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Algo le pasaba a Peter. Eilene Zimmerman se dio cuenta de que su ex marido estaba delgado, parecía distraído y faltaba con frecuencia a las actividades de sus hijos. Supuso que su extraño comportamiento se debía al estrés y al exceso de trabajo: era socio de un importante bufete de abogados y llevaba veinte años trabajando más de sesenta horas a la semana. Aunque estaban divorciados, Eilene y Peter habían sido socios y amigos durante décadas, así que cuando ella y sus hijos no pudieron ponerse en contacto con él durante varios días, Eilene fue a su casa para ver si estaba bien. Así comienza Bofetón, unas memorias brillantes y conmovedoras sobre el sorprendente descubrimiento que hace Eilene un día por casualidad. Peter llevaba una vida secreta, una vida que empezaba con pastillas y terminaba con opiáceos, cocaína y metanfetamina. También era adicto al trabajo y la última llamada que hizo fue para conectarse a una conferencia telefónica. Eilene empieza a investigar y, a través de exhaustivas entrevistas, presenta un panorama de la drogodependencia en un mundo acomodado lleno de lujos y excesos.
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Seitenzahl: 408
Veröffentlichungsjahr: 2024
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EILENE ZIMMERMAN
Traducción de CARLOS RAMOS MALAVÉ
Título original:Smacked: A Story of White-Collar Ambition, Addiction, and TragedyTraducción de la edición inglesa autorizada por Eilene Zimmerman
© Del texto Eilene Zimmerman
© De la traducción Carlos Ramos Malavé
© Next Door Publishers, SL Primera edición: mayo 2024
Editor: Oihan Iturbide Diseño: Ex.Estudi Corrección y composición: NEMO Edición y Comunicación, SL
Next Door Publishers, SLwww.yonkibooks.com
ISBN: 978-84-128066-8-7 ISBN eBook; 978-84-128066-9-4 DEPÓSITO LEGAL: NA 670-2024
Gráficas Alzate Impreso en Navarra, España
El papel utilizado tiene certificado FSC y PEFC que garantizan la gestión sostenible de las materias primas y una trazabilidad completa desde los bosques de origen.
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares delcopyright.
A mis hijos y a Peter
Es esto.
Aparcar. Cerrar de un portazo el coche en medio del frío. Lo que tú llamabas ese anhelo.
Lo que abandonaste por fin. Queremos que llegue la primavera y que pase el invierno. Queremos que alguien llame o que no llame, una carta, un beso; queremos más y más y después un poco más.
Pero en ocasiones, al caminar, cuando me vislumbro fugazmente en el cristal, en el escaparate de la tienda de la esquina, por ejemplo, siento un aprecio tan profundo
por mi propia melena al viento, mi rostro cuarteado, mi abrigo desabrochado, que me quedo sin palabras:
Estoy viva. Y te recuerdo.
Fragmento de «What the Living Do», de Marie Howe.
Prólogo
Primera parte
Abril de 1987
Agosto de 2008
Octubre de 2011
Fin de semana del Día del Trabajo de 2014
Diciembre de 2014
Febrero de 2015
Mayo de 2015
8-10 de julio de 2015
Segunda parte
11 de julio de 2015
12 de julio de 2015
23 de julio de 2015
Tercera parte
El gran problema de los grandes bufetes
Pastillas a puñados en la oficina
Mejor vivir mediante la química
Cuarta parte
Abril de 2018
Nota de la autora
Agradecimientos
Bibliografía
11 de julio de 2015
Introduzco el código en el panel de la verja de casa de Peter y la puerta se abre para dar paso a un jardín amplio y rectangular. La hierba está, en su mayor parte, marrón, la fuente de veinte mil dólares situada en el centro ya no burbujea y tiene las piedras blancas recubiertas de algas. Me acerco a la puerta de la entrada e introduzco la llave en la cerradura. Está fabricada con un cristal muy pesado y emite un silbido al abrirse, como si fuera la puerta de entrada a un edificio de oficinas.
Justo delante de mí tengo una escalera que conduce a la primera planta, y a mi derecha se halla la única habitación del piso inferior. Se diseñó para que fuera un salón o un cuarto de juegos, y tiene una pared acristalada que da al jardín. Siempre me pareció que sería un lugar idóneo para dar una fiesta. Pero ahora se ha convertido en el dormitorio de nuestra hija, Anna, que estudia en la universidad y ha vuelto a casa a pasar las vacaciones de verano. Algunas noches por semana se queda a dormir aquí, en casa de su padre. Aquí abajo tiene más independencia, además de su propio cuarto de baño. La cama está sin hacer, hay prendas de ropa y una toalla de baño tiradas por el suelo. Anna lleva dos días sin pasar por aquí. Tampoco Evan, nuestro hijo.
No soporto el olor de esta casa. Es el olor de Peter, el olor de nuestro divorcio y de todo el dolor y la angustiaque provocó. Su aventura, sus mentiras, su trabajo como abogado, con toda esa presión, y el sueldo, y todas esas cosas caras que compra con el dinero que gana. También huelo mi propio miedo; miedo a las relaciones de Peter con diversas mujeres, a su vida en familia con nuestros hijos, una vida de la que yo ya no formo parte. Es el olor del sur de California y del océano, a poco menos de un kilómetro, un olor opulento, privilegiado, pero también mohoso, como el interior de un frigorífico que hace tiempo que nadie abre.
Aquí siempre me siento como una intrusa. Está claro que no es mi casa. La mía es una vivienda de los años cincuenta con una sola planta, situada cerca de la universidad estatal.
—¿Peter? —grito. Pero no responde, no se oye nada en la planta superior—. Peter, ¿estás ahí? —Subo las escaleras hasta la primera planta. Está todo en silencio. Me tomo unos instantes para mirar a mi alrededor. La casa es un tesoro arquitectónico, hecha de acero, madera y cristal, ángulos agudos y luz solar a raudales. A través de las ventanas distingo una línea blanca de espuma de mar en la playa. Me vuelvo hacia la cocina. En la encimera, situada justo a mi derecha, Peter ha instalado un marco digital de veinticinco pulgadas en el que se suceden fotos familiares de él con nuestros hijos. Las imágenes se reproducen en un bucle silencioso e infinito. También hay un vaso grande de refresco para llevar, casi vacío, de esos que se compran en la tienda, y envoltorios de caramelos, montañas de documentos de trabajo y un inhalador para el asma.
Peter lleva enfermo más de un año, con una especie de gripe leve y constante, siempre agotado y débil. Ha per-dido trece kilos, quizá más, desde que nos separamos hace cinco años. Pero, en los últimos seis meses, la cosa ha empeorado. Mis hijos dicen que se pasa el fin de semana durmiendo cuando están aquí, que se olvida de hacer la compra y nunca prepara la comida. Parece que no se deja ver mucho por la oficina. La última vez que Anna y Evan estuvieron aquí, hace dos días, su padre apenas fue capaz de levantar la cabeza de la almohada. Evan trató de llevarlo al hospital, pero Peter se negó enfadado y le respondió mal. Después vomitó en el suelo del dormitorio, cubrió la vomitona con una toalla de manos y regresó a la cama.
Me vuelvo para inspeccionar la vivienda tipoloft, con una cocina abierta a una zona de comedor que a su vez da a un salón, todo ello plagado de muebles modernos de diseño. Alrededor de la mesa alargada, que han tallado a partir de una sola pieza de madera —grietas y nudos incluidos—, hay seis sillas blancas de cuero y metal. Una de las paredes laterales está forrada con papel pintado que representa unos árboles en invierno, con sus troncos y ramas de color gris sobre un fondo blanco.
Nadie ha logrado contactar con Peter desde el jueves por la mañana, cuando Anna y Evan volvieron a mi casa. ¿Y si están exagerando? ¿Y si solo está durmiendo? O a lo mejor no está aquí y he entrado en su casa sin permiso. He venido para ver cómo se encuentra, para asegurarme de que está bien y cuidar de él en caso de que no lo esté.
Me adentro en el pasillo donde están ubicados los dormitorios.
—¿Peter? —grito de nuevo—. Peter, estoy andando por el pasillo que conduce a tu dormitorio, ¿vale? —Su dormitorio se halla al final del pasillo. Tengo la puerta justo delante y está abierta, pero no logro ver nada salvo una esquina de la cama y una mesilla de noche desordenada. Paso junto al dormitorio de mi hijo, que tiene una pared naranja y una cama de IKEA, también junto al antiguo dormitorio de Anna, que tiene una pared pintada de rosa chillón y otra empapelada con un bosque de árboles negros y pajaritos del mismo color posados en sus ramas. Alguien ha recortado la silueta de una rata y la ha pegado sobre una de las ramas.
Ya casi he llegado a su puerta y empiezo de nuevo a gritar su nombre, con determinación:
—¿Peter? ¿Peter? —Vislumbro el interior de la habitación—. Voy a entrar en tu cuarto, Peter. He venido a ver cómo estás. —La colcha de la cama está retirada y me fijo en las sábanas blancas arrugadas. En la cama hay algunos pañuelos manchados de sangre. Empiezo a temblar cuando entro en el dormitorio.
Peter no está en la cama, de modo que me giro hacia el cuarto de baño que hay en la habitación. Entonces lo veo, tendido en el suelo, boca arriba, entre el cuarto de baño y el dormitorio.
Me quedo ahí inmóvil, incapaz de entender realmente lo que tengo delante. Me cuesta comprender aquello. ¿Es él? ¿Qué tiene en la cara? Tiene una caja de cartón debajo de la cabeza, a modo de almohada. Me acerco y me arrodillo junto a él. Tiene el brazo derecho doblado a la altura del codo y apoyado en el pecho, un gesto que hace a veces, incluso cuando está de pie. Pone el brazo así cuando quiere decir algo importante, y junta el pulgar con los dedos índice y corazón para enfatizar sus pala-bras. Nuestro hijo ha heredado ese gesto.
Le toco los brazos y lo sacudo para despertarlo. Se le han puesto rígidos y cuesta moverlos. Tiene las uñas azules. Le pongo la mano en el pecho para intentar encontrarle los latidos. De pronto me recuerdo tumbada en nuestra cama, cuando aún estábamos casados, acurrucados haciendo la cuchara, mi pecho contra su espalda, sobre todo cuando tenía frío o no podía dormir. Escuchaba sus latidos —mucho más lentos y fuertes que los míos— y me sentía a salvo. Ahora no siento nada. Su pecho es como de madera sin tratar, rígido y seco. E inerte. ¿Está muerto? No sé qué aspecto tiene una persona muerta, así que me digo que quizá esté inconsciente. A lo mejor hay que hacerle la reanimación cardiopulmonar.
Entonces le miro la cara. Está casi en su totalidad cubierta por una costra negra y seca. Tiene la boca ligeramente abierta, los labios separados y los dientes manchados con un fluido espumoso y claro.
—¿Peter? —le pregunto. Estoy llorando, suplicando—. ¿Peter? —Entonces le miro los ojos. Los tiene abiertos, pero hay algo extraño en ellos. Al principio no entiendo lo que es, pero entonces me doy cuenta: los ojos le sobresalen de las cuencas. Nadie que esté vivo tiene los ojos así, de eso estoy segura. Empiezo a gritar «¡Dios mío, Dios mío!» una y otra vez mientras saco el móvil del bolso.
Me tiemblan tanto las manos que tengo que dejar el aparato sobre la mesa y utilizar el altavoz. Pulso el 911 y después el botoncito verde.
—Me encuentro en casa de mi exmarido y creo que está… creo que ha muerto. Dios mío. Creo que está muerto.
La mujer del otro lado de la línea parece impertérrita.
—Señora, no podemos ayudarla si no se calma. ¿Puede darme la dirección donde se encuentra ahora mismo? —Salgo a la calle para leer el número de la casa, porque de pronto no me acuerdo—. Señora, ¿está segura de que ha muerto? —me pregunta la operadora del 911, lo cual me hace dudar de mí misma. ¿Qué sabré yo sobre la muerte? Quizá alguien pueda tener los ojos así y, pese a ello, salvarse con una desfibrilación o una reanimación cardiopulmonar.
Accedo entrar de nuevo y empezar con las compresiones de pecho.
—Me mantendré al teléfono para guiarla durante el proceso —me comunica la mujer del 911.
—Vale, de acuerdo —respondo, sin parar de temblar—. Pero no puedo mirarlo a la cara, no puedo acercarme a su cara.
—No pasa nada, no la mire —responde la operadora. Me indica que le retire la mano a Peter del pecho. Tiro con suavidad, después con más fuerza.
—No… no puedo. Está… Dios mío. —Se me escapa un sollozo—. Está rígido. Muy rígido.
—De acuerdo, no se preocupe por eso —intenta tranquilizarme la operadora—. La policía y la ambulancia llegarán en unos cuatro minutos.
Le pregunto si puede quedarse al teléfono hablando conmigo hasta que lleguen. Al salir del baño me fijo en un agujerito sanguinolento que tiene Peter debajo del codo. Me parece extraño. Entonces corro escaleras abajo y salgo por la puerta de la casa para esperar a que lleguen.
El impacto de lo que está sucediendo ha empezado a echar raíces en mi interior. No puedo quedarme quieta. Soy como un manojo de cables sueltos que desprenden chispas descontroladas, y aun así, al mismo tiempo, me mantengo racional. Tengo el teléfono pegado a la oreja, pues la operadora del 911 está conmigo esperando a que llegue la policía. Estoy llorando. Aparecen por la calle dos chavales en monopatín. Se detienen y se bajan de sus tablas, dejando un solo pie en el suelo.
—¿Se encuentra bien? —pregunta el más alto.
Hace un día de verano espectacular, el cielo luce con un azul profundo, sin nubes, y sopla una brisa suave que procede del océano. Y esos dos chavales rubios y guapos se lo están pasando bien, montados en los monopatines por su calle, como seguramente hagan todos los sábados por la mañana en San Diego, la ciudad de los veranos eternos. Me dan ganas de decirles que el mundo entero ha cambiado hace diez minutos, pero en su lugar respondo:
—Le ha ocurrido algo a mi exmarido. Vive aquí. La ambulancia viene de camino.
Hace una cálida tarde de primavera y voy montada en el autobús 165, que realiza el trayecto desde el norte de Nueva Jersey hasta el centro de Manhattan, una ruta larga y mareante. Me dirijo a una cita con un encargado de contrataciones llamado Peter, de la empresa Adam Personnel, en la calle cuarenta y cuatro, con la esperanza de que me ayude a encontrar trabajo. Pocos meses antes me despidieron de mi primer empleo tras acabar la universidad, como ayudante administrativa en CBS News, en el Departamento de Encuestas Electorales. El efecto dominó fue inmediato. Al no poder pagar el alquiler, tuve que dejar el apartamento que había alquilado con una amiga cerca de mialma mater, la Universidad Rutgers, y volver a casa de mi madre, en el norte de Nueva Jersey. Estoy deprimida, arruinada, y preparo cócteles algunas noches por semana en un bar llamado The Orange Lantern, donde también salgo con un camarero hipermusculoso que conduce un Trans Am. Duermo en la habitación de mi infancia y me siento como si estuviera en 1975 en vez de en 1987; las paredes color mostaza, la moqueta afelpada en tonos dorado y marrón. Espero que esta entrevista me ayude a encontrar trabajo, quizá incluso un empleo donde pueda escribir algo.
Resulta irónico que en mi puesto anterior en CBS News no tuviera que escribir nada. Durante el año que pasé allí, fui ascendiendo de recepcionista a ayudante administrativa, lo que me permitió pasar de ganar 6,75dólares la hora a ser empleada asalariada con un sueldo de dieciocho mil anuales y mis cinco minutos de fama en televisión cuando respondí al teléfono de la «Mesa de Decisiones» ante la cámara, durante la retransmisión sobre las elecciones de mitad de legislatura. Al concluir el programa aquella noche, me entregaron una Polaroid donde se me veía saliendo en televisión. Estaba de pie, con un teléfono pegado a la oreja, vestida con un traje de cuadros negros y blancos, y los créditos me pasaban por encima. Pero entonces llegó el Lunes Negro de aquel mes de octubre, en que el mercado de valores se desplomó, y no tardaron en despedirme.
Por desgracia, mi carrera universitaria especializada en ciencias políticas no me ha preparado para un trabajo bien remunerado con mucho potencial de crecimiento. A menudo, el siguiente paso es hacer un posgrado o estudiar Derecho, pero no quiero plantearme esas opciones. No estoy dispuesta a dejar de escribir. Al menos de momento.
Mis dos hermanas, una mayor y otra menor, siguen viviendo en casa, y aquello parece un hogar de reinserción para mujeres que carecen de la capacidad para regularse emocionalmente. En su lugar, nos dedicamos a gritarnos las unas a las otras: «¡Has gastado toda el agua caliente!» o «¿Quién se ha comido el último plátano?» y «¡Sal ya del baño!». Mi madre, extenuada tras pasarse todo el día, todos los días, de pie sirviendo muestras de queso —es subencargada en Swiss Colony, una tienda de quesos y embutidos que hay en un centro comercial cercano—, grita: «¡Dejad de gritar!».
Llego hasta Adam Personnel. La recepcionista me hace esperar unos instantes y después levanta la mirada.
—¿Viene usted a…? —pregunta.
—Tengo una cita con Peter a las diez —respondo, aludiendo al nombre que figuraba en el anuncio que rodeé con boli enThe New York Times.
Cuando este aparece en la diminuta zona de recepción, atestada de otros solicitantes de empleo, me sorprende lo joven que es.
—Hola —me saluda Peter, estrechándome la mano con una sonrisa, lo que hace que se le mueva el bigote. Percibo algo extraño en la comisura derecha de su boca, que más tarde descubriré que tuvieron que reconstruirle mediante intervención quirúrgica después de que, siendo pequeño, mordiera un cable eléctrico—. ¿Así que eres escritora? ¿En serio? —pregunta mientras me guía hasta su escritorio metálico de color negro, ubicado junto a otros doce en una enorme habitación ruidosa.
—Bueno, soy escritora, pero… en fin… Ahora mismo no escribo. Estoy intentando encontrar un trabajo que me permita escribir —explico. Tengo poca experiencia demostrable: un par de artículos en el periódico de la universidad y varios resúmenes en programas de NBC Radio que escribí cuando estuve allí de prácticas un verano.
—Tengo algunos puestos que podrían incluir algo de escritura, pero no recibimos muchas ofertas que sean exclusivas para escribir —me comenta Peter—. Lo siento.
Me pregunta qué es lo que me gusta escribir y eso nos lleva a abordar mi deseo de escribir sobre música, lo que a su vez nos lleva a hablar de grupos que nos gustan a ambos.
Me parece que el tío es un encanto. Ojalá yo sintiera una pizca de química, pero no surge, aunque mantenemos una entrevista increíblemente larga; de hecho, ni siquiera hablamos de ofertas de trabajo, solo nos dedicamos a conocernos mejor el uno al otro. Peter me cuenta que no está seguro de lo que quiere hacer con su vida (ser asesor de empleo no es más que una parada en un viaje de rumbo incierto) además de tocar el bajo en un grupo que ha formado con unos amigos. Vive sin pagar alquiler en New Canaan, un próspero barrio de Connecticut, donde ejerce como tutor residente de un grupo de chavales de minorías con bajo nivel de ingresos, los cuales participan en un programa que les permite asistir al elitista instituto público de New Canaan. Los ayuda con los deberes, les da consejos típicos de un orientador y se asegura de que no incumplan ninguna ley (o, si lo hacen, que sea con discreción).
Nuestra charla insustancial va disipándose. Al fin y al cabo, he venido en busca de trabajo. Peter se gira hacia una pila de papeles que hay sobre la mesa.
—Tengo un par de cosas que quizá te interesen —me dice mientras rebusca entre los folios—. Hay un puesto en la Junior League. Administrativo, pero con mucha responsabilidad —explica.
No sé si está de broma. ¿La Junior League? ¿Qué es eso? Me suena a las Girl Scouts. Pero me encojo de hombros y respondo:
—Vale. Necesito un trabajo.
—Entonces me pondré en contacto contigo, probablemente esta misma tarde o mañana.
Sonrío.
—Sería estupendo, muchísimas gracias. —Me levanto para irme—. Ha sido un placer hablar contigo.
Nos estrechamos la mano y me dirijo hacia el ascensor. Pocos meses más tarde, Peter me contará que, en cuanto salí de aquella estancia, se puso en pie y gritó: «¡Esa es la mujer con la que me voy a casar!», y los demás le respondieron que no dijera tonterías; algunos le lanzaron pelotas de papel.
Se abren las puertas del ascensor y, al entrar, oigo que alguien se acerca corriendo para subirse también, así que sujeto las puertas. Es Peter, que llega sin aliento y con la chaqueta del traje en la mano.
—Oye —me dice mientras se cuela entre las puertas que ya se cierran—. ¿Te apetecería ir a comer?
Me quedo desconcertada. Apenas conozco a estetío, no voy a irme a comer con él. Pero, antes de poder responderle, añade:
—Hoy es mi cumpleaños.
«Sí, seguro», pienso. «Es su cumpleaños, ya».
—¿En serio? —le pregunto.
—Sí, en serio. Cumplo veintitrés.
—Yo también tengo veintitrés —respondo.
—Lo sé —dice Peter—. Pusiste tu fecha de nacimiento en la solicitud.
Nos quedamos mirando los números de las plantas conforme disminuyen.
—Lo siento, no puedo. Ya he quedado con un amigo en Hunter College —improviso, al recordar que Hunter College era una estación de la línea de metro que he tomado para venir.
—Vale, no hay problema —responde Peter, sonriente—. Quizá la próxima vez.
Salgo del ascensor con tal urgencia que parece que la supuesta cita para comer en Hunter College es la más apremiante que he tenido en mi vida.
A la semana siguiente hago la entrevista con la Junior League. Es un puesto de secretariado. De hecho, todas las entrevistas que me consigue Peter son trabajos con títulos eufemísticos para decirsecretaria. Por lo visto, mecanografiar deprisa es mi capacidad más destacable, de modo que estoy a punto de hacer de tripas corazón y aceptar lo que sea que me ofrezcan a continuación. Pero entonces me llama Peter para decirme que deja Adam Personnel y que tiene sus propios planes laborales. Vuelve a su casa, al norte del estado de Nueva York, con la intención de prepararse para asistir a la escuela de posgrado. Ha decidido hacer un máster en Química. Peter también me cuenta que una amiga de la universidad lo ha llamado para decirle que en el bufete donde trabaja buscan asistentes legales. Le ha preguntado si estaba interesado y Peter le ha respondido que no, pero que tiene una amiga a quien tal vez sí. Esa amiga soy yo. Hago la entrevista, me dan el trabajo y decido probar. ¿Quién sabe? A lo mejor me encanta y sí que me entran ganas de estudiar Derecho.
Pocas semanas más tarde, Peter deja la ciudad de Nueva York y se matricula en la universidad estatal paracursar unas asignaturas obligatorias que necesita para solicitar programas de posgrado.
—¿Por qué Química? —le pregunto.
—Me gusta la química —responde sin más—. La química es vida.
Durante los dos años siguientes, Peter y yo mantenemos un contacto regular y cada uno descubrimos muchas cosas sobre la vida del otro. Me cuenta que lo adoptaron cuando aún era un bebé y que sus padres son cristianos evangélicos. Su primer curso de Filosofía de la Ciencia en Cornell le hizo cuestionarse todo aquello en lo que creía sobre el mundo; desde entonces se ha convertido en un ateo devoto, y este cambio radical les ha provocado a sus padres un profundo dolor. Su padre, un hombre blanco y pastor religioso, dirige una congregación en su mayoría afroamericana en una iglesia local. En el barrio de sus padres, ubicado en la zona marginal de la ciudad, reina la pobreza y la epidemia delcrackha pegado con fuerza. A menudo los adictos llaman a su puerta en busca de dinero o comida, según me cuenta Peter, y su madre y su padre siempre abren.
—Son buena gente, pero también interpretan la Biblia de forma literal. En serio, li-te-ral —me dice, estirando la palabra para magnificar su significado—. Como si el mundo se hubiera «creado» en una semana. Una semana. En serio, se lo creen.
Mucho después, cuando ya mantengamos una relación, descubriré que Peter vivió en un hogar de acogida durante cuatro meses antes de que lo adoptaran. Su madre me contará que cuando era bebé no lo tenían muchoen brazos, puesto que había varios niños más en aquel hogar. Probablemente, esa falta de vínculo temprano con los padres tenga algo que ver con que, a menudo, Peter se sienta incómodo en sociedad. Me contará que, de niño, no sentía que encajara en sociedad, o que pudiera gestionarlo realmente. El psicólogo Erik Erikson, conocido tanto por su teoría sobre el desarrollo psicosocial como por el concepto de «crisis de identidad», decía que quienes durante la infancia aprenden a confiar en sus cuidadores tienen más probabilidades de desarrollar relaciones de confianza a lo largo de su vida.
Décadas más tarde, cuando ya esté familiarizada con su insaciable necesidad de afirmación y aceptación, de validación y gratitud, me preguntaré si la adopción de Peter tuvo algo que ver con sus conflictos para definirse y creer en sí mismo. Desarrollamos nuestra identidad individual en la adolescencia, y para alguien adoptado eso resulta mucho más complicado debido a las preguntas que plantea: por ejemplo, el motivo por el que dieron al niño en adopción en un primer momento. Y ser adoptado no es un atributo, como sí lo son factores como el género o la etnia. Eso no ayuda a que el adoptado entienda su identidad; de hecho, hace que le resulte más difícil entenderla. Diversos estudios han demostrado que las personas adoptadas tienen un menor grado de autoestima y seguridad en sí mismas; un informe del Gobierno de Estados Unidos sobre el impacto de la adopción1sugería que uno de los motivos podría ser que «las personas adoptadasquizá se vean a sí mismas como diferentes, fuera de lugar, no deseadas o rechazadas».
Mi trabajo como asistente legal en el bufete del World Trade Center me resulta aburrido. Trabajo con abogados en el Departamento Fiscal, en un área legislativa que versa casi en exclusiva sobre planes de jubilación. En mi estantería tengo el Código de Rentas Internas, una serie de volúmenes gruesos con páginas finísimas como papel de seda, llenos de normas y regulaciones bizantinas. El lenguaje es tan obtuso que parece creado expresamente para perpetuar la figura del abogado tributario.
Los viernes por la tarde, cuando el socio principal del despacho grande que hay al final del pasillo se marcha para tomar el primer tren de vuelta a su casa, algunos de nosotros nos hacemos con las latas de refresco que han sobrado en la sala de juntas y nos sentamos en los sofás de terciopelo de su despacho para ver ponerse el sol sobre el distrito financiero. Las aguas del puerto de Nueva York espejean bajo la luz anaranjada del crepúsculo, intensificada por su reflejo en las fachadas acristaladas de los rascacielos circundantes. La Estatua de la Libertad se ve tan pequeña que parece de mentira; hasta los barcos del puerto parecen de juguete. Me da la impresión de que, con vistas como estas, no debe de ser difícil imaginar que el mundo es tuyo.
En el bufete, formo parte de un amplio grupo de asistentes legales más o menos de mi edad, así que existe cierta camaradería entre nosotros. Parece que todos consideramos este trabajo una especie de estación de paso entre nuestra vida presente y lo que sea que venga después, ya se trate de un posgrado, un matrimonio o algo que aún no hemos decidido. Hay días en los que estoy tan ocupada que un coche de la empresa tiene que llevarme a casa a las dos de la mañana, pero en cambio hay otros días en los que me cuesta encontrar algo que hacer. En esos días tranquilos escribo relatos cortos, busco ofertas de empleo en editoriales y me dedico a escribirle cartas a Peter utilizando las libretas de papel amarillo de la empresa. Nos hemos hecho buenos amigos y hablamos por teléfono cada pocas semanas sobre el trabajo, las clases, las citas que hemos tenido o los libros que hemos leído.
Peter sigue invitándome a Ithaca, donde vive con algunos chicos más, todos integrantes del mismo grupo de música. Ha empezado a estudiar un posgrado en Química en la Universidad de Binghamton. Sé que su interés por mí difiere de mi interés por él, de modo que sigo poniendo excusas. Tras un año y medio como asistente legal, dejo el trabajo y me traslado a Filadelfia para trabajar como editora enScan, una pequeña revista dedicada a las artes que apenas se mantiene a flote y que es probable que eche el cierre. Aun así, me convenzo de que es un trabajo donde poder escribir, al menos durante un tiempo. Y ese verano por fin me quedo sin excusas para no ir a visitar a Peter, así que subo a Ithaca en coche para ver a su grupo, LD50, que toca en una fiesta.
Vive en una casa situada en Danby, un pueblecito al sur de Ithaca, en una gran extensión de terreno con impresionantes vistas a las aguas azul oscuro del lago Cayuga. El grupo se encuentra en un garaje con la puerta abierta y con los instrumentos, los altavoces y loscables enredados, algunos por fuera y otros por dentro. Guns N’ Roses suena a todo volumen por los altavoces del exterior y, aunque solo son las cinco de la tarde, todo el mundo parece estar borracho, fumado ocolocado. El propio Peter está también un pocopedo, puesto que lleva todo el día bebiendo y esnifando rayas de coca. Al principio me siento incómoda, sobre todo porque los demás llevan horas de fiesta y yo estoy completamente sobria. Nunca me meto coca ni ácido, ni siquiera me gusta mucho fumar hierba, así que estoy acostumbrada a sentirme como una forastera cuando hay gente drogándose a mi alrededor.
Agarro una cerveza y me siento en el césped. En cuanto el grupo empieza a tocar y veo a Peter al bajo, con el largo pelo rizado, rodeado de todos sus amigos, algo cambia en mi interior. Nunca había pensado en él como novio, pero ahora pienso que, bueno…, a lo mejor. Tras el primer bloque de canciones, se me acerca y me pregunta qué me ha parecido la música. «Sonáis de maravilla», respondo. Me lleva de la mano para presentarme a sus compañeros de grupo (uno de los cuales también es compañero de piso). Ambos sabemos que tendré que quedarme a pasar la noche, puesto que hay cuatro horas de coche hasta Filadelfia. La habitación de Peter es pequeña y tiene una cortina que separa la zona del escritorio de su cama doble, dispuesta bajo unas estanterías de madera llenas de libros y discos. Ha puesto un pañuelo rojo sobre la lámpara de la mesilla de noche para difuminar y suavizar la luz. Esa noche, por fin nos acostamos juntos, pero es una situación bastante incómoda, porque ni siquieranos habíamos besado hasta entonces y, de pronto, estamos manteniendo relaciones sexuales. Y porque Peter se ha metido muchísima coca.
A la mañana siguiente, cuando me marcho para regresar a Filadelfia, nuestra despedida resulta distinta de lo habitual.
—A lo mejor puedo bajar a verte el próximo fin de semana y así me enseñas Filadelfia —me sugiere Peter, apoyado en la ventanilla del conductor de mi destartalado Chevy Nova del 74.
Me pregunto si debo darle a esto otra oportunidad.
—Sí, claro. Me lo he pasado bien —respondo y le aprieto el antebrazo con cariño. Peter se inclina para besarme.
—Yo también —me dice—. Te llamaré esta semana.
El siguiente fin de semana viene con su Chevette rojo hasta mi apartamento de Filadelfia, y vamos juntos a ver el nuevo documental de Bruce WeberLet’s Get Lost, que trata sobre el músico dejazzChet Baker. Nos pasamos casi todo el resto del fin de semana en la cama, hablando, comiendo helado directamente de la tarrina y manteniendo relaciones sexuales; unas relaciones sexuales íntimas, tiernas y sin el efecto adulterante de la cocaína. Y ahí es cuando sucede todo. He tardado dos años en ver a Peter como algo más que un amigo, pero, cuando por fin me enamoro de él, lo hago a lo bestia. Estar a su lado hace que me sienta serena, centrada. Me encantan sus ojos ingenuos y ovalados, su melena larga y rizada, sus brazos fuertes, su voz tranquila. Me encanta que conozca el mundo de un modo que yo desconozco, que lo conozca físicamente y comprenda los mecanismos y procesos subyacentes. Puedo pasarme horas contándole anécdotas sobre la gente con la que trabajo, sobre mi escritura, los libros que he leído o mi familia, y él nunca pierde el interés. Raramente se ríe, pero cuando lo hace es algo maravilloso: una sonrisa amplia, una carcajada profunda y satisfactoria. Me encanta que, cuando nos metemos en la cama por las noches, siempre ponga el álbum perfecto en el tocadiscos: los viejos The Isley Brothers o Chick Corea.
En agosto, dejo mi trabajo en Filadelfia para entrar como ayudante editorial en la revistaGlamour, en la ciudad de Nueva York, y ese otoño viajo al norte del estado para conocer a la familia de Peter. Voy a pasar el día de Acción de Gracias. Antes de que comience la comida, todos nos agarramos de la mano y su padre agradece a nuestro Señor Jesucristo la salud y el bienestar de los que gozamos, así como la comida que vamos a tomar, y luego le pide que se apiade de los homosexuales, que en ese momento están siendo castigados por el mortífero virus del sida. Con la cabeza agachada, miro de reojo a Peter, que me aprieta la mano.
Nos marchamos a la mañana siguiente, tras una breve visita a la iglesia, a la que llegamos lo bastante tarde para escuchar tan solo el sermón de su padre —lo que provoca el fastidio de su madre—. Tras la misa, un ejército de señoras mayores —abuelas y bisabuelas— se acercan a Peter y le acarician las manos, le rodean la cara o lo abrazan. Lo vieron crecer en esa iglesia, y lo adoran. Se agacha un poco para permitir que cada una de ellas lo abrace, yhabla en voz alta, acercándose a sus orejas. Lleva el pelo recogido en una coleta que le cae por la espalda y viste la única camisa que tiene.
Vivir a tres horas de coche es difícil para ambos, y siento que paso los días esperando a que llegue el fin de semana, que es cuando podemos vernos. El Día de San Valentín, Peter viene a Nueva York con una docena de rosas rojas que no puede permitirse y me sorprende en la redacción deGlamour. Algunas de las chicas con las que trabajo se asoman a la zona de recepción y sueltan risitas. Betty, la recepcionista, me llama y me dice: «Tu novio está aquí. ¡Qué mono!». Y ahí está, de pie en la recepción, con el ramo de flores, sincero, tierno y un poco avergonzado, sin saber cómo gestionar toda la atención que está recibiendo.
Meses más tarde, dejo el trabajo en la revista —apenas he estado un año— y me voy a vivir con Peter. Él sigue estudiando el posgrado y yo me he cansado de responder llamadas para los editores. Peter y yo vivimos en una casita de campo con dos habitaciones situada en el diminuto pueblo de Marathon, Nueva York, rodeados de granjas lecheras. Él pasa gran parte de su tiempo en Binghamton, a una media hora de coche en dirección sur, en el laboratorio de química, terminando la investigación para la tesis de su máster. Yo tengo otra media hora de trayecto hasta la pequeña ciudad de Cortland, donde ahora trabajo como reportera para el periódicoCortland Standardy gano 6,25 dólares la hora. Es la clase de periódico de localidad pequeña donde los artículos se envían a través de tubos neumáticos por el suelo que bajandos plantas hasta llegar a los de maquetación. Mis temas son la educación (aquí hay una filial de la universidad del estado) y las explotaciones lecheras, y mi editor se llama Skip. Trabajar allí es como estar en una película ambientada en un periódico de pueblo, una película en la que tengo un papel importante, el de reportera especializada. Y eso me gusta.
Aunque supone un gran cambio, también es prima-vera al norte del estado, así que todo tiene un aspecto increíblemente bonito. Mi trayecto al trabajo cuando sale el sol es algo arrebatador, con el cielo tiñéndose de rosa conforme me dirijo al norte. A mi alrededor se extienden verdes colinas ondulantes salpicadas de rebaños de vacas que mastican hierba y alfalfa, campos de margaritas silvestres, flores amarillas, arbustos de madreselva y espesos matorrales de algodoncillo.
Cuando llevo unas pocas semanas trabajando como reportera, entrevisto a un granjero local sobre sus planes de expansión y tengo la oportunidad de ordeñar una vaca por primera vez. El granjero me entrega unas botas de goma demasiado grandes para moverme por el estiércol del establo y luego me pide que me siente sobre un cubo metálico colocado del revés —como imaginaba que haría—, donde me muestra cómo sujetar la ubre de la vaca. El truco para conseguir que salga la leche, según me cuenta, es no tirar ni demasiado flojo ni demasiado fuerte.
Siete meses más tarde ya estamos en noviembre y el frío y la oscuridad empiezan a afectarme. Me siento triste y echo de menos la ciudad de Nueva York, pienso quetal vez cometí un error al dejar mi trabajo enGlamour. Quizá, si hubiera aguantado un poco más, habría logrado dejar atrás el mundo de los ayudantes editoriales y todo habría mejorado. Desde que Peter y yo nos mudamos a esta casita en Marathon, algo ha cambiado en nuestra relación, algo sutil pero significativo, y no estoy segura de lo que es. Lo único que sé es que paso mucho tiempo sola mientras Peter pasa cada vez más tiempo en el laboratorio de la facultad, en Binghamton.
Llego a casa del trabajo en torno a las tres y media de la tarde, porque el periódico sale a la una y mi día empieza a las seis y cuarto de la mañana. A menudo Peter no llega a casa hasta las ocho o nueve de la noche. Ya no estoy segura de por qué me precipité para estar aquí con él, dado que apenas lo veo. Aunque claro que lo sé. Me daba miedo que nuestra relación no durase, que lo que fuera que Peter hubiese visto en mí no bastara para mantener su interés durante un noviazgo a distancia. Me sentía insegura y nerviosa, y no me gustaba que estuviéramos separados, el teléfono no me parecía un sustituto adecuado para un hombre de carne y hueso. Pero ahora, cuando estamos juntos, Peter se encuentra tan cansado que se pasa la mayor parte del tiempo durmiendo. No dejo de pensar que teníamos más intimidad cuando vivíamos a casi quinientos kilómetros de distancia. Me siento sola. He desarrollado uncuelgueirracional por un funcionario municipal muy atractivo y muy casado, y a menudo me paso el tiempo dándole vueltas a la cabeza, lamentándome del lugar al que he llegado: he pasado de tener un trabajo en las oficinas de Manhattan de una revista nacional a escribir sobre concursos de vacas y cubrir los plenos municipales.
Cuando me pongo en ese plan, me recuerdo a mí misma que por fin me gano la vida escribiendo, aunque sea interesantes historias de pueblo como aquella que iba sobre una iglesia sectaria que intentaba captar a los adolescentes del pueblo, y un apasionado artículo en contra de la propuesta de enterrar desechos radiactivos de bajo nivel cerca de aquí. Y, aunque Peter trabaja mucho, sí que encontramos tiempo para divertirnos entre las exigencias de su escuela de posgrado y de mi trabajo de reportera.
A finales de primavera invita a algunos estudiantes de su laboratorio a cenar a casa y cada uno aporta un plato. Casi todos los estudiantes son polacos y rusos, así que acaba siendo una escandalosa fiesta temática de Europa del Este con mucho vodka ykielbasa, y en el tocadiscos un álbum de Shostakovich que ha traído alguien. En junio nos vamos al Dairy Parade («Desfile de los Lácteos») del condado de Cortland y vemos a la recién coronada «Princesa de los Lácteos», que nos saluda desde lo alto de su carroza. Hace un día agradable y, tras el desfile y la comida, nos vamos al Parque Nacional de Buttermilk Falls, en Ithaca, para hacer un poco de senderismo acompañados por el gorjeo del agua que circula entre las piedras a nuestro lado. En agosto vamos a visitar a los abuelos de Peter a Bellefontaine, un pueblecito de Ohio a una hora al noroeste de Columbus. De camino hacia allá, se estropea el estárter del Chevette de Peter, así que no podemos apagar el motor hasta que llegamos a casa de sus abuelos. Peter y su abuelo Melrose, de ochenta y tantosaños, se van a la tienda de recambios del pueblo y luego se entretienen en desmontar tranquilamente el coche para cambiarle el estárter. Peter está relajado y se muestra paciente con su abuelo, es evidente que disfruta hablando de los cables que hay que desconectar, de los tornillos y de la batería que hay que retirar para poder llegar hasta el estárter averiado del coche. Los oigo charlar también sobre otras cosas, sobre la escuela de posgrado, sobre mí, sobre los padres de Peter.
Mientras reparan el coche, su abuela Grace me lleva a visitar el centro de mayores, del que su marido y ella son miembros activos, y me presenta a todos los que hay allí. Después vamos al mercado, donde compramos algunas cosas para la cena. Es como una abuela de cuento, amable y cariñosa, siempre sonriente, con frases como: «Bueno, vamos a sentarnos aquí a charlar un ratito». Mi propia abuela materna no podría ser más distinta. Llegó a la ciudad de Nueva York en la década de los veinte, como refugiada judía que huía de los pogromos rusos en Polonia. Es una mujer seria, que habla inglés con mucho acento y se echa sal por encima del hombro porque es supersticiosa. Grace y Melrose se mueven por el pueblo en una bici para dos y Grace cocina cosas como pollo y galletas y le pone gelatina verde a sus ensaladas. Mi abuela nunca ha tenido bici y nos da de comer costillaskoshery sopa de bolas dematzá.
Después de cenar, los abuelos de Peter sacan álbumes de fotos para enseñarme a Peter de pequeño, con un chaleco salvavidas naranja sobre los hombros, pescando con su abuelo y mostrando con orgullo su captura, quechorrea agua y sigue enganchada al anzuelo al final de la caña.
Nevó la semana pasada, que fue la primera de noviembre, y las granjas y laderas a nuestro alrededor se cubrieron de un blanco tan brillante que, incluso cuando no hace sol, tengo que protegerme los ojos para que no me lloren. De vez en cuando salimos con otra pareja, ambos también estudiantes de posgrado en el Departamento de Química. Solemos ir a bares de mala muerte que hay en mitad del campo, de esos que todavía tienen gramolas con música de los años cincuenta y grandes mesas de madera para jugar al tejo. Los domingos —la única mañana en la que Peter y yo dormimos hasta tarde—, él corre escaleras abajo con los pantalones de chándal para encender el fuego en la estufa de leña y luego vuelve corriendo a la cama para meterse de un brinco, gritando por el frío. Nos acurrucamos bajo las mantas para mantenernos en calor, charlamos y nos reímos hasta que se caldea la casa.
Dos meses más tarde, en enero, Peter termina la tesis de su máster. En los agradecimientos me nombra por mis dotes como mecanógrafa y por mi paciencia. No tardaremos en mudarnos. Le han ofrecido un trabajo en Cytogen, una empresa farmacéutica en fase inicial que hay en Princeton, Nueva Jersey. Empiezo a llamar a todo el que conozco en Nueva Jersey para intentar encontrar trabajo en algún periódico, revista empresarial, organización sin ánimo de lucro o cualquier otro sitio que me permita escribir. Lo único que encuentro es un trabajo en Baltimore como redactora de crónicas en una publicación semanal alternativa, elCity Paper. A mitad de mes, Peter abandona Binghamtom para empezar su trabajo y se aloja en casa de unos amigos míos mientras busca un lugar donde podamos vivir, algún sitio a medio camino entre Princeton y Baltimore.
Ahora estoy sola en la vivienda, durante lo que suponía que sería un mes aburrido que pasaría trabajando y encerrada en casa. La gran actividad de mis veladas sería encender el fuego en la estufa sin quemarme el pelo (cosa que ha ocurrido en dos ocasiones) y después leer un rato e irme a la cama. Pero no ocurre así en absoluto. Es sorprendentemente maravilloso. Por fin hago un buen trabajo como reportera porque dejo de verlo todo aquí como si fueran chorradas sin importancia y empiezo a apreciar mi papel en el tejido comunitario. Todo el mundo lee el periódico en Cortland, lo que significa que todos saben mi nombre. Me llaman durante el día para darme noticias o hacerme comentarios sobre mis artículos. Empiezo a socializar un poco con algunos reporteros. Resulta que una de mis compañeras, Jackie, mantiene una relación con otra mujer, pero por estos lares mantiene esa información casi en secreto.
Su novia, Natalie, y ella viven en una casita alquilada en una calle que yo no había visto antes. Dentro tienen suelos de madera, alfombras de yute con diseños geométricos y muebles de segunda mano, igual que yo. Cenamos y tomamos vino, y ellas hablan sobre la idea de marcharse de Cortland para poder salir del armario y ser una pareja en público. Cotilleamos sobre el periódico y sus editores.
—Qué pena que tengas que irte —dice Jackie—, ahora que empezábamos a conocerte mejor.
Una parte de mí también desearía quedarse. He sido mucho más feliz las últimas semanas sin Peter, aunque lo echo de menos. Es como si hubiera dos personas dentro de mí: una lo echa de menos y la otra quiere que se vaya a vivir su vida mientras yo me quedo en la casita de campo, sigo trabajando en el periódico, hago nuevos amigos y construyo mi propia vida al margen. La idea de reunirme con Peter, como haré dentro de un par de semanas, me supone un alivio —¡por fin nos largamos de este sitio gélido!—, pero también un nuevo comienzo que, en cierto sentido, sé que no he escogido en realidad.
Llegado el mes de febrero, he dejado Marathon y el periódico en favor de Filadelfia, donde viviremos y desde donde todos los días iré en tren hasta Baltimore a trabajar. Hemos reclutado a todos los amigos que hemos podido para que nos ayuden a mudarnos a unloften la esquina de la Novena con Arch Street, muy cerca de un gran centro comercial y a la vuelta de la esquina del Trocadero, un club de música. Elloftes espacioso, justamente porque no tiene habitaciones, y está situado en el ático de un edificio de ladrillo. Además es barato —quinientos dólares al mes—, ubicado tres plantas por encima de un restaurante chino.
El fin de semana de la mudanza, metemos en cajas lo poco que tenemos en la casita de campo, sacamos el resto de nuestras pertenencias del almacén y nos vamos con el coche a Filadelfia. De camino, nos detenemos en casa de mi padre en Hackettstown, Nueva Jersey, cerca del Delaware Water Gap. Hemos venido a recoger un viejo sofá, un sillón y una alfombra grande que su novia y él ya no necesitan.
—¿Qué vais a hacer con esto? —pregunta mi padre con las manos en los bolsillos, señalando con la barbilla ese sofá que ha conocido tiempos mejores—. Está lleno de agujeros.
Nos encontramos los tres en un gran edificio de alma-cenamiento que alberga un coche viejo, algunos muebles y un fiero pastor alemán llamado Max. Carol y mi padre compraron esta casa en un terreno de cuatro hectáreas —junto con un pequeño estanque— cuando se marcharon de la ciudad de Nueva York, hará unos cuatro años.
Carol parece un pez fuera del agua, estando tan lejos de Manhattan. Ha invertido toda su energía en decorar la casa, que parece el resultado de un duelo entre la revistaCountry Living(«Vida de campo») y Bloomingdale’s.
—Podríais taparlo con algo, como… —Carol tose y se cubre la boca con el dorso de la mano. Lleva las uñas pintadas de un rojo intenso—. Como un guardapolvo —explica antes de dar una calada a su cigarrillo—. Id a una tienda de pintura y pedid un guardapolvo. Ya sabéis, una de esas lonas enormes para las manchas de pintura, pero podéis cubrir con eso los sofás y graparlos por debajo. Burt —se dirige a mi padre, que está hablando con Peter—, ¿tenemos una pistola de grapas que podamos prestarles? —Se vuelve de nuevo hacia mí—. Será como un tapizado rápido.
Para cuando llegamos al bloque de apartamentos de Filadelfia, nuestros amigos ya están fuera, esperándonos. Sacamos los muebles y las cajas del camión de mudanzas y los subimos a rastras los tres tramos de escaleras. Hace un día primaveral inusualmente cálido y la brisa anticipael verano que está por venir. Cuando ya tenemos arriba todos nuestros trastos, nos sentamos en el interior del camión vacío, con la puerta aún levantada, y bebemos latas de cerveza fría.
Tenemos el verano más caluroso de nuestras vidas. Dado que no podemos permitirnos instalar aire acondicionado, elloftes como un horno. Por la noche, Peter y yo conducimos en nuestro 4Runner con el aire acondicionado a toda potencia, nos alejamos del centro y pasamos por la cercana localidad de Manayunk, donde compramos helado medio blando. Después, nos sentamos en el capó del coche y tratamos de sentir la brisa que se desprende del río. Hace tres años, yo trabajaba a la vuelta de la esquina, en las oficinas de aquella diminuta revista de artes llamadaScan—que se fue al garete nueve meses después de subirme a bordo—. Por aquel entonces salía con Peter, pero no de forma exclusiva, me sentía libre y feliz, me pagaban por escribir. Ahora estoy sentada en el capó de un coche que es propiedad de mi novio, con el motor que hace tictac mientras intenta enfriarse, con una temperatura ambiente de treinta y dos grados. Me pregunto por qué será que en aquel entonces me sentía más segura de mí misma, más importante para Peter. Lo veo dar lametones a su cono de helado. Para él quizá sea la diferencia entre perseguir lo que deseas y conseguirlo.
Mientras el sol se pone sobre el río Schuylkill, vuelvo a pensar enScan
