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Entre 1964 y 1968, un gobierno juzgado demasiado radical fue derrocado por un golpe militar, instalando una dictadura. Medio siglo después, entre 2016 y 2018, otro gobierno fue derrocado por un golpe parlamentario, instalando a un ferviente admirador de la dictadura en la presidencia. En el gobierno de Bolsonaro hay más ministros militares que en los gobiernos surgidos del golpe. La situación, obviamente no es la misma, y el régimen no es aquel, pero que la curva general de la historia en estos cincuenta años forma una parábola, una que da forma a la narrativa y al título que sigue, es clara. En estos años, Brasil ha sido también el teatro de un drama sociopolítico sin equivalente en ningún otro Estado importante. En todas partes –Europa, Estados Unidos, India, Rusia o China– la tendencia dominante fortaleció el control de los ricos sobre los pobres, del capital sobre el trabajo, y llevó a ampliar el abismo entre ambos. Sólo en Brasil hubo durante un tiempo un movimiento en la otra dirección. Los doce años de gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores, hicieron de Brasil, por primera vez en su historia moderna, un país que importaba políticamente más allá de sus fronteras, como un ejemplo y una posible inspiración para otros. Con todo, los resultados de estas políticas no fueron suficientes. Las limitaciones de lo que se intentó y las debilidades de lo que se logró son parte del análisis de este libro, pero también sus éxitos.
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Seitenzahl: 392
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Akal / Pensamiento crítico / 79
Perry Anderson
Brasil
Una excepción
1964-2019
Traducción: Alcira Bixio
Desde la llegada a la presidencia del carismático Lula da Silva en 2003, Brasil, el país más poblado de América Latina y una de las potencias económicas emergentes más importantes del mundo, no ha dejado de estar en el ojo de huracán.
En este brillante ensayo, el conocido politólogo e historiador Perry Anderson ofrece una descripción de los últimos cincuenta años del país, analizando con detenimiento sus recientes trastornos políticos: desde las esperanzas frustradas de los años de Cardoso hasta el popular gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva; del golpe de Estado parlamentario contra Dilma Rousseff a la arrolladora victoria electoral de Jair Bolsonaro, respaldada por las fuerzas armadas y una joven extrema derecha. Excepcional en su devenir histórico, como siempre ha sido, bajo el Partido de los Trabajadores Brasil había resistido la tendencia global hacia el neoliberalismo más estricto. Ahora, con su estrella política Lula da Silva en prisión se hace necesario revisar el legado del Partido y contrastarlo con el régimen reaccionario de Bolsonaro.
¿Cómo será el futuro de Brasil? ¿Cómo hemos llegado a este impasse tan conflictivo?
Perry Anderson es profesor emérito de Historia en la Universidad de California (UCLA). Editor y piedra angular durante muchos años de la revista New Left Review, es autor de un volumen ingente de estudios y trabajos de referencia internacional entre los que cabe destacar: Transiciones de la Antigüedad al feudalismo, El Estado absolutista, Consideraciones sobre el marxismo occidental, Teoría, política e historia. Un debate con E. P. Thompson, Tras las huellas del materialismo histórico, Spectrum, El Nuevo Viejo Mundo, Imperium et Consilium, Los orígenes de la posmodernidad, La ideología india, Las antinomias de Antonio Gramsci y La palabra H. Peripecias de la hegemonía.
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RAG
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Título original
Brazil Apart
© Perry Anderson, 2019
© Ediciones Akal, S. A., 2019
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4811-4
A Roberto y Grecia
&
A la memoria de Carmute
PRÓLOGO
La génesis de este libro deriva de un proyecto más amplio, un estudio sobre la vida política de las principales potencias mundiales y el emergente sistema interestatal que esas naciones han comenzado a formar en el siglo XXI. Comencé a pensar y a escribir sobre esta cuestión a comienzos de los años noventa y, en su momento, publiqué libros sobre Europa y sobre la India[1]. Por entonces, yo tenía la intención de completar el proyecto reuniendo trabajos sobre Estados Unidos, Rusia, China y Brasil, de los que ya había escrito secciones destinadas en principio a formar un único volumen. A comienzos de este año, yo acababa de terminar los capítulos dedicados a Brasil cuando un editor de São Paulo me pidió autorización para hacerlos traducir y publicarlos como un libro individual. Yo estuve de acuerdo con su propuesta y llegué a la conclusión de que tenía sentido publicar también el original en otros idiomas (inglés y español) por separado. Decidí que había razones tanto subjetivas como objetivas para trasvasar el caso Brasil del recipiente analítico que había concebido previamente.
En cuanto al aspecto subjetivo, mi relación con el país lo sitúa en un lugar aparte del grupo de estados sobre los que estaba escribiendo. Brasil fue el primer país extranjero –y el único hasta que cumplí cincuenta años– en el que he vivido y no meramente visitado. Lo hice durante mi veintena, una época en la que la experiencia es más vívida y las impresiones y conexiones son más profundas que en los años posteriores. Llegado a Rio, en el otoño de 1966, con escasos conocimientos y aún menos recursos, dispuesto a investigar la historia reciente brasileña, regresé a Londres en la primavera de 1967 como potencial candidato a convertirme en un brasileñista al menos hasta la turbulencia estudiantil de 1968. Por cierto, no fue un periodo tan largo para llegar a conocer otra sociedad, pero, en mi caso, fue suficiente para establecer amistades y fascinaciones que han durado toda la vida y para despertar en mí un afecto por ese país en muchos aspectos más intenso que por cualquier otro. Mi estancia en Brasil fue afortunadamente oportuna pues se dio en un breve intervalo entre la instauración de la dictadura militar de 1964 y su pleno endurecimiento represor de 1968, una fase en la que las libertades de expresión, de prensa, de pantalla y de escenario aún no habían sido suprimidas y en la que la oposición política encontraba todavía maneras de expresarse públicamente. En ese ínterin de breve existencia, las energías culturales e intelectuales del fermento radical que había intentado suprimir el golpe de 1964, en realidad, se habían acrecentado en virtud de las eléctricas tensiones de resistencia al régimen en funciones. La atmósfera de aquellos meses fue inolvidable.
Cuando a fines de 1968 se produjo la rebelión contra el Acta Institucional Número 5 (AI-5) de la dictadura, muchos militantes se alzaron en armas y otros partieron al exilio pero los recuerdos y los contactos seguirían intactos. Vladimir Herzog, el único brasileño a quien yo conocía superficialmente antes de llegar a su país, fue torturado y asesinado por el régimen en 1975 y su muerte marcó una divisoria en la historia de la dictadura. Entre los que huyeron no pocos se dirigieron a Francia. En Londres, trabajando en la New Left Review, yo estaba bastante cerca de la colonia brasileña de París. Uno de los primeros libros que publicó esa editorial fue la obra de uno de los fundadores de la guerrilla VPR (Vanguardia Popular Revolucionaria), hoy un estudioso experto en Lucrecio y Spinoza[2]. El primer libro publicado en inglés de Roberto Schwarz, el más destacado crítico literario de Brasil, también saldría de la misma editorial[3]. Invitado a una conferencia internacional a celebrarse en Brasilia en 1979, volví al país poco después de que la dictadura –que se estaba preparando un aterrizaje suave en una democracia a la que le estaría prohibido investigar sus crímenes o cuestionar su legitimidad– permitiera el retorno de los exiliados. Desde entonces, he visitado Brasil con bastante frecuencia y los capítulos de este libro determinan algunas de esas ocasiones, cada una de las cuales constituyó un punto de inflexión político. Todo lo que acabo de contar significa que las formas de lo que he escrito sobre Brasil son suficientemente distintivas para justificar una publicación por separado. La textura y el tono difieren del resto.
En lo que se refiere al aspecto objetivo, Brasil también es un caso aparte en la galería de los estados líderes del mundo. Al ocupar el quinto lugar mundial en extensión y en población y ahora con el segundo ingreso per cápita más alto de los países del BRIC, Brasil es indiscutiblemente una gran potencia, con un peso en su continente más importante que ninguna otra en el mundo, salvo Estados Unidos de Norteamérica. Pero la historia y la geografía también la han marcado con un aislamiento y una autosuficiencia mayores que los de cualquier otro estado de magnitud comparable. En Sudamérica, su lengua la separa de todos los demás países. En una región de repúblicas muy anteriores a que Europa las adoptara como la norma, solo Brasil formó un imperio que duró aproximadamente un siglo. Hasta no hace mucho tiempo, salvo en la estrecha frontera sur, su vasto interior estaba separado de los estados vecinos por una densa selva tropical, desolados malezales y pantanos infranqueables. En el plano cultural y psicológico, la sociedad brasileña en gran medida dio la espalda al mundo hispánico que la rodeaba hacia el oeste y volvió su mirada primero hacia Europa y luego a Estados Unidos. Pero el Atlántico Sur está muy lejos del Atlántico Norte, un vacío geopolítico cuyas otras costas solo representaron una fuente de esclavos en el pasado brasileño. Ni siquiera Portugal tiene un peso importante en la imaginación o la conexión contemporáneas de Brasil; mucho menos del que tiene España para sus ex colonias desde donde tantos escritores notables partieron raudos a Madrid o a Barcelona[4]. Esto ha dado como resultado una cultura nacional que continúa siendo particularmente autorreferencial si se compara con casos paralelos: sin los vínculos con sus vecinos de un pasado confuciano, en el caso de China; de la lengua inglesa con el mundo anglosajón, en el caso de la India; de siglos de intercambio intelectual y diplomático con Europa, en el caso de Rusia; de la intimidad establecida por la estrecha relación de la Guerra Fría con Estados Unidos, en el caso de las potencias europeas. Solo Estados Unidos, protegido tras sus fosas oceánicas y la convicción de su preferencia divina, se asemeja a Brasil en su grado de introversión. Si cabe, en su caso, es una introversión aliviada por los inmigrantes llegados de todos los rincones del mundo. También Brasil se benefició enormemente tras las dos grandes guerras con una ola migratoria que contribuyó en alto grado a modelar su cultura pero que, desde entonces, ha cesado y ha sellado así su enclaustramiento. En ningún otro estado nación actual se concibe con tanta naturalidad el país como una civilización completa, enteramente propia: la expresión civilização brasileira no es en modo alguno un alarde exclusivo de la derecha también es un concepto que aparece espontáneamente en todo el espectro de historiadores y publicistas de izquierda[5]. Esto nunca significó provincialismo en ninguno de los sentidos corrientes del término. El país constituye un universo propio demasiado grande en el que innumerables mentes creativas pueden sentirse plenamente absorbidas por los problemas propios de Brasil sin necesidad de mirar más allá en busca de otros. Pero una cultura nacional que se mantiene durante tanto tiempo siendo autosuficiente, tomándose a sí misma como su horizonte natural de pensamiento, termina siendo, para bien y para mal, no muy diferente de una excepción del siglo XIX en el presente.
Hay otra situación determinante, políticamente más decisiva, que separa a Brasil de sus pares del hemisferio norte. Brasil es una de las principales potencias, pero no una Gran Potencia, puesto que no posee las fuerzas armadas poderosas –el auténtico peso militar: tropas, tanques, portaaviones, aeronaves, misiles– que continúan definiendo esa categoría y que lo incluirían en ese rango. Todos los demás aspirantes a esa posición han peleado guerras bajo su propia bandera desde 1945: China en Corea, India y Vietnam; Rusia en Afganistán y el Cáucaso; Europa en los Balcanes y en el Oriente Medio; la India en Bengala, Ceilán y Cachemira; Estados Unidos en el Lejano Oriente, Oriente Medio, los Balcanes, el Norte de África y el Caribe. Brasil no. Su ejército es débil en comparación con el poderío de esos estados. Por otro lado, a diferencia de cualquiera de ellos, este constituye un poder político primordial dentro del país. Lo que le falta en poder de fuego externo lo compensa con su capacidad de ataque doméstico. No la agresión externa sino la represión en casa: esa ha sido su gran vocación. Esta es la configuración que enmarca el periodo que examinaremos en las siguientes páginas.
Pues en esos años, Brasil fue también el teatro de un drama sociopolítico sin equivalente en ningún otro estado importante. En los demás –en Europa, Estados Unidos, la India, Rusia y China– la tendencia de la época fue fortalecer la dominación de los ricos sobre los pobres, del capital sobre el trabajo, y ampliar la brecha entre ellos, en el estado y en la sociedad: la oligarquía, de una u otra forma, neoliberal o híbrida. Solo en Brasil hubo durante un tiempo un movimiento en la dirección opuesta. Los doce años de gobierno del Partido de los Trabajadores hicieron de Brasil, por primera vez en su historia moderna, un país que importó políticamente más allá de sus fronteras, como un ejemplo y una potencial inspiración para otros. No es casual que también entonces haya sido, por primera vez, una potencia que podía desempeñar un papel independiente en un escenario internacional. El desempeño no fue nunca impoluto, ni en el plano interno ni en el exterior, las limitaciones de lo que se intentó y las debilidades de lo logrado son parte de los resultados, pero terminó de una manera que habla tanto a favor como en contra de todo el proceso: demuestra, independientemente de lo que haya llegado a ser el PT en el poder, que el grado en que se apartó de las reglas durante el periodo fue insoportable para los poderes tradicionales del territorio. En 1964, un gobierno juzgado demasiado radical fue derrocado por un golpe militar que instauró una dictadura. Medio siglo más tarde, entre 2016 y 2018, otro gobierno fue derrocado por un golpe parlamentario que instaló en la presidencia a un ferviente admirador de la dictadura. En su gobierno hay hoy más ministros militares de los que hubo nunca durante el gobierno de los generales. La situación y el régimen no son los mismos pero la curva más amplia de la historia, desde el comienzo hasta el fin de estos cincuenta años, está clara: es una parábola que da forma a la narrativa y título a la conclusión de este libro.
[1]The New Old World, Londres, Verso, 2009 [ed. cast.: El nuevo viejo mundo, Madrid, Akal, 2012]; The Indian Ideology, Londres, Verso, 2013 [ed. cast.: La ideología india, Madrid, Akal, 2017].
[2] João Quartim, Dictatorship and Armed Struggle in Brazil, Londres, Verso, 1971.
[3] Roberto Schwarz, Misplaced Ideas, Londres, Verso, 1992.
[4] El tamaño relativo de las ex colonias y las ex metrópolis tiene, por supuesto, algo que ver con este contraste iberoamericano. Sin embargo, en un momento en el que una sociedad de más de 200 millones difícilmente puede presumir de tener un poeta o un novelista comparable a Pessoa o a Saramago –productos de una sociedad de menos de 10 millones de habitantes– la falta de interés en Portugal hasta de los brasileños más cultivados a menudo asombra.
[5] En Francia, si bien la civilisation française fue alguna vez una expresión santificada, hoy es solo un anacronismo desinflado. Pero esto no ocurre en Brasil. Cuando en 1960 Sérgio Buarque de Holanda, el decano de la historiografía y figura importante de la izquierda socialista, publicó la História Geral da Civilização Brasileira, cuya primera edición (ya va por la decimoséptima) llegó a tener once volúmenes, observó cándidamente que en otras circunstancias el título podría parecer inapropiado o presuntuoso, pero que había sido muy natural inspirarse en una traducción de Histoire générale des civilisations de Maurice Crouzet publicada por la misma editorial, Difel. En realidad, la expresión no dependió de este artificio, sino que ya circulaba en Brasil desde mucho antes. La editorial Civilização Brasileira fue fundada en 1929 y uno de sus tres fundadores fue Gustavo Barroso, que luego sería el más prolífico teórico del Integralismo en la derecha fascista. En 1934, cuando se creó la Universidad de São Paulo, durante el gobierno de Vargas, el departamento de Historia incluyó desde el comienzo una Cátedra de «Civilización brasileña», cuyo principal ocupante fue un liberal conservador, Alfredo Ellis, a quien en 1956 sucedió en el cargo Sergio Buarque. En la época en que Ênio Silveira, comunista, tomó las riendas de la editorial Civilização Brasileira, a mediados de los años sesenta, creó una importante revista de la izquierda combativa que llevó el mismo nombre y que la dictadura de 1968 cerró.
AGRADECIMIENTOS
Las primeras versiones de los capítulos 1-5 aparecieron en la London Review of Books con los siguientes títulos: «El lado oscuro de la cordialidad brasileña», el 24 de noviembre de 1994; «El legado de Cardoso», el 12 de diciembre de 2002; «El Brasil de Lula», el 31 de marzo de 2011; «La crisis de Brasil», el 21 de abril de 2016 y «El Brasil de Bolsonaro», el 7 de febrero de 2019. Aunque los capítulos contienen cambios de opinión pues acontecimientos ulteriores echaron nueva luz sobre los temas tratados, no los he modificado pues he preferido conservar el registro de entonces, que se superpone así a la narrativa.
No hubiera podido escribir ni habría escrito nunca sobre Brasil sin la conversación, el consejo y en muchos casos la amistad de las personas con las que he hablado de este país a lo largo de los años. La lista no es exhaustiva pero en particular debo mencionar a: Maria do Carmo Campello de Souza, Mario Sergio Conti, Edgard Carone, Roberto Fragale, Elio Gaspari, Marcus Giraldes, Eduardo Kugelmans, Lena Lavinas, Roberto Mangabeira Unger, Leôncio Martins Rodrigues, Juliana Neuenschwander, Chico de Oliveira, Leda Paulani, Paulo Sérgio Pinheiro, Marcio Pochmann, Emir Sader, André Singer, Luiz Eduardo Soares, Roberto Schwarz y Pedro Paulo Zahluth Bastos. Ninguno de ellos habría estado en todo de acuerdo con lo que escribí sobre Brasil, algunos tal vez en nada, pero de todos he aprendido algo. De ninguno más que del primer amigo que hice en São Paulo, Roberto Schwarz, un crítico literario cuyo juicio político descuella en toda su generación. Soy el único responsable de los errores que puedan haberse deslizado.
CAPÍTULO I
La puesta en marcha
1994
Hoy Brasil tiene una población y un producto interior bruto mayores que los de Rusia. Sin embargo, contra todo pronóstico razonable, continúa ocupando una posición curiosamente marginal en el imaginario histórico contemporáneo. En quince años prácticamente no ha dejado ninguna huella en las páginas de la London Review. Las imágenes populares, a pesar del creciente turismo, siguen siendo escasas: villanos locales que huyen de la justicia, desfiles estacionales con disfraces, triunfos periódicos en el fútbol… En cuanto a influencia cultural, si bien la música y la literatura de América latina se han propagado por todo el mundo, Brasil ha retrocedido. Los ritmos de salsa hace ya tiempo que han eclipsado a los de la samba y las listas de novelistas reconocidos omiten visiblemente el país que, en el siglo XIX, produjo el autor más imaginativo de esa forma literaria fuera de Europa en la figura de Machado de Assis. Hoy, los lectores del hemisferio norte tienen más probabilidades de hacerse una imagen del país a través de la grandilocuencia peruana que de cualquier ficción nativa.
Si la sociedad más grande del hemisferio sur permanece mentalmente fuera de foco para la mayor parte de los extranjeros ello se debe en parte a su reciente historia política. Desde los años sesenta, América Latina sufrió cuatro dramas profundos que llamaron la atención del mundo. En Brasil, tres de ellos fueron evitados o abortados y el cuarto tomó allí una forma sui generis. Internacionalmente, el continente llegó por primera vez a la primera plana de los periódicos como consecuencia de la Revolución cubana, cuando el espectro de los movimientos de guerrilla atormentaba a Washington. Brasil nunca estuvo en primera plana de esta turbulencia. Comparados con los de Venezuela o Colombia, Perú o Argentina, sus episodios de insurgencia –en gran medida urbanos– fueron breves y se extinguieron pronto. La dictadura militar, en cambio, llegó más temprano, ya en 1964, casi una década antes de Pinochet o Videla y se prolongó por un periodo mayor, durante más de veinte años. Los generales brasileños siempre fueron los más hábiles de la región: gobernaron obteniendo tasas de crecimiento récord en los setenta y abrieron una redemocratización cuidadosamente calibrada en los ochenta, en un proceso cuyo resultado controlaron casi hasta el final.
En 1984, en las grandes ciudades, se organizaron enormes manifestaciones que exigían elecciones directas, mientras un Congreso domesticado se preparaba para elegir a un nuevo presidente, siguiendo las directivas del Alto Comando; el régimen no cedió. Pero el temor a la reacción popular dividió a las elites civiles que hasta el momento habían apoyado a los militares, pues muchos de los importantes terratenientes del noreste –el núcleo de su sistema de alianzas políticas– optaron por pasarse a la oposición. Los militares frenaron la presión ejercida en las calles pero tuvieron que pagar el precio de perder el control del Congreso, en el que un «frente liberal» de propietarios de tierras y patrones locales retrógrados, hasta aquel momento partidarios flexibles al régimen, pasaron de apoyar al candidato oficial a respaldar a un político moderado, Tancredo Neves, quien se postulaba como un símbolo del principio constitucional y la reconciliación.
Aunque Neves nunca había sido un oponente abiertamente declarado de la dictadura y no habría ganado compitiendo en elecciones directas, la opinión pública consagró la elección indirecta hecha por el Congreso en medio de una enorme expectativa, como la victoria final de la democracia sobre la tiranía pretoriana. Su súbita muerte, en vísperas de asumir la presidencia puso fin a toda euforia. El nuevo presidente se transformó en cambio en un ornamento destacado de la dictadura: José Sarney, un oligarca, amante de las bellas letras, oriundo de los latifundios de Maranhão, a quien Neves había elegido como compañero de fórmula para retener el apoyo de los desertores de último momento del régimen en el noreste. El anticlímax ideológico era agudo. Brasil entraba arrastrándose a la era de la democratización, común a toda América Latina, desconcertado y alicaído. No se produjo una discontinuidad de instituciones y personas, comparable a la caída de la Junta en Argentina o al repudio de la autocracia de Chile.
Tratando de compensar su falta de legitimidad popular, Sarney formó un gobierno que en realidad fue un poco menos conservador que la administración que había proyectado Neves: un movimiento característicamente brasileño. Pero su presidencia no dejó de ser débil y errática. Cuando se hizo cargo del gobierno la inflación anual se mantenía por encima del 200 por 100 pero, tras una serie de tratamientos de shock y planes de emergencia mal instrumentados, al cumplir su mandato dejó el país con una inflación que llegó a superar el 2000 por 100. En los últimos años de los ochenta, Brasil experimentó una severa recesión económica y una creciente tensión social. En 1988 adoptó una nueva Constitución que, si bien contenía más garantías democráticas que la anterior, era un texto farragoso e incoherente. Cuando en 1989, bajo el imperio de esa Constitución, se celebraron las primeras elecciones directas de presidente el resultado fue una reñida competición entre la izquierda, representada por Lula –Luiz Inácio da Silva, antiguo obrero metalúrgico y líder sindicalista–, y la derecha, en la persona de un playboy demagogo perteneciente a una de las familias políticas más antiguas y ricas del país, Fernando Collor de Melo. Con el estentóreo respaldo del imperio televisivo Globo seguido por el 70 por 100 de todos los espectadores y el carismático atractivo que representaba para los pobres políticamente desorganizados, Collor de Mello ganó por escaso margen. Su discurso inaugural –cuya primera versión redactó José Guilherme Marquior, el más talentoso intelectual liberal de su generación, muy conocido en Londres en su papel de diplomático– prometía la arrolladora demolición de los controles estatales y la liberación del espíritu de libertad y emprendimiento individual, con la debida preocupación por los menos favorecidos. La hora del neoliberalismo latinoamericano, en sintonía con la llegada de Salinas en México, de Menem en Argentina y Fujimori en Perú, parecía haber llegado entonces a Brasil.
Pero, una vez más, la experiencia típica del continente hizo cortocircuito: Collor de Mello comenzó a reducir impuestos, a privatizar las empresas públicas y a recortar las plantillas burocráticas. Pero su intento de hacer caer la inflación congelando los depósitos bancarios resultó aún más caótico que los esfuerzos de Sarney: solo molestó a la gente adinerada sin lograr ninguna estabilización. Luego, una disputa familiar en su feudo de Alagoas súbitamente reveló la huella de una malversación monumental, aun medida con la tolerante vara local: se habían empleado fondos por 200 millones de dólares ilegalmente en clientelismo político y en ostentación personal. Puesto que Collor de Mello había basado su campaña electoral en la promesa de erradicar la corrupción, el descarado saqueo dejó atónitos hasta a sus seguidores cercanos. Cuando se acumularon las acusaciones, Collor de Mello apareció por televisión y pidió al pueblo que demostrara su apoyo patriótico al presidente en su batalla contra la conspiración de una elite, exhibiendo los colores verde y amarillo de la nación. Al día siguientes, las ciudades estaban engalanadas de negro. En dos semanas, Collor de Mello se vio obligado a dejar el cargo. Si la democratización de Brasil había comenzado con ambigüedad y confusión, su liberalización terminó en farsa. En 1992, cuando Collor de Mello fue despedido de la presidencia, el país parecía haber fallado una vez más en seguir la tendencia de los tiempos. Mientras Argentina, Uruguay, Chile, Perú y México exhibían muy promocionadas recuperaciones económicas bajo la disciplina neoliberal, Brasil aún continuaba luchando por mantenerse a flote en una ciénaga inflacionaria aparentemente sin timón.
Dos años después, la escena cambió súbitamente. Surcando la espiral inflacionaria de la década anterior y las profundas recesiones de 1981-1983 y de 1988-1990, la economía brasileña continuaba diversificándose. De forma pausada, las acciones de capital se modernizaron, la productividad aumentó y las exportaciones crecieron desde alrededor de 3 o 4 mil millones de dólares por año en 1981 a alrededor de 25 mil millones este año, lo que acabó produciendo un balance comercial positivo y un aumento sustancial de las reservas. A mediados de la década de 1990, el peso objetivo del país en el nuevo orden global se había alterado. Más rico y menos disciplinado que la Federación Rusa de Yeltsin, Brasil está en vías de alcanzar el rango de una potencia importante, nivel al que nunca –a pesar de la abundante y pretenciosa retórica– se había acercado antes; y, por primera vez en su historia, el país ha adquirido un gobernante capaz de ponerlo inequívocamente en el mapa internacional. Fernando Henrique Cardoso, cuando sea presidente el próximo año, con toda probabilidad será el jefe de estado más intelectualmente preparado de todo el mundo.
En América Latina, desde los tiempos de Sarmiento o de Nabuco en adelante, los escritores y los intelectuales han desempeñado tradicionalmente una parte protagonista en el escenario político. La ambición de Vargas Llosa de gobernar Perú es un episodio reciente de esa tendencia. Rómulo Gallegos, otro novelista, fue el primer presidente electo de Venezuela después de la guerra. El actual ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, Guido di Tella, un distinguido historiador económico, ha sido durante largo tiempo profesor en el St. Antony’s College de Oxford. En ese sentido, Cardoso, coautor con Enzo Falletto del libro más influyente de la ciencia social sudamericana de los años sesenta –Dependencia y desarrollo en América Latina– se ajusta al modelo regional. Su ascenso al poder hasta tiene un toque nacional irónicamente apropiado. Brasil fue el único país del mundo cuyos fundadores se inspiraron, en 1889, en Auguste Comte –el inventor de la sociología entendida como una disciplina en sí misma– para aliarse con oficiales militares jóvenes con el propósito de derrocar el Imperio, instaurar la República y legarle el lema –Ordem e Progresso– que aún se despliega en la bandera nacional. Un siglo más tarde, en el mismo suelo, el sueño de Comte del gobernante sociólogo se hacía realidad.
Sin embargo, hay más de una ironía en el cumplimiento de ese sueño. Pues el tipo de sociología que dio fama a Cardoso fue la antítesis del positivismo. Su obra representó un marxismo cuya cuestión de honor era una comprensión dialéctica de la sociedad. En la América Latina de los años sesenta y setenta, aquello podía parecer un lugar común, pero, en realidad, surgía de un ambiente excepcional que es la clave de la carrera temprana de Cardoso, cuyo padre era un general nacionalista en la época en que el cuerpo de oficiales brasileño estaba claramente dividido entre las facciones anticomunista y nacionalista de izquierda. A comienzos de la década de 1950, Cardoso estudió en la Universidad de São Paulo, donde pronto obtuvo un puesto de profesor. En aquella época –un dato que la prensa brasileña, protectora del candidato presidencial, solo decidió mencionar pasadas las elecciones– era comunista. El PCB era entonces la única organización significativa de la izquierda brasileña, de modo que aquella preferencia no era nada extraña. Cardoso renunció al partido aproximadamente en 1954 pero durante diez años más estuvo informalmente relacionado con él formando parte de la linha auxiliar, como se llamaba a tales simpatizantes. Más formativa que esa afiliación fue, sin embargo, la institución donde trabajaba.
La Universidad de São Paulo fue fundada en 1934 por un grupo de oligarcas liberales, dirigido por el vástago de la dinastía propietaria de los medios de prensa de la ciudad, Júlio de Mezquita Filho. En aquel tiempo la influencia ejercida por la cultura alemana e italiana era muy intensa en todo el país y reflejaba no solo la importancia de las dos comunidades de inmigrantes, sino además el creciente prestigio del fascismo europeo que habrá de inspirar la creación del autoritario Estado Novo presidido por Getúlio Vargas tres años más tarde. Los liberales paulistas resueltos a crear una institución con un elevado nivel intelectual buscaron académicos europeos. Para la enseñanza de matemáticas, ciencias naturales y los clásicos estuvieron dispuestos a contratar profesores italianos y alemanes, pero para las ciencias sociales y filosofía, disciplinas en las que estaban en juego cuestiones políticas, prefirieron acordar con el Estado francés, cuyos docentes –se creía entonces– podían garantizar el sostenimiento de los valores democráticos. El acuerdo dio su fruto histórico en la serie de grandes nombres franceses que, antes de hacerse conocidos mundialmente, enseñaron en la Universidad de São Paulo: entre otros, Claude Lévi-Strauss, Fernand Braudel, Pierre Monbeig, Roger Bastide, Claude Lefort y Michel Foucault quienes dejaron la impronta local más profunda en la facultad de Filosofía, donde un conjunto de destacados instructores entrenaron a una generación entera de pensadores, vívidamente recordada en un trabajo reciente de Paulo Eduardo Arantes como Um Departamento Francês de Ultramar. A finales de los años cincuenta aquel era un medio intelectual que progresiva, aunque no inesperadamente, se interesaba cada vez más en Marx. En 1958, un grupo de jóvenes intelectuales de diferentes disciplinas, que incluía a Cardoso en sociología, Paul Singer en economía, José Arthur Gionnotti en filosofía y a Roberto Schwarz en literatura, comenzó a dictar un seminario sobre El capital que llegó a ser una leyenda, duró cinco años y afectó la atmósfera de la facultad durante diez años.
Cuando las fuerzas armadas tomaron el poder en 1964, los blancos inmediatos de proscripción fueron principalmente los políticos o las personas que los rodeaban. Sabiéndose objeto de la búsqueda de los militares, Cardoso decidió huir a Chile. En la universidad la mayor parte de sus colegas continuaron trabajando relativamente sin interferencias. En aquellos años, cuando la dictadura había radicalizado la oposición intelectual sin reprimirla todavía, la facultad de la Rua Maria Antônia era un lugar inolvidable. Un discreto edificio tomado cercano al centro de la ciudad, con una fachada deslucida y un interior lúgubre, rodeado de una maraña de bares y lanchonetes en los que su vida se extendía continuamente, el sitio era como una especie de caverna mágica de ideas y pasiones, en su mayor parte políticas. La conexión francesa estaba aún activa, ciertamente, para cualquiera que llegara de Londres la escena tenía elementos de una versión tropical del sixième. Pero también, en muchos aspectos, era más vital. Intelectualmente, el seminario de la facultad sobre El capital precedió al famoso que se dictó en la École Normale. Para mí fue impactante descubrir en 1966 que aquí, en São Paulo, ya existía un estudio de la matriz feuerbachiana del joven Marx, mucho más erudito que cualquier otro publicado en la escuela althusseriana: Origens da Dialéctica do Trabalho. El marxismo de la Rua Maria Antônia era también más cosmopolita que el de la Rue d’Ulm: la escuela de Frankfurt, que en París era aún una página en blanco, tenía aquí una presencia significativa, como la tenía las tradiciones marxistas austríacas. Todo ello mezclado con la incomparable sociabilidad brasileña; el fluir de las batidas ecuatoriales sobre los diminutos mostradores; el enigma de las mujeres más independientes que la europeas, emancipadas por sus propias doncellas; una sensación eléctrica de inminente agitación. Para el estudiante extranjero todo ello era una mezcla embriagadora.
Para 1968, la oposición política a la dictadura estaba fortaleciéndose: maniobras parlamentarias, huelgas industriales, rebeliones universitarias, hasta acciones armadas dispersas. En octubre, estalló una brusca batalla entre estudiantes del Mackenzie College, la universidad privada conservadora, situada muy cerca del Maria Antónia, enfrente del edificio de la facultad, y militantes de la Universidad de São Paulo. Bombardeada por las fuerzas superiores de la derecha, la facultad se incendió y uno de sus defensores murió, por lo que el ejército envió la caballería y cerró definitivamente el lugar poniendo fin así a una era. Pocas semanas después, el régimen tomó medidas mucho más drásticas aún que las de 1964 con el Acta Institucional 5 que había dejado firmemente establecido su poderío durante toda la década siguiente. Cardoso, quien había retornado a Brasil unos meses antes, fue despedido violentamente de la cátedra para la que acababa de ser electo en la facultad. Sin embargo, el futuro presidente había aprovechado bien sus años fuera del país y con fondos otorgados por la Fundación Ford contribuyó a crear un centro de investigación en São Paulo, el CEBRP, que conservó gran parte del espíritu del Maria Antônia en investigaciones colectivas sobre la sociedad brasileña durante la dictadura. En ese periodo, la influencia dominante en su pensamiento continuaba siento marxista. A comienzos de los años setenta, mientras realizaba trabajo empírico, Cardoso se embarcó en una batalla con Poulantzas sobre la definición de las clases sociales con el propósito de aclarar los usos y malinterpretaciones de las categorías de dependencia, de un ejército de reserva de trabajadores y de marginalidad. Una década más tarde, se preguntaba si el concepto de hegemonía de Gramsci podía tener aún validez cuando «el parlamentarismo democrático liberal está desapareciendo como principio de legitimidad en las sociedades avanzadas mismas»: las nuevas formas de dominación del «estado burgués» exigían la invención de nuevas formas de «control de la producción», respetuosas de las iniciativas y las libertades, en la articulación de una «utopía socialista»[1].
A mediados de los setenta, el régimen militar, confiado en que el país se hallaba ya seguro contra la subversión, puso en marcha una lenta apertura institucional. En cuanto se inició este proceso, el partido de la oposición, creado por el gobierno mismo –el MDB– ganó rápidamente terreno como un frente unido contra la dictadura. En 1978, Cardoso se postuló al cargo de senador en una subsección de ese partido en São Paulo. No se sintió cómodo en la campaña electoral y fue fácilmente derrotado. Pero quedó segundo y, por una reciente ley militar, permaneció como suplente detrás del candidato ganador. Cuatro años después, cuando el senador fue elegido gobernador, el sustituto ocupó el escaño vacante. Aquella fue una entrada privilegiada en el mundo de la alta política y Cardoso aún tenía mucho que aprender. En 1985, siendo todavía senador, se postuló para el cargo de alcalde de São Paulo. El día anterior a las elecciones, posó ante los fotógrafos con actitud exageradamente confiada en el ayuntamiento, una táctica contraproducente que le valió la derrota. Sin embargo, al año siguiente, hubo nuevas elecciones parlamentarias. Por entonces, el partido colectivo del que se había vuelto candidato fijo, el PMDB, ya no pertenecía a la oposición: era la base oficial del presidente Sarney, cuyo plan «Cruzado» –que aparentemente había sofocado la inflación con la creación de una nueva moneda pocos meses antes de la elección– le dio un triunfo aplastante en todo el territorio, lo que permitió a Cardoso volver al Senado por amplio margen.
Terminadas las elecciones, el plan Cruzado se derrumbó. Sarney perdió todo crédito y el PMDB –que nunca había sido más que una tela de retazos– se desarmó por las costuras. En 1988 Cardoso, que ya era presidente del senado, y un grupo de colegas lograron reconvertirlo y fundar el Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB). En el caso de Cardoso, el movimiento cristalizó una evolución política. Dentro del PMDB, un frente variopinto que incluía desde comunistas no declarados a colaboracionistas escasamente arrepentidos, las posiciones ideológicas, como era de esperar, permanecían veladas o indeterminadas. Sin embargo, con el tiempo Cardoso comenzó a favorecer cada vez más abiertamente una estrategia política cercana al eurosocialismo. El PSDB apuntaba a convertirse en una versión brasileña de los partidos de Felipe González o de Mitterrand. Inicialmente, el proyecto de una democracia socialdemócrata modernista parecía frágil. En la primer vuelta de la elección presidencial de 1989, el candidato del partido fue superado por dos rivales situados a la izquierda, no solo el sindicalista radical Lula, que se presentó por el Partido de los Trabajadores (PT) sino también por el veterano populista Brizola. En la segunda votación, después de cierta vacilación, Cardoso respaldó a Lula contra Collor. Pero muchos de sus votantes –especialmente en São Paulo, donde el equilibrio electoral era muy complejo– optaron por Collor y contribuyeron a su victoria.
El nuevo presidente, catapultado al cargo a través de la televisión, carecía de una base organizada en el Congreso. De inicio, trató de gobernar el país con un grupo heterogéneo de gente designada personalmente, a menudo aficionados sin antecedentes partidarios, pero cuando sus asesores fracasaron estrepitosamente en sus intentos de controlar la inflación, Collor cambió el paso y trató de atraer a políticos de cierto peso a su gobierno. El PSDB fue uno de los partidos a los que dirigió su apertura. Invitados a formar parte del gobierno de Collor, sus líderes se dividieron. Cardoso se contaba entre los que apoyaban la propuesta de unirse al gabinete. Un mes más tarde el escándalo de corrupción presidencial –que ya comenzaba a borbotar– alcanzó el punto de ebullición. Una vez que el Congreso anunció formalmente su juicio político, Collor pasó a ser un intocable político. Cardoso se había salvado por un pelo. Si la investigación no hubiese comenzado tan pronto habría pagado un alto precio por estar dispuesto a trabajar junto a Collor. En la subsiguiente investigación del Congreso, el PSDB no tuvo un papel protagonista: el éxito por exponer al presidente correspondió principalmente al PT.
Pero por un extraño giro, el juicio político a Collor abrió el camino de Cardoso. Collor había elegido como compañero de fórmula a un político procedente un pueblo de la periferia de Minas con quien no tenía nada en común y a quien ignoró por completo cuando llegó a la vicepresidencia. Este individuo, Itamar Franco, llegó así súbitamente, sumido en total desconcierto, al palacio presidencial. Figura pálida, impersonal, Franco nunca había aspirado al cargo supremo de la república y no tenía muchas ideas de qué hacer llegado allí pero tenía instintos humanitarios y era un hombre honesto. Tímido y provinciano, necesitaba con urgencia asesoramiento y seguridad en sí mismo. El PSDB se adelantó a cumplir ese cometido y Itamar nombró a Cardoso ministro de Relaciones Exteriores. Pronto se sintió cautivado por su figura. Fernando Henrique –a partir de ahora podemos obviar su apellido, como hacen ahora los brasileños– era todo lo que Itamar no era. Notablemente bien parecido, combina una autoridad natural con un encanto urbano cuya resplandeciente sonrisa no oculta, pero a la vez transmite reserva interna y fuerza en sus propósitos. En pocos meses, este príncipe cosmopolita gozó de gran ascendencia sobre un gobernante inseguro y nervioso, ocupando una posición que recordaba más la de un Buckingham o un Godoy que la de un miembro de un gabinete moderno.
En la primavera de 1993, Itamar le entregó el puesto más poderoso del gobierno, el Ministerio de Hacienda. La inflación aún hacía estragos con una tasa solo superada por Serbia y el Zaire. En el ministerio, Fernando Henrique reunió a un grupo de prestigiosos economistas, amigos de larga data, quienes prepararon un nuevo plan de estabilización. Esta vez se trataba de un esquema técnicamente competente que no se basaba en controles de precios –que ningún gobierno brasileño tiene el poder de aplicar– que logró recortes reales en el gasto público y que fue instrumentado gradualmente y no impuesto de la noche a la mañana. Un elemento crucial fue que, por primera vez, el Tesoro contaba con sustanciales reservas externas capaces de respaldar una moneda fuerte. Las medidas iniciales, que incluyeron laberínticas negociaciones en el Congreso, no fueron dramáticas. Mientras eran objeto de negociación política, el humor público se volvió rápidamente en contra del gobierno. Fuera del invernadero de Brasilia, la desafección popular en relación con los políticos se acrecentaba visiblemente. La destrucción de Collor y el intermedio de Itamar habían dejado un vacío político en el que solo la fuerza de oposición parecía creíble. Y esta era el partido liderado por Lula.
Los orígenes del PT se remontan a las huelgas de los obreros metalúrgicos que habían estallado en el cordón industrial de São Paulo a finales de los setenta. Allí, Lula saltó a la fama como líder de un sindicato el mismo año en que Fernando Henrique (diez años mayor) se presentó por primera vez como candidato al Congreso. Entonces ambos eran aliados. Sin embargo, de la nueva militancia de la clase trabajadora emergió una determinación por parte de las bases para crear un partido político que no fuera una nueva edición del populismo tradicional de izquierda y que no quedara absorbido en los hábiles pliegues del PMDB. La meta del PT, fundado en 1980, era desarrollar en Brasil una política de los trabajadores independiente. Puesto que su impulso primario procedía de un movimiento sindicalista rebelde y la mayor parte de su inspiración social de las comunidades de base de la Iglesia católica, el PT fue comparado frecuentemente con Solidaridad (Solidarność), una analogía que siempre lo enorgulleció; aunque en el caso brasileño siempre hubo un tercer componente, ausente en Polonia, suministrado por una izquierda marxista que había roto con el estalinismo. Inicialmente, el desempeño del PT en las elecciones fue muy modesto: en 1986 todavía no conseguía atraer a más del 7 por 100 del electorado. Sin embargo, tres años después, se hizo evidente el valor que tenía el partido en su líder. Lula, quien provenía de una familia de campesinos del noreste emigrada a São Paulo y comenzó a trabajar en una fábrica de tuercas y tornillos a los trece años, es un auténtico héroe de la clase trabajadora, sin estudios y sin pretensiones, organizador valiente y apasionado orador: un hombre con quien podían identificarse millones de excluidos. En 1989, su segundo puesto en la primera vuelta de las elecciones presidenciales fue una sorpresa pero todavía solo representaba el 16 por 100 del electorado. En la segunda elección contra Collor consiguió el respaldo del 43 por 100 de los votantes, un éxito que lo posicionó como un político de nivel nacional con un atractivo capaz de extenderse mucho más allá de su propio partido.
Dos años después, la caída de Collor, en la que el PT desempeñó una parte principal, inevitablemente centró la atención en el oponente quien había estado a un paso de derrotarlo. En mayo de ese año, con las elecciones programadas para octubre, Lula ya había construido lo que para muchos parecía un inexpugnable primer lugar en los sondeos de opinión: por encima del 40 por 100.
Fernando Henrique, que acababa de dejar su puesto en el Ministerio de Hacienda para postularse en contra de Lula, apenas alcanzaba la preferencia de un 16 por 100 de los votantes. Cinco meses después se dio el resultado inverso. En octubre, Fernando Henrique derrotó de forma aplastante a Lula por un margen enorme: el 44 por 100 contra solo el 22 por 100 del PT. ¿Qué provocó este asombroso giro? En primer lugar y fundamentalmente, el éxito de la nueva moneda –el real– que en junio había reemplazado al desacreditado cruzado. El impacto del cambio fue instantáneo, tal como había sido el del cruzado mismo en su momento. En el lapso de ocho semanas, la inflación cayó del 50 al 2 por 100. En los países ricos estamos acostumbrados al ajuste fino de las políticas económicas al ciclo electoral: la extensión del crédito o la baja de impuesto para obtener ventaja política en el periodo previo a las elecciones. Pero el margen de ventaja que pueden dar tales ajustes no tiene punto de comparación con las recompensas de una súbita estabilización de la moneda en un país en desarrollo asolado por la hiperinflación.
En vísperas de la reforma, no había economía en el mundo tan indexada como la de Brasil. Adoptado al principio por la dictadura en los sesenta para alentar la adquisición de bonos de largo plazo del gobierno, el principio de blindar los activos y los ingresos contra la inflación mediante sistemas de ajuste cada vez más complicados y generalizados se extendió implacablemente a medida que la inflación crecía a fines de los años setenta. Con estos mecanismos, finalmente, cualquier cuenta corriente de banco estaría teóricamente aislada contra la espiral mensual de los aumentos de precio. Este fue uno de los factores que contribuyeron a que en Brasil la inflación fuera tan duradera y también relativamente tolerable. Sin embargo, la protección se limitaba solo a aquellos que tenían ahorros significativos: las clases altas y medias que constituían menos de un tercio de la población. Para los pobres, que dependían de precarias fuentes de efectivo, el dinero perdía su valor a una velocidad aterradora: debían gastar su salario los primeros días del mes para no ver reducido su poder adquisitivo a la mitad antes de la siguiente paga. Por entonces, la aceleración del remolino monetario era una pesadilla. Conseguir detenerlo, aunque solo fuera temporalmente –porque el alivio inmediato es tan tangible en cada transacción de la vida diaria– es el equivalente político de un grand slam.
Por supuesto, la instauración del real fue saludada por la banca y el mundo de los negocios brasileños como una restauración del dinero sólido y la ortodoxia financiera y acogido por las clases medias como una manera de simplificar la existencia. Pero el sector más inmediatamente afectado fue el de los menos favorecidos, la gran mayoría del pueblo. La oportunidad, cuidadosamente premeditada, fue perfecta. Si la nueva moneda se hubiese presentado antes, habría existido el peligro de que se desintegrara bajo las presiones que habían aplastado los intentos anteriores de desinflar la economía brasileña. Si se hubiese demorado su instrumentación, como querían los rigoristas del grupo técnico que preparaba el Plano Real, se habría privado al ministro del rayo que transformó su candidatura. El PT, cuya plataforma electoral mencionaba rara vez el problema de la inflación, fue tomado de sorpresa y perdió la posibilidad de presentarse como una alternativa creíble.
Probablemente el real en sí mismo haya sido suficiente para asegurar la victoria de Fernando Henrique: al mes de la instauración de la nueva moneda, el candidato llevaba amplia ventaja sobre Lula. Pero Cardoso no había creído realmente que el real
