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Publicado hace cuatro décadas por vez primera, explosivo análisis de los conceptos estratégicos centrales del célebre pensador sardo, Las antinomias de Antonio Gramsci ha sido objeto de infinidad de ataques por haber desentrañado las vacilaciones y contradicciones presentes en el uso, altamente original, que hacía Gramsci de dicotomías clave como Oriente y Occidente, dominación y dirección, hegemonía y dictadura, estado y sociedad civil, y de guerra de posiciones y guerra de maniobra. En lúcido homenaje a la fecundidad de la obra de Gramsci, Las antinomias muestra cuán profundamente arraigadas estaban estas ideas en los debates revolucionarios candentes en la Rusia zarista y en la Alemania guillermina. Así, se entrecruzaban una y otra vez en los razonamientos de Plejánov, Lenin, Kautsky, Luxemburgo, Lukács y Trotsky, con ecos posteriores en Brecht y Benjamin.
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Seitenzahl: 284
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Akal / Pensamiento crítico / 68
Perry Anderson
Las antinomias de Antonio Gramsci
Traducción: Lourdes Bassols y J. R. Fraguas
Traducción del nuevo prefacio y del «Informe de Athos Lisa»: Lourdes Bassols
Publicado hace cuatro décadas por vez primera, este explosivo análisis de los conceptos estratégicos centrales del célebre pensador sardo ha sido objeto de infinidad de ataques por haber desentrañado las vacilaciones y contradicciones presentes en el uso, extraordinariamente original, que hacía Antonio Gramsci de dicotomías clave como Oriente y Occidente, dominación y dirección, hegemonía y dictadura, estado y sociedad civil, y de guerra de posiciones y guerra de maniobra.
En lúcido homenaje a la fecundidad de la obra de Gramsci, Las antinomias de Antonio Gramsci muestra cuán profundamente arraigadas estaban estas ideas en los debates revolucionarios en la Rusia zarista y en la Alemania guillermina. De esta forma, se entrecruzaban una y otra vez en los razonamientos de Plejánov, Lenin, Kautsky, Luxemburg, Lukács y Trotski, con ecos posteriores en Brecht y Benjamin.
Esta nueva edición incluye un prefacio que analiza en detalle las objeciones y críticas que el ensayo ha recibido en estos cuarenta años.
Perry Anderson, ensayista e historiador, es profesor emérito de Historia en la Universidad de California (UCLA). Editor y piedra angular durante muchos años de la revista New Left Review, es autor de un volumen ingente de estudios y trabajos de referencia internacional entre los que cabe destacar: Transiciones de la Antigüedad al feudalismo, El Estado absolutista, Consideraciones sobre el marxismo occidental, Teoría, política e historia. Un debate con E. P. Thompson, Tras las huellas del materialismo histórico, Spectrum, El Nuevo Viejo Mundo, Imperium et Consilium, La ideología india y La palabra H.
Antinomia: «Contradicción entre dos principios racionales».
Diseño de portada
RAG
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Título original
The Antinomies of Antonio Gramsci
© Perry Anderson, 2017
© Ediciones Akal, S. A., 2018
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4614-1
Prefacio
Hoy día ningún otro pensador italiano goza de mayor popularidad que Antonio Gramsci. Si las citas académicas y las referencias en internet pueden servirnos como baremo, Gramsci sería más influyente que Maquiavelo. La bibliografía de artículos y libros que se han escrito sobre él supera las veinte mil publicaciones. ¿Hay alguna brújula que pueda ayudarnos a navegar en estas aguas revueltas? Temáticamente ordenados y políticamente expurgados sus Cuadernos de la cárcel, se publicaron por primera vez en Italia a finales de la década de los cuarenta. La primera traducción extensa a cualquier otro idioma apareció en inglés a principios de la década de los setenta bajo el título de Selections, editada por Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith. Esta traducción dio a conocer los Cuadernos a un público global en un formato que probablemente sea, aún hoy, la versión de sus escritos más ampliamente consultada. Cuarenta años después, la historia de su recepción mundial es, en sí misma, un tema de estudio que se aborda desde muchos puntos de vista diferentes[1]. El impacto de la recepción de Gramsci, en una época que se parece muy poco a aquella en la que vivió y pensó, se debe, en gran parte, a dos características de su legado que lo sitúan muy por encima del de cualquier otro revolucionario de su tiempo.
La primera característica es la multidimensionalidad. El abanico de temas que abordan los Cuadernos de la cárcel –la historia de los Estados europeos líderes; la estructura de las clases dominantes; la naturaleza de su poder sobre el pueblo; los diferentes tipos de intelectuales y su función; la experiencia de los obreros y la actitud del campesinado; las relaciones entre Estado y sociedad civil; las últimas formas de producción y de consumo; temas de filosofía y educación; las conexiones entre cultura de vanguardia o tradicional y cultura popular o folclore; la construcción de las naciones y la supervivencia de las religiones y, no menos importante, las formas y medios para superar el capitalismo y promover el socialismo– no tuvo, ni tiene, parangón en la literatura teórica de la izquierda. Pero el abanico no se despliega sólo a nivel temático sino también a nivel de cobertura espacial, ya que Italia combinaba una industria capitalista avanzada en el norte con una sociedad precapitalista y arcaica en el sur y los Cuadernos de la cárcel, que partían de una experiencia directa de ambas, interpelaban en aquella época tanto a los lectores del primer mundo como a los del tercero. Había mucho donde escoger.
La segunda característica, que hace que estos escritos ejerzan sobre nosotros una atracción magnética, es su naturaleza fragmentaria. Los apuntes de Gramsci en la cárcel son lacónicos, notas exploratorias para trabajos posteriores que nunca desarrollaría en libertad y, por esta razón, como señaló David Forgacs, son más sugerentes que concluyentes. Después de la muerte de su autor, los Cuadernos de la cárcel invitan a una reconstrucción imaginativa a la búsqueda de algún tipo de totalización[2]. Al estar menos trabados de lo que lo estaría una teoría terminada, resultan muy atractivos para todo tipo de intérpretes porque son un tanteo previo que invita a improvisar, pero, inevitablemente, la atracción que ejercen también se ha convertido en tentación. ¿Dónde están los límites que, de traspasarse, invalidan el tanteo original? Esta es la pregunta básica que el ensayo que presentamos a continuación intentaba responder cuando lo escribí y, hoy por hoy, resulta imprescindible explicar sus orígenes, objetivos y recepción. Este ensayo, como estudio de los conceptos políticos centrales de Gramsci, siguió a la recepción de su trabajo publicado en la New Left Review a principios de la década de los sesenta, que fue el primer intento históricamente serio de difundir el pensamiento de Gramsci fuera de su país. Preocupado por el análisis del pasado y el presente de la sociedad británica, mi objetivo no era simplemente exponer las ideas de Gramsci sino también utilizarlas. Poco después, la revista empezó a publicar traducciones y estudios del canon del marxismo occidental, todavía fundamentales en aquel momento –Lukács, Sartre, Adorno, Althusser estaban aún en activo–, desarrollado en Europa fuera de la Unión Soviética después de la Revolución de Octubre, con el objetivo de explicar y valorar a sus grandes pensadores[3]. Gramsci ocupó un lugar central en ese empeño. Considerations on Western Marxism [Consideraciones sobre el marxismo occidental], un ensayo que publiqué en 1974 en el que intentaba resumir la tradición del marxismo occidental, fue uno de los productos de aquel proyecto colectivo.
Un año después se publicaba en Italia la edición crítica de los cuadernos que Gramsci escribió en la cárcel, fruto de años de meticuloso trabajo de Valentino Gerratana, un estudioso comunista de impactante sobriedad y dignidad. Con este material en la mano, a finales de 1976, escribí el texto que sigue. El objetivo de «Las antinomias de Antonio Gramsci» era doble, filológico e histórico a la vez: leer atentamente el uso de los conceptos centrales en los Cuadernos de la cárcel, de una manera que nunca antes se había intentado, y reconstruir los contextos políticos donde se habían originado y que les daban sentido. El resultado que buscaba con este procedimiento era también doble: mostrar las oscilaciones y las contradicciones incluso en, o quizá especialmente en, los temas más sorprendentes y originales de los Cuadernos, junto con las razones para comprenderlas, y demostrar que, en términos políticos, Gramsci fue un revolucionario de cuño leninista cuyo pensamiento estratégico sólo puede entenderse en el marco de la Tercera Internacional y los debates que se produjeron en su seno.
Concebido como una secuela de Considerations on Western Marxism, escribí «Las antinomias de Antonio Gramsci» a finales de 1976 y apareció en la New Left Review a principios de 1977. El año siguiente se publicó en forma de libro en Italia con el título Ambiguità di Gramsci. Allí, el Partido Comunista Italiano ya hacía algún tiempo que había declarado que la fórmula para que el partido y el país avanzaran era llegar a un «compromiso histórico» con la Democracia Cristiana y, en verano de 1976, había conseguido el mayor soporte electoral de su historia al obtener una tercera parte del voto. Alentado por el éxito, el Partido Comunista apoyaba ahora el gobierno de Solidaridad Nacional liderado por Giulio Andreotti. La mayoría de partidos comunistas de Europa occidental adoptó también, en mayor o menor medida, este cambio de orientación. El eurocomunismo, teorizado por Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista Español que ayudó a restaurar la monarquía borbónica en Madrid, fue adaptado a su manera por el Partido Comunista en Francia, donde la nueva teoría ya había empezado a ganar adeptos. La característica común a todas las variantes era el rechazo de los principios fundacionales de la Tercera Internacional y el compromiso, a partir de entonces, con la introducción de reformas parlamentarias graduales que llevaran hacia el socialismo en Europa occidental. La versión italiana del cambio de orientación añadía una declaración de lealtad a la OTAN. En estas condiciones, la imagen de Gramsci, un icono nacional que el PCI no podía abandonar a la ligera, tuvo que ser adaptada a las necesidades del momento y la operación consistió en presentarlo como un precursor visionario de la nueva orientación del partido con el objetivo de alcanzar gradual y pacíficamente nuevas formas de democracia avanzada.
Sin embargo, el Partido Socialista italiano, con su nuevo líder Bettino Craxi, no estaba dispuesto a ocupar una posición marginal por culpa del compromiso histórico y pronto demostraría su capacidad para poner contra las cuerdas a su mayor rival. Una primera señal fue la publicación de cuatro artículos, en otoño de 1976, en su revista mensual, Mondoperaio, escritos por intelectuales relevantes –dos historiadores, Massimo Salvadori y Ernesto Galli della Loggia, y dos filósofos, Norberto Bobbio y Lucio Colletti– que felicitaban al PCI por su nueva orientación, pero lo conminaban a no seguir manteniendo que aquello tuviera algo que ver con Gramsci, quien había sido un revolucionario entregado y comprometido con la idea de derrocar a la misma democracia liberal a la que el PCI apoyaba ahora tras, a efectos prácticos, haberse convertido –el tono era favorable– en un partido reformista en la tradición de Kautsky y la socialdemocracia europea[4]. Obligado a defenderse, el PCI, que había estado enzarzado en un debate interno para explicar por qué su posición actual era un paso adelante creativo dentro de la herencia gramsciana, respondió al principio de forma irritada, pero después, a principios de 1977, consciente de la necesidad de trabajar a favor de Solidaridad Nacional, moderó el tono, aunque en general su respuesta fue débil. Este debate coincidió con la publicación de «Las antinomias de Antonio Gramsci» en la New Left Review, pero yo no tuve conocimiento de las discusiones porque, en aquel momento, no seguía la política italiana de cerca.
Aquel mismo año, para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la muerte de Gramsci, el PCI organizó en Florencia y con la asistencia de numerosos participantes extranjeros el congreso más grande jamás celebrado sobre su pensamiento. Como se afirma en la más completa historia de la recepción de Gramsci en Italia que se haya escrito, el congreso significó el apogeo de la influencia del PCI en la vida pública del país, pero también marcó el inicio de la crisis[5]. Aquel año se produjeron amplias revueltas de jóvenes y de estudiantes contra el compromiso histórico y todo lo que significaba que se agruparon en un movimiento que recibió el nombre de Autonomia. En febrero, el líder del ala sindicalista del PCI, que había hablado a los trabajadores de la necesidad de hacer sacrificios económicos para apoyar al gobierno de Solidaridad Nacional, fue expulsado del campus de la Universidad de Roma entre escenas de pánico y, en otoño, Bolonia fue el escenario de algo parecido a un levantamiento. Autonomia acabaría por diluirse, pero el PCI ya no se recuperaría de la alienación que había supuesto su matrimonio con la Democracia Cristiana, que había quedado marcado a fuego en las mentes de los individuos más politizados de la generación más joven. A finales de 1978 el fracaso del compromiso histórico, admitido incluso por ellos mismos –la DC se había adueñado del voto comunista y no había ofrecido nada a cambio–, era más que obvio y el PCI fue consecuentemente castigado en las elecciones del siguiente año. Ahí empezó su lento declive hacia la disolución.
La publicación de Ambiguità di Gramsci, en la primavera de 1978, coincidió con un momento en el que el PCI no dejaba de insistir en la idea de que su apoyo a Solidaridad Nacional era absolutamente gramsciano y también con la revuelta tanto contra la línea política como contra toda la cultura del PCI por parte de fuerzas radicales pertenecientes a una nueva generación que se situaba a la izquierda del partido y para quienes Gramsci era irrelevante. Para quienes estaban a favor del apoyo a Solidaridad Nacional, cualquier recuerdo de su conexión con el bolchevismo significaba un obstáculo en el camino de la alianza con la Democracia Cristiana. Como es lógico, unos ignoraron el libro y los otros lo rechazaron[6].
Unos seis años después –para entonces, el compromiso histórico ya había caído en el olvido, aunque nunca fuera oficialmente condenado– llegó una respuesta. L’officina gramsciana fue el debut literario de un intelectual del partido con futuro, Gianni Francioni. En su libro proponía una reconstrucción de los Cuadernos de la cárcel basada en el intento de determinar, hasta donde fuera posible, la secuencia cronológica precisa de su redacción, pero con un doble objetivo: desmantelar el orden de la edición crítica de Gerratana y refutar «Las antinomias de Antonio Gramsci», un ejercicio al que el libro dedica toda la última parte[7]. En cuanto al primer objetivo, la serie de tablas y gráficos diseñados para demostrar la novedad y la importancia de los descubrimientos de Francioni no convenció a Gerratana, aunque contestó educadamente[8]. Sin ninguna referencia a la trayectoria y a las condiciones reales, físicas y morales, en las que Gramsci se vio obligado a escribir en la cárcel, el resultado dice mucho menos sobre la historia de la escritura de los Cuadernos que el agudo y emocionante relato de otro estudioso, Raul Mordenti, que se publicaría en la década de los noventa[9].
En cuanto al segundo objetivo de Francioni, los dos principios que guían su argumentación son la afirmación de la coherencia esencial del aparato conceptual de Gramsci y su abstracción de todo contexto histórico significativo. La afirmación de la coherencia gira alrededor de la reiteración de una reivindicación que ya había adelantado una defensora incondicional del eurocomunismo, la francesa Christine Buci-Gluksmann, cuando afirmó que las contradicciones de Gramsci en el manejo de los términos «Estado» y «sociedad civil» desaparecen cuando se entiende que él hablaba de un «Estado ampliado» o «integral», concepto que contiene ambos términos. El segundo principio argumental aceptaba el tabú sobre cualquier prueba, por evidente que fuera, de que la opinión política de Gramsci de entonces ya no tenía nada que ver con aquello en lo que el PCI se había convertido. Las objeciones cronológicas aportaban bien poco al tema[10]. Como esfuerzo apologético, L’officina gramsciana quedó pronto superado por los acontecimientos porque el partido ya se deslizaba hacia su desaparición. Tres años después, en 1987, durante la celebración del quincuagésimo aniversario de la muerte de Gramsci, Colletti afirmaba aliviado que la izquierda italiana ya era universalmente reformista pero que, como Gramsci nunca lo había sido, el partido había tomado la decisión correcta al distanciarse total e irreversiblemente de él. Dentro del PCI, nada menos que una autoridad como Aldo Schiavone, director del Instituto Gramsci, también dijo que en la política general del partido no quedaba ni una sola idea gramsciana[11]. Ni quedaba ya, podríamos añadir, ninguna otra idea relevante en aquellos que lo llevarían a su extinción poco después.
La desaparición del PCI en Italia no comportó una merma del interés público por su mayor pensador. Demasiadas carreras, institucionales y académicas, dependían de su persona y de su trabajo como para que la industria Gramsci pudiera desaparecer como lo había hecho el partido que lo había encumbrado. Durante la década de los noventa y en lo que llevamos de nuevo siglo, el flujo infatigable de exégesis ha seguido vivo, pero ahora desde un punto de vista filológico alejado de la política del momento, si no también de la del pasado, y culminó, en 2007, con la puesta en marcha de una Edizione Nazionale de la obra completa de Gramsci «bajo el alto patrocinio del presidente de la República». Se planeó como una edición en aproximadamente diecinueve volúmenes y, una década después del comienzo del proyecto, sólo se han publicado tres, dos de los cuales contienen únicamente las traducciones que Gramsci hizo de otros escritores. Todo lleva a pensar que, a este ritmo, la obra no se completará hasta 2070. La responsabilidad de los volúmenes que contendrán, a su debido tiempo, los Cuadernos de la cárcel, se ha confiado a Francioni, quien verá así cumplida su ambición de suplantar a Gerratana, un estudioso de una integridad al viejo estilo que fue compensado con un apoyo más bien frío por parte de los herederos de su partido[12]. Los estudiosos que preferirían un recuerdo menos rígido de Gramsci han manifestado su recelo sobre el proyecto. El criterio de organización de los Cuadernos propuesto por Francioni ha recibido críticas por responder a decisiones arbitrarias y personales, que ya ha expuesto, al servicio de una intención política oculta y sin fundamento filológico, mientras que el carácter monumental de una edición nacional, fruto de un decreto del ministro de Cultura, ha levantado sospechas entre otros críticos, afines al proyecto por otro lado, porque temen que el efecto que produzca sea la momificación oficial de Gramsci[13].
Otro tipo de literatura sobre Gramsci que destaca en Italia, pero de un tenor absolutamente distinto, es la que se ocupa, últimamente hasta el paroxismo, de cuestiones biográficas de su vida personal y de su suerte política que han salido a la luz al debilitarse, aunque no del todo, el estrecho control que el partido ejercía sobre los archivos de Roma y al abrirse los expedientes de Moscú que antes estaban protegidos. De esta forma, han aflorado nuevas pruebas documentales sobre su familia rusa debido a su matrimonio, sobre el papel de Piero Sraffa y su cuñada Tatiana Schucht en sus comunicaciones con el partido mientras Gramsci estuvo en la cárcel y sobre la actitud que el PCI y la Comintern adoptaron hacia él durante aquellos años, sobre el destino de sus cuadernos después de su muerte y muchas cosas más. La copiosa literatura que estos temas han suscitado es muy interesante, pero está viciada por culpa de dos motivos instrumentales de signo contrario[14]. Puede que el comunismo haya desaparecido en Italia, pero no así el anticomunismo y gran parte de su producción bibliográfica es simplemente un palo con el que golpear al PCI o a Togliatti sin tener en cuenta que el partido, políticamente hablando, ya lleva mucho tiempo muerto. Bien al contrario, el poscomunismo se ha esforzado en defender su transformación presentando una nueva imagen de Gramsci no sólo como precursor, sino también como personificación de la alianza con el capitalismo en general y con el orden mundial americano en particular[15]. Sensacionalismo, especulación y manipulación caracterizan a los argumentos de ambas partes. Las construcciones más extravagantes, que culminaron con el anuncio de que Gramsci era un demócrata liberal que rompió con el comunismo en la cárcel y que Togliatti no sólo fue connivente con su encarcelamiento, sino que también destruyó, tras su muerte, uno de los cuadernos donde Gramsci registraba su conversión a los valores occidentales, provienen del bando anticomunista y dieron lugar a una réplica por parte del poscomunismo que, en forma de cuestionario, reunía unas veinte respuestas indignadas o refutatorias[16]. Tal furor, amplificado por los medios de comunicación, no es una buena noticia para el estado actual de la vida intelectual en Italia.
En el extranjero, el estudio más sustancial sobre los Cuadenos de la cárcel publicado recientemente es el trabajo de Peter Thomas, The Gramscian Moment, que apareció en 2009. Casi la mitad del libro está dedicada a refutar «Las antinomias de Antonio Gramsci» mediante párrafos inspirados en Francioni y en la autoridad de Buci-Glucksmann[17]. El núcleo del ejercicio es, una vez más, el argumento de que los diversos usos de «Estado» y «sociedad civil» que emplea Gramsci son perfectamente coherentes porque derivan de una concepción «integral» del Estado que los incluye a ambos. Thomas encuentra las raíces de tal concepción del Estado en Hegel y argumenta que la verdadera originalidad de Gramsci reside precisamente en el desarrollo de este concepto y no en su preocupación por la hegemonía. Para los lectores anglófonos, The Gramscian Moment cumple con la misión de presentar a gran escala aquello que Thomas describe como los descubrimientos filológicos de «la hornada más reciente de eruditos gramscianos»[18]. Es cierto que hay un elemento curioso en su texto porque, para justificar la extensión de su crítica a «Las antinomias de Antonio Gramsci», Thomas mantiene que «se trata del estudio más conocido e influyente sobre Gramsci en inglés» que «fue ampliamente aceptado» como «representante de la imagen general que hemos recibido de Gramsci» y que es un verdadero «hito» en su campo de estudio[19]. Una mirada rápida a la literatura existente, abrumadoramente dominada por estudios cuyo enfoque se acerca a las ideas del propio Thomas, es suficiente para desmentir sus afirmaciones.
Más significativo que esta extravagancia resulta el enfoque apolítico de un trabajo cuyo objetivo declarado es «volver a proponer un programa de investigación filosófica de carácter marxista»[20]. En sus 450 páginas sobre Gramsci no hay casi ninguna referencia a lo que sabemos sobre su concepción política y, mucho menos, a la política de su recepción en Italia o en cualquier otro lugar –ni siquiera una simple mención al informe de Athos Lisa sobre las charlas políticas de Gramsci en la cárcel, incómodas desde tantos puntos de vista–. A pesar de que también en esto sigue los pasos de Francioni, las razones de su silencio no son exactamente las mismas, ya que Thomas está lejos de ser sospechoso de simpatizar con el compromiso histórico o con todo lo que ocurrió antes o después. ¿Qué puede explicar su silencio? La respuesta reside, con toda probabilidad, en su dependencia del universo italiano de estudiosos poscomunistas cuyos trabajos ensalza en The Gramscian Moment y cuyas sensibilidades hubiera podido herir con un planteamiento más sólido o explícitamente político[21]. Sin embargo, sería un error reducir esta conexión tácita a una mera cuestión de educación, ya que aquí lo que está en juego es el uso de una premisa compartida, que está muy extendida en la historia de la literatura intelectual en general y que va más allá de los estudios sobre Gramsci. Se trata de la asunción, tan común que es casi automática, de que el pensamiento de cualquier mente privilegiada es tan coherente como su prestigio exige y que la tarea principal del comentarista es demostrar su unidad fundamental subyacente. Pero la realidad es justamente la contraria: en general, el pensamiento de una mente original y genuina exhibirá, no aleatoriamente sino de forma inteligible, contradicciones estructurales significativas e inseparables de su capacidad creativa. Los intentos de imponer o extraer de esas reflexiones una homogeneidad artificial caerán seguro en la simplificación y la distorsión. Lo que ha ocurrido con tres de los pensadores políticos más potentes de la era moderna es un ejemplo evidente de lo dicho. Las obras de Maquiavelo, Hobbes y Rousseau están marcadas por contradicciones nucleares y son víctimas de trabajos que, equivocadamente, se dedican a aplicarles el principio de caridad de Davidson. Atenazado por esta convención tan ampliamente asumida, el objetivo de cualquier estudio bien intencionado sobre Gramsci se convierte en una demostración de su unidad y produce ejercicios más o menos ingeniosos de aquello que el saber antiguo y medieval denominaba «salvar las apariencias»[22]. No habría que criticar el libro de Thomas por haber cometido un error tan generalizado ni reducirlo solo a eso, ya que la mejor parte de su ensayo se ocupa del aspecto más estrictamente filosófico de los Cuadernos de la cárcel.
En el caso de Gramsci, se observa un contraste muy obvio entre lo que él pensaba y lo que se convirtió en el uso normalizado de sus textos. Dejando de lado las manipulaciones oficiales, este contraste no es solamente fruto de la distorsión a la que lo han sometido los intérpretes subsiguientes, sino que proviene también del tipo de investigación intelectual que Gramsci practicaba y que consistía en la exploración de caminos divergentes sin sentirse obligado a reconciliarlos o a sintetizarlos. Su objetivo no era la construcción de un sistema y, por eso, no se preocupó por las contradicciones. También hay que tener en cuenta que se vio obligado a utilizar una serie de circunlocuciones y omisiones a causa de la censura. Además, el formato de apuntes rápidos que escogió demuestra que lo que más le interesaba era explorar un terreno ignoto para el materialismo histórico –temas que la tradición marxista había tratado poco y dando por sabido lo poco que había dicho–. El resultado de ambas circunstancias –el carácter deslavazado de un formato exploratorio en mosaico y la naturaleza no explícita de ciertas asunciones de fondo– dio lugar a una composición que prescindía de la coherencia expositiva y de los protocolos de referencia del canon de la Comintern. El análisis de sus escritos anteriores a la cárcel nos permite afirmar con rotundidad que, si Gramsci hubiera podido trabajar los materiales de los Quaderni para su publicación posterior, seguramente los habría tenido en cuenta. La forma que adoptaron las reflexiones de Gramsci en la cárcel, que no es la de un libro normal, le permitió desarrollar sus ideas en direcciones no siempre coherentes que, a veces, abandonan la ruta lógica y conducen a conclusiones que difieren de lo que, por otras fuentes, sabemos que pensaba. Decir, como yo mismo hice, que en tales ocasiones Gramsci «pierde el norte» es excesivamente dramático, aunque concuerda con el tono retórico del conjunto del texto, pero está claro que el mismo Gramsci era consciente del carácter provisional y potencialmente erróneo de sus reflexiones y así lo reflejó: «Las notas que contiene este cuaderno, como las de los otros, son apuntes rápidos pro memoria. Todas tienen que ser revisadas y corregidas meticulosamente ya que contienen imprecisiones, conexiones falsas, anacronismos. Escritas sin tener acceso a los libros a los que hacen referencia, es posible que, después de consultarlos, necesiten una corrección radical ya que puede resultar que la verdad sea lo contrario de lo que dicen»[23].
Cuando leí las reflexiones de Eric Hobsbawm sobre Gramsci, pocos meses después de la publicación de «Las antinomias de Antonio Gramsci» en la New Left Review, comprendí que mi ensayo admitía algún tipo de crítica. En marzo de 1977 Hobsbawm presentó una ponencia breve en el congreso sobre Gramsci en Londres que se publicó en Marxism Today en julio. Luego su autor la convirtió en una intervención más larga para el gran congreso que el PCI organizó en Florencia con motivo del cuadragésimo aniversario de la muerte de Gramsci y se publicó en 1982[24]. Un cuarto de siglo después, la versión inicial de Londres se convirtió en uno de los capítulos de su colección de escritos sobre marxismo, How to Change the World, publicada en 2011[25], pero la lectura de la versión más larga presentada en Florencia sigue siendo esencial. En cualquiera de las variantes, y sólo en algo más de 12 páginas, Hobsbawm traza la mejor caracterización de Gramsci como pensador revolucionario nunca antes escrita, profunda, breve y sin parangón en la literatura sobre el tema.
Hobsbawm argumenta que la principal originalidad de Gramsci reside en la forma como teorizó sobre problemas relacionados tanto con la estrategia revolucionaria para arrebatar el poder al capitalismo como con la construcción de una sociedad más allá del capitalismo dentro de un marco conceptual basado en su idea de hegemonía. Sería un error poner solamente el acento en la primera idea sin conceder a la segunda la debida importancia. Aunque nunca fue esclavo de ellas, a Gramsci le gustaban las metáforas militares y las utilizó para decir, por ejemplo, que «para un soldado la guerra no es la paz, incluso aunque sea la continuación de la política con otros medios y la victoria es, profesionalmente hablando, un fin en sí mismo», mientras que, para él, «la batalla para derrotar el capitalismo y construir el socialismo es esencialmente un continuum en el que la transferencia de poder propiamente dicha es solamente uno de los momentos»[26]. De aquí se deriva que «el problema básico de la hegemonía no es cómo llegarán los revolucionarios al poder, a pesar de que este tema sea importante, sino cómo conseguirán ser aceptados, no sólo como políticos y gobernantes imprescindibles sino también como guías y dirigentes»[27]. En este sentido, es importante recordar que, a diferencia de Marx o Lenin, Gramsci tuvo, en la Turín de posguerra, experiencia directa trabajando en un movimiento de masas y sabía qué significaba liderarlo. Aquello le proporcionó un sentido más amplio de las transformaciones culturales necesarias, en un contexto sin guerra internacional, para cambiar el orden existente y construir una nueva sociedad que pudiera ser duradera. Socialismo no significa solamente socialización de la producción, aunque esta sea fundamental, sino socialización en el sentido sociológico del término, socialización del pueblo para avanzar hacia unas nuevas relaciones humanas y unas estructuras de poder genuinamente populares donde las barreras entre Estado y sociedad civil quedarían disueltas. La hegemonía que había que conseguir, no sólo antes y durante la revolución sino después, solamente se lograría con la participación activa de las masas y la educación consensuada, «la escuela de una nueva consciencia, una humanidad más plena para el futuro socialista»[28]. Una de las mayores preocupaciones de Gramsci en la cárcel era que, en Rusia, los peligros de la burocratización dieran al traste con estas expectativas.
Esta idea, dice Hobsbawm, basada en una teoría política general de un determinado tipo del que el marxismo siempre ha carecido, liga a Gramsci con Maquiavelo como pensadores preocupados por la formación y la transformación de las sociedades. Sin embargo, aquello que distingue la concepción de Gramsci es su comprensión de que la política es algo más que el poder, que las sociedades no son solamente estructuras de dominación económica o de fuerza política, sino que poseen cierta cohesión cultural, incluso aunque haya escisiones provocadas por los antagonismos de clase. En las condiciones del mundo contemporáneo, esto significa que la nación es siempre el escenario crítico de la lucha de clases. La típica identificación de la nación con el Estado y la sociedad civil de los gobernantes es el componente más fuerte de su hegemonía y desafiarla con éxito es el logro que caracterizará a una revolución victoriosa.
Desde el punto de vista estratégico, cuando se acercaban las derrotas que sufriría después de la Primera Guerra Mundial y con el aislamiento de la Unión Soviética, la clase obrera se vio obligada a la guerra de posiciones, pero esto no era un principio absoluto ya que la guerra de maniobras seguía siendo una posibilidad abierta si las circunstancias cambiaban. Por otro lado, tampoco se trataba de un requisito simplemente temporal para Occidente, sino de un componente necesario en cualquier lucha revolucionaria dura, en cualquier lugar del mundo. Gramsci no era ni un gradualista ni un eurocomunista ante diem, dijo Hobsbawm a sus oyentes italianos. En la cárcel, Gramsci escribía en una época en la que el fascismo había infligido amargas derrotas a la clase obrera en Europa oriental y central y buscaba la manera de superar el callejón sin salida que la Tercera Internacional significaba en aquel momento. Pero, a diferencia de cualquiera de sus otros líderes, Gramsci vio que la derrota transformaba tanto a los vencedores como a los vencidos y que «podía conseguirse un debilitamiento más largo y peligroso de las fuerzas de progreso gracias a lo que él llamó “la revolución pasiva”. Por un lado, pudiera ser que la clase gobernante atendiera ciertas reivindicaciones para frustrar o impedir la revolución; por otro, el movimiento revolucionario podría sentirse obligado a aceptar en la práctica (aunque no necesariamente desde el punto de vista teórico) su impotencia y ser erosionado y políticamente integrado en el sistema»[29]. Son palabras punzantes, pronunciadas en Londres, que Hobsbawm no repitió ante el público de Florencia.
Gramsci no debe ser juzgado según las políticas presentes o pasadas del PCI de la posguerra, pero tampoco hay que leerlo como si fuera una autoridad incuestionable. Sus observaciones sobre el régimen soviético en la época de Stalin eran excesivamente optimistas y los remedios que apuntó eran indudablemente insuficientes. Sus argumentos sobre la importancia del papel de los intelectuales en el movimiento de los trabajadores y en la historia en general no eran, tal como los formuló, del todo convincentes. Manifestar estos desacuerdos significa seguir el ejemplo que él nos dio. Hobsbawm puso fin a su conferencia en Florencia con estas palabras: «Tenemos la suerte de poder continuar su trabajo. Espero que lo hagamos con tanta independencia como lo hizo él»[30].
No se ha escrito ninguna visión de conjunto más convincente sobre el pensamiento de Gramsci en la cárcel y, dado su altísimo nivel, el escrutinio textual de los detalles resulta superfluo. «Las antinomias de Antonio Gramsci» era una mirada mucho más cercana a los Cuadernos de la cárcel, con un foco más limitado: esencialmente se trataba de abordar cómo funciona el concepto de «hegemonía» en esos textos y sus interconexiones con la tarea que Gramsci se había impuesto de desarrollar una estrategia para la revolución en Occidente distinta de la que había triunfado en Rusia. Como argumento en mi ensayo, para entender todo esto, no es suficiente la pura reconstrucción interna de los conceptos gramscianos, sino que resulta necesario situarlos en el entramado de los intensos debates dentro y fuera del movimiento revolucionario internacional de aquel momento, que no se había analizado antes. Nunca dije que esta línea de investigación diera como resultado un estudio exhaustivo de la importancia política o intelectual de Gramsci. Su amplia concepción de la política, de la nación, de los intelectuales, de la revolución pasiva –todos los temas que Hobsbawm aborda–, así como el americanismo y el fordismo, por no hablar de la filosofía, el sentido común, la cultura popular y muchos más, quedan fuera del ensayo, pero su ausencia no puede ser motivo de crítica. La exclusión del problema de la estabilización de un régimen posrevolucionario es otro asunto, pero mi objetivo era resumir de forma fundamental qué pensaba Gramsci sobre la hegemonía y cómo abordó el tema. En Londres, Hobsbawm observó: «Aquí estamos hablando de dos conjuntos diferentes
