Besos a medianoche - Whitney G. - E-Book

Besos a medianoche E-Book

Whitney G.

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"Receta" oficial de Nathan Benson: 2 tazas de arrogancia 1 boca que es mucho más sexy cuando está cerrada 1 ego tan grande que no cabe en la batidora 1 ENORME Y MACIZA po… Bueno, puedes hacerte una idea… Como chef de repostería, puedo decir con exactitud de qué está hecho un hombre en cuanto entra por las puertas de cristal opaco de mi local. Así que en cuanto Nathan Benson apareció más de media hora tarde a nuestra cita a ciegas —sin dar explicación alguna—, atrajo las miradas de todas las mujeres que había en el restaurante con su sonrisa irresistible y al cabo de unos minutos dijo: "Creo, personalmente, que no debemos perder más el tiempo hablando aquí sentados", supe que era en sí mismo una de las "recetas" de hombre más groseras que se hubieran creado nunca. Y también que ni en broma iba a volver a verlo nunca más. O eso pensaba. Días después de haberlo plantado en esa primera cita, siguió tratando de convencerme de la manera más descabellada de que le diera una segunda oportunidad. Y una tercera, y una cuarta… Juro que si no hubiera sido por el hecho de que quien me chantajeaba era el hombre más sexy del mundo, lo habría denunciado a la policía mucho tiempo atrás. Aunque, por otro lado, aguantar unos cuantos besos a medianoche —o quizá algo más— de su perfecta boca puede que no sea, después de todo, una receta del todo desastrosa…

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Seitenzahl: 116

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Título original: Late Night Kisses

Primera edición: julio de 2021

Copyright © 2018 by Whitney G.Published by arrangement with Brower Literary & Management

© de la traducción: Lorena Escudero Ruiz, 2021

© de esta edición: 2021, Ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]

ISBN: 978-84-18491-45-0BIC: FRD

Diseño de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografías de cubierta: 4PM production/VolodymyrSanych/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

Para el reparto de Un príncipe de Navidad

y Cambio de princesa…

Gracias por hacerme reír de nuevo.

Prólogo

Christina

Michael: Felices fiestas, chica sexy. He estado pensando en tu cuerpo últimamente. ¿Quieres venir a mi casa para ver algo en Netflix y pasar un rato juntos? (Hasta podemos hacer tartas si quieres).

Austin: Felices fiestas, Kelly. Me estaba acordando de cuánto me gustó follarte debajo del muérdago las Navidades pasadas, y creo que deberíamos volver a repetirlo…

Austin: Mierda, quería decir «Christina». Ya sabes cómo es el autocorrector… De verdad que no te estaba engañando las Navidades pasadas.

Número bloqueado: Felices fiestas, nena. Te echo mucho de menos. Solo para que lo sepas, estoy deseando hacer «eso» que siempre querías hacer en la cama si me aceptas de nuevo —y retiras la orden de alejamiento— estas Navidades… Es decir, que sigo creyendo que los hombres de verdad no deberían poner la cara en ningún lugar cercano a la vagina de una mujer, pero estoy dispuesto a poner la mía en la tuya.

¡Arg!

Tiré el móvil al otro lado de la habitación y sofoqué un grito.

No estaba segura de por qué el inicio de todas las temporadas de Navidad provocaba una oleada de mensajes de texto de mis exnovios, antiguos tonteos y tíos de los que casi ni me acordaba, pero ese era el cuarto día seguido que me despertaba con el tipo de mensajes que odiaba recibir.

Me dirigí a la cocina y saqué lo único que siempre me ayudaba a recordar con exactitud por qué todos mis ex seguirían siendo siempre eso mismo, «ex»: el libro de recetas de mi difunta abuela.

Dentro de sus páginas, que todavía se conservaban impecables, me había dejado recetas «para todo», en lugar de las típicas de rollos de canela dulces y pegajosos o de las galletas con pepitas de chocolate preferidas de la abuelita (esas recetas que eran una mierda). Ella había incluido otras tales como el «Bizcocho de frutas para cuando un hijo de puta de deje (ni se te ocurra compartir con nadie ni un solo trozo)», «Cannoli para el peor sexo de tu vida (usa solo diez centímetros de masa extendida)» y mi favorita de todas, los «Croissants de canela para los infieles (hornea dos docenas y dale una patada en el culo)».

Pasé las páginas hasta llegar a las «Trufas de caramelo para cortar con alguien» y saqué una sartén.

Había utilizado esa receta docenas de veces, igual que había ocurrido con el resto. Solo había una del conjunto de trescientas combinaciones de postres que nunca había cocinado porque no había encontrado el motivo para ello, una que prefería no probar nunca.

Era una llamada «Pastel de “Por favor, estrangula a ese cabrón arrogante”».

Incluso aunque ya había tenido mi ración de hombres mentirosos, infieles y gilipollas, me sentía agradecida, porque nunca había salido con ningún hombre por el que me hubiera visto obligada a utilizar ese postre en concreto.

De hecho, juré que nunca lo haría a menos que conociera a un hombre tan pagado de sí mismo que no pudiera ver más allá de su maldito ego y que fuera capaz de sacarme de quicio y ponerme cachonda al mismo tiempo, y todo ello sin perder su sonrisa sexy —y merecedora de una bofetada— en su cara perfectamente esculpida, y que creyera que podría salirse con la suya siempre que le diera la gana.

Encendí el horno y deseé con todas mis fuerzas que en esas vacaciones no se me acercara ni de lejos ningún hombre parecido.

1

Bombones «Corre, que es un vago»

4 tazas de azúcar glas

3 tazas de pepitas de chocolate semidulce

2 cucharadas soperas de manteca

1 taza de pacanas o nueces molidas

1/2 taza + 2 cucharadas soperas de leche condensada

1/4 de taza de mantequilla derretida

Christina

—Entonces, ¿cuánto crees que puedes abrir la boca? —El chico a medio afeitar que estaba sentado frente a mí me sonrió y se lamió los labios—. Tengo algo muy grueso que enseñarte cuando hayamos acabado con esto. Si te interesa probarlo, claro está…

¡Bip! ¡Bip! ¡Bip!

—¡Bien, hora de cambiar! —La encargada de cronometrar las citas rápidas apagó la alarma justo a tiempo y me salvó del noveno fiasco de la noche.

Me cambié de sitio de inmediato y ni me molesté en responder a la pregunta de ese imbécil. Me senté a la mesa que había junto a la chimenea, delante de un hombre al que había estado controlando desde que empezara la sesión.

Era el único chico de la sala que no llevaba un jersey de esos horrorosos de Navidad tan típicos aquí, en Cedar Falls, Colorado. Llevaba un traje negro y gris, y había traído un ramo de rosas rojas, una para cada una de las mujeres que habían acudido esa noche.

En cuanto todas y cada una de mis citas comenzaban a torcerse, yo echaba un vistazo a su pelo corto y oscuro, sus ojos de color almendra y su sonrisa contagiosa.

Parece demasiado perfecto…

—¡Atención, cinco segundos hasta que vuelva a activar el cronómetro! —dijo la encargada del cronómetro justo cuando me senté—. ¡Y… allá vamos!

—Buenas noches —saludó Don Perfecto, para después ofrecerme una rosa—. Soy Kevin.

—Christina. —Me sonrojé cuando sus dedos rozaron los míos—. ¿Eres nuevo en Cedar Falls?

—Se puede decir que sí. Solo llevo aquí unos cinco meses. Vivo en la parte sur, la más turística. ¿Y qué hay de ti?

—Yo nací y crecí aquí. —Me di cuenta de que la rosa era falsa, estaba hecha de papel barato—. Me marché para ir a la universidad y a la escuela de cocina, pero después volví para abrir mi propio negocio.

—¿Tienes un negocio? ¿Qué tipo de negocio?

Sonreí y me recordé en silencio que debía ser breve, porque era capaz de recitar poesía cuando empezaba a hablar de mi pastelería.

—Bueno, se llama «Dulce Perfección», y es…

—Me gustan las mujeres independientes —me interrumpió—. Las mujeres que pueden pagarse sus facturas y encargarse de las cosas ellas solas. Es bastante impresionante.

—Gracias… —No estaba segura de si debía retomar la conversación por donde la había dejado o no.

Una camarera dejó dos tazas de chocolate caliente frente a nosotros, y después de que ambos tomamos un sorbo, Don Perfecto me indicó que continuara con un gesto.

—Bueno, como iba diciendo, se llama «Dulce Perfección», y lo dirijo desde hace dos años.

—Eso es bastante impresionante, Christina. ¿Vives sola?

—¿Qué?

—¿Tienes tu propia casa? —dijo, regalándome esa sonrisa preciosa suya que de repente parecía muy siniestra.

—Mmm…, sí. ¿Qué tiene que ver eso con todo esto?

—Estoy sintiendo una repentina conexión entre nosotros dos ahora mismo. —Extendió la mano y apretó la mía—. Una conexión hermosa, de las que se dan solo una vez en la vida.

Yo pestañeé varias veces.

—Creo que eres tremendamente guapa, que eres una conversadora fantástica y, si además ganas lo suficiente como para vivir en Cedar Falls por ti sola y dirigir un negocio, creo que eres mi mujer ideal.

—He dicho menos de diez frases desde que te he conocido, hace como unos cuatro minutos.

—Esa no es la cuestión. —Sonrió abiertamente y me acarició los nudillos—. Con algunas personas tan solo tardas unos segundos en saber que encajas. Nosotros encajamos…

—Ehhh…

—Creo que tengo que mudarme a vivir contigo lo antes posible —continuó—. No soy fan de todo ese rollo de tener citas mientras tanto. Ahora mismo, estoy al cien por cien. También pareces muy fértil, así que creo que deberíamos hablar de la cantidad de hijos que queremos tener juntos.

¿Pero qué coño…?

—Casi no te conozco.

—Pero pronto lo harás. —Se inclinó, acercándoseme más, y bajó la voz—. Tengo todas mis cosas fuera, en el coche, y si sientes lo que yo siento, déjame quedarme a vivir contigo. —Se detuvo—. Solo quedan dos rondas de citas, y no creo que te gusten los chicos que faltan.

Miré por encima del hombro a los chicos con los que todavía no había hablado. Uno de ellos era un hombre de pelo canoso que había sido muy maleducado con los camareros toda la noche. El otro era un mago.

—Ahora mismo no busco nada serio. —Alejé mi mano de la suya—. Solo he venido a hacer nuevos amigos.

—Eso no es lo que dice tu chapa. —Señaló la reveladora chapa roja de mi abrigo que decía «Citas rápidas». El rojo significaba «Solo busco amor», el azul «Solo estoy tanteando» y el amarillo «Solo quiero hacer amigos nuevos».

Miré la manga de su chaqueta y me di cuenta de que llevaba puestas diez chapas rojas.

—¿Lo ves? —dijo—. Ya te conozco mejor de lo que te conoces a ti misma. —Miró por la ventana—. Me temo que voy a necesitar una respuesta inmediata a si sientes lo mismo que yo o no. Si no es así, tendré que esconder mi coche antes de que la compañía de préstamos vuelva a embargármelo otra vez.

—¿«Otra vez»?

—Sí —se quejó—. ¿Te puedes creer que mi novia dejó de pagarme las facturas después de romper? Zorra egoísta…

¡Bip! ¡Bip! ¡Bip!

Al acabar la noche, salí del local cabreada y con las manos vacías porque me había gastado otros doscientos dólares y había perdido dos horas de mi tiempo. Lo único productivo que había sacado de aquella velada había sido que decidí comprar pilas de larga duración para mi vibrador.

Desde que había vuelto a mudarme a Cedar Falls me había dado cuenta de lo distinta que era la forma de tener citas allí a la de Seattle. Mi ciudad siempre estaba habitada mitad por turistas y mitad por residentes, pero los que venían de visita y que merecían la pena solían estar comprometidos. ¿Y los solteros? Esos solo estaban interesados en tener sexo con cuantas más mujeres mejor antes de volver a sus ciudades natales.

Las citas online quedaban excluidas desde que conocí a un hombre cuyo fetichismo era que fingiera estar muerta, justo antes de otro que me dijo que quería chuparme la porquería que tuviera acumulada entre los dedos de los pies.

Dado que mi trigésimo cumpleaños estaba a la vuelta de la esquina, tenía ganas de tirar la toalla y no buscar a nadie en mucho tiempo.

Esta no puede ser la vida real…

Me subí en el siguiente tranvía, me senté cerca del final y le envié un mensaje a mi hermana menor.

Yo: Bueno…, sesión de citas rápidas número 100 acabada…

Amy: ¿¿Qué?? ¿Has encontrado a alguien follable? (¿Alguien que sepa usar al fin la boca en el único lugar que cuenta? ;);)

Yo: ¡Aj! ¿Por qué tienes que pensar siempre en el sexo?

Amy: ¿Sí o no? :):) (Scott Johnson me lo ha comido dos veces hoy, que lo sepas. ¡Dos veces! Y durante más de una hora cada vez. #notepongascelosa).

Yo: No. (No tiene trabajo y todavía vive en el sótano de sus padres. #yonuncamepongocelosa).

Me entró una llamada, y el nombre de mi hermana apareció en mi pantalla. Bajé el volumen antes de responder.

—Estoy en el tranvía, Amy —le dije—. Por favor, no sueltes ninguna locura ahora mismo.

—¿Crees que debería dejar que Scott me lo comiera una tercera vez? —Soltó unas risitas—. Me lo acaba de volver a pedir.

—Vale, voy a colgar.

—¡Estoy bromeando! ¡Es una broma! —Se rio con más fuerza—. Te llamo porque acabo de tener una idea estupenda para tu problema con las citas.

—Te escucho. —Me preparé a mí misma para una dosis de su lógica descabellada. La última vez que había tenido una «idea estupenda» terminé teniendo una cita con un hombre que se había «olvidado» de decirme que tenía tres hijos. Y una mujer.

—Creo que deberías dejar de buscar a un tipo serio y divertirte lo que queda de invierno —afirmó—. Fíjate solo en el físico y deja que lo demás caiga por su propio peso, y lo que tenga que ser será.

—Quieres decir que debería comportarme como tú.

—¡Ja! —Soltó una carcajada—. No, eres demasiado precavida como para actuar como yo. Lo que quiero decir es que solo deberías salir con un tipo atractivo, hacer buenas migas y disfrutar de un sexo acojonante sin esperar nada que tenga que ver con el romanticismo.

—Ya no tengo veinticuatro años, Amy.

—Y tampoco tienes ochenta y cuatro, pero que me jodan si no actúas como si los tuvieras a veces —se burló—. Lo que tu cuerpo necesita ahora mismo es que le den de lo bueno.

—¿Sabe alguna de tus amigas que hablas así?

—Todas hablamos así. —Se rio—. En fin, creo que ya es hora de ponerle fin a eso de las citas rápidas y probar algo distinto.

—Tinder y OkCupid quedan excluidos.

—No me refería a eso. —Comenzó a darles a las teclas—. A ver si puedo encontrar esa cosa de la que Hannah me ha hablado antes.

—No estoy interesada en salir con ninguno de los ex de tus amigas —le advertí mientras bajaba en mi parada.

—Los ex de mis amigas nunca saldrían contigo. —Volvió a reír—. Te lo aseguro.

Comencé a dirigirme hacia donde tenía aparcado el coche, pero no pude evitar pararme un momento en mi pastelería. Mientras los dedos de Amy seguían tecleando, subí los escalones blancos y rosas de entrada a Dulce Perfección.

Todas las encimeras de la cocina estaban listas para la mañana siguiente: tazas de medir, utensilios y cuencos estaban colocados delante de las recetas asignadas a cada uno de los empleados.