Bikinis, Fútbol y Rock & Roll - Adrian Vogel - E-Book

Bikinis, Fútbol y Rock & Roll E-Book

Adrian Vogel

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""Esta es la crónica de aquellos años que cambiaron el mundo demostrando que, como llevan diciendo desde hace siglos los profetas, son las pequeñas personas, con pequeños gestos, quienes generan los cataclismos", escribe en el prólogo El Gran Wyoming, roquero activo con Los Insolventes. Desde una perspectiva pop, Bikinis, fútbol y rock & roll nos sumerge en esas conmociones que sacudieron el mundo occidental desde la década de los cincuenta del siglo pasado, con consecuencias imprevisibles en el llamado segundo franquismo. Colectivos como el LGTB, las mujeres, los jóvenes o el movimiento por los Derechos Civiles agitaron las conciencias y contribuyeron a configurar nuevas escalas de valores. El opresivo franquismo sociológico comenzó a agrietarse. Este libro recoge en su título realidades concretas y representativas de fenómenos de masas que permeabilizaron la dictadura franquista. Han sido símbolos de pugnas contra la represión sexual, el racismo y la xenofobia. Signos de transformaciones sociales que impactaron en la sociedad española. Una historia de historias. Tanto de héroes y heroínas anónimas como de los principales protagonistas de esos años (creadores y empresarios). El autor refleja testimonios directos de las figuras más importantes. Los hechos más relevantes son puestos en perspectiva y se evalúa su influencia e impacto en términos económicos y, sobre todo, emocionales. "

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Seitenzahl: 950

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Foca / Investigación / 151

Adrian Vogel

Bikinis, fútbol y rock & roll

Crónica pop bajo el franquismo sociológico (1950-1977)

«Esta es la crónica de aquellos años que cambiaron el mundo demostrando que, como llevan diciendo desde hace siglos los profetas, son las pequeñas personas, con pequeños gestos, quienes generan los cataclismos», escribe en el prólogo El Gran Wyoming, roquero activo con Los Insolventes. Desde una perspectiva pop, Bikinis, fútbol y rock & roll nos sumerge en esas conmociones que sacudieron el mundo occidental desde la década de los cincuenta del siglo pasado, con consecuencias imprevisibles en el llamado segundo franquismo. Colectivos como el LGTB, las mujeres, los jóvenes o el movimiento por los derechos civiles agitaron las conciencias y contribuyeron a configurar nuevas escalas de valores.

Este libro recoge en su título realidades concretas y representativas de fenómenos de masas que permeabilizaron la dictadura franquista. Han sido símbolos de pugnas contra la represión sexual, el racismo y la xenofobia. Signos de transformaciones sociales que impactaron en la sociedad española.

Una historia de historias. Tanto de gentes anónimas como de los principales protagonistas de esos años (creadores y empresarios). El autor refleja testimonios directos de las figuras más importantes. Los hechos más relevantes son puestos en perspectiva y se evalúa su influencia e impacto en términos económicos y, sobre todo, emocionales.

De la cosecha del 56, Adrian Vogel dio el salto de la prensa (fue miem­bro fundador de la revista Ozono) y la radio musical (las primeras FMs rock de Madrid, 99.5 y Onda 2, y el Para Vosotros Jóvenes de Carlos Tena) a la industria discográfica. Desde finales de los setenta ha trabajado en Madrid, Nueva York y París para Gong, Epic/CBS/Sony, Polydor, RCA/Zafiro, Edel, Nuevos Medios y dos compañías propias (Compadres y DMM). También fun­dó dos editoriales musicales. Ha dirigido los contenidos de diver­sas webs. Desde 2007 tiene el blog pop El Mundano, el canal El Mundano TV en youtube e imparte clases, conferencias y participa en seminarios. En 2016 ha empezado a colaborar con la Universidad Carlos III de Madrid.

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Adrian Vogel, 2017

© Ediciones Akal, S. A., 2017

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-16842-05-6

DEDICATORIA

Quisiera empezar dedicando este libro a mis padres. A mi madre, licenciada en Historia del Arte (Universidad Complutense, promoción de 1984), por, entre otras cosas, inculcarme el amor por el arte. Aprovechaba los viajes futboleros para llevarme a museos y pinacotecas. A mi padre por su empatía con mis aficiones musicales y haberme enseñado la grandeza del deporte.

Siguiendo con la familia: a Begoña, compañera desde hace 42 años y madre de nuestro hijo Adrián, a quien por supuesto también está dedicado.

A José Manuel Rodríguez Rodri, mi memoria en esta crónica. Amigo de décadas. Y, como Bego y Adri, «víctima» de mi empeño. Como lo han sido todos quienes han colaborado, aportado información y soportado el «vengo a hablar de mi libro».

A José Miguel Monzón El Gran Wyoming por su ilimitada generosidad y amistad de tantos años. Desde primero de Medicina.

A Ramón Akal y Jesús Espino, de la editorial, por haber confiado y dado luz verde al proyecto. Y a Pedro Arjona por habernos puesto en contacto.

¡Huye!

Yo que tú desaparecería.

Begoña Fernández Cuevas, marzo 2015

PRÓLOGO

Dadme un ombligo y moveré el mundo

En los libros de química aparece un término que también se utiliza coloquialmente, y que hace referencia al paso de liquido de una sustancia concentrada a otra que lo está menos a través de una membrana para establecer un equilibrio. A este fenómeno se le llama ósmosis.

La membrana que separaba esta célula social y política que llamamos España durante el franquismo eran Los Pirineos donde muchos, con razón, situaban entonces la frontera sur de Europa en contra de los criterios geográficos que nos integraban en aquel mundo remoto, democrático, sólo por el hecho de encontrarnos ubicados en el mismo continente. No obstante, como ocurre a nivel celular, esas membranas, que los científicos dan en llamar semipermeables, no actúan como un muro perfecto de contención porque permiten el paso de sustancias cuando estas, por su tamaño, caben por sus poros.

Así, en aquella España en blanco y negro donde nunca pasaba nada, y si pasaba ya se encargaban los medios de comunicación, que entonces no se llamaban así, de ocultarnos lo que ocurría, la barrera de Los Pirineos se vio rebasada, como los embalses en tiempos de gota fría, por multitud de acontecimientos insólitos que habrían de cambiar el mundo civilizado, tradicional y nacional católico, en el que nos habíamos desenvuelto durante años, aunque para comprender nuestro destino como reserva espiritual de Occidente hubiera sido necesaria una campaña militar que puso en su sitio a los montaraces habitantes de la piel de toro.

El mundo, decía, tal y como lo conocíamos, cambió más en veinte años que en los anteriores dos mil. Yo, que aún presumo de ser un adulto joven y la OMS (Organización Mundial de la Salud) me avala en mi criterio, he conocido el mundo, en un pequeño pueblo de La Mancha, tal y como lo vio el Cid Campeador. Tres años más tarde, sentado ante el televisor, vi a un hombrecito dando saltos ridículos sobre la superficie de la Luna. Mi abuela, siempre de luto por la muerte de algún familiar próximo o remoto, el caso era vestir de negro, anclada en el medievo, contemplaba también aquellas imágenes sin que le causaran el menor estímulo sensorial porque su preocupaciones no rebasaban el ámbito de las lindes del pueblo. Lo que pasara o dejara de pasar en Madrid, le importaba un carajo; en la Luna, ni te cuento.

Este pueblo ibérico, ciclotímico, dual como ninguno, capaz de las mayores genialidades artísticas, de las mayores crueldades, el más ácrata, el más intransigente, amante de la fiesta, donde el cachondeo cotiza como en ningún otro lugar del mundo, absolutamente incapaz del menor atisbo de sentido del humor, se había convertido en una pecera, en un nicho aislado al margen de las corrientes que recorrían como un ciclón el resto de los países que se dan en llamar civilizados por su nivel de renta y su puesta en escena.

Claro está que como decíamos, ese muro físico no fue capaz de contener del todo lo que ocurría al otro lado y a través de las rendijas se nos fueron colando muestras de lo que da en llamarse la modernidad y que, a todas luces, venía cargada, entre otros males, del cáncer del liberalismo, de promiscuidad, desvergüenza y enajenación subversivo–erótica que ha cumplido con su misión degeneradora de nuestra moral tradicional hasta culminar en esta aberración que dan en llamar El día del orgullo gay.

Estoy seguro de que si Franco levantara la cabeza se sentiría frustrado por el mal trabajo de sus muchachos a los que dejó todo atado y bien atado, y es verdad, se lo puso fácil para que retomaran el timón de la nave cuando pasara el tiempo de la euforia democrática, siempre pensó que éste era un pueblo indolente y pusilánime al que se sometía fácilmente con una disciplina férrea. La presencia de rojos en el Parlamento lo tomaría como una batalla perdida por debilidad en la estrategia, pero lo que hundiría su moral al punto de entender que toda su obra, su esfuerzo y su pulso aniquilador no habían servido para nada, sería ver ondeando en la fachada de los ayuntamientos la bandera de «los maricas». Ahí es donde entendería que habíamos dejado de ser la estrella polar que orientaba el camino que conducía desde el Imperio hacia Dios.

Esta es la historia de cómo esos agentes tóxicos, degradantes, han ido cercenando nuestros cimientos hasta llegar a la decadencia moral que hoy contemplamos y que otros llamamos libertad. Es un trabajo constante, como el del óxido que corroe los metales. Ya lo dijo Neil Young: «Rust Never Sleeps».

Cómo no, esta descomposición tuvo una banda sonora que estuvo a la altura de la indecencia que anunciaban los tiempos. Nunca una música ha alterado el cerebro de una generación hasta el punto de la enajenación colectiva que se dio en aquellos tiempos. Cuando The Beatles fueron a Australia se encontraron con 300.000 personas en la puerta del hotel colapsando la ciudad. Harrison lo expresa muy bien: «Todo el mundo se había vuelto loco y nos tomaron a nosotros como excusa». Así es, pero es que era exactamente el sonido que las masas llevaban esperando durante siglos para mandarlo todo a tomar por culo. Lamento la expresión, pero es lo que trajo el rock & roll.

Tras escuchar el riff de «Satisfaction» ya no volvías a ser el mismo, y el tipo de bigotito gris que poblaba nuestras calles pasaba a ser un perfecto imbécil, un ser ridículo. Lo malo es que nuestros padres también eran así, y en esa sopa de contradicciones nos criamos.

Esta es la crónica de aquellos años que cambiaron al mundo demostrando que, como llevan diciendo desde hace siglos los profetas, son las pequeñas personas, con pequeños gestos, los que generan los cataclismos: Un riff de guitarra, un bañador de dos piezas y el mundo no volvió a ser el mismo.

Con unos años de retraso, maleducados como estábamos para entender todo de golpe, tuvimos que echar mano de los manguitos para salir a flote. Otros, como dijo en su día Dylan, se hundieron como piedras porque no aprendieron a nadar, no se enteraban de que las aguas estaban subiendo.

Qué curioso, lo del bikini: la libertad, como la vida, nos llegó por el ombligo.

El Gran Wyoming

INTRODUCCIÓN

El franquismo, de ser originalmente un sistema político,

se convirtió en forma de vida de los españoles.

José Luis López Aranguren, La cultura política en la España de Franco, 1976

Durante el segundo franquismo surgió el franquismo sociológico, también conocido como mayoría silenciosa. Su evolución se produjo en base a hechos de marcado carácter económico y geopolítico. Y de unos factores externos y culturales que, aunque asociados inevitablemente a los cambios económicos, gozan de autonomía propia. Algunos incluso modificaron el panorama macroeconómico. Son precisamente estos agentes exógenos los que contribuyeron a la transformación y apertura de una sociedad constreñida por la dictadura.

En la primera parte de esta crónica pop se expondrán los antecedentes y el desarrollo de los acontecimientos más relevantes. En la segunda el foco estará sobre esos pequeños grandes detalles que alteraron la vida cotidiana de los españoles y modificaron una sociedad civil criada bajo el franquismo. Otros aires traían nuevas costumbres y modelos de comportamiento. Podríamos decir que fueron las semillas que germinaron con la generación que pilotó la Transición. El cántabro Jesús Ibáñez, gran innovador de la sociología española en los setenta e introductor de los grupos de discusión, decía que «pequeñas cosas producen grandes efectos, las formas y los procesos tienen zonas de inestabilidad»[1]. Era un mundo guiado por dos vectores opuestos con un origen común: hijos de contendientes de la Guerra Civil. Los que no combatieron.

La dirección que siguieron los descendientes de los derrotados estuvo marcada por el silencio, el miedo, la represión y también el riesgo, asumido por quienes, desde la clandestinidad, se opusieron a la dictadura y pagaron con su vida o dieron con sus huesos en la cárcel.

Los vástagos de los vencedores tomaron políticamente dos hojas de ruta. Unos serían cuadros de la administración franquista y, desde el poder, los más audaces impulsaron y negociaron los cambios que nos trajeron la democracia tras la muerte del dictador. Otros, en un claro ejercicio de rebeldía generacional, pasaron a formar parte activa de la oposición. Principalmente desde las filas del prohibido y perseguido Partido Comunista, el enemigo público núm. 1 del franquismo.

También encontramos a quienes la situación política tocaba de lejos pero se beneficiaban de ella. Son estos quienes conformaron esa masa silenciosa, apolítica, conformista, que supuso el sustento social de Franco. Una España «apolítica» que no era falangista ni comunista.

Viajar a la década de los cincuenta del siglo pasado será una constante a lo largo de estas páginas. Un punto de arranque y de referencia, origen de las protuberancias. Atrás quedará una durísima y cruel posguerra. Los años del hambre, de las cartillas de racionamiento, del estraperlo, de los campos de trabajo que paulatinamente fueron sustituyendo a los de concentración[2], de la feroz represión, del aislamiento internacional que tuvo su cénit en 1946 con la condena y sanción del Régimen por parte de la ONU. Anteriormente en la sesión inaugural de Naciones Unidas, Conferencia de San Francisco de abril de 1945, el representante mexicano aludió sin mentarlos a países, entre ellos España, que no reunían condiciones para ingresar en la organización. Las tres potencias vencedoras de la segunda contienda mundial, EEUU, URSS y Gran Bretaña, redactaron un comunicado público el verano del 45 en el que anunciaban la decisión de no favorecer una posible solicitud española de ingreso a la ONU[3], resistiendo las pretensiones de Stalin –quería medidas más duras contra Franco, aliado de Hitler en el frente ruso con la División Azul–, por «sus orígenes, naturaleza y estrecha relación con el Eje del régimen de Franco»[4]. Los tres países se hacían eco de la postura mexicana expuesta en San Francisco por Luis Quintanilla, exembajador en Moscú (1943) e integrante del estridentismo, el ecléctico movimiento artístico de vanguardia del México de los años veinte.

Naciones Unidas en su vigésimosexta Asamblea General, 9 de febrero de 1946, recordaba la resolución de la sesión fundacional en San Francisco y la declaración conjunta de Potsdam, en la que los tres aliados confirmaban su negativa a la entrada del nuevo Estado fascista español en la organización[5]. En marzo de ese año Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia reafirmaban la condena de la ONU y advertían de que, si no se emprendían medidas liberalizadoras, romperían relaciones diplomáticas con España. El dictador se enrocó y selló el aislamiento político que su régimen sufriría durante los últimos años de la década de los cuarenta.

Las presiones soviéticas sobre los llamados países satélites ejercían su influencia. Para los norteamericanos una cosa era no permitir la entrada de España como miembro de Naciones Unidas y otra muy distinta romper relaciones diplomáticas, a pesar de los comunicados conjuntos –el último de marzo del 46, firmado con Reino Unido y Francia–. Finalmente, en diciembre de 1946 «el asunto español» llegaba al plenario de la Asamblea General de Naciones Unidas (tras pasar por comités y subcomités tanto del Consejo de Seguridad como de la Asamblea General).

Del 10 al 12 de diciembre se celebraron las sesiones n.° 57, 58 y 59 del pleno de la Asamblea General. En la última se aprobó una propuesta anti-España por 34 votos a favor, seis en contra y 13 abstenciones. Estados Unidos votó a favor. Curiosamente los norteamericanos carecían de la máxima representación diplomática en España desde justo un año antes, por la renuncia voluntaria de su embajador Norman Armour. Esta circunstancia permitía el ambiguo doble juego, «del sí pero no, no pero sí» en cuanto a la ruptura de relaciones con la dictadura. Doble juego que también practicó el generalísimo en su apoyo a Hitler y Mussolini, mientras recibía, con restricciones, alimentos y combustible de EEUU y Gran Bretaña, y en el interior entre Falange y Ejército.

La parte final de la resolución de Naciones Unidas decía:

La Asamblea General

Convencida de que el gobierno fascista de Franco en España fue impuesto al pueblo español por la fuerza, con la ayuda de las potencias del Eje, a las que prestó ayuda material durante la guerra, no representa al pueblo español, y que por su continuo dominio de España está haciendo imposible la participación en asuntos internacionales del pueblo español con los pueblos de las Naciones Unidas.

Recomienda que se excluya al gobierno de Franco como miembro de los organismos internacionales establecidos por las Naciones Unidas o que tengan nexos con ellas, y de la participación en conferencias u otras actividades que puedan ser emprendidas por las Naciones Unidas o por estos organismos, hasta que se instaure en España un gobierno nuevo y aceptable.

Deseando, además, asegurar la participación de todos los pueblos amantes de la paz, incluso el pueblo de España, en la comunidad de naciones.

Recomienda que, si dentro de un tiempo razonable, no se ha establecido un gobierno cuya autoridad emane del consentimiento de los gobernados, que se comprometa a respetar la libertad de expresión, de culto y de reunión, y esté dispuesto a efectuar con prontitud elecciones en que el pueblo español, libre de intimidación y violencia y sin tener en cuenta los partidos, pueda expresar su voluntad, el Consejo de Seguridad estudie las medidas necesarias que han de tomarse para remediar la situación.

Recomienda que todos los miembros de las Naciones Unidas retiren inmediatamente a sus embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en Madrid.

La Asamblea General recomienda asimismo que los estados miembros de las Naciones Unidas informen al Secretario General, en la próxima sesión de la Asamblea, qué medidas han tomado de acuerdo con esta recomendación[6].

Los economistas denominan a este periodo de posguerra y aislamiento internacional como autarquía: el sistema económico según el cual una nación debe ser capaz de abastecerse a sí misma y sufragar todas sus necesidades, con un mínimo intercambio comercial con el exterior y el rechazo a los capitales extranjeros. En política un régimen autárquico se refiere a las dictaduras: al gobierno de un grupo que posee el poder absoluto, decidiendo las leyes y cambiándolas de acuerdo a sus intereses.

En la década de los cincuenta, en el contexto de la Guerra Fría, la dictadura evoluciona –hasta llegar al fin de la autarquía– y se va conformando esa mayoría silenciosa que conocemos como el franquismo sociológico. Antonio Maestre la define como «la cultura política de identificación con el régimen»[7]. Por su parte Pepe Ribas, fundador de la revista Ajoblanco en pleno auge de la contracultura a la que tanto contribuyó y autor de Los 70 a destajo[8], declaraba en una entrevista de abril del 2008 a Radio ELO y transcrita por la web A las barricadas[9]:

El franquismo tiene dos fases: la represión y asesinato terrible, esta no la has vivido, y la que sí vivimos, una España gris, anquilosada, opresiva, pero lo peor era una mayoría silenciosa, el franquismo sociológico muy extendido, con lo cual rebelarte era muy fuerte y difícil, porque el franquismo tenía muchos adeptos, esto no hay que obviarlo, porque es de donde partíamos, sea por los planes de desarrollo, sea por el SEAT 600, había un inmenso franquismo sociológico que hacía aquello más difícil, brutal. Porque la represión estaba en tu casa, en los lugares de trabajo, en todas partes. Si querías romper con esto, chocabas con la policía y con muchísimos elementos de la sociedad que estaba dormida en esa mayoría silenciosa y siniestra.

El término «mayoría silenciosa» fue acuñado por el presidente Richard Nixon para minimizar el impacto de los manifestantes estadounidenses que exigían el fin de la guerra de Vietnam. Los propagandistas oficiales de los últimos años del franquismo lo usaron profusamente para ningunear a quienes salían a la calle pidiendo una apertura democrática y la amnistía de todos los presos políticos. Maestre en su ya reseñado artículo resaltaba que «la apelación a este concepto fue uno de los preceptos que formó parte del llamado franquismo sociológico. La corriente de ciudadanos y políticos que habiendo vivido bien con el franquismo y estando de acuerdo con sus ideas, estaban abiertos a un cierto nivel de apertura para controlar que la transición no se saliera de los cauces tolerables».

Los signos de apertura mental se venían experimentado desde la década de los cincuenta gracias, entre cosas, a la aparición de los bikinis, la globalización del fútbol, el nacimiento del rock ‘n’ roll y otras películas. Tomen estas ideas fuertes como símbolos de unos cambios que afectaron a todo el planeta y que en España produjeron situaciones chocantes e imprevisibles. Son metáforas de varias disciplinas que esconden profundas cargas sociales: moda, liberación sexual, emancipación de la mujer, la juventud como consumidora masiva de cultura y ocio, el deporte y la música como motores de cambio y superación de barreras raciales y de género, más el poder de la radio y de lo audiovisual, sea cine, publicidad o televisión.

Espero que disfruten de este viaje pop que usa parte del concepto de «cultura completa»[10] del conservador y premio Nobel de Literatura de 1948 T. S. Eliot y engloba tanto la alta cultura como la cultura popular. Un todo. Hay que dejar de lado su polémica observación sobre el mantenimiento de las clases sociales (entendiendo que estaba enmarcado dentro del ámbito cultural). Y aceptar que al ser Eliot creyente la religión desempeñaba un rol importante en su visión. Agnósticos o ateos podemos y debemos comprender el aspecto religioso desde varios ángulos. Sin menoscabo de nuestros principios o dudas. Lo cortés no quita lo valiente. ¿O vamos a estas alturas del partido a renegar de obras maestras por su inspiración o temática religiosa? ¿Somos talibanes culturales y eliminamos de un plumazo, a la manera yihadista, el «My Sweet Lord» de George Harrison, a Pascal, a san Agustín, las obras sacras de Bach (luterano) o Zurbarán (católico), el misticismo de Cristino de Vera, el «Salou Qualbi» cantado por Umm Kalzum (hija de un imán egipcio) y un larguísimo etcétera?

No sólo hago mía, parcialmente, la idea de «cultura completa». También me apropio de la de «industria cultural»[11], introducida por Theodor Adorno y Max Horkheimer en 1944. Pero no asumo el punto de vista negativo –tan de Adorno– y peyorativo de los dos pilares de la Escuela de Frankfurt. Al contrario. Es un hallazgo porque reconoce al agente que produce y promueve el acceso y la difusión de cultura. Como llevaba sucediendo desde la aparición de la imprenta (libros, libretos, periódicos, textos teatrales o partituras). Hoy en día se vive un apogeo de la distribución cultural gracias a internet y los dispositivos portátiles (tabletas, móviles, etc.). Y se están configurando las reglas de juego de la nueva industria cultural.

El objeto, el producto cultural, no es la obra de arte. Su producción masiva no la transforma, facilita su deleite. La obra sigue siendo fruto de la creación artística, no de las herramientas que la difunden. La película de 35 mm o el vinilo son los soportes que nos acercan a la película o a la composición y a su interpretación en ambos casos. El arte se encuentra en lo que contienen los fotogramas o los surcos. La manipulación a la que se refieren Adorno y Horkheimer, y de la que nos alertan, no es tal. Se demostró en las formas de expresión artística a lo largo del siglo xx. En campos tan vinculados a las innovaciones tecnológicas como el cine y la música. Un ejemplo clarificador puede ser el de los discos y la radio. Por usar un medio de comunicación al que Horkheimer era alérgico, en realidad desconfiaba de cualquier adelanto, mientras Adorno consideraba perniciosa la producción masiva de grabaciones de música. El caso es que, por mucho que se programe una canción en la radio, si no gusta, no va a vender. Nadie te apunta con una pistola para que adquieras un artefacto sonoro. Una vez detectado este dato comercial, la emisora dejará de pinchar el tema. Funciona también a la inversa: si vende, sonará más. El éxito llama al éxito. La vieja teoría del best-seller de los editores de libros.

¿Hay un trasfondo ideológico en el planteamiento del tándem alemán? La pista nos la proporcionó años antes un conocido de ambos, Walter Benjamin, cuando clamó contra el cine sonoro y defendió el mudo[12]. El del realismo socialista de Stalin, que en 1925 produjo una obra maestra tan indiscutible como El acorazado Potemkin de Serguéi Eisenstein. Las intenciones propagandistas de la cinta, y del cine soviético, eran tales que la censura comunista eliminó la introducción de Trotsky (enfrentado a Stalin). Suceso que se repitió durante el siguiente rodaje de Eisenstein, Octubre, aunque en esta ocasión fue el propio director quien se autocensuró ante las noticias de la caída en desgracia de Trotsky. ¡Le eliminó de su relato sobre la Revolución de Octubre de 1917!

Tampoco conviene pasar por alto que «el público cultural» del siglo xx, especialmente a partir de la década de los cincuenta, es el más activo y numeroso de la historia. Acude a teatros, cines, clubs, festivales, museos, salas de conciertos, exposiciones, viaja y organiza su tiempo de ocio y entretenimiento alrededor de actividades culturales (y deportivas). Seré cortito, pero no percibo la pasividad de la audiencia a la que hacen referencia los gurús de Frankfurt cuando dicen que a eso nos conduciría la (presunta) manipulación tecnológica. Para Adorno y Horkheimer su anunciada pasividad imposibilitaría la subversión. El rock ‘n’ roll, y sus derivados desde los sesenta, demostraría cuán errados estaban en sus proyecciones. Sería un sector de la industria cultural, el discográfico –las compañías establecidas más las de nueva creación–, el que apoyaría e impulsaría la rebelión juvenil produciendo la banda sonora de las revueltas décadas de los sesenta y setenta. Por primera vez en la historia los jóvenes no sólo tenían voz y voto (los mayores de edad); también se convertirían en una fuerza económica de primera magnitud. Ya fuesen consumidores, creadores, empleados o empresarios. Nunca antes hubo tantos millonarios menores de 30 años. Un fenómeno similar al producido en nuestros días con los emprendedores digitales.

Los buenos teóricos, Adorno y Horkheimer lo eran, no se arremangan ni se tiran al barro. Por eso los de Frankfurt desconocían un principio básico, el del «equilibrio ecológico» en las empresas culturales (sean editoriales, galeristas, productoras audiovisuales o discográficas): los éxitos, los superventas, financian la toma de riesgos y las apuestas por nuevos creadores. Más adelante veremos ejemplos prácticos al respecto. Conviene aclarar en su descargo que sus puntos de vista teóricos respondían a circunstancias propias de su época y de los conflictos ideológicos existentes en esos momentos (entre guerras, nazismo, Segunda Guerra Mundial, congresos de la Internacional Comunista[13], su exilio en ¡Nueva York!)[14]. Vivían en un mundo que se movía más rápido. Y lo seguiría haciendo de manera progresiva. Se podía vislumbrar la aceleración futura pero no el vertiginoso ritmo digital de hoy en día.

En este collage que tiene entre las manos, tan propio del primer arte pop británico de los cincuenta, se ha omitido deliberadamente la literatura (aunque aparezcan menciones porque las artes del siglo xx se entrecruzan). La importancia de los textos se reflejará en la cultura rock, nacida precisamente en un siglo marcado por la explosión de las canciones y los géneros musicales. No se pasará por alto la enorme aportación de nuestros cantautores como divulgadores de la poesía española.

Hay dos razones principales para esta ausencia literaria. La primera porque en el caso español nuestra aportación más reconocida universalmente ha sido el arte pictórico. Somos, sobre todo, una nación de grandes pintores. Artistas que a lo largo de los siglos trascendieron y marcaron un antes y un después en la historia de su oficio. El mundialmente reconocido crítico literario Harold Bloom, en su aclamado El canon occidental (la escuela y los libros de todas las épocas)[15] de 1994, elige a 26 escritores canónicos y tan sólo selecciona a Cervantes de entre los nuestros. Comparen, si hiciéramos una lista parecida de pintores, con los Velázquez, El Greco, Zurbarán, Goya, Picasso, Miró, etc. Artistas indispensables para entender el arte y su recorrido en el tiempo. En 2003 Bloom amplió la lista a 100 en Ensayistas y profetas. El canon del ensayo (curiosa traducción del título original Genius: A Mosaic of One Hundred Exemplary Creative Minds[16]) y sólo añadió a Federico García Lorca. La segunda razón es la publicación (diciembre del 2014), en esta misma casa, de El cura y los mandarines de Gregorio Morán: cubre el mundo literario, la elite, sus avatares, y no sólo durante el periodo que nos ocupa. Y qué demonios, hay otra adicional: en España no se lee tanto, a pesar de la pompa que se dan los de las Letras. O precisamente por eso mismo... además de «la dictadura de las subordinadas de las subordinadas» a la que están sometidos nuestros mejores prosistas.

En su acepción más amplia el pop, tanto en arte como en música, fue la oposición artística a las dominantes elites culturales. También al sistema político en el caso musical. Y se dio la circunstancia de que fue el propio sistema quien ejerció la oposición a la nueva música, el grito de rebeldía de varias generaciones durante más de veinte años.

Los caminos de los creadores pop, artistas y músicos, se cruzaron. Compartían coordenadas. Iban a las mismas fiestas.

Este es el prisma óptico bajo el que está escrito este libro.

¡Abróchense los cinturones y disfruten!

[1] J. Ibáñez, Por una sociología de la vida cotidiana, Madrid, Siglo XXI, 2014 (reedición de su obra póstuma), p. 128.

[2] Llegó a haber hasta 180 campos de concentración. El primero, en Ceuta, establecido por Franco en 1936 a los dos días del golpe de Estado; el último en cerrar, 1947, fue el de Miranda de Ebro.

[3] Conferencia de Potsdam: las tres principales potencias aliadas, representadas por Truman, Stalin y Churchill hasta que perdió las elecciones, firmaron acuerdos tras la Segunda Guerra Mundial.

[4] P. Preston, Franco, Caudillo de España, Barcelona, Grijalbo, 1993, pp. 673-676.

[5] Resolución 32 de la Asamblea General «Relaciones entre los Miembros de las Naciones Unidas y España» [http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/RES/32(I)].

[6] Resolución 39 de la Asamblea General «Relaciones entre los Miembros de las Naciones Unidas con España» [http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/RES/39(I)].

[7] A. Maestre, «La mayoría silenciosa, el PP y el franquismo sociológico», La Marea, 6 de octubre de 2013.

[8] J. Ribas, Los 70 a destajo, Barcelona, RBA, 2007.

[9] [http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/685].

[10] T. S. Eliot, Notes Towards the Definition of Culture, Londres, Faber and Faber, 1948. En España no se editó traducido hasta 2004, por Ed. Encuentro, bajo el título La unidad de la cultura europea, con el subtítulo Notas para una definición de la cultura. Para la primera edición, Eliot actualizó los artículos publicados en The New English Weekly, 1943, The New English Review, 1945, y tradujo al inglés tres programas de radio que hizo para Alemania.

[11] T. Adorno y M. Horkeimer, «La industria cultural. Ilustración como engaño de masas», capítulo de su obra conjunta Dialéctica de la Ilustración, Obra Completa. 3, Madrid, Akal, 2007, pp. 133-181. La primera edición alemana data de 1944 y fue revisada en 1947. No se volvió a reeditar hasta 1969, año en el que Adorno falleció de un infarto cuando una activista se le abalanzó a pecho descubierto.

[12] T. Adorno y W. Benjamin, Correspondencia (1928-1940), ed. Jacobo Muñoz, Madrid, Trotta, 1998, p. 284. Benjamin en carta del 9 de diciembre de 1938: «Cada vez veo más claro que el lanzamiento de la película sonora haya de ser considerado como una acción de la industria, una acción destinada a romper el primado revolucionario del cine mudo, difícilmente controlable y capaz de suscitar reacciones políticamente peligrosas». Dos años antes de la carta, Benjamin, en su La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica (Ítaca, 2003), venía a decir lo mismo. En el mencionado capítulo «La industria cultural», son Adorno y Horkheimer quienes arremeten contra el cine sonoro acusándolo de atrofiar y paralizar la imaginación y espontaneidad del espectador.

[13] Trotsky fue el líder más destacado del IV Congreso, Moscú, 1922, debido a la enfermedad de Lenin, además de ser el promotor del mismo. El Congreso dictaminó que la militancia en un Partido Comunista era incompatible con la masonería y la pertenencia a la Liga de los Derechos Humanos.

[14] En el prólogo, fechado en abril, para la reedición de 1969 de Dialéctica de la Ilustración, ambos asumen algunos cambios en sus planteamientos (pp. 9, 10).

[15] Damián Alou fue el responsable de la traducción española, editada por Anagrama.

[16] Páginas de Espuma, 2010, traducción de Amalia Pérez de Villar.

CAPÍTULO I

La Guerra Fría y Perón al rescate de Franco

Qué manera de sufrir,

qué manera de palmar,

qué manera de vencer,

qué manera de morir,

Letra y música de Joaquín Sabina, «Motivos de un sentimiento», 2003

A finales de 1947 la Asamblea General de la ONU debía analizar los resultados de la resolución del año anterior contra España. El caso español, the Spanish question, seguía despertando pasiones. Por una parte, el régimen español simbolizaba la pervivencia de los totalitarismos derrotados en la Segunda Guerra Mundial y, por otra, representaría el campo de batalla de las dos superpotencias, EEUU y URSS. Dilucidaban su supremacía global en un ambiente de manifiesta guerra fría. Tan incipiente como real.

Con el verano del 47 a punto de terminar la cuestión española comenzó de nuevo a enfrentar a los estados miembros de Naciones Unidas. El grupo de países bajo la órbita soviética eran los más críticos con un Estado que rememoraba al fascismo y el nazismo. El ministro de Asuntos Exteriores del Kremlin y vicepresidente de su Consejo de Ministros Viacheslav Molotov, el del cóctel[1], ejercía un liderazgo implacable sobre los Estados del bloque comunista. En contraposición, José Arce, el delegado argentino en la ONU del primer gobierno presidido por Perón, defendía la existencia del régimen español. Negaba que supusiera una amenaza para la paz y la seguridad internacionales. Y reclamaba la anulación de la resolución de diciembre de 1946 contra España. Aducía que la medida era contraria a lo estipulado en la Carta de Fundación de Naciones Unidas. EEUU y Gran Bretaña se alinearon con un grupo de países que aceptaban la existencia del régimen de Franco, oponiéndose a cualquier otra forma de sanción adicional. El representante estadounidense ante la ONU justificaba su postura alegando el nulo resultado obtenido en España desde la aprobación de la resolución de diciembre de 1946. Se emprendía el cambio de la política norteamericana hacia España y su dictadura.

Las circunstancias geopolíticas del enfrentamiento soviético-americano marcaban este giro de rumbo y despejaban las ambigüedades mostradas por Washington hasta ese momento. El resultado fue que el segundo párrafo de la resolución contra España de diciembre de 1946 quedaba suspendido el 17 de noviembre de 1947, al no cosechar las dos terceras partes de los votos de la Asamblea General necesarios para su aprobación. Era el primer gran triunfo diplomático del franquismo. La Guerra Fría comenzaba a jugar en favor de los intereses franquistas en el seno de la ONU.

Al año siguiente, 1948, el secretario de Estado estadounidense George Mar­shall, el del plan, de acuerdo con las delegaciones francesa y británica, decidió convencer a los representantes latinoamericanos para votar en contra si se volvía a plantear la resolución contra España en la próxima Asamblea General (a celebrar en París bajo la presidencia del argentino Arce).

Simultáneamente España hizo saber al nuevo amigo americano su disposición a firmar un pacto bilateral. A cambio de recibir ayuda económica Estados Unidos podría establecer bases militares en nuestro territorio. España pasaría a ser «el bastión de Occidente» en la lucha contra el comunismo y su expansión internacional. Franco cedía soberanía a cambio de divisas y ayuda.

El problema español no se discutió en las sesiones de la ONU de 1948, año del bloqueo de Berlín y del primer conflicto bélico árabe-israelí tras la creación del Estado de Israel. Al año siguiente, en mayo, un comité sí lo trató. Sobre la mesa había dos propuestas. Una, presentada por Polonia, invitaba a endurecer la resolución de 1946. La otra, avalada por Bolivia, Brasil, Colombia y Perú, planteaba que dado el fracaso de la resolución de 1946, en cuanto al logro de sus propósitos, se permitiese a los Estados miembros total libertad de acción en sus relaciones con España. No obstante, ninguna obtuvo la mayoría de dos tercios requerida por la Asamblea General. Estados Unidos votó en contra de la propuesta polaca y se abstuvo en la de los países sudamericanos. ¿Estábamos nuevamente ante una calculada ambigüedad norteamericana?

Los acontecimientos del otoño de 1949 al otro extremo del planeta, en China, determinaron un nuevo giro de EEUU en relación a la península Ibérica (en Portugal gobernaba Salazar): las fuerzas comunistas de Mao Zedong, el Ejército Popular de Liberación, derrotaban a las nacionalistas de otro que fue generalísimo, Chiang Kai-shek, presente en la Conferencia de Potsdam (la rendición de Japón supuso la supervisión china de Vietnam al norte del paralelo 16 y ahora caía en manos de Mao). Tampoco conviene olvidar que la URSS acababa de poner fin al monopolio nuclear de Washington al efectuar su primera prueba[2]. Las escuelas norteamericanas no tardarían mucho en realizar ejercicios de evacuación ante un posible ataque nuclear de la Unión de Republicas Socialistas Soviéticas. La Guerra Fría era también psicológica. Y ofrecía importantes daños colaterales como «la caza de brujas» del senador McCarthy (1950-1956) o las obsesiones de Hoover, fundador y autoridad suprema del FBI.

A comienzos de 1950 la diplomacia norteamericana cambiaba drásticamente de opinión respecto al Régimen. La «amenaza roja» era el motivo principal. En junio de ese mismo año estallaba la guerra de Corea y en la administración del presidente Truman no se descartaba una invasión soviética de Europa. La estratégica situación geográfica de España hizo el resto. Los sectores más reacios a las negociaciones con Franco –entre los que se encontraba el propio Truman, quien detestaba al dictador[3]– acabaron aceptando la idea de enviar un embajador a Madrid. El departamento de Estado y la delegación en la ONU se movilizaron para despejar el camino y lograr los apoyos necesarios entre los países miembros.

En octubre de 1950 el Comité Político de Naciones Unidas empezó a discutir la resolución de 1946 contra España. El último día del mes el embajador estadounidense ante la ONU pidió la anulación de la resolución ante el fracaso en el logro de sus objetivos. Ese mismo 31 de octubre el Comité recomendaba la derogación de la medida de 1946 por 37 votos a favor, 10 en contra y 12 abstenciones. La propuesta pasó a consideración de la Asamblea General el 4 de noviembre. Fue aprobada por 38 votos a favor, 10 en contra y 12 abstenciones. Un gran paso adelante que se vería refrendado cinco años más tarde con la entrada de España como miembro de Naciones Unidas. De momento los embajadores podían volver a Madrid.

En febrero de 1951 el Senado norteamericano confirmaba a Stanton Griffis como nuevo embajador en Madrid. Se ponía fin a un periodo de cinco años sin representación diplomática norteamericana al máximo nivel en España. Griffis aterrizaba en la capital española tras ser el embajador USA en la Argentina peronista. ¿Coincidencia? Su misión en Buenos Aires coincidió con la crisis de la relación Argentina-España tras el idilio inicial. Pero no adelantemos acontecimientos.

El 27 de agosto de 1953 se firmaba el Concordato con el Vaticano. El generalísimo que entraba bajo palio en los templos católicos oficializaba la tercera pata de su apoyo (falangistas y militares eran las otras dos). Treinta días después completaría la cuarta pata de la poltrona: el 26 de septiembre del 53 se firmaba el pacto bilateral entre España y Estados Unidos. La dictadura veía la luz al final del túnel, saliendo del aislamiento internacional desde el final de la Guerra Civil. Dentro de este contexto Estados Unidos tendía una mano al régimen franquista con luz y taquígrafos. Fueron tres tratados internacionales[4].

En el Palacio de Santa Cruz de Madrid el ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín-Artajo firmaba con el nuevo embajador de EEUU, James Clement Dunn, los tres convenios enmarcados en el llamado «Pacto de Madrid». El más importante fue el que autorizaba la construcción de bases militares estadounidenses en territorio español. Estas infraestructuras estrenaron una era de colaboración militar que aún perdura. Se construyó una base naval en Rota (Cádiz) y tres bases aéreas en Zaragoza, Torrejón de Ardoz (Madrid) y Morón de la Frontera (Sevilla). A cambio Estados Unidos concedió un total de 226 millones de dólares para la modernización del desfasado ejército español. Estas bases estadounidenses acabaron desempeñando un rol importantísimo en el mundillo musical español, como veremos más adelante.

El establecimiento de las antenas de Radio Liberty[5] en Pals fue un bonus adicional al pacto. Fundada en 1951 su misión propagandista era emitir para la URSS (Radio Free Europe, nacida un par de años antes, tenía su mira en los «países satélites»). Liberty empezó sus emisiones el 1 de marzo de 1953 desde Lampertheim (Alemania Federal). La cobertura de la muerte de Stalin (Johnny Cash, estacionado en Alemania, interceptó la señal soviética), ocurrida cuatro días después del inicio de las emisiones, puso en el mapa a la radio. Los programas se producían en Múnich y Nueva York. Emitían de seis a siete horas diarias en las distintas lenguas de las republicas socialistas soviéticas (en 1954 llegaron a usar 17 idiomas). En 1955 para mejorar su cobertura en las repúblicas soviéticas del este establecieron transmisores en Taiwán, donde se habían instalado las fuerzas nacionalistas chinas tras ser desalojadas del poder por Mao. La playa de Pals (Gerona) formaba parte del plan de expansión. En 1958 comenzaron las obras de acondicionamiento y la instalación del equipo (seis transmisores de onda corta de 250 kw cada uno). Comenzaron a retransmitir en 1959. En 2001 echaron el cierre. Parte del material fue cedido a Radio Nacional de España y en 2006 la instalación fue desmantelada (se volaron las antenas).

Radio España Independiente, la Pirenaica, representaba la otra cara de la moneda. Dolores Ibárruri laPasionaria impulsó su creación que precedió a las de Radio Free Europe y Radio Liberty. Arrancaron el 22 de julio de 1941 desde Moscú. Ahí estuvieron hasta 1955 cuando se mudaron a Bucarest (Rumanía), mi ciudad natal. El 14 de julio de 1977 emitieron su último programa. Desde Madrid. Cubrieron en directo la primera sesión de las Cortes, las que consensuaron una nueva Constitución, la de 1978, tras las primeras elecciones generales del 15 de ju­nio del 77. Ver a Rafael Alberti, Santiago Carrillo o a Dolores Ibárruri en el Congreso de los Diputados supuso un triunfo para los antifranquistas y una enorme decepción para los ultras del régimen, que no se conformaron y siguieron planeando golpes así como distintas acciones paramilitares en contra de la recién nacida democracia. Ya venían conspirando y atentando desde antes de la legalización del PCE del 9 de abril de 1977.

Al principio de este capítulo se relataba como a finales del verano del 47 la cuestión española enfrentaba a los estados miembros de Naciones Unidas. Dos bandos: el área bajo la influencia soviética y su contrapeso, con Argentina al frente, defendiendo la existencia del régimen español al negar que supusiese una amenaza para la paz y la seguridad internacionales. El representante argentino reclamó la anulación de la resolución de diciembre de 1946 contra España (decía que era contraria a lo estipulado en la Carta de Fundación de la ONU). De hecho Argentina y Portugal fueron los países que no siguieron las directrices de Naciones Unidas y mantuvieron embajadores en Madrid.

La llegada al poder en Argentina de Juan Domingo Perón propició la creación en mayo del 46 del Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio (IAPI)[6]. Las exportaciones argentinas se colocaron en función de los acuerdos bilaterales de comercio y pagos cuyo agente operativo era el IAPI. Era la respuesta peronista ante la ausencia de mercados internacionales organizados, el Plan Marshall que no tocaba a Argentina y la carencia generalizada de dólares. Los principales acuerdos en los que el trigo ocupó un lugar central fueron los firmados con España, Brasil e Italia y cubrían el quinquenio 1947-1951.

El tratado con España de noviembre de 1946, firmado en Buenos Aires, comprometía la entrega por parte argentina de 400 mil toneladas de trigo en 1947, 300 mil en 1948 y no menos del 90 por 100 de nuestras necesidades hasta 1951. Además se acordaron la compra de otros cereales (120 mil toneladas de maíz para 1947 y 100 mil en 1948), carne congelada y alimentos varios (legumbres, aceite, etc.). La creación de una zona franca en el puerto de Cádiz para dar salida a productos argentinos en Europa –nunca se llevó a cabo– y la admisión de emigrantes españoles fueron otros aspectos recogidos en el acuerdo. La contrapartida española ofrecía a Argentina aceitunas, textiles, la construcción de barcos en astilleros españoles, equipos ferroviarios y otros bienes no esenciales. Estas ventas se valoraron en 70 millones de pesos anuales lejos de los 350 millones de pesos del primer crédito argentino de 1946 o del Protocolo Franco-Perón[7] de abril del 48, por el que se ampliaba el crédito a 1.750 millones de pesos. El Caudillo salvaba así otro match-ball.

Franco y su régimen alardearon de este pacto para mostrar al pueblo español que no estaban solos ni aislados. Perón prestó un importante servicio político: no sólo rompió el aislamiento; también trató de mediar con otros países para que suavizaran las tensas relaciones con nuestra dictadura. La visita a España en 1947 de Eva Duarte de Perón fue la representación de una de las operaciones simbólicas más relevantes para el franquismo de posguerra. El viaje de Evita, de dos semanas de duración, se organizó como si se tratase de la tournée triunfal de una diva. Y se ocultó que la gira del arcoíris visitaba otros países europeos.

La ayuda de Argentina contó tanto con la complicidad británica (tenían concertado un acuerdo bilateral con Buenos Aires) como con la estadounidense (vendían petróleo a los argentinos)[8], a pesar de las tensiones diplomáticas entre Washington y la administración peronista, suavizadas con la llegada de Griffis como embajador a la capital argentina.

España, fuera del Plan Marshall, se vio beneficiada por lo que hoy en día llamamos créditos blandos a largo plazo. Los problemas surgieron a finales de 1948, cuando los argentinos, en crisis, solicitaron ante el retraso español en los pagos cobrar en dólares en vez de pesos o, en su defecto, obtener garantías en oro. En 1949 Argentina daba por rescindido el contrato.

El referido Stanton Griffis, quien llegó a Madrid en febrero del 51, había sido nombrado en 1949 jefe de la diplomacia estadounidense en la Argentina de Perón. Antes había servido en Egipto y Polonia, puntos calientes y convulsos finalizada la segunda gran guerra. Hombre de Wall Street no abandonó sus negocios cuando se incorporó al cuerpo diplomático: primer ejecutivo de los estudios Paramount; miembro del consejo de administración del Madison Square Garden; salvador de Brentano al adquirirla en 1933: convirtió la librería de la Quinta Avenida, en su primer emplazamiento, en la más grande del Nueva York de los cuarenta abriendo sucursales en varias ciudades. Durante la guerra estuvo al frente del departamento de cine del ejército de Estados Unidos. Precisamente en Argentina y España su labor de mediación fue indispensable para los intereses de la ya potente industria cinematográfica USA. Es importante señalar que el pacto con la patronal de los productores estadounidenses, MPAA, fue el primer tratado bilateral que España firmó con EEUU, en enero de 1952, anticipándose al «Pacto de Madrid» en casi dos años. Se trataba de asegurar el suministro de películas vírgenes a los necesitados estudios españoles (durante la Segunda Guerra Mundial el suministro llegaba desde Italia y Alemania), regular las licencias de distribución e importación (el estraperlo cinematográfico), control de divisas, rodajes en España, apoyo para la distribución de producciones locales en la meca del cine, presencia de las estrellas de Hollywood en nuestro país, etc. Griffis en su autobiografía Lying in state(De cuerpo presente)[9], publicada nada más abandonar la carrera diplomática –España fue su último destino–, no menciona estas negociaciones en las que el tufo a conflicto de intereses resulta evidente. Paramount salió muy bien parada, si bien es cierto que era una major por lo que su peso era significativo. Al día siguiente de la firma del acuerdo comercial abandonó su puesto en Madrid. Misión cumplida.

John Balfour fue el designado por el gobierno de Su Graciosa Majestad como embajador en Madrid, poniendo fin a otra ausencia de cinco años. Ejerció desde 1951 hasta 1954. Venía de Argentina, como Griffis, con quien coincidió. Y al igual que su homólogo se retiró tras su desempeño en España. No compartía las simpatías de su colega americano respecto a Franco y Perón. Balfour era un peso pesado del servicio exterior británico. Antes de Buenos Aires y Madrid estuvo destinado en Moscú y Washington, prueba de la importancia que el Foreign Office daba a España.

El 16 de septiembre de 1955 un golpe puso fin a la segunda presidencia de Juan Domingo Perón. Tomaba el camino de un exilio que duraría 18 años. Hasta su llegada a España, estuvo viviendo bajo la protección de los dictadores de Paraguay (Stroessner), Nicaragua (Somoza), Venezuela (Pérez Jiménez) y República Dominicana (Trujillo, otro generalísimo). Todo un máster en dictaduras que remató cum laude en Madrid.

Franco accedió a acoger al depuesto presidente argentino en Madrid, recordando la ayuda prestada en momentos difíciles. Mas nunca le recibió evitando conflictos con Argentina. Sí acudió a despedirle cuando, tras trece años de exilio, abandonó definitivamente España.

En su primera residencia en la capital a principios de los sesenta, en el lujoso barrio del Viso, tendría de vecinos a Ava Gardner y Blas Piñar, por entonces director del Instituto de Cultura Hispánica. Era el 11 de la avenida del Doctor Arce. Se cerraba un círculo. El doctor José Arce, eminencia en su campo profesional, fue el embajador de Argentina ante Naciones Unidas entre 1946 y 1949. El gran aliado de los intereses españoles. En 1948 fue presidente electo de la segunda sesión especial de la Asamblea General en París, coincidiendo con la presencia de Argentina en el Consejo de Seguridad (1948-1949). Abandonó su misión ante la ONU, por discrepancias con el gobierno y se exilió en 1950. Vivió tres años en Madrid desde donde se trasladó al estado de Nueva York. En 1957 volvió a Argentina. No sólo es recordado en Madrid, con una avenida, también lo es en Estepona con una plaza.

En junio de 1973 Perón dejaba Madrid para regresar a Argentina, donde meses después volvería al poder. Sería su tercer y último mandato presidencial. Falleció al año siguiente, el 1 de julio de 1974.

Estas páginas no pueden olvidar la aportación personal de Perón al incipiente rock & roll madrileño: ayudó a Los Pekenikes en sus inicios. El grupo amenizó fiestas en su nueva residencia, el chalé de Puerta de Hierro. Y pagó su primer equipo de sonido de nivel. De esa época es el primer Fender Precision Bass que hubo en España. Ignacio Martín Sequeros, bajista fundacional del grupo, lo desempolvó para la conmemoración en Las Ventas del 50 aniversario de la actuación de los Beatles en el madrileño coso taurino (Pekenikes fueron teloneros de los de Liverpool en julio de 1965).

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Americanos, vienen a España guapos y sanos.

Viva el tronío de ese gran pueblo con poderío.

¡Olé Virginia y Michigan!, ¡y viva Texas que no está mal!, no está mal.

Os recibimos, americanos, con alegría.

¡Olé mi mare!, ¡olé mi suegra y olé mi tía!

Letra y música de J. A. Ochaíta y J. Solano, «Las coplillas de las divisas», Lolita Sevilla, en ¡Bienvenido Mr. Marshall! de Luis G.ª Berlanga, 1953

Franco, militar, subiría el rango de sus alianzas durante la década de los cincuenta. Del entonces coronel Perón de la segunda mitad de los cuarenta pasaría al general Eisenhower, victorioso como el de una contienda armada. Ike Eisenhower, Dwight David Eisenhower, trigésimo cuarto presidente de Estados Unidos, general durante la Segunda Guerra Mundial (alcanzó la quinta estrella) y máximo responsable de las fuerzas aliadas en Europa, expresidente de una universidad de elite del grupo de las Ivy League[10], aterrizó en Madrid un 21 de diciembre de 1959. Era el primer presidente de Estados Unidos que venía a España. A la España franquista ni más ni menos. Un regalo de Navidad para el régimen. Previamente, en 1956, su vicepresidente Richard Nixon hizo una escala en Palma de Mallorca y se reunió con el ministro Martín-Artajo. Ike era el Commander-in-chief cuando se rubricó el Pacto de Madrid en 1953. Si bien es cierto que heredó las gestiones de la administración Truman, no es menos cierto que estuvo al tanto de los contactos preliminares desde su posición de Comandante Supremo Aliado en Europa, desde abril del 51. Abandonó el cargo trece meses después de asumirlo para centrarse en la carrera presidencial. Ocupó la Casa Blanca el 20 de enero de 1953. El Pacto se firmó el 26 de septiembre de ese mismo año. Al contrario que su predecesor, Harry S. Truman, reacio a pactar con Franco hasta el último momento, Eisenhower pensaba aprovechar el anticomunismo del dictador, quien además hacía gala del mismo. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos, debió de pensar el presidente con apellido de origen alemán. Sabía del gallego, no sé si de los gallegos, desde la Segunda Guerra Mundial (la operación Torch en Gibraltar). La impresión personal que tuvo en Madrid del generalísimo, en la primera y última vez que coincidieron, fue óptima, en línea con la apuntada por los emisarios diplomáticos y militares que mantenían contacto con la dictadura desde inicios de la década. El embajador Griffis y el almirante Forrest Sherman eran los fans n.º 1 del Caudillo. Este último, como comandante en jefe de la Sexta Flota estadounidense, había visitado puertos españoles. Con el añadido de su hija: vivía en Madrid (el marido, capitán de corbeta, estaba en 1947 destinado como ayudante del agregado naval de la embajada). El secretario de Defensa de Truman, Louis A. Johnson, también quería estrechar relaciones con España. Cuando Truman finalmente accedió a un tratado bilateral, comentó a Sherman, entonces jefe de operaciones navales: «A mí, Franco no me gusta y nunca me gustará, pero no permitiré que mis sentimientos personales pasen por encima de las convicciones de ustedes, los militares»[11]. A mediados de julio de 1951 Sherman visitó el Palacio del Pardo. Quedaron plasmadas las líneas maestras y sólo faltó pulir los detalles para hacer efectivo el tratado. Dos días después de la reunión se producían cambios en el gobierno. Franco en su entrevista con Sherman había anunciado que los habría[12]. Entró el católico Joaquín Ruiz-Giménez en Educación tras el inusual rechazo de Castiella (fue destinado a Roma como embajador ante la Santa Sede y en 1957 sustituyó a Martín-Artajo en Exteriores, permaneciendo doce años en el cargo).

Los cronistas y testigos de aquella trascendental visita recuerdan a un Francisco Franco radiante mientras se lucía, en coche descapotable, junto al líder del «mundo libre» por las calles de la capital. El afectuoso abrazo que Ike le dio al despedirse, en la base aérea de Torrejón, despejó las dudas sobre el calculado y frío discurso del presidente (políticamente correcto en nuestra terminología actual) y confirmó que el dictador había conseguido por fin dar carpetazo al aislamiento de su régimen. España afianzaba los pasos dados para incorporarse al escenario diplomático, económico y militar de Occidente. La visita de Eisenhower fue el broche de oro. Y probablemente el abono que hizo brotar de nuevo el antiamericanismo en nuestro país, latente desde la guerra de Cuba de 1898. Al menos volvió a florecer entre los perdedores de la Guerra Civil, que vieron en Washington, enemigo del Kremlin, al cómplice que apuntalaba la dictadura.

Bajo la presidencia de Eisenhower se produjeron, muy a su pesar, dos hechos trascendentales: el nacimiento del rock‘n’roll y el afianzamiento del Movimiento por los Derechos Civiles. Entre 1954 y 1957 se produjeron las acciones más significativas contra la segregación racial, a consecuencia de los conflictos surgidos en poblaciones del sur y el Medio Oeste (estados de Alabama, Arkansas y Kansas). La negativa en 1955 de Rose Parks a ceder el asiento a un blanco y moverse a la parte trasera del autobús no fue el primer incidente, pero sí la chispa que afianzó el Movimiento. Parks militaba en la organización y trabajaba en Montgomery (capital del estado de Alabama) como secretaria de la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People). La figura del reverendo Martin Luther King empezó a emerger: encabezó la protesta y lideró el boicot a los transportes (duró 381 días). El proceso legal del asunto Parks acabó en el Supremo. La sentencia del máximo tribunal declaraba anticonstitucionales tanto la segregación en los transportes como las leyes locales que la favorecían.

Eisenhower había nombrado a Earl Warren presidente de la Corte Suprema e intentaba quitar hierro a los casos de discriminación racial. En una cena justificó ante Warren «la actuación blanca» en los estados sureños. Warren no flaqueó. Desde su privilegiada posición, siempre estuvo a favor de obra, la integración. Los casos raciales más complicados pasaron por sus manos. El primero de ellos en 1954: «Brown contra el Consejo Escolar de Topeka»[13]. Presidió la sala, y la sentencia determinó el final de la segregación en las escuelas. Sus decisiones de corte liberal no gustaban en la Casa Blanca. Al presidente se le atribuye la siguiente frase respecto al nombramiento de Warren, compañero de partido: «la mayor estupidez que cometí»[14].

Nigel Townson, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, experto en el republicanismo español y responsable del trabajo colectivo España en cambio: el segundo franquismo, 1959-1975[15], define esta etapa que se inicia con el espaldarazo de la visita de Eisenhower como «el segundo franquismo» (se aprecia en el título del libro). La descripción de la obra señala que cubría «una importante laguna de la historiografía contemporánea: el segundo franquismo. Aunque España pasó de una economía agrícola a otra industrial y experimentó una verdadera revolución social y cultural en las décadas de 1960 y 1970, este periodo ha sido objeto de escasa atención hasta la fecha por parte de los estudiosos».

Coincidiendo con la visita del jefe de Estado norteamericano –1959– la dictadura abandonaba definitivamente el modelo autárquico por el del desarrollo, cristalizado en el Plan de Estabilización de ese año y en los posteriores Planes de Desarrollo Económico y Social de los sesenta. El ingreso en el Fondo Mundial Internacional, el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación Económica Europea fueron el golpe de gracia para dicho sistema autárquico. El apoyo del «amigo americano» allanó el camino para el ingreso de España en la Organización Mundial de la Salud, UNESCO, OIT y, por supuesto, anteriormente, en las Naciones Unidas –15 de diciembre de 1955–, después de unas arduas negociaciones entre las dos potencias. Entraron 16 naciones[16], en un cambalache por el que cada bloque aprobaba, o negaba, la entrada de un país del rival a cambio de uno propio. El tablero mundial era global varias décadas antes de la globalización.

El anticomunismo de «la reserva espiritual de Occidente» y las circunstancias de la Guerra Fría obligaron a la administración Truman a restablecer relaciones diplomáticas con España. Su sucesor en la Casa Blanca, Eisenhower, aprobó en 1953 el Pacto de Madrid que estableció las bases americanas. Su visita a Madrid en 1959 culminó el proceso de integración de España en el mundo occidental. Un punto y aparte para el régimen franquista.

[1] Término nacido durante el conflicto bélico contra Finlandia: Stalin atacó Finlandia el 30 de noviembre de 1939, tres meses después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. A las dos semanas la denominada Guerra de Invierno supuso la expulsión de la URSS de la Sociedad de Naciones (organización predecesora de Naciones Unidas). Molotov se dirigió a los finlandeses por radio y dijo que no estaban bombardeando sino enviando alimentos. El jefe del ejército finlandés manifestó que si «Molotov ponía la comida» ellos «pondrían los cocteles». En marzo de 1940 se firmó un tratado de paz por el que Finlandia cedía a la URSS casi el 10% de su territorio y el 20% de su capacidad industrial.

[2] El 22 de agosto de 1949 la URSS detonó con éxito su primera bomba, RDS, con una potencia de 22 kilotones.

[3]