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Billy Wilder, reportero reúne una selección de más de cincuenta artículos que Wilder (entonces conocido como "Billie") publicó durante aquellos años en revistas y periódicos. Desde el relato humorístico de sus experiencias como compañero de baile contratado en un elegante hotel de Berlín y sus artículos sobre el panorama inematográfico internacional, hasta sus agudos perfiles de escritores, artistas y políticos; la selección nos ofrece nuevos conocimientos sobre la mente creativa de uno de los cineastas más valorados de la historia del cine. Estos escritos de Wilder, una mezcla embriagadora de ensayos culturales, entrevistas y reseñas, contienen el mismo ingenio e inteligencia que los guiones que escribió (14 nominaciones como guionista) para Hollywood, mientras que también arrojan luz sobre los rincones oscuros de Viena y Berlín de entreguerras, por el que aparecen Charles Chaplin. Cornelius Vanderbilt, Adolphe Menjou, Erich von Stroheim, el príncipe de Gales, y otras figuras universales. "Uno de los libros del año" (Tom Stoppard, Times Literary Suplement) "Una revelación" (Marc Weingarten, Washington Post) "Una deliciosa compilación" (Tobias Grey, Financial Times) "Una animada antología" (Jonathan Coe, Spectator) "Este libro incluye los reportajes más significativos de los inicios de Wilder" (Gavin Plumley, Literary Rewiew) "Billy Wilder, reportero es una lectura maravillosa, se lee como si fuera un buen wiskhy de malta literario" (David Marx, Book Reviews) "Una antología que tanto puede interesar al público académico como al público en general" (Nora Gortcheva. EuropeNow)
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Seitenzahl: 283
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Billy Wilder, reportero
Edición de Noah Isenberg
Reportajes desde el Berlín de Weimar y la Viena de entreguerras
Traducción de Luz Monteagudo González
Primera edición: marzo 2022
Título origianl:Billy Wilder on assignment. Dispatches from Weimar Berlin and Interwar Vienna.
© 2021 by Noah Isenberg, English translation of Billy Wilder articlescopyright. Originally translations from German by Shelley Frisch
© 2021 by Princeton University Press
©de la traducción: Luz Monteagudo González
©de esta edición: Laertes S.L. de Ediciones, 2021
www.laertes.es
Diseño cubierta: Nino Cabero
Fotocomposición: JSM
ISBN: 978-84-18292-67-5
Depósito legal: B 4879-2022
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un reportero errante, historia de dos ciudades, y la realización de billy wilder
Mucho antes de que el galardonado guionista y director de Hollywood, Billy Wilder, deletreara su nombre con una i griega, en consonancia con la manera empleada en su patria adoptiva, era conocido —y publicado— en Berlín y Viena como Billie Wilder. El 22 de julio de 1906, cuando nació en un pequeño pueblo de Galitzia llamado Sucha, unos veinticinco kilómetros al noroeste de Cracovia, recibió el nombre de Samuel en memoria de su abuelo materno. Su madre, Eugenia, prefirió sin embargo el nombre de Billie. Ya había empezado a llamar Willie a su primer hijo, Wilhem, dos años mayor que Billie. De niña, Eugenia, había cruzado el Atlántico y vivido en la ciudad de Nueva York durante varios años con su tío, joyero de profesión, en un apartamento de Madison Avenue. En determinado momento de esa etapa formativa, vio una actuación del show Wild West de Buffalo Bill, y se encariñó con aquel nombre exótico, incluso sin i griega, al igual que con todo lo estadounidense. «Billie era su niño norteamericano», insiste Ed Sikov en On Sunset Boulevard, la biografía definitiva del internacionalmente aclamado guionista y director.
Wilder pasó los primeros años de su vida en Cracovia, donde su padre, Max (nombre original Hersch Mendel), nacido en Galitzia, iniciaba su carrera profesional en el mundo de la restauración como camarero y, después, tras el nacimiento de Billie, como gerente de una pequeña cadena de cafeterías ferroviarias de la línea que iba de Viena a Lemberg. Cuando esta empresa empezó a ir mal, Max abrió un hotel-restaurante, conocido como Hotel City, en pleno corazón de Cracovia, no lejos del castillo de Wawel. Niño hiperactivo, conocido por sus bríos de velocidad y energía, Billie tendía a meterse en problemas: desarrolló a temprana edad la costumbre de birlar las propinas que dejaban en las mesas del restaurante de su padre, y engañaba a huéspedes incautos en la mesa de billar. Al fin y al cabo, era el legítimo portador de un apellido que evocaba, tanto en alemán como en inglés, una endiablada variedad de expresiones idiomáticas que sugerían una bestia asilvestrada, un hombre salvaje o, incluso, un lunático. Su segunda mujer, Audrey, comentó en una ocasión: «Mucho antes de que Billy Wilder fuera Billy Wilder, ya se comportaba como Billy Wilder».
La familia Wilder pronto se mudó a Viena, donde los judíos de su clase podían perseguir mejor sus sueños de ascenso social. Vivían en un apartamento del Primer Distrito de la ciudad, el centro comercial y cultural, al otro lado del Danubio desde Leopoldstadt, un vecindario conocido por su inusitada alta concentración de judíos recién llegados de Galitzia y otras regiones del Imperio austrohúngaro. Con el colapso de la monarquía, tras la Primera Guerra Mundial, los Wilder fueron considerados súbditos de Polonia y, a pesar de sus repetidos esfuerzos, no lograron obtener la ciudadanía austriaca. Billie asistió a la escuela secundaria del Distrito Octavo de la ciudad, el Josefstadt, pero su interés estaba en otra parte. Al otro lado de la calle de la escuela había un sórdido «hotel por horas», el Stadion, y le gustaba pasarse las horas mirando a los clientes que entraban y salían, tratando de imaginar qué clase de transacciones tenía lugar allí dentro. También pasaba largas horas en la oscuridad asistiendo a las matinés del Urania, el Rotenturm Kino y otros preciados cines vieneses. Cualquier oportunidad de ver una película, un combate de boxeo o conseguir un asiento en un juego de cartas era siempre bienvenida para el joven Billie.
Aunque Wilder padre tenía otros planes para su hijo —una carrera estable y respetable en leyes, el camino más idealizado para los buenos chicos judíos de la Viena de entreguerras— Billie se sentía más atraído por el seductor mundo de la cultura urbana y popular, así como por las historias que esta generaba. «Discutí con mi padre porque no quería ser abogado», contó al realizador Cameron Crowe en Conversations with Wilder: «No quería, y me salvé convirtiéndome en periodista, en un reportero muy mal pagado». Como explica más adelante en la misma entrevista: «Empecé con los crucigramas, los firmaba». (Hacia el final de su vida, tras haber acumulado seis Premios de la Academia, Wilder contó a su biógrafo alemán que no le enorgullecían tanto esos premios como que su nombre hubiera aparecido en dos ocasiones en el crucigrama del New York Times: «una vez 17 horizontal y otra 21 vertical».)
En las semanas anteriores a las Navidades de 1924, con tan solo 18 años y recién salido del gymnasium (escuela secundaria) con su diploma en mano, Billie escribió al departamento editorial de Die Bühne, una de las dos revistas sensacionalistas que formaban parte de un imperio mediático perteneciente a un astuto emigrante húngaro llamado Imré Békessy, para preguntar cómo podría hacerse periodista, tal vez corresponsal en el extranjero. Ingenuamente, pensó que ese podría ser su billete a Estados Unidos. Recibió respuesta, aunque no la que esperaba, en la que le explicaban que no tendría ninguna posibilidad sin un completo dominio del idioma inglés.
Figura 1. Crucigrama de Billie Wilder, Die Bühne, 1925.
No era de los que se rinden fácilmente. Un día del nuevo año, muy temprano, acudió a la oficina y, haciendo uso de su facilidad de palabra, se las arregló para que lo dejaran pasar. En sucesivas entrevistas disfrutaba contando que consiguió su primer trabajo en Die Bühne gracias a haber sorprendido al principal crítico de teatro del periódico, un tal Herr Doktor Liebstöckl, en pleno acto sexual con su secretaria un sábado por la tarde. «Tienes suerte de que hoy esté haciendo horas extras», parece ser que este dijo a Billie. (Cuesta no pensar en algunos personajes de sus guiones al inicio de su carrera de director en Estados Unidos; hombres hambrientos de sexo —como en El mayor y la menor (The Major and the Minor, 1942) o en Ariane (Love in the Afternoon, 1957) o El apartamento (The Apartment, 1960)— que recuerdan enormemente a Herr Liebstöckl.) Pronto empezó a codearse con periodistas, poetas, actores, gente del teatro que ensayaba con Max Reinhardt, y los intelectuales de los cafés que se juntaban en el Café Herrenhof de Viena.
Figura 2. Retrato grupal del Círculo Max Reinhardt en la campiña, Die Bühne (6 agosto, 1925). De izquierda a derecha: Bianca Békessy, Dr. Hans Liebstöckl, Dr. Eugen Lazar, Sybille Binder, Lina Wolwode, Billie Wilder, Louis Rainer, Annie Körner, director Ludwig Körner, Mrs. Witzmann, editor jefe Emmerich (Imré) Békessy, Gitta Lazar, Theodor Danegger, Camilla Gerzhofer, Max Gülstorff, arquitecto Karl Witzmann.
Allí conoce a los escritores Alfred Polgar y Joseph Roth, al joven actor húngaro de teatro Laszlo Löwenstein (más adelante conocido como Peter Lorre), y al crítico y aforista Anton Kuh. «Billie es un creador de coartadas profesional», observó Kuh con una buena dosis de sarcasmo, «dondequiera que pase algo, él tiene su coartada. Llegó al mundo con la coartada de que él no estaba presente cuando eso sucedió».
Figura 3. Tarjeta de visita de Billie Wilder cuando era reportero para Die Stude.
El ambiente periodístico vienés de aquella época era de todo menos aburrido, y Billie ofreció testimonio, con o sin coartada, de los debates contemporáneos, el sexo y la violencia que tenía lugar a su alrededor. Llevaba con él una tarjeta de visita con su nombre (Billie S. Wilder) en grandes letras y, debajo, el nombre de la otra revista sensacionalista de Békessy, Die Stunde, en la que colaboraba con crucigramas, artículos breves, críticas cinematográficas y reseñas. En la misma época en que redactaba a toda velocidad sus artículos independientes, tuvo lugar una intensa disputa entre Békessy y Karl Kraus, el mordaz catedrático de las letras vienesas, editor y fundador de Die Fackel (La Antorcha), que estaba decidido a echar de la ciudad al «sinvergüenza» húngaro y hacerle desaparecer de una vez por todas del mundo del periodismo. A esta situación explosiva, hay que añadir que unos meses después de que Billie empezara a trabajar para la revista, uno de los escritores más famosos de Die Stunde, el novelista vienés Hugo Bettauer, autor del bestseller Die Stadt ohne Juden (La ciudad sin judíos, 1922), había sido asesinado de un disparo por un matón pronazi.
«Yo era atrevido, estaba lleno de asertividad, tenía talento para la exageración», contó Wilder a su biógrafo alemán Hellmuth Karasek, «y estaba convencido de que en poco tiempo aprendería a hacer preguntas descaradas sin cortapisas». Estaba en lo cierto y pronto se ganó el apreciado acceso a todo el mundo, desde estrellas internacionales de cine, como Asta Nielsen y Adolphe Menjou, celebridades de la realeza como el Príncipe de Gales (Eduardo VIII) —a quien dedicó dos artículos—, y al heredero y magnate de la prensa estadounidense Cornelius Vanderbilt IV. «En una sola mañana», alardeaba en 1963 en una entrevista de Richard Gehman de Playboy, «entrevisté a Sigmund Freud, su colega Alfred Adler, el dramaturgo y novelista Arthur Schnitzler y al compositor Richard Strauss. En una mañana». Y aunque tal vez no se conserven los artículos que corroborarían esa atrevida declaración, sí se las arregló para entrevistar a la mundialmente conocida compañía de baile femenina británica, las Tiller Girls, cuya llegada a la estación Westbahnhof de Viena en abril de 1926 fue felizmente registrada para Die Bühne por Billie cuando solo contaba con diecinueve años. Apenas dos meses más tarde, tuvo su gran oportunidad cuando el director de la orquesta estadounidense de Jazz, Paul Whiteman, visitó Viena. Hay una maravillosa fotografía de Billie con sombrero de ala ancha, manos despreocupadamente en los bolsillos de su traje de chaqueta, gesto arrogante en el rostro, al lado de Whiteman, como si tratara de ganarse su simpatía. Tras la publicación del exitoso artículo y la entrevista en Die Stunde, fue invitado a acompañarlo a sus conciertos de la gira en Berlín.
Figura 4. Billie Wilder, segundo a la derecha, con Paul Whiteman y su banda, 1926.
En sus conversaciones con Cameron Crowe, Wilder cuenta que visitó a Whiteman en su hotel de Viena después de la entrevista. «En mi inglés chapurreado, le dije que estaba deseando verle actuar. Y Whiteman me dijo: “si estás impaciente por escucharme, por escuchar a la gran banda, puedes venir conmigo a Berlín”. Me pagaba el viaje, una semana allí más o menos. Y acepté. Hice la maleta y nunca regresé a Viena. Escribí un artículo sobre Whiteman para el periódico de Viena. Y después me hice reportero para un periódico de Berlín». Hacía como de agente de prensa y guía, una tarea que repetiría cuando el director de cine estadounidense Allan Dwan pasó su luna de miel en Berlín y, entre otras cosas, mostró a Billie los deleites del Dry Martini. Wilder hizo una reseña sobre el estreno en Alemania de Whiteman, en Grosses Schauspielhaus, con un público de miles de personas. «La Rhapsody in Blue, una composición que generó bastante sensación en Estados Unidos», escribió, «es un experimento sobre la instrumentalización de los ritmos de la música popular estadounidense. Cuando Whiteman la ejecuta es una gran obra de arte. Tiene que hacer bises una y otra vez. La gente de Berlín, generalmente reservada, no deja de aplaudirlo. El público se queda en el teatro hasta media hora después de la finalización del concierto».
A menudo denominada la Chicago de Europa, como la había llamado Mark Twain, a mediados de los años veinte Berlín tenía un aire de nuevo mundo. Una creciente ola de Amerikanismus —una aparentemente insaciable pasión por el baile charlestón, los bares de cócteles y los coches de carreras, y una vida nocturna de renombre internacional que brillaba en un mar de anuncios de neón— había barrido la ciudad e impregnaba el ambiente urbano. Era el campo de entrenamiento perfecto para la posterior emigración de Billie a Estados Unidos, y un lugar que le daba la libertad que no había sentido en Viena. Como señaló el erudito en cinematografía Gerd Gemünden en su esclarecedor estudio sobre la carrera de Wilder en Estados Unidos: «La americanizada metrópolis de Berlín dio a Wilder la oportunidad de reinventarse».
Durante el tiempo que estuvo en Berlín, Wilder contó con varios mentores que le ayudaron a orientar su carrera profesional. Entre otros, estaba el escritor y crítico nacido en Praga, Egon Erwin Kisch, uno de los más destacados periodistas de la Europa continental, conocido por ser el centro de atención en su mesa —la llamaban la «Tisch von Kisch» (la mesa de Kisch)— del Café Romanisches de Kurfürstendamm, uno de los lugares favoritos de los escritores, artistas y actores de la era de Weimar. (Wilder ideó la película Menschen amSonntag [Los hombres del domingo, 1930] en el Romanisches unos cuantos años después; se cuenta que anotaba sus ideas en servilletas de papel.) Kisch no solo leía los borradores de los primeros encargos de Wilder en Berlín, le sugería correcciones y lo animaba, sino que también le procuró un apartamento amueblado debajo del suyo en la sección Wilmersdorf de la ciudad. Periodista veterano muy viajado, Kisch se había hecho llamar «Der rasende Reporter» (el reportero frenético), título que había dado a la colección de escritos periodísticos que publicó en 1925 en Berlín, que sirvió de inspiración y modelo a Billie (una caricatura de Wilder de esa etapa sintetiza ese espíritu).
Figura 5. Caricatura de Billie como el «reportero frenético»,Die Bühne (18 de febrero de 1926).
«Creaba sus artículos como un buen guion de una película», señalaría más adelante Wilder sobre Kisch. «Estaban organizados a la manera tradicional, en tres actos, y nunca aburrían al lector». En un artículo sobre el mercado del libro alemán, publicado en 1930 en la revista de literatura Der Querschnitt, hace una referencia especial a Paraíso norteamericano (Paradies Amerika, 1929) de Kisch, tal vez un asentimiento consciente a la creciente americanofilia que afloraba en él.
Entre los artículos más conocidos de las docenas que Billie publicó durante su prolongada etapa como periodista independiente, está su serie en cuatro partes para Berliner Zeitung am Mittag (B.Z.), más adelante publicada también en Die Bühne, sobre sus experiencias como bailarín de alquiler en el elegante Eden Hotel. Esta pieza llevaba un epígrafe de otros de sus mentores berlineses, el escritor Alfred Henschke, que escribía con el seudónimo de Klabund y estaba casado con la prominente actriz de teatro y cabaret Carola Neher. En él, Klabund aconsejaba a los jóvenes escritores, apuntando a la tendencia estética contemporánea del Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad), escribir sobre los sucesos tal y como ocurrieron realmente: «En la actualidad, lo único que nos interesa de la literatura son las materias primas que la componen: vida, hechos, realidad». Desde luego, puesto que se trata de Wilder, la verdad se entremezcla con una sana dosis de gracia, humor tan seco como el Dry Martini y un toque de inevitable licencia poética cuando relata los crudos detalles de su oficio: las mujeres ricas de vida ociosa que piden sus servicios, los maridos celosos que le lanzan miradas fulminantes, y las extenuantes horas de trabajo en la pista de baile. «No era buen bailarín, pero era buen conversador», dijo más adelante sobre esta etapa.
Previamente, en el mismo artículo, incluye un informe sobre su desempeño, atribuido al gerente del hotel, que de alguna manera supone un acertado resumen de toda su carrera: «Herr Wilder supo adaptar sus habilidades de bailarín a los públicos más exigentes. Obtuvo gran éxito en su puesto y siempre se ciñó a los intereses del negocio». Las habilidades adquiridas en la pista de baile las siguió usando en sus escritos y en la pantalla, siempre complaciendo al público y asegurando su camino al éxito. «Me digo a mí mismo: soy un tonto», escribe en un momento de profunda conciencia de sí mismo. «¿Noches sin dormir, recelos, dudas? La puerta giratoria me ha lanzado a la desesperación, eso está claro. Fuera es invierno, los amigos del Café Romanisches, todos con catarro, debaten sobre la solidaridad y la pobreza y, al igual que yo ayer, no saben dónde van a pasar la noche. Yo, sin embargo, soy un bailarín. El ancho mundo me rodeará con sus brazos.»
En 1928, le llegó la oportunidad ideal cuando la editorial Ullstein, dueña del Berliner Zeitung am Mittag, introdujo un nuevo Boulevard-Zeitung de la tarde, un periódico ilustrado dirigido a jóvenes lectores con un título a medida: Tempo. «Era una revista sensacionalista, de tono atrevido, visualmente atractiva, diseñada para agradar al berlinés que corre mientras lee», señaló el historiador Peter Gay en su temprano estudio sobre el «espíritu germano-judío» de la ciudad. Los berlineses, sin embargo, adoptaron rápidamente otro nombre para la revista: la llamaron jüdische Hast, o «prisa judía». Billie, siempre rápido y en continuo movimiento, estaba hecho para Tempo y viceversa (fue en sus páginas donde presentó a los berlineses la efímera compañía de producción independiente Filmstudio 1929, así como los jóvenes cineastas, incluido el propio Wilder, que esta respaldaba).
En 1928, tras ejercer de escritor negro de varios guiones sin ningún tipo de créditos, Wilder obtuvo la autoría en solitario de una película que tenía algo más que un ligero aire autobiográfico con el autor. Se titulaba El reportero del diablo (Der Teufelsreporter), aunque también llevó el subtítulo Im Nebel der Groβstadt (En la niebla de la gran ciudad), dirigida por Ernst Laemmle, sobrino del jefe de la Universal, Carl Laemmle. Ambientada en el Berlín de entonces, cuenta la historia del personaje del título, un periodista frenético, interpretado por el actor estadounidense y antigua estrella de circo Eddie Polo, que trabaja en una revista de la ciudad llamada Rapid, y cuyas principales características son fácilmente identificables en Wilder. Como tal vez era de esperar, hay una breve aparición de Billie en la película, vestido como el resto de periodistas a su alrededor. «Realiza este cameo como para mostrar quién es el verdadero Teufelsreporter», escriben los expertos alemanes en cinematografía Rolf Aurich y Wolfgang Jacobsen. Además de representar una profunda conexión con la ciudad y el periodismo de estilo estadounidense, El reportero del diablo constituyó la base inspiradora de la que saldrían otros curtidos periodistas del repertorio hollywoodense de Wilder, desde Chuck Tatum (Kirk Douglas) en El gran carnaval (Ace in the Hole, 1951) a Walter Burns (Walter Matthau) en Primera plana (The Front Page, 1974).
Figura 6. Afiche del filme El reportero del diablo (Der Teufelsreporter,1928).
Abundan los paralelismos entre los escritos de Wilder en su etapa de Weimar y sus posteriores trabajos cinematográficos. Por ejemplo, en «Berlín Rendezvous», un artículo que publicó en Berliner Börsen Courier a comienzos de 1927, escribe sobre los lugares de encuentro preferidos de la ciudad, incluyendo el Normaluhr, el gigantesco reloj de la estación de tren del Zoo de Berlín. Dos años después, cuando escribía el guion para Menschen am Sonntag (Los hombres del domingo, 1930), situó los encuentros cruciales de los dos actores protagonistas amateurs, Wolfgang von Waltershausen y Christl Ehlers, precisamente en ese mismo lugar. Para ese mismo guion, ideó el personaje de Wolfgang, playboy y viajante de vino, como aparente manifestación de una fantasía relacionada con sus proezas como bailarín de alquiler.
Figura 7. Cameo de Billie Wilder, segundo desde la izquierda, en El reportero del diablo.
Del mismo modo, en su anterior reseña sobre la llegada en tren a Viena de las Tiller Girls, hay algo más que la semilla de Sweet Sue and Her Society Syncopator, la banda de chicas de Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959); incluso hay una Miss Harley (la pastora de las ovejitas), anticipando el personaje de la propia Sweet Sue. En un breve artículo cómico sobre el casting, Billie rinde tributo al director Ernst Lubitsch, su futuro mentor en Hollywood (muchos años después, en la oficina de Wilder en Beverly Hills figuraba una placa diseñada por Saul Bass con la frase «¿Cómo lo haría Lubitsch?» en grandes letras). Finalmente, en su reseña de 1929 sobre Erich von Stroheim para Der Querschnitt, entre muchas otras cosas el joven Billie resalta la actuación de Gloria Swanson en la última obra muda de Stroheim, La reina Kelly (Queen Kelly, 1929). Ese sería el primer destello de la brillante idea de seleccionar a Swanson y Stroheim como una pareja de irascibles y vagamente retorcidos emisarios del olvidado mundo del cine mudo para El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd., 1950).
Figura 8. Berlín tal como aparece en Menschen am Sonntag (Los hombres del domingo, 1929).
Cuando Wilder embarcó en el transatlántico británico S. S.Aquitania, con destino a Estados Unidos en enero de 1934, ya se las había apañado para salir en más créditos de películas y ganar algo de experiencia en el mundo del espectáculo, pero contaba con muy pocos conocimientos de inglés (supuestamente llevaba en su equipaje ejemplares de segunda mano de Adiós a las armas, de Ernest Hemingway; Babbitt, de Sinclair Lewis y El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe). Había pasado de guionista asalariado de la UFA de Berlín a refugiado desempleado en París, y finalmente emigrante en Estados Unidos con veinte dólares en el bolsillo y apenas cien palabras en inglés. «Inició su andadura al otro lado del Atlántico», señala Sikov. Y pronto inició también su andadura en MGM, Paramount y otros importantes estudios de cine, uniéndose a un distinguido grupo de refugiados centroeuropeos que cambiarían Hollywood para siempre.
Figura 9. Wilder, en el centro, con Peter Lorre y otros refugiados centroeuropeos en Hollywood.
Figura 10. Wolfgang von Waltershausen con Christl Ehlers y Brigitte Borchert en Menschen am Sonntag.
La aplaudida obra de Wilder en Hollywood, como guionista y director, es en muchos sentidos el resultado de su etapa como periodista en el periodo de entreguerras en Viena y Berlín. El suyo era un cine de anécdotas, sobrado en diálogos inteligentes y concisos, parco en acrobacias visuales. «Para Wilder, el antiguo periodista, las palabras tenían una naturaleza especial, casi material», comenta el crítico alemán Claudius Seidl. «Las palabras son las que dan solidez, elegancia y su forma característica a la película, puesto que las palabras pueden volar más lejos, planear con más elegancia y contar más que una cámara.» El arraigado apego de Wilder a las herramientas de su oficio como escritor puede observarse a lo largo de su carrera cinematográfica. Incluso introdujo una acertada conclusión, pronunciada nada menos que por la debilitada estrella del cine mundo Norma Desmond (Gloria Swanson) en El crepúsculo de los dioses, cuando descubre que Joe Gillis (William Holden) es escritor: «¡Palabras, palabras, más palabras!».
Para ofrecer al lector la selección más representativa de los escritos de Billy Wilder de esa época, nos hemos valido de dos antologías escritas en alemán: Der Prinz von Wales geht auf Urlaub: Berliner Reportagen, Feuilletons und Kritiken derzwanzigerJahre (Berlín, Fannei und Waltz, 1996), una colección de los escritos periodísticos de Wilder en Berlín a partir de la segunda mitad de los años 20 del siglo pasado editada por Klaus Siebenhaar; y «Billie»: Billy Wilders WienerjournalistischeArbeiten (Viena, Filmarchiv Austria, 2006), un volumen complementario sobre las publicaciones de Wilder en Viena a partir de mediados de los años 20, coeditado por Rolf Aurich, Wolfgang Jacobsen y Günter Krenn.
Hemos organizado los artículos en tres secciones diferentes, en función del grado de formalidad y la temática. En algunos casos, hemos optado por no incluir artículos que nos han parecido demasiado esotéricos, anacrónicos o simplemente inaccesibles para el público. Creemos que la selección elegida es una buena muestra de su singular estilo, sus incipientes habilidades como escritor, su ingenio e inteligencia, así como de su repercusión.
Finalmente, queremos agradecer a la fundación Billy and Audrey L. Wilder su amable apoyo en nuestro esfuerzo por llevar los primeros escritos de Wilder al público de habla inglesa.
reportaje, artículos de opinión e historias de la vida real
Entre septiembre de 1925 y noviembre de 1930, Wilder publicó docenas de artículos. Comenzó escribiendo en las páginas de Die Bühne y Die Stunde (donde empezó como reportero en su adolescencia) de Viena, con los que siguió colaborando intermitentemente tras establecerse en Berlín en verano de 1926, justo después de su vigésimo cumpleaños. Allí se convirtió en colaborador habitual del Berliner Zeitung (o B. Z., como era más conocido) y Berlier Börsen Courier, donde trabajó como editor nocturno de abril a diciembre de 1927. A finales de la década de los veinte del siglo pasado, cuando todavía andaba por Berlín, escribió para Tempo, la efímera revista ilustrada de la editorial Ullstein dirigida al público joven, y para Der Querschnitt, la revista literaria más intelectualoide de la editorial (que, de alguna manera, era como un familiar lejano de New Yorker).
Uno de los géneros en los que el joven Billie mejor se desenvolvía era el folletín o ensayo cultural, una poderosa mezcla entre reportaje y cavilaciones descriptivas, que había ganado considerable popularidad en la prensa —periódicos y revistas— de la Europa occidental y central a finales del siglo xix y principios del xx. Los folletines de Wilder a menudo tomaban la forma de desenfadados y mordaces ensayos con un estilo muy propio; a veces incluso similares a los incisivos artículos de opinión que encontramos en la actualidad.
Figura 11. Primera página del artículo de cuatro partes «¡Camarero, por favor, un bailarín!», en el que Wilder habla de su etapa como bailarín de alquiler en un hotel, procedente de una reimpresión de Die Bühne (2 de junio de 1927).
La siguiente sección contiene reseñas de viajes (historia y cultura popular de ciudades como Venecia, Génova y Montecarlo, e incluso un despacho imaginario desde la ciudad de Nueva York); un par de sinceros tributos a los cafés; un artículo sobre el mercado del libro de alrededor de 1930; y otro dedicado al arte de sobrevivir como trabajador autónomo sin recursos. Hay numerosos artículos sobre el ambiente de la época en Berlín; entre otros, uno de cuatro partes sobre el trabajo de bailarín de alquiler, el cual arroja luz sobre los aspectos más oscuros de la capital alemana a finales de la década de los años veinte del siglo pasado y también presenta algunas facetas claves del propio Wilder. En «A 29º C», unas agudas reflexiones sobre una repentina ola de calor, cuenta cómo los berlineses bailan el black bottom —un tipo de jazz americano que estaba muy de moda y había cruzado el Atlántico e inspirado a legiones de apasionados bailarines durante los años de Weimar— a pesar de las insoportables temperaturas. El amor de Billie por la velocidad y los nuevos artilugios encuentra su expresión en «Vuelo nocturno sobre Berlín», un artículo sobre los inicios de la aviación comercial en Europa; mientras que «Berlín Rendezvous» no solo planta la semilla de su guion para Menschen am Sonntag (Los hombres del domingo, 1930) —el cual describe con efusivo detalle y la gracia de un agente de prensa en «En el Filmstudio 1929»— sino que también capta la parte más poética de la ciudad en un momento tan emocionante como frágil.
sobre la vida de bailarín de alquiler
Primero, una carta que finaliza con una consigna:
Estimado B. W.: Escriba sus memorias como bailarín de alquiler. En la actualidad, lo único que nos interesa de la literatura son las materias primas que la componen: vida, hechos, realidad. La consigna del «vitalismo» es que todo ser vivo no es más que una metáfora. Suyo, Klabund.
De manera que no te avergüences de lo que has hecho. Ni siquiera pongas la excusa de «un trabajo es un trabajo» o «trabajar no es una deshonra». Ve al grano.
Recibí el permiso que había solicitado para dejar mi trabajo de bailarín de alquiler, y el documento está en mi cartera:
¡El documento!
El señor Billie Wilder trabajó en nuestro establecimiento como bailarín social desde el 15 de octubre de 1926 hasta la fecha de hoy.
Herr Wilder supo adaptar sus habilidades de bailarín a los públicos más exigentes. Obtuvo gran éxito en su puesto y siempre se ciñó a los intereses del negocio.
Herr Wilder abandona nuestro establecimiento a petición suya.
EL GERENTE DEL HOTEL...
BERLÍN OESTE.
Así que tengo la prueba, punto por punto, de que fui un bailarín, un bailarín social, en pocas palabras, un bailarín de alquiler durante dos meses que, además, «supo adaptarse a los públicos más exigentes».
Eso es lo que sucedió y aquí viene el cómo. Yo no estaba bien...
Mis pantalones no están planchados, mi rostro está mal afeitado, el cuello de la camisa grasiento, los puños de la camisa arremangados. Mi lengua amarga, las piernas pesadas, el estómago tan vacío que duele, los nervios destrozados. Detrás de cada llamada a la puerta, la venenosa cara de la casera, aullando, con la factura en la mano. Para mí, las calles están hechas de tiendas de alimentación gourmet, restaurantes y pastelerías, y parto mis cigarrillos por la mitad para que me duren más.
No estaba bien.
Hoy, dormiré en la sala de espera de la estación de tren.
Triste cálculo delante de una tienda de cigarrillos:
Once pfennings, otros cinco en mi chaqueta, eso hace dieciséis.
«¡Cuatro por cuatro!»
Eso ayuda a seguir adelante. Pero ¿adónde?
*
Plaza Postdamer. Alguien grita sobre el ruido del tráfico, mueve su bastón de un lado a otro, tropieza con un carrito de bebé.
—¡Hola! ¡Imaginé que te encontraría aquí! ¿No me reconoces? ¿No? ¿Del Tabarin de Viena? Sí, claro, Roberts.
Me encojo de vergüenza.
—Vayamos a tomar un coñac; yo invito. ¿Tienes apetito? Excelente. Taxiiiiii, ¿está libre? ¡A Kempinski!
Y en el restaurante:
—Tráigame dos raciones de pescado en mayonesa, dos filetes de vacuno, al estilo inglés, poco hechos, por favor, dos ensaladas, una botella de Liebfraumilch de 1917. Pero primero, dos Hennessys grandes.
*
Es Roberts, el bailarín. Su cabello es negro como la tinta y brillante como el asfalto cuando acaba de llover, sus ojos son sureños, su nariz y labios como los del finado Valentino.
Come comida caliente, fuma cigarrillos de importación, las monedas tintinean en sus bolsillos, paga el alquiler puntualmente y no debe ni un pfenning a su lavandera. Sí, la palabra «privaciones» nunca se le ha pasado por la cabeza. Tal vez así es cómo viven los millonarios.
Claro, es bailarín. Yvette y Roberts. Ha bailado en Londres, París, Varsovia, Viena, Niza, Karlsbad, Bruselas... Y en Roma, en San Sebastián, en todas partes.
Mientras comemos, me comenta que tiene un contrato en Berlín para todo el invierno. Un hotel enorme cerca de la Iglesia Memorial. Cada noche, Yvette y Roberts con sus bailes. Añade que la gente es muy amable con él.
—¿Y tú? ¿En qué andas?
Bajo la cabeza para que no pueda verme el cuello de la camisa.
—Bueno, esto y lo otro...
Le cuento que no tengo nada de momento, que no tengo trabajo desde hace tres semanas, pero que pronto aparecerá algo. Tengo una idea, le digo. Siempre tengo ideas.
—¿Puedo ayudarte?
Roberts pone la mano sobre mi brazo. Me tiro de la corbata y miro hacia otro lado, leo la etiqueta de la botella de vino.
—Eres lo suficientemente alto.
—¿Que soy qué...?
—¿Tienes traje? ¿Un esmoquin?
—Bueno, sí, en fin, ahora mismo lo tengo empeñado.
—¿Tienes idea de cómo actuar en la alta sociedad, de cómo besar la mano de una dama?
Estoy desconcertado.
—Tú bailas, eso lo sé. Ahora, lo que te estoy preguntando es: ¿No quieres sacarle partido a eso?
Mi rostro pierde todo rastro de expresión.
—¿Quieres ganar dinero?
Ahora estoy con la boca abierta.
—¡Dinero, mucho dinero!
Ni una palabra.
—Serás bailarín de alquiler con nosotros. Te presentarás mañana.
Después, pide la cuenta, saca un billete de cien marcos de su cartera, dejando ver docenas de esos billetes, y se lo tiende al camarero.
—Sí, me presentaré mañana.
Por la mañana, Roberts me envió doscientos marcos: «Para equiparte, de momento, de una manera acorde con tu puesto». Entregué setenta y cinco marcos a la casera, a cuenta, fui a la casa de empeños, recogí mi maleta llena de ropa limpia de la lavandera al otro lado de la calle, pasé una hora en la barbería, me quedé un rato delante del espejo, anudé la corbata una y otra vez, peinado y arreglado.
Estoy sentado en una silla del club en el vestíbulo del hotel, una silla mullida, y muy reclinado, una pierna sobre la otra, y estoy con mi décimo cigarrillo, doce pfennigs cada uno. Este es el hotel donde voy a «trabajar». El botones de la puerta giratoria, tomándome por un huésped, se ha quitado la gorra elegantemente al verme. Ahora, el abrigo de cordero persa de una mujer con zapatos estrechos de piel de cocodrilo que se dirige al ascensor roza mis rodillas; sonríe al botones, desaparece. La ligera fragancia de Coty permanece en el aire y altera mis nervios. Un aparcacoches, cargado con equipaje, se dirige a trompicones a la puerta; un caballero con un abrigo raglan y dificultad para caminar se registra en recepción. Mientras tanto, el maletero, con la espalda inclinada, tiende la palma de su mano a una pareja anciana y el camarero prepara dos Manhattans y una gaseosa.
Me digo a mí mismo: soy un tonto. ¿Noches sin dormir, recelos, dudas? La puerta giratoria me ha lanzado a la desesperación, eso está claro. Fuera es invierno, los amigos del Café Romanisches, todos con catarro, debaten sobre la solidaridad y la pobreza y, al igual que yo ayer, no saben dónde van a pasar la noche. Yo, sin embargo, soy un bailarín. El ancho mundo me rodeará con sus brazos. En la sala de baile, mujeres de piernas esbeltas sentadas en pequeñas mesas sorben café con chocolate. Dejan sus tazas y me examinan, sus labios carmesíes fruncidos en una sonrisa dulce e irritada. Las miradas de los maridos celosos y amigos elegantes me queman la frente. Luces rojas oscuras se derraman sobre la pista de baile, los españoles del estrado sacan un tango argentino de sus acordeones y cantan con acento extranjero. Bailo con una mujer de una belleza exótica... Brazos blancos empolvados envuelven firmemente mi cuello, su cabello emana la fragancia de Narcisse Noir...
*
—¿Has dormido bien?
Es Roberts.
—¿Has planchado el traje? ¿El cuello de la camisa está limpio? ¿Corbata apropiada? ¡Espera!
