Borealis - H. David Agurto - E-Book

Borealis E-Book

H. David Agurto

0,0

Beschreibung

¿Qué es la realidad? ¿Lo que uno percibe de ella o es la que es? Lear tendrá que asumir que su vida no es como él creía y en esa toma de consciencia los pasos que dé lo cambian todo. Mirar en los lugares más incómodos de su existencia será clave para cerrar sus ciclos pendientes. Una historia sobre la amistad, la familia, pero ante todo sobre uno mismo. Un viaje a la parte profunda de su ser lo conectará con las misteriosas y mágicas luces del norte.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 243

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© H. David Agurto

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-669-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para los amigos. Para los hermanos. Para los padres. Para los amantes. Para los guías y ancestros. Pero, ante todo, para la vida.

.

«Et il revint vers le renard:

—Adieu, dit-il…

—Adieu, dit le renard. Voici mon secret. Il est très simple: on ne voit bien qu’avec le cœur. L’essentiel est invisible pour les yeux.

—L’essentiel est invisible pour les yeux, répéta le petit prince, afin de se souvenir».

Le Petit Prince. ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

Prólogo

Cuenta una historia, que aquellas preciosas mujeres, protectoras de los cielos y los hombres, cabalgaban por la grandiosa bóveda celeste encima de enormes caballos alados, en busca de aquellos valerosos guerreros vikingos caídos en batalla, listos para ser acompañados al tan deseado Valhalla.

Estas poderosas guerreras llamadas Valkirias eran las que descendían al mundo de los hombres para recoger a los elegidos, y estos podían descubrir su llegada tan solo mirando al cielo, iluminado por la magnífica danza de luces de colores que creaban el reflejo de sus extraordinarias armaduras celestiales. A estas luces se las conoce como auroras boreales.

1El sueño que no era sueño

Eran las 3 a. m., se despertó exaltado por aquel sueño. ¿Era un sueño realmente? Parecía tan real que le dificultaba precisar si era uno o no. Llevaba días despertándose a la misma hora sin explicación alguna, lo único de lo que era consciente es de esa fuerte presión en su estómago, como si algo muy profundo de sí mismo quisiese expandirse. Los nervios y esa sensación de ansiedad sin saber muy bien de donde se originaba le tenían inquieto.

Estaba en la cama intentando retomar el sueño, sin embargo, le era totalmente imposible, no podía quitarse de su cabeza esa experiencia que había tenido minutos atrás. ¿U horas? Era difícil saberlo, ya que había perdido la noción del tiempo durante ese episodio. Había leído alguna vez sobre ese tipo de experiencias, las llamaban «viajes astrales» o «experiencias fuera del cuerpo». Sin embargo, le costaba reconocer que él fuese capaz de tener esas habilidades psíquicas; desde que era niño había tenido interés en todo lo que fuese esotérico, pero de eso a que realmente llegase a tener vivencias como tal, era otra historia, o al menos es lo que él se contaba a sí mismo.

Tras todo ese revoloteo, tan solo había transcurrido quince minutos. «Será una noche eterna dándole vueltas a algo que no puedo explicar con lógica», eran sus palabras. Decidió levantarse de la cama ya que recordó una conversación con un viejo amigo: «Si por alguna razón te despiertas en la madrugada y no puedes volverte a dormir, sal de la cama, tómate una infusión o lee algo, ya que, si te quedas tumbado, solo darás vueltas en tu mente y te enfangarás en tus propios problemas mentales. Puede llegar a ser una tormenta muy incómoda, llegando a ensuciar tu estado interno».

Era invierno, hacía mucho frío, su casa no era precisamente la más adaptada para combatir esas crudas borrascas siberianas o polares que en ocasiones azotaban su ciudad. Sin embargo, le gustaba donde vivía, era un lugar tranquilo y seguro, la gente era amable, no solía ocurrir nada rocambolesco como se leía en los periódicos, y lo más importante para él era la gran cantidad de parques que se podía encontrar a los alrededores. Eran preciosos, llenos de vida, la vegetación era de tal magnitud que dificultaba mantener la atención en un solo punto. Aquellos parques le invitaban a observar cada elemento con mucha profundidad; cada planta, flor u árbol poseía su propia consciencia, estaban vivos, era muy obvio no darse cuenta de ello, o al menos es lo que él percibía tras estar ante su presencia.

Llegó a la cocina con la intención de prepararse una infusión u algo caliente, seguiría las recomendaciones de su viejo amigo, el cual era un hombre muy equilibrado y seguro de lo que decía. Por lo tanto, no le habría dado ese consejo sin más, tenía su sentido. Después de prepararse su infusión aromática, se sentó en la primera silla que tuvo a mano dispuesto a disfrutar de su bebida. En ese momento, pudo sentir la calidez que provenía de la taza, recorriéndole toda esa vibración a través de sus manos hacia el resto del cuerpo. Era magnífico cómo algo tan sencillo y cotidiano como beber una taza de té podría crear semejante impacto y confort en el cuerpo. Entonces, recordó todo con claridad, como si hubiese tenido una descarga automática.

Todo empezó con una fuerte presión en el estómago de la cual no tenía control. Cuanto más intentaba evitarla, más se intensificaba, hasta que, de repente, se vio salir disparado hacia delante; era consciente de su cuerpo, el cual lo podía ver tumbado en la cama, una situación bizarra verse de pie en frente de sí mismo. Intentar salir de esa experiencia, le producía una presión e incomodidad en la cabeza que hacía más daño que bien, de modo que decidió dejar de forzar, y buscar tranquilizarse. Era muy extraño, ya que podía controlar su cuerpo etérico a través de su mente viendo su cuerpo dormido. Si lo contase a alguien seguramente lo internarían en un psiquiátrico. Se dio cuenta de que no podía hablar, tan solo pensaba en algo y se escuchaba a sí mismo, como tener una voz de fondo que le diese instrucciones, solo que esta era la suya. Empezó a caminar por las habitaciones de su casa, y aunque había algunas diferencias, podía reconocer las estancias, solo que había elementos que estaban ausentes o desaparecidos. Era una mezcla entre lo conocido y desconocido, más o menos como él se sentía en ese instante, no sabía quién era realmente.

Cuando llegó a la sala, estaba allí, sentada, observándole de frente, con una mirada profunda, la cual lo traspasó totalmente. Se sintió paralizado e intimidado, sus ojos eran como un escáner que podían saber todo sobre él. No había agresión en su presencia, simplemente podía sentir que ella entraba en él y no sabía si era algo bueno o malo. Entonces escuchó una voz dentro de su cabeza:

—Acércate, no te haré daño —dijo la voz.

Se estaba acostumbrando a la idea de caminar fuera de su cuerpo, pero encontrarse a alguien más, sentada en su sofá hablándole telepáticamente, le pareció demasiado. Caminó con pequeños pasos para ir teniendo visibilidad de aquella mujer, no podía verla con claridad, ya que se encontraba sentada en la oscuridad de la sala. Lo más singular de todo era que había podido ver sus ojos en el momento en que se la encontró. Sin embargo, no alcanzaba a ver sus facciones ni su fisonomía, ¿era joven? ¿Mayor? ¿Caucásica?, ¿latina? Una cosa tenía clara, su voz era preciosa como la de un ángel, y sus ojos, de un verde esmeralda, tan claros que uno podía verse reflejado en ellos.

—¿Quién eres? —preguntó él.

—Acércate, no te haré daño —volvió a repetir ella.

Se armó de valor, dio un paso largo y se sentó junto a ella. En ese momento, la estancia se iluminó, como si alguien hubiese encendido la luz, solo que no había nadie para hacerlo. No era el tipo de luz artificial proveniente de un foco, sino como el de la luz natural de una mañana soleada. Allí estaba ella, frente a él, nunca había visto a una mujer como aquella, no era diferente del resto, pero tampoco ordinaria, lo que emanaba era fuera de este mundo.

Era bella, su pelo largo rizado, el cual le llegaba probablemente hasta la cintura, era de un color rubí muy peculiar, el cual daba un contraste llamativo con la clara tez de su piel. Sus ojos eran de un verde tan intenso que dificultaban quitar la mirada, era como si todo el universo se reflejase en ellos. Sus rasgos eran finos y delicados, no parecía medir más de un metro setenta, su estructura era delgada, llevaba un sencillo vestido blanco, holgado, seguramente no superaría los treinta años. A pesar de toda esa delicadeza y dulzura que transmitía, su cuerpo estaba lleno de símbolos que representaban algún tipo de origen o etnia, un tipo de tatuajes que no había visto nunca, o al menos no los conocía.

Ella lo miraba con serenidad aunque fijamente, no parecía tener intención de hablar, aun cuando le había invitado a acercarse. Por el contrario, él se sentía un poco inquieto, no porque ella le diese incomodidad, al contrario, al estar en su presencia había entrado en un estado de calma, pero era ese silencio, al cual no estaba acostumbrado a estar, lo que le tenía desconcertado. De modo que se preguntaba: «¿Era momento de hablar o decir algo?». Le intrigaba mucho esa mujer, ¿qué hacía en su sala?, ¿por qué podía verla fuera de su cuerpo o en ese sueño que tenía? Aún no tenía la certeza de si soñaba o no, así que, inhalando profundamente, se atrevió a preguntar:

—¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? —preguntó mentalmente, ya que no podía articular palabras.

—Tú sabes quién soy. —Sonrió—. Me conoces hace mucho tiempo, pero lo importante es saber: ¿tú quién eres? ¿Aún crees que estás soñando?

Ella lo miraba con calma y segura de lo que decía, sin embargo, él se quedó desconcertado, no esperaba ese tipo de respuesta. De repente, volvió a sentir esa intensa presión en el estómago, que no sabía muy bien su significado, y todo se oscureció. Finalmente pudo abrir los ojos, estaba tumbado en su cama, había regresado de su «sueño».

2La pelirroja misteriosa

Los días habían pasado, y Lear aún se encontraba en un estado de desajuste entre lo que era real y lo que no. No terminaba de integrar lo que había experimentado por el simple hecho de que todavía no sabía si toda aquella vivencia con esa mujer había sido real.

Sus hábitos de sueño se habían normalizado, y no había tenido ninguna otra visita, incluso ni el recuerdo de algún sueño, de manera que eso le generaba duda. Al mismo tiempo, esa experiencia había cambiado algo en él, se sentía distinto, no sabía en qué concretamente, tan solo podía percibir que en su interior algo era diferente, y eso también le angustiaba.

Tenía la necesidad de compartirlo con alguien más para poder conseguir una visión más amplia, o alguna opinión que le diese otra perspectiva, pero no tenía un entorno precisamente «abierto de miras». Apreciaba a su familia y amigos, aunque sabía que ellos no creían en los asuntos esotéricos o paranormales. Cualquier ocasión en la que había intentado plantear esa temática, lo miraban extraño, o lo catalogaban de «loco», y en cierto modo, así se había sentido prácticamente toda su vida, como un freak. Desde temprana edad había tenido inquietud por las brujas, la magia, magos, dragones, etc. Para él eran tan reales como sus padres o sus amigos.

Cuando uno es niño los adultos no les dan tanta importancia a esos asuntos, lo ven como una etapa que forma parte de la edad, sin embargo, cuando uno se va haciendo adulto y se mantienen esos mismos gustos, empiezan a juzgar como si fuese inmadurez o alguien que vive en la luna. Básicamente esos eran los adjetivos que lo definían según la mirada del resto de adultos: «Un raro e inmaduro» que no distingue la realidad de la ficción.

Esas opiniones le dolían en lo más profundo de sí, ya que, aunque no se consideraba como algo habitual en un hombre de 35 años, para él, ese mundo, esa realidad, le daban vida, era el único espacio en el cual se sentía real, en donde no tenía que fingir ser alguien «normal». Por eso cada libro o película en donde la magia estaba representada, él se transportaba, y todos sus problemas desaparecían por un momento. Era un tiempo en donde no había tiempo, ya que podía pasarse horas sumergido en esa frecuencia, y el mundo de las formas no era relevante en ese preciso instante.

Ese era su gran dolor: tratar de encontrarse en un mundo donde no encajaba, y el resto le veían como un perdido sin rumbo. Era muy consciente de que en un planeta donde habitan miles de millones de personas habría muchas como él, en una situación similar, en la que no encuentran su lugar, y tampoco quería creerse que era el único en el mundo sufriendo por esa diferencia.

Sin embargo, se le hacía muy pesado y denso cargar con ello él solo. El no tener aunque sea una persona que no le juzgase o le dijese que abandonara esos temas que no llevan a ningún lado es algo que él anhelaba muy en el fondo de su corazón. No pedía más, tan solo poder compartir con otra persona sus percepciones, sus ideas o sus sueños sin aparentar nada. Así de simple, mientras que hay gente que busca desesperadamente ganar dinero o tener fama, él solo quería estar junto a una persona con la cual poder ser él mismo sin ocultarse.

No todo era negativo, dentro de su soledad y falta de apoyo emocional, tenía un trabajo que le agradaba y le permitía tener tiempo suficiente para él. No habría imaginado que estudiar literatura en la universidad le llevaría a trabajar en una revista como columnista en la sección de opinión. Solo tenía que asegurarse de que cada dos semanas se requería tener listo para publicar, un artículo que la revista le haya demandado en ese tiempo, de modo que tenía que hacer alguna que otra investigación, escribirlo y enviarlo a redacción para que pudiesen darle el visto bueno antes de sacarlo a la luz.

Así que disponía de mucho tiempo para dedicar a su mundo, el cual se encontraba un poco patas arriba. El encuentro con aquella mujer etérea tan peculiar y misteriosa le tenía trastocado, ni tan siquiera le había dado su nombre. «No eres capaz de pedirle el nombre a una chica ni en tus sueños», se decía a sí mismo.

Era cierto que no destacaba por sus dotes de Romeo, pero tampoco había tenido problemas para hablar con chicas, en especial con aquellas que le atraían. Siempre encontraba la forma de entablar conversación, aunque no terminaban en nada, ya que siempre le daban largas o terminaban huyendo. «Quizás las presiono demasiado, o hablo mucho de mí, o planteo temas que no son muy ordinarios o convencionales», solía decirse en voz alta con frecuencia.

Él sabía que no era muy común, y que en ocasiones sus temas de conversación generaban mucha incomodidad y controversia, o no gustaban a otros, pero no por eso dejaría de plantearse esas preguntas que tanto le rondaban a lo largo de su vida, y en especial una: «¿Quién eres en realidad?». Esa pregunta era «la gran cuestión de todas», la que ha hecho a muchos pensadores a lo largo de la historia crear corrientes o enfoques en distintos lugares del planeta.

Probablemente eso era lo que más lo tenía desconcertado, el hecho de que aquella pelirroja sin nombre le hubiese preguntado: «¿Tú quién eres?». Así es, lo que le había dejado muy inquieto era que ella le había planteado su pregunta favorita, y no supo qué decir, aunque tampoco dispuso de tiempo a más, aquel encuentro había sucedido sin esperarlo y de modo espontáneo, pero llevaba varios días dándole vueltas a todo ese asunto, y lo que lo hacía más inquietante es que no sabía nada de ella.

*

Al cabo de tres semanas del evento, sin noticia alguna o señal de algo más, lo dejó pasar. Lear se dedicó a su vida cotidiana, a sus amistades, como si nada hubiese ocurrido. Era un viernes de noche, llevaba retrasado el artículo que tenía que entregar a primera hora del sábado. Lo había dejado pasar ya que el tema no le entusiasmaba demasiado, y sin darse cuenta, el tiempo se le había venido encima. Llevaba horas buscando información sobre «los bocadillos más sabrosos de la ciudad». La verdad era que le generaba mucho rechazo tener que estar perdiendo su tiempo en leer sobre bocadillos, no le hacía gracia en absoluto estar pegado a su ordenador para crear un artículo sobre pan, jamón o queso…

Toda aquella investigación lo había dejado muy agotado mentalmente, y sin darse cuenta, cayó en un profundo sueño que lo llevó a un encuentro inesperado.

—Lear, despierta, ¡venga, despierta! —exclamó la voz.

Él se sobresaltó y volvió a verse fuera de su cuerpo. Esta vez había sido sencillo, no había notado ninguna presión en su estómago. Allí estaba ella, una vez más «la pelirroja misteriosa» se encontraba delante de él, mirándolo con esa profunda serenidad que emanaba.

—¿Tú otra vez? Pero… —No encontraba las palabras adecuadas.

—Me has llamado, y he venido a verte, como lo has pedido. —Sonrió.

—No recuerdo haberlo hecho, ni tan siquiera sé cuál es tu nombre, además, has tardado tres semanas en regresar.

—El tiempo y el espacio no funcionan del mismo modo en el lugar en el cual me encuentro. Lo que tú llamas tres semanas para mí es un instante.

Lear aún no sabía muy bien cómo entablar conversación con aquella mujer tan enigmática. Pasaron de una simple frase a mantener una charla más fluida, eso le desconcertaba mucho.

—Bien, si yo te he llamado y has venido, será porque es algo importante, ¿no? Pero antes de eso, me gustaría saber tu nombre. ¿De dónde vienes?, ¿cómo es que puedo verte?, o ¿estoy perdiendo la cabeza? —Estaba nervioso por la cantidad de dudas y preguntas que tenía con respecto a ella.

—Eres muy gracioso, no quieras saberlo todo tan deprisa o te quemarás. Cada cuestión a su tiempo. Lo que tienes que entender por ahora es que estoy ante ti porque tú y yo somos uno, somos lo mismo en esencia, y si me ves es porque represento una parte de ti en otra frecuencia, no soy alguien ajeno. Llevo contigo desde que naciste, y si no me has visto es porque no estabas preparado. Deja de decirte que te lo estás inventando todo, o que alucinas, hay muchas realidades en este universo como para solo limitarse a una. Que no lo vean otros no significa que no existan. Es lo que sueles decir, ¿no?

Ahora sí que estaba alucinando, no solo era preciosa, atractiva y misteriosa, sino que también sabía mucho sobre los temas que le fascinaban, además que utilizaba frases similares a las suyas.

—Entonces, ¿estás aquí para ayudarme porque te lo he pedido? ¿O por alguna otra razón?

—Estoy ante ti porque es momento de que despiertes y sepas quién eres en realidad. Llevas años atormentándote por no saberlo y sufriendo por no poder compartir lo que hay en ti. Pero hay algo muy importante que tienes que saber: no tienes que esperar a que los demás te lleguen a comprender, debes abandonar la idea de que hallarás tu felicidad una vez conozcas alguien que pueda compartir tus ideas o visión. Nadie va a hacerlo, porque tú eres tú, y ellos son ellos. Cada individuo tendría que comprender que las respuestas y la claridad se encuentran en sí mismos. Mientras busques en lo exterior tu sentido de vida, te hallarás en un viaje interminable que siempre te llevará al mismo lugar: a ti. Allí debes encontrar tus respuestas. A quien debes dejar expresarse de manera transparente es a tu naturaleza verdadera. Mientras sigas ocultándote o fingiendo, te seguirás hundiendo cada vez más en un hueco del cual te será difícil salir. Deja de culpar al mundo por no entenderte, tu tarea es conocerte a ti mismo, y luego sabrás cómo expresarlo a los demás.

Sus palabras fueron como una bofetada en la cara. Era doloroso escuchar esas ideas que tanto había escuchado en otros, y que ahora salían de la perfecta boca de esa pelirroja misteriosa. No sabía si gritar o salir corriendo, pero eso no iba a impedir dejar de sentir lo que sentía en ese momento.

—Llevo intentándolo toda mi vida, encontrar la forma de ser yo sin ser juzgado o tachado de raro. Pero en realidad no sé por dónde empezar, no sé muy bien qué hacer o por dónde empezar.

—No te preocupes por ello, nadie nace sabiéndolo todo, es un proceso, y ante todo requiere de mucha consciencia en todo lo que vives y experimentas. No tienes que hacer cosas extraordinarias ni convertirte en alguien especial. Es más sencillo que eso, lo importante es que tu intención esté enfocada en ir al encuentro de tu verdad. Esto no es un logro ni un objetivo, no lo veas como una carrera o una meta la cual debes alcanzar. Es un camino de vida, el cual debes andarlo día a día durante toda tu existencia hasta el final de tu viaje en este planeta. No es un «saber quién eres» y todo termina, y finalizan tus problemas. Cada etapa de vida te traerá nuevos retos y nuevas aventuras que debes enfrentar aun sabiendo quién eres de manera esencial. La única diferencia es que mientras vivas, la ignorancia de tu naturaleza, ese andar, se vuelve doloroso y pesado, y en cambio, cuando eres consciente de ella, vives en sincronía y fluidez con tu vida; no te librarás de tener que tomar decisiones o asumir responsabilidades. Vivirías con alegría, ya que cada evento será una oportunidad para ir más allá de tu conocimiento limitado. Hay tantas posibilidades que cualquier cosa que te cuente se queda en nada, lo esencial es que emprendas tu camino y no te rindas pase lo que pase.

Empezó a sentirse muy abrumado por toda esa charla, y al mismo tiempo super emocionado ya que por una vez alguien le estaba dando una respuesta clara y concisa de qué es lo que le ha tenido atormentado tantos años. Sentía que sus palabras eran honestas y sinceras, en el fondo querían ayudarle a descubrir lo que hay en lo profundo de su ser. Pero seguía intrigado por ella, no había mencionado su nombre: o esquivaba la pregunta, o quizás no tenía uno.

—Creo que lo entiendo, o al menos algo de ello, sin embargo, no sé por dónde empezar. ¿Cómo sé que estoy en el camino correcto?

Ella le miró directamente sonriendo una vez más, generando una sensación muy eléctrica dentro de Lear. Podía sentir como si ella estuviese dentro de él, como si estuviesen fusionados.

—Ya lo has empezado, siempre has estado en él, solo que ahora serás más consciente de ello. No hay marcha atrás, una vez te quitas el velo, lo ves todo con claridad, y por mucho que quieras hacerte el ciego ya sabes que hay en realidad. Esa es una verdad con la que tendrás que vivir: «Las cosas son como son, no como tú crees que son». Si quieres comenzar por algún lado, empieza por asumir tu vida de la manera que es, deja de juzgar y desear otra, y ante todo, mira tus miedos de frente.

Abrió los ojos y se dio cuenta de que todo el peso de su cabeza se posaba en el teclado, marcando una innumerable cantidad de letras sin sentido, haciéndole tomar consciencia de que se había quedado dormido.

Eran las 6 de la mañana, no había terminado su artículo, solo tenía el recuerdo de la charla que mantuvo con aquella pelirroja misteriosa. No le produjo preocupación alguna, se sentía sereno, recordaba al cien por ciento la conversación, pero sabía que tras esa charla habría un antes y un después. En ese momento sus problemas sobre bocadillos eran insignificantes, había algo más grande y profundo que se había despertado en su interior que lo estaba llamando a revolucionar su vida. ¿El qué? No lo sabía, aunque estaba dispuesto a andarlo, eso lo tenía claro. De pronto sintió como un chispazo entraba por la parte superior de su cabeza, recorriendo todo su cuerpo, hasta que finalmente una palabra brotó repentinamente en su mente como si esa energía la hubiese plantado allí mismo.

—¡Aurora! Así que ese es tu nombre. —Sonrió en sus adentros.

3Un viejo amigo

Habían pasado tres meses desde aquel encuentro con Aurora. Así la llamaba Lear, o al menos lo que creía. No sabía nada sobre ella, no tenía absolutamente ningún tipo de señal o medio para contactar. Había intentado utilizar diversas técnicas para entrar en trances y diferentes modos de lectura con energías sutiles, pero nada surgió efecto. Solo le daba la sensación de que lo empeoraba, además se sentía más solo que nunca, desde aquella última visita, su mundo emocional se había complicado.

Estaba como en un estado depresivo, le angustiaba todo y no sabía muy bien de dónde se originaba. Antes encontraba cobijo en sus libros o películas, y en esta ocasión no le ayudaban en nada. Aparte, sentía que el trabajo que hacía lo estaba consumiendo y apagando, como si no estuviese realmente dando lo mejor de sí. Aunque le era cómodo hacerlo, sabía que podía realizar algo más grande, más significativo que escribir opiniones sobre «chorradas» que no le aportaban nada.

Solo lo hacía por el dinero, y porque le gustaba escribir, eso era todo. Aun así, estaba apagándose esa chispa entre su oficio y él, eso tampoco le hacía gracia, ya que era algo más que añadir a su lista de dilemas internos y, para más inri, su familia y amigos, por alguna razón que desconocía, le exigían respuestas acerca de su vida. Detestaba que la gente se metiese en sus asuntos, por eso le gustaba vivir solo, para no tener que estar dando explicaciones sobre lo que hace y lo que no. Parecía que se habían aliado para atosigarlo a preguntas: «¿Qué te pasa? ¿Te veo distinto? ¿Estás triste? ¿Ya tienes novia? ¿Cuándo vienes?», decían una y otra vez.

Era horroroso y molesto estar recibiendo casi cada día mensajes de los fastidiosos de sus familiares, y cuanto más los evitaba, más acosado se sentía. Tenía ganas de gritar y mandar todo al traste, pero algo le impedía hacerlo, y no tenía claro si era por miedo a que se enfadasen o porque no quería destruir su «cómoda situación».

Lear sabía que si empezaba a decirles las cosas directamente tendría que ponerse a discutir o debatir sobre su vida, sus historias, bla, bla, bla. Eso es lo que precisamente deseaba evitar a toda costa, tan solo quería que lo dejasen en paz, así de fácil; en su cabeza sonaba sencillo, pero en realidad se encontraba ante una gran dificultad para llevarlo a cabo, era terrible, se veía en un momento delicado de su vida.

Al no tener a alguien con quien confesarse abiertamente sin juicio alguno, le quedaba Aurora, pero esta no parecía encontrarse muy disponible, de modo que estaba cargándose mucho y no sabía cómo canalizar y transmutar toda esa energía. Lo último que le había dicho es: «Asume tu vida como es, y déjala de juzgar. Mira tus miedos de frente». Desde entonces, todo se había puesto patas arriba, y se preguntaba si esto era a lo que se refería con asumir su vida.

Tras mucha divagación mental, Lear decidió que llamaría a su viejo amigo y lo invitaría a cenar. Seguro que él tendría alguna idea o frase que le daría luces a todo eso. Solo había un problema: llevaba 3 años sin hablar con él. Desde que su vida se había centrado en sí mismo, su viejo amigo le había dado ese espacio, y le dijo que podía llamarlo cuando estuviese preparado. No sabía si realmente lo estaba, tres años era mucho, le daba un poco de vergüenza llamarlo sin más para contarle sus problemas, pero no tenía a nadie más a quien acudir, así que dejaría el orgullo atrás y le echaría valor.

—Hola, Lear, ¡qué gusto saber de ti! —contestó.

—Hola, Prince —sonó dudoso—. El gusto es mío, me alegra escuchar tu voz.

—¿Todo bien? Suenas preocupado.

—Sí, bueno, verás, no sé. Sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez, me gustaría verte, hablar un poco. ¡Puedo invitarte a cenar si te apetece!

—No has cambiado. —Se rio—. Siempre con tus dudas. Por supuesto, ¿cuándo te iría bien?

—Si te parece, el sábado por la noche, sobre las 8 puedes venir. Vivo en el mismo lugar de siempre.

—Estupendo, ¡hasta el sábado! —Había colgado, sin dar tiempo a decir nada más.

Un brote de luz había surgido. Prince se había comportado como si nada hubiese ocurrido entre ellos, como si llevasen viéndose desde siempre. A decir verdad, eso era algo que le fascinaba de Prince, no vivía con rencor, tenía una capacidad de perdonar fuera de este mundo, no solía tomarse las cosas tan personales, eso lo convertía en un hombre muy sencillo y agradable al trato. Ahora, no entendía, ¿por qué lo había alejado de su vida sin más? Ese tipo de personas no aparecen muy a menudo en la vida. Se sentía un poco estúpido por haberse dado cuenta de ello después de su conversación telefónica.

Despejó esos pensamientos por un momento, la buena noticia era que acudiría a su cita y podría verlo. Lo único que no sabía era qué cocinar, había pasado mucho tiempo, quizás había cambiado de dieta, o se había pasado al vegetarianismo, estaba de moda, ¿quién sabía? Era una posibilidad, ya lo miraría más adelante, lo relevante es que volverían a encontrase, y eso le producía muchísima alegría.

*