabajaba en sus memorias, Milagros de vida, reconocería haber sentido que la naturaleza había cometido un crimen horrible contra Mary y sus tres hijos, y se obsesionó con una pregunta que pasaría décadas intentando responder: ¿por qué?
28 de marzo de 1965. Ballard con sus tres hijos:
James, Fay y Bea.
Así lo contó: «Mi dirección como escritor cambió tras la muerte de Mary y muchos lectores pensaron que me había vuelto más oscuro. Pero me gusta pensar que me había vuelto más radical, en un intento desesperado por probar que el negro era blanco y que dos más dos podían ser cinco en la moral aritmética de los 60. Intentaba construir una lógica imaginativa que diera sentido a la muerte de Mary y que probase que el asesinato de Kennedy y las incontables muertes de la Segunda Guerra Mundial podían ser significativas en un sentido aún no descubierto. Entonces, quizás, los fantasmas del interior de mi cabeza, el viejo mendigo bajo la nieve, el chino estrangulado en la estación de trenes, Kennedy y mi joven mujer, podrían descansar».
Incapaz de hablar del dolor y la pérdida —en casa jamás se mencionaba a Mary, cosa que según una de sus hijas, Fay, fue doblemente traumático—, Jim se sumergió en el Jack Daniel’s y la escritura. Había nacido La exhibición de atrocidades, su mejor novelasegún su amigo el escritor Michael Moorcock, la que marcaría un punto de inflexión en su carrera literaria para convertirlo en uno de los visionarios más oscuros e incómodos del siglo xx. Alguien peligroso y, por tanto, necesariamente olvidado. Muerte y sexo, muerte y máquina, muerte y alienación social, muerte y los peores vicios de la clase media del siglo xx. Cicatrices sobre las que se arma la literatura. Duelos. Visiones del futuro.
Y sin embargo, ¿sabía Ballard realmente dónde le iba a llevar ese «por qué»? El escritor Iain Sinclair, otro amigo de Jim G., escribió en Landor’s Tower: «Una cosa que había aprendido, la última persona a la que debes pedir una solución es el autor. Si supiera a dónde va, se pararía en seco».
Ballard Reloaded no es una biografía de J. G. Ballard, ni tampoco un estudio académico de sus obras, sino un collage de atrocidades. La construcción imposible de una lógica imaginativa que lo resignifique a través de paisajes ballardianos, retazos biográficos, depravaciones que beben de la misma herida neurótica y surrealista, acontecimientos históricos enmarañados y mucha bilis... y admiración. Es decir, amor. Y terror. Porque no hay nada más ballardiano que el hoy, y eso asusta, hasta el punto de que el presente-futuro adquiere un nuevo nombre profético: ya no Nostradamus, sino Ballardamus. Es el hoy del simulacro perpetuo, de la posverdad, los paisajes naturales y urbanos distópicos, la neurosis colectiva que ha salido de las cabezas para poblar la realidad y la realidad virtual. Un mundo del que nos da miedo desaparecer pero tenemos ganas de hacerlo. Si J. G. Ballard hubiese sido hijo del siglo xxi, no habría escrito, se hubiera limitado a mirar desde su ventana como hizo durante sus últimos años. O escribiría el guion de una película que fuese como un videoclip, un anuncio de televisión terrible o un zapping para los nuevos lectores-espectadores-internautas cuyo límite de atención tiene la extensión de un tuit.
B dijo: «La zona cero del universo ballardiano tiene un diámetro de alrededor de 10.200 kilómetros de longitud, los que separan Shanghái, y sus años en el campo de prisioneros, de Alicante».
El Otro B releyó en voz alta un fragmento de Noches de cocaína: «Los funerales celebran el cruce de otra frontera, en muchos sentidos la más formal y prolongada de todas».
Estaban cenando chino los dos B. Uno quería marcharse a Alicante, pese al precio del billete, prohibitivo para un profesor en paro; el otro solo quería leer.
Hay demasiadas fronteras. Ballard las rebasó todas. Por eso nadie se acuerda de él. Si lo recordasen sabrían que no hay ninguna. Entonces, todos seríamos peligrosos. Seríamos J. G. Ballard.
P. D.: En el cementerio británico del cementerio de Alicante no hay enterrados ingleses víctimas de accidentes de yate, como alguna vez dijo J. G. B. Solo jubilados que no pudieron ser expatriados y también antiguos comerciantes y esposas de comerciantes ingleses cuyos nombres en las lápidas están borrosos y cuyos restos fueron trasladados desde San Blas junto a un puñado de tierra traído del Reino Unido. Antes de la existencia de cementerios británicos, a los no católicos, si morían en España, se los dejaba en el campo para que se los comieran las bestias.
Mary Ballard falleció en Alicante. España es la zona cero de un cataclismo que creó una nueva forma de entender la literatura y el mundo.
Caos
B despierta desnudo en el interior de un cilindro entre opaco y brillante. La circunferencia de la base es de unos cincuenta metros, pero no puede apreciarlo bien porque está sobrepoblado de cuerpos desnudos que, como el suyo, solo piensan en escapar. Alguno de los cautivos intenta trepar por las paredes del cilindro, pero es imposible escalar dieciséis metros de altura totalmente lisos. El ambiente está cargado y B siente mucha vergüenza, por estar allí y por no poder impedir que la luz tenue y amarilla le ilumine el cuerpo. El cuerpo de B está cubierto de pelo y lunares. No resulta agradable. Con la angustia de la búsqueda, ningún cuerpo parece agradable dentro del cilindro.
*
Involucionando.Rascacielos fue publicada en 1975. Es una novela paradigmática dentro de la obra ballardiana: la crónica de un orden social que se desploma. Es un tema habitual y cíclico en su obra. También los personajes encerrados en el complejo empresarial Edén-Olimpia de Super-Cannes sienten una extraña euforia cuando empiezan a cometer pequeños hurtos. En este caso, lo que tenemos es una sociedad paralela embutida en una comunidad de vecinos autosuficiente. El rascacielos es un símbolo metafísico, un desafío a la Naturaleza, que tiene mucho que ver con la Torre de Babel. El joven protagonista, Laing, carece de rostro y también de carácter. Deambula por su nueva residencia asistiendo a fiestas y disturbios con la mente cada vez más fatigada. El insomnio y el ansia de destruir se van apoderando poco a poco de este reino vertical de hormigón que respira por sí mismo y se comporta como una placenta insalubre. Un perro muerto aparece en una piscina y ese espacio amniótico queda cancelado para los residentes. Ya en el capítulo inicial, un apagón de quince minutos desata el salvajismo por los pasillos y se producen disturbios y agresiones sexuales. Donde la luz desaparece, el ser humano muestra su cara verdadera. El rascacielos actúa como una caverna paradójica: descrito varias veces como un «despeñadero», lo que provoca su enorme masa vertical es un efecto idealista berkeleyniano, en el que nadie parece poder o querer escapar del interior de la propia mente: «Había puesto toda la atención en los acontecimientos desarrollados en el rascacielos, como si aquel enorme edificio existiera solo en su mente y fuera a desaparecer si dejaba de pensar en él». Allí adonde va, el protagonista se lleva con él el rascacielos: «Laing echó un vistazo atrás, hacia el rascacielos, consciente de que también dejaba atrás parte de su razón». O: «La amputación regular de miembros, tórax, cabeza y abdomen por parte de los estudiantes, que reducirían los cadáveres a un amasijo de huesos y una etiqueta de la morgue, era también un reflejo del deterioro del mundo que rodeaba al rascacielos».
La degradación ambiental, la inhumanidad del no lugar es lo que provoca que los vecinos se crean con derecho a destrozar los coches de los demás o que cualquier ruido o vibración amplifique el nerviosismo hasta la explosión histérica. Es el mismo tema que encontramos explorado en Super-Cannes: una élite enclaustrada voluntariamente en un no lugar cargado de espectros psíquicos y virtualidades que minan su salud mental.
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A Ballard no le interesan las revoluciones obreras (ya las pudo ver de niño, en marcha, en China, y le parecieron sucias, vengativas y brutales), sino las rebeliones infantiles de las clases medias y altas que se aburren mucho y reproducen, en sus experimentos sociales, las jerarquías abandonadas: «Esa rivalidad entre los propietarios de los perros y los padres de los niños había polarizado el edificio en cierto modo. El conjunto de apartamentos intermedios que había entre los pisos superiores e inferiores —se podría decir que del piso 10 al 30— formaba lo que se podría considerar un estado tapón». De igual forma, las mujeres de los pisos inferiores desean matar a las más jóvenes que conviven con los hombres más ricos del edificio, que se reservaron los pisos superiores. Todo el mundo se ha vuelto caprichoso y susceptible, todo el mundo se ha infantilizado, y parece que la vida cotidiana se ha convertido en un campamento escolar: «Por primera vez, no era necesario reprimir las conductas antisociales y podía expresarse cualquier tipo de impulso aberrante o antojadizo».
Como materia literaria, a Ballard le parece mucho más interesante la falta de ideales que los ideales.
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El deseo de desastre.En La isla de hormigón, leemos: «Ese día, mientras aceleraba por la autopista, cansado después de un congreso que había durado tres días, preocupado porque iba a ver a su mujer tras haber pasado una semana con Helen Fairfax, casi había provocado deliberadamente el accidente, quizá como una extraña forma de racionalización». Todos los personajes de Milenio negro van o vuelven de congresos. Los congresos son no lugares a los que la gente con más cultura que poder acude para aburrirse y follar fuera de casa. Muchos personajes de Ballard desean el desastre, lo prefieren a los congresos o al sexo convencional. Quiero decir al sexo cotidiano o en la cocina o sobre la lavadora, el sexo normal, sin cubatas. O bien es que el desastre es la normalidad, o incluso otra forma de normalidad un poco más real que el simulacro habitual.
Explicaba Pío Baroja a través de uno de sus personajes que se alegraba cuando algún amigo suyo se moría, y que la muerte de los amigos le producía una extraña euforia, la alegría del que dice: «Hoy no me ha tocado a mí». «Tú estás bien. Mala suerte para Laura», dice Sally en Milenio negro. De manera parecida, Céline nos contaba por qué le afectó más la muerte de un perro que la muerte de su madre.
Todo parece indicar que no somos exactamente humanos. Lo que me conduce a recordar a un amigo mío filósofo, el Dr. C, que está escribiendo un libro titulado No somos humanos. Esta podría ser una de las claves de la obra de Ballard: nuestra sociedad es una farsa, y estando más o menos obligados a vivir, lo mejor es probar emociones fuertes en lugar de hacer ver que nos gusta nuestra rutina ordenada y previsible.
En 1987, Ballard comentó la película ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, de Stanley Kubrick, y lo que más le llamaba la atención de esa sátira era lo gracioso que resultaba el fin del mundo: «El golpe maestro de Kubrick consiste en desplazar la acción dramática de la película de modo que la compasión de la audiencia abandone su escala de valores y por fin coincida con los objetos de la sátira. Llegamos a admirar los magníficos B-52 con sus bombas atómicas de formas depuradas, y a los valientes, aunque desconcertados pilotos; despreciamos al presidente blandengue por tratar de llegar a un acuerdo con el Kremlin, y casi nos alegramos cuando se produce el Armagedón nuclear». Todo lo que era gamberrismo y desenmascaramiento de la moral era bienvenido por Ballard: «Al hacer que nos coloquemos en el bando de nuestros miedos más oscuros, Kubrick expone todo el encanto siniestro y la lógica inconsciente de la muerte tecnológica».
Ballard amó toda la vida los B-52.
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Cada vez le cuesta menos al ser humano admitir que odia la cultura y que odia la democracia, que preferiría liarse a tiros y violar y arrasar y golpear en lugar de aparentar que tiene buenos deseos y que le apetece un sistema equitativo y justo. Detestar al escritor Michel Houellebecq porque dice la verdad y es muy feo. Nos parece injusto que alguien tan feo y tan antipático diga verdades tan gordas. Ballard también las decía como un campanario, pero era mucho más discreto. Era, digámoslo por aproximación, un hombre normal nada normal.
Por todas partes hay materiales que invitan a abandonar la racionalidad, a abandonarse a las emociones. La postmodernidad es esto: un cansancio de pensar, una apetencia de extremo, de imbecilidad, de desastre nuclear o de babeo: una autoimplosión. Marina Garcés escribe sobre nuestra época calificándola de «póstuma», es decir, una era donde el tiempo resta, donde el fin es inminente porque ya se han agotado tanto los recursos del planeta como nuestra inventiva para generar relatos y alternativas. Igual que en El mundo sumergido.
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Tras su accidente de coche, Maitland se sorprende de que nadie acuda en su ayuda. Después de la caída, lo primero que hace Maitland es mirar el reloj. Me viene a la mente la clásica imagen de los transeúntes apresurados que acuden a sus febriles actividades rodeando un cadáver o el cuerpo yaciente de un mendigo. Nos importan un pepino los demás excepto si los deseamos. Pero incluso el deseo de Maitland ha sido integrado, clasificado y previsto. Se tumba y se imagina en su hogar, al lado de Catherine, su esposa. Porque su amante le agobia. La aventura resulta cansina: ya no es aventura. La aventura comienza allí donde Maitland se vuelve invisible: con la ropa hecha jirones, parece un mendigo. Nadie frena para recogerlo. Ya no es nadie. Es necesario que la pelvis perfore su cadera para que empiece una aventura de verdad, para que se esfumen el confort y la rutina.
En la oficina de Maitland saben que a veces desaparece durante una semana y nadie se inquieta por su ausencia. Su mujer piensa que estará durmiendo con Helen, y Helen, su amante, piensa que Maitland estará durmiendo con su mujer, Catherine. Ya nadie ve a Maitland, su presencia solo molesta a los conductores. Maitland está completamente solo bajo un viaducto por el que pasan miles de personas a toda velocidad. La metáfora es evidente. El río, la roca. El mar, la isla. La inmensidad y el límite. Shanghái y el campo de aviación de Lunghua. Londres en el horizonte, el cielo hostil. Parménides, Heráclito, en una novela que sigue la Poética de Aristóteles. Que se limita a un espacio y a un tiempo. Que se ciñe para multiplicar la duración. Ciencia ficción neoclásica. Einstein, Freud y Bergson. Ciencia ficción que es realidad ficción.
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Shanghái.El imperio del sol es una novela emparentada con Milenio negro. En 1992, Ballard explicó que había tardado cuarenta años en escribirla y que, cuando finalmente fue publicada, provocó que fuera entrevistado más de cuatrocientas veces. Sus primeros capítulos describen una situación de caos social que desemboca en un derrumbe estrepitoso. Uno más, podríamos decir. Ballard fue el poeta de las detonaciones. Cuando las cañoneras japonesas disparan y hunden el vapor inglés Petrel, el caos se precipita sobre la ciudad. Aparecen tanques que trituran todo lo que les sale al paso, con camiones llenos de soldados japoneses detrás. Los chinos corren por las avenidas amenazados por bayonetas y ametralladoras. Hasta ese momento, Jim, el joven protagonista de once años, es decir, Ballard, porque El imperio del sol es una autobiografía novelada (hoy diríamos una autoficción), ha vivido en una ficción en la que la ficción era la guerra, que solo hacía acto de presencia a través del cine y los noticiarios.
Jim también quiere morir, también siente la fascinación por el desastre y por su propio fin. Le apetece morir, aunque consigue ser feliz en su cautiverio. No le importa que los aviones americanos traigan una carga de muerte sobre su campo, con tal de poder ver los brillantes Mustang de cerca. Durante toda la novela, una epopeya sin héroes, un canto épico dedicado a la orina de los prisioneros y a su proceso de deterioro, el niño protagonista no hace más que admirar a los kamikazes que se disponen a precipitarse contra los portaaviones norteamericanos. En un contexto concentracionario totalmente exento de dignidad o grandeza, en el que Jim sabe que ha de robar a otros internos más débiles para poder sobrevivir, el ritual con el que los oficiales japoneses despiden a los héroes suicidas (a menudo también chiquillos de muy corta edad) le parece una realidad superior. Jim sabe perfectamente que está sobreviviendo gracias a las raciones de patatas que no han sido entregadas a prisioneros que han muerto.
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Ballard es un escritor peligroso porque conoce demasiado bien el alma humana: «Jim clavó la mirada en las punteras pulidas de sus zapatos. Quería mostrárselos a sus padres antes de que ellos murieran. Se dominó, tratando de recuperar su vieja voluntad de sobrevivir. Deliberadamente pensó en el curioso placer que le daban los cadáveres del cementerio del hospital, la culpable excitación de estar vivo. Sabía por qué motivo al doctor Ransome no le agradaba que él cavara las tumbas». Lo cual no era obstáculo para que, con frecuencia, Jim repartiera agua o alimentos entre los más débiles. Jim no es bueno ni malo, sino instintivo; quiero decir, amoral, alimañesco.
Esta reflexión no lo abandonó nunca. En un artículo dedicado a una antología de pintores que habían dedicado su arte a reproducir gráficamente la Segunda Guerra Mundial, leemos: «Toda forma de triunfalismo está ausente de esta antología. A un lector que no supiera nada de la Segunda Guerra Mundial le costaría decidir quién ganó la guerra y quién la perdió». Ganan las potencias imperiales, pero los soldados y las víctimas quedan anclados en el dolor y la perplejidad para siempre.
Ballard aplicaba la misma lente para las películas norteamericanas sobre la guerra del Vietnam, que consideraba irreales e inmorales incluso cuando trataban de posicionarse en contra de aquella invasión. La representación de la guerra no podía ser ideológicamente estereotipada, lo que aleja a Ballard de la ciencia ficción tipo Bester o George Lucas para emparentarlo con el pensamiento de Susan Sontag y la ficción filosófica de Stanislaw Lem.
En 1991, Ballard escribió que «la sociedad de consumo ha hecho de nuestras ciudades unas extensas galerías de vídeo, con niveles contrapuestos de irrealidad dispuestos como estratos de una Troya electrográfica». Nueve años después, Paul Sinclair, narrador y protagonista de Super-Cannes, dice: «Sabía que éramos muy felices, pero al mismo tiempo sentía que éramos extras en una película de turistas».
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Vida y ficción. Lo que cuenta Ballard en su novela no se ajusta totalmente a lo que vivió. En 1991 explicó que había pasado sus tres años de cautiverio infantil en compañía de sus padres y de su hermana, junto a otros dos mil prisioneros británicos, hacinados en el pabellón G. En El imperio del sol, los padres de Jim van perdiéndose en la lontananza de la vida, cada vez más difuminados, lo que podría ser una metáfora de un distanciamiento no físico. El joven protagonista pasa la mayor parte del tiempo junto al doctor Ransome y las diversas cuadrillas de bandidos y pícaros con los que se va juntando Basie.
Se me ocurre que Ballard utilizó a Jim para observar, desde fuera, a su propia familia, quizás parecida a la que comparte habitación con Jim en la ficción.
Los artículos en prensa de Ballard, reunidos en Guía del usuario para el nuevo milenio (esta es la referencia para todos los que citemos en adelante), le sirvieron luego como cantera o inspiración para componer su autobiografía.
Lo que sí es asombrosamente certero es el ambiente del campo de Lunghua, la degradación moral, la subalimentación, la convivencia con los excrementos, las palizas y las armas, cómo en el interior de los barracones las distintas familias se repartían el espacio mediante sábanas colgadas que hacían las veces de tabiques... Ballard conservó durante toda su vida cierta aprensión por las sábanas tendidas al sol para secarse.
Cuarenta y cinco años después de haber pasado tres años allí, el campo de Lunghua se había convertido en un colegio rodeado de jardines.
Lo que quiso expresar Ballard en su novela tiene mucho que ver con una evidencia que le parecía paradójica o, por lo menos, extraña: su hogar había sido el campo de concentración. Su hogar querido, el lugar de su formación y de su despertar sexual. El niño Jim había llegado a amar esa realidad hostil, violenta y llena de hambre y de cadáveres purulentos, reconocida luego como insoportable pero natural en el momento en que se desarrollaba.
El estallido de la bomba de Nagasaki en la novela, cuya luz deslumbra a un Jim ya muy debilitado en el interior de un coliseo fantasmal, también es una metáfora. Ballard se enteró de que habían explotado las bombas atómicas a través de la radio, casi a la vez que se había podido escuchar el famoso discurso del emperador Hirohito en el que daba la guerra por finalizada.
*
Prisioneros privilegiados. En El imperio del sol, el mundo se ha invertido completamente: los enemigos de los británicos son los protectores de los prisioneros; y cuando la guerra avanza son los mismos prisioneros quienes empiezan a practicar el bandidaje más despiadado. La disyuntiva es cruda, porque se cifra entre el orden de los invasores o el caos salvaje provocado por los civilizados. Los campesinos chinos mueren de hambre arracimados frente a las puertas de los campos de concentración: son los hombres libres los que mendigan mendrugos o sobras de arroz a sus liberadores asiáticos, o incluso a los presos, en un mundo que acaba de estallar en mil pedazos incomprensibles. Jim se enorgullece de haber contribuido a dar fin a las obras de construcción de una pista de despegue de la que salen los cazas y bombarderos que trituran a las tropas de su propio país. En su visión distorsionada, la única realidad que comprende, los japoneses representan el orden y los británicos, la decadencia colectiva y personal, el absurdo y las ruinas: «Las tareas escolares ayudaban al doctor Ransome a mantener la ilusión de que incluso en el campo de Lunghua subsistían los valores de una Inglaterra desaparecida». Saberse las declinaciones latinas acaba siendo el único acto que relaciona a Jim con su cultura de origen. Cuando reencuentra a sus padres, no son más que fantasmas, espectros distantes de una época anterior a la realidad. Y la única realidad es la guerra con sus moscas y sus montañas de cadáveres, sin grandeza alguna, sin combates siquiera.
Lo curioso es que, según su autobiografía no ficcionada, es decir, más real, sus propios padres son aún más espectrales.
Las autoficciones actuales son distintas de la que Ballard publicó en 1984. Nuestras autoficciones son productos fruto del aburrimiento y de la imposibilidad de destacar por una vida memorable. Nosotros nos aburrimos soberanamente y nos maltratamos porque sí, creyendo que nuestro sexo puede interesar a alguien, mientras que la ciudad en la que nació y creció Ballard sí ofrecía interés y motivos de fascinación: aeródromos militares abandonados, trincheras, soldados japoneses curtidos y peligrosos, túmulos funerarios que se deshacían entre las lluvias mostrando su vientre lleno de cadáveres recientes, corrientes de muertos hinchados y ataúdes que bajaban por el Yangtsé, arrojados por familias que no podían costearse tumbas, buques que estallaban, ataques de cazas que se trenzaban en batallas aéreas... Por ese motivo Ballard acertó cuando se escogió a sí mismo, al Ballard niño-Jim, como espectador de toda su materia narrativa. Porque esa perspectiva idealista le permite recrear la guerra europea como un eco cultural convertido en cine y boletines angustiosos de la radio. Por eso puede escribir: «Todo Shanghái se convertía en un noticiario que rezumaba desde dentro de su cabeza». La guerra no está fuera, sino que está dentro, formada por recuerdos de segunda mano. La guerra real, la asiática, con sus explosiones y sus excesos de muerte anónima, es un juego, una realidad poco más que curiosa.
El Shanghái de Jim es una algarabía de actividades grotescas ambientadas en un caos social que convive con un sistema fantasmal de ruinas y herrumbres que proceden de la guerra chino-japonesa de 1937. La invasión japonesa se había producido solo tres años antes, dejando la zona llena de fascinantes aviones despanzurrados, trincheras inundadas, parapetos inú-tiles y esqueletos entre arrozales secos («Un mundo de viajes olvidados en cavernas de herrumbre», nos informa el narrador). La demolición de un Shanghái que exuda nerviosismo y carteles de neón sirve de prólogo a la experiencia infantil de Jim en un campo de concentración: «Cuando llegaron a la calle del Pozo Burbujeante apretó la cara contra la ventana y miró las aceras en que se alineaban garitos y clubes nocturnos, repletos de chicas y gánsteres y mendigos opulentos con guardaespaldas. (...) Muchedumbres de espectadores se abrían paso hacia los estadios de jai alai, bloqueando el tránsito en la calle del Pozo Burbujeante. Un furgón blindado de la policía, con dos ametralladoras Thompson en una torreta de acero encima del conductor, giró delante del Packard y despejó la acera». También el chófer de la familia de Jim despejaba el camino con una fusta que lanzaba contra coolies y jóvenes mutilados. «Un grupo de jóvenes chinas con vestidos cubiertos de lentejuelas tropezó con el ataúd de un niño, adornado con flores de papel. (...) Cientos de muchachas eurasiáticas, con abrigos de pieles largos hasta el tobillo, aguardaban en las hileras de rickshaws detenidos en el Park Hotel, silbando entre dientes a los residentes que emergían de la puerta giratoria, mientras sus chulos discutían con las parejas checas y polacas, vestidas con ropas decorosas y remendadas, que intentaban vender sus últimas joyas.»
Delante del cine Cathay, el más grande del mundo, se arremolinan cincuenta jorobados vestidos con ropas medievales que hacen cabriolas entre una multitud de mecanógrafas, empleadas, carteristas y mendigos que aguardan el estreno de El jorobado de Notre Dame. Un poco más allá, unos jóvenes judíos se pelean a puñetazos con unos nazis que lucen la esvástica en sus brazaletes. Parece que todos los espasmos de un mundo que se hunde hayan convergido en este lodazal humano. Shanghái entero es un mercado goyesco de carne viva o muerta, dispuesto a servir de pasto para las granadas y la munición japonesa.
No hay ni una miga de exotismo en estas visiones descriptivas, más parecidas a un cuadro de Otto Dix o George Grosz, con toda la hipocresía social que reflejaban, que a un cromo cinematográfico y más o menos confortante.
Ballard concibe a los japoneses como hombres solitarios que cargaban extrañas tristezas intransferibles, en oposición a los chinos, que percibe como hombres para la masa. De ahí que los ideales caballerescos y militares del niño Jim, desde su perspectiva futurista, no tengan en cuenta en ningún momento a las víctimas chinas. Esos muertos desperdigados por los campos y las calles de Shanghái no le despiertan compasión, pero sí el mendigo personal y singular que pasa hambre y frío en el zaguán de su casa.
Medio siglo después, Ballard no había cambiado de idea respecto al pueblo japonés: «En un mundo de absoluta relatividad, no hay manera de saber quién dice la verdad. Esta misma ambigüedad subsiste en los filmes de Kurosawa con escenarios contemporáneos —Drunken Angel y El perro rabioso—, sombrías visiones de la criminalidad de posguerra que partieron de las mismas fuentes que el cine neorrealista italiano, y que transmiten la inequívoca impresión de que los japoneses, más que ningún otro pueblo, disfrutan al deprimirse».
Resulta muy sabio el contraste que traza Ballard entre los europeos que atraviesan la ciudad vestidos de piratas y payasos, de camino a sus fiestas de disfraces, en el momento mismo en que una ola de sangre y drama siega la vida de unos cuantos cientos de chinos decapitados, reventados o aplastados sin más por la maquinaria de guerra japonesa. Los atentados de Milenio negro y su violencia tímida son el reverso de este sinsentido destructor de la Segunda Guerra Mundial. Ballard vivió las dos realidades: la de los genocidios, separaciones y catástrofes inverosímiles de 1940 y el inconformismo infantil de las clases medias londinenses del insulso año 2000. En esa situación de caos completo y atropello primitivo, el niño Jim «soñó con la guerra inminente, con un noticiario donde él estaba vestido con traje de aviador en la cubierta de un portaaviones silencioso, listo para acompañar a esos hombres solitarios de la nación insular del mar de la China, transportado con ellos a través del Pacífico por el espíritu del viento divino».
Jim es un niño que juega a construirse su propio mito bélico, en un futuro cinematográfico.
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Sesenta años después. 1993. Ballard comenta para TheDaily Telegraph una biografía de Deng Xiaoping, el líder omnipotente que impulsó la reforma del Estado chino hacia la explosión del mercado libre. Para Deng, el desarrollo económico debía preceder al aperturismo político, al revés de como procedió Gorbachov en la urss. Recuerda Ballard el momento en que su padre, en 1949, tuvo que defenderse de los comunistas citando a Marx y a Engels en un juzgado amenazante. Y rememora también una visita a Shanghái de 1991: «Fui a cenar al restaurante del último piso de la torre de televisión con el afable director del servicio de noticias para el exterior. Me preguntó qué pensaba de la nueva Shanghái. Observando el sinnúmero de rascacielos que se alzaban en las calles venidas a menos del antiguo Distrito Internacional, dije sin mucho tacto que me recordaba a Nueva York. Me miró con aire profundamente compungido y exhaló despacio el humo de cigarrillo de sus pulmones, como si la misma idea lo hubiera asaltado más de una vez».
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Ballard vivió lo bastante para ver cómo Steven Spielberg rodaba la historia de su propia vida. En el Shanghái de 1991, tuvo la oportunidad de que le presentaran al niño belga de trece años que iba a interpretar al jovencito Ballard. El pequeño actor estaba inquieto porque le habían dicho que se parecía al escritor. Lo explicó el mismo Ballard en un artículo autobiográfico publicado también en TheDaily Telegraph. Su casa natal se había convertido en la oficina de Información de la Industria Electrónica. Al visitarla sesenta años después, Ballard dejó escrito que le había parecido un conjunto de fantasmas.
